LA SOCIEDAD CIVIL CRISTIANA: Ilmo. Sr. Dr. PEDRO SCHUMACHER: FIN Y FUNDAMENTO DE LA SOCIEDAD CIVIL

LA SOCIEDAD CIVIL CRISTIANA

SEGÚN LA DOCTRINA DE LA IGLESIA ROMANA

Texto de enseñanza moral para la juventud

Ilmo. Sr. Dr. PEDRO SCHUMACHER

Obispo de Portoviejo

SOCIEDADCAPÍTULO PRIMERO

FIN Y FUNDAMENTO DE LA SOCIEDAD CIVIL

«El fin de toda asociación humana es ayudar a cada uno para alcanzar el fin que Dios le ha puesto.

Una sociedad civil, pues, que se propusiera buscar el bienestar temporal y lo que puede hermosear y hacer agradable la vida, pero en la administración y en todos los negocios públicos no tomara en cuenta a Dios y desconociera la ley moral dada por Dios, no cumpliría con su obligación, y sólo en apariencia, pero no en realidad y verdad, sería una sociedad humana fundada en derecho.» (Palabras de León XIII. Enc. Sapientiae christianae).

1. ¿Qué bienes concede Dios a todo hombre en su nacimiento?

La próvida bondad divina concede a todo hombre que entra en el mundo tres dones que son el principio de todos los demás bienes y son: vida, familia, patria, esto es, sociedad civil propia.

2. ¿Para qué concede Dios la vida al hombre?

Dios nos da la vida para conocerlo, amarlo y servirlo aquí, y llegar de esta manera a la vida bienaventurada que el Redentor nos ha merecido, y a la cual nos ha llamado. Esto es lo que se llama fin último del hombre.

3. ¿Para qué nos hace nacer Dios en una familia y en una sociedad humana?

Dios, habiendo instituido el matrimonio y la sociedad civil, nos proporciona con estas dos asociaciones medios y facilidad para que cada uno consiga el fin que le ha señalado.

«El fin de toda asociación humana es ayudar a cada uno para alcanzar el fin que Dios le ha puesto.» (Palabras de León XIII).

4. ¿De qué manera nos ayuda la sociedad civil para llegar al fin que Dios nos ha puesto?

La sociedad civil tiene por objeto propio ayudar al hombre para que en esta su vida tenga una existencia conveniente que le sirva de medio para llegar a su fin último.

5. ¿Se limita acaso el fin de la sociedad civil a ayudar a cada uno para que consiga su fin propio?

De ninguna manera, porque la sociedad debe también procurar el bien común, pues cuando la sociedad entera es próspera, ordenada y moral, entonces cada uno de sus miembros tiene mayor facilidad para tender a su fin propio.

6. ¿Qué necesita la sociedad para el bien común?

La sociedad necesita indispensablemente una autoridad o gobierno que la dirija y conserve unida.

«No puede existir ni ser concebida una sociedad sin que haya quien dirija las voluntades de los asociados para reducir la pluralidad a cierta unidad, y para darle el impulso según el derecho y orden hacia el bien común. Dios ha querido, pues, que en la sociedad hubiese hombres que gobernasen a la multitud.» (Palabras de León XIII. Enc. Diuturnum illud).

7. ¿Qué se entiende por esta autoridad o gobierno de la sociedad?

Por autoridad civil o política podemos entender la persona de los magistrados que gobiernan, o también el derecho que estos mismos tienen para ordenar y para ser obedecidos de los demás ciudadanos.

8. ¿Quién designa las personas que deben gobernar?

En los gobiernos populares el mismo pueblo elige a sus magistrados; pero, una vez elegidos por el pueblo, es Dios quien manda y quiere que se les obedezca.

9. ¿De quién viene por consiguiente a los magistrados elegidos por el pueblo la autoridad para mandar?

La autoridad y el derecho de ser obedecidos viene a los magistrados de Dios; pues Dios manda que se les considere como ministros suyos, como lo enseñan claramente las sagradas escrituras: «Por mí reinan los reyes, dice el Señor… y administran los jueces justicia.» (Prov. 8, 15-16.)

«Dios es a quien únicamente compete dar poder al hombre sobre el hombre.» (Enc. Sapientiae christianae)

Y el Apóstol San Pablo se expresa de esta manera: «Toda persona esté sujeta a las potestades superiores. Porque no hay potestad que no provenga de Dios, y Dios es el que ha establecido las que hay.» (Rom. 13, 1).

Aquí tenemos el punto cardinal, la diferencia característica que en el orden político separa al liberalismo de la Iglesia católica. Ésta enseña que la autoridad pública emana de Dios; el liberalismo la hace venir del pueblo.

Para el católico el magistrado es ministro de Dios; para los liberales el magistrado es mandatario o agente del pueblo.

Pero oigamos al Papa León XIII: «Muchísimos de nuestra época, marchando sobre las huellas de los que en el siglo pasado se atribuyeron el nombre de filósofos, afirman que el poder viene del pueblo; de suerte que los que gobiernan los Estados no ejercen el poder por derecho propio, sino por la delegación del pueblo, y con la expresa condición de que les pueda ser retirado por la voluntad de este mismo pueblo que se lo ha conferido.

Los católicos tienen una doctrina diferente y hacen descender de Dios el derecho de autoridad, como de un principio natural y necesario. Importa sin embargo hacer notar aquí que los que están colocados al frente de los negocios públicos pueden en ciertos casos ser elegidos por la voluntad y decisión del pueblo, sin que la doctrina católica lo contradiga ni repugne.

Pero esta elección designa al príncipe, mas no le confiere los derechos del principado, no le da la autoridad, aunque determina por quién ha de ser ejercida.

Por lo demás, por lo que hace a la autoridad política, la Iglesia enseña con razón que viene de Dios, porque encuentra esa verdad claramente expuesta en los libros santos y en los monumentos de la antigüedad cristiana; por otra parte no es posible imaginar una doctrina que esté más conforme con la razón y más de acuerdo con el bienestar de los príncipes y de los pueblos.

Al presidente romano que se arrogaba con ostentación el poder de absolver y condenar, contestó Nuestro Señor Jesucristo: «No tendrías poder alguno sobre mí, si no te fuera dado de arriba.» (San Juan 19, 11).

10. ¿Cómo explica el liberalismo la comunicación del poder a los magistrados?

El liberalismo pretende que el poder de los magistrados no viene de Dios sino del mismo pueblo «soberano». Esto lo explican de la manera siguiente: dicen que los hombres se reunieron en sociedad civil por medio de un pacto social, por el cual los particulares ceden a los magistrados autoridad sobre sus personas.

11. ¿Qué se debe pensar de este pretendido pacto social?

El pretendido pacto social es cosa absurda y fantástica considerado en sí mismo, y sistema sumamente pernicioso en sus consecuencias.

12. ¿Cómo se demuestra que el pacto social es cosa absurda?

Si, como pretende el liberalismo con su pacto, los particulares son los que dan a los magistrados poder sobre sus personas, se seguirían de aquí los absurdos siguientes: 1º Los particulares darían lo que ellos mismos no tienen; pues, si por naturaleza uno es libre e independiente, sería contrariar a la misma naturaleza el despojarse de esta libertad sujetándose a otro. 2º Nadie tiene derecho de mandarse a sí mismo, pues para mandar se requieren dos: uno quien mande, otro a quien ordene; luego no puede conferir a otros un derecho que no tiene, pues por lo mismo que soy libre, en el mismo momento que me impongo un precepto, puedo querer lo contrario.

«El pacto social de que se habla es manifiestamente fantástico y ficticio, y no vale para dar a la potestad política tanta fuerza, dignidad y estabilidad, cuanto exigen la tutela de la cosa pública y el bien común de los ciudadanos. Todas estas realidades y preeminencias tendrá solamente el principado, cuando se haga derivar de Dios augusto y santísimo, su fuente.» (Palabras de León XIII. Enc. Diuturnum illud).

13. ¿Cuáles son las consecuencias perniciosas del pretendido pacto social?

Esta teoría es esencialmente revolucionaria, es causa de guerras civiles interminables y explica las continuas revoluciones y la ruina de los pueblos inficionados por el liberalismo. Pues si admitimos que los magistrados no tienen otra autoridad que la que les da la voluntad del pueblo «soberano», este pueblo, siendo soberano, les puede negar la obediencia y hacer revolución cada vez que se le antoja. Con esto no hay paz ni estabilidad alguna. Compárese esta teoría con lo que dice San Pablo: «El que resiste a la autoridad, resiste a la ordenación de Dios.» (Rom. 13, 2.).

14. ¿A lo menos no se puede negar que el pueblo hace las leyes y que por tanto él es fuente y principio de la autoridad pública?

Ni esto se puede decir, pues en primer lugar no es exacto que el pueblo haga las leyes. (Esto se verá en el capítulo siguiente). Pero admitido que el pueblo dicte las leyes, estas disposiciones no son leyes ni obligan sino en la medida que se apoyan en la ley natural y divina; luego esta ley divina es la verdadera fuente de toda autoridad y obligación.

15. ¿Será pues impropio decir que los pueblos soberanos se gobiernan a sí mismos por medio de los magistrados que eligen y con las leyes que se dan?

Impropiamente se podrá decir esto para expresar que el pueblo hace la elección de las personas de sus magistrados y da a las leyes su forma propia; pero la autoridad no se la da el pueblo sino que les viene de Dios.

Por lo cual nadie puede resistir a la autoridad sin ofender a Dios y merecer castigo eterno: «El que resiste a la autoridad, resiste a lo ordenación de Dios; pero los que tal hacen se acarrean la condenación» (Rom. 13, 2).

«Es además muy importante que los que administran la república, deban obligar a los ciudadanos de manera que el no obedecer sea pecado. Pero ningún hombre tiene en sí o por sí poder para ligar con semejantes vínculos de obediencia la libre voluntad de los demás. Únicamente a Dios, creador de todas las cosas y legislador, pertenece esta potestad; y los que la ejercen, es menester que la ejerzan como comunicada a ellos por Dios. «Uno solo es legislador y juez que puede perder y salvar.» (Sant. 4, 12.)

Lo cual sucede igualmente en todo género de potestad. La que hay en los sacerdotes es tan notorio que procede de Dios, que los sacerdotes en todos los pueblos son considerados y llamados ministros de Dios.

Igualmente la de los padres de familia lleva impresa en sí cierta imagen y forma de la autoridad de Dios, de quien recibe su nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra (Efes. 3, 15). Por tal modo los diversos géneros de potestades tienen entre sí admirables semejanzas, porque cualquiera que sea el imperio y la autoridad, trae origen del mismo y único autor y señor que es Dios.

Ninguna otra doctrina puede encontrarse que sea, no sólo más verdadera, pero ni más ventajosa.

Porque la potestad de los gobernantes civiles, siendo como una comunicación de la potestad divina, adquiere luego por este mismo motivo dignidad mayor que humana: no ya aquella impía y grandemente absurda atribuida a veces a los emperadores romanos, que se arrogaron honores divinos; sino aquella verdadera y sólida, obtenida por don y beneficio del cielo. Por lo cual será preciso que los ciudadanos estén sujetos y obedientes a los príncipes como a Dios, no tanto por temor de las penas cuanto por reverencia a la majestad; no tanto por motivo de adulación cuanto por conciencia del deber.

Con lo cual estará el imperio más sólidamente establecido, puesto que los ciudadanos, sintiendo la fuerza de este deber, se apartarán de toda malicia y contumacia, persuadidos como deben estar de que, resistiendo a la potestad gubernativa, resisten a la voluntad divina, de que, negándose a dar honor a los príncipes, se lo niegan al mismo Dios.

En esta doctrina instruye el apóstol San Pablo a los romanos, a quienes instruye sobre la reverencia que a los príncipes se debe, con tanta autoridad y peso, que nada más grave puede concebirse: «‘Toda persona esté sujeta a las potestades superiores; porque no hay potestad que no provenga de Dios; y Dios es el que ha establecido las que hay en el mundo. Por lo cual quien desobedece a las potestades, a la ordenación de Dios desobedece. De consiguiente los que tal hacen, ellos mismos se acarrean la condenación… Por tanto es necesario que estén sujetos no sólo por temor del castigo, sino también por obligación de conciencia.’ (Rom. 13, 1. 2. 5).

Concordante con esta es aquella preclara sentencia del príncipe de los Apóstoles, San Pedro: ‘Estad pues sumisos a toda humana criatura que se halle constituida sobre vosotros; y esto por respeto a Dios: ya sea al rey, como quien está sobre todos: ya a los gobernadores, como puestos por él para castigo de los malhechores y alabanza y premio de los buenos; pues ésta es la voluntad de Dios’ (I Pedro 2, 13 sgs.)» (Palabras de León XIII. Enc. Diuturnumn illud).

16. ¿Cómo deben los gobernantes ejercer su poder y mando?

Por medio de la ley y en conformidad con ella.

Nota: Contra todo lo dicho sobre el pacto social, se podría alegar un hecho muy posible: Supongamos que allá en el África, en un territorio no ocupado aún por ninguna nación civilizada, exista un cierto número de familias inmigradas; que los jefes de familia se junten, redacten un documento en que se obliguen a formar un Estado — que nombren sus Autoridades — que determinen y limiten sus atribuciones — que escriban sus leyes según las cuales quieren ser gobernados … ¿no tendríamos por ventura aquí el pacto social — la voluntad del pueblo soberano como fuente de la autoridad de los magistrados y de las leyes?

Contestamos: Precisamente el ejemplo aducido es muy propio para arrojar más luz sobre la materia y desvanecer la teoría liberal respecto del pacto social. Basta que nos hagamos dos preguntas:

Primeramente: ¿Por qué se juntan aquellas familias y resuelven formar un Estado? … Obedeciendo a la ley del Creador quien dispuso que el hombre hallara en la sociedad con sus semejantes el medio de vivir en paz … El liberalismo pretende que aquel pacto nace puramente de la idea y resolución del hombre, sin querer admitir el influjo del Creador.

En segundo lugar preguntamos: ¿Por qué tendrán los ciudadanos de aquel nuevo Estado que obedecer a las Autoridades y leyes que han dado? … Porque Dios manda obedecer a aquellos que están nombrados para administrar la cosa pública, para que haya paz y orden. Dios es un Dios de paz y orden… El liberalismo dice que deben obedecer porque así lo han convenido y prometido; pero, con el mismo derecho que hoy día convenieren en obedecer, pueden mañana o cuando les plazca convenir y resolver lo contrario, hacer revolución y echar abajo las Autoridades. Éstas, si no tienen más razón de ser que una voluntad popular que a cada hora puede cambiar, no poseerán autoridad alguna.