El hueco parloteo de los modernistas
Jorge Dore
Si uno tuviera que dedicarse a analizar a fondo la cantidad de incongruencias que vocean hoy tantos miembros de la jerarquía de la seudoiglesia católica, se moriría de viejo antes de concluir la labor.
Con referencia al comentario del sacerdote Alejandro Solalinde Guerra –citado aquí mismo en Radio Cristiandad– sobre Bergoglio, a quien rebautiza (me parece a mí que extáticamente y es probable que con llanto en los ojos) con el sobrenombre de “Francisco de Nazaret”, nos dice Solalinde:
(Francisco) “Piensa juvenilmente, propone ideas jóvenes”.
Pero ¿es pensar juvenilmente una virtud? ¿Son las ideas jóvenes necesariamente buenas o mejores que las ya probadas por el tiempo, la experiencia y la sabiduría de los siglos? ¿Por qué esta obsesión por rendirle culto a lo juvenil siendo que la juventud debe aprender de la sapiencia de sus mayores?
¿No se ha comprobado históricamente el valioso papel que los mayores han jugado como consejeros en aquellas culturas donde se ha respetado la edad por su relación con la sabiduría?
Ah, pero es necesario que los jóvenes de hoy encaminen a las obsoletas generaciones que deberían terminar de desaparecer, para enterrar de una vez por todas la engorrosa y decrépita tradición. También en la iglesia los papeles están invertidos. No en balde tantos jóvenes educan hoy a sus alelados padres.
Yo me crié entendiendo y aceptando que en la madurez anida la experiencia y en la vejez la ciencia y el saber que el tiempo otorga. Pero los modernistas usan nuevos parámetros de razonamiento para poder desembarazarse de tradición y dogma como de hijos bastardos, mientras embaucan a los infelices con su cantinflesca demagogia. El modernismo es un abortivo contra el depósito de la fe.
El señor Solalinde celebra, además, la actitud de Bergoglio de
“reorientar la iglesia hacia la aplicación del evangelio y su misión”.
¿Es que hasta hoy vivió la iglesia disociada de su misión evangélica? ¿Entretenida en qué? ¿Jugando a los curitas y a las monjitas? ¿Contando bolitas para pasar el tiempo? ¿Acaso millones de católicos no han pagado con sus vidas su celo por el evangelio de Cristo por haberlo convertido en su misión?
Es la palabra “reorientar” la que lleva la ponzoña del veneno. Ese verbo aparentemente inofensivo encierra en su código genético un giro de ciento ochenta grados hacia el oeste. (¡Vaya con estos modernistas!)
Bien le estaría a este señor acostumbrarse al “Si, si, no no”.
Por mi parte, desconfío de aquellos que ven en Dios a su copiloto o que, confianzudamente, le llaman “amigo”. La insondabilidad del misterio de Dios no permite familiaridad alguna con su magnificencia. Y no deja de impresionarme que Jesús usó precisamente esa palabra al dirigirse a Judas tras recibir su beso en la frente:
“Amigo, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?”.
Me queda también sin responder una pregunta: ¿desde cuándo considera este señor Solalinde la tardanza, (léase ausencia temporal) del Espíritu Santo en la iglesia cuando de acuerdo a los afectos al Vaticano II, la tercera persona de la Santísima Trinidad nunca ha dejado de iluminarlos e inspirarlos a enriquecer su magnánima obra, pletórica de nobles frutos?¿Estaba esperando acaso por el advenimiento de Francisco de Nazaret…? Sólo falta la estrella.
En fin, que respetuosamente, parafraseando a Solalinde y harto ya de tanta verborrea hueca, siento que cuando Cristo vuelva en gloria, quizá no podré resistir la tentación de preguntarle, rostro en tierra:
“Jesús, ¿por qué te tardaste tanto…?”.
