MONS. OLGIATI: LA PIEDAD CRISTIANA: VII – LA UNIÓN CON LA VIRGEN SANTÍSIMA

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

OLGIATI-PIEDAD

PRIMERA PARTE

EL ESPÍRITU DE ORACIÓN

IDEAS Y PRINCIPIOS FUNDAMENTALES

Continuación…

VII

LA UNIÓN CON LA VIRGEN SANTÍSIMA

«La Rosa en que el Verbo divino, carne se hizo» está siempre presente al corazón cristiano.

En el cielo, dice Dante en su Paraíso, Ángeles y Santos aclaman el nombre de María: Regina coeli, cantando tan dulcemente, que jamás «se borró su dulzura».

En la tierra, si se pregunta de qué modo práctico se puede estar unido con ánimo filial y con intensidad de afecto a la Virgen bella y Madre nuestra, parecería poderse responder prontamente: siguiendo la línea de conducta trazada por la Iglesia, la que, ya por la oración privada, ya por la litúrgica, descendió hasta las particularidades, como deseando dar a las almas que aman a María un hilo conductor seguro.

1. — Todos los días, «cuando surge y cuando cae el día, y cuando el sol a mediodía llega», la Iglesia quiere que las campanas del Ángelus inviten a todos a pensar en la Virgen y a dirigirle la evocadora palabra de la Encarnación del Verbo y de su divina maternidad.

Una de las oraciones más difundidas es el Ave Maria, en la que Gabriel, Isabel y la Iglesia —o sea el mundo angélico, el mundo antiguo y la edad moderna— reúnen sus voces para aplaudir a la «llena de gracias», que debe interceder por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte.

Al Rosario que va difundiéndose doquiera, le dedicaremos un párrafo especial.

Las Letanías de la Virgen son otro coro de voces implorantes, confiadas en la Madre, en la Virgen, en la Reina.

Rézase también la Salve Regina, a Aquélla que es la vida, dulzura y esperanza nuestra. Desde los monjes de Monte Casino hasta el último de los fieles, todos saludan a María en este destierro, suspirando entre los gemidos y el dolor de este valle de lágrimas.

Todos los días en la Misa, aun cuando no se celebre en honor de la Virgen María, es recordada al celebrante y a los fieles a cada momento, desde el rezo del Confíteor a las tres Avemarias, y en las oraciones finales.

2. — Todas las semanas, la piedad cristiana ha querido que el sábado fuese el día de María. Y mil devociones, como la de los quince sábados, distinguen la jornada.

3. — En todos los meses la liturgia ha sembrado las fiestas de la Virgen, de su Nacimiento a su Nombre, desde la Inmaculada hasta la Presentación al templo, desde la Anunciación a la Visitación a Isabel, de la Purificación a la Dolorosa, de la fiesta de su Corazón materno a la Asunción.

4. — Cada año tiene meses enteros dedicados a María. Uno es el mes más hermoso, el mes de las flores y de la primavera sonriente, el diciembre mariano de América y el mayo de Europa. Otro es septiembre con el recuerdo de la Virgen Dolorosa a los pies de la Cruz. Otro es octubre, el mes del Rosario.

Y como si esto no bastase, la Iglesia aprueba y bendice medallas (¿cómo no recordar la «Medalla milagrosa»?), imágenes en cada libro, cuadros en todas las casas, para que la Madre esté siempre cerca y presente al corazón de los hijos; erige sobre las cimas más altas y entre las ciudades más pobladas, capillas, santuarios, basílicas; entra en todos los jardines —en el jardín de la poesía, de la música, de la arquitectura, de la escultura, de la pintura, de las artes menores— y doquiera recoge las rosas más frescas y las cosas más hermosas, para entregárselas en homenaje a María y en un tierno y augusto llamado a nosotros, para que nos recordemos siempre, a cada instante, con todos los medios, de Ella.

No contenta aún la Iglesia —ni con la predicación mariana— busca inducir a los creyentes a iluminar toda la vida con la sonrisa materna de María. ¿Qué son las florecillas en honor de la Virgen, qué son los propósitos concretos de imitar una u otra de las virtudes, qué es la preocupación por tener el propio pensamiento en la atmósfera radiosa de la pureza y la propia vida llevada a las alturas y lejos del fango, qué es la invocación a María en las tentaciones, qué es la súplica que se le dirige en cada necesidad del día y en cada amargura de la existencia, qué es el recurso a su intercesión en las oscuras horas de la caída y de la desesperación, sino una transformación de la vida cristiana en una vida de intimidad con la Madre de Dios?

En fin, para entrar en las intenciones de la Iglesia —sobre todo en determinadas épocas y en determinados meses— la oración debe respirar las fragancias de María.

Parecería que nosotros debiéramos aquí poner punto final, porque el argumento está acabado. Y se tendría razón, si nuestra intención fuese sólo de hacer un elenco de prácticas y consejos para estar unidos a la Virgen; pero lo que nos interesa es el espíritu vivificador de todas estas oraciones, obras e iniciativas marianas. Y es sobre esto que debemos detenernos atentamente; porque allí donde el espíritu vive y bulle, todo lo demás se organiza; donde por el contrario, el espíritu se debilita y desaparece, todo degenera en un superficialismo que es antitético a la vida interior de María.

***

¿Cuál es, de hecho, el peligro mayor que debe evitarse en la devoción mariana? ¿Cuál es la táctica infernal más dolosa contra Aquélla que aplasta la cabeza de la serpiente?

No consiste tanto este asalto en impedir actos externos del culto, construcciones y reparaciones de iglesias, homenajes de versos a Aquélla, delante la cual «los pobres mortales descubren su cabeza, curva su frente Dante y Haroldo»; cuanto en volverla superficial, en exteriorizarla, en privarla del latido de la vida interior hacia la Virgen.

Nótese bien. Yo no aludo a la piedad humorística y criminal de aquel bandido de la leyenda, que decía tres Avemarias para obtener la… gracia de ultimar con mano segura a un enemigo suyo; o de aquel banquero, que enviaba a su secretario a un vecino santuario para encender varias velas en el altar de la Virgen, para que una operación financiera, poco limpia, tuviera éxito. No, no; sostengo que en el escollo puede dar también la navecilla de aquéllos que cultivan la piedad mariana con seriedad de métodos.

En efecto, ¿cómo procede el hijo de María que con empeño y con paciencia —dispuesto y preparado a consagrarle el tiempo, meditación, estudio y oración— quiere acrecentar y desarrollar en sí mismo una devoción verdadera a la Virgen?

Él se preocupa de tres cosas: del dogma, de la historia y de la vida de la Virgen.

1. — Una raíz DOGMÁTICA es esencial e indispensable. Es muy peligrosa, también en este caso, una piedad que se queda en suspiros y exclamaciones sentimentales. Por lo que, en el período en que se está intensificando la propia devoción a la Virgen, se podrá recurrir a los siguientes volúmenes:

a) Augusto Nicolás, La Virgen María y los designios divinos; La Virgen María según el Evangelio; La Virgen María en la Iglesia.

b) Emilio Campana, María en el dogma católico — obra preciosa que construye todo en el terreno sólido de las verdades reveladas y de las doctrinas teológicamente seguras.

c) J. B. Terrien, La Mère de Dieu et la Mère des hommes d’après les Peres et la théologie, 4 vol.

d) G. P. Mislei, S. J., La Madre de Dios descrita por los Padres y Doctores de la Iglesia.

e) Tanquerey, Les dogmes générateurs de la pieté.

f) P. Mezza, O. S.B., Mater gratiæ.

g)
María reina de la creación.

h) Óptimas son siempre las páginas de Bossuet, o sea sus casi cuarenta discursos consagrados a María (hoy recogidos en un volumen aparte: La sainte Vierge), y para los sacerdotes, las páginas de Monseñor Pascual Murganti, María Santísima a sus sacerdotes.

i) No es superfluo añadir el Tratado de la verdadera devoción a María Virgen (o a la Santísima Virgen) de San Luis María Grignion de Montfort.

Quien asimila estos trabajos tiene delante de sí clara la figura de María a la luz del dogma.

Ve a María en función de Cristo, el centro y la fuente de la vida sobrenatural; ve cómo sin el dogma de la Gracia, de la Encarnación, de la Pasión —para citar tres ejemplos—, es un absurdo comprender a la Inmaculada, a la Virgen Madre y a la Corredentora; aprende, en breve, la doctrina revelada respecto de la Virgen.

¡Ay, si nos quedamos con la enunciación extrínseca de tales verdades dogmáticas! Así seríamos apreciados cultores de estudios teológicos, pero no habríamos penetrado en el íntimo significado de la Revelación.

La máxima preocupación, en este primer estadio de nuestra iniciativa, debe ser la de meternos au dedans, dentro del alma de María, la de zambullirnos en las aguas límpidas de su vida vivida; o sea, debemos examinar nuevamente las verdades dogmáticas —después de haber aprendido su sentido— desde el punto de vista de la vida interior de la Virgen. De otro modo quedaremos en la superficie.

2. — Después del dogma, la HISTORIA. La obra digna de aplauso, de E. Campana, María en el culto católico (2 vol., 1933), puede servir de introducción para un estudio fascinador.

Y luego cada uno se dirigirá según las exigencias de la propia cultura. Si ama la literatura, tomará, por ejemplo, el libro de Giovanni Papini, Antología de la poesía religiosa en Italia, 1923, y encontrará allí el homenaje de la poesía italiana a la Virgen; leerá a Dante, Jacopone de Todi, Manzoni y otros. Si es un artista, en la historia de la música, de la pintura, de la escultura, etc., tendrá indicaciones en su búsqueda del homenaje del arte a la Virgen. Si es un historiador, no le dejarán insensible Narsete, que se enfrenta con Totila y los bárbaros en la vía Flaminia, gritando: «¡Adelante, romanos, la Virgen está con nosotros!»; Marco Antonio Colonna en Lepanto; Sobieski, cuando desde Viena, después de un triunfo que fue la salvación de Europa, envía al Papa el anuncio: «Vine, vi, la Virgen venció»; Victorio Amadeo, que cumplió el voto a María después de una victoria sobre los franceses, edificando la basílica de Superga, y mil y mil páginas, entre las más fúlgidas, de la civilización cristiana no lo dejarán insensible. Y aun si no tuviese mayor cultura, no se arredrará; algo, creo, le dirán los poemas de mármol, como las agujas del Duomo de Milán y Santa María de la Flor de Florencia, la Virgen de San Lucas de Boloña y las telas de Rafael y de Murillo, las notas de Rossini y el Ave María de Gounod.

También aquí, hay un peligro. El «esteta» puede admirar; Byron en el pinar de Ravena puede conmoverse al oír las campanas del Angelus; el superficial puede acumular noticias. Pero, si no nos ponemos desde el punto de vista de la interioridad; si no estamos dominados por la idea madre de que María está unida a Cristo, más que cualquier otra creatura y que Cristo ejercita su influjo en la historia por María, nosotros nos detendremos a admirar la belleza de una y otra flor, de uno y otro fruto, pero no recogeremos aquel continuo y perenne estremecimiento de la linfa vital que de Cristo va a María y de María va a cada momento de la humanidad cristiana. Quedaremos en la multiplicidad disgregada, sin llegar a la unidad vivificadora.

3. — Por último, María se nos presenta en relación a la VIDA. Como hemos visto, la Iglesia misma nos conduce por la mano en este campo, nos indica cómo debemos orar, compartir y vivir bajo la influencia consciente —conquistada por un esfuerzo activo de atención renovada— de María, protectora y Madre nuestra.

Y aquí el recuerdo de los grandes, que desde San Bernardo a Daniel O’Connel han vivido de amor por la Virgen; el recuerdo de los Papas como Pío IX en Gaeta o como León XIII en las batallas y en las glorias de su pontificado; el gesto de Pío XI que fechó el Tratado para la solución de la Cuestión Romana, y el Concordato con Italia, con el día conmemorativo de la primera aparición de la Inmaculada en Lourdes, podrán ayudar nuestra piedad. Sobre todo nos será útil la obrita del Padre Giraud, De la vie d’union avec Marie, Mère de Dieu (9a edic., París, 1939).

Hoy, pues, los textos de teología, obras egregias como aquélla del Padre Bainvel, Marie mère de grace, tratados breves, revistas religiosas, confirman las pruebas —o mejor la serie de pruebas— que la dogmática especulativa y positiva presentan como para mostrar que ni una sola gracia es concedida a los hombres que no nos venga inmediatamente por María, que si bien es Mediadora secundaria (siendo unus el Mediador principal entre Dios y los hombres, Christus Jesus), es siempre mediatrix ad mediatorem.

Es —como se expresaba San Bernardo— el canal, el acueducto de toda gracia proveniente de Jesús, de modo que Dios «totum nos habere voluit per Mariam».

Cada vez que Dios nos concede una gracia, interviene María, o por sus méritos pasados o por las plegarias actuales. Como escribe Tanquerey,

«esta mediación es universal, como aquélla de Nuestro Señor (aunque secundaria con respecto al Mediador principal), y se extiende a todas las gracias concedidas a los hombres después de la caída de Adán: gracias de conversión, de progreso espiritual, de perseverancia final.

La verdad de que la Virgen es Corredentora y que en el orden de nuestra salud tiene el lugar de Eva en el orden da la ruina; las páginas del Evangelio, que van del fiat a las bodas de Caná y al Cenáculo de Jerusalén, donde los Apóstoles perseveran en la oración con «María, Madre de Jesús»; los textos de San Justino, de San Ireneo, de Tertuliano y de San Efrén; la espléndida predicación de San Bernardo; los vuelos oratorios de aquella águila que tenía robustas las alas del conocimiento del dogma, nombro a Bossuet, son cosas bien conocidas».

Baste recordar que LEÓN XIII en la Encíclica Octobri mense en 1891 enseñaba:

«Con toda verdad y propiedad es lícito afirmar que, del inmenso tesoro de todas las gracias que nos concede Jesucristo, nada se nos comunica, habiéndolo así establecido Dios, sino por medio de María».

Y Pío X en la Encíclica de 1904, en ocasión del cincuentenario de la definición de la Inmaculada, añadía que María es «la dispensadora de todos los dones que Jesús nos mereció con la muerte y con la sangre».

Benedicto XV iba más lejos. Nosotros, en efecto, sabemos que en 1913 el piadosísimo Cardenal Mercier, con el clero de la diócesis de Malinas, con los Provinciales de todas las Congregaciones religiosas residentes en Bélgica, con la Facultad de teología de la Universidad de Lovaina y con todo el Episcopado belga, dirigió a la Santa Sede una súplica para obtener el reconocimiento dogmático de la Mediación Universal de María; y, terminada la guerra, Bélgica pidió a la Sagrada Congregación de Ritos la aprobación de una Misa y un oficio propio de María Mediadora. Benedicto XV se dignó revisar el Oficio y la Misa y agregar algunas modificaciones; el texto fue devuelto el 12 de enero de 1921 al Cardenal Mercier: la fiesta fue fijada para el 31 de mayo de cada año y era concedida a Bélgica; luego el Papa declaraba que dicha fiesta sería concedida a todos los obispos que hicieran el pedido a la Congregación de Ritos (como lo hicieron los obispos de España).

«La referida Misa y aquel Oficio son muy elocuentes y expresivos. Desde el Invitatorio de Maitines, donde se lee: «Christum Redemptorem qui bona omnia nos habere voluit per Mariam, venite, adoremus», se va hasta las estrofas del himno:

Cuneta quæ nobis meruit Redemptor,

Dona partitur Genitrix María;

Cuius ad votum sua tundit ultro Munera natus.

Como bien observa Tanquerey, la institución de la fiesta no es una definición dogmática; prepara el camino, como la fiesta de la Inmaculada Concepción fue un preludio de la definición del dogma» (Padre Gemelli, Maria mediatrix omnium gratiarum, en la Revista del Clero Italiano, mayo de 1932).

No hay más que aplaudir y exultar. Pero siempre hay que temer algo, también aquí. Que un necesitado, un enfermo, un miserable, sobre todo en ciertas horas angustiosas de la vida, cuando los auxilios humanos faltan y cuando la impotencia de aquellos que nos aman es manifiesta, se sienta empujado a invocar a la Virgen, es óptima cosa, pero no es todavía el espíritu de piedad mariana, que estamos examinando. Es todavía exterioridad, no despreciable, sino utilísima porque puede servir como punto de partida. Pero no es esa vida interior, que debe explicarnos y unificarnos el alma de María y que debe insinuarnos el gran principio de nuestra vida sobrenatural, expresado en el axioma: Ad Jesum per Mariam, o en el otro: Jesus vivens in Maria; axiomas que se repiten a menudo, pero raramente profundizados.

***

Acerquémonos reverentes al océano divinamente grandioso, que es el alma de María. Busquemos de surcar las aguas y de escrutar las profundidades, donde canta la plenitud de la gracia de Cristo.

La tentativa fue llevada a cabo por el espíritu intensamente católico de un gran poeta, cuando contemplándola, casi en éxtasis, rezó así: «Virgen y Madre, la hija de tu Hijo, alta y humilde como no hay creatura».

Alta y humilde: son dos polos que es necesario unirlos.

1. — La vida interior de María está caracterizada, de un lado, por un sentido profundísimo de su nada. Una HUMILDAD voluntariamente desarrollada hasta sus límites extremos; la «nada» de la creatura, de la «esclava» delante de su Señor; el ocultamiento voluntario, gustado; el tamquam nihil ante Te, vuelto el alma de cada instante, de cada acto, de cada movimiento; la humillación deseada, suspirada, procurada; he aquí, en primer lugar, una nota esencial para entrar en la vida íntima de la Virgen.

Es la nota sintética, que explica, por ejemplo, su virginidad. Las demás mujeres hebreas aspiraban a la grandeza de la maternidad mesiánica; Ella no; se siente una nada; no piensa ni siquiera lejanamente que podría ser elegida para la dignidad de Madre de Dios; piensa que su vocación es sólo aquélla de amar a Dios con todo su corazón —de manera que en él no haya ni una fibra que vibre de amor para una creatura humana (y en esto está la esencia de la virginidad)—, y de amarlo en la oscuridad y en el aniquilamiento más absoluto.

Explica su caridad. Cuando en Caná de Galilea ve a los esposos embarazados por la falta del vino, no osa pedir directamente el milagro; su humildad se lo impide. Dice solamente: Vinum non habent.

Explica su vida. En la cual buscaremos en vano prodigios, curaciones, acciones milagrosas. El ocultamiento siempre y solo: he aquí la llave, la explicación, el secreto. Por lo tanto, no encontramos a María en el Tabor, en la entrada triunfal a Jerusalén, sino sólo en la hora de la humillación, en el Calvario, o en la hora del temor de los Apóstoles, en el Cenáculo. Explica por qué la Virgen quiso que su Hijo, frente a los demás, no le demostrase signos de glorificación, sino que al contrario, le dirigiese palabras, a primera vista, duras: Quid mihi et tibi mulier? Nondum venit hora mea… Quinimmo beati qui audiunt verbum Dei et custodiunt illud.

Explica por qué la Regina apostolorum, la madre del apostolado, desaparece de la escena en los Hechos de los Apóstoles con la venida del Espíritu Santo. El silencio era su aspiración. Si tenía conciencia de su grandeza; si, desde las montañas del Ebrón, en su Magnificat anunciaba que todas las gentes la habían llamado bienaventurada, esto dependía del hecho de que Dios había mirado su nada: quia respexit humilitatem ancillæ suæ.

2. — Humilde, pero al mismo tiempo ALTA como no hay creatura, porque decir María es nombrar a Aquella que estuvo íntimamente unida a Dios, que fue divinizada, que fue llena de gracias más que cualquier otra alma.

El decreto providencial que la quería Madre de Dios y Corredentora del género humano tenía necesariamente anexado una intrínseca exigencia de un grado de gracia correspondiente a la grandeza de la misión.

Al sentimiento de la propia nada respondía el de la bondad de Dios, que le hacía exclamar: Fecit mihi magna qui potens est: hizo en mí cosas grandes Aquél que es Poderoso.

Ella sentía la acción de Dios y de la gracia en su alma. Sentía su unión con Dios, al que amaba conociendo dos abismos: el abismo de la propia nada y aquél de la divina bondad.

Sentía su unión con Cristo, que le había dado, en previsión de sus méritos infinitos de su vida y Pasión, el don de la concepción inmaculada, la había llenado de gracia, la había elegido para ser su Madre y Madre Virgen, la había llenado del Espíritu Santo, formado en los largos años de vida escondida, y la debería hacer partícipe de sus dolores y de la obra de redención, y la proclamaría Madre de todo su Cuerpo místico desde las alturas del Calvario. Y también aquí, el contraste entre el sentimiento de su propia nulidad y la infinidad del don se traducía en amor y en la alegría purísima que procede de Dios su Salvador: exultavit spiritus meus in Deo salutari meo.

Toda la grandeza de María es, por lo tanto, Cristo. Honrar a María es honrar al Hijo de Dios, que la ha creado toda pura y sin mancha, la ha plasmado, la ha agraciado sucesivamente en las graduales ascensiones del amor y de la divinización, la ha hecho el pámpano más hermoso y más fecundo de la vid, y la obra maestra más sublime de sus manos.

¡Alta y Humilde como no hay creatura!

El que no comprende esta vida interior sobrenatural de la Virgen se encuentra en la oscuridad.

Los reformadores, por ejemplo, protestarán contra el culto de María, considerándolo como una disminución del culto a Jesús, como si fuera menospreciar al artista el alabar yo un cuadro suyo, como si nosotros honrásemos a María separada de Jesús y no en cambio —en cada acto de veneración hacia Ella— a Jesús que vive en Ella y en Ella florece y fructifica: Jesus vivens in Maria !

Recuerde, entonces, el historiador, esta unión de María con Cristo; entonces brillarán a sus ojos los hechos.

Cuando se golpea en la historia a Cristo, se golpea a María y viceversa.

En los siglos de las primeras herejías se mancha la figura de Cristo y se tentará negar la Divina Maternidad de María; y el Concilio de Éfeso, mediante la proclamación de la unidad de Persona en Cristo, suscitará en el alma de la multitud un incendio de entusiasmo, porque María es Madre de Dios.

En el siglo XVI Lutero, Calvino, Enrique VIII, con el Hijo, buscan matar a la Madre; cuando se apaga la llama de veneración por María, se cae en el abismo del racionalismo que quitará a Cristo la aureola de la divinidad.

El siglo XVIII con el iluminismo negará lo sobrenatural, negará el pecado original, sosteniendo con Rousseau que el hombre nace bueno: lo que importará la negación de Cristo y de la gracia; será también la negación de Aquella que, única entre las creaturas, nace buena, inmaculada; y será llevada en triunfo la diosa Razón de la Revolución Francesa. Y cuando a la pobre y nefanda diosa, en la Francia misma, una voz de Lourdes, con una florescencia estrepitosa de milagros, responderá: Yo soy la Inmaculada Concepción, con el culto de la Madre resplandecerá la adoración al Hijo de David, implorado y sonriente bajo el velo cándido de una hostia.

Como María —tal es la enseñanza del dogma y de la historia— implica a Jesús que vive en Ella, Jesus vivens in Maria, quien rompe la hermosa rama florida y la separa del árbol de Cristo, lo desnaturaliza; quien, al contrario, se pone desde el punto de vista de la interioridad, todo lo ve en la unidad admirable, que explica el pasado, y preanuncia con infalible seguridad el futuro.

En el porvenir, a medida que irá triunfando Cristo, se engrandecerá siempre más Aquélla que le está estrechamente, indisolublemente unida, en su humildad más profunda y en la divinización más alta.

***

Se ha alcanzado a expresar el pensamiento, que es el más caro a los devotos de María, o sea que es la vida interior de la Virgen lo que resplandece en Ella y, por consiguiente, el espíritu de piedad hacia Ella; la conclusión ya no exige muchas palabras.

Quien en el mes de mayo o en otro tiempo, quiere aumentar en sí la devoción a la Virgen, debe considerar todas las prácticas y las iniciativas enunciadas desde los comienzos de este capítulo, como medios para intensificar su vida interior.

Si oraciones, rosarios, imágenes, templos, fiestas constituyen un fin en sí mismos, seremos superficiales en nuestra piedad mariana. Ésta debe conducirnos a Jesús por medio de María: per Mariam ad Jesum.

No es cuestión de inventar cosas nuevas para aumentar en nosotros la devoción a la Virgen y para pasar jornadas y semanas en unión con Ella. Cuanto la Iglesia y el corazón cristiano han sugerido o impuesto, es suficiente.

Pero, de nuestra parte no confundamos las prácticas con el espíritu que debe animarlas. Indispensables son las prácticas del Angelus al Rosario, de las mortificaciones del sábado a las florecillas del mes de mayo, etc.; pero han de emplearse como palabras, a las que es necesario dar un íntimo significado; de otra manera correrían el peligro de quedar las palabras desconectadas y no darnos la inefable poesía del verdadero amor a la Madre Celestial.

¿Qué otra cosa nos enseña Domingo de Guzmán? Él nos presenta, sí, un «rosario». Pero con las luchas de su vida de apostolado, con su Orden, con los efectos conseguidos de su espiritualidad mariana, nos amonesta que cada «rosario» es símbolo de aquel rosario de almas que la Virgen tenía en sus brazos para entregárselas al Hijo Divino.

Per Mariam ad Jesum.