ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL P. JUAN CARLOS CERIANI
NOVIEMBRE DE 2013
ESPECIALES SOBRE EL VERBO ENCARNADO
LAS TENTACIONES DE CRISTO POR EL DIABLO,
LAS ENSEÑANZAS Y MILAGROS DE NUESTRO SEÑOR
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LA TENTACIÓN DE CRISTO POR EL DIABLO
Uno de los episodios más misteriosos de la vida de Jesús es el de las tentaciones que sufrió en el desierto por parte de Satanás:
Entonces fue llevado Jesús por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin tuvo hambre.
Y acercándose el tentador, le dijo: Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Pero él respondió, diciendo: Escrito está: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Llevóle entonces el diablo a la ciudad santa, y poniéndole sobre el pináculo del templo, le dijo: Si eres hijo de Dios, échate de aquí abajo, pues escrito está: A sus Ángeles encargará que te tomen en sus manos para que no tropiece tu pie contra una piedra. Díjole Jesús: También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios.
De nuevo le llevó el diablo a un monte muy alto, y, mostrándole todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, le dijo: Todo esto te daré si de hinojos me adorases. Díjole entonces Jesús: Apártate, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto.
Entonces el diablo le dejó, y llegaron ángeles y le servían (Mt 4, 1-11).
Santo Tomás dedica a este misterio una cuestión entera de la Suma Teológica, la 41, dividida en cuatro artículos.
1º) Fue muy conveniente que Cristo fuese tentado por Satanás.
Las principales razones por las que Cristo quiso someterse de hecho a las tentaciones de Satanás son las siguientes:
a) Para merecernos el auxilio contra las tentaciones.
b) Para que nadie, por santo que sea, se tenga por seguro y exento de tentaciones.
c) Para enseñarnos la manera de vencerlas.
d) Para darnos confianza en su misericordia.
Así lo enseña Santo Tomás:
Cristo quiso ser tentado:
Primero, para proporcionarnos auxilio contra las tentaciones. Por esto dice Gregorio en una Homilía: No era indigno de nuestro Redentor querer ser tentado, Él que había venido para ser muerto; para que así venciese nuestras tentaciones con las suyas, lo mismo que aniquiló nuestra muerte con la propia.
Segundo, para nuestra precaución, a fin de que nadie, por santo que sea, se tenga por seguro e inmune a la tentación. Por lo que también Él quiso ser tentado después del bautismo, porque, como dice Hilario, Super Matth., las tentaciones del diablo se ceban especialísimamente en los santos, porque no hay victoria que más apetezca que la lograda sobre los mismos. De ahí que también en Eclo 2, 1 se diga: Hijo, si vienes a servir al Señor, mantente firme en la justicia y el temor, y prepara tu alma para la tentación.
Tercero, para ejemplo; esto es, para enseñarnos el modo de vencer las tentaciones del diablo. Por esto escribe Agustín, en IV De Trin., que Cristo se ofreció al diablo para ser tentado, a fin de ser el mediador para superar sus tentaciones, no sólo con la ayuda, sino también con el ejemplo.
Cuarto, para infundir en nosotros la confianza en su misericordia. Por esto se dice en Heb 4, 15: No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, pues fue tentado en todo, a semejanza nuestra, menos en el pecado.
La primera dificultad plantea una interesante cuestión:
Tentar equivale a someter a prueba. Esto no se hace más que acerca de algo desconocido. Ahora bien, la virtud de Cristo era conocida incluso por los demonios, pues en Lc 4, 41 se lee que no dejaba hablar a los demonios, porque sabían que Él era el Cristo. Luego parece que no convino que Cristo fuese tentado.
Esto permite a Santo Tomás una explicación de gran importancia y profundidad:
Como escribe Agustín, en IX De Civ. Dei, Cristo se dio a conocer a los demonios tanto cuanto Él quiso; no en cuanto es la vida eterna, sino por ciertos efectos temporales de su virtud, por los cuales podían lograr alguna conjetura de que Cristo era el Hijo de Dios.
Pero como, por otra parte, veían en Él ciertas señales de flaqueza humana, no conocían con certeza que era el Hijo de Dios.
Y por este motivo quiso el diablo tentarlo. Esto es lo que se da a entender en Mt 4, 2-3, donde se dice que, después que tuvo hambre, se le acercó el tentador, porque, como comenta Hilario, el diablo no se hubiera atrevido a tentar a Cristo de no haber descubierto en Él, mediante la flaqueza del hambre, la condición humana. Y esto mismo es manifestado por el modo de tentarle, cuando le dijo: Si eres Hijo de Dios.
Gregorio comenta esta frase diciendo: ¿Qué significa este exordio de la conversación sino que conocía que el Hijo de Dios había de venir, pero que no pensaba que hubiera venido por medio de la debilidad del cuerpo?
La segunda dificultad se presenta de este modo:
Cristo había venido para destruir las obras del diablo. Pero no es propio del mismo sujeto destruir las obras de alguien y a la vez ser víctima de las mismas. Y, por este motivo, parece haber sido un despropósito el que Cristo tolerase ser tentado por el diablo.
Santo Tomás responde:
Cristo vino a destruir las obras del diablo, no usando de su poder, sino más bien padeciendo de él y de sus miembros, para, de este modo, vencer al diablo con la justicia, no con el imperio, como explica Agustín en XIII De Trin.
De ahí que en las tentaciones de Cristo debe considerarse lo que hizo Él por su propia voluntad y lo que padeció del diablo.
Y el ofrecerse al tentador fue obra de su propia voluntad. Pero toleró al diablo que lo tomara, y lo llevara ya sobre el alero del templo, ya a un monte muy alto.
Y no es de admirar, dice Gregorio, que permitiese ser llevado por el diablo a un monte el que consintió ser crucificado por los miembros de aquél.
Pero el ser llevado por el diablo no debe entenderse como algo ineludible, sino porque, como escribe Orígenes, le seguía a la tentación como el atleta que avanza libremente.
La tercera dificultad permite aclarar toda esta cuestión:
Hay una triple tentación, a saber: la de la carne, la del mundo, y la del diablo. Pero Cristo no fue tentado por la carne ni por el mundo. Luego tampoco debió serlo por el diablo.
Santo Tomás responde:
Como escribe el Apóstol (Heb 4, 15), Cristo quiso ser tentado en todo menos en el pecado.
Ahora bien, la tentación que proviene del enemigo puede carecer de pecado, porque se realiza sólo por sugestión exterior.
En cambio, la tentación que procede de la carne no puede darse sin pecado, porque tal tentación se realiza por medio del deleite y la concupiscencia; y como dice Agustín, algún pecado hay cuando la carne desea contra el espíritu.
Y, por este motivo, Cristo quiso ser tentado por el enemigo, pero no por la carne.
Resumiendo, Cristo no podía sufrir los asaltos de la propia carne o sensualidad, puesto que no existía en Él el fomes peccati ni la más ligera inclinación al pecado.
Tampoco podían afectarle para nada las pompas y vanidades del mundo, dada su clarividencia y serenidad de juicio.
Pero no hay inconveniente alguno en que se sometiera voluntariamente a la sugestión diabólica, ya que es algo puramente externo al que la padece, y no supone la menor imperfección en Él. Toda la malicia de esta tentación pertenece exclusivamente al tentador.
2º) Fue muy conveniente el orden de la tentación.
Enseña Santo Tomás:
La tentación que viene del enemigo se produce a modo de sugestión, como dice Gregorio. Pero la sugestión no puede hacerse a todos de la misma manera, sino que a cada uno se le sugiere algo entre las cosas que constituyen sus aficiones. Y, por este motivo, el diablo no tienta desde un principio al hombre espiritual con pecados graves, sino que comienza poco a poco con los leves, para llevarlo luego a los más graves.
De donde Gregorio, en XXXI Moral., comentando las palabras de Job 39, 25 —Huele de lejos la batalla, las arengas de los jefes y el alarido del ejército—, escribe: Se dice justamente que los jefes arengan y que el ejército emite alaridos, porque los primeros vicios se deslizan en la mente engañada bajo cierta apariencia de razón; pero los innumerables que luego se siguen, arrastrando al alma a toda clase de locuras, confunden como con un bestial alarido.
Y este procedimiento es el que siguió el diablo en la tentación del primer hombre. Pues, en primer lugar, solicitó su mente con la comida de la fruta prohibida, diciendo en Gen 3, 1: ¿Por qué os ha mandado Dios que no comieseis de todos los árboles del paraíso? Luego lo tentó de vanagloria, cuando dijo: Se abrirán vuestros ojos. Finalmente llevó la tentación hasta la extrema soberbia, al decir: Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.
Y este mismo orden guardó también con Cristo.
Porque, primero, le tentó con lo que apetecen los hombres por muy espirituales que sean, a saber: con la sustentación de la vida corporal mediante el alimento.
En segundo lugar, pasó a aquello en que, a veces, caen los varones espirituales, esto es, en hacer algunas cosas por ostentación, proceder que se encuadra en la vanagloria.
Por último, llevó la tentación a lo que ya no es propio de los varones espirituales, sino de los carnales, es decir, a desear las riquezas y la gloria del mundo hasta el desprecio de Dios.
Y ésta es la razón de que, en las dos primeras tentaciones, dijese: Si eres el Hijo de Dios; pero sin decirlo en la tercera, que no puede convenir a los varones espirituales, que son hijos de Dios por adopción, como les convienen las dos primeras.
Cristo hizo frente a estas tentaciones con testimonios de la ley, no con el poder de su virtud, a fin de que, de ese modo, honrase más al hombre y castigase en mayor grado al enemigo, como si el enemigo del género humano fuese vencido no por Dios, sino por el hombre, como dice el Papa León.
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En cuanto a la naturaleza de las tentaciones, la cuestión se plantea dado que hemos dicho que Nuestro Señor no podía ser tentado ni por la concupiscencia o intemperancia, ni por el mundo y sus vanidades.
¿Cómo, pues, dice el Evangelio que el demonio lo tienta primero de lo que llamaríamos gula, y luego de vanagloria, fama o renombre, propios del espíritu mundano?
Debemos saber que las tres tentaciones son antimesiánicas, contrarias a la misión misma de Cristo, en contra de la obra encomendada por el Padre.
El diablo sabía que Nuestro Señor era un varón religioso, y lo tentó como a tal. Sabía que era el Mesías, y lo tentó contra su misión. Sospechaba que fuera el Hijo de Dios, y lo tentó para sacarse la duda y desviarlo de su obra.
El diablo pecó de soberbia, hizo pecar de soberbia a Adán, y tienta de soberbia a los hombres religiosos.
El diablo tienta prometiendo o dando las cosas que Dios nos ha de dar si somos fieles y si esperamos la hora de Dios, siguiendo el camino por Él trazado.
El diablo tienta sugiriendo adelantarse, insinuando desviarse, aconsejando utilizar otros medios.
Primera tentación: induce a Nuestro Señor a empezar su misión por un acto contrario a la voluntad del Padre. No le ofrece suculentos manjares, sino que lo induce simplemente a que manifieste su divinidad, convirtiendo en pan las piedras del desierto.
Es tentación de desobediencia, en el fondo, como en el Paraíso: el Padre te mandó al desierto para que ayunes; ni a un esclavo se obliga a ésto; ya que eres el Hijo de Dios, rompe con tu propia voluntad una condición que te rebaja.
Jesús defrauda al demonio: ni le revela su divinidad, ni entra en sus intenciones de desviarse de la voluntad del Padre.
La vida del hombre no se conserva únicamente con el pan, sino que puede sustentarse de la forma que Dios quiera. Si Dios quiere que sufra hambre y viva, viviré sin pan. Hacer un milagro para procurarme qué comer, sería contrariar, en este momento, la voluntad de Dios.
Segunda tentación: Jesús había demostrado en la primera tentación suma confianza en Dios. Ahora es tentado para que se exceda ilegítimamente en esta misma confianza.
Así como Jesús se valió de la Sagrada Escritura para vencer al demonio; del mismo modo el diablo, falseando otro texto de la misma Escritura, en que promete Dios especial asistencia a los justos en las circunstancias peligrosas, tienta ahora a Jesús.
San Jerónimo dice que el diablo es mal intérprete de las Sagradas Escrituras: interpreta mal el texto del salmista, dándole un sentido absoluto a la protección milagrosa divina, incluso en caso de temeridad.
Dios quiere que el Mesías cumpla su misión en medio de dolores y desprecios; y el diablo lo tienta para que caiga en presunción y en la vía clamorosa de honores y fama.
Jesús lo vence sin descubrirse; con el escudo de la Escritura, rechaza los dardos que le vienen de la Escritura falseada.
Tercera tentación: Dios había prometido al Mesías la posesión de todos los reinos de la tierra (salmos 2 y 71); pero debía conquistarlos a fuerza de dolores y abatimientos. El diablo intentará persuadirlo que invierta el orden de la Providencia, llegando al dominio del mundo por un pacto con el mal, comprometiendo así su misión mesiánica.
Le promete el dominio y el régimen de toda la tierra y el honor que de ello se deriva. Y en una afirmación mentirosa de su orgullo, suplantándose a Dios, Dominador y Dueño de todo, añade: «porque me han sido dadas, y las doy a quien quiero»
El diablo es el Príncipe de este mundo. El Mesías debe serlo, pero lo ha de lograr por el dolor, por las humillaciones y por la muerte.
El demonio le ofrece la posesión de las cosas en un instante, sin pena ni dolor, por medio de una horrible blasfemia y de la idolatría.
Jesucristo le rebate con las Sagradas Escrituras y le rechaza con indignación; le repudia y le repele (lo que no hizo en las dos primeras tentaciones), para demostrar que es el vindicador de la gloria de Dios. Rebate al demonio con otra frase bíblica, y de este modo, quien buscaba adoraciones, oye la palabra que le condena al eterno reconocimiento de la superioridad divina.
Buscando desviar a Jesús de la voluntad del Padre, el diablo recibe la lección de la absoluta sujeción que él mismo debe a ella.
En cada respuesta, Jesús hace intervenir los derechos de Dios, reivindica la autoridad y el poder divinos.
Glorifiquemos a Jesús en su victoria; admiremos su excelencia, su sabiduría y su poder. Es el desquite contra el demonio, vencedor de nuestros primeros padres y de nosotros mismo cada vez que cedemos a sus insinuaciones y seducciones.
Las tres tentaciones que sufrió Cristo no son quizá más que una misma tentación desenvolviéndose en tres grados.
«Si eres el Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan»,
es decir, emplea tus poderes religiosos, el poder de hacer milagros, en proveer a tus necesidades, y adquirir bienes terrenos.
¿No es necesario el pan? ¿No es Dios quien lo hace? ¿No eres capaz de utilizarlo rectamente, sin glotonería? ¿No tienes hambre?
Los bienes de la Iglesia no son el Bien de la Iglesia. A veces, desgraciadamente, son la cola que arrastra por tierra, la cola de la cual decía con gracia el santo varón Don Orione: «Algunos clérigos son perros mudos: para soltarles la lengua, habría que cortarle la cola.»
La segunda tentación es: «Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo, para que viéndote volar los hombres, te adoren», es decir: Emplea tus facultades religiosas para ganar prestigio y poder; para ser conocido, aclamado, obedecido, venerado; para brillar entre los hombres y el pueblo.
Si la religión no es reverenciada, si no es obedecida, de poco sirve.
¿Acaso buscas tu propia gloria en eso? Buscas la gloria de Dios, la gloria de la Iglesia, la buena reputación de tu Orden, de tu convento; buscas el honor del clero, de la Curia, del Pontificado.
¡»Muéstrate al mundo!», como dirán después a Cristo sus parientes y amigos. ¡Asombra a las masas! ¡Haz bajar el fuego del cielo! ¡Haz un signo en las nubes! ¡Ven, que queremos coronarte como nuestro Rey!
El exceso de pompas y de magnificencias, aunque sean religiosas; de ceremonias, de cosas exteriores, de propaganda, como dirían hoy; la excesiva obsecuencia a la ciencia y sus artilugios, el apego a instrumentos mundanos pesados, la secularización y la mundanización de la actividad religiosa, la burocracia clerical excesiva o inerte, los sacerdotes funcionarios, la agitación y el sacramentalismo, en vez de la contemplación; en resumen, lo que Péguy llamaba «el descenso de la mística a la política», constituye en la Iglesia el fermentum phariseorum que hincha y desvanece la masa, y constituye la segunda tentación.
La primera tentación fue humana; la segunda, farisaica; la tercera es satánica: «Todo esto es mío, y te lo daré, si prosternándote me adorares», es decir: busca para la religión un reino en este mundo; y búscalo con los medios más eficaces, que son los satánicos.
Ahora bien la Iglesia viadora no es el Reino de Cristo en este mundo, sino el instrumento de congregación de la Esposa de Cristo, para que sea arrebatada con Cristo en su Venida.
Cuestión discutible y delicada. San Gregorio Magno, por ejemplo, afirma que los términos Reino de Dios e Iglesia no son siempre equivalentes; aunque se use a veces Reino por Iglesia.
La tentación de entregarse a los poderes de la tierra, de buscar aquí abajo la salvación del hombre, de adorar el Estado tiránico, es la tentación suprema.
Así como los judíos cayeron en desear un Rey temporal, así mismo la Iglesia es tentada con el deseo de reinar aquí abajo, como reinan los otros reinos.
A ella sucumbió la Sinagoga, al exigir un reino temporal; con ella fue tentado Cristo, y es consecuentemente sin cesar tentada la Iglesia.
Luchando el demonio contra Adán, tenía en cuenta a todos sus descendientes. Combatiendo contra Jesús, lo hace con la Cabeza de una nueva raza. Comienza la lucha de Jesús contra el demonio; hoy la sostiene solo; mañana la continuará sin treguas en cada alma y en su Cuerpo Místico.
En cada alma: por este encuentro formidable con el demonio, Jesús quiso mostrarnos las formas con que suele atacarnos y con qué armas debemos contraatacar.
1ª) La lucha se entabla en el campo de batalla de la sensualidad. El hombre es un ser muy sensual: por los sentidos se relaciona con el mundo exterior; los sentidos le procuran los goces más inmediatos.
Admiremos la táctica del Salvador; en vez de ponerse en contacto con la tentación, se eleva sobre ella; del pan que se le propone, dirige su mirada al verdadero pan de vida.
è ni siquiera mirar o considerar la tentación cuando nos envilece; volver nuestros deseos de goce hacia los bienes infinitos.
2ª) Se dirige al orgullo en su doble forma:
– estima desordenada de sí mismo = presunción = víctima de la confianza que les inspira sus talentos y las mismas virtudes.
– deseo excesivo de la estima de los otros = maravillar a la turba = actos irreflexivos provocados por el deseo de ser admirados.
3ª) Ambición, codicia. Ser amos del mundo, dominarlo todo, procurarlo todo. Los bienes terrenales ocupan el primer lugar, Dios queda relegado, sus derechos postergados.
El Cuerpo Místico: si Cristo fue tentado, la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, también sería tentada con las mismas tentaciones que sufrió su Cabeza.
1ª) Por medio de lo religioso procurarse cosas materiales. Pueden llegar a la simonía o venta de lo sagrado.
2ª) Por medio de la religión, procurarse prestigio, poder y la gloria que dan los hombres.
3ª) Postrarse ante el diablo a fin de dominar el mundo.
El diablo está hoy tentando a la humanidad con un Reino Universal obtenido sin Cristo, con las solas fuerzas del hombre. Todo ese gran movimiento del mundo de hoy representa esa aspiración innata al hombre, aspiración a la unidad pacífica.
Es una promesa divina, pero el diablo quiere llegar primero y ofrecerlo al margen de Dios y contra Jesucristo.
Ese Reino Universal de paz y armonía se realizará, pero con y por Cristo. La manera en que se está ofreciendo no podemos aceptarla porque es la preparación al Anticristo.
Llegará un día en que un hombre aceptará el trato: «todo esto es mío y lo doy a quien quiero; todo esto te daré, si cayendo a mis pies me adorases».
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LA ENSEÑANZA DE JESUCRISTO
Santo Tomás desarrolla este tema en la cuestión 42, dividida en cuatro artículos:
¿Cristo debió predicar sólo a los judíos, o también a los gentiles?
¿Debió evitar en su predicación las agitaciones de los judíos?
¿Debió predicar en público o en secreto?
¿Debió enseñar sólo de palabra o también por escrito?
1º) Fue muy razonable que Cristo, por sí mismo y por los Apóstoles, empezase predicando únicamente a los judíos.
Santo Tomás da las siguientes razones:
Fue conveniente que la predicación de Cristo, tanto la personal como la hecha por los Apóstoles, se dirigiese al principio solamente a los judíos.
Primero, para mostrar que con su venida se cumplían las antiguas promesas hechas a los judíos y no a los gentiles. De donde el Apóstol, en Rom 15, 8, escribe: Digo que Cristo fue ministro de la circuncisión, es decir, apóstol y predicador de los judíos, en honor a la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres.
Segundo, para demostrar que su venida procedía de Dios, pues, como se dice en Rom 13, 1, Las cosas que provienen de Dios están en orden.
Este orden debido exigía que la doctrina de Cristo fuese propuesta primeramente a los judíos, que estaban más cerca de Dios por la fe y por el culto a un solo Dios y que, por medio de ellos, se transmitiese a los gentiles, así como también en la jerarquía celestial las iluminaciones divinas llegan a los ángeles inferiores mediante los superiores.
Por esto, comentando las palabras de Mt 15, 24 —no he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel—, dice Jerónimo: No dice con esto que no haya sido enviado a los gentiles, sino que primero lo ha sido a Israel. De donde también en Is 66, 19 se lee: De los que se hayan salvado, es decir, de los judíos, enviaré a los gentiles, y les anunciarán mi gloria.
Tercero, para quitar a los judíos la ocasión de calumniarle. Por esto, comentando el pasaje de Mt 10, 5 —no toméis el camino de los gentiles—, dice Jerónimo: Convenía que la venida de Cristo se anunciase primero a los judíos para que no tuviesen la excusa justificada de decir que ellos rechazaron al Señor porque envió sus Apóstoles a los gentiles y a los samaritanos.
Cuarto, mediante la victoria de la cruz, mereció el poder y el dominio sobre las gentes. Por esto se dice en Ap 2, 26-28: Al que venciere le daré potestad sobre las gentes, como yo la recibí de mi Padre. Y en Flp 2, 8ss se dice que, por haberse hecho obediente hasta la muerte de cruz Dios lo exaltó para que, al nombre de Jesús, se doble toda rodilla, y toda lengua le confiese.
Y éste es el motivo de que, antes de la pasión, no quisiese predicar su doctrina a los gentiles; mientras que, después de su pasión, dijo a los discípulos: Id, enseñad a todas las gentes (Mt 28, 19). Por esto, como se lee en Jn 12, 20ss, cuando, próxima la pasión, algunos gentiles quieren ver a Jesús, responde: Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, permanece solo; pero, si muere, da mucho fruto. Y como dice Agustín, a propósito de estas palabras, a sí mismo se llamaba grano, que había de ser muerto por la infidelidad de los judíos y multiplicado con la fe de las naciones.
En las respuestas a las tres dificultades, redondea Santo Tomás su enseñanza:
Cristo fue luz y salvación de los gentiles por medio de sus discípulos, a quienes envió a predicar a los paganos.
No supone menor potestad, sino mayor, hacer algo por medio de otros, y no por sí mismo. Y, por esto, el poder divino se manifestó en Cristo en grado supremo al otorgar a sus discípulos un poder tan grande para enseñar que gentes que no habían oído nada de Cristo se convirtiesen a Él.
Como Cristo no debió comunicar, desde un principio, indiferentemente su doctrina a los gentiles, para conservar su entrega a los judíos como a pueblo primogénito, de igual forma no debió rechazar totalmente a los gentiles, para no cerrarles por completo la esperanza de la salvación.
Por esto fueron admitidos algunos gentiles en particular, debido a la excelencia de su fe y devoción. Algunos recibieron de Él la doctrina de la salvación —la samaritana, los griegos de que habla San Juan (12, 20)— y hasta grandes elogios por su fe y devoción, como la cananea y el centurión romano.
2º) Fue muy razonable que Cristo fustigara duramente la maldad de los escribas y fariseos, aunque fuera para ellos motivo de indignación y piedra de escándalo.
Estaba profetizado en Is 8, 14 que Nuestro Señor Jesucristo sería piedra de tropiezo y piedra de escándalo para las dos casas de Israel.
Dice Santo Tomás:
La salud del pueblo se ha de preferir a la paz de cualquier particular.
Y así, cuando algunos, con su maldad, son obstáculo a la salud de la multitud, no ha de temer el predicador o doctor enfrentarse con ellos, mirando a la salud de la muchedumbre.
Ahora bien: los escribas, los fariseos y los príncipes de los judíos se oponían, con su maldad, a la salud del pueblo, ya porque combatían la doctrina de Cristo, únicamente de la cual podía venir la salud; ya porque, con sus depravadas costumbres, corrompían la vida del pueblo.
Por lo cual el Señor, sin hacer caso de su escándalo, enseñaba públicamente la verdad, que aquéllos aborrecían, y reprendía sus vicios. Y así se lee en San Mateo que cuando los discípulos dijeron al Señor: ¿No sabes que los judíos, al oírte, se escandalizaron?, les contestó: Dejadlos, son ciegos y guías de ciego. Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la fosa (Mt 15, 12-14).
Esta doctrina interesantísima nunca perderá su actualidad.
En pleno siglo de oro escribía Santa Teresa: … No se usa ya este lenguaje. Hasta los predicadores van ordenando sus sermones para no descontentar. Buena intención tendrán y la obra lo será; mas así se enmiendan pocos. Mas ¿cómo no son muchos los que por los sermones dejan los vicios públicos? ¿Sabe qué me parece? Porque tienen mucho seso los que los predican. No están sin él, con el gran fuego de amor de Dios, como lo estaban los Apóstoles, y así calienta poco esta llama. No digo yo sea tanta como ellos tenían, mas querría que fuese más de lo que veo. ¿Sabe vuestra merced en qué debe ir mucho? En tener ya aborrecida la vida y en poca estima la honra; que no se les daba más, a trueco de decir una verdad y sustentarla para gloria de Dios, perderlo todo que ganarlo todo; que a quien de veras lo tiene todo arriscado por Dios, igualmente lleva lo uno que lo otro. No digo yo que soy ésta, mas querríalo ser.
En la respuesta a las dificultades hace Santo Tomás observaciones muy interesantes:
1ª. Dice Agustín en el libro De agone christiano, en Jesucristo hombre se nos ofreció como modelo de vida el Hijo de Dios. Ahora bien, nosotros debemos evitar el escándalo, no sólo de los fieles, sino también de los infieles, conforme a las palabras de I Cor 10, 32: No deis escándalo a los judíos, ni a los gentiles ni a la Iglesia de Dios. Luego parece que también Cristo debió evitar el escándalo de los judíos en su enseñanza.
R: El hombre debe comportarse de modo que no escandalice a nadie, para que a ninguno dé ocasión de ruina con sus hechos o con sus dichos menos rectos. No obstante, si de la verdad se origina el escándalo, es preferible mantener el escándalo antes que abandonar la verdad, como escribe Gregorio.
Sobre el escándalo:
II-II, q. 43, a. 7:
Como hay dos clases de escándalo, a saber: el activo y el pasivo, huelga plantearse esta cuestión respecto al escándalo activo.
En efecto, dado que el escándalo activo es un dicho o un hecho menos recto, jamás deberá hacerse nada con este escándalo.
La cuestión, empero, tiene razón de ser respecto al escándalo pasivo. Se debe, pues, considerar qué hay que dejar para que otro no se escandalice.
Pues bien, entre los bienes espirituales hay que distinguir. Algunos son necesarios para la salvación, y éstos no se pueden omitir sin pecado mortal, ya que es evidente que nadie puede pecar mortalmente para impedir el pecado de otro, porque el orden de la caridad exige que la salud espiritual propia prevalezca sobre la ajena. Por lo mismo, lo necesario para la salvación no debe omitirse a efectos de evitar el escándalo.
En cuanto a los bienes espirituales no necesarios para la salvación se impone, a su vez, establecer una distinción.
En efecto, el escándalo a que dan lugar proviene, a veces, de la malicia; tal es el caso de quien quiere impedir ese tipo de bienes espirituales provocando escándalo. Ese era el escándalo de los fariseos, que se escandalizaban de la doctrina del Señor. Ese tipo de escándalo debe desdeñarse, como enseña el Señor (Mt 15, 14).
Pero el escándalo proviene a veces de la debilidad y de la ignorancia; es el escándalo de los pusilánimes. En ese caso se deben ocultar, y a veces incluso diferir, las obras espirituales, si puede hacerse sin inminente peligro, hasta que, explicado el tema, se desvanezca el escándalo. Pero si, una vez explicado el tema, continúa el escándalo, parece que éste proviene entonces de la malicia, en cuyo caso no hay razón para omitir las obras espirituales a causa de él.
II-II, q. 43, a. 8:
Entre los bienes temporales se impone una distinción, ya que o son nuestros o nos han confiado su conservación en favor de otros; tal es el caso de los bienes de la Iglesia confiados a los prelados, o el de los bienes comunales confiados a los que gobiernan la república.
La conservación de esos bienes, al igual que los entregados en depósito, incumbe por necesidad a quienes les han sido confiados. Por eso no se deben abandonar por el escándalo, al igual que lo que sea necesario para la salvación.
En cambio, los bienes temporales de que somos dueños, por el escándalo debemos dejarlos unas veces sí y otras no: dándolos, si están en nuestro poder, o no reclamándolos, si los tienen otros.
En efecto, si se produce el escándalo por flaqueza o por ignorancia ajenas, como dijimos del escándalo de los pusilánimes, entonces o hay que abandonarlos del todo o hay que desvanecer de alguna manera el escándalo, por ejemplo, con alguna explicación. Por eso escribe San Agustín en el libro De Serm. Dom.: Hay que dar lo que, en cuanto sea posible valorarlo, ni te perjudique a ti ni a los demás. Y cuando negares lo que pide, hazle ver la justicia; y corrigiéndolo, darás algo mejor al que pide injustamente.
Pero el escándalo nace a veces de la malicia, como el escándalo de los fariseos. En este caso no se deben abandonar los bienes temporales por consideración hacia quien provoca tales escándalos, ya que esto, por una parte, redundaría en perjuicio del bien común, ofreciendo a los malos ocasión de rapiña; y por otra, causaría perjuicio a los mismos ladrones, que permanecerían en pecado reteniendo lo ajeno. Por eso dice San Gregorio en Moral.: A algunos de los que nos quitan lo temporal tan solamente se les debe tolerar, pero hay otros a quienes hay que impedírselo justamente, no por la única preocupación de que no nos roben lo nuestro, sino para que los raptores no se pierdan reteniendo lo ajeno.
2ª. No es propio del sabio comportarse de modo que se impida el efecto de su labor. Ahora bien, Cristo, al turbar con su enseñanza a los judíos, impedía el efecto de la misma, pues en Lc 11, 53-54 se dice que, por reprender el Señor a los fariseos y a los escribas, comenzaron a acosarle terriblemente y a hacerle hablar de muchas cosas, poniéndole lazos y tratando de prenderle por alguna palabra de su boca, para acusarlo. Luego no parece haber sido conveniente que los escandalizase con su enseñanza.
R: La reprensión pública de los escribas y fariseos por Cristo no impidió, sino que más bien promovió el efecto de su enseñanza. Porque al quedar al descubierto los vicios de aquéllos ante el pueblo, éste se apartaba menos de Cristo a causa de las palabras de los escribas y los fariseos, que se oponían siempre a la enseñanza de Cristo.
3ª. Dice el Apóstol en I Tim 5, 1: No reprendas con dureza al anciano, sino exhórtale como a un padre. Ahora bien, los sacerdotes y los príncipes de los judíos eran los ancianos de aquel pueblo. Luego parece que no debían ser reprendidos con dureza.
R: Esa sentencia del Apóstol debe entenderse respecto de aquellos ancianos que no lo son sólo por la edad o por la autoridad, sino también por la honestidad, conforme a aquel pasaje de Núm 11, 16: Reúneme setenta hombres entre los ancianos de Israel, de los que tú sabes que son ancianos y maestros del pueblo. Pero si convierten la autoridad de su ancianidad en instrumento de malicia, pecando públicamente, deben de ser reprendidos abiertamente y con dureza, como lo hizo Daniel: Envejecido en la maldad, etcétera (Dan 13, 52).
3º) Fue muy conveniente que Cristo expusiera a veces su doctrina en forma de parábolas.
Consta en el Evangelio que Cristo enseñó algunas cosas a sus apóstoles en privado, pero ordenándoles que lo predicaran después públicamente: Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; y lo que os digo al oído, predicadlo sobre los terrados (Mt 10, 27).
Otras veces hablaba en forma de parábolas, que explicaba después a sus discípulos, pero cuyo sentido escapaba a la mayor parte de sus oyentes.
Los propios apóstoles le preguntaron al Señor la razón de esta manera de predicar, y obtuvieron esta respuesta:
Y llegándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? El les respondió, y dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado. Porque al que tiene se le dará, y tendrá más: mas al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: «De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no veréis: porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y las orejas oyeron pesadamente, y cerraron sus ojos, para que no vean de los ojos, y oigan de las orejas, y del corazón entiendan, y se conviertan y los sane». (Mt 13, 10-15).
Esta es la interpretación de Santo Tomás (q. 43, a. 3):
La doctrina de uno puede ser oculta de tres modos.
Primero, en cuanto a la intención del docente, que se propone no manifestar su doctrina a muchos, sino más bien ocultarla.
Y esto puede acontecer de dos maneras.
Unas veces, por la envidia del propio docente, que quiere descollar por su ciencia, y por ello no quiere comunicarla a los demás. Esto no sucedió en Cristo, puesto que en su nombre se dice en Sab 7, 13: Con sencillez la aprendí, y sin envidia la comunico, y no oculto su belleza.
Otras veces acontece esto por la inmoralidad de las cosas que se enseñan; como dice Agustín, In loann., hay cosas malas que no puede soportar la decencia humana. Pero la doctrina de Cristo no procede del error ni de la impureza (cf. 1 Tes 2, 3). Y, por este motivo, dice el Señor en Mc 4, 21: ¿Acaso se trae una lámpara, esto es, una doctrina verdadera y honesta, para colocarla debajo del celemín?
Segundo, una doctrina puede calificarse de oculta porque se propone a pocos. Y, de este modo, Cristo tampoco enseñó nada a escondidas, porque exponía toda su doctrina, bien a todo el pueblo, bien a todos sus discípulos. De donde escribe Agustín In loann.: ¿Quién habla a escondidas cuando habla en presencia de tantos hombres? ¿Y más cuando, hablando a pocos, quiere que, por medio de ellos, sea conocida por muchos?
Tercero, una doctrina resulta oculta en cuanto a la manera de enseñarla. Y, en este aspecto, Cristo ocultaba algunas cosas a las muchedumbres al servirse de las parábolas para anunciar misterios espirituales, que no eran capaces o dignos de captar.
Y, no obstante, les resultaba más provechoso recibir así, bajo el velo de las parábolas, la doctrina espiritual que ser totalmente privados de la misma.
Sin embargo, el Señor exponía a sus discípulos la verdad clara y desnuda de las parábolas de modo que, por medio de ellos, llegase a otros, que serían capaces, según aquellas palabras de 2 Tim 2, 2: Cuanto me has oído en presencia de muchos testigos, confíalo a hombres fieles, que también serán capaces de instruir a otros. Y esto está simbolizado en Núm 4, 5ss, cuando se ordena que los hijos de Aarón envuelvan los vasos del santuario, que los levitas debían transportar envueltos.
Según esta interpretación del Doctor Angélico, la razón profunda de la predicación en parábolas hay que buscarla en una acción combinada de la misericordia y de la justicia de Dios: porque no eran capaces o dignos de recibir abiertamente la doctrina de Cristo.
a) En primer lugar, no eran capaces de recibir abiertamente esa doctrina a causa de sus prejuicios mesiánicos, completamente opuestos a la realidad evangélica. Ellos se imaginaban un Mesías en forma de rey temporal, fuerte y poderoso, que aplastaría a todos los enemigos de Israel y les llenaría de venturas y prosperidades temporales.
Frente a esta concepción, arraigadísima en el pueblo, la doctrina evangélica, orientada por entero al reino de los cielos y al desprecio de las cosas de la tierra, era demasiado sublime y elevada para que pudieran captarla expuesta en toda su desnudez.
Cristo les da el pan de la verdad en la forma que entonces podían comprenderla, dejando a sus discípulos el cuidado de exponerla con toda claridad a medida que fueran capaces de asimilarla.
b) En segundo lugar, no eran dignos de recibirla claramente, por su obstinada incredulidad. Era un hecho, como lamentaba el mismo Cristo, que viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.
Ante tanta obstinación y malicia, la justicia de Dios tenía forzosamente que castigarlos, y por eso les anuncia la verdad en forma velada y misteriosa, a fin de que los hombres de buena voluntad tuvieran las luces suficientes para abrazar la verdad evangélica, y los rebeldes y obstinados recibieran el justo castigo de su maldad.
Sin embargo, con relación a estos últimos brilla todavía de algún modo la misericordia de Dios porque, como advierte Santo Tomás, todavía les era mejor recibir la doctrina del reino de Dios bajo el velo de las parábolas que del todo quedar privados de ella.
Veamos la exégesis de otros Doctores:
San Juan Crisóstomo: Mas dijo esto no para expresar una fatalidad ni una necesidad, sino para demostrar que los que no han recibido ese don son la causa de todos sus males, y para hacernos ver que es un don de Dios y una gracia que viene del cielo el conocer los misterios divinos.
«Porque al que tiene se le dará». Como si dijera: a aquel que tiene deseo y celo se le dará todo lo que viene de Dios; por el contrario, a aquel que está privado de este deseo y no pusiere de su parte cuanto puede para conseguirlo, ése no recibirá los dones de Dios y lo que tiene se le quitará, no siendo Dios el que se lo quita, sino el hombre que se hace indigno de poseerlo.
De aquí es que si viéremos nosotros que oía alguno con pereza la palabra de Dios, y que a pesar de nuestros esfuerzos no podíamos persuadirlo a que atendiera, no tenemos más remedio que callar, porque si insistimos, aumentaremos la pereza.
Más al que desea aprender lo atraemos con facilidad y lo hacemos capaz de recibir muchas cosas.
Y bien dijo según otro evangelista (variante del texto de San Marcos, 4, 25): «Al que parece tener», porque el mismo no posee lo que tiene.
Y para expresar con más claridad lo que había dicho, añade: «Por eso hablo en parábolas a aquellos que viendo no ven», etc. Si ellos no pudieran abrir los ojos, esta ceguedad sería natural, pero como es voluntaria, por eso no dijo: «No ven», sino: «viendo, no ven».
Ellos, efectivamente, vieron lanzar a los demonios, y dijeron: «Lanza los demonios en nombre de Beelzebub» (Mt 12, 24). Veían que atraía a todos a Dios, y dicen: «No viene este hombre de Dios» (Jn 9, 16).
Y puesto que publicaban lo contrario a lo que veían y oían, por eso se les quitó la facultad de ver y de oír. De esto no sacan utilidad alguna, sino que se precipitan a una condenación mayor. Por esta razón no les habló el Señor al principio en parábolas, sino con toda claridad, y si ahora les habla en parábolas, es porque pervierten lo que han visto y lo que han oído.
En seguida, a fin de que no pudieran decir: «Nos calumnia este enemigo nuestro», cita el pasaje del profeta Isaías que dice lo mismo de ellos.
En todo este pasaje demuestra el Señor la profunda malicia y la aversión estudiada que le tenían los judíos; mas con el fin de atraerlos, añade: «Para que se conviertan, y los sane»; palabras que demuestran que si se convirtiesen serían sanados; da a entender, además, la voluntad de reconciliarse con ellos en las siguientes palabras: «Cuando se conviertan los sanaré»; palabras que demuestran la posibilidad de que se convirtiesen, hiciesen penitencia y se salvasen.
San Jerónimo: A los Apóstoles, que creyeron en Cristo, les fue dado lo que les faltaba en virtudes; y a los judíos, que no creyeron en el Hijo de Dios, se les ha quitado hasta los bienes naturales que poseían, y no pueden comprender nada con sabiduría, porque carecen del principio de la sabiduría.
San Hilario: Los judíos, que no tienen fe, perdieron hasta la ley que habían tenido. Y por eso la fe en el Evangelio tiene la plenitud de los dones, porque una vez recibida nos enriquece con nuevos frutos, mientras que, si se rechaza, nos quita los dones que hemos recibido en el primer estado de naturaleza.
4º) Fue conveniente que Cristo no expusiera por escrito su doctrina, sino que se limitara a su predicación oral.
Enseña Santo Tomás (q. 42, a. 4):
Fue conveniente que Cristo no consignase por escrito su doctrina.
Primero, por su propia dignidad. A más excelente doctor corresponde más excelente modo de enseñar. Y, por eso, a Cristo, como a doctor supremo, le competía este modo, para que imprimiese su doctrina en los corazones de los oyentes.
Segundo, por la excelencia de la doctrina de Cristo, imposible de encerrarse en un escrito, conforme a aquellas palabras de Jn 21, 25: Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús, que, si se escribiesen una por una, pienso que ni el mundo entero bastaría para contener los libros que sería preciso escribir. Como dice Agustín, no hay que pensar que el mundo no podría contenerlos localmente, sino que la capacidad de los lectores sería insuficiente para comprenderlos.
Si, pues, Cristo hubiera consignado su doctrina por escrito, los hombres hubiesen pensado que no tenía otra más alta que la escrita.
Tercero, para que su doctrina pasase ordenadamente de Él a todos, de este modo: Él enseñó inmediatamente a sus discípulos, y éstos aleccionaron a los demás de palabra y por escrito.
En cambio, de haber escrito Él mismo, su doctrina hubiera llegado inmediatamente a todos.
Santo Tomás cita a San Agustín: Cristo es cabeza de todos sus discípulos como miembros que son de su cuerpo. Y así, cuando ellos escribieron lo que Él manifestó y enseñó, no se puede decir que Él no escribió, puesto que sus miembros realizaron lo que, al dictado de la cabera, entendieron. Todo cuanto Él quiso que nosotros leyésemos sobre sus obras y sus palabras, ordenó que fuera escrito por ellos como por sus propias manos.
JESÚS MAESTRO
El Mesías debía ser Maestro de los hombres.
Es un hecho la elevación de nuestros primeros padres a un orden sobrenatural que importaba, por lo que al pensamiento respecta, la revelación, por parte de Dios, de un cúmulo de verdades que el hombre por sí solo jamás hubiese podido alcanzar.
Dios lo creó en santidad de verdad, es decir, en posesión de una verdad santa que iluminaba con destellos divinos su inteligencia, que por ello quedaba unida con la misma inteligencia de Dios.
El pecado acarreó sobre el hombre toda clase ruina; pero la primera de todas fue la ruina de su inteligencia.
Dios no sustrajo del pensamiento del hombre las divinas verdades que en él había depositado; pero la falta de comunicación directa con Dios, la profunda herida que en su parte superior recibió el hombre y las mismas pasiones que se sustrajeron al dominio de la razón, fueron las causas de que se adulterara y perdiera la revelación primera y de que al imperio de la verdad, clara y plena, sucediera el reino del error.
No dejó Dios, en el decurso de la historia, que pereciera por completo su verdad, ni dejó a la humanidad entregada a sus solas fuerzas. Dios se hizo un pueblo, el de Israel, con el que mantuvo comunicación constante durante varios siglos, revelando su verdad divina a los Patriarcas y Profetas, que a su vez la comunicaban al pueblo.
De este modo se mantuvo la noción del Dios verdadero y las obligaciones del hombre para con Él, hasta que llegase la plenitud de los tiempos prometidos, en que viniese a la tierra el Enviado de Dios y llenase otra vez personalmente de la divina verdad el pensamiento humano.
Esta es la exigencia fundamental del magisterio del futuro Mesías. La redención importa la restauración del orden primero: y la restauración no era posible sin que se reanudara otra vez la relación intelectual del hombre con Dios, porque la inteligencia es la facultad fundamental y normativa de la vida del hombre.
Al magisterio circunstancial de los enviados de Dios debía seguir el magisterio del Doctor por antonomasia que había Dios de enviar en su nombre a los hombres.
El Mesías había de ser la culminación de este magisterio, que debía ser lleno y definitivo. Después de la revelación del Nuevo Testamento ya no habrá más revelación que la que Dios haga de Sí mismo a sus elegidos en el reino de la verdad, absoluta y eterna.
En los siglos premesiánicos era un anhelo universal el de la venida de un Maestro que disipara las tinieblas del pensamiento humano.
Tan arraigada estaba la convicción del magisterio del Mesías entre el pueblo judío que, cuando se acercan los tiempos mesiánicos, se espera una explosión de la verdad que llene con su claridad el pensamiento del hombre.
La voz de la Samaritana, en su coloquio con Jesús, es la voz apremiante de todo Israel: Sé que llega ya el Mesías, que se llama Cristo, y cuando Él llegue, nos lo declarará todo.
En el Evangelio, el primer aspecto que se nos ofrece es el de Jesús Maestro. Los discursos de Jesús ocupan en ella las tres cuartas partes.
Es frecuente en los Evangelios el apelativo rabbí aplicado a Jesús. El Rabbí es un maestro; es nombre de grandeza, de pensamiento, de sabiduría, de palabra. Jesús, que rechazaba los honores que para sí buscaban los rabbí de su tiempo, no rechaza el calificativo de maestro, antes lo aprueba y acepta.
Jesús es el Verbo del Padre, la Sabiduría, la Idea substancial, Luz de Luz, Palabra eterna de Dios, que vino a ponerse en contacto con el pensamiento del hombre para que éste reentrara otra vez en el campo de la verdad de Dios.
Bajo este aspecto, difiere profundamente la misión de Jesús de la de los Profetas enviados por Dios. Estos no son más que los intermediarios entre Dios y los hombres; Jesús es el mismo Dios que habla a los mortales.
En el Antiguo Testamento era de ordinario un solo hombre, el Profeta, el que recibía la comunicación intelectual de Dios, y luego les decía a los demás hombres, en el nombre de Dios que le había hablado.
Jesucristo representa la etapa nueva y definitiva del magisterio de Dios para con el hombre. La función de su Magisterio es esencialmente teologal, porque es función del mismo Dios que enseña cosas divinas a los hombres. Es la culminación de la función doctrinal de Dios que ya no habla por medio de puros hombres, sino que se hace hombre para enseñar a los hombres.
Por ello San Pablo se goza en la descripción de este Magisterio del Hijo de Dios, diciendo: Habiendo Dios hablado en otros tiempos a los Padres muchas veces y en diversas formas, nos ha hablado en estos últimos días por su Hijo, al cual constituyó heredero de todo, por quien también hizo los siglos.
La aparición de Jesús en la historia humana es la gran teofanía de los siglos, porque es la máxima manifestación de Dios, en su forma más directa, porque es personal; y más eficaz, porque la palabra, sobre todo si es elocuente como la de Jesús, es el mejor vínculo del pensamiento.
El Magisterio divino de Jesús es preparación y preludio de la visión definitiva de la Verdad esencial en la gloria bienaventurada.
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LOS MILAGROS DE JESUCRISTO
Entre los motivos de credibilidad ocupa el primer lugar el milagro.
El milagro, por definición, es un hecho producido por Dios fuera del orden de toda la naturaleza. Supone una alteración transitoria y circunstancial del orden natural, que rebasa, sin género alguno de duda, las fuerzas de toda naturaleza creada o creable.
Por encima de toda la naturaleza y de todo el orden natural está únicamente el poder de Dios.
Cualquier poder creado es, forzosamente, un poder natural: imposible que rebase por sí mismo esa categoría meramente natural.
Dios puede utilizar a un ser creado (un Ángel, un hombre, un animal) como instrumento para realizar una obra milagrosa o sobrenatural; pero ni Dios mismo podría comunicarle un poder sobrenatural para que lo utilizara por sí misma, o sea, independientemente de la acción de Dios como causa, principal. Esto es absolutamente imposible y contradictorio: lo natural no puede ser, por si mismo, sobrenatural sin incurrir en contradicción.
Por consiguiente, dondequiera que se realice un verdadero y auténtico milagro que altere el orden natural, hay que concluir inmediatamente que allí está Dios, ya sea actuando directamente por sí mismo o, al menos, utilizando instrumentalmente a un ser creado.
Ahora bien: Jesucristo realizó verdaderos y auténticos milagros con el solo imperio de su voluntad.
Esta es la gran prueba de la divinidad de Jesucristo y el mayor de los motivos de credibilidad.
Santo Tomás dedica a los milagros de Nuestro Señor tres cuestiones.
En la primera estudia los milagros de Jesucristo en general.
En la segunda examina sus diferentes especies.
Y en la tercera analiza uno de los hechos más sorprendentes del Evangelio: la transfiguración de Jesucristo.
I.- LOS MILAGROS DE CRISTO EN GENERAL
Cuatro son las cuestiones que examina Santo Tomás:
1ª Si Cristo debió hacer milagros.
2ª Si los realizó con poder divino.
3ª Si comenzó a realizarlos en tiempo oportuno.
4ª Si demostró con ellos su propia divinidad.
1º) Fue convenientísimo y hasta necesario que Jesucristo realizara grandes milagros para probar su divina misión.
Este es el clarísimo razonamiento de Santo Tomás (q. 43, a. 1):
Dios concede al hombre el poder de hacer milagros por dos motivos.
Primero, y principalmente, para confirmar la verdad que uno enseña.
Porque, al exceder las cosas de la fe la capacidad humana, no pueden probarse con razones humanas, sino que es necesario probarlas con argumentos del poder divino, a fin de que, haciendo uno las obras que solamente puede hacer Dios, crean que viene de Dios lo que se enseña; así como, cuando uno presenta una carta sellada con el sello del rey, se cree que el contenido de la misma ha emanado de la voluntad real.
Segundo, para mostrar la presencia de Dios en el hombre por la gracia del Espíritu Santo, de modo que, al realizar el hombre las obras de Dios, se crea que el propio Dios habita en él por la gracia.
Y ambas cosas debían ser manifestadas a los hombres acerca de Cristo, a saber: Que Dios estaba en Él por la gracia no de adopción sino de unión, y que su doctrina sobrenatural provenía de Dios.
Y por estos motivos fue convenientísimo que hiciera milagros. Por lo cual dice Él mismo en Jn 10, 38: Si no queréis creerme a mí, creed a las obras. Y en Jn 5, 26: Las obras que el Padre me ha concedido hacer, ellas dan testimonio de mí.
La tercera dificultad propuesta dice así:
Cristo vino a salvar a los hombres por la fe, según el pasaje de Heb 12, 2: Puesta la mirada en el autor de la fe y consumador de la misma, Jesús. Pero los milagros disminuyen el mérito de la fe, por lo que, en Jn 4, 48, dice el Señor: Si no veis señales y prodigios, no creéis. Luego da la impresión de que Cristo no debió hacer milagros.
Y Santo Tomás responde:
Los milagros disminuyen el mérito de la fe en tanto y en cuanto que por ellos se pone de manifiesto la dureza de quienes no quieren creer más que a base de milagros lo que prueban las Sagradas Escrituras.
Y, sin embargo, es mejor para ellos que se conviertan a la fe, siquiera por los milagros, que permanecer totalmente en la infidelidad.
En I Cor 14, 22 se dice que los milagros se dan a los infieles, es a saber, para que se conviertan a la fe.
2º) Jesucristo realizó sus milagros con el poder divino.
Santo Tomás lo enseña, apoyándose en San León Magno:
Como queda expuesto, los verdaderos milagros no pueden hacerse más que con el poder divino, porque sólo Dios es capaz de alterar el orden natural, requisito que pertenece a la noción de milagro.
Por lo cual dice el papa León, en la Epístola ad Flavianum, que, habiendo en Cristo dos naturalezas, una de ellas, es a saber, la divina, es la que resplandece con los milagros; la otra, esto es, la humana, es la que cede al peso de las injurias;y, sin embargo, cada una de ellas obra en comunicación con la otra, en cuanto que la naturaleza humana es instrumento de la acción divina, y la acción humana recibe el poder de la naturaleza divina.
La tercera dificultad dice:
Lo que se hace por virtud divina, no puede hacerse con el poder de criatura alguna. Pero las cosas que hacía Cristo podían ser hechas también con el poder de una criatura; por esto decían los fariseos que expulsaba a los demonios por Beelzebul, príncipe de los demonios. Luego parece que Cristo no hizo milagros de origen divino.
Santo Tomás responde:
Cristo arrojaba a los demonios de forma distinta a como son expulsados por el poder del demonio.
Porque, con el poder de los demonios más altos, los otros demonios son expulsados de los cuerpos de tal manera que continúa su dominio en cuanto al alma, porque el diablo no obra contra su propio imperio.
En cambio, Cristo arrojaba los demonios no sólo de los cuerpos, sino mucho más de las almas.
Y por estos motivos el Señor reprobó la blasfemia de los judíos, los cuales decían que Él expulsaba a los demonios con el poder de los demonios:
Primero, porque Satanás no se divide contra sí mismo.
Segundo, por seguir el ejemplo de otros, que arrojaban a los demonios mediante el Espíritu de Dios.
Tercero, porque Él mismo no hubiera podido expulsar a los demonios de no haberlos vencido con el poder divino.
Cuarto, porque no existía conformidad alguna entre Él y Satanás, ni en las obras ni en las consecuencias, porque Satanás trataba de esparcir lo que Cristo recogía.
3º) Jesucristo comenzó a hacer milagros en el tiempo más oportuno de su vida, o sea, al iniciar su ministerio público.
Así lo enseña Santo Tomás:
Cristo hizo los milagros para confirmar su doctrina y para dar a conocer el poder divino que había en Él.
Y por eso, en cuanto a lo primero, no debió hacer milagros antes de comenzar a predicar. Y no debió comenzar a predicar antes de la edad perfecta.
En cuanto a lo segundo, debió dar a conocer su divinidad por medio de los milagros de tal modo que se creyese en la verdad de su humanidad.
Y por este motivo, como dice el Crisóstomo In loann., oportunamente no comenzó a hacer milagros desde el principio de su vida, porque hubieran creído que la encarnación era una fantasía, y le hubieran crucificado antes del tiempo oportuno.
4º) Los milagros realizados por Jesucristo fueron suficientes para manifestar su divinidad.
Santo Tomás de Aquino lo enseña de este modo:
Los milagros hechos por Cristo eran suficientes para dar a conocer su divinidad, por tres motivos:
Primero, por la calidad de las obras, que superaban todo el alcance del poder creado y, en consecuencia, no podían ser hechas más que por el poder divino.
Y por esta causa el ciego curado decía, en Jn 9, 32-33: Jamás se ha oído que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada.
Segundo, por el modo de hacer los milagros, puesto que los realizaba como con poder propio, y no orando, como los otros.
Por esto se dice en Lc 6, 19 que salía de él una fuerza que sanaba a todos. Con lo cual se demuestra, como dice Cirilo, que no recibía ningún poder ajeno, sino que, al ser Dios por naturaleza, manifestaba su propia virtud sobre los enfermos. Y también por tal motivo hacía milagros innumerables.
A lo mismo se debe que, comentando el pasaje de Mt 8, 16 —Expulsaba con su palabra los espíritus, y curó a todos los enfermos—, diga el Crisóstomo: Fíjate en la multitud de curados que los Evangelistas pasan de corrida, sin hablar de cada uno de los curados, sino presentando en pocas palabras un piélago inefable de milagros.
Y con esto quedaba demostrado que tenía un poder igual al de Dios Padre, según aquellas palabras de Jn 5, 19: Lo que hace el Padre, eso también lo hace igualmente el Hijo; y a continuación (v. 21): Como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere.
Tercero, por la misma doctrina con la que se declaraba Dios, la cual, de no ser verdadera, no hubiera sido confirmada por milagros hechos con el poder divino. Y por esto se escribe en Mc 1, 27: ¿Qué nueva doctrina es ésta? Porque manda con poder a los espíritus inmundos, y le obedecen.
La principal dificultad que se opone a esta doctrina dice:
Los milagros que hizo Cristo fueron también realizados por otros, tales como los profetas y muchos santos. Luego parece que no fueron suficientes para mostrar su divinidad.
Santo Tomas la refuta de este modo:
Esta era la objeción de los gentiles.
Por esto dice Agustín en la Epístola A.d Volusianum: Ninguno de esos indicios de una majestad tan grande queda claro, dicen, mediante los correspondientes milagros. Porque esa terrible purificación mediante la cual expulsaba a los demonios, esto es, la curación de los débiles, la vuelta de la vida a los muertos y otras semejantes, bien consideradas, son poca cosa para Dios. Y a esto responde Agustín: También nosotros confesamos que los profetas hicieron cosas semejantes. Pero el mismo Moisés y los demás profetas anunciaron al Señor Jesús y le tributaron gran gloria. El cual quiso hacer obras semejantes para que no resultase el absurdo de no hacer Él por sí mismo lo que había hecho por medio de otros. Sin embargo, también Él debió hacer algo propio (como fue): Nacer de una Virgen, resucitar de entre los muertos, subir a los cielos. El que piense que esto es poco para Dios, no sé qué más puede reclamar de Él. ¿Acaso, después de haberse encarnado, debió crear un mundo diferente, a fin de que creyésemos que fue Él mismo quien creó el mundo presente? Pero, bajo este aspecto, no era posible hacer un mundo mayor ni tampoco igual a éste; y si lo hubiera hecho menor que éste, hubiera sido juzgado, de igual modo, como poca cosa.
Sin embargo, las cosas que otros realizaron, las hizo Cristo de modo más perfecto. Por lo que, comentando el pasaje de Jn 15, 24 —si no hubiera hecho entre ellos obras que no ha hecho ningún otro—, dice Agustín: Ninguna de las obras de Cristo parece ser mayor que la resurrección de los muertos, acción que sabemos haber hecho también los antiguos profetas. Sin embargo, Cristo hizo algunas cosas que ningún otro realizó. Pero se nos contesta que también otros hicieron cosas que ni Él ni otro realizaron. No obstante, jamás se lee de ninguno de los antiguos que haya curado tantos vicios, tantos achaques y tantos sufrimientos con un poder tan excepcional. Y sin contar que, con su mandato, sanó a cuantos le eran presentados, en Mc 6, 56 se dice: Dondequiera que entraba, en aldeas, pueblos o ciudades, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían tocar siquiera la orla de su manto, y cuantos lo tocaban, quedaban curados. Esto no lo hizo en ellos ningún otro. Y así hay que entender la expresión «en ellos»; no «entre ellos» o «en presencia de ellos», sino absolutamente «en ellos», porque a ellos los sanó. Y no lo hizo así ningún otro de los que hicieron en ellos tales obras, porque cualquier otro hombre que las haya hecho, lo hizo obrando Él; en cambio, Él hizo esas cosas sin el concurso de ellos.
Aparte de esto, hay que tener en cuenta que Cristo obraba sus milagros por su propia cuenta y virtud, sin recurrir a la oración, como hacían los profetas.
II.- LAS DIVERSAS ESPECIES DE LOS MILAGROS DE CRISTO
Santo Tomás establece una división exhaustiva al catalogarlos en cuatro grupos:
1º) sobre los espíritus
2º) sobre los cuerpos celestes
3º) sobre los hombres
4º) sobre las criaturas irracionales.
1º) Sobre los espíritus
El mundo de los espíritus se divide, como es sabido, en dos grandes reinos: el de los Ángeles buenos, llamados simplemente Ángeles, y el de los ángeles malos, llamados más bien demonios. Unos y otros testimoniaron la divinidad de Jesucristo, aunque de modo muy diverso.
El testimonio de los Ángeles se realizó de dos maneras:
a) Apareciéndose ante los hombres al servicio de Cristo. Tal ocurrió, por ejemplo, con el Ángel de Nazaret (Lc 1, 26), con los que anunciaron la Natividad a los pastores de Belén (Lc 2, 9-14), con los que avisaron a San José para salvar al Niño (Mt 2, 13-23} y los que intervinieron en la Resurrección. (Mt 28, 2-7) y Ascensión del Señor (Act 1, 10-11).
b) Sirviéndole a Él en sus necesidades. Por ejemplo, después de las Tentaciones en el desierto (Mt 4, 11) y en la Agonía, de Getsemaní (Lc 22, 43).
El testimonio de los demonios se produjo también de dos maneras:
a) Reconociéndole, muy a pesar suyo, como Mesías y verdadero Dios.
He aquí algunos textos del Evangelio en los que los demonios hablan por boca de los posesos:
¿Qué hay entre ti y nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? Te conozco: tú eres el Santo de Dios (Mc 1, 24; Lc 4, 34).
¿Qué hay entre ti y nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a destiempo para atormentarnos? Había no lejos de allí una numerosa piara de cerdos paciendo, y los demonios le rogaban diciendo: Si has de echarnos, échanos a la piara de cerdos (Mt 8, 29-31).
Los demonios salían también de muchos gritando y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Pero Él les reprendía y no les dejaba hablar, porque conocían que era Él el Mesías (Lc 4, 41).
b) Obedeciéndole cuando les mandaba con imperio salir de los hombres:
Jesús le mandó: Cállate y sal de él. El espíritu inmundo, agitándole violentamente, dio un fuerte grito y salió de él (Mc 1, 25-26; Lc 4, 35).
Jesús les dijo: Id. Ellos salieron y se fueron a los cerdos, y toda la piara se lanzó por un precipicio al mar, muriendo en las aguas (Mt 8, 32).
Le presentaron un hombre mudo endemoniado, y, arrojado el demonio, habló el mudo, y se maravillaron las turbas, diciendo: Jamás se vio tal en Israel (Mt 9, 32-33).
E increpó al demonio, que salió, quedando curado el niño desde aquella hora (Mt 17, 18).
Ya atardecido, le presentaron muchos endemoniados, y arrojaba con una palabra los espíritus (Mt 8, 16).
Al explicar la conveniencia de estos hechos, escribe Santo Tomás (q. 44, a. 1):
Los milagros realizados por Cristo fueron argumentos de la fe que predicaba. Ahora bien, acontecería que con la virtud de su divinidad expulsaría el poder de los demonios de los hombres que habrían de creer en Él, según aquellas palabras de Jn 12, 31: Ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera. Y, por este motivo, fue conveniente que, entre otros milagros, también liberase a los poseídos por el demonio.
Las respuestas a las dificultades complementan y redondean la doctrina:
1ª. Entre las sustancias espirituales, los santos Ángeles tienen una perfección superior a los demonios. Pero no leemos que Cristo haya hecho milagro alguno sobre los Ángeles buenos. Luego tampoco debió hacerlos sobre los demonios.
R: Así como Cristo debía librar a los hombres del poder de los demonios, así también debía asociarlos a los Ángeles. Y por este motivo no convenía demostrar a los hombres otros milagros acerca de los Ángeles, excepto las apariciones de éstos a los hombres, lo que aconteció en su nacimiento, en su resurrección y en su ascensión.
2ª. Los milagros de Cristo se ordenaban a manifestar su divinidad. Ahora bien, la divinidad de Cristo no debía ser manifestada a los demonios, porque eso hubiera impedido el misterio de su pasión, conforme a lo que se dice en I Cor 2, 8: De haberlo sabido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Luego no debió hacer milagro alguno sobre los demonios.
R: Como escribe Agustín, en IX De Civ. Dei, Cristo se dio a conocer a los demonios tanto cuanto quiso; y quiso tanto cuanto convino. Pero se les dio a conocer no como a los Ángeles santos, en cuanto es vida eterna, sino a través de ciertos efectos temporales de su poder.
Y, en primer lugar, viendo que Cristo tenía hambre después del ayuno, juzgaron que no era el Hijo de Dios.
Por lo que, a propósito de Lc 4, 3 —si eres el Hijo de Dios, etc.—, comenta Ambrosio: ¿Qué significa el exordio de tal conversación sino que, habiendo conocido que el Hijo de Dios había de venir, no se le ocurrió que hubiera venido mediante la flaqueza del cuerpo?
Pero luego, al ver los milagros, por cierta sospecha, conjeturó que era el Hijo de Dios.
Por eso, comentando las palabras de Mc 1, 24 —sé que eres el Santo de Dios—, dice el Crisóstomo que no tenía noticia cierta o segura de la venida de Dios.
Sin embargo sabía que era el Mesías prometido en la Ley. Por lo cual se dice en Lc 4, 41: Porque sabían que Él era el Mesías.
El que confesasen que Él era el Hijo de Dios, obedecía más a una sospecha que a una certeza.
Por esto escribe Beda In Luc.: Los demonios confiesan al Hijo de Dios y, como luego se dice, «sabían que era el Mesías». Porque, al verlo el diablo fatigado por el ayuno, entendió que era hombre verdadero; pero, al no triunfar sobre Él cuando le tentó, dudaba si sería el Hijo de Dios. Ahora, mediante el poder de los milagros, o entendió o, mejor, sospechó que era el Hijo de Dios. Por consiguiente, si persuadió a los judíos que le crucificasen, no fue porque dejó de pensar que el Mesías era el Hijo de Dios, sino porque no previó que, con su muerte, sería él condenado. Y de este «misterio escondido desde antes de los siglos» dice el Apóstol (I Cor 2, 8) que «ninguno de los príncipes de este mundo le conoció, pues, si le hubieran conocido, nunca hubiesen crucificado al Señor de la gloria».
3ª. Los milagros de Cristo se ordenaban a la gloria de Dios; por lo cual se dice en Mt 9, 8 que, al ver las turbas al paralítico curado por Cristo, temieron y glorificaron a Dios, que dio tal poder a los hombres. Pero a los demonios no les pertenece glorificar a Dios, porque, como se dice en Eclo 15, 9, la alabanza no está bien en labios del pecador. Por esto también se lee en Mc 1, 34 y en Lc 4, 41: No dejaba hablar a los demonios en lo que tocaba a su gloria. Luego parece no haber sido conveniente que hiciese milagros sobre los demonios.
R: Cristo no hizo los milagros de expulsar a los demonios por el provecho de éstos, sino a causa de la utilidad de los hombres, para que éstos glorificaran a Dios. Y por esto les prohibió hablar de lo que redundaba en alabanza de Él.
Primero, para ejemplo, porque, como dice Atanasio, no les dejaba hablar, aunque dijesen verdad, para acostumbrarnos a nosotros a cuidarnos de ellos, aun cuando parezcan decir verdad. Es ilícito que, teniendo las divinas Escrituras, nos dejemos instruir por el diablo. Y esto es peligroso porque, con frecuencia, los demonios mezclan mentiras con verdad.
Segundo, porque, como dice el Crisóstomo, no convenía que robasen la gloria del ministerio apostólico. Ni era decente que el misterio de Cristo fuera dado a conocer por una lengua apestosa, porque la alabanza no está bien en labios del pecador (Eclo 15, 9).
Tercero, porque, como dice Beda, no quería encender con esto la envidia de los judíos. Por lo que también los mismos Apóstoles reciben la orden de callar acerca de Él, no fuera que, predicando la majestad divina, se desacreditase el destino de la pasión.
4ª. Los milagros hechos por Cristo se ordenaban a la salud de los hombres. Pero algunos demonios fueron arrojados de los hombres con daño de éstos. Unas veces con detrimento corporal, como se narra en Mc 9, 24-25, pues el demonio, al mandato de Cristo, dando gritos y agitándole con violencia, salió del hombre, quedando éste como muerto, hasta el extremo de decir muchos que estaba muerto. Otras veces, con daño de los bienes materiales, como cuando, a petición de los propios demonios, los envió a los puercos, a los que precipitaron al mar; por lo que los habitantes de aquella región le rogaron que se retirase de su término, como se lee en Mt 8, 31-34. Luego parece que hizo estos milagros indebidamente.
R: Cristo había venido especialmente a enseñar y hacer milagros para utilidad de los hombres, principalmente en lo que se refiere a la salud del alma. Y por esta razón permitió que los demonios expulsados causasen algún daño a los hombres, ya en el cuerpo, ya en los bienes, por el provecho del alma humana, a saber, para instrucción de los hombres.
Por esto dice el Crisóstomo, In Matth., que Cristo permitió a los demonios entrar en los puercos, no como persuadido por los demonios, sino: Primero, para instruirnos sobre la magnitud del daño que infieren a los hombres cuando los tientan; segundo, para que todos aprendan que ni contra los puercos se atreven a hacer cosa alguna si Él no se lo permite; tercero, para mostrar que hubieran hecho daños mayores en aquellos hombres que en los puercos de no haber sido ayudados por la divina Providencia.
Y por las mismas causas permitió que el liberado de los demonios fuese afligido, de momento, más gravemente, aunque al instante le libró de la aflicción.
Por aquí también se pone de manifiesto, como escribe Beda, que muchas veces, cuando nos esforzamos por convertirnos a Dios después de haber llevado una vida de pecado, somos excitados con mayores y nuevas asechanzas del antiguo enemigo. Hace esto o para inspirar odio a la virtud, o para vengar la injuria de su expulsión.
El hombre curado quedó como muerto, según comenta Jerónimo, porque a los sanos se les dice: Estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3, 3).
2º) Sobre los cuerpos celestes
En el Evangelio se narran algunos prodigios relacionados con Cristo que afectan a los cuerpos celestes.
Por ejemplo, la estrella que guió a los Magos hasta Belén para adorar al Niño (Mt 2, 2-10); los cielos abiertos durante su bautismo y la aparición del Espíritu Santo en forma de paloma (Mt 3, 16), y las tinieblas que rodearon el Calvario durante las tres horas que estuvo Cristo pendiente de la cruz (Mt 27, 45).
Santo Tomás explica la conveniencia de estos milagros (q. 44, a. 2):
Los milagros de Cristo debían ser tales que bastasen para probar que Él era Dios.
Y esto no se prueba tan claramente por las transmutaciones de los cuerpos inferiores, que pueden ser movidos también por otras causas, como por el cambio del curso de los cuerpos celestes, que sólo Dios ha ordenado de manera inmutable.
Y esto es lo que dice Dionisio en la epístola Ad Polycarpum: Es preciso reconocer que nunca puede cambiarse el orden y el movimiento de los cielos, a no ser que el que hace todas las cosas y las cambia según su palabra, tenga motivo para este cambio.
Y por esto fue conveniente que Cristo también hiciese milagros sobre los cuerpos celestes.
1ª. Como dice Dionisio en el c.4 del De Div. Nom. , no es propio de la Providencia divina destruir la naturaleza, sino conservarla. Pero los cuerpos celestes son por su naturaleza incorruptibles e inalterables, como se prueba en I De caelo . Luego no fue conveniente que Cristo hiciera mutación alguna sobre el curso de los cuerpos celestes.
R: Es natural a toda criatura el que sea cambiada por Dios a su voluntad. Por esto dice Agustín en XXVI Contra Faustum: Dios, creador y gobernador de todas las cosas, no hace nada contra la naturaleza, porque lo que Él hace constituye la naturaleza de cada cosa. Y así no se destruye la naturaleza de los cuerpos celestes cuando Dios les cambia su curso; se destruiría si lo cambiase alguna otra causa.
2ª. El correr del tiempo se mide de acuerdo con el movimiento de los cuerpos celestes, según aquellas palabras de Gen 1, 14: Haya luminares en el firmamento del cielo, y sirvan de señales para las estaciones, los días y los años. Así pues, mudado el curso de los cuerpos celestes, se altera la distinción y el orden de los tiempos. Pero no se lee que esto haya sido percibido por los astrólogos, que contemplan las estrellas y calculan los meses, como se dice en Is 47, 13. Luego da la impresión de que Cristo no introdujo mutación alguna en el curso de los cuerpos celestes.
R: Con el milagro que Cristo hizo (cf. Lc 23, 44), no se alteró el orden de los tiempos, porque, según algunos, aquellas tinieblas, u oscurecimiento del sol, que acaecieron en la pasión de Cristo, se debieron a que el sol retrajo sus rayos, sin alteración alguna en el movimiento de los cuerpos celestes, que es el que mide los tiempos.
Por esto dice Jerónimo In Matth.: Parece que la lumbrera mayor retrajo sus rajos o para no ver al Señor pendiente, o para que los impíos, que blasfemaban, no gozasen de su luz. Pero tal retracción no debe entenderse como si estuviera en poder del sol lanzar sus rayos o retraerlos, pues no los emite a su elección, sino por naturaleza. Se dice que el sol retrajo sus rayos, en cuanto que el poder divino hizo que sus rayos no llegasen a la tierra.
Orígenes, en cambio, dice que esto sucedió por la interposición de las nubes. De donde, In Matth. , escribe: Es natural pensar que nubes oscurísimas, abundantes y densas, acudieron en tropel sobre Jerusalén y sobre la región de Judea, y por tal motivo se produjeron profundas tinieblas desde la hora de sexta hasta la de nona. Pienso yo que así como los demás signos que sucedieron en la pasión, por ejemplo «que el velo se rasgó, que tembló la tierra», etc., tuvieron lugar sólo en Jerusalén, así sucedió con éste; o si alguno quisiera extenderlo más pensando en la tierra de Judea, porque en Lc 23, 44, se dice que «las tinieblas cubrieron toda la tierra», ésta debe limitarse a Judea, como en 1 Re 18, 10 dijo Abdías a Elías: «Vive Dios, que no hay nadan ni reino a que mi señor no haya enviado a buscarte», indicando que le buscaron en las naciones que limitan con Judea.
Pero sobre esto se ha de creer más bien a Dionisio, quien, como testigo de vista, observó que eso sucedió por la interposición de la luna entre nosotros y el sol. Dice, efectivamente, en su Epístola Ad Polycarpum: Contra todo lo concebible, veíamos que la luna avanzaba hacia el sol.
Y señala cuatro milagros.
Primero, que el eclipse natural del sol por la interposición de la luna no ocurre nunca sino en tiempo de la conjunción del sol y la luna. Y entonces la luna se hallaba en oposición al sol, al ser el día quince del mes, puesto que era la Pascua de los judíos. Por esto dice: no era tiempo de conjunción.
El segundo milagro es que, habiendo sido vista la luna, cerca del mediodía, junto con el sol en medio del cielo, por la tarde apareció en su lugar, esto es, en oriente, en oposición al sol. Por lo que añade : Y de nuevo la vimos, es decir, a la luna, desde la hora nona, en que se apartó del sol, cesando las tinieblas, hasta el atardecer, milagrosamente devuelta al diámetro frente al sol, esto es, para que estuviese diametralmente opuesta al sol. Y así resulta evidente que no se alteró el curso ordinario de los tiempos porque, merced al poder divino, aconteció que la luna milagrosamente se aproximase al sol fuera de su debido tiempo y que, al retirarse del sol, recuperase su propio lugar en el tiempo oportuno.
El tercer milagro consiste en que, por ley natural, el eclipse de sol siempre comienza por el occidente y termina en el oriente. Y la razón de esto está en que la luna según su propio movimiento, por el que se mueve de occidente a oriente, es más veloz que el sol en su propio movimiento. Por eso la luna, viniendo del occidente y tendiendo hacia el oriente, alcanza al sol y lo pasa. Pero entonces la luna ya había pasado al sol y, distando de él la mitad del círculo, se encontraba en oposición al sol. Por esto fue necesario que la luna se volviese al oriente, hacia el sol, y, caminando hacia occidente, le alcanzase primero por la parte del oriente. Y esto es lo que él dice: Vimos el eclipse comenzando por el oriente y llegando hasta los contornos del sol, porque lo eclipsó enteramente, volviendo luego desde aquí para atrás.
El cuarto milagro fue que, en el eclipse natural, el sol comienza a reaparecer por la misma parte en que antes empezó a oscurecerse, es a saber: Porque la luna, acercándose al sol, le pasa en su caminar natural hacia oriente, y así abandona primero la parte occidental del sol, que también primero había ocupado. Pero entonces la luna, volviendo milagrosamente de oriente a occidente, no pasó al sol, para estar más al occidente que éste; sino que, una vez que llegó al término del sol, se volvió hacia el oriente, y de este modo dejó primeramente descubierta la parte del sol que ocultó en último lugar. Y así el eclipse comenzó por la parte oriental, pero la claridad comenzó a reaparecer primero en la parte occidental. Y esto es lo que él dice: Y vimos de nuevo la falta de la luz y su reaparición no del mismo modo, es decir, no por la misma parte del sol, sino, al contrario, del lado diametralmente opuesto.
El Crisóstomo, In Matth., añade un quinto milagro, diciendo que las tinieblas duraron tres horas, cuando el eclipse de sol pasa en un momento, y no se detiene, como saben los que lo han observado. Con lo que se da a entender que la luna se quedó quieta bajo el sol. A no ser que prefiramos decir que la duración de las tinieblas se cuenta desde el instante en que comenzó a oscurecerse el sol hasta el momento en que el sol quedó totalmente limpio.
3ª. A Cristo le correspondía más hacer milagros mientras vivía y enseñaba que a la hora de su muerte; ya porque, como se dice en II Cor
13, 4, fue crucificado en razón de su flaqueza, pero vive por el poder de Dios, con el que hacía los milagros; ya porque sus milagros confirmaban su doctrina. Ahora bien, no leemos que durante su vida haya hecho milagro alguno sobre los cuerpos celestes; antes bien, cuando los fariseos le piden una señal del cielo, rehusó concedérsela, como se narra en Mt 12, 38-39 y 16, 1-4. Luego parece que tampoco a la hora de su muerte debió hacer milagro alguno sobre los cuerpos celestes.
R: Convenía que la divinidad de Cristo se demostrase por los milagros principalmente cuando más se dejaba ver en Él la flaqueza según su naturaleza humana. Y, por este motivo, en el Nacimiento de Cristo apareció en el cielo una estrella (cf. Mt 2). De donde Máximo, en un Sermón de Navidad, dice: Si tienes una pobre opinión del pesebre, levanta un poco los ojos y mira en el cielo la nueva estrella que anuncia al mundo el nacimiento del Señor.
Y en la Pasión apareció una flaqueza todavía mayor en lo que atañe a la humanidad de Cristo. Como escribe el Crisóstomo In Matth., ésta es la señal que prometió dar a los que se la pedían, diciendo: «Esta generación depravada y adúltera pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás» (Mt 12, 39), dando a entender la cruz y la resurrección. Pues, en efecto, es mucho más admirable que esto sucediera cuando Él estaba clavado en la cruz que cuando andaba por la tierra.
3º) Sobre los hombres
He aquí la lista de los principales milagros pertenecientes a este grupo:
a) Resucitó tres muertos:
1. La hija de Jairo, recién muerta (Mt 9, 18-25).
2. El hijo de la viuda de Naím cuando le llevaban a enterrar (Lc 7, 11-17).
3. Lázaro, cadáver putrefacto de cuatro días (lo 11, 33-44).
b) Sanó toda clase de enfermedades:
1. El leproso (Mt 8, 1-4).
2. Diez leprosos (Lc 17, 12-19).
3. La fiebre de la suegra de Pedro (Mt 8, 14-15).
4. El paralítico de la piscina probática (lo 5, 1-15).
5. Otro paralítico a quien perdonó los pecados (Mt 9, 1-7).
6. El hijo del régulo, a distancia del enfermo (lo 4, 46-54).
7. El siervo del centurión, también a distancia (Mt 8, 5-13).
8. El hombre de la mano seca (Mt 12, 9-13).
9. La hemorroísa (Mt 9, 20-22).
10. La mujer encorvada (Lc 13, 10-13)
11. El ciego de Betsaida (Mc 8, 22-26).
12. El ciego de nacimiento (lo 9, 1).
13. Los dos ciegos de Jericó (Mt 20, 29-34).
14. Otros dos ciegos (Mt 9, 27-31).
15. El sordomudo (Mc 7, 32-37).
16. El hidrópico (Lc 14, 2-6).
Además de estos milagros, cuya descripción minuciosa nos ha conservado el Evangelio, hizo Jesucristo muchísimos otros, como dicen repetidas veces los evangelistas (Mt 8, 16-17; Mc 1, 29-34; Lc 4, 38-41, etc.).
Y no sólo externos y comprobables por todos, sino también internos, cambiando las disposiciones íntimas de sus oyentes mal dispuestos (lo 7, 45-47), o dejándoles admirados y sin respuesta (Mt 22, 21-22), o incluso derribándolos por el suelo al conjuro taumatúrgico de su palabra (lo 18, 6).
Santo Tomás explica hermosamente la conveniencia de este tercer grupo de milagros realizados por Jesucristo en favor de los hombres:
Lo que se ordena a un fin debe guardar proporción con ese fin.
Ahora bien: Cristo para esto vino al mundo y para esto enseñaba, para salvar a los hombres, según leemos en San Juan: Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él (lo 3, 17).
Por esto fue conveniente que, principalmente por la milagrosa curación de los hombres, se mostrase Salvador universal y espiritual de todos los hombres.
Muchos de estos milagros los hizo Jesucristo por modo imperativo, con una sola palabra (quiero; sé limpio; levántate) y, a veces, a distancia del beneficiado. Otras veces, en cambio, hacía alguna cosa más que la simple palabra (tocarles, poner saliva, etc.), e incluso en alguna ocasión, no curó a un ciego instantáneamente, sino por grados (Mc 8, 22-26).
Explicando esta distinta manera de proceder, los Santos Padres han dicho cosas muy hermosas, a veces extrayendo con habilidad e ingenio enseñanzas místicas muy elevadas a propósito de cualquier detalle; es lo que recoge Santo Tomás (q. 44, a. 3, ad 2):
Cristo había venido a salvar al mundo no sólo con el poder de su divinidad, sino asimismo mediante el misterio de su encarnación. Y por esto, con frecuencia, cuando curaba a los enfermos no usaba sólo del poder divino, simplemente ordenando, sino que también añadía algo de parte de su humanidad.
Por esto, sobre el pasaje de Lc 4, 40 —imponiendo las manos a cada uno, los curaba a todos— comenta Cirilo: Aunque en cuanto Dios hubiera podido alejar todas las enfermedades con una palabra, los tocó, demostrando con ello que su humanidad era eficaz para dar remedios.
Y acerca de Mc 8, 23-25 —poniendo saliva en sus ojos e imponiéndole las manos, etc.— dice el Crisóstomo: Escupió e impuso las manos al ciego, queriendo demostrar que la palabra divina, unida a la obra, hizo el milagro; la mano deja ver la acción; la saliva, la palabra que procede de la boca.
Y sobre el pasaje de Jn 9, 6 —hizo barro con la saliva y untó con el barro los ojos del ciego— escribe Agustín: Hizo barro con su saliva, porque «el Verbo se hizo carne».
O también para significar que Él mismo era quien del barro de la tierra había formado al hombre, como explica el Crisóstomo.
Acerca de los milagros de Cristo hay que considerar también que, en general, los hacía como obras perfectísimas. Por esto, a propósito de Jn 2, 10 —todo el mundo sirve primero el vino bueno— comenta el Crisóstomo: Los milagros de Cristo son de tal categoría que resultan mucho más preciosos y útiles que las obras realizadas por la naturaleza.
De igual modo confería instantáneamente la salud perfecta a los enfermos. Por ello, Jerónimo, a propósito de Mt 8, 15 —se levantó y los servía—, comenta: La salud que el Señor confiere, vuelve íntegra en un instante.
Especialmente a propósito del ciego aquel sucedió lo contrario por su falta de fe, como dice el Crisóstomo. O, como dice Beda, al que podía curar totalmente y con una sola palabra, lo sana poco apoco, para mostrar la grandeva de la ceguera humana, que con dificultad, y como por pasos, vuelve a la luz, y para indicarnos su gracia, con la cual nos ayuda en cada avance hacia la perfección.
Santo Tomás opina que a los milagros corporales acompañaba siempre el perdón de los pecados a los beneficiados, aunque no siempre lo dijera externamente (q. 44, a. 3, ad 3):
Cristo hacía los milagros con el poder divino, y las obras de Dios son perfectas, tal como se lee en Dt 32, 4. Pero nada es perfecto si no consigue su fin. Y el fin de la curación exterior realizada por Cristo es la curación del alma. Por eso no convenía que Cristo curase el cuerpo de nadie sin curar su alma.
De donde, a propósito de Jn 7,23 —he curado enteramente a un hombre en día de sábado—, comenta Agustín: Al ser curado para recobrar la salud del cuerpo, creyó para quedar sano del alma.
Especialmente se dice al paralítico: Tus pecados te son perdonados (Mt 9, 5), porque, como expone Jerónimo In Matth., con esto se nos da a entender que los pecados son la causa de la mayor parte de las enfermedades corporales; y tal vez por eso son perdonados primeramente los pecados para que, suprimidas las causas de la enfermedad, sea devuelta la salud.
Por lo cual, en Jn 5, 14 se dice: Ya no vuelvas a pecar, no sea que te suceda algo peor. Con lo que, como dice el Crisóstomo, aprendemos que la enfermedad le había provenido del pecado.
Aunque, como añade el mismo Crisóstomo In Matth., cuanto el alma es mejor que el cuerpo, tanto es mayor perdonar los pecados que curar el cuerpo; mas, porque aquello no es manifiesto, hace lo que es menos pero más claro, para demostrar lo que es mayor pero no tan manifiesto.
En cuanto a la aparente contradicción entre la prohibición que solía Cristo imponer a los favorecidos con sus milagros de no decir nada a nadie, y las palabras que dijo al endemoniado de Gerasa cuando le curó: Vete a tu casa, a los tuyos, y anúnciales cuanto el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de ti (Mc 5, 19), la resuelve Santo Tomás con las siguientes palabras (q. 44, a. 3, ad 4):
El mismo San Crisóstomo, exponiendo las palabras: Mirad que nadie lo sepa (Mt 9, 30), dice: No es contrario lo que aquí dice con lo que ordena al otro: Vete y anuncia la gloria de Dios. Pues con esto nos enseña a prohibir que nos alaben los que quieren alabarnos por nosotros mismos. Pero, si se refiere a la gloria de Dios, no debemos prohibirlo, sino más bien instarles a que lo hagan.
4º) Sobre las criaturas irracionales
El Evangelio nos refiere otra serie de milagros realizados por Jesucristo sobre las criaturas irracionales e incluso inanimadas, aunque siempre al servicio o en provecho del hombre.
He aquí la lista de los principales:
1. La conversión del agua en vino en las bodas de Cana (lo 2, 2-11).
2. La pesca milagrosa (Lc 5, 1-11).
3. Otra pesca milagrosa después de la resurrección (lo 21, 1-11).
4. La tempestad calmada (Mt 8, 23-27).
5. Cristo camina sobre el mar (Mt 14, 25-26).
6. Pedro anda sobre el mar por mandato de Cristo (Mt 14, 29-33).
7. Primera multiplicación de los panes y peces (Mt 14, 15-21).
8. Segunda multiplicación (Mt 15, 32-38).
9. La higuera seca (Mt 21, 18-22).
10. La moneda en la boca del pez (Mt 17, 26).
11. El velo del templo rasgado (Mt 27, 51).
12. El terremoto del Calvario (Mt 27, 52).
La conveniencia de este cuarto grupo de milagros es manifiesta: con ello demostró Cristo una vez más que tenía pleno dominio sobre toda la creación, como dueño y señor de toda ella. Le obedecen las criaturas irracionales e inanimadas (peces, pan, vientos, agua, árboles, etc.), en las que no cabe sugestión ni engaño alguno (q. 44, a. 4):
Como antes se ha expuesto, los milagros de Cristo se ordenaban a dar a conocer en Él el poder de la divinidad para la salvación de los hombres. Ahora bien, concierne al poder divino que le estén sometidas todas las criaturas. Y, por este motivo, fue conveniente que hiciese milagros en toda clase de criaturas, y no sólo en los hombres, sino también en las criaturas irracionales.
III.- LA TRANSFIGURACIÓN DE JESUCRISTO
Fue el único milagro que Jesucristo realizó en su propia persona durante su vida mortal.
Los tres evangelistas sinópticos la relatan.
Vamos a estudiar lo que enseña Santo Tomás sobre este misterio:
1º) Fue muy conveniente que Cristo se transfigurase ante algunos de sus discípulos.
La razón histórica inmediata fue, sin duda, para levantar el ánimo decaído de sus principales discípulos, a quienes acababa de anunciar su próxima pasión y muerte (Mt 16, 21). Acababa también de decirles: El que quiera venir en pos de mi, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame (Mt 16, 24). Ante una perspectiva tan dura, es muy natural que experimentaran los discípulos cierto abatimiento y tristeza. Para levantarles el ánimo, Cristo les mostró, en la escena de la Transfiguración, la gloria inmensa que les aguardaba si le permanecían fieles hasta la muerte.
Enseña Santo Tomás (q. 45, a. 1):
Después de anunciar su pasión, el Señor había inducido a sus discípulos a seguirle por el mismo camino.
Ahora bien, para que uno marche directamente por el camino, es necesario que, de algún modo, conozca el fin con anterioridad; así como el sagitario no disparará bien la flecha si antes no conoce el blanco al que tiene que dirigirla.
Y esto es especialmente necesario cuando el viaje es difícil y áspero, y el camino laborioso, pero el fin alegre.
Ahora bien, Cristo por medio de su pasión llegó a conseguir la gloria, no sólo la del alma, que gozó desde el principio de su concepción, sino también la del cuerpo, según el pasaje de Lc 24, 26: Fue necesario que Cristo padeciese esto y que entrase así en su gloria.
A ésta conduce también a los que siguen las huellas de su pasión, conforme a lo que se lee en Act 14, 21: Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de los cielos.
Y por esto fue conveniente que manifestase a sus discípulos la gloria de su claridad (que es lo mismo que transfigurarse), con la que configurará a los suyos, como leemos en Flp 3, 21: Transformará nuestro cuerpo miserable, conformándolo a su cuerpo glorioso.
Por lo que dice Beda In Marc.: Por piadosa providencia aconteció que, mediante la breve contemplación del gozo que nunca acaba, tolerasen con mayor ánimo las adversidades.
2º) La claridad del cuerpo transfigurado de Cristo fue la claridad de la gloria en cuanto a su esencia, pero no en cuanto al modo de ser.
Como es sabido, el cuerpo glorioso de los bienaventurados estará adornado en el Cielo con cuatro dotes o cualidades maravillosas: claridad, agilidad, sutileza e impasibilidad.
Se cuestiona aquí si la claridad del cuerpo transfigurado de Cristo fue una de estas cuatro cualidades del cuerpo glorioso u otra distinta de ella.
Santo Tomás contesta con distinción (q. 45, a. 2):
La claridad aquella que Cristo tomó en su transfiguración fue la claridad de la gloria en cuanto a la esencia, pero no en cuanto al modo de ser.
Porque la claridad del cuerpo glorioso emana de la claridad del alma, como dice Agustín en la epístola Ad Dioscorum. Y del mismo modo, la claridad del cuerpo de Cristo en la transfiguración emanó de su divinidad, como afirma el Damasceno, y de la gloria de su alma.
El que la gloria del alma no redundase en el cuerpo desde el principio de la concepción de Cristo, aconteció por una disposición divina, a fin de que realizase en un cuerpo pasible los misterios de nuestra redención.
Sin embargo, por esto no se le quitó a Cristo el poder de hacer venir la gloria de su alma sobre su cuerpo. Y esto fue lo que hizo cuando la transfiguración, por lo que se refiere a la claridad, aunque de modo distinto a como acontece en el cuerpo glorificado.
Porque en el cuerpo glorificado redunda la claridad del alma a modo de claridad permanente que afecta al cuerpo. De donde se sigue que el resplandor corporal no es algo milagroso en el cuerpo glorioso.
Pero, en la transfiguración, la claridad del cuerpo de Cristo provino de su divinidad y de su alma, no a modo de cualidad inmanente y afectando al mismo cuerpo, sino más bien a modo de pasión transeúnte, como cuando la atmósfera es iluminada por el sol.
Por lo cual, el resplandor que entonces apareció en el cuerpo de Cristo fue milagroso, como lo fue el que caminase sobre las olas del mar (cf. Mt 14, 25).
Por esto dice Dionisio en la Epístola IV Ad Caium: Sobre la naturaleza humana obra Cristo lo que es propio del hombre; y esto lo demuestra la Virgen concibiendo sobrenaturalmente y el agua inestable sosteniendo la gravedad de unos pies materiales y terrenos.
Por esto no debe afirmarse, como dijo Hugo de San Víctor, que Cristo tomó las dotes de claridad, en la transfiguración; de agilidad, cuando anduvo sobre el mar; y de sutileza, al salir del seno cerrado de la Virgen, porque dote significa una cualidad inmanente en el cuerpo glorioso.
Pero tuvo milagrosamente lo que es propio de tales dotes.
A la primera dificultad, que dice Beda sobre Mt 17, 2, «Se transfiguró ante ellos», dice: Mostró, en el cuerpo mortal, no la inmortalidad, sino una claridad semejante a la inmortalidad futura. Pero la claridad de la gloria es la claridad de la inmortalidad. Luego aquella claridad que Cristo mostró a los discípulos no fue la claridad de la gloria, Santo Tomás responde:
La claridad del cuerpo transfigurado de Cristo fue ciertamente la claridad de la gloria, pero no la propia del cuerpo glorioso, porque el cuerpo de Cristo no gozaba aún de la inmortalidad. Y como, por disposición divina, sucedía que no redundase continuamente en el cuerpo la gloria del alma, así también por divina disposición redundó en la transfiguración la dote de la claridad y no la de la impasibilidad.
3º) Fue muy conveniente que fueran testigos de la transfiguración de Cristo Moisés, Elías y los tres Apóstoles Pedro, Santiago y Juan.
Sobre esto, dice Santo Tomás (q. 45, a. 3):
Cristo quiso transfigurarse para mostrar su gloria a los hombres y para provocar en ellos el deseo de la misma.
Ahora bien, los hombres son conducidos a la gloria de la eterna bienaventuranza por Cristo, no sólo los que han existido después de Él, sino también los que le precedieron; de donde, cuando Él se encaminaba a la pasión, lo mismo las turbas que le seguían que las que le precedían clamaban Hosanna, como si le pidiesen la salvación.
Y por eso fue conveniente que se hallasen presentes, como testigos de los que le precedían, Moisés y Elías; y de los que le seguían, Pedro, Santiago y Juan, para que por la declaración de dos o tres testigos sea firme este hecho.
Y en las respuestas a las objeciones completa:
Como escribe el Crisóstomo In Matth.: Moisés y Elias fueron traídos a escena por muchas razones.
Primera: Porque, al decir las turbas que Él era Elías o Jeremías o uno de los profetas, trajo consigo a los príncipes de los profetas, con el fin de que, al menos aquí, se vea la diferencia entre los siervos y el Señor.
Segunda: Porque Moisés dio la Ley, y Elías fue el celador de la gloria del Señor. Por lo que, al aparecer junto con Cristo, queda excluida la calumnia de los judíos, que acusaban a Cristo de transgredir la Ley y de blasfemar contra Dios, usurpando su gloria.
Tercera: Para demostrar que tenía poder sobre la muerte y la vida, y que era el juez de vivos y muertos, puesto que trajo consigo a Moisés, que ya había muerto, y a Elías, que aún vivía.
Cuarta: Porque, como dice Lc 9, 31, hablaban con Él de su partida, que había de cumplirse en Jerusalén, es decir, de su pasión y de su muerte. Y por este motivo, a fin de fortalecer los ánimos de sus discípulos acerca de este problema, hace comparecer a aquellos que se expusieron a la muerte por Dios, pues Moisés se presentó ante el faraón con peligro de muerte, y Elías ante el rey Acab.
Quinta: Porque quería que sus discípulos emulasen la mansedumbre de Moisés y el celo de Elías.
Sexta, añadida por Hilario: Para demostrar que había sido anunciado por la Ley, dada por Moisés, y por los profetas, entre los cuales Elías ocupa el primer lugar.
Los grandes misterios no deben ser expuestos inmediatamente a todos, sino que deben llegar a los demás, a su debido tiempo, por medio de los mayores. Y por eso, como dice el Crisóstomo, tomó tres como los mejores.
Pues Pedro sobresalió en el amor que profesó a Cristo y, de nuevo, por la potestad que le fue conferida; Juan se distinguió por el privilegio del amor que Cristo le tuvo por causa de su virginidad, y, en segundo lugar, por la prerrogativa de la doctrina evangélica; y Santiago fue eminente por el testimonio del martirio.
Y, sin embargo, no quiso que estos mismos anunciasen a los demás lo que habían visto antes de su resurrección, a fin de que, como escribe Jerónimo, no resultara increíble por la grandeza del suceso, y para que, después de una gloria tan alta, no se convirtiera en escándalo la cruz que venía a continuación; o también, para que el pueblo no la impidiese totalmente ; y asimismo, para que, cuando fuesen llenos del Espíritu Santo, fuesen testigos entonces de los acontecimientos espirituales.
4º) Fue convenientísimo que se oyera la voz del Padre proclamando la filiación natural de Cristo.
La voz del Padre proclamando la divinidad de Jesucristo y su infinita complacencia sobre Él se oyó —como refiere el Evangelio— en dos ocasiones: en el Bautismo de Jesús y en su Transfiguración.
Enseña Santo Tomás (q. 45, a. 4):
La adopción de hijos de Dios se realiza mediante cierta conformidad con la imagen del Hijo natural de Dios.
Y esto acontece de dos maneras:
Primero, por medio de la gracia de la vida presente, que es una conformidad imperfecta.
Segundo, mediante la gloria, que es la conformidad perfecta, según el pasaje de I Jn 3, 2: Ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos, pues sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es.
Por consiguiente, como por el bautismo conseguimos la gracia, en la transfiguración se manifestó anticipadamente la claridad de la gloria futura; por eso, tanto en el bautismo como en la transfiguración fue conveniente que el testimonio del Padre diese a conocer la filiación natural de Cristo, porque sólo el Padre, junto con el Hijo y el Espíritu Santo, es perfecto conocedor de aquella generación perfecta.
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Este episodio de la Transfiguración es considerado por los exégetas como el punto culminante del ministerio público de Jesús. De hecho, los milagros son más escasos, la predicación es menos frecuente, el trato con sus discípulos es más íntimo, las alusiones a su muerte son frecuentes y los choques con los fariseos son violentísimos.
Siendo como es un misterio glorioso, está, sin embargo, saturado del pensamiento de la Pasión:
– inmediatamente antes, predice su Pasión y Muerte;
– en la fase central, habla con Moisés y Elías sobre la Pasión;
– al descender del monte, alude nuevamente a su muerte o salida de este mundo.
La razón para enfatizar en este punto radica en que Nuestro Señor quería conducir a sus discípulos a la convicción profunda de que el Cristo, el Mesías esperado, era al mismo tiempo el Hijo Único de Dios (Dios verdadero) y el Hijo del Hombre (verdadero Hombre). Una de las dos creencias sin la otra no bastaba para la salvación.
Jesucristo quiere confirmar a los Apóstoles en la fe del Verbo Encarnado: como Hombre, debía padecer…; como Dios, había de resucitar…
Con una muestra de la Resurrección (un misterio glorioso), quiere prepararlos para que acepten el escándalo de la Pasión. Quiere hacerles entender (y hacernos comprender a nosotros) que después del pecado original no hay Resurrección ni Glorificación sin Cruz… Pero que, ya que hay Resurrección y Glorificación, no debemos temer la Pasión y la Cruz…
Alrededor de la muerte de Jesús gira toda la historia y toda la economía de la Revelación, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, representados allí por Moisés, Elías, Pedro, Santiago y Juan. Todo converge hacia la Cruz, y del Calvario parten las líneas rectoras de la salvación de la humanidad.
«Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle»». Es la confirmación de la confesión de San Pedro seis días atrás. Esta voz del Padre es la aprobación de la Pasión del Hijo. Y para que los Apóstoles confiasen en Nuestro Señor y no temiesen seguir a Jesús en las persecuciones, en los tormentos, en la muerte, así como en las tentaciones, pruebas y cruces, les dice «escuchadle».
Esta voz divina, voz que se oye en medio de una espléndida teofanía, que se oye en un momento en que en la cumbre del monte se halla representada toda la historia religiosa de la humanidad, esta voz del Padre es la consagración de la suprema ley del cristianismo: la ley de las humillaciones y del dolor para llegar a la gloria… Antes de llegar al monte Tabor es necesario pasar por el monte de Getsemaní
y por el monte Calvario… No hay glorificación sin agonía y cruz.
Esta voz divina es también la condena anticipada del vergonzoso ecumenismo hodierno, de todo naturalismo y humanismo. Mientras Dios Padre nos manda escuchar a su Hijo bienamado, en el cual tiene puestas todas sus complacencias, la sociedad moderna escucha y sigue a aquellos que no pueden salvar.
Así como la transfiguración se ordenaba a confirmar la fe en la divinidad de Jesucristo y preparar a los Apóstoles para la Pasión, del mimo modo los consuelos espirituales tienen por finalidad hacernos sobrellevar las purificaciones y a ellas nos orientan.
Entre las glorias del Tabor, San Pedro decía: «Bueno es para nosotros estarnos aquí, hagamos tres tiendas». Pero no sabía lo que decía…
El alma fiel ama a Jesús tanto transfigurado en el Tabor como desfigurado en el Calvario. El alma fiel es generosa con Jesús que transfigura y consuela, pero también con Jesús que crucifica…
Es más, el alma amante se desposa con Jesús en lo alto de la Cruz; y así como San Pedro ofreció levantar tres tiendas en el Tabor, ella ofrece erigir tres moradas en el Calvario: una para Jesús, otra para la Madre Dolorosa y una tercera para San Juan.
El alma fiel ama y se goza en Jesús tanto en el monte de la transfiguración como cuando Jesús sube al monte a orar solo; tanto cuando es aclamado como Rey como cuando es flagelado, coronado de espinas y crucificado.
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Hagamos un paralelo y una comparación con lo que podemos llamar la Transfiguración de la Iglesia…
El Padre Emmanuel, en su libro sobre El Drama del Fin de los tiempos, en el Primer artículo, de marzo de 1885, escribió:
Hemos considerado a la Iglesia en el pasado y en el presente; nos falta contemplarla en el futuro. Dios ha querido que los destinos de la Iglesia de su Hijo único fuesen trazados de antemano en las Escrituras, como lo habían sido los de su Hijo mismo; por eso, en ellas buscaremos los documentos de nuestro trabajo.
La Iglesia, como debe ser semejante en todo a Nuestro Señor, sufrirá, antes del fin del mundo, una prueba suprema que será una verdadera Pasión.
No tenemos intención de espantar a nadie, al abordar semejante tema. Diríamos más: nos parece desgranar, juntamente con las grandes enseñanzas, grandes consuelos.
Ciertamente es un espectáculo triste ver cómo la humanidad, seducida y enloquecida por el espíritu del mal, trata de ahogar y de aniquilar a la Iglesia, su madre y su tutora divinas. Pero de este espectáculo sale una luz que nos muestra toda la historia en su verdadera luz.
El hombre se agita sobre la tierra; pero es conducido por fuerzas que no son de la tierra. En la superficie de la historia, el ojo capta trastornos de imperios, civilizaciones que se hacen y que se deshacen. Por debajo, la fe nos hace seguir el gran antagonismo entre Satán y Nuestro Señor; ella nos hace asistir a las astucias y a las violencias de que se vale el Espíritu inmundo, para entrar en la casa de la que Jesucristo lo expulsó.
Al fin volverá a entrar en ella, y querrá eliminar de ella a Nuestro Señor. Entonces se rasgarán los velos, lo sobrenatural se manifestará por todas partes; no habrá ya política propiamente dicha, sino que se desarrollará un drama exclusivamente religioso, que abarcará a todo el universo.
Y en el artículo sexto, La iglesia durante la tormenta, de agosto de 1885, completa:
San Gregorio Magno, en sus luminosos comentarios sobre Job, abre las más profundas perspectivas sobre toda la historia de la Iglesia. Es que él mismo estaba visiblemente animado de este espíritu profético derramado en todas las Escrituras.
Contempla a la Iglesia, al fin de los tiempos, bajo la figura de Job humillado y sufriente, expuesto a las insinuaciones pérfidas de su mujer y a las críticas amargas de sus amigos; él, delante de quien en otros tiempos se levantaban los ancianos, y los príncipes guardaban silencio.
La Iglesia, dice muchas veces el gran Papa, hacia el término de su peregrinación, será privada de todo poder temporal; incluso se tratará de quitarle todo punto de apoyo sobre la tierra.
Pero va más lejos, y declara que será despojada del brillo mismo que proviene de los dones sobrenaturales. «Se retirará, dice, el poder de los milagros, será quitada la gracia de las curaciones, desaparecerá la profecía, disminuirá el don de una larga abstinencia, se callarán las enseñanzas de la doctrina, cesarán los prodigios milagrosos. Eso no quiere decir que no habrá nada de todo eso; pero todas estas señales ya no brillarán abiertamente y de mil maneras, como en las primeras edades. Será incluso la ocasión propicia para realizar un maravilloso discernimiento. En ese estado humillado de la Iglesia crecerá la recompensa de los buenos, que se aferrarán a ella únicamente con miras a los bienes celestiales; por lo que a los malvados se refiere, no viendo en ella ningún atractivo temporal, no tendrán ya nada que disimular, y se mostrarán tal como son» (Moralia in Job, lib. XXXV).
¡Qué palabra terrible: se callarán las enseñanzas de la doctrina! San Gregorio proclama en otras partes que la Iglesia prefiere morir a callarse. Por lo tanto, ella hablará: pero su enseñanza será obstaculizada, su voz será ahogada; ella hablará: pero muchos de los que deberían gritar sobre los techos no se atreverán a hacerlo por temor a los hombres. Y eso será la ocasión de un discernimiento temible.
Y el Cardenal Pie, también en el siglo XIX, dijo:
Esta prueba, ¿está próxima?, ¿está distante?: nadie lo sabe, y no me atrevo a prever nada a este respecto; ya que comparto la impresión de Bossuet, que decía: «Tiemblo poniendo las manos sobre el futuro» (Explicación del Apocalipsis, c. 20).
Pero lo que es cierto, es que a medida que el mundo se aproxima de su término, los malvados y los seductores tendrán cada vez más la ventaja: Mali autem et seductores proficient in pejus (II Timoth., III, 13).
No se encontrará casi ya la fe sobre la tierra (Luc, XVIII, 8), es decir, casi habrá desaparecido completamente de todas las instituciones terrestres.
Los mismos creyentes apenas se atreverán a hacer una profesión pública y social de sus creencias.
La escisión, la separación, el divorcio de las sociedades con Dios, dada por San Pablo como una señal precursora del final: nisi venerit discessio primum (II Thessal., I, 3), irán consumándose de día en día.
La Iglesia, sociedad ciertamente siempre visible, será llevada cada vez más a proporciones simplemente individuales y domésticas.
Ella que decía en sus comienzos: «El lugar me es estrecho, hacedme lugar donde pueda vivir» Angustus est mihi locus, fac spatium mihi ut habitem (Is., LXXI, 20), se verá disputar el terreno paso a paso; será sitiada, estrechada por todas partes; así como los siglos la hicieron grande, del mismo modo se aplicarán a restringirla.
Finalmente, habrá para la Iglesia de la tierra como una verdadera derrota: «se dará a la Bestia el poder de hacer la guerra a los santos y vencerlos» (Apoc., XIII, 7).
La insolencia del mal llegará a su cima.
El Padre Emmanuel y San Gregorio Magno hacen hincapié en el hecho de que hay en la Iglesia tres categorías de personas.
San Gregorio Magno murió en el año 604, y ya había en la Iglesia tres categorías de personas; y eso no cambió, puesto que el Padre Emmanuel habla de ello a fines del siglo XIX:
San Gregorio vuelve frecuentemente sobre esta verdad, de que hay en la Iglesia tres categorías de personas: los hipócritas o falsos cristianos, los débiles y los fuertes.
Ahora bien, en esos momentos de angustia, los hipócritas se quitarán la máscara, y manifestarán abiertamente su apostasía secreta; los débiles, desgraciadamente, perecerán en gran número, y el corazón de la Iglesia sangrará de ello; finalmente, muchos de los mismos fuertes, demasiado confiados en su fuerza, caerán como las estrellas del cielo.
Ahora bien Nuestro Señor elige para testigos de su gloria a los tres discípulos que debían ser testigos también de su agonía en Getsemaní.
Y se transfiguró ante ellos: su cara resplandeció como el sol, y sus vestidos pasaron a ser destellantes, blancos como la nieve.
Fue durante esta oración de Jesús que se operó su transfiguración: dejando por un momento esta bajeza y esta debilidad, detrás de la cual había estado oculto. Dejó la Divinidad revelarse y resplandecer, para irradiar envolviendo todo su cuerpo.
El Padre Emmanuel expresa con justeza:
Podemos preguntarnos por qué los escritores sagrados han descrito tan minuciosamente las peripecias de este drama (de la Iglesia), cuando sólo ocupará algunos pocos años.
Es que será la conclusión de toda la historia de la Iglesia y del género humano; es que hará resaltar, con un brillo supremo, el carácter divino de la Iglesia.
Por otra parte, todas estas profecías tienen el fin incontestable de fortalecer el alma de los fieles creyentes en los días de la gran prueba. Todas las sacudidas, todos los miedos, todas las seducciones que entonces los asaltarán, puesto que han sido predichos con tanta exactitud, formarán entonces otros tantos argumentos en favor de la fe combatida y proscrita. La fe se afianzará en ellos, precisamente por medio de lo que debería destruirla.
Pero nosotros mismos tenemos que sacar abundantes frutos de la consideración de estos acontecimientos extraños y temibles. Después de haber hablado de ellos, Nuestro Señor dijo a sus discípulos: «Velad, pues, orando en todo tiempo, a fin de merecer el evitar todos estos males venideros, y manteneros en pie ante el Hijo del hombre» (Lc. 21, 36).
Así, pues, el anuncio de estos acontecimientos es un solemne aviso al mundo: «Velad y orad para no caer en la tentación» (Mt. 26 41). No sabéis cuándo sucederán estas cosas: velad y orad, para que no os tomen por sorpresa.
Sabéis que desde ahora la seducción opera en las almas, que el misterio de iniquidad realiza su obra, que la fe es reputada como un oprobio (San Gregorio); velad y orad, para conservar la fe.
Llegó la hora de la noche, la hora del poder de las tinieblas: velad para que vuestra lámpara no se apague, orad para que el torpor y el sueño no os venzan.
Más bien levantad vuestras cabezas al cielo; porque la hora de la redención se acerca, porque las primeras luces del alba clarean ya las tinieblas de la noche (Lc. 21 28).
Después de haber hablado de las enseñanzas, digamos algunas palabras de los consuelos.
Jamás se habrá visto al mal tan desencadenado; y al mismo tiempo más contenido en la mano de Dios. La Iglesia, como Nuestro Señor, será entregada sin defensa a los verdugos que la crucificarán en todos sus miembros; pero no se les permitirá romperle los huesos, que son los elegidos, como tampoco se les permitió romper los del Cordero Pascual extendido sobre la cruz.
La prueba será limitada, abreviada, por causa de los elegidos; y los elegidos se salvarán; y los elegidos serán todos los verdaderos humildes.
Finalmente, la prueba concluirá por un triunfo inaudito de la Iglesia, comparable a una resurrección. En esos tiempos, e incluso en los preludios de la crisis suprema, la Iglesia verá cómo se convierten los restos de las naciones. Pero su consuelo más vivo será el retorno de los judíos. Los judíos se convertirán, ya antes, ya durante el triunfo de la Iglesia; y San Pablo, que anuncia este gran acontecimiento, no puede aguantarse de alegría al contemplar sus consecuencias.
Como se ve, podemos aplicar aquí a la Iglesia la palabra de los Salmos: «Según la multitud de las aflicciones que han llenado mi corazón, vuestras consolaciones, Señor, han alegrado mi alma» (Sal. 93 18).
A pesar de todas estas tristezas punzantes, la Iglesia no perderá ni la valentía ni la confianza. Será sostenida por la promesa del Salvador, consignada en las Escrituras, de que esos días serán abreviados a causa de los elegidos. Sabiendo que los elegidos serán salvados a pesar de todo, se entregará, en lo más recio de la tormenta, a la salvación de las almas con una energía infatigable.
En efecto, a pesar del espantoso escándalo de esos tiempos de perdición, no hay que pensar que los pequeños y los débiles se perderán necesariamente. El camino de salvación seguirá estando abierto, y la salvación será posible para todos. La Iglesia tendrá medios de preservación proporcionados a la magnitud del peligro. Y sólo perecerán aquellos de entre los pequeños que, por haber abandonado las alas de su madre, serán presa del ave rapaz.
¿Cuáles serán esos medios de preservación? Las Escrituras no nos dan ninguna indicación sobre este punto; mas nosotros podemos formular sin temeridad algunas conjeturas.
La Iglesia se acordará del aviso dado por Nuestro Señor para los tiempos de la toma y destrucción de Jerusalén, y aplicable, según el parecer de los intérpretes, a la última persecución. «Cuando viereis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, estar en el lugar santo (¡el que lee, entienda!), entonces los que estén en la Judea huyan a los montes… Rogad que vuestra fuga no sea en invierno ni en sábado, porque habrá entonces tribulación grande, cual no la hubo desde el comienzo del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si no se acortaran aquellos días, no se salvaría hombre viviente; mas en atención a los elegidos serán acortados aquellos días» (Mt. 24 15, 20-22).
En conformidad con estas instrucciones del Salvador, la Iglesia salvará a los pequeños de su rebaño por medio de la fuga; Ella les preparará refugios inaccesibles, donde los colmillos de la Bestia no los alcanzarán.
Uno puede preguntarse cómo habrá entonces refugios inaccesibles, cuando la tierra se encontrará repleta y surcada de vías de comunicación. Hay que contestar que Dios proveerá por sí mismo a la seguridad de los fugitivos.
San Juan nos hace entrever la acción de la Providencia. En el capítulo 12 del Apocalipsis, nos presenta a una Mujer revestida del sol y coronada de estrellas; es la Iglesia. Esta Mujer sufre los dolores del parto; porque la Iglesia da a luz a Dios en las almas, en medio de grandes sufrimientos. Ante ella se aposta un gran dragón rojo, imagen del diablo y de sus continuas emboscadas. Pero la Mujer huye al desierto, «a un lugar preparado por Dios mismo, para que allí la sustenten durante mil doscientos sesenta días» (Apoc. 12 6).
Estos 1260 días, que son tres años y medio, indican el tiempo de la persecución del Anticristo, como queda manifiesto por los demás pasajes del Apocalipsis. Por lo tanto, durante este tiempo la Iglesia, en la persona de los débiles, huirá al desierto, a la soledad; y Dios mismo se cuidará de mantenerla escondida y de alimentarla.
Cité al Padre Emmanuel y al Cardenal Pie, cuyos escritos datan del siglo XIX.
Veamos ahora el Padre Calmel. El murió en 1975. No conoció a Juan-Pablo II; no conoció al papa en la sinagoga, al papa en la mezquita, al papa en Asís… No conoció todo eso.
Por derecho, el estado de transfiguración convenía a este Cuerpo, instrumento perfectamente adaptado al Verbo de Dios y a su Alma llena de Gracia y de Verdad.
Sin embargo el Verbo de Dios no asumió un Cuerpo humano para que esté transfigurado habitualmente durante su vida mortal, sino al contrario para que sea capaz de sufrir y morir para nuestra salvación.
Por esta razón hasta la mañana de la gloriosa resurrección de entre los muertos, excepto el día de la Transfiguración, este Cuerpo no ha conocido la gloria que le correspondía.
Si el Señor hubiese conocido esta gloria, no solamente no habría podido redimirnos de la manera que convenía, es decir, por el sufrimiento; sino que incluso los Apóstoles, los fieles que lo habrían seguido no lo habrían seguido en verdad.
Seguir un Cristo en estado habitual de transfiguración, eso no habría sido seguir a Cristo en sí mismo, sino más bien encantarse de su magnificencia.
¡Qué de almas, que de almas, cuántas almas en la vida sobrenatural comparten esta ilusión de Pedro! Aspiran a las consolaciones divinas sin querer pasar por las pruebas y las tribulaciones… No piensan que los sufrimientos conducen al consuelo y al alivio y sobre todo que es necesario buscar a Dios en primer lugar, antes de buscar sus consolaciones»
¿Por qué, entones, la Transfiguración?
El Padre Calmel responde:
Por la misma razón que la Resurrección, de la cual es el anuncio y la figura. Para darnos confianza en medio de una vida de angustias y oscuridad; para consolidar nuestra esperanza en medio de una vida de incertidumbre y tinieblas.
El Señor nos dio bastante luz para que no dudáramos en seguirlo, incluso en medio de la noche.
Como el apóstol San Pedro preferiríamos (nuestra naturaleza preferiría) que la noche no vuelva, que la transfiguración se prolongue sin fin.
La naturaleza, abandonada a sí misma, no entiende las cosas de Dios. Pero es bueno para nosotros que se esfume el resplandor de este sol; es mejor avanzar en la noche.
Aquí abajo es mejor para la fidelidad.
Si no dejamos de ir a su encuentro, aunque sea de noche, esta perseverancia dolorosa es la prueba de que buscamos de verdad al Señor.
Es porque nos ama, porque desea que lo encontremos a Él y nada más en su lugar, que quiere que lo busquemos en la noche… Aunque sea de noche.
En cuanto a esos cristianos quienes las comodidades, la paz, las adulaciones, la seguridad del día siguiente…, en cuanto a aquellos que el éxito de la vida impediría prestar atención al Rostro del Salvador, les pido detenerse un momento y reflexionar en presencia del misterio de gloria y el misterio de la ignominia del Señor Jesús.
Les pido aceptar observar atentamente a Aquel en el cual siguen creyendo.
Si Él no quiso tomar el camino del éxito, de las comodidades, de la paz, de la seguridad del día siguiente y de la consideración del mundo, es que este camino no era el mejor.
Entonces el Señor se revelará a ellos tal como es: Señor de la gloria y Hostia de la Cruz.
Entonces comenzará a estar presente en su vida, para modificarla profundamente.
Y concluyamos con el Cardenal Pie:
En su segunda y última Venida, el Hijo entregara el Reino de este mundo a Dios su Padre; el poder del mal se habrá evacuado para siempre en el fondo de los abismos; todo el que no haya querido asimilarse, incorporarse a Dios por Jesucristo, por la fe, por el amor, por la observancia de la ley, será relegado en la cloaca de los desperdicios eternos.
Y Dios vivirá, y reinará plena y eternamente, no solamente en la unidad de su naturaleza y la sociedad de las Tres Personas divinas, sino también en la plenitud del Cuerpo Místico de su Hijo encarnado, y en la consumación de sus Santos.
