JORGE DORÉ: ENTRE LUZ Y SOMBRAS

tumbasEntre luz y sombras

Mientras el mundo babea y se maravilla con las herejías de Bergoglio y con su manifiesta apostasía, todavía esperando de ese árbol sin fruto algún alimento, todavía esperando de ese haz de cizañas un pan de trigo, todavía esperando de ese Judas algo que no sea un ponzoñoso beso de sus blasfemos labios, el rebaño servil a la Roma satánica ensaya, tras bambalinas, su próximo coro para cuando el obelisco del “papa del fin del mundo” se derrumbe: ¡Santo súbito!

Jorge Doré

Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. (Juan 8:12)

“Y este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, pues sus acciones eran malas”. (Juan 3:19)

A medida que la civilización cristiana se extingue por persecución, corrupción o defección, el vacío creado por su ausencia se colma con las hordas de los males del mundo.

Un eco demoníaco que multiplica conceptos antagónicos a las palabras de San Pablo en su epístola a los filipenses, retumba para seducir a los hombres e incitarlos al mal: “Todo lo falso, todo lo indigno, todo lo injusto, todo lo impuro, todo lo execrable, todo lo deshonroso, si hay alguna perversión, en esto meditad”.

Pareciera ser que los sepulcros se abren, mas no para propiciar la resurrección de santos como en tiempos de Cristo, sino para permitirle a la muerte desplegar sus putrefactas galas sobre una tierra envuelta en tinieblas que canceló su cita con el Altísimo para dedicarse a presumir de sus gusanos.

Si Cristo multiplicó panes y peces para dar de comer a las multitudes hambrientas que lo seguían, el diablo no quiere ser menos.

Para sus seguidores hay cestas llenas de piedras y escorpiones, hay cántaros donde el agua se torna veneno, hay sanos convertidos en leprosos y vivos enterrados en sepulcros. Hay cruces invertidas, sacramentos mutilados y, en vez de pedregosos calvarios, seductores colchones de plumas que disuaden de toda intención de sacrificio y penitencia. Y como vértice de la generosidad luciferina, la abominación desoladora de la misa novus ordo.

Para conceder todas estas desgracias a sus víctimas, es que el humo de Satanás se filtró por las grietas del Vaticano y se consolidó como una presencia maligna, regentada por seis seudopapas escogidos por el dedo del autoritario y despótico guante blanco de la masonería, que ha transformado el Vaticano en la mayor logia del planeta. Su manifiesta simbología en numerosos ornamentos y obras de arte, da descarado testimonio de ello.

A medida que el cristianismo se evapora, –y con él la fe en la Luz del Mundo– las sombras avanzan, despojando el alma de los pueblos de toda concepción de trascendencia y arrastrándola a un naturalismo que el enemigo refuerza materialmente con la inducida preocupación por la Tierra y el culto al medio ambiente. Todo esto, con miras a ir trocando la mentalidad del hombre en la de un obediente animal doméstico, satisfecho y orgulloso de sus bienes y placeres mundanos y conforme con un anodino Cristo sin la cruz.

trono papaLos nuevos becerros de oro

La falsa iglesia católica de Roma rechaza conquistar las glorias del Tabor y prefiere marchar por desiertos para danzarle a nuevos becerros de oro en templos donde los crucifijos se retuercen y los altares se vuelven mesas. Abominables recintos en los que el sancta sanctorum es el sitial del hombre y el nombre de Jesús es el “ábrete sésamo” de las almas intoxicadas por las semillas de una fe corrupta que, al crecer, jamás rozará con sus ramas el blanco lino de la beatitud.

El corazón de los modernistas, –voluntariamente irredentos–, se torna en el sagrario de los siete pecados capitales. La blasfemia en su lenguaje; la apostasía en su libertad; la tiranía en su caridad; la lujuria en su amor; el sexo en su recompensa.

Desgraciadamente, –y tal vez como castigo– estamos hoy conociendo al diablo de primera mano; penetrando como nunca antes en la intimidad de su monstruoso ser.

Su humo invade los altares vanos, desde los que asciende un putrefacto olor ofensivo a Dios.

Por eso los altares están secos.

Su humo invade los gobiernos a los que dobla las rodillas y somete, inspirándolos a promulgar leyes inicuas, a defender causas injustas y a oprimir a los pueblos.

Por eso los gobiernos están condenados.

Su humo penetra en las escuelas y corrompe la inocencia de las futuras generaciones a las que aparta inmisericordemente de su salvación, mientras les viola el corazón con inmundicias.

Por eso hay ángeles reuniendo piedras de molino.

Su humo invade a las familias a las que trata de separar con infidelidades, amarguras y tentaciones carnales.

Por eso es necesario desenfundar el rosario.

Su humo invade las mentes de los enemigos de Dios que no acaban de comprender el efímero éxito de sus largas y tenaces campañas, porque el Altísimo no permanecerá de brazos cruzados.

Por eso el Omnipotente destruirá todas las obras de orgullo de los hombres.

Su humo invade los ojos de quienes han renunciado a entronizar a Cristo en sus vidas y se han dedicado a cohabitar con lobos y a aceptar lisonjas.

Por eso Dios les da el espíritu del error y la ceguera.

Como en un reverso a la preexistencia del mundo, las tinieblas vuelven a cubrir una tierra esta vez moralmente informe y vacía de fe. Pero no será la palabra la que traiga la luz, sino que ésta retornará con la presencia de Cristo mayestático.

Profecía cumplida

De todas las profecías existentes, la de Nuestra Señora de la Salette –conocida por muchos– contiene una de las frases más graves y sobrecogedoras para el católico:

our_lady_of_la_salette_crying_thumb2“Roma perderá la fe y se convertirá en el asiento del anticristo.”

Profecía que ha llegado a la madurez de su tiempo y de la cual podemos decir hoy en día, sin temor a equivocarnos:

“Roma HA perdido la fe y ES el asiento del anticristo, cuyo caudillo de turno se llama Jorge Bergoglio».

Advertidos hemos sido por San Juan:

“Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros”. (1 Juan 2:18-19)

Para quienes aún no han comprendido que la fidelidad a la Roma de hoy trae la muerte, Bergoglio es el encargado de acabar de convertirlos al multiculturalismo, a la corrección política, a la ideología de género, a la apostasía, a la malentendida sencillez evangélica, a la revolución espiritual, a la impúdica ofensa a Dios, a la deificación del hombre, a la invocación vana, al patético aplauso.

Quienes no reaccionan ante la herejía, no tienen la capacidad, –o la han perdido–, de distinguir entre bien y mal; y el limbo en el que hoy viven, –so pena de un reencuentro con el verdadero catolicismo–, no les garantiza más que una caída libre al pozo sin fondo.

Bergoglio miente cuando dice que el proselitismo es una solemne tontería que no tiene sentido. Su proselitismo no capta almas para Cristo pero se las sabe entregar en bandeja, –por miles– a Satanás.

Este enemigo del Verbo, –que se las da de brillante reformador de la iglesia–, es sólo un vulgar picapedrero, un obrero más de aquellos que la beata Catalina Emmerick veía laborar con mandiles puestos, demoliendo con saña los templos de Dios a martillo y cincel.

Es Bergoglio un fiel peón de ese ajedrez masónico que, desde el gambito de Juan XXIII, intenta el imposible jaque mate de un Rey con poder inextinguible. Porque en la última jugada, Dios abatirá a sus adversarios y recomenzaremos con un tablero nuevo sobre el que la sombra de la cábala no habrá de proyectarse nunca más.

Parece mentira que tantos que aseguran ser católicos puedan justificar las innúmeras bofetadas que Bergoglio lanza al rostro de Cristo cada vez que abre la boca. Es un depredador de la fe, un menospreciador del Espíritu Santo y un afrentador de María Santísima, quien hace años viene manifestando el cansancio de tanto aguantar la mano de su Hijo para evitarnos espantosos castigos.

Tras su barniz de conciencia social, no tiene el más mínimo amor por el prójimo al que espiritualmente debería estar guiando por valles de sombra de muerte hacia los verdes pastos de la eternidad. Pero gracias a su enfermiza inversión de valores cristianos, este seudopapa pasará a la historia como un adulador de cuerpos y un dilapidador de almas.

La fe de la Roma actual es la de los amos de la escuadra y el compás: libertad, igualdad y fraternidad. Los tres mandamientos por los que Bergoglio rige su vida. El es el proxeneta de turno comprometido a terminar de maquillar y revestir de lentejuelas a la gran ramera, –con premura–, para encandilar al mundo con su pérfida belleza; para que su putaísmo al descubierto, se alce en triunfo en medio de una gran orgía universal de creencias, tal como en las paradas de orgullo gay.

Esta apocalíptica meretriz, que comenzó enseñando sus tobillos bajo el falso papado de Juan XXIII, hizo alarde de su carne con Pablo VI; descubrió sus pechos con Juan Pablo II y fingiendo un recato que nunca tuvo, se vistió de gala con Benedicto XVI. Pero no pudiendo contener por más tiempo su perversión y lujuria, muestra hoy su plena desnudez con Francisco. Y su piel roñosa y maloliente despierta la enfermiza admiración de una humanidad espiritualmente promiscua.

Mientras el mundo babea y se maravilla con las herejías de Bergoglio y con su manifiesta apostasía, todavía esperando de ese árbol sin fruto algún alimento, todavía esperando de ese haz de cizañas un pan de trigo, todavía esperando de ese Judas algo que no sea un ponzoñoso beso de sus blasfemos labios, el rebaño servil a la Roma satánica ensaya, tras bambalinas, su próximo coro para cuando el obelisco del “papa del fin del mundo” se derrumbe: ¡Santo súbito!