MONS. OLGIATI – LA PIEDAD CRISTIANA – III: LA COMUNIÓN

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

SEGUNDA PARTE

LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD

Continuación…

OLGIATI-PIEDADIII

LA COMUNIÓN

La invitación de Jesús: «Venid a mí, todos los que sufrís y vivís agobiados que yo os consolaré»; la práctica de los primeros siglos en que los creyentes, cada vez que asistían a Misa, comulgaban con el celebrante; la amonestación de los Padres que con San Jerónimo aconsejaban: «La Eucaristía es el sacrificio diario y el alimento cotidiano de los fieles»; el deseo expresado por el Concilio de Trento de que «en todas las Misas los fieles no sólo hagan la comunión espiritual, sino la sacramental»; el anhelo de los Pontífices y el actual despertar de la piedad cristiana extendieron, y van extendiendo siempre más, la hermosa costumbre de la comunión frecuente. Y nada me parece más promisorio que este retorno de los corazones a Cristo Eucarístico.

Sin embargo, no son raras las quejas de personas que comulgan aun cotidianamente, que no comprueban en sí el difundido axioma: «una sola Comunión basta por sí misma para hacer un santo».

Quizás tenga la culpa la prisa injustificada; porque, si es admisible que el obrero o el joven que debe ir al trabajo se vean obligados, a menudo, a abreviar su preparación inmediata y a continuar la acción de gracias durante el camino, nos da ganas de repetir ante cierta gente que no posee siquiera un elemental sentido de respeto hacia Jesús presente en sus pechos en las sagradas especies, el gesto de San Felipe Neri, de hacerlos seguir, en su precipitada fuga de la iglesia, inmediatamente después de haber comulgado, por dos monaguillos con sendas velas encendidas.

Quizás, como ya se ha observado, otros creen que la aridez y falta de fervor sensible son culpa o indicio de una Comunión infructuosa, y no piensan que hasta Santa Teresa del Niño Jesús fue privada, durante dos años, de todo sentimiento de dulzura sentida y de piedad gustada. Así como, cuando el corazón se asemeja a una roca, es necesario ir al verdadero Moisés, a fin de que para el alma sedienta, haga nacer una fuente de agua viva, así también es necesario que cuando nos sintamos fríos, nos acerquemos a Aquél que dijo: «He venido a traer fuego a la tierra».

¿Cuál es el método más adecuado para mejorar la preparación y la acción de gracias de la Comunión?

Evidentemente que si se asiste a la Santa Misa, la participación en el sacrificio divino resuelve tal cuestión. Pero cuando, por diversas razones no es posible comulgar en la Misa, ¿qué normas prácticas deberán seguirse?

Responder aconsejando un buen libro de piedad no será muy satisfactorio, pues, aunque puede ser muy útil, el problema está en saberlo utilizar.

Para un alma fervorosa puede dar resultado cualquier pequeño manual; para un corazón helado, las mismas oraciones del Misal son poca cosa. Y nada más cómico que el método usado por muchos: comulgan, vuelven a su lugar y en seguida abren el libro para leer desde la página 4 a la 7, persuadidos de que, si leyesen una frase menos de aquellos actos de amor, de acción de gracias, de peticiones, etc., cometerían un pecado. Han materializado su devoción en tal forma que, muchas veces, no disponiendo del tiempo necesario para pronunciar despacio cada palabra, las mascullan todas rápidamente, con la velocidad de un automóvil. Es increíble, pero es harto cierto.

Si hubiéramos vivido en Palestina, en tiempos de Jesús y el divino Maestro hubiera honrado nuestra casa con una visita suya, ¿acaso lo hubiéramos dejado entrar y, sin siquiera dirigirle un saludo de afecto y reconocimiento, le hubiéramos dicho: —Espera que tomo un libro para repetirte a flor de labios una fórmula de fe, de caridad y demás? No. Hubiéramos limpiado bien la casa (como ahora nos preocupamos de lavar nuestra alma del pecado, recordando que una Comunión hecha en pecado mortal es un sacrilegio); la hubiéramos adornado con flores; y exclamando, arrodillados ante Jesús, el «Domine, non sum dignus» del Centurión, lo hubiéramos contemplado en un silencio más elocuente que cualquier discurso, interrumpido tan sólo por el conmovido acento del corazón. Y aquel día, sin duda, la visita de Jesús hubiera constituido para nosotros un recuerdo siempre vivo y presente.

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1

EL DÍA EUCARÍSTICO

Si se quiere sacar provecho de la Comunión, no se la debe separar del resto del día, sino que debemos unificarlo con aquélla, según el método de los Santos.

No es una anécdota sin importancia —sino un método— lo que se cuenta de San Luis Gonzaga, de San Juan Berchmans y de otros, quienes dedicaban la tarde, la noche y los primeros momentos después de despertarse, a una preparación remota para la Comunión, y la mañana entera a la acción de gracias, no quedándose en la iglesia, sino teniendo, durante sus ocupaciones, el alma orientada hacia el Tabernáculo y ofreciendo todos sus actos como un medio para prepararse a recibir a Jesús o para expresarle su agradecimiento.

En esto consiste el método de unificación del día, en función de la Eucaristía.

Lo mismo se puede decir del deseo de los Santos, que les hacía suspirar por el momento de la Comunión. Apenas nacía el alba, la esforzada Virgen de Siena corría a la iglesia como si tuviera alas en los pies y decía al beato Raymundo: «Padre mío, tengo mucha hambre»; o cuando Santa Margarita María exclamaba: «Mi alma arde por el deseo de la Comunión», ¿qué quería decir con ello sino que la hora de la Comunión no estaba separada de las otras horas del día, sino que todas ellas estaban dirigidas, como un anhelo, hacia el momento de la unión eucarística?

Esta orientación será facilitada por meditaciones y lecturas espirituales sobre la Eucaristía. Entre otras pueden ser muy útiles las obras del Beato Eymard sobre La Santísima Eucaristía, en 5 volúmenes (La presencia real, La Sagrada Comunión, Meditaciones para ejercicios espirituales, a los pies de Jesús sacramentado, La perfección religiosa a la luz de la Eucaristía, La Eucaristía y la vida cristiana), así como otras del mismo autor: Nuestra Señora del Santísimo Sacramento y San José, modelo de adoradores.

Otras obras dignas de recomendarse son: Jesús en la vida eucarística, por P. N. Borgia; La Eucaristía, por Mons. Tihamer Toth; Meditaciones sobre la Eucaristía, por Mons. De la Bouillerie; La Eucaristía, por el P. Raúl Plus, S. J.

El pensamiento de la Eucaristía debería hacer de ella la levadura de nuestra vida cotidiana. Con este sentido de la centralidad de la Comunión en nuestras acciones diarias, las tentaciones serían vencidas con más rapidez y con un vigor más renovado; y sería abrazada con más generosidad la cruz del deber y del sufrimiento.

¿Acaso, no es ésta la experiencia de muchos jóvenes que con la Comunión diaria conservan intacta su pureza, y de muchos afligidos que saben santificar sus lágrimas con la Comunión?

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2

LA PREPARACIÓN Y LA ACCIÓN DE GRACIAS

Algunas almas elegidas han practicado otro método.

Para nombrar a una de ellas, Contardo Ferrini, dejó actos de preparación y de acción de gracias para la Comunión, escritos por él sin ninguna intención de publicarlos y sin sospechar que algún día otros los habrían de publicar. Y es notable el hecho no por la posibilidad de imitar tal ejemplo, en sí tan instructivo, sino porque sugiere una idea accesible a todos.

En esas páginas elige el venerable Ferrini, un tema para cada Comunión, y establece un fin para cada Comunión. Un método simple y fácil.

Por ejemplo, si, yendo a la iglesia, nos proponemos una mañana hacer la Comunión por el Papa, ¿acaso esta idea unificadora no nos ayudará en la preparación y en la acción de gracias? Jesús, escondido por los cándidos velos eucarísticos y bajo las blancas vestiduras del Pontífice; el recuerdo de quien fue el primer Papa, San Pedro, que también fue el primero en proclamar su fe en la Eucaristía (cuando después de la multiplicación de los panes en Cafarnaúm y después del sermón de la promesa, mientras el pueblo se retiraba murmurando: Durus est hic sermo, respondió a Jesús —que preguntaba a los Apóstoles: Numquid et vos vultis abire?— las bellas palabras: Ad quem ibimus? Tu solus verba vitae aeternae habes); el hecho de que en el transcurso de los siglos siempre anduvieron unidos los triunfos de la Eucaristía y del Papado; los sufrimientos del Pontífice por las persecuciones que sufre la Iglesia en diferentes países y el deber que tenemos de orar por él, para que el Vaticano no sea el Huerto de la agonía o el Gólgota de la Crucifixión, sino alegrado cada día por el sol de las victorias de Cristo — todo lo dicho, ¿no será capaz de sacudirnos de nuestra pereza? Y aquella mañana Jesús, entrando en nosotros, escuchará un Oremus pro Pontífice nostro, que no quedará desatendido.

Si otro día debiéramos hacer la Comunión como si fuera la última de nuestra vida, tomando como pensamiento unificador el del Viático, no será tarea ardua, imaginar, mientras hablamos con Jesús, que escucha y atiende en el Tabernáculo, las horas de nuestra enfermedad mortal y el estado de nuestra conciencia. Tampoco nos será difícil excitar el dolor de nuestros pecados, reflexionar sobre la última Comunión, pensar en Jesús que nos retribuirá, viniendo a nuestra propia casa, las visitas que le hayamos hecho con frecuencia durante la vida, meditar su venida a nuestro corazón agonizante y las palabras de esperanza y de consuelo que Él nos dirá.

Pueden elegirse temas para cualquier circunstancia. Podría hacerse una Comunión en sufragio de un ser querido; una Comunión para que la Pascua señale la vuelta de muchos pecadores e hijos pródigos; una Comunión por un Misionero o por nuestros sacerdotes; una Comunión por una iniciativa de apostolado, por la Acción Católica, etc.

¿Por qué, por ejemplo, hay personas buenas que hacen lectura espiritual y no la utilizan para la preparación y la acción de gracias de la Comunión? ¿A qué ese atomismo de disgregación, como si nuestras prácticas de piedad no debieran constituir un todo orgánico?

Se lee la Historia de un alma, de Santa Teresita. Se habla de ella, se la admira y se la alaba. Y luego… se la olvida precisamente cuando comulgamos.

Si una hermosa mañana tomáramos como tema la Comunión de Santa Teresita y la nuestra, ¡cuántos horizontes serenos se abrirían a nuestros ojos! La nota inicial la daría aquella frase de la Santa: Jesús instituyó este Sacramento «no para permanecer en un copón dorado, sino para buscar otro cielo». Nuestra alma se transforma con la Comunión en el cielo de Jesús: he aquí un hermoso acto de fe. Y en compensación, Jesús quiere amor.

Amor hacia Él con la oración y con el ofrecimiento afectuoso; amor hacia Él con «el martirio del alma y del cuerpo», solicitado por la Santa; amor a Él que vive en las almas (y el pensamiento de Santa Teresita volaba a los sacerdotes, a los misioneros ya los pecadores). El Viático de la Santa sugiere mil reflexiones. En esta ocasión habían esparcido rosas y otras flores por los corredores del monasterio de Lisieux; y nosotros deberíamos también esparcir flores de oración en nuestros corazones en espera del divino Huésped. Una Carmelita, cuando recibió Teresita la blanca Hostia, símbolo del candor de su conciencia, cantó a los pies de aquel lecho un himno que comenzaba así: ¡Morir de amor! ¡Morir de amor! Después de algunas semanas de nuevos sufrimientos, la Santa morirá murmurando: «¡Jesús, te amo!»

Recordad en la Comunión vuestra lectura espiritual y vuestro pobre corazón, y ya no os dará la impresión de una lámpara sin aceite. Todos los santos amaron a Jesús Eucarístico. Cada uno de ellos dejó un canto de notas melódicas. Nosotros, en la música de la oración, desconocemos los secretos de la composición artística; pero, si tomásemos la música eucarística que han cantado con sus vidas San Ambrosio, San Sátiro, Santo Tomás —el poeta de la Eucaristía— o la Beata Imelda Lambertini, podríamos romper un dolorosísimo mutismo y esforzarnos para unir nosotros también al himno de aquéllos nuestra débil voz.

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3

UNA ORACIÓN INDULGENCIADA

Se impone una última reflexión sobre la oración: «Heme aquí, mi amado y buen Jesús», que se suele rezar al final de la acción de gracias.

Temo que pocos ganen la indulgencia plenaria, concedida a quien pronuncia esa oración, delante de un Crucifijo y rezando por el Sumo Pontífice, porque pocos acompañan las palabras con la mente y con el corazón.

Jesús se sacrificó por nuestro amor en la Cruz y se ha aniquilado en la Eucaristía; la Iglesia nos presenta un Crucifijo; nos muestra sus cinco llagas, los clavos que han perforado sus manos y pies y sus huesos que podían ser contados; excita en nosotros sentimientos de fe, de esperanza, de amor; sobre todo sentimientos de dolor por nuestras culpas y propósito de no ofenderlo más. Así se explica que ella conceda a tales sentimientos una generosa Indulgencia.

Pero, ¿merece acaso una indulgencia el parloteo distraído, que desperdicia tan bella flor?

No quisiera amedrentar a ninguna alma buena con tales constataciones. Es que no somos Ángeles; sino que estamos formados de cuerpo y de alma. Y una de las grandes verdades que sostuvo en medio de muchísimos y graves errores un reciente filósofo francés, Henri Bergson, es que la materia constituye en nosotros la causa de los olvidos, de las distracciones y de las divagaciones. Nada más contrario a la misericordia de Jesús que una rigidez jansenista, que un rigorismo implacable, que una exasperante condena de lo que no depende en último análisis, de la voluntad, sino de los sentidos y de la fantasía, es decir del organismo animal que hay en nosotros.

¡Cuántas veces vemos a personas que robando una hora al justificado descanso, corren a la iglesia, para recibir a Jesús! Y aunque cansadas y soñolientas, su oración no presenta a primera vista frescura y vivacidad. No importa. La orientación de toda su vida espiritual es fresca y viva, tan intensa, que las hace saltar del lecho y las guía al Tabernáculo, cuando aún el sueño no las ha dejado completamente.

¿No es ésta, acaso, la mejor prueba de que poseen espíritu de oración? Tales personas —con los hechos y no con las palabras— dicen con el Salmista: «Como el ciervo anhela la fuente de las aguas, así mi alma suspira por Ti, mi Dios».

Lo realmente deplorable es el descuido habitual, el estado de ánimo que los maestros de ascética definen con el término técnico de «tibieza», la falta de esfuerzo; y para decirlo con el Salmista, el estado de un alma voluntariamente semejante a un terreno árido, donde todo languidece por la falta de agua.

La Comunión nos une a Jesús, quien ruega por nosotros y en nosotros; nuestra voluntad debe hacer que Él ore también con nosotros, o sea, que no debe faltar nuestra cooperación. Esto podrá ser una cosa muy pobre en sí, de la manera como lo son los colores diluidos; pero el Dios de la bondad, como lo hace el artista que los transforma en una obra de arte, uniendo a su oración el balbuceo infantil de nuestro corazón, lo transforma en un clamor que llega hasta el Padre.

Continuación…