ODIO VERDADERO

¿El Papa odia a Scalfari?

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Amar es querer el bien del otro, odiar es no es quererlo. Para un cristiano cualquiera, amar es querer para el otro el bien supremo, que es Dios mismo, el mismo bien que Dios quiere comunicar a todos los hombres, a través de la redención obrada por Jesucristo.

Amar como ama Jesús es querer este bien para cada uno, y trabajar para que este bien se convierta en el bien común de todos, esto es, querer que todos se conviertan. Querer para el prójimo los bienes de la tierra (que el Evangelio muestra como falaces e inconsistentes) no tratando de comunicar a Jesucristo, es para un cristiano una broma amarga.

Cuando los antiguos pontífices lanzaban anatemas y maldiciones sobre los enemigos de la Iglesia, completaban las palabras rituales con un inciso que salvaguardaba este principio: todo lo malo debía recaer sobre los que oprimían a la Iglesia y de los pobres, donec… resipiscat et ad poenitentiam redeat… ut spiritus eius salvus fiat en die judicii (“hasta que se arrepienta y vuelva a la penitencia… para que su alma sea hecha salva en el día del juicio”).

El Papa ha sido entrevistado por Scalfari. Lo ha llamado por teléfono, se ha mostrado muy amable y agradable. Sin embargo, le ha dicho que el supremo bien de la conversión no quiere ser él quien se lo procure, aunque no puede excluirse que la gracia le toque de otra manera: “Su Santidad, -dice Scalfari- se había dicho que no tiene intención de convertirme y yo creo que no lo lograría“. “Eso no lo sé, pero no tengo ninguna intención“. Una frase tremenda si hubiera sido dicha por cualquier cristiano, peor todavía en un sacerdote, en un Papa. Un corazón sacerdotal ¿no debería arder en deseos de comunicar la vida y el conocimiento de Cristo? ¿Cómo puede un sacerdote, un Papa, no tener ninguna intención de dar a Cristo al alma que habla con él? Estas son las palabras de odio más terrible que un cristiano puede decir, tomadas en su sentido objetivo. Palabras de amor eran –paradójicamente- aquéllas de los papas antiguos que deseaban los males, pero con el objetivo de la conversión y la penitencia final, es decir, la consecución del máximo y definitivo bien.

Habría otras mil cosas que decir sobre esta nueva efusión del Pontífice. A partir del repetido error sobre las relaciones entre la Iglesia y la política, pasando por las palabras que atacan a la Iglesia como institución frente a aquella otra “pobre y misionera ” (un tema que se desarrollará en el próximo encuentro de Rímini), hasta la confirmación de la peor interpretación posible de ese “seguir la propia conciencia” como la regla moral suprema que ya había aparecido en la carta al mismo Scalfari. El Papa no invita más a seguir a Cristo, pero incita a seguir la idea que cada uno tiene del bien y del mal (concepto repetido dos veces, con insistencia), ya que esto sería suficiente para crear un mundo mejor (sic). Conceptos que se pueden definir simplemente como relativismo pelagiano. Como hemos mencionado, ya no hay ninguna diferencia lógicamente reconocible entre este relativismo y la autosuficiencia con respecto a Dios enseñada por la serpiente a nuestros primeros padres (“Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal“).

El Papa abraza a Scalfari. Una bonita muestra de afecto. Le dio calor humano, y le niega el bien divino. El proselitismo era un término despectivo que indica el uso de medios desleales para obtener más conversiones. Ahora, para el Papa cualquier intención de convertir a un interlocutor entra en esta categoría, definida como algo sin sentido (una sciocchezza, en el original). Lamentablemente, esto no es otra cosa que el triunfo del odio y de Satanás, el único que tiene un interés real en mantener a las almas lejos de la conversión.

Traducción de Tradición Digital  – Original de Mauro Tranquillo