Esperamos que las siguientes líneas sirvan para aclarar aún más la turbia posición de Mons Williamson que acepta una alianza entre liberales y católicos.

EL LIBERALISMO ES PECADO
Padre Félix Sardá y Salvany
XXXVI
Si es alguna vez recomendable
la unión entre católicos y liberales
para un fin común, y con qué condiciones
Otra cuestión se ha agitado muchísimo en nuestros días, y es la relativa a la unión entre católicos y liberales menos avanzados, para el fin común de contener a la revolución más radical y desencadenada.
Sueño dorado o candorosa ilusión de algunos; de otros, empero, pérfida asechanza con que sólo pretendieron (y lo han logrado en parte) desunirnos y paralizarnos.
¿Qué hemos de pensar, pues, de tales conatos unionistas los que deseamos, sobre todo otro interés, el de nuestra Santa Religión? En tesis general hemos de pensar que no son buenas ni recomendables tales uniones.
Dedúcese rectamente de los principios hasta aquí sentados.
El Liberalismo es en su esencia, por moderado y mojigato que se presente en la forma, oposición directa y radical al Catolicismo.
Los liberales son, pues, enemigos natos de los católicos, y sólo en algún concepto accidental pueden tener intereses verdaderamente comunes.
Pueden, sin embargo, darse de estos algunos rarísimos casos.
Puede, en efecto, suceder que contra una de las fracciones más avanzadas del Liberalismo sea útil en un caso dado la unión de fuerzas íntegramente católicas con las de otro grupo más moderado del propio campo liberal.
Cuando realmente así convenga, deben tenerse en cuenta las siguientes bases para la unión.
1ª No partir del principio de una neutralidad o conciliación entre lo que son principios o intereses esencialmente opuestos, cuales son los católicos y los liberales.
Esta neutralidad o conciliación está condenada por el Syllabus, y es de consiguiente base falsa; tal unión es traición, es abandono del campo católico por parte de los encargados de defenderlo.
No se diga, pues: «prescindamos de diferencias de doctrina y de apreciación».
Nunca se haga esta vil abdicación de principios.
Dígase ante todo: «A pesar de la radical y esencial oposición de principios y apreciaciones, etc.» Háblese así y óbrese así para evitar confusión de conceptos, escándalo de incautos y alardes del enemigo.
2.ª Mucho menos se concede al grupo liberal la honra de capitanearnos con su bandera.
No; conserve cada cual su propia divisa, o véngase por aquellos momentos a la nuestra quien con nosotros quiera luchar contra un común enemigo.
Más claro: únanse ellos a nosotros; nunca nosotros a ellos.
A ellos, abigarrados siempre en su insignia, no les será tan difícil aceptar nuestro color; a nosotros, que lo queremos todo puro y sin mezcla, ha de sernos más intolerable tal barajamiento de divisas.
3.ª Nunca se crea con esto dejar establecidas bases para una acción constante y normal.
No pueden serlo más que para una acción fortuita y pasajera.
Una acción constante y normal no puede establecerse más que con elementos homogéneos y que engranen entre sí como ruedas perfectamente combinadas.
Para entenderse durante mucho tiempo personas radicalmente opuestas en su convicción, fueran necesarios continuos actos de heroica virtud por parte de todos.
Y el heroísmo no es cualidad común ni de todos los días.
Es exponer, pues una obra a lamentable fracaso, edificarla sobre base de encontradas opiniones, por más que en algún punto accidental concuerden ellas entre sí.
Para un acto transitorio de defensa común o de común arremetida, puede muy bien intentarse esta coalición de fuerzas, y puede ser laudable y de verdaderos resultados, siempre que no se echen en olvido las otras condiciones o reglas que hemos puesto como de imprescindible necesidad.
A no ser con estas condiciones, no sólo no creemos favorable la unión de católicos y liberales para empresa alguna, sino que la estimamos altamente perjudicial.
En vez de multiplicar las fuerzas, como sucede cuando la suma es de cantidades homogéneas, paralizará y anulará el vigor de aquellas mismas que aisladas hubieran podido hacer algo en defensa de la verdad.
Es cierto que hay un proverbio que dice: «¡Ay del que va solo!» Pero también hay otro enseñado por la experiencia y en nada opuesto a éste, que dice: «Vale más soledad que ruin compañía» Creemos que es Santo Tomás quien dice en no recordamos qué punto: Bona est unio, sed potior est unitas. «Excelente cosa es la unión, pero mejor es la unidad».
Si se debe, pues, sacrificar la unidad verdadera en aras de una ficticia y forzada unión, nada se gana en el cambio, antes se pierde muchísimo, a nuestro pobre entender.
Además de estas consideraciones, que podrían creerse meras divagaciones teóricas, la experiencia acreditó ya de sobras lo que sale por lo regular de tales conatos de unión.
El resultado suele ser siempre mayor exacerbación de luchas y rencores No hay ejemplo de una coalición de éstas que haya servido para edificar o consolidar.
XXXVII
Prosigue la misma materia
Y, sin embargo, es este, como hemos dicho antes, el sueño dorado, la eterna ilusión de muchos de nuestros hermanos.
Creen éstos que lo que le importa principalmente a la verdad es sean muchos sus defensores y amigos.
Número paréceles sinónimo de fuerza: para ellos sumar, aunque sean cantidades heterogéneas, es siempre multiplicar la acción, así como restar es siempre disminuirla.
Vamos a esclarecer un poco más este punto, y a emitir algunas últimas observaciones sobre esta ya agotada materia.
La verdadera fuerza y poder de todas las cosas, así en lo físico como en lo moral, está más en la intensidad de ellas que en su extensión.
Mayor volumen de igual intensa materia es claro que da mayor fuerza; mas no por el aumento de volumen, sino por el aumento o suma mayor de intensidades.
Es regla, pues, de buena mecánica procurar aumento en la extensión y número de las fuerzas, mas a condición de que con esto resulten verdaderamente aumentadas las intensidades.
Contentarse con el aumento, sin detenerse a examinar el valor de lo aumentado, es no solamente acumular fuerzas ficticias, sí que exponerse, como hemos indicado, a que con ellas salgan paralizadas en su acción hasta las verdaderas, si algunas hubiere.
Es lo que pasa en nuestro caso, y que nos costará poquísimo demostrar.
La verdad tiene una fuerza propia que comunica a sus amigos y defensores.
No son éstos los que se la dan a ella; es ella quien a ellos se la presto.
Mas a condición de que sea ella realmente la defendida.
Donde el defensor, so capa de defender mejor la verdad, empieza por mutilarla y encogerla o atenuarla a su antojo, no es ya tal verdad lo que defiende, sino una invención suya, criatura humana de más o menos buen parecer, pero que nada tiene que ver con aquella otra hija del cielo.
Esto sucede hoy día a muchos hermanos nuestros, víctimas (algunos inconscientes) del maldito resabio liberal.
Creen con cierta buena fe defender y propagar el Catolicismo; pero a fuerza de acomodarlo a su estrechez de miras y a su poquedad de ánimo, para hacerlo (dicen) más aceptable al enemigo a quien desean convencer, no reparan que no defienden ya el Catolicismo, sino una cierta cosa particular suya, que ellos llaman buenamente así, como pudieran llamarla con otro nombre.
Pobres ilusos que, al empezar el combate, y para mejor ganarse al enemigo, han empezado por mojar la pólvora y por quitarle el filo y la punta a la espada, sin advertir que espada sin punta y sin filo no es espada, sino hierro viejo, y que la pólvora con agua no lanzará el proyectil.
Sus periódicos, libros y discursos, barnizados de catolicismo, pero sin el espíritu y vida de él, son en el combate de la propaganda lo que la espada de Bernardo y la carabina de Ambrosio, que tan famosas ha hecho por ahí el modismo popular para representar toda clase de armas que no pinchan ni cortan.
¡Ah! no, no, amigos míos; preferible es a un ejército de esos una solo compañía, un solo pelotón de bien armados soldados que sepan bien lo que defienden y contra quién lo defienden y con qué verdaderas armas lo deben defender.
Denos Dios de esos, que son los que han hecho siempre y han de hacer en adelante algo por la gloria de su Nombre, y quédese el diablo con los otros, que como verdadero desecho se los regalamos.
Lo cual sube de punto si se considera que no sólo es inútil para el buen combate cristiano tal haz de falsos auxiliares, sino que es embarazosa y casi siempre favorable al enemigo.
Asociación católica que debe andar con esos lastres, lleva en sí lo suficiente para que no pueda hacer con libertad movimiento alguno.
Ellos matarán a la postre con su inercia toda viril energía; ellos apocarán a los más magnánimos y reblandecerán a los más vigorosos; ellos tendrán en zozobra al corazón fiel, temeroso siempre, y con razón, de tales huéspedes, que son bajo cierto punto de vista amigos de sus enemigos.
Y, ¿no será triste que, en vez de tener tal asociación un solo enemigo franco y bien definido a quien combatir, haya de gastar parte de su propio caudal de fuerzas en combatir, o por lo menos en tener a raya, a enemigos intestinos que destrozan o perturban por lo menos su propio seno?
Bien lo ha dicho La Civiltá Cattolica en unos famosos artículos.
«Sin esa precaución, dice, correrían peligro ciertísimo no solamente de convertirse tales asociaciones (las católicas) en campo de escandalosas discordias, mas también de degenerar en breve de los sanos principios, con grave ruina propia y gravísimo daño de la Religión.»
Por lo cual concluiremos nosotros este capítulo trasladando aquí aquellas otras tan terminantes y decisivas palabras del mismo periódico, que para todo espíritu católico deben ser de grandísima, por no decir de inapelable autoridad.
Son las siguientes: «Con sabio acuerdo las asociaciones católicas de ninguna cosa anduvieron tan solícitas como de excluir de su seno, no sólo a todo aquel que profesase abiertamente las máximas del Liberalismo, si que a aquellos que, forjándose la ilusión de poder conciliar el Liberalismo con el Catolicismo, son conocidos con el nombre de católicos liberales».
