ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD CON EL P. CERIANI – 20 NOV 2013 – CIVILIZACIÓN CRISTIANA Y REVOLUCIÓN

El día martes 19 de noviembre, el celular que ponemos a disposición para el programa MIENTRAS EL MUNDO GIRA, 549 2664 57 0000, comienza a aparecer con mensajes de texto donde se intentaba contactar con Radio Cristiandad. El operador le pide a la persona que se comunique durante los programas en vivo. El día miércoles 20 de noviembre se recibe lo siguiente:

Mensaje de texto recibido desde el celular – 549-11-69313651 – antes de comenzar este programa, que sirvió de introducción no prevista para el arranque del Especial, y por lo tanto fuera del trabajo escrito que proponemos a continuación:

«Igual básicamente quería decirles: me he reído mucho de sus artículos, no entiendo cómo pueda haber tanto odio a la verdadera causa Tradicionalista, ni cómo hacen para ser taannn MENTIROSOS.

Traten de no cruzarse en mi camino»

Tomas Bunge

A pesar de contestar el tema con la explicación que pueden escuchar al principio del audio, el que envió el texto agrega:

«Y encima mariconazos porque no contestan»

BUNGE

A lo que el operador le dice que evidentemente no ha escuchado la respuesta del P. Ceriani, a lo que responde:

«A si???? No tuve el placer»

A lo que el operador le manifiesta la posibilidad de escuchar las repeticiones a las 17, 21 y 03.

Ya que, quien dice ser el Sr. Tomás Bunge, manifiesta «no haber tenido el placer» de escuchar la respuesta a su airada, insultante y amenazante intervención; y que habida cuenta del tiempo pasado sin otro contacto para ofrecer las disculpas pertinentes, esperamos que al menos lea y escuche este material que presentamos y presente las pertinentes pruebas de lo que nos acusa, o bien pida las disculpas correspondientes como Alejandro Bunge ha hecho oportunamente con respecto al texto del panfleto (ver aquí)

P.Ceriani---RadioCIVILIZACIÓN CRISTIANA Y REVOLUCIÓN A LA LUZ DE LAS PARÁBOLAS DEL GRANO DE MOSTAZA Y DEL FUERTE ARMADO

Audio del Especial:

Para escuchar y bajar: DOWNLOAD

INTRODUCCIÓN

La parábola del grano de mostaza (S. Mateo 13: 31; S. Marcos 4: 30; S. Lucas13: 18) se refiere a las características de la institución que Nuestro Señor Jesucristo estaba por fundar, de la Iglesia que se estaba gestando, y de la repercusión e influencia sobre la sociedad.

Esta parábola indica una expansión o desarrollo lento, hasta alcanzar la plenitud.

Hay que observar el crecimiento lento del árbol, es decir, el tiempo que iba a tardar la Iglesia en ser universal.

A pesar de llevar en germen esa capacidad de catolicidad, de adaptarse a todos los hombres de todos los tiempos y de todas las latitudes, y de ofrecerles la posibilidad de incorporarlos a su seno, la propagación sería parsimoniosa.

El pensamiento de Nuestro Señor es que aquel grupito de hombres que lo rodeaba, insignificante hasta lo invisible en un rincón del enorme Imperio Romano, se iba a agigantar paulatinamente, hasta cubrir con su sombra el mundo entero.

Este grano de mostaza es la Iglesia de Jesucristo. ¿Qué institución más pequeña y más humilde en sus principios, sea por el número, sea por la calidad de las personas que la componían?

Vedla en Jerusalén, luego en Roma, en los primeros años que siguieron a la Ascensión del Salvador.

Era bien pequeña y bien pobre; parecía deber disminuir más bien que crecer. Todo parecía condenarla a perecer: el escándalo de la Cruz, la severidad de su moral, las herejías nacientes, las terribles persecuciones que la sitiaron durante varios siglos, las sombrías y extensas herejías que siguieron a su instalación…

Pero, ¡oh maravilla! Este pequeño grano de mostaza se desarrolló admirablemente de siglo en siglo y se convirtió en un árbol frondoso, extendiendo sus ramas hasta las extremidades de la tierra, cubriendo el mundo entero con su sombra y ofreciendo su bienhechora influencia a todo hombre, toda familia, toda institución, toda sociedad…

Los príncipes y el pueblo, los grandes y los pequeños, los sabios y los ignorantes, los ricos y los pobres…, todos encuentran en ella su descanso y su comida, las luces y las fuerzas necesarias para perfeccionarse en la tierra y después llegar al cielo.

Dos cosmovisiones

Puede presentarse aquí la objeción que plantea la situación actual, no sólo de la Civilización Cristiana (la Ciudad Católica edificada por la Iglesia), sino también el estado crítico de la misma sociedad instituida por Nuestro Señor Jesucristo.

En efecto, ¿qué queda hoy de la esplendorosa y magnífica construcción de la Iglesia? ¿No está, acaso, casi desaparecida la propia Iglesia, sin ejercer influencia alguna sobre los destinos de las naciones, de las familias, e incluso de la gran masa de los individuos?

Para responder a esta neta dificultad debemos destacar, en primer lugar, que esta parábola no es la única que predicó Jesucristo. En efecto, ésta también, entre otras, la del trigo y la cizaña (S. Mateo 13: 24)

Además, Nuestro Señor anunció una crisis final; del mismo modo los Apóstoles escribieron sobre la apostasía, el Hijo de perdición y el reino del Anticristo… (S. Mateo 24: 21; S. Marcos 13: 19; S. Lucas 18: 8; II Tess. 2: 3; Apocalipsis 12: 17; 13: 1-17).

Pero, lo más importante, esta parábola contiene la cosmovisión de Cristo, la manera católica de concebir la vida y la misión del hombre en la tierra, contrapuesta a la cosmovisión mundana.

Hay sólo dos cosmovisiones: la de la impiedad y la de la Iglesia.

Es decir, la cosmovisión del ateísmo, que promete el progreso indefinido de la humanidad; y la cosmovisión del catolicismo, que señala un comienzo, un apogeo, un declinar y un punto final para la sociedad humana.

Jesucristo caracterizó el Reino de Dios en la tierra con la imagen de una cosa viva, que tiene un principio, un desarrollo hasta alcanzar un punto culminante, un proceso de degradación y un desenlace.

Al igual que todas las cosas vivas, el Reino de Dios en la tierra ha sido establecido para crecer, desarrollarse, llegar a su plenitud, y luego decaer, para terminar, no en la extinción y la nada, sino en una transfiguración y transformación final, pero sin desarrollo indefinido o evolución hasta el infinito.

La cosmovisión del cristiano esta resumida en la frase de San Pablo: «no tenemos aquí patria permanente, sino que luchamos por la futura».

Enfrentada con esta manera de concebir nuestra vida aquí en la tierra esta la cosmovisión del impío y la de todos los falsos mesianismos, incluso los rociados con agua bendita, y que se concretiza en la expresión: «aquí abajo esta nuestra patria permanente; el fin de la humanidad es el progreso, la evolución».

Según esta concepción impía, estamos en un momento decisivo de la evolución del hombre, que consiste en la creación de un gobierno mundial, sobre la base de la socialdemocracia, con el apoyo de una falsa religión.

Ahora bien, en la Sagrada Escritura no hay ni rastro de este gobierno mundial democrático… Por el contrario, sí está profetizado el gobierno mundial del Anticristo y, después de su derrota, el gobierno universal y sobrenatural de Jesucristo.

De este modo, la Civilización inspirada por el catolicismo:

* tuvo su inicio, su crecimiento lento, su desarrollo;

* en el medioevo llegó, en el siglo XIII, al apogeo máximo que pudo alcanzar en las actuales condiciones de la humanidad herida por el pecado;

* a partir de 1303 comenzó su declinar, que no se detendrá hasta llegar a un término intrahistórico catastrófico;

* finalmente, tendrá un fin glorioso meta histórico, es decir la restauración final de todas las cosas en Cristo y por Cristo.

la cristiandad

La Iglesia conoció un espléndido desarrollo, en el tiempo de los Apóstoles y de los Mártires; luego en los siglos de los grandes Pastores y Doctores de Oriente y Occidente. Así se separó de la Sinagoga judía y se abrió a los Gentiles. Soportó las persecuciones del Imperio pagano hasta el tiempo señalado de su conversión.

La Iglesia a resplandeció mil de años por una incomparable soberanía sobre los emperadores, los reyes y los príncipes, mientras que Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora inspiraban el pensamiento y las leyes, la literatura y las artes, toda la vida de la Cristiandad, desgraciadamente obstruida y amenazada por el cisma de los Bizantinos y las fulminantes proyecciones del Islam.

Es en el siglo XIII que, llegada a la mitad de su curso, dio el espectáculo del poder y de la magnificencia del Espíritu-Santo, prefiguración de lo que será la Jerusalén celestial, al regreso de su Señor.

La Iglesia realizó, pues, esa hermosa Sociedad Cristiana, que se llamó la Edad Media y que sería mejor denominar la Cristiandad.

Por supuesto, todo no era perfecto en esa época; siempre habrá pecado y pecadores, trigo y cizaña; pero en esa sociedad se tenía consciencia de que el hombre ha sido puesto sobre la tierra por Dios para honrarlo, alabarlo y servirlo; especialmente se sabía que todo lo creado ha sido puesto a disposición del hombre para que éste pueda amar y servir a Dios, su Creador y Salvador.

La Cristiandad es, pues, un modelo, una referencia. La Iglesia va incluso más lejos, y nos enseña que no puede haber otro modelo que éste en el cual todo, absolutamente todo, se oriente hacia Dios, nuestro Padre, para la mayor felicidad de los hombres.

el «fuerte armado» y su retorno

¿Como explicar, pues, la situación actual de la sociedad? Cabe aquí recordar la parábola del «Fuerte armado» y su aplicación:

«Cuando el hombre fuerte y bien armado custodia la entrada de su casa, sus bienes están seguros. Pero si sobreviene uno más fuerte que él, lo vence, le arranca las armas en que confiaba y reparte su despojos.

Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, yerra por los lugares áridos, buscando el descanso; pero no lo encuentra. Dice entonces: «Volveré a la casa de dónde salí». A su llegada, la encuentra barrida y adornada. Entonces se va a tomar otros siete espíritus más perversos que él. Entran juntos en la residencia y se establecen. Y el último estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero».

En esta parábola Jesucristo hizo algo más que una simple refutación «ad hominem» de la acusación de los fariseos; dijo que el diablo en la tierra es el «Fuerte Armado» y que defendía su casa; es decir que el Reino del Diablo estaba fuertemente fortificado en el mundo; y que Él había venido para vencerlo y desarmarlo.

Jesucristo apellidó sin exageraciones al diablo el «Fuerte», el «Príncipe de este Mundo», el «Poder» o el «Monarca de las Tinieblas»; y ese poder lo sintió en sí mismo.

San Agustín siempre expone el misterio de la Redención del hombre de este modo: «Por el pecado el demonio adquirió poder mortífero sobre la raza de Adán; y lo perdió porque hizo dar muerte injustamente a un hombre sin pecado. La Pasión de Cristo fue una batalla en la que el más fuerte, hecho a prima faz más débil, saqueó la casa del Fuerte».

Este hombre fuerte y bien armado es, pues, el demonio, que ejercía desde el pecado de Adán una autoridad casi absoluta sobre los hombres.

Sus armas, son todas sus astucias y las de los espíritus diabólicos, con todas las especies de pecado.

Su casa, su palacio, es el mundo, la tierra entera, donde dominaba como amo incontestado hasta la llegada del Salvador; por eso se creyó con derecho a ofrecérselo, al precio de un acto de adoración: «Todo esto es mío y te lo daré, si postrado me adorares».

Satanás había usurpado realmente el imperio del mundo. No solamente había reducido a los hombres a la esclavitud del pecado, desnudándolos así de sus derechos y de sus esperanzas legítimas, sino que, además, tenía de mil de maneras hundida la sociedad en la degradación, suministrándole la corrupción de las costumbres, la oscuridad intelectual, las miserias sociales y a todas las crueldades que acompañan la corrupción. En lugar de la verdad había erigido el error en principio y había hecho rendirse a sí mismo un culto, manchado por torpezas y abominaciones sin nombre.

El «mas fuerte» que vino es el Mesías prometido, es Jesucristo, bajado del cielo para vencerlo y retirarle sus armas y repartir sus despojos; es decir, volver en contra suya todo aquello que mantenía en la esclavitud y de lo cual se servía como de instrumento para sembrar por todas partes el mal y el desorden.

Esta parábola tiene una aplicación directa a los judíos; Nuestro Señor argumenta en forma de alegoría y contesta la acusación de sus enemigos, probándoles que son ellos quienes poseen el demonio.

En efecto, por la Ley los judíos fueron liberados de la tiranía del demonio, y éste, expulsado de la nación elegida, se había refugiado en los gentiles.

Pero más tarde, por su obstinación, su endurecimiento, su malicia y por la práctica de las supersticiones paganas, abrieron nuevamente la puerta al demonio y se sometieron a su poder. Finalmente, por el crimen terrible de deicidio, del cual se hicieron pronto culpables crucificando a su verdadero Mesías, se convirtieron en los enemigos más encarnizados de Dios. Desde su deicidio, el estado de este pueblo es peor que al principio.

San Jerónimo, comentando esta parábola dice: «El espíritu impuro, expulsado de en medio de los Judíos, cuando recibieron la Ley, se fue a los gentiles, que eran como extensos desiertos donde no descendía el vivificante rocío de la gracia. Pero cuando los gentiles se convirtieron, Satanás no encontrando allí más descanso, volvió de nuevo, con todos los defectos de los paganos, al pueblo judío abandonado de Dios. Y el estado de este pueblo se volvió peor que antes de recibir la Ley. Su último crimen lo puso enteramente a disposición de Satanás.»

Esta parábola es también la lamentable historia de la Cristiandad. El «espíritu impuro» salió de la sociedad pagana cuando, por el santo bautismo, la Iglesia le hizo renunciar a Satanás, a sus pompas, a sus obras y a sus cultos idolátricos, y así se convirtió en hija de Dios.

La sociedad pagana, por medio de un humilde acto de renuncia a Satanás, quemó todo aquello que hasta ese momento había adorado, y, por un fervoroso acto de fe, adoró todo lo que hasta allí había perseguido y combatido.

Nuestro Señor, adversario mucho más fuerte que Satanás, destruyó su poderío y le arrebato su presa. Así lo hizo este divino y todopoderoso Liberador, tanto en el orden de la religión (culto y teología), como en el orden de la verdad (filosofía y ciencias), en el orden del bien común (política), en el orden de la belleza (bellas artes, artes liberales y artesanías), e incluso en el orden del bien simplemente útil (economía y trabajos serviles).

Esta sociedad, así consagrada a Dios, vivía en paz, en la paz de Cristo en el Reino de Cristo. Pero el demonio, furioso y celoso, no soportó que sus dominios le hubiesen sido usurpados y no descansó hasta intentar reconquistarlos, con la autorización divina y en cumplimiento de altísimos planes de la Providencia que escapan a nuestra comprensión.

Aprovechando la negligencia y la tibieza donde se dejan ir demasiado a menudo los hombres y las sociedades, tomó siete espíritus más perversos que él, y por medio de todos estos «ministros» tornó a ser «Príncipe» de su presa, entrando en plena posesión de esta pobre sociedad moderna, cuyo estado es, a ciencia cierta y a simple vista, peor que antes de su conversión y cristianización.

Así como las recaídas en las enfermedades son mucho más peligrosas para el cuerpo, del mismo modo, las recaídas en el pecado tienen consecuencias espantosas y desastrosas en el espiritual: cuanto más se aleja una sociedad de Dios, después de haberlo conocido y servido, más se consolida su inclinación al mal, menos gracias recibe y mayores y nuevos obstáculos encuentra para practicar la virtud.

Leamos en la segunda Epístola de San Pedro, capítulo dos, el triste cuadro que hace este Apóstol de las almas ingratas que, teniendo la felicidad de conocer a Jesús, lo abandonan a continuación para tornar al pecado, y apliquemos esa enseñanza a lo sucedido con la sociedad, otrora cristiana:

«Porque si los que se desligaron de las contaminaciones del mundo desde que conocieron al Señor y Salvador Jesucristo se dejan de nuevo enredar en ellas y son vencidos, su postrer estado ha venido a ser peor que el primero. Mejor les fuera no haber conocido el camino de la justicia que renegar, después de conocer el santo mandato que les fue transmitido. En ellos se ha cumplido lo que expresa con verdad el dicho: «Un perro que vuelve a lo que vomitó» y «una puerca lavada que va a revolcarse en el fango»«.

Lamentable estado de la sociedad moderna, peor que el primero. Se manifiesta en ella la verdad de ese antiguo Proverbio: ¡regresó al vómito del paganismo y al fango de la idolatría!

Después del odio a Dios, a Jesucristo y a su Iglesia, lo que más desagradaba a sus enemigos era la Civilización fundada sobre la base de la santa religión. Esa Sociedad Cristiana, esa Ciudad Católica, es lo que el demonio atacó y lo que, con una serie de sucesivos golpes, va llevando a su destrucción… Una vez acabada con ella, la apostasía será completa, y todo estará preparado para la irrupción del «hijo de perdición».

¿Cómo se las ingenió, pues, el demonio? Tomó «siete espíritus más perversos que él» y los fue introduciendo en la sociedad hasta llevarla al estado actual:

1°) Humanismo y Renacimiento,

2°) Protestantismo,

3°) Masonería,

4°) Revolución Francesa,

5°) Liberalismo y Capitalismo,

6°) Socialismo y Comunismo,

7°) Modernismo y Vaticano II.

¿qué podemos hacer?

Y aquí se plantea la consabida pregunta: ante el mundo tal como es en su actual realidad concreta, ante lo que está anunciado y profetizado, ¿qué podemos hacer?, ¿qué soluciones particulares tenemos?

A la luz del desarrollo escriturario de la historia de la humanidad, es cierto que nuestro período no es como los de otra época. Nuestros combates son más violentos porque están más cerca del fin de los tiempos, porque el Príncipe de las tinieblas tiene un permiso para ejercer un mayor imperio sobre las cosas, poder que se ira incrementando a medida que nos acerquemos al «tiempo de las naciones».

No obstante, en este periodo concreto, el de nuestra salvación, la redención continúa. Nuestro deber es, pues, santificarnos y ayudar a redimir nuestro medio ambiente, sabiendo que tenemos los medios, cualquiera sea el tiempo: «Dios es fiel, y nunca permitirá que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas». Debemos trabajar en nuestro lugar y tiempo para colaborar a la implantación del Reino de Jesucristo.

Es normal que soñemos con un mejor mundo, un regreso a la Cristiandad, una restauración de la Iglesia…

Pero Dios, en su Providencia, nos puso en un mundo concreto, en un momento preciso de la historia de la humanidad y de la Iglesia. Es Dios quien escribe la Historia; con un itinerario cuyo secreto sólo El conoce y por el cual lleva a cabo su inmenso plan de Amor para completar el número de los elegidos. No podemos hacer abstracción de la consideración de este plan.

Ahora bien, desde el comienzo, Dios nos muestra el enfrentamiento de dos razas: por un lado, la del justo Abel, fiel hasta la muerte, ofreciendo los primeros sacrificios agradables a Dios; en frente, la de Caín, aferrada al éxito terrestre, a los bienes de este mundo, persiguiendo al justo.

Esta Historia se prolonga por la elección de Abraham en medio de un mundo completamente impío. Libre elección divina que se continúa en Isaac, hijo de Sara, la mujer libre; a quien se opone Ismael, hijo de Agar, la esclava. San Pablo comenta largamente este episodio: «El hijo según la carne perseguía al hijo según el espíritu; y aún es así en el presente.»

En efecto, la historia de todo el Antiguo Testamento es la lucha entre dos razas de hombres, sea en el mundo, sea incluso en el seno del pueblo elegido.

Ahora bien, si se estudian los textos escriturarios que anuncian y describen el futuro, se comprueba que el establecimiento del Reino de Dios debe realizarse según esos mismos criterios.

Pueden leerse los textos evangélicos (capítulos 24 de San Mateo, 13 de San Marcos, 21 de San Lucas), el capítulo 2 de la segunda epístola a los Tesalonicenses, el Apocalipsis… Allí Se anuncian acontecimientos, tribulaciones, traiciones, revocaciones que tamizan a los elegidos como el trigo…, prolongación de este inmenso combate entre las dos razas.

Se anuncian períodos en que el mundo entero escuchará hablar de Jesucristo; otros de apostasía… bajo formas diversas…

A la luz de la Revelación, comprendamos nuestro lugar y nuestra vocación en el mundo moderno. Ante todo, no podemos abandonar un combate que debe llevarse a cabo. En este combate gigantesco, debemos tornar nuestros ojos hacia el Evangelio. ¿No es acaso éste el combate anunciado hasta el final de los tiempos, y especialmente durante el fin de los tiempos?

Ahora bien, Nuestro Señor Jesucristo estigmatizó a los artesanos contemporáneos de la Revolución, los fariseos. Los acusó de haber desviado la verdadera religión en beneficio propio; de utilizar el destino del hombre para su propia llegada… arribismo… humanismo… Ese falso mesianismo responde hoy a los nombres de Progresismo Cristiano… Civilización del Amor…

Conforme a las profecías, esta situación debe durar hasta que se revele «el hombre de iniquidad».

Podemos inventar día a día recetas para intentar reparar lo irreparable… Pero, no serán más que recetas… Debemos ir a la fuente de toda verdad, que no puede en su amor haber abandonado a los «hijos de los últimos tiempos» sin los medios adecuados.

Sabemos que lucha entre el diablo y la Ciudad Santa durará hasta la Parusía. Esta lucha no está reabsorbiéndose progresivamente. Si nos referimos al Evangelio, tenemos que en el Reino siempre se encontrará el buen grano mezclado con la cizaña; y no que contará con un trigo superior, cuyas variedades irían mejorando de siglo en siglo.
Del mismo modo, el Apocalipsis no nos muestra una domesticación progresiva de la famosa Bestia.

El diablo, incluso si está vencido, continúa con las manos en la obra, quien propone los falsos mesianismos de toda especie, quien sabe luchar mejor en ese campo a medida que nuestro mundo se acelera hacia su fin, perfeccionando sus métodos y organizando más sabiamente su espantosa contraiglesia. Tanto que Jesús nos dice: «Cuando el Hijo del hombre vuelva, ¿encontrará aún Fe sobre la tierra?»

LOS COMBATES A PELEAR

«He peleado el buen combate he terminado la carrera, he guardado la fe» (2 Tim. 4:7).

Es cada vez más evidente que la lucha contrarrevolucionaria se desarrolla en dos niveles:

1º) Un combate «conservador»

2º) Un combate para «restablecer la Realeza de Cristo Rey»

1º) EL COMBATE «CONSERVADOR»

En primer lugar, se manifiesta claramente que debemos combatir para conservar las últimas posiciones que nos quedan. Es necesario, con toda necesidad, conservar nuestros Prioratos, nuestras Capillas, nuestros Centros de Misa, nuestros Monasterios, nuestros Retiros y Casas para Retiros, nuestras Escuelas, nuestras Asociaciones, nuestras Publicaciones…

Nos hallamos personalmente comprometidos en una serie de combates «conservadores», de pequeña amplitud, es cierto, que, sin embargo, no podemos ni menospreciar ni, mucho menos, abandonar… Sería desertar… Nosotros somos los principales combatientes.

Este el combate inferior. Una batalla defensiva, una confrontación de mantenimiento.

2º) EL COMBATE PARA «RESTABLECER LA REALEZA DE CRISTO REY»

Pero, por sobre estos innumerables compromisos conservadores, y más importante aún, es el combate por el restablecimiento de la Realeza Social de Jesucristo, la reconstrucción de la Civilización Cristiana, que implica el triunfo del Corazón Inmaculado de María y el establecimiento de su Reinado.

Nuestro Señor y su Santísima Madre obran misteriosamente, como es su costumbre; combaten a nivel de las almas, de las familias y de las sociedades, pero de manera oculta, silenciosa. Y esa lucha divina, en la cual Jesús y María son los agentes principales, tiene por objetivo extirpar el poder de la Bestia y restaurar su propio Reino.

Este el combate superior. Una batalla ofensiva, una confrontación de reconquista, una lucha decisiva y principal.

SABER DISTINGUIR

Estos dos combates, el de mantenimiento y el de reconquista, existen por voluntad divina y, por lo tanto, no podemos eludirlos.

Estas dos luchas están entremezcladas, porque ambas tienen los mismos combatientes, los cuales tienen de este modo que intervenir en dos refriegas diferentes: en la de mantenimiento como actores principales, en la decisiva como actores secundarios, a las órdenes de Cristo Rey y María Reina.

Es importantísimo no confundir ambos combates, es necesario distinguirlos, porque ellos tienen objetivos diferentes y, por lo mismo, también poseen estrategias distintas.

Muchas veces, el comportamiento de los jefes y de los soldados tradicionalistas, incluso las discusiones y peleas internas, se deben a que existe una incomprensión respecto a estos dos combates y a sus objetivos. Es decir, muchas veces se piensa que existe un solo combate y se confunden los objetivos de la batalla de conservación con los fines de la lucha principal, se mezcla la parte que les corresponde a los hombres con la acción que desarrolla o debe llevar a cabo Cristo Rey y su Madre Santísima.

Por lo tanto, es de la mayor importancia considerar las estrategias de estas dos confrontaciones superpuestas.

1º) EL COMBATE «CONSERVADOR»

¿Cómo combatir la batalla inferior, defensiva, de mantenimiento? Ella posee particularidades que dependen de sus raíces históricas. Dichas características imponen a los combatientes límites tácticos que les impiden arrojarse a cualquier tipo de acciones. Las iniciativas están circunscritas a cuatro fronteras que no pueden ser atravesadas.

A) Las fuerzas contrarrevolucionarias son, humanamente, impotentes.

La tendencia espontánea de nuestras filas es hacia la restauración. Pero el enemigo ha tejido un asedio revolucionario cerrado que, si bien es artificial, se impone de una manera absoluta. El poder legal pertenece a ese asedio y, con mayor razón, también le pertenece el poder oculto.

Las fuerzas contrarrevolucionarias son incesantemente neutralizadas, mutiladas y aniquiladas.

La batalla de mantenimiento es llevada a cabo por una minoría, vigorosa y valiente ciertamente, pero humanamente impotente. El dispositivo revolucionario es inexpugnable.

Si emprendiésemos el combate confiando que contamos con la ayuda del cielo, traspasaríamos los límites de la batalla inferior para entrar en la zona de la acción de la batalla superior, la cual se rige por una estrategia diferente.

B) La misión de las fuerzas contrarrevolucionarias no es de ruptura, sino de resistencia, conservar los restos.

La batalla que debemos librar no es una batalla de ruptura, de arremetida. Los medios con los que contamos no son proporcionados para intentar romper el asedio.

Nuestra misión es vigilar, conservando los restos que van a perecer. Es necesario que cuando el Señor regrese nos encuentre vigilantes. Él nos exige no desaparecer, no despilfarrar las fuerzas.

Si intentásemos la ruptura, equivocaríamos la táctica de la batalla inferior.

C) Las fuerzas contrarrevolucionarias están constreñidas por los medios de la «legalidad» revolucionaria.

Los contrarrevolucionarios tienen consciencia de defender los derechos de Dios contra el poder de la Bestia. Es de esa fuente que extraen su ardor y su confianza.

Pero se imaginan demasiado fácilmente que esta posición de principio les da sobre el Estado laico una preeminencia jurídica.

Es demasiado tarde para exigir del Estado laico el reconocimiento de los derechos de la Iglesia, del Estado apóstata el reconocimiento de los derechos de Jesucristo, del Estado sin Dios el reconocimiento de los derechos de Dios.

En el combate que llevamos a cabo, somos constreñidos a los medios de la legalidad revolucionaria, que, por añadidura, será cada día más rigurosa, reduciendo cada vez más nuestros medios de defensa.

Si bajo pretexto de hacer valer los derechos de la Iglesia, de Jesucristo y de Dios emprendemos contra el Estado una guerra de principios, nos pasaríamos al sector de la otra batalla, cuyo objetivo y cuya táctica son diferentes.

D) Se impone una estrategia de prudencia.

En lo referente al combate conservador en sí mismo hay que hacer dos advertencias previas:

1ª: esta batalla apunta a objetivos secundarios.

2ª: no le es proporcionada ninguna asistencia divina extraordinaria.

Por consiguiente, este combate debe ser conducido según el proceder habitual del gobierno humano, es decir, conforme a la virtud de la prudencia.

La acción conservadora puede, en ciertos momentos, exigir golpes de audacia; pero los mismos exigen reflexión y prudencia.

Conducir todo el esfuerzo sobre los objetivos secundarios y dejarse vencer por la tentación de la violencia, significa pasar los límites y caer en las garras de la legalidad demócrata-socialista.

2º) EL COMBATE PARA «RESTABLECER LA REALEZA DE CRISTO REY»

¿Qué sabemos sobre el desarrollo probable de este combate cuyo objetivo es la extirpación del poder de la Bestia y la restauración del poder de derecho divino? Con certeza sólo sabemos dos cosas: 1º) es librado por la misma minoría sobre la cual pesa la batalla de mantenimiento; 2º) terminará por un milagro de resurrección.

A) El pequeño número.

Los que comprenden el plan de Dios y se aplican a corresponder al mismo constituyen un pequeño número.

¿Cuál es la significación de esta minoría en el orden sobrenatural?

Ante todo, Dios se reserva siempre un pequeño número, al cual confía la custodia de la fe. Dios mismo no interviene sino al final, cuando toda esperanza humana está perdida; pero exige que un mínimo de fe haya sido conservada.

Este es el papel sobrenatural del pequeño número: un resto ínfimo del cual Dios se sirve para restaurar lo que fue abolido.

B) El milagro de la resurrección.

¿Cuáles son las etapas que constituyen lo que llamamos el milagro de la resurrección?

1ª) Prueba previa de nuestra fe y confianza.

La fe es la condición previa a todo milagro, especialmente al de la resurrección. No podemos evitar que nuestra fe y nuestra confianza sean puestas a prueba.

¿Creemos que Jesús puede restaurar la Civilización Cristiana y la Iglesia? ¿Creemos que al fin el Corazón Inmaculado de María triunfará y con Él el Corazón Sacratísimo de Jesús?

Hoy en día, muchos no creen. Pero habrá un pequeño número que pondrá su fe y su confianza en la promesa infalible de Dios. Sobre esa minoría reposará la responsabilidad, no de operar la restauración, sino de hacerla posible, de abrirle el camino.

Para hacer posible la restauración es necesario comenzar por creer en la omnipotencia y en la misericordia divina.

2ª) Retirar el obstáculo que impide la acción divina.

No habrá intervención divina si el obstáculo no es removido.

El obstáculo consiste en la insuficiencia de nuestros deseos y de nuestras oraciones.

El proceder divino exige que pidamos con insistencia la intervención que Dios mismo ha anunciado y quiere concedernos.

Dios no intervendrá allí donde reine la indiferencia y la tibieza. Dios exige siempre una minoría que lo desee, lo espere y lo conmine a venir, como sucedió en su Primer Adviento.

Nuestro Señor nos invita, pues, a un verdadero apostolado de deseo y nos hace participar de la restauración providencial de la Cristiandad en vías de destrucción.

Para abrir el paso a la intervención divina, es necesario que la suma de los deseos haya llegado a la medida prevista por Dios.

3ª) La intervención divina directa.

No habrá restauración verdadera sin una intervención de Cristo Rey, precedida por una intervención de María Reina.

No hay medios humanos para realizar hoy esa obra. Debemos estar bien convencidos que la restauración verdadera es obra de Dios.

4ª) La acción humana posterior.

Después de la acción divina, vendrá la nuestra. Nuestra intervención tendrá su lugar y tiempo, pero después de la divina.

¿Qué tendremos que hacer en ese momento? Ciertamente, muchas cosas. Es probable que la cosecha será abundante y que habrá pocos obreros. Pero la tarea que nos espera no podemos conocerla ahora; ella está oculta en los misterios del futuro. No podemos más que dejarnos guiar.

LA BATALLA «PRELIMINAR»

La batalla superior, la que tiene por objetivo arrancar el poder a la Bestia y restituírselo a Cristo Rey, es obra personal de Dios. Sin embargo, el Divino Maestro espera que el pequeño número intervenga para remover el obstáculo que se opone a la acción divina, e incluso, en una cierta medida, para desencadenarla.

Todo este trabajo preparatorio bien puede denominarse «batalla «preliminar», porque hay una verdadera hostilidad que vencer.

Por lo tanto, debemos distinguir tres batallas superpuestas:

1ª: el combate de «mantenimiento», que se sitúa en la base y que, por lo mismo, llamamos inferior.

2ª: el combate «restaurador», a cuyo cargo está el objetivo principal, de competencia exclusivamente divina.

3ª: el combate de «súplica», al cual llamamos preliminar, pues abre la vía a la intervención divina.

¿A quién incumbe la batalla «preliminar» y quiénes son los combatientes? Ella debe ser librada por el mismo pequeño número que asume al mismo tiempo el combate de «mantenimiento». La situación es tal que, al mismo tiempo, participamos de un combate de conservación y de un combate preparatorio por medio de la súplica.

Es necesario ser hombre de acción para asumir la custodia de los restos, y ser hombre de oración para participar de la batalla de súplica.

Estas dos actitudes son difíciles de conciliar, y eso explica las divergencias en la apreciación de las prioridades. ¿Qué hay que privilegiar, la acción o la oración?

Este problema de la cohabitación del hombre de acción y del hombre de oración se resuelve sabiendo que hay un tiempo para la oración, que debe preceder a la acción, y un tiempo para la acción, de debe seguir a la oración.

Además, hay que ser muy activo en la contemplación y muy contemplativo en la acción: permanecer y al mismo tiempo salir; salir y al mismo tiempo permanecer.

La vida activa es obra de Jesús, es un culto y es una preparación para la contemplación.

¿Contra quién está dirigido el combate «preliminar» de la súplica? Por sorprendente que parezca, está dirigido contra Dios.

En efecto, es necesario asaltar, tomar por asalto, el cielo. Es a Dios a quien hay que vencer. Y es Él mismo Quien nos ha dado las armas que debemos utilizar contra Él: la oración y la penitencia.

Por la oración y la penitencia el obstáculo será removido y la decisión divina de hacer misericordia finalmente será tomada y ejecutada.

Los combatientes de la batalla «preliminar» son comparados a las vírgenes prudentes que llevaron aceite consigo para sus lámparas.

En cuanto a las prácticas de piedad, he aquí las principales:

– La Santa Misa y la Comunión

– Las reparaciones del Primer Viernes y del Primer Sábado

– La Hora Santa

– El rezo diario del Santísimo Rosario

– La consagración personal y familiar, con su entronización en el hogar, a los Sagrados Corazones de Jesús y de María

– La devoción y el apostolado del Corazón Inmaculado de María

    Libremos este combate de la súplica y de la penitencia.

    Permanezcamos en esa actitud de espera vigilante.

    Todo esto con confianza, con calma, con constancia y con perseverancia.