¿Y SI HACEMOS DE CUENTA QUE…? (4)
Antes de continuar con los capítulos y versículos del libro Profético, vamos a hacer algunas aclaraciones, para ubicarnos mejor en el contexto en que se aplican las citas.
Vamos a hacer de cuenta que los Ángeles a los que se refieren los pasajes Apocalípticos, son REALMENTE los Ángeles de la guarda (literalmente y sin alegorías), como también los ángeles caídos que, por permisión Divina, actúan en las decisiones acertadas o no de los hombres, oyendo o desoyendo su voz. No sería, por tanto, atribuible a los hombres su intervención en estos asuntos cuando se cita al Ángel.
Nota: «Se ha visto que nunca los ángeles son figuras de hombres» (Monseñor Straubinger).
Los Ángeles actúan en una dimensión escatológica muy diferente a la del hombre. Para empezar, el tiempo y el espacio no tienen para los Ángeles una estructura definida como la nuestra, y por lo tanto se los ve a cada uno con su misión específica, actuando y saltando, podríamos decir, de un lugar (para nosotros) a otro, mostrándonos las cosas que sucederían al fin de los tiempos; es por ello que la lectura del libro profético nos hace continuamente retroceder, ir y venir realmente de un lugar a otro, para concatenar su estructura y darles un espacio que el Ángel no le da, justamente porque es Ángel y no hombre.
Estos seres, que parecen haber servido en una época para infundirnos en el alma, cuando éramos niños, una más de las fantasías de cuentos de hadas para enternecernos, cobijarnos y hacer volar la imaginación; quedaron sepultados tras los años como algo propio de las almas cándidas, inocentes y pueriles, dejando atrás su existencia real y asumiéndolos como espectros que circundan el cosmos, que solo cobran realidad en las superproducciones de los films cinematográficos de terror de alguna compañía de Hollywood.
No hemos dimensionado la importancia del rol específico de los Ángeles, ni su intermediación entre el hombre y Dios. Y haciendo de cuenta que no existen, prácticamente ignorando su existencia, hemos allanado el camino de esos ángeles caídos permitiendo su arrolladora injerencia en los asuntos humanos, sin contrarrestar su eficacia, como intercesores entre el hombre y Dios, por medio de los Ángeles de la Guarda, de los Ángeles buenos que, sin lugar a dudas, son más reales que la misma existencia del hombre o que los labios que recitaban «esos cuentos».
Santo Tomás nos ilustra al respecto, para que, de una vez y para siempre, le demos a estos temas la dimensión e importancia que merecen. He aquí al doctor Angélico:
Es importante destacar este punto para entender correctamente el modo cómo Santo Tomás se expresa aquí en la Suma, donde comienza afirmando, en términos verbalmente apodícticos: «es necesario admitir que existen criaturas incorpóreas» (q.50 a. 1).
La expresión «es necesario», se repite un poco más adelante. Pero, evidentemente, Santo Tomás no piensa que la existencia de Ángeles sea objeto de una demostración necesaria. Él habla ya desde la certeza que da la fe; como dice al final del artículo, la sola inteligencia humana a lo sumo que puede llegar es a considerar razonable la existencia de seres incorpóreos, porque contribuye a dar una mayor perfección al universo.
El paso de la «conjetura» a la certeza sólo se puede dar mediante la fe.
La revelación habla frecuentemente de la existencia de Ángeles y los presenta como seres superiores al hombre, al cual unos prestan servicio en orden a la salvación, mientras que otros lo tientan con el fin de apartarlo de Dios.
Hoy se presta muy poca atención a este dato de fe. Las causas de esta situación son múltiples. Quizá una de las más influyentes sea el exagerado antropologismo que «invade» todos los campos del saber. A fuerza de insistir tanto en el hombre, se introducen en la realidad cortes, o se cierran los ojos a todo lo que no sea el hombre mismo y sus intereses. Y se lanzan preguntas: ¿Qué saca el hombre de que existan ángeles? ¿Qué problema humano se puede resolver a base de la existencia de ángeles? Son preguntas que comienzan cuestionando y que muchas veces se resuelven negando o por lo menos dando cabida a una actitud de indiferencia, que se aproxima mucho a la negación.
Ciertamente, Santo Tomás no pensaba así. A él los Ángeles no sólo no le estorbaban, sino que, por el contrario, le regocijaban y le hacían compañía a través de todo su recorrido teológico. En efecto, para Santo Tomás, los Ángeles, además de ser un tema concreto al que dedica expresamente numerosas cuestiones, son ante todo algo así como una parte integrante del misterio cristiano global, que sin ellos perdería un valioso punto de referencia para ser comprendido en profundidad.
Pensar sobre los Ángeles a base de lo útil para el hombre es incapacitarse de antemano para juzgar con acierto.
Desde el punto de vida cristiano, lo verdaderamente «útil» es acoger el plan de Dios tal como Dios mismo lo diseñó, porque lo que Dios hace está siempre lleno de sabiduría e infunde sabiduría en quien lo acepta dócilmente.
Para entender y encuadrar exactamente las cuestiones que Santo Tomás dedica a los Ángeles en la Suma hay que presuponer siempre sus comentarios a la Sagrada Escritura, que es la fuente de donde él extrae la «certeza» acerca de la existencia de estas criaturas y la que informa todas sus exposiciones por abstractas que puedan parecer.
Entre estos comentarios bíblicos merece especial atención el que Santo Tomás dedica al capítulo primero de la carta a los Hebreos, porque es allí donde aparece más clara la relación de los Ángeles con Cristo; pero, evidentemente, hay que tomar en consideración también el conjunto de sus lecturas sobre el Nuevo Testamento, en el cual los Ángeles son mencionados con frecuencia, tanto los buenos como los malos.
Santo Tomás conoce también a fondo la copiosa doctrina patrística sobre los Ángeles: sobre su existencia, naturaleza, funciones.
Entre las funciones angélicas sobresalen dos; la primera dice orden a Dios y consiste en «asistir» a su divina majestad, rindiéndole culto de adoración y alabanza; con lo cual Santo Tomás recoge y profundiza la idea expresada en la carta a los Hebreos, que define a los Ángeles como espíritus litúrgicos: «leitourgikà pnéumata» (1, 14).
De aquí que el salmodiar o glorificar a Dios con los cantos bíblicos haya sido considerado en la tradición cristiana como oficio angélico, mediante el cual los hombres se unen a los Ángeles en una misma alabanza a Dios.
La otra función es la de «ministrar», o sea, ser enviados por Dios para servicio de los hombres (cf. q. 112, a. 1-2) en orden a la consecución de «la herencia eterna» (Heb 1, 14); este «ministerio» o servicio de los Ángeles a los hombres ha recibido en la tradición cristiana el nombre de «custodia»: los ángeles custodian a los hombres. De esto trata Santo Tomás extensamente en la cuestión 113.
Otra fuente importante en que se inspira Santo Tomás es la definición dogmática del cuarto concilio de Letrán, según el cual todos los Ángeles, tanto los buenos como los malos, han sido creados por Dios y son de naturaleza espiritual o inmaterial. La definición se contiene en una larga profesión de fe, conocida en la historia como Primera decretal; sobre ella escribió Santo Tomás el opúsculo Expositio primae decretalis.
Lo que hemos transcripto es fundamental para poder entender (por supuesto que haciendo de
cuenta que), los capítulos y versículos que le siguen a la Bestia del mar y a la Bestia de la tierra, y también, como dijimos más arriba, para ilustrarnos respecto a los Ángeles, dándole en nuestra vida la importancia y lugar que merecen, no solo porque debemos valorar su misión, sino también por la salvación específica de nuestras almas. Tenerlos presentes, tanto a los buenos como a los malos, es recobrar la dimensión de la hora espantosa y trágica que vivimos.
En éste próximo capítulo, no tenemos la intervención de ningún Ángel, cosa que en el siguiente sí, es por él, y por todos en los que se hace presente, que hemos resaltado su importancia con la aclaración que precede.
Capítulo XIV, El Cordero y las Vírgenes.
Ahora sí, analizando primero el título del capítulo. Hagamos de cuenta que «el Cordero» es Nuestro Señor SACRIFICADO, y esto mismo se perpetúa en cada Misa; y para que en cada Misa se perpetúe el Sacrificio, éstas, las Misas, deben ser «vírgenes», o sea no adulteradas, no contaminadas por aquellas «bestias» que vimos en los trabajos anteriores: El Modernismo.
Hagamos de cuenta que el modernismo, no sólo adultera la Misa, sino que la hace fornicaria, mezclándola con los poderes de este mundo (la Iglesia pasa a ser adúltera traicionando al Esposo). ¿Hacemos de cuenta que?
Traducimos el título del capítulo para entenderlo mejor:
El SACRIFICIO (El Cordero), en las Verdaderas Misas (Vírgenes). Misas=Mujeres. (Vírgenes o rameras adulteradas por el modernismo)
CITA: «El Cordero y Las Vírgenes». (Apoc. XIV)
Nota: Hagamos de cuenta, como dijimos en el primer trabajo, que el Sexto sello es el día de la Ira de Dios, y que, por lo tanto, se lo atribuimos al C.V.II (que al penetrar el modernismo, se convierte en la Bestia de la tierra).
Paralelamente, antes del Séptimo sello, «Los Escogidos son marcados» (Apoc. VII, 1, 8) y «Los Redimidos adoran a Dios y al Cordero» (Apoc. VII, 9, 17).
Hagamos de cuenta que los escogidos, aunque se dijesen Católicos o Cristianos, ya estaban bastante judaizados por la penetración modernista (Revolución Religiosa, 1500-1520), (Revolución Económica, 1750-1850); (Revolución Política, 1789); (Revolución Social, 1917), y que por lo mismo el apóstol cita las 12 tribus de Israel. Ya el espíritu católico había claudicado ante el avance y penetración en la Iglesia de ese otro espíritu (ya que, de no ser así, nunca se hubiera podido dar un Conciliábulo, con el nombre de Concilio Magisterial de tamaña magnitud, cambiando hasta en lo profundo de sus raíces a la Iglesia de Jesucristo).
Hagamos de cuenta que el hombre moderno estaba (y estamos) bastante judaizados. Pero ¡¡Solamente hagamos de cuenta!!
Por esto mismo, los redimidos adoran a Dios y al Cordero (en las verdaderas Misas vírgenes, asistiendo al «Verdadero Sacrificio»: «El Cordero Inmolado». Y se inmoló por nuestros pecados y de esto no vamos a «hacer de cuenta».
Esta nota que acabamos de señalar, es importante para poder continuar con «El Cordero Y las Vírgenes».
Ya dijimos que los Ángeles nos hacen ir y venir a través del texto profético.
Sigamos:
No haremos de cuenta que en cada misa VIRGEN hay verdadero Sacrificio, porque: ¡»HAY VERDADERO SACRIFICIO»!. Y que en esas Misas los fieles, que entienden en «sus cabezas» que es la única VERDAD (aunque haya quedado relegada al rito extraordinario impuesto por él y los anticristos modernistas, y nos quieran hacer creer que no es grave), participan del Sacrificio recibiendo las Gracias en nombre de Él y de Su Padre.
CITA:» Y miré, y he aquí que el Cordero estaba de pié sobre el monte Sión, y con ÉL ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban escrito en sus frentes el nombre de ÉL y el nombre de su Padre. (Apoc, XIV, 1).
Y Hagamos de cuenta que éstos fieles rescataron los cantos y rezos pre-conciliares, y que para los tiempos modernos, son como cantos y rezos nuevos, muchas veces en un idioma que ya nadie puede aprender.
Hagamos de cuenta que ese idioma con el que cantan y rezan los ciento cuarenta y cuatro mil; los rescatados de la Iglesia; es el Latín, ya obsoleto y perimido para la iglesia modernista del anticristo. Y que se canta y reza delante del Cordero (Sacrificio), y en presencia de los cuatro evangelistas y los apóstoles. (Epístolas, Evangelios).
CITA: «Y oí una voz del cielo, semejante a la voz de muchas aguas, y como el estruendo de un gran trueno; y la voz que oí se parecía a las de citaristas que tañen sus cítaras. Y cantaban un cántico nuevo delante del trono, y delante de los cuatro vivientes y de los ancianos; y nadie podía aprender aquél cántico sino los ciento cuarenta y cuatro mil, los rescatados de la tierra.» (Apoc, XIV; 2, 3).
Hagamos de cuenta que estos fieles, una vez escogidos y marcados, nunca más aceptaron las misas adulteradas por el modernismo y no se contaminaron con ellas y aprovecharon de las verdaderas: las vírgenes, las que nunca fueron manchadas. Estos, los que no aceptan el modernismo, o sea la adulteración, son los que siguen al Cordero (el Sacrificio) dondequiera vaya. (En relación a esta verdad, es que son «inmaculados». No quiere decir que no tengan pecados, o que no tengan necesidad de mantenerse en pié).
Nota: Esto quiere significar que, ya una vez ido de la Iglesia «Oficial», acompañado por sus escogidos, también puede volverse a ir donde quiera. O mejor dicho, se volverá a ir. Y ya veremos por qué decimos esto (por supuesto que siempre «Haciendo de cuenta que»).
CITA: «Estos son los que no se contaminaron con mujeres, porque son vírgenes (las otras mujeres). Estos son los que siguen al Cordero donde quiera vaya, éstos fueron rescatados de entre los hombres, como primicias, para Dios y para el Cordero. Y en su boca no se halló mentira, son inmaculados (Apoc. XIV, 4, 5).
Fin del Capitulo: El Cordero y las Vírgenes.
Como no queremos extendernos demasiado a fin de no cansar al lector, vamos a dejar para otra exposición los versículos (6 al 13; 14, 20), ya que involucrarían a varias personalidades de gran renombre y protagonismo en el desenlace de los acontecimientos del fin de los tiempos (Siempre
haciendo, (y de más está decirlo) de cuenta que).
Ellos serían en el capítulo XIV: «Tres Heraldos de los juicios de Dios» y «Comienzo del juicio» respectivamente; en donde los ángeles constituyen el eje medular como última advertencia de una posible definición, rectificación y ratificación postrera, «como última advertencia antes del juicio de las naciones» (Monseñor Straubinger).
Gracias por su atención
En Cristo Y María
Desde la Inhóspita Trinchera.
