MONS. OLGIATI: LA PIEDAD CRISTIANA: LAS ORACIONES DE LA MAÑANA Y DE LA NOCHE

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

OLGIATI-PIEDADSEGUNDA PARTE

LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD

I

LAS ORACIONES DE LA MAÑANA

Y DE LA NOCHE

La poesía davídica saluda al Señor, que proyecta luz de alegría sobre las horas del alba y sobre el ocaso del día: «Exitus matutini et vespere delectabis».

Y todos, al menos teóricamente, admiten que la invitación de Jesús: «Cuando oréis, encerraos en vuestro cuarto, y vuestro Padre que ve en el secreto, os premiará en secreto», se aplican en especial a las oraciones con que se inicia o se termina el día. Éste, si se inició con un grito de amor del hijo al Padre, será rociado —según la hermosa expresión de San Francisco de Sales— con la bendición de Dios y será un día de victorias y de gracias.

No faltarán fuerzas para rechazar los asaltos del mal, para cumplir humilde y cristianamente nuestro deber, para unirnos prontamente, cuando nos aflijan los infaltables dolores, a Jesús en Getsemaní, cuando dijo: «Levantaos, vamos».

Así, al anochecer, cuando las tinieblas nos hablan de muerte, recordándonos que la jornada de nuestra vida tarde o temprano concluirá con otro sueño, debería sentirse como una necesidad de volverse a Dios con la invocación de los discípulos de Emaús: «Quédate con nosotros, Señor, que ya anochece».

Junto con Jesús examinamos nuestra conciencia, pedimos perdón al Padre y nos confiamos a sus benignas manos.

Pero, prácticamente, muchos no rezan las oraciones de la mañana y de la noche; otros se contentan con un signo hecho apresuradamente y que pretende ser el de la Cruz, y para no pocos se reduce todo a una fórmula cabalística que repiten por costumbre.

¿Por qué? ¿Cuáles son los remedios eficaces contra semejante mal?

Es fácil observar cómo los Santos, todos, concordaban en consagrar los primeros instantes del día al Señor, como si interpretasen, en función de dicha práctica, la rigurosa prescripción del Antiguo Testamento: «Las primicias son del Señor»; oraban, sin embargo, según su propia índole y según las exigencias de su propia espiritualidad.

Las oraciones de la mañana de San Felipe Neri, que decía: «Dios mío, tenedme de la mano porque de lo contrario vuestro Pippo hará alguna trastada» no pueden confundirse con el método de San Luis Gonzaga, quien, al despertar, gustaba exclamar como David: «Deus, Deus meus, ad Te de luce vigilo».

Aun cuando los Santos pronunciaran las mismas palabras, las vivificaban con un espíritu muy personal, que respondía a su fisonomía espiritual. Así evitaban el mecanismo que materializa, y excitaban la actividad del espíritu, tanto más ardua en el instante de despertar mientras aún no estamos bien despiertos, como también a la noche, cuando estamos cansados y soñolientos.

He aquí el secreto para vivificar nuestras oraciones matutinas y vespertinas: hacer todo lo posible para que las fórmulas que usemos no sean cadenas, sino que se transformen en alas.

Evidentemente, cada uno seguirá su método, porque es ridículo pretender que todos tengamos que vestirnos con trajes iguales o calzarnos zapatos del mismo tamaño. Lo importante es librarse del formulismo habitual y atrofiador.

Como ejemplo, contaremos algunas experiencias que dieron ocasión a progresos dignos de tenerse en cuenta.

***

Cierta persona se había acostumbrado a rezar, a la mañana, o a la noche, el Angelus, el Padrenuestro, el Avemaria, el Credo, el Ángel de Dios, el Requiem, además del ofrecimiento del día y de las acciones de la jornada al Sagrado Corazón en las oraciones de la mañana, y del examen de conciencia con el acto de contrición a la noche.

De tanto repetir las mismas cosas, se transformó en una maquinita, que funcionaba regularmente dos veces al día.

Decidida a superar su estadio papagayesco conservando sin embargo las fórmulas acostumbradas, lo consiguió, proponiéndose en cada oportunidad, una idea, una nota especial a propósito que pudiera entonar el alma, que debiendo cantar, en cambio, no hacía más que rezongar.

Descendamos rápidamente al campo concreto de los hechos.

1. — Esta persona, cuya experiencia exponemos o mejor resumimos, trataba de vivir una vida de unión con Dios, con Cristo, con la Trinidad y así en lo demás. Y cada mañana y cada noche se proponía como tema unificante uno u otro de los siguientes programas:

a) Por ejemplo se decía: esta mañana rezaré mis plegarias, pensando en mis relaciones sobrenaturales con la Trinidad.

Se detenía un instante a contemplar el sol del dogma: Dios es uno y trino; nosotros estamos unidos con el Hijo y por lo mismo somos hijos adoptivos del Padre y nuestra alma es el «cielo», para usar la comparación agustiniana, donde mora el Espíritu Santo.

Las oraciones usuales tomaban entonces un colorido de vida, porque antes de pronunciarlas, aquella persona reflexionaba, meditando la conocida fórmula en relación con la Trinidad.

El signo de la Cruz. In nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti. Comienzo mi día en nombre de la Trinidad. Y saludo a los «Tres» que albergo en mi corazón.

El Angelus Domini. He aquí al Espíritu Santo por cuya obra la Virgen pasa a ser Madre: et concepit de Spiritu Sancto. He aquí al Hijo que se encarna: et Verbum caro factum est. He aquí al Padre, a quien pedimos que infunda en nosotros la gracia: gratiam tuam, quaesumus, Domine, mentibus nostris infunde.

El Padrenuestro. ¿Es posible no estremecerse cuando se reza el Pater, si se piensa que somos hijos de Dios, unidos al amado Hijo en quien el Padre ha puesto todas sus complacencias? Con razón cuando Santa Teresita, recitando el Pater Noster decía las primeras palabras «Padre nuestro» se detenía y lloraba de gozo.

El Ave Maria. La Virgen y la Trinidad: la Hija del Padre, llena de gracia; la Madre del Hijo, Mater Dei; la Esposa del Espíritu Santo, que está con Ella: Dominus tecum.

El Credo en sus tres partes como ya vimos: Creo en Dios Padre… creo en Jesucristo, su Hijo único… creo en el Espíritu Santo…

El Gloria al Padre, al Hijo, al Paráclito. Lo iniciamos en esta tierra y lo cantaremos para siempre en los siglos eternos.

Las acciones ofrecidas por medio de María al Corazón de Jesús, nos hacen asistir al ofrecimiento del divino Corazón, que al mismo tiempo se ofrece a sí mismo al Padre y ofrece nuestras pobres oraciones, acciones y sufrimientos.

El Ángel de Dios es también un saludo a aquél que semper videt faciem Patrisqui in caelis est; a aquél que nos ilumina también a nosotros con la luz que proviene de la Trinidad, a quien en nombre de Dios, uno y trino, que nos confió a sus cuidados, nos custodia y nos gobierna.

b) Una noche, aquella persona, se propuso este tema: mis oraciones y la Eucaristía.

Empezó a dirigir un saludo al Tabernáculo lejano y al Prisionero Divino; y, como quería San Alfonso, pensó en todos los lugares de la tierra donde Jesús Sacramentado está en el abandono y en el olvido.

Carlos V exclamaba que en su Imperio nunca se ponía el sol; y, en verdad, que solamente Jesús puede decir que para la Eucaristía nunca se pone el sol de su amor sobre el mundo.

El examen de conciencia versó aquella noche, particularmente, sobre la devoción eucarística del día: no había oído Misa (es verdad que era un día hábil; pero un refrán español enseña que un día sin Misa es como un día sin sol). La Comunión fría, hecha con el corazón semejante a un témpano de hielo; la Visita disipada; el descuido de pensar en Jesús Sacramentado durante el día. Entonces Jesús, vestido de blanco, acompañaba aquella alma, a través de las pasadas horas, durante las cuales no siempre había candor en el pensamiento, pureza de intención, obras santificadas…

Evidentemente, en tal ocasión, el acto de dolor se transformaba en un coloquio con Jesús Eucarístico y era recitado con sincera contrición.

El Padrenuestro subrayaba el pedido: el pan nuestro de cada día dánosle hoy, el Pan de vida, el Pan supersubstancial.

El Ave imploraba a la Virgen, en la hora de la muerte, que intercediera para que no faltase entonces el Viático confortante.

El Credo invitaba a pensar qué debió hacer Jesús, el Hijo de Dios, que se encarnó, padeció debajo del poder de Poncio Pilatos, y murió por nosotros para darnos la Eucaristía.

El Réquiem era una invocación de paz para las almas del Purgatorio, dirigida a Cristo Eucarístico, con la promesa de echar una flor blanca de una Comunión o de una Misa sobre las tumbas queridas.

El Ángel de Dios era precedido por la súplica de un Santo a su Ángel Custodio: «cada latido de mi corazón, mientras duerma esta noche, que diga a Jesús: Sea alabado y honrado en todo momento», etc.

Una Comunión Espiritual completaba las oraciones y preparaba la Comunión del día siguiente.

c) Era un sábado, y la persona nombrada dijo despertándose: hoy rezaré mis oraciones en unión con la Virgen. ¿Acaso no es hermoso orar con Ella, como Ella lo hacía con Jesús en Nazaret? Nosotros también debemos rezar con nuestra Madre.

Signándose, es dulce pensar con María en la Trinidad y en la Cruz.

El Angelus no fue aquella mañana murmurado, sino que suscitó en el corazón un latido de alegría parecido al que experimentó el universo por la Maternidad de María, un estremecimiento de júbilo parecido al que experimentó el pueblo de Éfeso cuando, al terminar el Concilio, exclamó: «María es Madre de Dios», e hizo entender mejor la belleza y la grandeza de la escena de Nazaret.

El Padrenuestro dicho con María invocó con particular fervor los grandes hechos: «santificado sea el tu Nombre, venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad».

El Ave fue rezada en unión con Gabriel y con la Iglesia. ¡Oh! ¡Si siempre saludásemos así a la Virgen! ¡Cuán frescas serían entonces nuestras Avemarias!

El Credo fue repetido, tomando como nota dominante la frase: Nació de Santa María Virgen.

El ofrecimiento de las acciones fue hecho por medió del Inmaculado Corazón de María, y la comparación de San Luis María Grignion de Montfort —del pastorcilio lloroso, quien por no tener más que una manzana caída en el fango, para ofrecer al Rey divino, la Virgen le enjuga las lágrimas, limpia y monda la manzana, la divide en pedazos y la pone en un rico vaso de plata, del que Jesús toma el regalo— sonreía, en la paz de aquella oración, como una esperanza.

El Ángel de Dios significó además una invitación al Ángel para que saludara a la Virgen.

La hermosa jaculatoria Jesús, José y María, coronó el comienzo del día, el cual, a semejanza de Cristóbal Colón, que en una de sus carabelas había escrito el nombre de María, lo iniciaba de verdad escribiendo en la pequeña nave del propio corazón «el nombre de la bella flor que siempre invoco de mañana y de noche».

Siento que los límites de un capítulo me obliguen a interrumpir este primer punto referente a ejemplos.

Solamente añadiré que otro de los temas fue: las oraciones de la noche y el Sagrado Corazón, e, iniciadas con el noble gesto de San Agustín que tomaba su corazón y lo lanzaba a Cristo, exclamando: «Sit tibi Christe, rex meus, ¡sea para Ti, Cristo, mi Rey!», concluían con un Sursum corda! «¡Arriba el corazón!» El examen de conciencia se hacía a la luz del Corazón, que tanto nos ama y que no recibe sino ingratitudes de nosotros. Las ingratitudes de aquel día reclamaban un acto de dolor, inspirado en el amor.

Y otros temas fueron sugeridos por el pensamiento de los Ángeles, de San José, del Santo del día, de las oportunidades de la Liturgia.

II. — Otra persona buscó por un tiempo en sus jaculatorias, la nota de entusiasmo para sus oraciones.

a) Por ejemplo, una mañana, adoptó ésta: Jesús mío, misericordia.

Reflexionó unos instantes sobre el significado de estas palabras, que expresan un gemido, una invocación, un grito de dolor, una promesa. Pronunciadas durante la vida, el cristiano las murmura también, y sobre todo, en el momento de la muerte. Son la expresión más fiel del alma de Magdalena, la pecadora arrepentida, y parecen recordar la voz del buen Redentor: «Mucho le ha sido perdonado, porque mucho ha amado».

Jesús mío, misericordia, parecen gritar los siglos antiguos, esperando al Salvador. Y he aquí que el Ángel de Dios anuncia a María y ésta concibe del Espíritu Santo.

Jesús mío, misericordia, repetimos antes de rezar al Padre. Sólo después tenemos el valor de exclamar: Padre nuestro que estás en los cielos… perdónanos nuestras deudas.

Jesús mío, misericordia, murmuramos a los pies de la Cruz, junto a la Dolorosa y sólo entonces saludamos a María y le suplicamos: ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

Jesús mío, misericordia, murmuran los labios antes de rezar el Credo, para que luego la mente contemple la Trinidad, el Verbo encarnado, el Juez que vendrá un día a juzgar a los vivos y a los muertos.

Jesús mío, misericordia, también cuando ofrecemos al Divino Corazón la pobreza de nuestras acciones del día, o lo invocamos para las Almas del Purgatorio.

Jesús mío, misericordia por las faltas de respeto y de devoción hacia nuestro buen Ángel.

Jesús mío, misericordia, durante el día, como implorando el perdón para un pasado de culpas, para un presente de languidez, para una vida que ofrece tantas rebeliones de nuestro prójimo contra el Dios del amor.

b) Una noche, la jaculatoria inicial fue: Jesús, José, María, recibid cuando yo muera el alma mía.

Y esa alma reflexionó: llegará la noche de mi vida. Proficiscere, anima christiana de hoc mundo; parte, alma cristiana —me dirá el sacerdote en nombre de la Iglesia— de este mundo. Y entonces los buenos que circundarán el lecho de mi última agonía, elevarán conmigo al cielo la súplica: Jesús, José y María, recibid cuando yo muera el alma mía.

El pensamiento de la muerte, de la Madre Celestial y de su castísimo Esposo, que nos asistirán, y de Jesús que vendrá a darnos el beso eucarístico, preanuncio del beso de la eternidad, fueron una eficaz introducción para el examen de conciencia.

Si tuviera que morir esta noche, ¿estaría preparado? ¿Estaría tranquila mi conciencia? Mi vida, ¿me permitiría pronunciar la jaculatoria invocadora? Así se preparó el examen. Y el acto de dolor se extendió entonces a todos los pecados de la niñez, de la juventud, y a los demás de toda la vida.

El Angelus Domini fue una meditación del ecce ancilla Domini y una aceptación de la muerte. ¿No lo había sugerido así una ardiente apóstol de la Acción Católica, Argenia Fati, cuando, después de haber santificado los años de una terrible enfermedad, moría, mientras las campanas de Roma tocaban el Ave Maria de la mañana y mientras el sacerdote que la asistía pronunciaba el versículo del Angelus: «Ecce ancilla Domini, fiat!»?

El Padrenuestro y el Ave fueron repetidos en aquella ocasión como un saludo al Padre y a la Madre que nos esperan.

El Credo fue dicho pensando que, en la encomendación del alma, el sacerdote dirá un día: «¡Aunque haya pecado, sin embargo no te negó, sino que creyó en Ti, oh Padre, oh Hijo, oh Espíritu Santo!»

El Ángel de Dios recordó la oración de la liturgia: «¡Ea, venid, oh Ángeles del Señor; venid al encuentro de esta alma!» Y esa persona pudo decir: en paz obdormiam et requiescam, dormiré y reposaré.

c) Otra noche, en cambio, la jaculatoria preferida fue la de San Francisco: Deus meus, et omnia! ¡Mi Dios y mi todo! Un programa de vida que, mientras pone término al día, puede ayudar a hacer un balance de lo que fue el día transcurrido y de lo que pudo haber sido; programa que en el Padrenuestro recordaba el gesto del hijo de Bernardone ante el obispo de Asís, cuando despojado de todo pensó en el Padre de los cielos; que en el Ave María le hacía reflexionar cómo ninguna creatura, fuera de la Virgen, consideró al Señor como su todo; que en el Credo lo indujo a proclamar la fe no solamente con los labios, sino también con la vida, y así sucesivamente.

III. — Una tercera persona —como experimento— pensó y rezó sus oraciones matutinas y de la noche inspirándose en una expresión de la liturgia de la Misa. El Judica me, Deus, el spera in Deum, el Adjutorium nostrum in nomine Domini, el Confíteor, el grito suplicante: ostende nobis, Domine, misericordiam tuam, el Kyrie, el Gloria in excelsis, el gratias agamus, el pax Domini sit semper vobiscum, la invocación final: Cor Jesu Sacratissimum demostraron ser fuentes purísimas de reflexiones, que excitaban la actividad personal y unificaban las diversas oraciones.

Alguien objetará: El rezar con semejante método exige tiempo y esfuerzo de atención.

Ciertamente que es necesario un esfuerzo inicial; pero en seguida es recompensado, porque las fórmulas ya no son vacías, sin sentido, sino que se transforman en una verdadera elevatio mentis in Deum.

En cuanto al tiempo, es natural que se deberá dedicar al Señor algunos instantes más que anteriormente.

Pero se rezará con voluntad.

Lo insoportable y pesado es la repetición mecánica.

Cuando el corazón habla, el tiempo vuela.

Continuará…