Monseñor FRANCISCO OLGIATI
LA PIEDAD CRISTIANA
SEGUNDA PARTE
LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD
Continuación…
II
LA SANTA MISA
Tomo en mis manos el áureo opúsculo de San Alfonso María de Ligorio que se refiere a La Misa y el Oficio; y leo en las primeras páginas:
El mismo Dios no puede hacer que haya en el mundo una acción más grande que la celebración de una Misa.
Todos los honores que los Ángeles han tributado y tributarán a Dios con sus obsequios, y los hombres con sus obras, penitencias y martirios, no han podido ni podrán dar tanta gloria al Señor cuanta le da una sola Misa… Todos los honores de las creaturas son finitos; pero el honor que recibe Dios en el Sacrificio del Altar, en que se le ofrece una Víctima de valor infinito, es un honor infinito.
Si supiésemos que todos los Santos con la Divina Madre oran por nosotros, ¿qué confianza no tendríamos en nuestros progresos? Y sin embargo es cierto que una sola oración de Jesucristo puede infinitamente más que todas las oraciones de los Santos.
Así como la Pasión de Jesucristo bastó para salvar a todo el mundo, así basta para salvarlo una sola Misa.
Y podríamos proseguir las citas de San Alfonso, con la única dificultad de la elección.
Por otra parte, observando cómo muchos que se llaman cristianos se comportan en la Misa, no obtenemos la sensación de que sea valorada como el centro de la vida religiosa.
En los días hábiles entro en una iglesia y veo al sacerdote que celebra con la asistencia de muy pocos fieles. Los domingos, ante las grandes multitudes que asisten al divino Sacrificio, me veo forzado muchas veces a plantearme el problema de si están más devotamente las columnas y los bancos del templo o las personas que están allí de pie, con los ojos mirando alrededor y con un rostro que seguramente no habrían tenido si hubieran estado presente en el Calvario junto a la Dolorosa, cuando la muerte de Cristo. No obstante las providenciales iniciativas del apostolado litúrgico, la Misa dominical resulta para muchos una media hora interminable, que la costumbre de la familia exige que se pase en la casa de Dios, transformada de domus orationis en una casa de distracción, sin Misal, sin el método de la Misa, sin nada en la mano, sin nada en la cabeza ni en el corazón.
A fin de que las almas que cultivan la piedad no tengan que caer, no ya en semejante analfabetismo, mas ni siquiera en una languidez dañina frente a la Misa, que sería capaz de llevarlas a un descuido y una disipación aun en los momentos más solemnes de una acción tan santa y sublime, deben alimentar tres preocupaciones que responden a la triple faceta de nuestra formación espiritual a este respecto: una preocupación de índole dogmática, otra de índole litúrgica y una tercera de índole ascética.
***
1
LA MISA Y EL DOGMA
Sin entrar en un tratado teológico, que escaparía a la finalidad de este libro, es evidente que si no se renueva a menudo con meditaciones oportunas el recuerdo de las ideas dogmáticas fundamentales relativas al Sacrificio Divino, de manera que el ánimo esté continuamente iluminado y orientado hacia el Altar, no se puede esperar de nosotros una verdadera y ferviente devoción.
Con la abstracción propia de la irreflexión, hemos dividido y separado todo, los antiguos sacrificios y las víctimas del Antiguo Testamento de la Víctima del Calvario; pareciera que para nosotros el Cenáculo y la Cruz fueran dos hechos sin una relación esencial entre ellos; creemos, no por pobreza, sino prácticamente, que el Gólgota es un hecho con el cual ninguna relación tienen otros hechos que son las Misas que se han celebrado o que se celebrarán.
Por deficiencia de cultura dogmática, los pontífices y los sacerdotes aparecen tan sólo del punto de vista de su número y de su multiplicación, no del punto de vista de su unidad en Cristo, en el cual todas las Misas constituyen un solo todo, como todos los obispos y sacerdotes constituyen un solo Pontífice y un solo Sacerdote que uniendo a Sí a todos sus ministros, les participa su dignidad sacerdotal.
No consideramos como verdad básica la clara idea de que no sólo la Víctima es única, sino que también el Sacerdote es único, no obstante el número de los miembros del clero, como es único el sol no obstante la multiplicidad de los rayos.
En nuestro inconsciente trabajo de disgregación y desmenuzación hemos separado al celebrante del pueblo, como si el Sacrificio no fuera ofrecido por Cristo con toda su Iglesia y como si el hecho de que el ministro es el encargado oficialmente por la Iglesia para cumplir con el acto del Sacrificio lo separase de los fieles. En consecuencia, el sacerdote celebra por cuenta propia, y nosotros, aunque asistamos materialmente, rezamos por nuestra cuenta. Libertad de oración para todos y, sin embargo, libertad de pensamiento y de distracción, porque faltando la idea madre unificadora, fatalmente el recogimiento se hace más difícil que nunca.
Remitiendo a un futuro Silabario sobre la Misa la explicación detallada de cada uno de estos puntos, aconsejamos al final del capítulo algunos tratados sobre el Santo Sacrificio, que refresquen en nosotros el recuerdo de los dogmas.
He aquí algunos:
Tratado de la preparación para la Misa, de San Buenaventura; A. Chauvin, La Misa meditada a los pies del Santísimo Sacramento; V. Maesano, Frangite panem…; Martín de Cochem, La Santa Misa; M. Giher, El Santo Sacrificio de la Misa; los antiguos pero preciosos libros: De Sacrificio Missae necnon de Dominica Mensa, de Le Gaudier; De Sancto Sacrificio Missae, del Cardenal Bona; La Santa Misa, escala de santidad, de Vandeur, y los ya citados del Padre Caronti y de Lefebvre, ayudarán a transformarse en sangre de nuestra sangre la convicción de lo que es la Misa.
1º — Es el memorial de la Pasión, el recuerdo viviente de la Cruz; y, para usar una frase de Bossuet, debe grabar siempre en nuestro pensamiento la muerte de Jesucristo.
2º — Que la inmolación de la Misa es la misma que la de Cristo en el Calvario, del que no puede separarse en ninguna forma el místico e incruento Sacrificio del Altar.
3º — Que la Misa, por esa misma unión con el Gólgota, aplica los méritos de la Pasión y de la Muerte de Cristo.
Si la meditación mantiene en nosotros vivas y luminosas estas verdades reveladas, entonces, asistiendo al Sacrificio de la Nueva Ley, nos sentiremos unidos a Cristo, Víctima y Sacerdote. Sentiremos nuestra unión con todos aquéllos que viven en la Iglesia, y nuestra alma se estremecerá de gozo, el domingo, en la Misa parroquial, cuando el pastor de la parroquia y los hermanos en la fe allí presentes, recogidos alrededor del único Altar, y unidos en una sola oración, nos hablaren del carácter social del Sacrificio del único Pastor y único Cuerpo místico, que celebra y ofrece.
Ya no sólo las manos del sacerdote levantarán la Víctima Divina al Padre, sino que todas nuestras almas y todas nuestras manos se elevarán al cielo con una única Hostia, un único Jesús, que se sacrifica por nosotros y que ofrece al Padre a nosotros y la Iglesia, de la que Él es la Vida.
Repito: no pretendo exponer aquí orgánica y completamente toda la enseñanza dogmática referente a la Misa. Solamente quiero insistir sobre el concepto de la necesidad de que esa enseñanza sea hecha nuestra con la meditación y la reflexión personal.
Muy lejos estamos de oponer la liturgia a la meditación, el elemento social al elemento individual, la oración de la Iglesia a la actividad de cada uno, como muchos han sostenido con exageraciones tontas, reacciones que llegan a un exceso opuesto; la piedad resuelva la aparente antítesis abstracta y la supera en lo concreto que significa la vida cristiana: no hay posibilidad de asistir bien a Misa según el espíritu de la liturgia, si no se medita y no se lleva la contribución de la actividad personal, que despierta al alma y transforma la presencia de lo automático en una consciente participación cristiana.
***
2
LA LITURGIA DE LA MISA
Hoy, gracias al cielo, también en nuestra patria, el movimiento litúrgico está floreciendo y va intensificándose con todas las promesas de una sonriente primavera una obra continua, paciente, iluminada por la educación de las conciencias, para que a la voz de Cristo y de la Iglesia unan la palabra de su oración.
Tampoco aquí es posible trazar la historia de semejante fenómeno tan consolador, ni enumerar todos los esfuerzos que se van multiplicando con grandísimo éxito, por la difusión del Calendario Litúrgico, y las semanas sociales, gracias a cursos de estudios y cursos de predicación, para iluminar las conciencias y enseñarles qué es la piedad litúrgica en general y en especial en la Misa.
Para limitarnos a esta última, ¡cuánto facilita el recogimiento y la asistencia activa al Santo Sacrificio la noción exacta, aun elemental, de las partes de que ella consta!
El fiel que sabe distinguir la Introducción de la Misa, la Misa catechumenorum y la Misa fidelium, y sabe que esta última se divide en Ofertorio, Consagración y Comunión, está por lo mismo preparado para una participación fructuosa.
También él comenzará con las oraciones que el sacerdote reza al pie del altar y se acercará al altar de aquel Dios que es la alegría de la perenne juventud de las almas. Rezará el Confíteor detestando sus pecados, recordando que para asistir al Sacrificio en que Jesús, la Inocencia misma, se inmola, es necesario golpearse el pecho, implorar la misericordia de Dios (ostende nobis, Domine, misericordiam tuam) y orar para que el Señor arranque de nosotros la iniquidad, nos permita entrar con el alma pura en el Santo de los Santos y nos perdone todas nuestras culpas.
Entonces, como los catecúmenos de los primeros tiempos y con la Iglesia de ayer y de hoy, juntamente con el sacerdote, elevará el gemido del Kyrie, implorando piedad. Con el corazón alegre, en el Gloria in excelsis, alabará al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos. Escuchará atentamente las palabras de los antiguos Profetas; saludará la figura de Pablo Apóstol, que se yergue de su tumba y aún habla; de pie, con la más profunda veneración, escuchará la voz de Cristo en el trozo evangélico y dirá al Señor: «¡Gloria a Ti, Señor!» Gloria tibi, Domine! «¡Alabanzas a Ti, Cristo Jesús!» Laus Tibi, Christe! Entusiasmado en su fe, recitará el Credo, adorando la Trinidad, al Padre omnipotente, que creó el cielo y la tierra, las cosas visibles e invisibles; al Hijo, nacido del Padre, engendrado ab aeterno, Dios verdadero, consubstancial al Padre y por cuyo medio todo fue creado, que por nosotros, hombres, y por nuestra salvación descendió del cielo y nació de María Virgen, sufrió y murió por nosotros, resucitó, subió a la gloria de un reino que no tendrá fin; al Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, y es el alma de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, en la que está el Bautismo, preparándonos para la resurrección final y para la vida perenne de la inmortalidad.
El Ofertorio dirá al fiel: Toma tu corazón, tus súplicas, a ti mismo; ponlo sobre la patena y ofrécelo, junto con la Hostia al Padre: Suscipe Sancte Pater!
En el vino del Cáliz vierte las gotas de agua de tu vida y las lágrimas de tus dolores, para que así como ese pan y ese vino se transubstanciarán en Cristo, así tú también te transformes en Él y vivas en Él, con Él y por Él. Lava tus manos, o sea tu conciencia, con el sacerdote y abre tu alma al canto.
—¡Arriba, arriba los corazones! Sursum corda!
—Agradezcamos a Dios Nuestro Señor.
—Es cosa digna y justa.
—Verdaderamente es cosa digna y justa, equitativa y saludable, que siempre y en todo lugar te demos gracias, oh Señor Santo, Padre omnipotente, Dios eterno, que con los Ángeles, con los Arcángeles, con los Tronos, con las Dominaciones, y con toda la Milicia del celeste ejército, cantemos el himno de tu gloria diciendo sin fin: «¡Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los Ejércitos! ¡Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria! ¡Hosanna en las alturas! ¡Bendito sea el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!»
¡Qué hermoso es! ¡Qué bello! No más separación entre la tierra y el cielo; no más división entre la Iglesia que triunfa y la Iglesia que sufre, combate y ora. Los Ángeles cantan con nosotros. Únicamente no se conmueve el distraído, de rostro atolondrado y atontado, al que el tintineo de la campanilla sólo dice: estamos en la mitad de la Misa.
No seguiré detallando la liturgia del Canon con el ofrecimiento al Padre, por medio de su Hijo Jesucristo, del Santo Sacrificio, presentado a Él por la Iglesia, por el Papa, por el obispo, por todos los creyentes, por todos nuestros seres queridos. Se imploran las bendiciones de Dios en comunión con la Virgen, con los Apóstoles y con los Santos. Llega la Consagración. La Divina Víctima se inmola místicamente. «Éste es mi Cuerpo… Ésta es mi Sangre…» Entonces ya podemos ofrecer a la excelsa majestad del Señor la Hostia pura, la Hostia santa, la Hostia inmaculada, el Pan Santo de la vida eterna y el Cáliz de la perpetua salvación.
Abel, Abraham, Melquisedec se adelantan desde las tinieblas del pasado con sus dones, pero éstos son nada en comparación con el Sacrificio de Cristo y sólo en unión con Él adquieren un gran valor.
Entonces ya ricos y fuertes, podemos contemplar al Padre con alegría y entusiasmo; podemos invocarlo, para que lleve a los vivos toda gracia y bendición celestial «y conceda a aquéllos que descansan en Cristo y nos han precedido con el signo de la fe y duermen el sueño de la paz, el lugar de refrigerio y de luz». Ningún pedido es audaz porque tenemos con nosotros a Aquél que todo lo santifica, vivifica y bendice. Por Él, con Él, y en Él, se rinde al Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y gloria.
Comienza la preparación para la Comunión. Se reza el Pater. Invocamos la piedad del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; le rogamos por su Iglesia y por nosotros, para que nunca permita que nos separemos de su amor; nos golpeamos el pecho, diciéndole tres veces con el Centurión: Domine, non sum dignus… Y Jesús desciende al corazón del sacerdote y quiere descender también al corazón de los asistentes, para custodiar su alma hasta la vida eterna.
La acción de gracias por la recepción de los puros y santos sacramentos y las oraciones finales cierran el gran acto del Sacrificio. Ite Missa est. Idos, la Misa ha terminado. Idos con la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, mientras que «el arrobado evangelista de Patmos» susurra las primeras palabras de su Evangelio, como para recomendarnos no olvidar nunca el Verbo, que siendo Dios, sin el cual nada fue creado, y siendo la Vida y la Luz, se hizo carne y habitó entre nosotros, para hacernos hijos de Dios, regenerados por Dios.
Continuará…
