VIGESIMOCUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Hemos llegado al último Domingo y al término del año eclesiástico.
El día de Cristo brilla ya sobre nuestras cabezas.
Tan pronto como se haga más de noche, y crezcan el poder de las tinieblas y la impiedad de los hombres seducidos, aparecerá bruscamente el Hijo del hombre, sentado sobre las nubes del cielo.
Entonces todos tendrán que doblar ante Él sus rodillas y habrán de reconocer que Él es el Señor universal, el vencedor del mal y de los malos.
Él, a su vez, recogerá a los suyos, a los que permanecieron fieles a su lado, y los conducirá a su Reino.
Por eso, el día del Señor es para la liturgia el día más anhelado y dichoso: es el día del triunfo definitivo de Cristo, del Redentor, y el día de la entrada de la Iglesia en el reposo y en la paz.
Hoy somos testigos de la tan ansiada vuelta del Señor. Somos testigos de su victoria definitiva. Por eso nuestro corazón salta de júbilo. Vemos a Nuestro Salvador, envuelto en toda su gloria y rodeado de poder y majestad, descender del Cielo hasta nosotros.
Yo abrigo pensamientos de salud, no de perdición, nos dice Él. Yo mismo os sacaré de vuestro cautiverio (Introito de la Misa de hoy).
Esperémosle llenos de anhelo. Suspiremos por la revelación de la gloria de los hijos de Dios.
Escuchemos la exhortación del gran Doctor y Apóstol San Pablo, el cual no cesa de orar por nosotros para que caminemos de un modo digno de Dios, para que conozcamos en todo la voluntad y el beneplácito divinos, para que produzcamos en todo frutos de buenas obras, para que crezcamos en la ciencia de Dios, para que nos fortalezcamos en la vida espiritual y para que demos gracias al Padre por habernos hecho dignos de participar de la herencia de los Santos en la luz. Él nos arrancó de la potestad de las tinieblas y nos trasladó al reino de su amado Hijo.
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Tal es el broche de oro con que cerramos hoy el año eclesiástico. A las palabras del Apóstol respondamos nosotros jubilosamente con el Gradual: Señor, tú nos has librado de los que nos afligían. Nosotros celebraremos tu Nombre por toda la eternidad.
Ahora va a desarrollarse ante los ojos de nuestro espíritu el impresionante drama de la vuelta de Cristo. Cuando llegue su hora, aparecerá el Hijo del hombre rodeado de gran poder y majestad. Delante de Él enviará a sus Ángeles, los cuales congregarán a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, desde lo más alto de los cielos hasta sus últimos confines.
Verán venir al Hijo del hombre con gran poder y majestad. ¡El día de la vuelta del Señor!
El Señor vive. Así como es el Redentor de los hombres, así será también el remate de todas las cosas y de la historia del mundo. De igual modo que apareció un día revestido de pobreza y de humildad, así aparecerá también, al fin de los tiempos, revestido de poder y majestad.
La luna no brillará, las estrellas caerán del cielo, las columnas del firmamento se tambalearán. Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre (la Santa Cruz). Todos los pueblos de la tierra se lamentarán. Y verán al Hijo del hombre descender sobre las nubes del cielo, rodeado de gran poder y majestad.
Es el día del triunfo, el día de la glorificación de Cristo en presencia de toda la humanidad reunida.
Los pueblos y las naciones, los estados, la política, la ciencia, las corrientes espirituales, los errores de las distintas épocas y culturas, etc.; todos tendrán que manifestarse en su verdadera naturaleza, para ver si fueron fruto auténtico o si fueron sólo paja.
Tendrán que justificarse de cómo se portaron con la Verdad, con Dios, con Cristo y con su Iglesia.
Tendrán que dar cuenta de si sirvieron a Dios o de si trabajaron contra Él.
Entonces serán juzgados de un modo especialísimo los padres, las madres, los superiores, los estadistas, los sabios, los escritores, los sacerdotes, los curas de almas, y todos los que en vida ejercieron un cargo o un ministerio público o desempeñaron alguna misión oficial.
Todos ellos tendrán que dar razón del influjo, bueno o malo, que ejercieron en los demás y de si favorecieron o perjudicaron al Reino de Dios.
Todo tendrá que someterse al juicio de Cristo, hoy injuriado y despreciado. Todo tendrá que inclinarse ante Él y ante su sentencia inapelable.
El día del triunfo, el día del reconocimiento de Nuestro Salvador. ¡Con qué ansiedad espera la Iglesia ese día!
En ese día se hará justicia ante el mundo entero a Cristo, a su Iglesia y a todos cuantos permanecieron fieles a Cristo. Maranatha, «¡Ven, Señor!»
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En medio de la perturbación de los elementos, en medio de las espesas y lúgubres tinieblas, aparece de pronto en el cielo una luz, la señal del Hijo del Hombre, una cruz dibujada con rayos luminosos.
¡La injuriada, la odiada Cruz del Señor! Todos tendrán que ver y reconocer que sólo en Ella se nos dio la verdadera salud.
La luminosa Cruz revela la proximidad del Señor. De igual modo que un día subió a los Cielos, con su cuerpo resucitado y glorioso, envuelto en una nube, así volverá ahora sobre las nubes del cielo, revestido de la gloria de su Padre, envuelto en su majestad celestial, y rodeado de Ángeles por todas partes.
Todos verán y reconocerán entonces la inapreciable gloria que Él les mereció con su muerte y que les había reservado para su alma y para su cuerpo.
Todos tendrán que ver y reconocer lo que Él pudo y quiso hacer con ellos, por medio de su Encarnación, de su Cruz, de su Resurrección, de su Ascensión a los cielos; por medio del envío del Espíritu Santo; por medio de su Iglesia, con sus dogmas y sus Sacramentos.
Entonces reconocerán y confesarán que, si no consiguieron el fin, la vida eterna y feliz, no fue por culpa de Dios. Y, viceversa, los que se hubieren salvado reconocerán y confesarán agradecidos que lo fueron en virtud del amor de la gracia del Señor.
La vuelta del Señor es el sello infalible con que Dios autenticará la primera venida de Jesús, en el portal de Belén, la verdad de su Encarnación, la verdad de todas sus palabras, la santidad de su vida y de su ejemplo, la eficacia de su Pasión y muerte, la verdad de su Iglesia, la verdad de la misión, de la autoridad, de los derechos, de las exigencias, de la predicación y de los Sacramentos de su Iglesia.
¡Felices de nosotros, los que conocemos al Señor aquí, en esta vida mortal, los que creemos en Él, los que pertenecemos a Él en su santa Iglesia!
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El cielo y la tierra pasarán. Hermanos míos, he aquí lo que os digo: El tiempo es breve, la figura de este mundo pasa, dice San Pablo a los Corintios.
Y agrega, por lo tanto, los que están casados, vivan como si no lo estuvieran; los que lloran, como si no lloraran, los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si nada poseyeran; los que trafican con el mundo, como si no traficaran. Porque la figura de este mundo pasa. Quiero que viváis sin preocupaciones.
No vale, pues, la pena afanarse excesivamente por nada de lo de esta vida, no debemos permitir que nuestro ánimo sea invadido demasiado por la alegría o por la tristeza. Todo cuanto nos rodea, todo cuanto pueda sobrevenirnos aquí en la tierra está condenado a la nada.
La figura de este mundo pasa. Dura mucho menos de lo que nosotros pensamos. No vale la pena de que nos entreguemos con tanto ardor a las cosas de este mundo, a sus intereses y preocupaciones.
¡He aquí la Iglesia! Ella sólo conoce una cosa: la causa del Señor. Sólo una preocupación la inquieta, sólo una gran pasión llena su corazón: lo que es del Señor.
Convierte a ti nuestros corazones. De este modo nos libraremos de toda ambición terrena y sólo nos dominarán anhelos celestiales, pedimos en la Oración Secreta. Tal es el deseo de la santa Iglesia.
La figura de este mundo pasa. Si no nos desprendemos interiormente de todas las cosas criadas, no podremos aplicarnos a las divinas. Si somos tan pobres en la vida interior, se debe únicamente a que no hemos aprendido aún a desprendernos por completo de lo criado y perecedero.
El cielo y la tierra pasarán. Estos cielos, que existen ahora, y la tierra están reservados para el fuego en el día del juicio. Pero nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en donde habita la justicia.
La creación espera ansiosa la revelación de los hijos de Dios. La creación está sujeta a corrupción; pero también ella espera ser libertada de la esclavitud de la corrupción, para alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Lo que Dios se propuso hacer desde un principio con la humanidad y con toda la creación, lo realizará entonces para siempre. Lo que ahora yace oculto y sepultado bajo los escombros del pecado, convertido en podredumbre y en muerte, brillará entonces con purísima claridad, en medio de la inalterable armonía del ideal y de la verdad divina.
Vi un cielo nuevo y una tierra nueva. Y vi también la ciudad santa, la nueva Jerusalén, descendida, del cielo, preparada y adornada como una esposa para su esposo. El cielo, la nueva Jerusalén, la ciudad de la clara Divinidad, descenderá a la tierra. Ésta, cual una esposa enjoyada y hermosa, saldrá al encuentro del Esposo.
Desde ahora para siempre ya no será más la morada del Dios oculto, velado, sino que será la morada del Dios manifiesto. La creación, consumada en Dios, alcanzado plenamente su fin, ya no estará más sujeta a la corrupción, a la mudanza. Reinará una admirable y universal armonía, tanto en cada hombre en particular como en todos los seres de la creación. Entonces Dios será todo en todos.
La obra del Hijo de Dios humanado realizada plenamente en su Iglesia… ¡Venga a nos el tu reino!
El día de Cristo, el día de la victoria, el día del triunfo de su verdad, de su humildad, de su Cruz, de su amor, de su gracia. ¡Salve, Cristo, Triunfador, Rey, que vives en todo!
El día de Cristo, el día del triunfo de su Iglesia, de su fe, de sus Sacramentos, de sus dolores por Cristo y con Cristo, de su oración y de su obra en las almas. ¡También ella vencerá, triunfará, vivirá! ¡Y nosotros con ella!
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Todos verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad. Una vez que la malicia haya desplegado todo su poder, aparecerá después el Señor, el cual desenmascarará a la mentira, la matará con el aliento de su boca, la aniquilará con el brillo de su venida, y separará a los buenos de los malos, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos.
Entonces el número de los elegidos estará completo y comenzará el día de la recolección.
Dejad, que crezcan juntas por ahora ambas simientes, es decir, la cizaña y el trigo. Una misteriosa mezcla y confusión del bien y del mal, de los hijos de la luz y de los hijos de las tinieblas, de la cizaña y del trigo, del reino de Satanás y del Reino de Cristo…
Dos pueblos distintos, capitaneado cada cual por su rey respectivo, luchan constantemente entre sí, hasta el fin de los tiempos; ambos viven juntos y codeándose aquí en la tierra, aunque en su interior son diametralmente opuestos. Y un día serán separados por Dios para toda la eternidad.
Aunque la cizaña crezca con el trigo, la oposición interna entre ambos es cada vez más grande y más hiriente, la lucha entre ambos se hace cada día más violenta y encarnizada.
El mal se prepara para el último combate, para la batalla decisiva.
Antes de la consumación del mundo aparecerá el hombre de pecado, el sin ley, el adversario de Dios y de Cristo. Se levantará contra todo lo que se llame Dios y contra todo lo santo, y se sentará en medio del templo de Dios.
Después que haya sucedido todo esto, aparecerá el Señor. Entonces, lo que desde el principio estuvo ya dividido interior y ocultamente, será separado también exteriormente y para siempre. ¡Apartaos de mí, malditos! ¡Venid, benditos de mi Padre!
El Señor conoce a los suyos desde toda la eternidad. En medio de la confusión del mundo, está siempre con ellos, preservándolos del mal y santificándolos. Si soporta a los malos, lo hace para que se conviertan o bien para que, por medio de ellos, se afine y acreciente la virtud de los justos.
Dejad que ambas simientes crezcan juntas hasta el tiempo de la recolección… Diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, atadla en manojos y arrojadla al fuego. El trigo, en cambio, congregadlo en mis graneros.
¡El día de la vuelta del Señor, de la eterna separación entre el bien y el mal, entre el Reino de Cristo y el de Satanás, entre el mundo de la luz y el de las tinieblas!
El colofón y el último acto con que la Providencia pondrá fin a su gran obra de dirección y gobierno del mundo terreno a través de los siglos.
El juicio final completará y sellará esta obra. Será el último acto y la ratificación de toda la justicia de Dios desde el comienzo de la creación. La historia del mundo, todo lo acaecido en él aparecerá claro y patente, como un libro abierto, ante los ojos de todos, tal como fue en realidad.
En ese día Dios será justificado ante el hombre. En ese día celebrará el triunfo de su sabiduría, con la cual rigió y gobernó al género humano de una manera suave y, a la vez, divinamente fuerte. Ese día será el día del triunfo de la justicia de Dios, la cual dará a todos según su merecido: a los justos, los librará de sus tribulaciones; a los pecadores, los castigará.
Ese día será el día del triunfo del amor de Dios, el cual abrió siempre su oído y su corazón a las súplicas del hombre, sólo tuvo pensamientos de paz y de salud, y no de amargura y de perdición, e hizo todo cuanto pudo para salvar al caído en el error.
Ese día será el día del triunfo del poder de Dios, el cual supo aprovechar el mismo mal para realizar con él sus planes salvadores, o bien lo permitió solamente —a pesar de lo mucho que lo odia y aborrece— para manifestar así su profundo y misericordioso amor hacia los pecadores y para, por medio de los malos, purificar, santificar y robustecer la virtud de los buenos.
En el día de Cristo todos tendrán que proclamar: Justo eres tú, oh Dios, y rectos son tus juicios. Los caminos del Señor son misericordia y gracia.
El día de Cristo será el día de la separación de lo impuro, falso e injusto, de lo bueno, puro, verdadero y noble. Será el día del triunfo de la verdad sobre la mentira, de la justicia sobre la injusticia, de la fe en Dios y en Cristo sobre la incredulidad, de la fidelidad a Dios y a Cristo sobre toda traición a Dios y a su Ungido.
La cizaña será recogida en gavillas, para ser quemada. El trigo, en cambio, será congregado en los graneros de Dios.
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Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat. Cristo vence, Cristo es Rey, Cristo es el Dominador de todo. Esperemos con esta fe la vuelta del Señor: ¡Venga a nos el tu reino! ¡Señor, vence, domina!
Llenos de fe en su vuelta con poder y majestad, dobleguémonos ante la dura ley que rige al mundo: Dejad que crezcan juntas por ahora ambas simientes…
Estamos ante enigmas. ¡Grandes, difíciles e interminables pruebas de la fe!
Sin embargo, no nos dejemos engañar. Sabemos que ha de llegar el día de la recolección, el día de la separación entre la luz y las tinieblas.
Caminemos rectos, como hijos de la luz, en Cristo y en su Iglesia.
