Castigamos «matándonos» de risa…

PARADOJAL SILENCIO
En algunos sitios de la Resistencia se le reclama a Mons. Fellay por su demora en criticar las sobreabundantes y escandalosas palabras, gestos y declaraciones de Bergoglio; Mons. Fellay sigue con su silencio, al cual se ha llamado desde el inicio de sus negociaciones con la Roma modernista.
Por el contrario, de la boca de Berni Fellay salieron estas muy «prudentes» palabras:
«Con respecto a la llegada del Papa Francisco, de quien todavía es difícil adivinar las intenciones, los proyectos que pueda tener para la Iglesia y para la Fraternidad…»
«Seamos prudentes, no precipitemos los acontecimientos, veremos.»
«Debemos conservar una gran prudencia antes de emitir un juicio, mientras no veamos sus obras.»
Por estas palabras, el Superior General de la FSSPX es criticado impiadosamente por algunos miembros de la Resistencia. Es atacado salvajemente. Es vituperado como si se tratase de un delincuente. No se lo critica de manera «estridente» puesto que las críticas en los blogs están escritas, y los blogs no tienen sonido, que si no…
Nos parece que no debiera aplicarse un «celo tan amargo» para con el Superior General de la FSSPX. No debiera juzgarse tan «agriamente» a Berni Fellay sin antes analizar las profundas razones que lo llevan a mantener esta «actitud prudencial».
¿Es que acaso se supone que con esa manera de criticarlo se logrará que dentro de la FSSPX algunos reaccionen contra la actual conducción de la misma?
La experiencia demuestra que eso no ocurrirá.
Por eso, nosotros (que hemos aprendido modales cuando fuimos reprendidos por nuestra «estridente» acritud, y nuestros arrestos «inspirados en la soberbia», además de aquella manía de creernos los ÚNICOS) reconocemos estar un poco sorprendidos, ya que la «fláccida», que con tanta agudeza sabe «encontrar» o inventar errores ajenos, se devora los propios.
Pero esto suele ser un mal bastante difundido; sobre todo en aquellos que, cuando son cuestionados, únicamente contestan adjetivando a los cuestionadores (nosotros) y no aportan la menor aclaración sobre los cuestionamientos que se les hacen, ni tampoco (menos aún) responden con argumentos (a menos que se nos quiera hacer creer que un puñado de versos episcopales sean los «argumentos» de su aclaración).
Hecha estas salvedades, vamos a contar la verdad respecto del silencio de Mons. Fellay.
Mons. Fellay no veta, no corrige ni reprende públicamente a Decimejorge. Ese es el dato de la realidad.
Pero esto tiene una explicación.
Conociendo a Mons. Fellay, y su comprobada honestidad (para consigo mismo), su acendrada fiereza a la hora de defender sus convicciones (conveniencias), y que está más allá de toda «doblez» (Fellay llega a la «triplez» de intenciones, pero ese no es un término reconocido por la Real Academia), no nos resulta para nada extraña su prudencia y su silencio.
Analicemos los siguientes textos:
De la Carta del Secretario General de la FSSPX, después del Capítulo de julio de 2012:
«Han estado mejor definidas las condiciones previas a una eventual normalización de nuestras relaciones con la Iglesia Oficial.
Condiciones sine qua non que impone la Fraternidad a las autoridades romanas antes de considerar un reconocimiento canónico:
1ª.- (…) Libertad de vetar, corregir, reprender incluso públicamente a los fautores de errores o novedades del modernismo, del liberalismo, del Concilio Vaticano II y sus consecuencias;»
Queda claro que la FSSPX iba a pedir a Roma la LIBERTAD de corregir, reprender PÚBLICAMENTE a los liberales o modernistas, a los fautores de novedades del CVII…
De la Declaración de los tres obispos de la FSSPX con motivo del 25º aniversario de las consagraciones episcopales (junio de 2013):
11- Este amor por la Iglesia explica la regla que Mons. Lefebvre siempre observó: seguir a la Providencia en todo momento, sin jamás pretender anticiparla. Entendemos que así lo hacemos, sea que Roma regrese de modo rápido a la Tradición y a la fe de siempre – lo que restablecerá el orden en la Iglesia – , sea que se nos reconozca explícitamente el derecho de profesar de manera íntegra la fe y de rechazar los errores que le son contrarios, con el derecho y el deber de oponernos públicamente a los errores y a sus fautores, sean quienes fueren – lo que permitirá un comienzo de restablecimiento del orden.
Queda claro que en esta Declaración se reiteran los conceptos vertidos a la finalización del Capítulo.
Pregunta: ¿Y por qué Mons. Fellay no lo hace, si eso es lo que quería?
Respuesta: Porque no tiene firmado el papelito del Acuerdo donde él quería que ese derecho a criticar estuviese incluido.
Mons. Fellay es tan, tan, tan obediente, que como todavía no se ha firmado un Acuerdo entre Roma y Menzingen que contemple «explícitamente el derecho de rechazar los errores que le son contrarios, con el derecho y el deber de oponernos públicamente a los errores y a sus fautores, sean quienes fueren», él no se considera autorizado para realizar esas críticas.
Mons. Fellay es tan, tan, tan apegado a lo formal que, como no tiene nada FIRMADO, sencillamente espera algún día tener el «reconocimiento«
«que sólo las autoridades romanas pueden dar». (NdA: si pusimos reconocimiento en dos colores no es por divertidos; la frase que está toda en AZUL le pertenece a Mons. Williamson, pero como Berni también cree en lo mismo, se comprende la lógica que nos lleva a escribir el término reconocimiento de ese modo colorido).
Monseñor Fellay espera que le sea reconocido explícitamente ese derecho y concedida esa libertad por el mismo Decimejorge; derecho y libertad que, por segundos, no consiguió obtener del «papaemérito»…
En realidad, estamos frente a una paradoja… frente al paradójico silencio de Mons. Fellay.
ESO SÍ… El día que Mons. Fellay obtenga ese reconocimiento tan deseado… ¡AGÁRRENSE! Porque allí saldrá cual enhiesto guerrero a sembrar el terror entre los pérfidos modernistas… ¡TEMBLAD, entonces, liberales y conciliares modernistas!, pues ¡ENTONCES SÍ!… Monseñor Fellay, criticará, condenará y denunciará públicamente todas las barbaridades, todas las herejías, todos los gravísimos errores que salen de la boca de Bergoglio.
Decapitará a la hidra modernista de modo tan sangriento y contundente que, comparado con él, el P. Basilio Méramo parecerá un principiante en el uso de la cimitarra.
Y no tendrá piedad…
