MONS. OLGIATI – LA PIEDAD CRISTIANA – IX – LA UNIÓN CON LA IGLESIA

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

PRIMERA PARTE

EL ESPÍRITU DE ORACIÓN

IDEAS Y PRINCIPIOS FUNDAMENTALES

Continuación…

OLGIATI-PIEDADIX

LA UNIÓN CON LA IGLESIA

En todos los tiempos, Santos y Pontífices se han preocupado del problema del canto sagrado.

Apenas terminado el himno de la sangre, y la música de los mártires ante el rugido de las fieras y la ferocidad de las hienas humanas, desde Jerusalén y desde Roma, desde la Milán de San Ambrosio y de la Hipona de San Agustín, se elevó el canto.

Participaba el pueblo, sin excluir a los niños. San Agustín subía a menudo al ambón, acompañado por un niño a quien hacía entonar con voz fresca un versículo de algún salmo; y sólo entonces comenzaba su predicación tomando el tema de la palabra que la inocencia había hecho vibrar en los corazones.

En Jerusalén, como nos narra la Peregrinatio Sylviae, los niños intervenían en los oficios litúrgicos, y ciertas antífonas «cum infantibus» que quedan en algunas liturgias son un eco lejano y fascinador.

El Papa San Gregorio Magno descendía y enseñaba entre los niños, con la palmeta del maestro en las manos, y dondequiera, desde las iglesias de Oriente a las de Occidente, una armonía se iba difundiendo y expresaba una vida interior profundamente sentida.

Dos eran los principios informadores de aquel canto sagrado.

Ante todo, se decía, el alma es la que debe cantar.

La música de Dios no era considerada como una cuestión de buena voz, de la misma manera que una poesía no es cuestión de tinta. Naturalmente, si las cuerdas vocales funcionan defectuosamente, si no se tiene oído, es mejor callarse, porque tampoco Dante hubiera podido escribir la Divina Comedia si le hubieran roto la pluma. Aparte de esto, recomendaba San Agustín: «Cante tu corazón; cante tu alma; cante todo tu ser». Como se pinta y se esculpe con el alma, así con el alma se canta.

Ésta es la ley de todo artista, incluido el teatral. Si quiere conmover, arrastrar, comunicar sus sentimientos de ira o de alegría, debe transformarse en su personaje, identificarse con él y cantar con él.

Pero el canto sagrado tiene un carácter específico: exige que nos unamos a la Iglesia, que nos sintamos unidos y viviendo con Ella, que junto con Ella se eleve la voz a Dios.

Por esto —como recordaba San Pío X en el Motu Proprio sobre la música sagrada— el canto gregoriano se había prefijado como principal objetivo el hacer florecer y conservar en los fieles el verdadero espíritu cristiano.

Por eso, a la música polifónica la Iglesia prefirió el canto llano, la voz única que mejor expresa la unidad de la Iglesia que canta.

Por esto es Gregorio Magno un Pontífice que posee vivo el sensus Ecclesiæ, quien reforma el canto llano; y la leyenda de su sueño: ¿no nos expresa el mismo pensamiento? La Musa que se le apareció y que tenía melodías y cantos, voces y neumas en su manto, ¿no era acaso símbolo de la Iglesia que canta y que quiere que a su «voz de cielo se uniesen las voces de la tierra?»

¿Cómo es posible educar en el canto sagrado si no se vinculan estas ideas: fundir el alma en el alma de la Iglesia, sentir sus palpitaciones, y luego expresar con su voz la voz de este magno mar, que ruega, y suplica, gime y adora, se estremece y agradece?

No puede ser otra la explicación del hecho recordado por la Constitución Apostólica Divini cultus sanctitatem de Pío XI: el hecho es, pues, que desde los primeros tiempos, los ingenuos cantos de las sagradas preces y del sacrificio encendían en el pueblo el fervor cristiano.

Fue allí en las vetustas basílicas, donde el obispo, clero y pueblo alternaban en las divinas alabanzas, donde no pocos de los bárbaros, como dice la historia, conmovidos por los cantos de la liturgia, ingresaron en la civilización cristiana.

Era allí en el templo donde el propio opresor de la familia cristiana sentía mejor el valor y la eficacia del dogma de la Comunión de los Santos; por ello el emperador Valente, arriano, quedó aturdido ante la majestad con que San Basilio celebraba los divinos misterios; y en Milán los herejes acusaban a San Ambrosio de hechizar a las turbas con el encantamiento de sus cantos litúrgicos; con los mismos cantos que conmovieron a San Agustín y lo decidieron a abrazar la fe de Cristo.

Fue luego en las iglesias, donde casi toda la civilización se unía como en un inmenso coro, donde los artistas, los arquitectos, los pintores, los escultores y los mismos literatos aprendieron de la liturgia aquel complejo de conocimientos teológicos que hoy tanto brillan y se admiran en aquellos insignes monumentos de la Edad Media.

Precisamente porque el sensus Ecclesiæ hacía vibrar como un arpa el alma de los artistas, por medio de ellos se comunicaba a todos los demás, y a todos comunicaba la divina belleza y la vitalidad del Cuerpo Místico de Cristo.

No se crea que, con tal exordio, quiero hacer un tratado de música sagrada, que, por lo demás, todos amamos intensamente. No. Debemos hablar de otra música, de otro arte, que todo cristiano debe cultivar y que se rige por los mismos principios fundamentales del canto sagrado.

En efecto, vivir unidos, conscientemente unidos a la Iglesia; sentire cum Ecclesia, para emplear una expresión ignaciana, es el secreto para que la oración sea espontánea y bella, para que también nuestra alma cante el himno de la piedad.

Conquistar el conocimiento de que somos miembros de un organismo divino, que no vivimos separados de Jesús, del Paraíso, de las almas que se están purificando en el Purgatorio, de todos los fieles vivientes del mundo; apreciar, gustar, gozar la gracia que nos viene de ser células vivientes del tejido católico; sentir nuestra divina grandeza; sentirnos unidos a esta sociedad inefable, que a cada instante hace llegar a nuestra alma el influjo de su vitalidad sobrenatural, y nos hace crecer y desarrollar en la gracia de Cristo; estremecernos con el pensamiento del influjo sobrenatural que nos viene de Jesús, de la Virgen, de los Ángeles, de los Santos, de todas las almas buenas de este mundo; disipar las neblinas de un individualismo frío y egoísta, que nos obliga a pasar la vida en la inconfesada ilusión de que la única realidad es nuestro mezquinísimo yo; sentirnos, mediante nuestra unión con el Hijo y la Iglesia, unidos al Padre en el amor del Espíritu Santo; ser movidos por una historia dos veces milenaria, que no pasa, sino que vive inmortal: tal debiera ser el deber que, muy frecuentemente, hemos de imponernos si queremos que el espíritu cristiano y católico no sea para nosotros una palabra hueca.

Veamos cómo podemos aprender prácticamente, semejante arte, que transformará nuestra vida en una hermosa armonía como de música sagrada.

***

Es indispensable una premisa:

Para llegar a la cumbre indicada, o sea, a una inmensa unión con la Iglesia es necesario conocerla, amarla y vivirla.

1. — CONOCER para amar, amar para obrar: he aquí lo que creemos sea la ley psicológica que preside a todos nuestros progresos espirituales; y como el fin de nuestra acción es un bien divino, el principio debe ser también divino, o sea la ciencia de la fe.

La piedad sin dogma es un cuerpo sin alma; y la piedad de la Iglesia, la divina Liturgia, es la fe confesada, sentida, vivida, cantada y puesta en contacto con la fe de nuestros hermanos.

Establecer un ritmo de unión entre el dogma y la piedad, entre la inteligencia y la voluntad, es para nosotros el rendimiento vital más grande de la Revelación.

Es necesario, pues, partir del estudio y de la meditación.

Si no se conoce con precisión qué es la Iglesia fundada por Cristo y sus características; si no se sabe qué es el Cuerpo Místico de Cristo; si San Pablo, que ha querido inspirar toda su vida y todas sus Cartas con esta única idea dominante —la Iglesia—, es para nosotros un libro cerrado y sellado con siete sellos; si el dogma de la mediación universal y necesaria, o sea del Sacerdocio de Cristo, fuente de la vida espiritual, y de la Iglesia heredera y continuadora del Sacerdocio de Cristo, no aparece claro a nuestra mente; si, por consiguiente, la constitución de la Iglesia, su autoridad, su jerarquía, su vida, son para nosotros ideas que vagan en una atmósfera de semioscuridad, debida a nuestra ignorancia y al poco cuidado que tenemos de una cultura dogmática ¿por qué maravillarnos de que la unión vivida y afectuosa con la Iglesia sea una labor que quizás jamás nos hayamos impuesto, como si fuera ajena a las preocupaciones de la piedad cristiana?

Para conocer a la Iglesia, es indispensable estudiarla, en sus relaciones con Dios y en su influjo sobre nosotros. Es necesario, por lo tanto, primeramente familiarizarnos con su oración oficial, esto es, la liturgia, que no es «la parte puramente sensible, ceremonial y decorativa del culto católico», como ha pretendido el superficialismo ensayista de literatos y estetas; no es tampoco solamente «el canon o reglamentación eclesiástica del culto público» sino el culto que la Iglesia tributa a Dios; es… el culto de la Iglesia.

En segundo lugar, es necesario saber qué es la Comunión de los Santos, la participación de cada creyente en los inmensos tesoros del organismo al que estamos incorporados, la eficacia de la circulación de una sangre sobrenatural, si nos es lícito expresarnos así, por la cual aumentamos, a cada instante, cuando estamos en gracia, nuestras riquezas espirituales.

2. — Es necesario AMAR a la Iglesia, como la ama Cristo, que la une a sí en un dulce abrazo nupcial. Christus dilexit Ecclesiam et tradidit semetipsum pro ea. Cristo amó a su Iglesia, a la que quiere santa e inmaculada, y por ella se sacrificó a sí mismo.

Nosotros decimos: «Nuestra santa Madre la Iglesia: sancta Mater Ecclesia«, porque nos engendra a la vida verdadera de hijos de Dios: y como tal todo nuestro afecto debe ser para Ella.

Amar a la Iglesia significa amar a Cristo que es su Cabeza; amar a la Virgen, a todos los Santos, a todos nuestros hermanos, que son sus miembros; amarnos a nosotros mismos, que estamos unidos a Cristo y a sus miembros. Nos dice San Pablo: «Sois conciudadanos de los Santos; sois de la estirpe de Dios; estáis edificados sobre el fundamento de los Apóstoles y de los Profetas, siendo Cristo Jesús la piedra angular. Y todo el edificio, íntimamente unido, se alza sobre Cristo cual templo santo del Señor. Estáis edificados sobre Cristo, formando la habitación de Dios mediante el Espíritu» (Efesios, II, 19-20).

Ser piedras vivientes, y no muertas y frías, conviene al amor del templo al que pertenecemos, templo grandioso, donde el Pontífice eterno, entre los homenajes de las almas, entre los corazones que vibran al soplo del Paráclito, glorifica al Padre.

3. — Finalmente es necesario VIVIR la vida de la Iglesia. Aumentar la propia vitalidad mediante la vitalidad del Cuerpo Místico de Cristo; pensar, obrar, sentir, en unión con la Iglesia, ¿no es acaso el secreto que nos explica los heroísmos y la fascinación de los Santos? Cuando nos acercamos a ellos, su virtud y sus obras maravillosas no se nos aparecen nunca como virtudes y actividades puramente humanas, sino que los rodea la fragancia de Cristo y de la Madre de los Santos.

Si el pámpano no permanece en la vid, no da fruto y se convierte en leña para el fuego; así nosotros, si no estamos unidos, como pámpanos a Cristo y a su Iglesia, nada produciremos de sobrenatural y eterno. Si cuando oramos, cuando trabajamos, cuando desarrollamos una obra de apostolado, cuando sufrimos, tuviésemos la sensación espiritual de tal unión, ¡cómo cambiaríamos!

También en los momentos más terribles de la lucha, sentiríamos a Cristo y a la Iglesia con nosotros, nos levantarían y nos animarían. El sentire cum Ecclesia no sería sólo la norma de nuestras ideas, de nuestros afectos, de nuestra acción, sino también una fuerza divina, divinamente vivificadora y santificadora.

Me explicaré con una comparación.

Cierto día, Contardo Ferrini, mientras se encontraba en Berlín por razón de estudios, lejos de la patria, de la familia, de los amigos en la fe, sufría el aislamiento, en la atmósfera glacial de un protestantismo religiosamente insignificante. Pasó frente a la iglesia de Santa Eduvigis y entró a orar. Era la hora de las funciones litúrgicas. Ya no estaba solo, ni se sentía triste Ferrini en aquel instante, sino unido a toda la Iglesia, que lo circundaba con una atmósfera confortante de vida.

También nosotros, en las jornadas de trabajos, con la cruz a cuestas, subimos el viacrucis de la fatiga y de la pena; y a menudo nos sentimos abatidos; si en esos momentos recordásemos nuestra unión con la Iglesia, nuestro corazón se alegraría y con alegría proseguiríamos la cuesta del Calvario, la única que conduce a la resurrección.

***

Después de esta larga pero necesaria premisa, podemos preguntarnos cuál es el camino más indicado para realizar nuestra vida con la Iglesia. No podemos dudar en la respuesta: la Liturgia, que nos ofrece el medio clásico, ágil y seguro para vivir unidos a la Iglesia Militante, Purgante y Triunfante.

El Motu proprio de Pío X y la Constitución citada de Pío XI nos dicen expresamente que la «primera e indispensable fuente», de la que se puede «beber el fervor de la piedad» no es otra sino «la participación activa en los sacrosantos misterios y en la oración solemne de la Iglesia».

Sensus Ecclesiæ y vida litúrgica están unidos como los miembros de un organismo y ejercen mutuamente sus influencias. Si no se tiene unión vivida y consciente con la Iglesia es imposible comprender las maravillas que en inmensa abundancia nos ofrece la Liturgia, ni menos se puede vivirla; por otra parte, si la oración pública y oficial de la Iglesia nos resulta una añadidura cualquiera de nuestra oración privada desprovista de importancia, no podremos jamás afirmar con verdad el sentire cum Ecclesia.

¿Por qué los Santos aprecian tanto la vida litúrgica que cuando la alaban parece que la ensalzaran hiperbólicamente? ¿Por qué San Benito y sus hijos, en siglos de barbarie, mientras era necesario restaurar la sociedad desde sus fundamentos y reavivarla cristianamente, levantaron «la antorcha encendida de su trabajo», para usar la frase de Gioberti, pero en su actuación y en su inmenso y arduo programa alimentaron sus almas con la oración litúrgica? Porque se sentían unidos a la Iglesia y porque también oraban con la Iglesia, única manera de combatir, morir y vencer con la misma. Si los monjes interrumpían el sueño para levantarse a cantar los maitines para el Esposo; si San Francisco Javier exclamaba, a propósito del Oficio Divino: «Psalterium meum, gaudium meum»; si Santa Catalina de Bolonia ardía en deseos de cerrar su vida salmodiando en el coro; si la piadosa campana del monasterio que invitaba al Oficio hacía estremecer de alegría el corazón de Santa María Magdalena de Pazzi; si San Alfonso —como veremos— colocaba a la Misa sobre todo homenaje al Señor y añadía que «cien oraciones privadas no tienen el valor de una sola plegaria del Oficio», era porque estas almas, completa y profundamente cristianas, comprendían la diversidad existente entre una palabra, aunque fuera la más hermosa, pronunciada por una persona en nombre propio, y la misma palabra, pronunciada por el mismo individuo, en calidad de embajador de una nación; la diferencia que hay entre el yo que ora y todo el Cuerpo Místico de Cristo, que se dirige al Padre, vivificado y hecho omnipotente en la invocación, por los «gemidos inenarrables» del Espíritu.

Es necesario terminar de una vez de imitar a ciertos empleados de las grandes bibliotecas, que llevan desde los estantes a los estudiosos, incunables de valor, códices antiguos inestimables, volúmenes rarísimos, como si sus brazos sostuvieran trozos de leña; es tiempo, pues, de que el voto augural de un himno de San Ambrosio: Flammescat igne charitas — «arda mi caridad en fuego de amor»—, se cumpla sobre todo en la oración litúrgica, que no tiene otro fin que hacernos partícipes de la vida y de los misterios de Cristo, sea del Cristo real, sea del Cristo místico.

Es ocioso descender a detalles, ya que son tantas las publicaciones que tratan con santo empeño de iluminar las mentes y encender en los corazones el amor por la liturgia. Además de los libros citados aquí y allá en este capítulo, como libros de estudio recomendamos preferentemente los siguientes:

Dom Próspero Guéranger, El año litúrgico.

Cardenal Schuster, Liber Sacramentorum.

Los siguientes volúmenes son aptísimos para la meditación litúrgica:

Dom Columba Marmion, Cristo en sus misterios.

Antonio de Sérent, La espiritualidad cristiana en la liturgia.

José Cavagna, La liturgia y la vida cristiana.

Quien, poniendo por base una instrucción litúrgica adecuada, generosamente se esfuerza por vivir con la Iglesia, pronto se da cuenta de la facilidad con que se pueden conseguir los siguientes resultados:

1°) Todo el ciclo litúrgico lo orienta hacia la Iglesia, pues lo hace participar de la vida y de los misterios de la Cabeza del Cuerpo Místico, de la fundación y del desarrollo de la Iglesia, de sus flores más bellas, desde la Virgen a los Santos y le hace cerrar el año litúrgico con una visión que le revela toda la grandeza de la Iglesia.

En efecto, el Adviento, no sólo le recuerda la expectación de los siglos pasados, que imploraban del Cielo el rocío divino y esperaban ansiosos que las nubes de la bondad celeste llovieran al Justo, sino que le hace invocar la «venida» de Jesús a su alma. La Navidad lo une a Cristo que nace y lo anima e incita a renacer a una vida espiritual más elevada. La Circuncisión, la Epifanía, con el homenaje de los Magos, la paz de la Sagrada Familia, con la Cuaresma y los cuarenta días del desierto, la Semana Santa, la Institución de la Eucaristía, los dolores de la Pasión, las Glorias de la Resurrección, le hacen seguir paso a paso la vida de Cristo, invitándolo a vivir de Él y con Él, rodeando su corazón con la mortificación, obrando siempre en nombre de Jesús, contribuyendo a sus manifestaciones o epifanías divinas, resucitando con Él «in novitate vitæ».

La Ascensión le facilitará la «conversatio nostra en cælis». En Pentecostés, exultando en la Iglesia fundada por Cristo, que sale de los «ocultos muros» del Cenáculo para iniciar la conquista del mundo, invoca él también al Espíritu Santo.

La Trinidad, el «Corpus Christi», los domingos post Pentecostem, dedicados a la Iglesia que se extiende por el mundo, no sólo lo unirán a Dios Uno y Trino, a Jesús Eucarístico, y al Cuerpo Místico de Cristo, sino que lo preparan para la fiesta terminal, vale decir, para la celebración del último domingo de octubre, para la fiesta de Cristo Rey.

Y, ¿qué es el Reino de Cristo, sino la Iglesia? ¿Qué representan, el primero y segundo día de noviembre, los Santos y los Difuntos que duermen el sueño cristiano de la paz, sino la corte del gran Rey, que canta a su alrededor o que se prepara, en la purificadora expiación, a alegrarse con Él? Y cuando decimos Cristo, los Santos, los muertos, ¿qué indicamos sino a la Iglesia, en la cual vivimos, oramos y esperamos?

2°) La Santa Misa, especialmente, desarrolla en la conciencia cristiana el pensamiento de nuestra unión con el Cuerpo Místico de Cristo. Meditaremos esto, siempre desde el punto de vista práctico, en un capítulo especial; pero convendrá saber desde ahora que no es sólo el sacerdote el que ofrece el Sacrificio de la Nueva Ley. Él es el ministro de Cristo y de su Iglesia; y es Cristo mismo con su Cuerpo Místico, y por lo tanto con todo el pueblo de creyentes, que sube al altar para cumplir el acto sacrificial.

A nada, pues, estamos más obligados, cada vez que asistimos a Misa, que a recogernos un instante y a recordar nuestra incorporación a Cristo, nuestra unión con la Iglesia, la gran verdad de que nos presentamos con Cristo y su Iglesia al Padre para que Él «acepte y bendiga nuestros dones, nuestras ofrendas, el santo e inmaculado Sacrificio».

El sentire cum Ecclesia es la mejor preparación para asistir devotamente a la Misa.

3°) Hay Misas que de un modo muy particular deben suscitar en nosotros el sensus Ecclesiæ y por lo tanto se debe asistir a ellas con un estado de ánimo de encendida caridad.

En primer lugar está la Misa parroquial. Ésta, recogiendo a los fieles de una porción de la Iglesia alrededor de su Pastor, es el símbolo más expresivo de la unión de todos los miembros del Cuerpo Místico con el Pastor Sumo y Eterno, Cristo Jesús.

Renán, en sus Souvenirs d’enfance et de jeunesse, se conmueve cuando recuerda a la ancianita de Tréguier que, en la Misa parroquial, suplica al Señor quiera hacerla morir en día sábado para ser conducida a la iglesia el domingo, cuando todo el pueblo rezará por ella. Pero Renán no comprendía ni la liturgia, ni el profundo espíritu que animaba a la humilde viejecita. Ella amaba la Misa parroquial, y siempre asistía a ella, pero nunca estaba tan contenta como en aquella ocasión sintiéndose unida a la Iglesia. En su pequeñez, la pobre mujer analfabeta se sentía más grande que Renán, más grande que todo el Collége de France y que todos los diletantes del mundo. Cuando en la iglesia de la aldea resonaba el versículo del Salmo: «¡Oh cuan amable y gozoso es que vivan los hermanos en unión!», su inteligencia no comprendía el significado de las palabras, pues no sabía latín, pero su corazón las gustaba más que todos los cultores de la filosofía clásica.

Lo que decimos de la Misa parroquial, con más razón se debe repetir de la Misa pontifical del obispo en su Catedral y de las misas que celebra el Sumo Pontífice en el máximo templo de la cristiandad.

El Cardenal Mercier insistía para que sus diocesanos, de vez en cuando, asistiesen a las solemnes funciones de la basílica catedral, por él celebradas. Y tal recomendación no le era sugerida por el deseo de ofrecer a los hijos de su corazón un espectáculo grandioso, siempre piadoso y conmovedor, sino el pensamiento de que, junto al obispo, se goza y gusta más íntimamente la unión con la Iglesia.

En los primeros siglos, cuando no eran tantas las misas, siendo sólo el obispo quien celebraba, ¿no servía acaso la reunión cristiana para conservar floreciente el sensus Ecclesiæ mediante el Sacramentum unitatis?

El mismo Goethe —escribe en sus narraciones de viajes por Italia—, al toque de la elevación en San Pedro de Roma, sintió esa unión de la Iglesia universal con el Pontífice. Y sólo aquél que haya tenido la gran dicha de asistir a una Misa del Santo Padre en la basílica del Príncipe de los Apóstoles, en ocasión de la canonización de un Santo, sabe cuáles son los sentimientos de aquellos instantes. El alma gozosa olvida todo egoísmo y late en una palpitación universal, es decir, en sincrónica palpitación con Cristo y la Iglesia.

4°) Toda Misa cantada despierta a su manera el sensus Ecclesiæ. Las voces que se funden en una única voz, ¿no simbolizan acaso las voces de todos los miembros de la Iglesia, fundidas en la oración de Jesús?

5º) También por otros motivos, el oficio fúnebre y las misas cantadas para los difuntos alcanzan el mismo efecto. Hoy, gracias a la iniciativa de la «Obra de la Realeza», va difundiéndose la costumbre de seguir las exequias y los oficios de difuntos con un librito en la mano, que permite orar con el sacerdote.

Pero lo que más interesa es la intención de los fieles. A fin de que el librito dé todos sus frutos, es necesario que al comienzo del Oficio pensemos que nosotros estamos unidos a la Iglesia Purgante. Los hermanos, por los que oramos, no están separados de nosotros. Son miembros que sufren en el único organismo, la Iglesia. Sus penurias debemos sentirlas como nuestras, así como de todo el Cuerpo Místico; el sufragio, pues, mediante la oración litúrgica y por medio de la Hostia de propiciación y de salud, es lo que más atañe y conviene a la caridad cristiana.

6º) Éste debe ser el espíritu animador en el desenvolvimiento de otras nobilísimas iniciativas de la «Obra de la Realeza», como por ejemplo, en la difusión de los libritos para asistir con una participación activa en la administración de los Sacramentos.

Benditos sean estos libros; bendito el Sacramentario y el Breviario de los fieles; bendito todo el esfuerzo que acerca al pueblo a la oración litúrgica. Pero si caen en manos de quien no sabe qué es la Iglesia, muy exiguo será el fruto obtenido.

Se asiste, por ejemplo, a un bautismo. Es el sacramento que nos incorpora al Cuerpo Místico de Cristo. Sólo una tal orientación inicial nos dispone a entender en toda su belleza y en todo su valor las ceremonias y las oraciones del Bautismo.

Se asiste a una ceremonia de la Confirmación. En vez de indignas bataholas, que parecen convertir el templo en un teatro, el librito, seguido atentamente, invita a padrinos, madrinas y familiares a rezar con el obispo, a invocar al Espíritu Santo y recordar que la Confirmación consagra al bautizado como soldado de Cristo y de la Iglesia.

«¿Qué hacemos nosotros por la Iglesia?», he aquí un examen de conciencia que se impondrá, si el sensus Ecclesiæ está vivo en el alma.

Se asiste a una consagración de sacerdotes noveles. El Orden Sagrado —la primera idea debe ser semejante a un alba prometedora en aquéllos que están presentes— es el sacramento instituido por Cristo para dar a su Cuerpo Místico sus ministros. Con cuánto fervor, entonces, en unión con la Iglesia toda, cantaremos las letanías, seguiremos las funciones regocijándonos en el Señor; y, mientras el obispo extenderá las manos sobre las almas sacerdotales, nosotros elevaremos las más ardientes invocaciones.

Evidentemente, quien se propone como un deber vivir en unión con la Iglesia, encontrará en la asistencia a las Vísperas, en las Bendiciones Eucarísticas, en las funciones de la Semana Santa y en otras funciones litúrgicas, nuevo alimento al que deseará y del que tendrá hambre, comprendiendo, por ejemplo, cuán hermoso es orar con la Iglesia y ofrecer con Ella al Señor el sacrificium vespertinum después de haberle sido presentado por la mañana el sacrificium matutinum de la Misa.

7º) Perdóneseme si insisto en un punto. El movimiento litúrgico debe estar muy en guardia, ni más ni menos que cualquier otra obra dedicada a vivificar la piedad cristiana, de los peligros de la rutina. Nosotros podemos y tendemos a materializarlo todo; nuestros esfuerzos, al contrario, deben estar dirigidos a espiritualizarlo todo, utilizando todos los elementos sensibles y materiales.

El tener, durante el Santo Sacrificio, un misalito en las manos o un librito con el texto de la Misa del día, significa poseer un espléndido automóvil, capaz de devorar distancias a 120 kilómetros por hora; pero no basta. Si no sabemos «manejar», el automóvil permanece detenido.

No concluiremos de esto que se puede destruir el auto, pero no se debe olvidar que, sin actividad personal, repetiremos palabras, que, tomadas materialmente son litúrgicas, mientras en concreto se convierten para nosotros en sonidos mecánicos.

Por el contrario, cuando el espíritu está unido a la Iglesia con renovada conciencia, aun cuando no supiésemos leer, o estuviésemos privados del texto de la Misa, nuestra participación en la oración litúrgica puede ser activa.

Una hermosa verdad ha dicho, entre muchas cosas no siempre exactas, Joris Karl Huysmans, en un libro suyo, donde a propósito de algunas Hermanas que en un monasterio recitaban el Breviario sin comprenderlo, observaba: —No importa, pronuncian las palabras de la Iglesia; es la Iglesia que ora en ellas; y las mismas «escriben un documento en el cual Jesucristo no rehúsa estampar su firma«. Y es por este motivo, agrega el Padre Charles, que, cuando el sacerdote celebra la Misa y lee en su misal muchas oraciones latinas que los fieles —a menudo pobres campesinos y campesinas, sin mucha familiaridad con la letra impresa— no comprenden,

«el monaguillo que ayuda la Misa, en nombre de todos los presentes responde con entusiasmo su Amén. Sí, esto es lo que deseamos, lo que nosotros pedimos. Aceptamos de antemano sin conocerlos, ratificamos todos los votos que el sacerdote va formulando por nosotros; y el Señor nos escucha a todos. Sonrían, si así quieren, los espíritus soberbios y paganos; en verdad no hay cosa más hermosa que esta confianza ilimitada en la Iglesia nuestra madre…

Unidos a la Iglesia, concluye el Padre Justino Borgonovo, aunque nos turbe involuntariamente la distracción, no es el caso de dejarnos amilanar. ¿Acaso el arpa no da alabanza al Señor con su melodía? Y sin embargo no tiene conciencia del armoniosísimo sonido que difunde.

Lo mismo nosotros cuando involuntariamente estamos distraídos en la recitación de las suaves preces que nos enseñó nuestra madre, nos asemejamos al arpa. La mano delicada de la Iglesia pulsa las cuerdas, es decir, nuestros labios; y nosotros, aun no teniendo en aquel instante conciencia de cuanto pronunciamos, alabamos a Dios».

Más todavía, hasta en el caso en que un sacerdote celebrase distraídamente por culpa suya la Misa y el Oficio Divino, su oración no pierde valor, pues es la oración de la Iglesia; como no pierde su valor un contrato extendido ante un escribano, sólo por el hecho de estar escrito con pésima caligrafía.

8º) Es necesario renovar el sensus Ecclesiæ en las devociones a la Virgen y a los Santos, pues como queda dicho, exaltar a la Virgen y a los Santos equivale a glorificar a Cristo, que vive en ellos.

Y también aquí es necesaria una aclaración que evite los extremos opuestos.

Si entro en un templo y veo, por ejemplo, el Altar de San Antonio o de Santa Teresita, o bien el de la Virgen adornado con magnificencia, iluminado con innumerables velas, adornado con flores, más que el mismo Altar del Santísimo Sacramento, pueden suceder dos cosas, esencialmente diferentes, según sea la unión del alma con la Iglesia.

Cuando al visitar el atelier de un pintor, abro la puerta e inmediatamente después de saludarlo, interrumpiendo la conversación, me detengo delante de una de sus obras maestras, y la miro, la contemplo, la admiro, aunque en apariencia me haya yo olvidado del artista, éste no se siente ofendido; al contrario, se siente feliz por mi visita y por mi comportamiento. Mi entusiasmo y mi aplauso por su cuadro en último análisis, ¿no es una alabanza que se dirige a él?

Dígase lo mismo de los Santos. Es ridícula la sonrisa despectiva de los Protestantes y de todos aquéllos que no viven con la Iglesia, cuando lamentan el culto que les tributamos, como si mermasen el culto que debemos a Jesucristo. ¿Qué es un Santo, sino la obra y la obra maestra del Divino Artífice? ¿Qué es su santidad sino la gracia de Jesús en él?

Cuanto más solemnes son las fiestas en honor de los Santos, tanto más grande es el testimonio de amor y de reconocimiento a Cristo, el cual no es artista que emplea una materia exterior, sino que vive en su obra de arte viviente.

Si, por el contrario, faltase esta límpida visión del Cuerpo Místico, existiría la amenaza de precipitarse de alguna manera al paganismo. También los paganos colgaban exvotos en sus templos en honor de Apolo y Diana, que veneraban con un culto puramente exterior. El culto de los Santos en el Catolicismo no tiene nada que ver con prácticas religiosas formalistas, por gratas que sean para la beatería insulsa, privada de la idea del Cuerpo Místico y de interioridad sobrenatural.

9º) Por último, el sentire cum Ecclesiæ debe ser recordado por nosotros en nuestro apostolado en cualquier modo que se desarrolle.

¿Qué es una obra cristiana de misericordia, sea en el campo temporal como en el espiritual, sino un acto de amor a Cristo, que vive en nuestros hermanos, y a la Iglesia, de la que también ellos son miembros? Y, ¡cuán diversamente, con cuánta mayor caridad, diligencia, perseverancia, cumpliríamos nuestras buenas obras, si, cuando obramos el bien, reflexionásemos en nuestra unión con el Cuerpo Místico de Cristo!

Reunidos alrededor de los obispos y de los párrocos, como junto a Cristo; obedientes a sus directivas para toda iniciativa santa; sólo preocupados por hacer crecer en nosotros y en los demás, y por hacer triunfar a Cristo Jesús, las huestes organizadas no aspiran sino a cooperar en el apostolado de la Iglesia, ciertamente más importante y precioso que el apostolado individual.

***

Una noche de enero de 1920, el obispo del Senegal encontró la muerte en un naufragio: el océano tragó la nave y nadie supo jamás de los náufragos.

Pocos meses después, dos pescadores habían extendido sus redes sobre la arenosa costa del Atlántico; bajando la marea, se veía una buena cantidad de peces agonizantes.

—Veamos qué es lo que nos trae esta mañana el mar —observó uno de los pescadores, indicando un objeto obscuro, aprisionado en las mallas, junto con los peces: ¡Es un libro!

Era, en efecto, un hermoso volumen encuadernado, con restos de varias impresiones doradas. Un libro intacto. Mas el agua había pegado las páginas unas con otras. El pescador con precaución logró separar dos; aparecieron caracteres negros y rojos, y palabras en una lengua que no era la francesa, pero acerca de la cual la poca cultura católica de los dos pescadores no tuvo dudas.

¡Está en latín!

Poco a poco aparecieron las otras páginas, juntamente dos señaladores, estampitas, piadosos recuerdos, una oración manuscrita, y en el interior de la tapa, un nombre: Monseñor Jalabert, el llorado obispo.

Los dos hombres, vivamente conmovidos, besaron la reliquia y se arrodillaron para rezar por la paz del alma que de aquel modo se hacía recordar a dos compatriotas. No tardaron en enviar a sus amigos el Breviario, que fue considerado como una sagrada herencia, resultando un objeto de serias meditaciones.

Todo lo sepultó el mar con la grande nave —comentaba un periódico milanés—; ha devuelto sin embargo a los hombres un Breviario que escapó, en el momento supremo, de las manos que siempre bendecían de un obispo misionero, como para advertirnos: Una sola cosa es necesaria: la vida eterna, a la que no se llega sin la oración, sin la unión con Cristo y con la Iglesia.

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CONCLUSIÓN

Estas indicaciones de ejercicios prácticos para vivificar la propia piedad, respondiendo con esfuerzos generosos a la gracia divina que nunca falta y cae abundante sobre aquél que se dirige hacia Dios con todo el fervor de su corazón, podrían ser multiplicadas.

Hasta cada uno de los puntos indicados podría servir de base para ulteriores ejemplificaciones.

¿Quién, por ejemplo, no comprende, como ya dijimos, que la unión con la Trinidad Sacrosanta puede, en un lapso, caracterizarse por una adoración afectuosa y por el pensamiento cultivado de la Paternidad divina? O bien, en los días que median entre la fiesta de la Ascensión a la de Pentecostés, ¿no debería acaso el culto y el amor del Espíritu Santo imprimir una fisonomía en nuestra piedad propia de esos días?

Cada mes, además, y cada solemnidad litúrgica puede indicarnos los temas, deberes y programas, que unifiquen nuestra actividad espiritual. Será, por ejemplo, el Nombre de Jesús, que invocado repetidamente puede dar tono a una hermosa y fervorosa jornada, recordándonos que no hay otro nombre en el que podamos salvarnos y que nadie puede decir: «Señor Jesús», sino en el Espíritu Santo.

Será el mes de noviembre, que confiará a nuestra caridad los hermanos que sufren en el Purgatorio a menudo olvidados. Serán las fiestas de nuestros Santos, que nos unirán a la Iglesia Triunfante. Será la dulce figura de San José, que nos enseñará en marzo a vivir íntimamente unidos con Jesús, a trabajar, a concebir nuestra actividad únicamente en función de Jesús, como lo hacía su Padre Nutricio; a sufrir, a vivir bajo la mirada del Divino Salvador.

Será, para aludir a un método sencillísimo y muy práctico, una jornada iluminada por jaculatorias, desde la mañana a la noche, como otros tantos gritos afectuosos a Jesús, a la Virgen, a los Santos, como enseña el Padre Octavio Príncipe en sus libritos: Flosculi e giaculatorie e altre opere indulgenziate (Turín, 1929).

He indicado simplemente algunos métodos. También los descritos deberán ser vividos en función con las propias exigencias espirituales, bajo la égida del Director de nuestra alma. Pues esto es inefablemente hermoso en la piedad cristiana. Unidos en un solo Cuerpo Místico y en una sola Iglesia, hermanados en una sola plegaria, a menudo con las mismas fórmulas y con las mismas palabras en los labios, cantamos, sin embargo, con nuestra vos, con nuestro corazón, con nuestra inteligencia. Todas las voces, pues, afluyen en Cristo y ascienden al Padre como en un único himno.