
“Yo soy el Señor, tu Dios,… No habrá para ti otros dioses delante de Mí” (Ex 20, 2-17)
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El Decálogo son las diez palabras que Dios revela a su Pueblo para que las cumplan y así encuentren el camino de la salvación.
Francisco enseña: “El decálogo no es un conjunto de preceptos negativos, sino indicaciones concretas para salir del desierto del « yo » autorreferencial, cerrado en sí mismo, y entrar en diálogo con Dios” (n. 46 – Lumen Fidei).
Es decir, está enseñando que Dios no prohíbe nada, sino que sólo da una serie de ideas, de “indicaciones para salir del desierto del yo autorreferencial, cerrado en sí mismo”.
Primero: ¿qué significa ese yo autorreferencial para Francisco? Significa que el yo se refiere a sí mismo y se ve a sí mismo. Se hace referencia a sí mismo, él mismo, sin ayuda de otro. El yo está cerrado en sí mismo. El yo es la persona.
Francisco niega que la persona está abierta en su ser. Para él, la persona está cerrada en su ser.
La persona es la cumbre del hombre. Es un ser espiritual. No es algo humano, no es algo natural, no es algo material, no es algo carnal, no es lago sentimental, no es un pensamiento, no es una voluntad.
La persona es un ser espiritual que está situado en el hombre, que abarca a todo el hombre, en su alma, en su cuerpo y en su espíritu.
La persona es la cumbre, es decir, que dirige a todo el hombre. Si la persona es algo cerrado, entonces no puede dirigir a todo el hombre. El hombre es guiado por la persona, no por su razón, no por sus obras.
Decir que la persona es algo cerrado es no saber lo que es la persona como ser espiritual. Su error es un error de doctrina en la metafísica del ser, por seguir a los teólogos protestantes que no creen en la persona.
Para los protestantes sólo existe el hombre compuesto de alma y cuerpo. Ellos niegan el espíritu del hombre. Y lo ponen en su alma. Van en contra de la palabra de Dios, que dice por San Pablo: “y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo se conserven irreprensiblemente para el advenimiento de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts 5, 23).
Y, por ese error doctrinal, cae en la herejía de decir que el decálogo no son prohibiciones de Dios.
A Francisco sólo le interesa enseñar su ciencia esotérica, que es toda la encíclica. Cuando se habla de que es necesario una indicación para que el yo salga de su interior, se está haciendo eco de la doctrina de la Nueva Era, que enseña que lo más importante en el hombre es su yo interior. Ese yo interior tiene que abrirse al dios que está en su mente. Y, para eso, la indicación, la palabra necesaria para abrirse a ese dios.
Francisco toma el decálogo como un mantra, que repetido muchas veces hace que el hombre se abra a su dios. Eso es lo que enseña cuando habla del decálogo en su encíclica.
El decálogo no da el camino para vivir una vida liberada de la esclavitud del pecado.
Esas diez palabras son el resumen y la proclamación de la Ley de Dios, son la Alianza que Dios establece con los hombres. Son la forma de unirse los hombres a Dios: quitando el pecado, que rompe la unión con Dios.
Estas diez palabras son la Revelación de la Verdad sobre lo que es el hombre. El hombre que peca rechaza estas diez palabras y se convierte en otra cosa, en algo espiritual que da el pecado en su alma.
El hombre que guarda estas diez palabras se pone en la verdad de su vida, porque obra la Voluntad de Dios en su vida.
Las diez palabras son lo que Dios quiere de todo hombre. Y no cumplirlas es hacer de la vida un camino para el infierno.
Por tanto, el decálogo es la obediencia que Dios pide a todo hombre. Todo hombre debe someterse a estas diez palabras si quiere ser hijo de Dios.
El que no se someta es hijo del de demonio.
Estas diez palabras Dios las pone en el corazón de todo hombre: “Desde el comienzo, Dios había puesto en el corazón de los hombres los preceptos de la ley natural. Primeramente se contentó con recordárselos. Esto fue el Decálogo” (S. Ireneo, haer. 4, 15, 1).
Y Dios da estas palabras al hombre porque el hombre nace en pecado y no conoce su pecado. El Señor le da el conocimiento al hombre de lo que él es en su ser. Por nacer en pecado, el hombre desconoce cómo lo ha creado Dios y necesita de esta revelación divina.
Por tanto, las diez palabras expresan una obligación grave de cumplirlas. Quien no las cumpla –en materia grave- , peca gravemente y se aparta de la gracia divina.
Francisco no enseña esto en su encíclica porque –para él- no existe el pecado, sino los males sociales, los males económicos, los males humanos, lo males naturales, los males carnales, los males de todo tipo menos los espirituales.
Y todavía hay gente que sigue a Francisco porque es un gran santo.
