Monseñor FRANCISCO OLGIATI
LA PIEDAD CRISTIANA
PRIMERA PARTE
EL ESPÍRITU DE ORACIÓN
IDEAS Y PRINCIPIOS FUNDAMENTALES
Continuación…
VIII
LA UNIÓN CON LOS ÁNGELES
Lejos de mí la intención de resumir en este párrafo el tratado teológico De Angelis, o de proponer una discusión erudita en torno de los espíritus purísimos, de los cuales se lee en los Salmos: «Angelis suis mandavit de te, ut custodiant te in omnibus viis tuis». Mucho más modesto es mi propósito. Quisiera, pues, dar una breve reseña de algunas experiencias prácticas, simplicísimas y sin pretensiones, que han buscado intensificar la difusión de la devoción a los Ángeles buenos, nuestros Custodios.
Las experiencias fueron hechas entre jóvenes, de los 17 a los 30 años, más o menos, que pertenecían a las más diversas clases sociales: algunos obreros, otros campesinos; algunos estudiantes universitarios, otros empleados o profesionales; algunos pobres y de escasa cultura, otros ricos y laureados. Los frutos obtenidos fueron copiosos; y yo estoy seguro que podrían ser mejores todavía, si las mismas experiencias fuesen repetidas con método y entusiasmo.
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Hablando con un joven —no en confesión, sino en una de esas conversaciones confidenciales, que son a veces tan ricas en resultados prácticos—, en cierto momento yo agredí a mi pequeño amigo con estas palabras:
—Oye, querido. Estáte bien atento. Quiero obsequiarte con una hermosa idea. Mejor, quiero ayudarte a hacer un descubrimiento. Cristóbal Colón descubrió América: yo te haré descubrir algo más importante.
La inevitable sonrisa servía para aguzar la atención y la curiosidad. Y entonces, después de un instante, yo continuaba:
—Dime un poco: ¿tú sabes que tienes un Ángel que te acompaña siempre, que siempre está contigo?
—¡Oh, lo sé! Es el Ángel Custodio. ¿Éste es todo el descubrimiento?
—No. Ten paciencia. Sigue mis palabras y verás. Por ejemplo, dime: ¿tú piensas frecuentemente en tu Ángel Custodio?
—Verdaderamente… no mucho. Alguna vez, sí. Digo el Ángel de Dios.
—Muy bien. Pero debes admitirme que la mayor parte de las veces, tú recitas tu Ángel de Dios sin ni siquiera pensar en el Ángel que no te abandona nunca…
—Sí, esto es verdad…
—Pero, mira, hay otra verdad más seria aún.
Dime: ¿eres, acaso, sólo tú que tienes un Ángel a tu lado?
—No; todos los demás tienen el suyo.
—Por ejemplo, ¿yo tengo mi Ángel?
—Sí.
—Tu papá, tu mamá y tus hermanos y hermanas, ¿tienen su Ángel?
—Sin duda.
—Los que pasan por la calle donde te hallabas tú hace pocos momentos, ¿tienen también su Ángel?…
—Claro.
—Y entonces, perdóname si te hablo duramente… Mira: piensas poco en tu Ángel; muchos días transcurren sin un saludo dirigido a él… ¡Pero en el Ángel de los demás, no piensas nunca!… Por ejemplo: ¿cuándo has saludado en tu vida, en el silencio de tu corazón al Ángel de tu papá, de tu mamá?…
Un puñetazo en el estómago no habría conseguido el efecto de sacudir a un joven como esta reflexión. Es un instante de luz, de sorpresa.
—¡Es verdaderamente así!… ¡Jamás se me ocurrió saludar al Ángel de mis padres!…
—Y sin embargo, querido, seamos sinceros: si nosotros encontramos una buena persona conocida, la saludamos. Si en casa viene un amigo de los padres o hermanos, lo saludamos. Sería una falta de educación, una villanía, una conducta reprochable, si obráramos diversamente. En cambio, cuando se trata de los Ángeles, no seguimos más un criterio semejante tan evidente y justo… ¿Cuántos sois en casa?
—Siete…
—Bien. Allí hay también siete Ángeles. Y tú nunca fuiste capaz de dirigirles un pensamiento de saludo… De la misma manera, vienes a visitarme; me sonríes y me hablas; y está muy bien. Pero, ¿cuándo saludaste a mi Ángel?…
—Nunca.
—Muy mal. ¿Te parece coherente decir que crees en los Ángeles y luego, en la práctica, obras como si no creyeras absolutamente? Lo sobrenatural tiene su lógica inexorable y es necesario seguirla. Si tú quieres, yo te enseñaré un método para acordarte de los Ángeles y terminar con el analfabetismo… Sí, ¿sabes? Éste es propiamente analfabetismo espiritual de la mejor marca, o si prefieres, de la peor calaña… Nosotros llamamos analfabeto a aquél que ante una página ve solamente con los ojos materiales los caracteres negros estampados o escritos, pero no llega a leer con el ojo del espíritu el pensamiento que vivifica los mismos caracteres. Es verdad que el pensamiento no es ni negro ni blanco, ni pequeño ni grueso; y sin embargo existe y tiene una realidad más preciosa que la tinta… Así también nosotros, a menudo, por culpa de nuestro analfabetismo, ante el libro de la creación de Dios, vemos sólo la materia; distinguimos las casas, las fisonomías, los trajes de la gente, pero no llegamos con el ojo de la fe, a contemplar a los Ángeles. ¿Quieres, entonces, que yo te enseñe el método práctico de recordarte de estas hermosas creaturas, a las que tanto debemos y con las que un día gozaremos en el Paraíso con la visión de Dios?
—Con mucho gusto.
—Te prevengo, sin embargo, una cosa: es que tengo necesidad de un poco de esfuerzo de tu parte; mas, para ser más preciso, de un mes de pequeños sacrificios, fáciles y por lo demás alegres.
Después de la explícita promesa de que los esfuerzos necesarios no serían rehusados, he expuesto al joven el método práctico siguiente.
***
—Es necesario que por el espacio de un mes estés preocupado por el asunto que te asigno: los Ángeles. O sea:
1º) — Por la mañana, apenas despierto, debes imitar el ejemplo de Santa Margarita María, que se dirigía, abriendo los ojos a la luz del día, a su Ángel y le confiaba su corazón, para que lo llevase al Corazón de Jesús en el Tabernáculo: «Enviad a menudo —solía decir— por medio de vuestro buen Ángel vuestro corazón a rendir homenaje al de Jesús Sacramentado».
2º) — Luego, mientras te vistes, recitarás el Ángel de Dios, pero no como una cantilena o estribillo, sino con atención y saludando con afecto a tu Ángel que está cerca. Verás que, de hoy en adelante, lo recitarás mucho mejor que en el pasado.
3º) — Caminando por la calle, aprenderás a saludar a los Ángeles. Cada persona que encuentres, es también un Ángel que pasa. Quizá está suplicando por el alma que le está confiada, que se encuentra en pecado… Si tú le rezas —sin mover los labios, se comprende, pero sólo con tu corazón—, si tú le recomiendas aquella persona quizás poco decentemente vestida, él llevará tu oración al Señor. Es éste uno de los oficios de los Ángeles («Cuando orabas, dijo Rafael a Tobías, ego obtuli orationem tuam Domino…»). ¡Cuántas conversiones podríamos obtener, si supiéramos rezar en la calle a los Ángeles! Un día, las personas que encontramos hoy, estarán en su lecho de muerte y quizás, no en gracia; su Ángel, en aquellos momentos supremos, renovará sus súplicas y recordará a Jesús nuestra oración… De cualquier manera, ya ves cómo el saludo a los Ángeles en la calle es el medio práctico para no caer en el lago de las miradas impuras y de las tentaciones.
4º) — Entrando en la iglesia, no olvidarás la enseñanza de los Padres y sobre todo de San Juan Crisóstomo, el más elocuente orador que el Oriente cristiano haya jamás tenido. Era obispo de Constantinopla y acostumbraba a sus fieles a recordar que el Altar está circundado de Ángeles y que éstos, sobre todo en el momento de la Consagración, presentan a Dios la Sangre de su Hijo Divino.
5º) — Además, en la iglesia, rezarás juntamente con tu Ángel. ¿Dices, por ejemplo, el Angelus Domini? Es la visión de Gabriel que se te presenta. ¿Recitas un Ave Maria? Con el mismo afecto del Ángel debes saludar a la Virgen. ¿Haces la Comunión? Te imaginarás lo que es una dulce realidad: tu Ángel Custodio te conduce a la balaustrada y recibe alegremente a Jesús que viene hacia ti; luego lo adora en tu corazón… ¡Cómo haríamos bien las comuniones si nos recordáramos de nuestro Ángel!…
¿Escuchas la Santa Misa? Busca todos los puntos que tengan alguna referencia con los Ángeles: será el Gloria in excelsis, cantado un día sobre la gruta de Belén, y repetido ahora en torno a la nueva «casa del pan»; será el Prefacio, donde la Iglesia invoca las jerarquías angelicales, que alaban al Padre por medio de Cristo: «per quem maiestatem tuam laudant Angeli, adorant Dominationes, tremunt Potestates…»; será la oración «Sancte Michael Archangele», recitada al fin de la Misa y casi nunca pronunciada con el pensamiento en el Príncipe de los Ángeles… Haz así y verás que la hora de la oración no será ya la hora de la distracción.
6º) — Así durante todo el día. En familia, saludarás al Ángel de tu papá, de tu mamá, de tus hermanos y hermanas, de tu casa. En la oficina, en la escuela, saludarás a los Ángeles de tus compañeros o colegas. Cada blasfemia, cada mala conversación que herirá tu oído, será para ti una ocasión y una invitación a pensar en los Ángeles, a rezar a los Ángeles, a unirte a ellos en la reparación. En cada tentación contra la pureza, vuelve prontamente tu pensamiento e invocación al Ángel Custodio. ¿Hablas con un compañero? Es necesario, mientras se charla y se ríe, sobre todo mientras se le dice una buena palabra, saludar a su Ángel. Especialmente, hay que hacer esto cuando nos acercamos a un sacerdote.
7º) — Por último, la jornada debe cerrarse con el Ángel de Dios en las oraciones de la noche; pero la invocación debe ser acompañada por el pensamiento de que cerca de nuestro lecho el Ángel vela y nos sustituye en nuestro saludo al Señor.
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Cuando se aprende a vivir de esta manera, el día resulta iluminado y besado por un nuevo sol. Tanto la vida religiosa, como la vida moral gozan de este beneficio.
Prácticamente son utilísimos los siguientes medios:
1º) — La fidelidad en el examen de conciencia, particular y vespertino, sobre todo en el examen escrito.
2º) — Una mirada a los resultados alcanzados, en la preparación a la confesión y una relación fiel al confesor en torno de ellos.
3º) — La meditación de algún volumen acerca de los Ángeles.
Bueno es, por ejemplo, el viejo trabajo de Luis Zerbi sobre Los Ángeles; lecciones y consideraciones compiladas sobre las obras de Santo Tomás, Milán, 1870.
Óptima es la obra del Padre Luis Lanzoni, Los Ángeles en las divinas Escrituras, Turín, 1891; como también para los clérigos, son recomendables las meditaciones del Padre Attilio Misani, Los Ángeles en la Sagrada Escritura, Milán, 1933.
Los Libros Litúrgicos pueden administrar abundantísima mies a este propósito. Piénsese, por ejemplo, en las oraciones de la Iglesia para la recomendación del alma y para los funerales (Proficiscere… in nomine angelorum; …aperiantur ei coeli, collaetentur illi Angeli… Veniant illi obviam Sancti Angeli Domini… In Paradisum deducant te Angeli…). La ocasión se prestará propicia para meditar el tema: Los Ángeles en nuestro lecho de muerte.
En cuanto a la lectura espiritual, se podrá dar la preferencia a la vida de los Santos, que han tenido a los Santos Ángeles una particular devoción. Serán, por ejemplo, las vidas de Santa Cecilia, de Santa Inés, de Santa Águeda, que fueron protegidas y ayudadas visiblemente por los Ángeles. Será San Estanislao de Kostka, que comulga por manos de los Ángeles. Será San Gregorio Magno, que, durante la peste devastadora de Roma, predica la penitencia, convoca una procesión con la imagen de María que se atribuye a San Lucas, y llegando a la mole Adriana —llamada desde entonces Castel Sant’Angelo— ve al Ángel que vuelve la espada ensangrentada en la vaina, mientras voces angélicas cantan: Regina Coeli, laetare, alleluia ! Será San Bernardo, devotísimo de los Ángeles, o el primer compañero de San Ignacio, el Beato Fabro, que saludaba siempre a los Ángeles de las ciudades, de las aldeas y de los reinos, por los que pasaba.
Será San Francisco de Sales, Santa Francisca Romana o Santa Gemma Galgani y muchos otros.
Al que le interesa la literatura, con mucho provecho se podrá detener sobre el estudio apreciable del Sac. Prof. Carlos Zanini, Los Ángeles en la Divina Comedia (Milán, 1907).
El que se deleita con el arte, meditará la vida y se extasiará con los Ángeles del Beato Angélico.
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Estas experiencias hechas entre almas juveniles pueden repetirse entre almas de cualquier condición social. Y cada uno evidentemente deberá desarrollar su cumplimiento en función de sus particulares exigencias.
Por ejemplo ¿es un padre, o una madre de familia? Cuán útil les será tener vivo el pensamiento, en el cuidado y educación de los hijos, de los Ángeles Custodios, qui in coelis semper vident faciem Patris…
¿Es un propagandista de la Acción Católica? Nunca comenzará una conferencia, sin haber antes saludado a los Ángeles de los amigos a los que dirige la palabra. Si esta fuere tomada por los Ángeles y depositada en los corazones, fructificará ciertamente.
¿Se trata de un maestro de escuela elemental, de un profesor, o bien de un cooperador de Oratorio festivo o de una Congregación mariana? Deberá habituarse a ver cerca de los niños, a él confiados, los Ángeles Custodios y encomendarse a ellos.
¿Es un sacerdote? Encontrará en los Ángeles una ayuda fuerte y eficaz en su ministerio. Muchísimos son los sacerdotes acostumbrados a no confesar a una persona, sin acordarse del Ángel de la misma; a no volverse del Altar al pueblo, sin saludar a los Ángeles que llenan la Iglesia y la hermosean con armonías de música celeste; a no comenzar una predicación sin haberse encomendado a los Ángeles custodios de los fieles y al propio Ángel custodio; a no asistir nunca a un moribundo sin confiar el alma a los Ángeles de Dios, Sobre todo, por los pecadores, lejos de la fe; ¡cuántas veces el corazón sacerdotal implora al espíritu purísimo, que implora junto con nosotros!…
Si no yerro, podemos comparar a los Ángeles al agua por tanto tiempo inutilizada de los montes y transformada ahora en energía, luz, fuerza y calor.
La devoción hacia los Ángeles podría traducirse en aumento e intensificación de la piedad, en un despertar del sentido sobrenatural, en una elevación de las almas, en victorias en las batallas morales.
