OSKO: BERGOGLIO PROFUNDO

¿Qué puso el freno…?

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En dos de los sermones matinales dados en Santa Marta en la última semana, la tercera del mes de noviembre, Bergoglio ha dicho algunas cosas que han llamado poderosamente la atención de quien escribe. Incluso ha inspirado unos comentarios de Sandro Magister que nos han obligado a reflexionar.

Antes de introducirnos en los conceptos vertidos por este inexplicable (a veces) personaje de quien no dudamos que sea un subproducto del Concilio Vaticano II, que, a su vez, lo es de la Revolución Anticristiana, queremos dejar bien claro que, si nos sumergimos en sus mensajes, discursos, sermones, etc., lo hacemos únicamente con el objeto de monitorear el rumbo por el que transita la Roma apóstata en cumplimiento de la agenda que tiene asignada.

No es curiosidad; no se trata de una enfermiza voluntad nuestra de auto infligirnos tormentos; ni tampoco buscamos en ellos las pocas verdades que, como es lógico, vienen mezcladas con la mentira global que gobierna contextualmente el completo escenario de la secta conciliar.

El caso es que, justamente, por las consideraciones antedichas, rescatamos estos dos sermoncetes bergoglianos y los ponemos a consideración de nuestros lectores.

Reflexionando respecto de los dos sermones, nos encontramos finalmente con demasiados kilobytes de comentarios nuestros, y nos ha parecido completamente injusto de nuestra parte someterlos a la paciencia de los lectores, a esta altura seguramente colmada.

De manera que hemos expurgado los kilobytes mencionados, reduciéndolos lo más que hemos podido. Por eso es que, antes de ir a los textos con las palabras de Bergoglio y nuestras reflexiones, queremos hacer un comentario de carácter general que sirva para contextualizar.

Estamos ante una persona (Bergoglio) y muchas personas («Obispos» y «sacerdotes» de la Iglesia Conciliar) que creen lo que dicen que creen. Para quien escribe, siempre resultó ser sumamente dificultoso aceptar que se trata de malvados que cada día la emprenden decididos a concretar el mayor número de maldades posibles.

De manera que creo que la inmensísima mayoría de esas personas son «bienintencionadas»; creen realmente en lo que hacen; están convencidos de hacer el bien; procuran mejorar cada día; tienen una FE (que no es la católica, por supuesto); están seguros de que el mensaje que predican ES el del Divino Maestro.

Por lo tanto, y por obvia consecuencia, piensan que quienes decimos que ellos NO SON CATÓLICOS, o estamos sirviendo a intereses de algún siniestro grupo de poder; o tenemos una confusión enorme; o, directamente, somos todos locos de atar, con un tipo de locura de las que pueden ser denominadas «coherentes», es decir, bien compaginada, estructurada sobre la base de argumentos históricos, filosóficos y teológicos ciertos, pero… «deschavetados»…, como las famosas virtudes locas de las que hablaba el insigne G.K. Chesterton.

Pues bien… y, «¡NO! De ninguna manera», decimos nosotros.

Sin embargo, la explicación con la cual sintetizamos esta situación, tanto nosotros como ellos, la aplicamos mutuamente:

«PORQUE NO HAN AMADO LA VERDAD, LES SERÁ DADO EL ESPÍRITU DE MENTIRA».

En efecto, siempre hemos llegado a la frase evangélica anterior teniéndola como un modo (tal vez el único modo) de explicar lo inexplicable.

Y de hecho…, si San Pablo nos dice, además, que «el Misterio de Iniquidad ya está operando»; y en otro lugar aprendimos que muchos que eran de los nuestros, se han ido de entre nosotros siguiendo falsos espíritus, para demostrar que nunca fueron de nosotros…, pues, parece como que cierra el cuadro, ¿cierto?

Pues bien, ellos, los modernistas, piensan exactamente lo mismo, y nos lo aplican a nosotros. Y también les cierra.

¿Dónde decimos, entonces, que está la evidencia respecto de cuál sea la verdadera posición? ¿Dónde está la Verdad?… EN LOS FRUTOS.

Pero claro, mirando a la Tradición en su conjunto (me refiero a todos aquellos que se oponen a la Iglesia Conciliar surgida del CVII, y lo hacen (hacemos) desde diversas y distantes posiciones), vemos tantas disensiones, tantas divisiones, tantas polémicas y ataques en interminables discusiones entre «capillas» de grupúsculos diseminados por doquier, que resulta por cierto muy difícil no ver también aquí los MALOS FRUTOS.

Pero, a la vista de los MALOS FRUTOS del CVII y los de la Secta Conciliar…, creo que está claro por dónde pasan las cosas, ya que, indudablemente, son infinitamente mayores en cantidad, calidad y gravedad.

Ahora bien, sabemos de argumentos filosóficos y teológicos, además de históricos, que sustentan nuestra posición; pero sabemos que muchas veces no alcanzan para muchos simples fieles, que no quieren o no pueden enredarse en ellos; los de fe sencilla…, los que procuran santificarse cumpliendo con sus deberes para con Dios de un modo simple.

En resumidas cuentas, la confusión es enorme, y cada quien se atiene a las seguridades que les proporciona su propio entendimiento de todo este problema, o en muchos casos, a la seguridad y confianza que le brinda tal o cual sacerdote o grupo resistente.

Así estamos. Hacemos lo que podemos. «Es poco», se argumenta muchas veces, y con Castellani diremos que poco o mucho es lo que podemos, y el buen Dios nos pide que hagamos lo que podemos hacer. Finalmente, Él juzgará las intenciones y en qué medida hemos amado a Dios más que a nuestras propias ideas y pasiones.

Los sermoncetes de Bergoglio

Estos son. Los lectores pueden acceder a ellos y leerlos en los enlaces que proporcionamos más abajo. Recomendamos su lectura previamente. No queremos copiar los textos completos para no extender el espacio de este artículo.

http://www.zenit.org/es/articles/francisco-en-santa-marta-dios-nos-salve-del-espi-ritu-mundano-y-del-pensamiento-unico

http://www.news.va/es/news/nuestros-templos-son-lugares-de-adoracion-pregunto

Dando por hecho que, si han llegado hasta aquí, es porque han leído lo publicado por zenit.org y por news.va,  vamos ahora sí a nuestros comentarios.

En el primero de ambos sermones:

«Durante su homilía de esta mañana en la Casa Santa Marta, el pontífice ha advertido también que es necesario estar en guardia ante «una globalización de la uniformidad hegemónica», fruto de la mundanidad

Palabras que podemos asumir como propias sin dudas. No encontramos nada de malo en ellas. Pero… ¿a qué se refiere Bergoglio? ¿Cuál es el sentido? Y ¿de qué cosa advierte?

Es asombroso que alguien que negocia sistemáticamente con los poderes del mundo, y que además trafica la fe con las falsas religiones, sea capaz de pronunciar estas palabras:

«El papa Francisco ha pedido este lunes que el Señor nos salve del «espíritu mundano que lo negocia todo», no solo los valores, también la fe

Es asombroso leer que:

«El santo padre se ha referido a la Primera Lectura, una cita del Libro de los Macabeos, para detenerse en la «raíz perversa» de la mundanidad. Los guías del pueblo, ha destacado el papa, no quieren que Israel se aísle de las demás naciones, y así abandonan sus propias tradiciones para ir a negociar con el rey. Van a «negociar» y están encantados por ello. Es, ha recalcado, como si dijesen «somos progresistas, vamos con el progreso adonde va toda la gente».  Se trata, ha advertido, del «espíritu del progresismo adolescente», que «se cree que ir detrás de cualquier elección es mejor que permanecer en las costumbres de la fidelidad»

Quien pronuncia tal mensaje es el líder de la neo-Iglesia que hace ¡EXACTAMENTE LO MISMO! que aquello que condena… sólo en apariencias.

Ni qué decir de los párrafos siguientes:

«Esta gente, por tanto, negocia con el rey «la fidelidad al Dios que siempre es fiel». «Esto, ha advertido el papa, se llama apostasía», «adulterio». No están, de hecho, negociando valores, ha subrayado, «sino que negocian con la esencia de su ser: la fidelidad al Señor».»

«¿Pero, padre, esto también sucede hoy? Sí. Porque el espíritu de la mundanidad también existe hoy, también hoy nos lleva, con esta voluntad de ser progresistas, hacia el pensamiento único. Si a alguien se le encontraba el Libro de la Alianza y se sabía que obedecía la Ley, la sentencia del rey lo condenaba a muerte: esto lo hemos leído en los periódicos, en estos meses. Esta gente ha negociado con la fidelidad a su Señor; esta gente, movida por el espíritu del mundo, ha negociado con su propia identidad, ha negociado con su pertenencia a un pueblo, un Pueblo muy amado por Dios, que Dios quiere que sea suyo».

El pontífice se ha referido, después, a la novela de principios del siglo XX «El Señor del mundo» que habla de este «espíritu de mundanidad que nos lleva a la apostasía».
Hoy, ha advertido el santo padre, se piensa que «debemos ser como todos, debemos ser más normales, como hacen todos, con este progresismo adolecente». Y, ha observado amargamente, «continua la historia»: «Las condenas a muerte, los sacrificios humanos». «Pero vosotros, es la pregunta del papa ¿creéis que hoy no se hacen sacrificios humanos? ¡Se hacen muchos, muchos! Y hay leyes que protegen esto».

Pero entonces, ¿cómo es esto?

La clave, amigo lector, la encontrará al final del siguiente párrafo:

«Esta es una contradicción: no negocian con los valores, sino con la fidelidad. Esto es el fruto del demonio, del príncipe de este mundo, que nos lleva adelante con el espíritu de mundanidad. Y después, llegan las consecuencias. Han tomado las costumbres de los paganos, después se va un paso adelante: el rey ordena que, en todo su reino, todos formasen un solo pueblo, abandonando cada uno sus propias costumbres. No es la bella globalización de la unidad de todas las Naciones, cada una con sus propias costumbres pero unidas, sino que es la globalización de la uniformidad hegemónica, es la del pensamiento único. Y este pensamiento único es fruto de la mundanidad».

La «bella» globalización bergogliana, modernista y conciliar, viene sutilmente mixturada en medio de un 99% de doctrina absolutamente pasable, e incluso sugestivamente digerible, incluso para tradicionalistas. Ese 1% es el que importa. Es en ese 1% donde Bergoglio sella la cuestión.

Esto del «Pensamiento Único, TAMBIÉN incluye al CATOLICISMO que se pretende (y se sabe) la única verdad. Es decir, Bergoglio cree en la diversidad, todos UNIDOS, cada cual con sus creencias y costumbres.

Cada chancho en su chiquero es una manera bastante gráfica de definirlo.

Como siempre la cuestión es ambigua; pero, si alguno le manifestase a Bergoglio estas objeciones nuestras, correría la suerte de ser señalado como un vil pelagiano de sacristía.

Vayamos ahora al segundo sermón dado por Bergoglio en Santa Marta. Promediando el sermón, Bergoglio afirma lo que sigue:

«El Templo es el lugar a donde la comunidad va a rezar, a alabar al Señor, a dar gracias, pero sobre todo a adorar: en el Templo se adora al Señor. Y este es el punto más importante. También, esto es válido para las ceremonias litúrgicas: en esta ceremonia litúrgica, ¿qué es más importante? ¿Los cantos, los ritos – bellos, todo…? La adoración es más importante: toda la comunidad reunida mira el altar donde se celebra el sacrificio y se adora. Pero, yo creo – lo digo humildemente – que  quizás nosotros cristianos hemos perdido un poco el sentido de la adoración, y pensamos: vamos al Templo, nos reunimos como hermanos – ¡eso es bueno, es bello! – pero el centro está allí donde está Dios. Y nosotros adoramos a Dios».

Entre los lamentables y nefastos frutos de la Revolución Litúrgica que como saldo nos legara el CVII, se encuentra precisamente lo que Bergoglio dice al final del párrafo, y que nosotros hemos destacado. No abundaremos, porque los lectores han visto hasta el hartazgo en documentos escritos y fotográficos y personalmente, la tremenda devastación en esta materia que el mismo Bergoglio ha contribuido y contribuye en aumentar y difundir.

Pero dice más, Bergoglio:

«Nuestros templos – se preguntó el Obispo de Roma – ¿son lugares de adoración, favorecen la adoración? ¿Nuestras celebraciones favorecen la adoración?». Jesús – recordó Francisco, citando el Evangelio de hoy – echa a los vendedores que habían ocupado el Templo como un lugar de tráficos en vez que de adoración.

¿Lágrimas de compunción? No, por supuesto. No estamos frente a un hombre que de pronto ha abierto los ojos frente a una realidad desoladora que él mismo ha ayudado a hacer realidad y que ahora llora sobre todo ello, reclamando a todos que retornemos a las antiguas usanzas y las venerables costumbres. Por supuesto que no.

Bergoglio va en otra dirección. De hecho nada encontraremos en este sermón ni en ningún otro al respecto. Porque la trampa es harto evidente. No vendrá, ningún retroceso, ni se verá a Bergoglio de pronto asumir el misal de San Pío V, ni emitir un Motu Proprio que revoque SUMMORUM PONTÍFICUM para devolverle a la Misa Tridentina su condición de RITO ORDINARIO y tampoco veremos a Bergoglio derogando la Misa de Montini y todos los excesos subsecuentes que generó el espíritu protestante en materia litúrgica.

¿Por qué somos tan tajantes? Porque en realidad Bergoglio procura imbuir a sus oyentes de otras ideas. Él señala otro camino; un camino que pasa necesariamente por aquello de la «experiencia religiosa».

Dice Bergoglio:

«San Pablo nos dice que somos templos del Espíritu Santo. Yo soy un templo. El Espíritu de Dios está conmigo. Y también nos dice: ´¡No entristezcan el Espíritu del Señor que está dentro de ustedes!’. Y también aquí, tal vez no podemos hablar como antes de la adoración, sino de una suerte de adoración que es el corazón que busca el Espíritu del Señor dentro de sí y sabe que Dios está dentro de sí, que el Espíritu Santo está dentro de sí. Lo escucha y lo sigue«.

En el párrafo anterior hemos destacado la parte final. Esa parte final también podemos leerla con inteligencia católica y entenderemos bien, es decir, haremos una lectura tradicional del texto, puesto que, tradicionales al fin, imbuidos de lo que hemos aprendido y nos ha enseñado la Santa Madre Iglesia, haremos una lectura católica.

Por otra parte, la inmensa mayoría de quienes se tienen por cristianos o católicos en el mundo entero, se verán confirmados en el ya ultra difundido «carismatismo» que, en una inmensa y ancha franja, de un extremo al otro de la misma, está integrado por quienes rezan desde el plano de lo que llamamos el «sentimentalismo religioso», y que va creciendo en matices hasta alcanzar el más crudo «carismatismo», a-dogmático.

Es decir, que propugna una oración fundada más en experiencias personales o meras sensiblerías y sentimientos, que en el Dogma Católico y donde tienen cabida las formas de expresión pseudo-religiosas más variadas.

Es sabido que Bergoglio aprueba el Movimiento Carismático Católico, tanto como el Camino Neocatecumenal. Bergoglio apoya, difunde y participa en Encuentros Interreligiosos, fomentando de ese modo el «indiferentismo» y la llamada «UNIÓN EN LA DIVERSIDAD».

Suele escucharse que, «aunque inspirado en la experiencia del pentecostalismo protestante, el movimiento carismático católico no busca romper con la tradición, dogmas y estructuras organizativas del catolicismo sino que, al contrario, intenta contribuir a revitalizarlos. Por ello, si el carismatismo es dinámico e innovador en su concepción de la práctica religiosa, es por otra parte conservador en el plano dogmático.» Sin embargo ya hemos visto lo suficiente tanto del Movimiento Carismático como del Camino Neocatecumenal, como para rechazar de plano tales cosas.

También hemos visto lo suficiente de Bergoglio, como para desestimar el comentario que hace el vaticanista conservador Sandro Magister del actual usurpador del cargo de Pedro.

Magister sugiere que Bergoglio habría puesto el pie en el freno, y que el aparatoso comienzo revolucionario del payasesco argentino se ha detenido y comienza ahora a transitar por caminos más acordes con la fe de la Iglesia Católica, tal y como puede leerse en el enlace siguiente:


http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1350668?sp=y

Es superfluo decir que no coincidimos con Sandro Magister.

Hasta aquí nuestras reflexiones.

Para terminar de la mejor manera, vamos a recomendar la lectura del Catecismo Romano en lo referente a la ORACIÓN, a cuyas definiciones y explicaciones nos atenemos y sometemos, porque…

«Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.» Joann., IV, 23.