MONS. OLGIATI: LA PIEDAD CRISTIANA – VI – LA UNIÓN CONLA SANTÍSIMA TRINIDAD

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

OLGIATI-PIEDADPRIMERA PARTE

EL ESPÍRITU DE ORACIÓN

IDEAS Y PRINCIPIOS FUNDAMENTALES

Continuación…

VI

LA UNIÓN CON LA SANTÍSIMA TRINIDAD

«La vida cristiana —recuerda un teólogo, Tanquerey—, consiste ante todo en una unión íntima, afectuosa y santificante con las tres Personas divinas que nos conserva en el espíritu de religión, de amor y sacrificio».

Se comprende, pues, con cuánta razón el Padre Faber saludaba la devoción a la Santísima Trinidad, como la devoción de las devociones, fuente de toda ternura y de una sencilla libertad de espíritu, y la altura mayor que pueda escalar la piedad.

Un sacerdote ha insistido recientemente sobre esta constatación:

«Es un hecho que los primeros cristianos vivían en trato íntimo y familiar con la Trinidad, y su culto y contemplación se dirigía directamente a las Tres Personas distintas y sólo indirectamente a su única naturaleza; y las doxologías más cercanas a la edad apostólica nos lo prueban: «… ut te laudemus et glorificemus per Puerum tuum Jesum Christum, per quem tibi gloria et honor Patri et Filio cum Spiritu Sancto, in sancta Ecclesia, et nunc et in sæcula sæculorum». Sólo más tarde, cuando surgieron en el siglo IV y V las herejías arriana y macedónicas, la Iglesia fue obligada a orientar la neutralidad de los fieles hacia un monoteísmo más acentuado. Pero siempre, también entonces, el pueblo sentía el contacto con cada una de las divinas Personas: de suerte que San Juan Crisóstomo y San Agustín podían hablar largamente con las almas sobre el misterio trinitario, seguros de ser escuchados y de ser entendidos.

Se comprende cómo toda la Liturgia, desde aquellos siglos de cristianismo vivido hasta nosotros, sea un ímpetu de fe y de amor hacia Dios Uno y Trino. Si algunas veces se dirige a Dios sin concebirlo subsistente en Tres Personas, es porque muchas frases fueron sacadas textualmente del Antiguo Testamento, donde Dios era adorado en cuanto Uno.

Se comprenderá cómo los Pontífices se opusieron a la costumbre, surgida en Francia en el siglo X, de una fiesta particular a la Trinidad, porque todo el año y toda la vida de un verdadero cristiano debe ser una fiesta a la Santísima Trinidad; sólo en el año 1334 un papa francés, Juan XXII, accediendo a los gustos de sus connacionales, extendió la fiesta a toda la Iglesia.

Se comprenderá también cómo el misterio, creído y vivido, resalta en las obras de arte: así en la poesía de Dante —»La Divina Comedia»— el poema se desarrolla al ritmo del uno y del tres. Único el poema, pero tres los cánticos; constando cada cántico de treinta y tres cantos; y a cada canto una serie de versos de tres a tres, que concluyen en uno final: 33 x 3. Mas, a fin de que el concepto trinitario no prevalezca sobre el unitario, antepuso un canto que recogiese los 99 en la total perfección del 100.

En este ritmo uno triple, que marca su vuelo, el poeta pasa los espacios estrellados hasta que

…»tres cercos percibía, de tres colores, de una continencia. Uno de otro el reflejo parecía, como dos iris, y el tercero un foco del fuego que en los dos resplandecía».

Toda su alma se abre en una palabra de éxtasis:

«¡Oh, luz eterna, que sólo en ti te inflamas, que te comprendes, y por ti entendida al entenderte te sonríes y amas!».

Hoy, por el contrario, las almas están lejos de trabar las relaciones debidas con las Tres divinas Personas; pocos saben prácticamente que el objeto primario de cada adoración es la Trinidad. Si se glorifica a Cristo, es para glorificar en Él al Hijo de Dios y, por el Hijo y con el Hijo, el Padre y el Espíritu Santo.

Mientras toda la Revelación nos canta el principal misterio de nuestra fe; mientras el dogma nos enseña que somos hijos del Padre por adopción, incorporados a Cristo y que poseemos al Espíritu Santo que habita en nosotros; en lugar de pensar frecuentemente en el anuncio alegre de Cristo, no nos recordamos nunca de la Trinidad sacrosanta.

Nuestras acciones no son cumplidas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El Dios vivo y vivificante está en nosotros; pero nosotros no sabemos estar con Él. ¿Por qué admirarnos entonces si nuestra vida no es una irradiación de la vida divina? ¿Por qué admirarnos si se vuelven ininteligibles las palabras de San Pablo: «Cualquier cosa hagáis, de palabra o de obra, hacedlas todas en nombre del Señor Jesús, dando por medio de Él gracias a Dios Padre» recordando que «El Espíritu ora en nosotros con suspiros inenarrables» (I Cor., VI, 17)?

Si se quiere consagrar con fruto un tiempo determinado, aunque sea cada domingo, para vivir unidos a las Tres Augustas Personas, me parece bueno aconsejar:

1° — La meditación y la lectura de los volúmenes que serán citados en este capítulo, como aquéllos de Valentín M. Bretón, La Trinité: histoire, doctrine, pieté; de Lebreton, Origines du dogme de la Trinité; de Hugon, Le mystère de la très Sainte Trinité; y de Bernadot, De la Eucaristía a la Trinidad.

Es bueno aconsejar vivamente la obra de Monseñor Herculano Marini, Los Esplendores del Credo (Amalfi, 29ª edic., 1934), donde el misterio de la Trinidad constituye el pensamiento central, y el volumen del Padre Paul Galtier, S. J., L’habitation en nous des trois Personnes (París, 1928).

Óptima cosa es dedicar luego las meditaciones por algunas semanas, a cada una de las Tres divinas Personas; para esto podrían servir admirablemente los pequeños volúmenes del Padre Miguel Testi, barnabita, que estudian bajo el aspecto teológico y ascético nuestras relaciones con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo (vol. I: El Padre Celestial; vol. II: En Cristo Jesús, o los progresos del alma según San Pablo; vol. III: El Huésped divino de las almas, Florencia, 1931).

En cuanto al Espíritu Santo, fuera del antiguo y siempre eficiente trabajo del Cardenal Enrique Eduardo Manning: La misión temporal del Espíritu Santo (Turín, 1886), serán preciosas las obras del Padre Mezza, El Espíritu Santo, vida del alma (Isla de Liri, 1932); de L. Landrieux, El Divino Desconocido (Várese, 1933); del Padre Durante, El Grande Desconocido, o sea el Espíritu Santo (Turín, 1934); del Padre Savarese, El Espíritu Santo (Nápoles, 1934); del Padre Barthélemy Froget, De l’habitation du Saint-Esprit dans les âmes justes (París, 1929).

Lecturas espirituales muy provechosas pueden ser los escritos o la biografía de Sor Isabel de la Trinidad (Florencia, 2ª edic., 1926) y las Elevaciones de Don Eugenio Vandeur, intituladas: Oh Dios mío, Trinidad que adoro (Florencia, 1924).

2° — Es oportuno luego, para aprender de qué modo debemos estar unidos a la Santísima Trinidad, que nosotros frecuentemos la escuela de Jesús, la escuela de la Iglesia, y la escuela de los Santos, donde las únicas y grandes lecciones que se imparten, tienen una metodología sobrenatural.

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1. En la escuela de Jesús

Ante todo, basta abrir los Evangelios para ver cómo la vida de Jesús y su enseñanza, a cada instante, nos traen a la memoria el pensamiento de la Trinidad.

Basta acercarnos a los hechos, en la descripción de la vida del Redentor, que se refieren a la Santísima Trinidad, para quedar impresionados.

En la Anunciación de la Encarnación, la Virgen (San Lucas, I) pregunta al Ángel: «Quomodo fiet istud ?…» Y el Ángel le responde: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá y por esto el niño será santo y llamado el Hijo de Dios».

Al fiat de María, el prodigio se cumple: y la Virgen (San Mateo, I, 18-20) «inventa est in utero habens de Spiritu Sancto». José se turbó; pero «he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueño, y le dijo: José, hijo de David, no temas tomar contigo a tu esposa María; porque lo que en ella se ha engendrado es obra del Espíritu Santo» (San Mateo, I, 18 ss.).

María se dirigió a Isabel; y ésta apenas oyó el saludo de la Virgen «repleta est Spiritu Sancto» (San Lucas, I, 41); y cuando nació el Bautista, «Zacarías, su padre, fue lleno del Espíritu Santo y así profetizó: Bendito el Señor Dios de Israel, etc.» (San Lucas, I, 67). Llegará la hora de la presentación de Jesús al templo, y San Lucas a propósito de Simeón, nos dirá que el Espíritu Santo descansaba en él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo que no habría visto la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu Santo, había venido al templo (II, 26-27).

Treinta años más tarde, Juan en su predicación dice: «Yo os bautizo en el agua y penitencia; pero Aquél que vendrá después de mí, es más fuerte que yo… Él sí que os bautizará en el Espíritu Santo y fuego» (San Mateo, III, 11).

«Entonces vino Jesús de la Galilea al Jordán a presentarse a Juan para ser bautizado… Una vez bautizado salió del agua; y he aquí que se abren los cielos, y (Juan) ve al Espíritu de Dios sobre Él; y una voz del cielo decía: Éste es mi Hijo muy amado, en el que yo me complazco» (San Mateo, III, 13-17).

«Y Juan dio testimonio diciendo: He visto al Espíritu, como paloma, descender del cielo, y se posó sobre él. Y yo no lo conocía, pero el que me mandó a bautizar con el agua me dijo: Aquél sobre el cual verás descender y posarse el Espíritu, aquél es el que bautiza en el Espíritu Santo. Y yo he visto y atestiguo que éste es el Hijo de Dios» (San Juan, I, 32-34).

Y es el Espíritu Santo —dicen los Evangelistas— que conduce a Jesús al desierto (San Mateo, IV, 1; San Marcos I, 12; San Lucas, IV, 1); durante la vida pública, «Jesús exultó de alegría en el Espíritu Santo» (San Lucas, X, 21); y por virtud del Espíritu Santo echó a los demonios (San Mateo, XII, 28). Sobre el Tabor, Jesús en la Transfiguración, recibió el testimonio del Padre y del Espíritu Santo. El Padre saludó a su Hijo predilecto, mientras la nube luminosa, símbolo del Espíritu Santo, envolvía la humanidad glorificada (San Mateo, XVII, 1 y siguientes).

San Pedro (en la II Epístola, I, 16), recordará en defensa de la divinidad de Cristo este testimonio de Dios Padre, que se le apareció envuelto de deslumbrante gloria.

Jesús dirige siempre sus oraciones al Padre; del Padre todo lo recibe por una comunicación continua, perpetua y constante: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí» (San Juan, XIV, 10); hay entre Él y el Padre una semejanza de naturaleza: «Ego et Pater unum sumus» (San Juan, X, 30). Y a Felipe, que le dice: «Señor muéstranos al Padre y nos bastará»; responde: «Tanto tiempo hace estoy con vosotros, ¿y aún no me conoces, oh Felipe? Quien me ve a Mí, ve también al Padre. ¿Cómo dices entonces: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí?» (San Juan, XIV, 8 y ss.). Él añade que su Padre lo ama (San Juan, XV, 9); nos asegura que las cosas que dice las dice como su Padre se las enseña (San Juan, V, 10; 12, 50). Y no vive sino para hacer la voluntad del Padre: «Aquél que me ha enviado está conmigo: Él no me deja solo, porque yo hago siempre aquello que le agrada» (San Juan, VIII, 29). La tarde de la Cena, así reza: «Padre Santo, he cumplido la obra que me habéis confiado: Yo os he glorificado sobre la tierra» (San Juan, XVII, 4). El amor por el Padre lo movía: «Para que el mundo sepa que yo amo a mi Padre, ¡levantaos y vayamos!» (San Juan, XIV, 31). «Mi alimento es hacer la voluntad de Aquél que me ha enviado» (San Juan, IV, 34). En fin, Jesús podía afirmar a cada instante: «Yo vivo para el Padre» (San Juan, VI, 58).

Desde el capítulo 12 al 17 del Evangelio de San Juan, Jesús continúa hablando del Espíritu Santo: y el Espíritu Santo que Él enviará, que asistirá a los suyos en las pruebas, que les enseñará toda verdad, sugerirá lo que deben decir, etcétera, etc.

Y después de la Resurrección, antes de ascender al cielo, Jesús se aparece a los Apóstoles en Galilea, sobre el monte que les había designado y les dice: «A mí me fue dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id entonces y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (San Mateo, XXVIII, 18-19).

La Trinidad al amanecer (Encarnación) y al ocaso (antes de la Ascensión) domina toda la vida de Jesús.

Y el Maestro divino ha querido que también nosotros estuviéramos asociados a la vida de la Trinidad.

Su palabra en el Cenáculo es clarísima: «Padre Santo, yo ruego para que sean también ellos una cosa sola con nosotros… El amor, con el que me has amado, sea en ellos y yo en ellos… Yo en ellos y Tú en mí, para que seamos consumados en la unidad» (San Juan, XVII, passim).

Él había dicho al que lo ama: «Vendremos a él y haremos nuestra morada en él» (San Juan, XIV, 23). Y era por este motivo que inculcaba a sus discípulos: «El reino de Dios está dentro de vosotros» (San Lucas, XVII, 21).

Si se quiere imitar a Cristo Jesús, es necesario pensar y rezar frecuentísimamente a la Trinidad, siguiendo el consejo de Santa Catalina de Siena, la que entraba piadosamente en la «celda interior» de su alma y exclamaba conmovida: «Oh Dios eterno, Tú eres el océano tranquilo en el que viven y se nutren las almas; ellas encuentran su descanso en la unión del amor»; y que, al recitar el Gloria, en un transporte de amor, lo modificaba así, volviéndose a Jesús que ella veía: «Gloria al Padre, y a Ti y al Espíritu Santo…»

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2. En la escuela de la Iglesia

Parece que la Iglesia no tiene otra mayor preocupación que la de tener fresca en la mente y en el corazón de sus hijos el pensamiento de la Trinidad.

En la oración privada, convida a cumplir cada acción, invocando a la Santísima Trinidad. Desde los Concordatos que la Santa Sede estipula con los Estados, hasta las más pequeñas acciones de un cristiano, siempre se comienzan en el nombre de la Trinidad, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Ha querido que el Credo, si bien materialmente compuesto por doce artículos, en realidad se dividiera en tres partes: «Yo creo en Dios Padre omnipotente, etc., y en Jesucristo, su único Hijo, etc.; creo en el Espíritu Santo, etc.»

Nos recuerda la Trinidad en el Catecismo, como el primero de los principales misterios de nuestra santa fe. Nos impone doblar la rodilla de nuestra mente ante Ella en el acto de fe. Nos la hace alabar cada vez que cantamos gloria al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo.

Y la oración litúrgica, ¿no la dirige la Iglesia totalmente a la Trinidad? ¿Se puede comprender acaso algo de la Misa, si no nos ponemos del punto de vista del dogma trinitario? ¿A quién invocamos en el Sacrificio y en el Breviario, sino al Padre por medio de Nuestro Señor Jesucristo, Hijo suyo, que vive y reina con Él en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos?

Al que pidiera un método para tener encendida, sobre todo en algún día o en alguna época del año, la piedad hacia la Santísima Trinidad, no debe buscar pequeños expedientes humanos. Basta que piense en Dios uno y trino desde el primer al último signo de la cruz que hace, desde la Misa a cada Gloria Patri que pronuncia, desde el Pater Noster a la Comunión (en la cual, unido a Cristo, abre su oído, como se expresa San Juan de la Cruz, y en el sagrado silencio del corazón escucha al Padre que eternamente y en un eterno silencio dice una palabra, que es su Verbo, su Hijo).

Probad, por ejemplo, escuchar una Misa con el propósito de acordaros de la Trinidad, cada vez que en ella hay un recuerdo.

Comenzaréis signándoos con el sacerdote y diréis con él: In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

El Salmo Judica me, Deus, terminará con el Gloria Patri, etcétera.

Recitaréis el Confíteor en la presencia de Dios uno y trino.

El Gloria in excelsis lo dividiréis en tres partes.

Después de las palabras de introducción: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad», diréis:

1. — Nosotros te alabamos. Te bendecimos. Te adoramos y te glorificamos, oh Señor. Te damos gracias por tu gloria inmensa, oh Señor, Rey del Cielo, Dios Padre omnipotente.

2. — Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre. Tú que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros. Tú que quitas los pecados del mundo, escucha nuestra súplica. Tú que te sientas a la diestra del Padre, ten misericordia de nosotros. Porque Tú solo eres el Santo. Tú solo el Señor. Tú solo el Altísimo. ¡Oh Jesucristo!

3. — Con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Así esa.

Cada Oremus lo concluiréis con el recuerdo vivo de la Trinidad, o sea con el Per Dominum nostrum Jesum Christum Filium tuum, etc.

Ofreceréis la hostia al Padre, junto con el Sacerdote: «Suscipe, Sancte Pater…»

Las gotas de agua echadas en el vino os invitarán a invocar del Padre, junto con la liturgia, la gracia «de participar, mediante el misterio de esta agua y de este vino, de la divinidad de Aquél que se dignó hacerse partícipe de nuestra humanidad, Jesucristo, Hijo tuyo, Señor Nuestro, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Así sea».

Entonces, con el sacerdote, oraréis así: «Acepta, oh Trinidad Santa, esta oferta que te presentamos como recuerdo de la Pasión, Resurrección y Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo… Te lo pedimos por el mismo Jesús, Nuestro Señor. Así sea».

Inmediatamente después, el pensamiento de la Trinidad una vez más el celebrante lo trae a la memoria: «Orad, hermanos, a fin de que mi sacrificio, que es también vuestro, sea aceptable a Dios Padre omnipotente».

Y cuando llega el momento del prefacio, ¿a quién elevaréis vuestros corazones, diciendo: Habemus ad Dominum, sino al Dios uno y trino? ¿No es acaso «cosa digna y justa, equitativa y saludable, que siempre y dondequiera agradezcamos al Señor santo, al Padre omnipotente, al eterno Dios»; por medio de Cristo Señor Nuestro, cantando al Dios tres veces santo: Sanctus, Sanctus, Sanctus?

Podríamos así transcribir todas las plegarias, desde la Consagración a la Comunión y al fin de la Misa, cuando el sacerdote nos despide en paz con el gran augurio: «Bendígaos Dios omnipotente, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo». Todo y siempre se sintetiza en el pensamiento dominante: la Trinidad.

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3. En la escuela de los Santos

Los Santos recogieron la enseñanza de Jesús y de la Iglesia.

Sabiendo por el Evangelio que Dios uno y trino habita en nosotros con su gracia, entraban en sí mismos durante el día y adoraban al Huésped, vale decir, a la Trinidad.

Muchos de ellos, como San Ignacio y San Francisco Javier en la India iban repitiendo la jaculatoria: O beata Trinitas. A otros, con la liturgia, les agradaba rezar así: Sancta Trinitas nos semper salvet et benedicat.

Más bien, fue en tales visitas al Huésped silencioso del corazón dónde San Agustín vio espejada la Trinidad, en el alma humana, la que, a pesar de constituir un ser, pensamiento y amor, es una sola alma.

Es después de esta actividad de vida interior que San Buenaventura en el Breviloquium enseñaba que el mundo es trinitario, ya que la Trinidad en la realidad externa, en el espíritu y sobre todo en el alma divinizada por la gracia, deja un vestigio, una imagen, una semejanza.

Dos franceses, San Félix de Valois, de sangre real, y San Juan de Mata, doctor de París, fundaron una Orden para la redención de los esclavos, que Inocencio III, aprobándola el 28 de enero de 1198, dedicó a la Santísima Trinidad. Y la Orden de la Trinidad fue célebre en la historia y difundió el amor y la devoción a Dios Uno y Trino.

Existen hoy día cristianos, que son esclavos de las tinieblas más oscuras con respecto al misterio más grande revelado a nosotros por Jesucristo. Se necesitaría una nueva Orden de la Trinidad, compuesta por voluntarios, que estudien la divina Verdad y quieran librar las mentes de los demás de las cadenas de la ignorancia.

¡No hay esclavitud más dolorosa que ésta!

Continuará…