MONS. OLGIATI – LA PIEDAD CRISTIANA – LA UNIÓN CON EL SAGRADO CORAZÓN

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

OLGIATI-PIEDAD

PRIMERA PARTE

EL ESPÍRITU DE ORACIÓN

IDEAS Y PRINCIPIOS FUNDAMENTALES

Continuación…

V

LA UNIÓN CON EL SAGRADO CORAZÓN

Un docto jesuita español, Florentino Alcañiz, merecidamente conocido por su trabajo sobre La devoción al Corazón de Jesús, inicia uno de sus opúsculos con estas palabras:

«Con el título El tesoro escondido, el ardiente e infatigable apóstol del Corazón de Jesús, Bernardo de Hoyos, hacía publicar hace ya dos siglos una de las primeras obras que sobre esta devoción, después de las revelaciones de Santa Margarita María, aparecieron en España; y pensamos que quizás bajo este mismo título se podría escribir aún hoy un gran libro sobre el mismo argumento».

Muchos, efectivamente, no tienen todavía «una conciencia completa» de la devoción al Corazón de Cristo; y en cambio de la visión exacta de su grandeza, la subdividen en mil prácticas piadosas, óptimas de por sí, pero que no pueden tener su íntegro valor, si no están vivificadas por la idea madre de la que debieran ser manifestaciones parciales.

Para una multitud de personas, la devoción al Sagrado Corazón consiste en la Comunión de los nueve primeros viernes del mes; y me ha sucedido encontrar un joven, que hacía tiempo llevaba una vida poco correcta, y que, habiéndolo reconvenido, me contestó: «¿Qué quiere? Total, estoy seguro de salvarme. Cuando estaba en el colegio hice las nueve comuniones reparadoras consecutivas; por lo tanto, según la gran Promesa, estoy cierto de no morir en pecado mortal y de poderme confesar antes de comparecer delante de Dios».

El Sagrado Corazón se había transformado para este infeliz en un medio para gastar y profanar su propia juventud.

Otros ponen la devoción al Corazón Divino en las procesiones, en las imágenes expuestas en casa, en coronitas, como si todas estas espléndidas iniciativas de la piedad cristiana no fuesen sino miembros de un organismo exterior, que tienen necesidad de un alma.

Digámoslo sin titubeos: en las intenciones de Jesús y de la Iglesia, y en la constante expresión de los confidentes del Sagrado Corazón, de Santa Margarita María Alacoque al Padre De la Colombière, de Santa Gertrudis en el siglo XIII, al Padre Bernardo de Hoyos en el siglo XVII, del Padre Cardaveraz a Sor Benigna Consolata, la devoción al Corazón de Cristo es algo muy grande, inmensamente grandioso, que nadie tiene el derecho de empequeñecer a las proporciones de su corto cerebro, aun con las más piadosas intenciones de este mundo.

Antes de indicar prácticamente con qué método se puede pasar, por ejemplo, el mes de junio, en unión con el Sagrado Corazón, a guisa de realizar una santa intimidad con aquel Corazón que la Iglesia saluda «fons vitae et sanctitatis», es necesario que precisemos con cuidado la índole de tal devoción.

***

El Padre Alcañiz, y otros estudiosos junto con él, se han dirigido a la biografía y a las obras de Santa Margarita María, y a los escritos de los apóstoles del Sagrado Corazón, para recoger en ellos la naturaleza de la hermosa devoción, hoy en pleno y prometedor desarrollo en todas las naciones.

Una documentación completísima ha demostrado —para emplear las frases de las grandes revelaciones de Paray-le-Monial— que el culto al Sagrado Corazón significa un hecho tal que puede ser comparado a la obra de la redención del mundo.

El Corazón de Jesús —refiere Santa Margarita— me hizo ver

«que esta devoción era como el último esfuerzo de su amor, que quería favorecer a los hombres en estos últimos siglos con esta redención amorosa, para sustraerlos del imperio de Satanás, que Él quería destruir y colocarnos bajo la dulce libertad de su amor, que deseaba establecer en los corazones de todos aquéllos que quisieran abrazar esta devoción.

 

Me parece que el gran deseo de Nuestro Señor, de que su Sagrado Corazón sea honrado con algún homenaje particular, tiene por fin renovar en las almas los afectos de su redención, haciendo de este Sagrado Corazón como un segundo mediador entre Dios y los hombres, al haberse los pecados de éstos multiplicado de tal manera, que es necesaria toda la extensión de su poder para obtenerles misericordia.

La devoción a su Sagrado Corazón contiene tesoros incomprensibles, que Él quiere sean repartidos sobre todos los corazones de buena voluntad, porque éste es un último esfuerzo [un dernier effort] del amor del Señor hacia los pecadores, para conducirlos a la penitencia y darles abundantemente sus gracias eficaces y santificantes para obtener su salvación.

Este Corazón Divino es el tesoro del cielo, que nos fue dado… como el último descubrimiento de su amor. Mediante la devoción a su Corazón, Él quiere conquistar un número infinito de siervos fieles, de perfectos amigos y de hijos enteramente devotos.

Los tesoros de bendiciones y gracias que este Sagrado Corazón encierra son infinitos; yo no sé si hay en la vida espiritual otro ejercicio de devoción que sea más apto para elevar en poco tiempo un alma a la más alta perfección, y hacerle gustar las verdaderas dulzuras que se hallan en el servicio de Jesucristo. Sí, lo digo con toda seguridad: si supiéramos cuánto agrada a Jesucristo esta devoción, no habría ningún cristiano, por poco que ame a este amable Salvador que no la pusiese pronto en práctica.

Las personas religiosas sacarán de ella tanta ayuda, que no será necesario otro medio para restablecer el fervor primitivo y la más exacta regularidad en las comunidades menos observantes, y para conducir a la cumbre de la perfección a aquéllas que viven en la más grande observancia.

En cuanto a las personas seculares, encontrarán, por medio de esta devoción, todos los medios necesarios para su estado, o sea, la paz en sus familias, el alivio en sus trabajos, las bendiciones del cielo sobre todas sus empresas, el consuelo en sus miserias; y es en este Corazón donde hallarán un refugio durante toda su vida y principalmente en la hora de la muerte. ¡Ah!, ¡cómo es dulce morir después de haber profesado una constante devoción al Sagrado Corazón de Jesucristo!

Mi Divino Maestro me ha hecho conocer que aquéllos que trabajan por la salvación de las almas tendrán éxito, y conocerán el arte de conmover a los corazones más endurecidos, si tuvieren una tierna devoción a su Sagrado Corazón, y se esforzaren por inspirarla y establecerla dondequiera.

En fin, es evidente bajo todo aspecto que no hay persona en el mundo que no recibiría toda suerte de ayudas celestiales, si tuviera para Jesucristo un amor verdaderamente fiel, como es el que se le manifiesta con la devoción a su Sagrado Corazón.

Los demás confidentes del Corazón Divino no hablan diversamente. El Padre de Hoyos definía «la causa del Corazón de Jesús» como uno de los mayores negocios de la gloria de Dios y de utilidad para la Iglesia, que en todos los siglos jamás se hayan tratado desde que el mundo es mundo.

Y, para no multiplicar las citas, a Sor Benigna Consolata decíale el Sagrado Corazón:

«Yo preparo la obra de mi Misericordia. Yo quiero una nueva resurrección de la sociedad, y quiero que ésta sea obra de amor.

Mi corazón será la salvación de todo el mundo.

Mi Corazón no puede contener los tesoros de gracias que encierra; siendo necesidad de derramarlas sobre mis creaturas».

¿Qué significa esto?

Si no yerro, podemos reconstruir así los tiempos en los que la devoción comenzó a difundirse. Corría el siglo XVIII. Las ruinas causadas por el protestantismo no se podían ni enumerar. La Iglesia sangraba aún por el dolor de amputaciones crueles, que en el siglo precedente le habían quitado naciones enteras, y parecía temblar ante la amenaza de otros abandonos.

En el seno mismo del Catolicismo una herejía nefasta iba sembrando sus errores y terror: el jansenismo, que alejaba a las almas de Jesús. La cultura, engreída por los descubrimientos científicos de aquel tiempo, agitaba la bandera del racionalismo, de la Raison, del odio a lo sobrenatural, de la Aufklärung que debía iluminar las almas y disipar las tinieblas de la religión revelada.

Es en este momento histórico que en Paray resuena el lamento divino: «He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y que no recibe de ellos sino ingratitud y desprecio»; y es en este momento en que el Sagrado Corazón marca un nuevo camino.

El que, bien observado, presenta estas tres notas características:

1. La conquista y la universalidad de su Reino

Contra «el imperio de Satanás» Jesús quiere «establecer su reino de amor». No es, por esto, una de tantas devociones, sino una guerra que debe extenderse a todo el mundo para el triunfo del reino individual y social de Cristo.

La Madre María del Divino Corazón, en su carta a León XIII, a fin de que consagrase el mundo al Sagrado Corazón en los comienzos del siglo XX, dice:

«Él hará brillar una nueva luz sobre el mundo entero… Con el resplandor de esta luz los pueblos y las naciones serán iluminados y recalentados con su ardor».

Y cada vez que recorremos los documentos pontificios a propósito del Sagrado Corazón, como por ejemplo, la Miserentissimus Redemptor de Pío XI, asoman a los labios, casi sin quererlo —como dice bien el Padre Alcañiz— los numerosísimos pasos en que los Libros Sagrados describen el imperio del Mesías:

«Y dominará de uno a otro mar, y del río (Jordán o Éufrates) hasta la extremidad de la tierra» (Salmo 71).

«Doblarán las rodillas ante Él todos los reyes de la tierra; todas las gentes lo servirán» (Salmo 2).

«Y se recordarán y se convertirán al Señor todos los confines de la tierra, y se humillarán delante de Él todas las familias de las gentes» (Salmo 21).

2. Nuestra consagración

En las grandes revelaciones, la actuación del primer punto del programa —la guerra a Satanás y el triunfo de Cristo— está unida con la consagración del alma, que quiere seguir la bandera del Sagrado Corazón.

No por nada, comenta todavía el Padre Alcañiz, en la historia de tal devoción encontramos unida a ella siempre la idea de la consagración:

«Consagración del género humano hecha por León XIII, y renovación anual de la misma mandada por Pío XI; consagración de las naciones, provincias, municipios, consejos comunales; de diócesis y parroquias; de órdenes religiosas, comunidades, familias, oficinas; consagración frecuentísima de los individuos».

Y aquí tampoco materialicemos las iniciativas del espíritu. La consagración no es sólo una fórmula, una función, una fiesta; sino que consiste en ponerlo todo y a todos a disposición del Corazón de Jesús:

Nuestras energías, nuestros haberes, las familias y los pueblos; consiste, para decirlo con Santa Margarita María, en «hacer a su Corazón un entero sacrificio de sí mismo y de todo aquello que depende de nosotros», en confiarle nuestra alma, nuestra libertad, nuestro cuerpo, nuestras actividades, nuestros intereses, seguros y confiando en su palabra: «Cuídate tú de mi Corazón y de mis cosas; y mi Corazón cuidará de ti y de tus intereses».

Decir consagración es decir reparación por parte de aquél que no puede quedar frío e indiferente ante el Dios de su amor ultrajado, nuevamente flagelado, escupido y crucificado; es decir apostolado en sus varias formas, desde el apostolado de la oración, al apostolado de la acción; del apostolado que consiste en el cumplimiento de los propios deberes, individuales, familiares, sociales y del buen ejemplo, hasta el apostolado del sufrimiento; desde el trabajo para procurar al Sagrado Corazón «toda la gloria, el amor, y la alabanza que nos sea posible», hasta el ofrecimiento de sí mismo como víctima, deseosos «de sacrificarse como una hostia de inmolación al Sagrado Corazón, para el cumplimiento de sus designios».

Un único ideal debe atormentar nuestra alma: no respirar —como refiere de Santa Margarita el Padre De La Colombière— sino para hacer amar, honrar y glorificar al Corazón de Cristo y poder decir con el santo jesuita: «Mi corazón es insensible a todo, excepto a los intereses de este divino Corazón».

Naturalmente habrá ocasión de practicar los nueve primeros viernes de mes, el ofrecimiento cotidiano de las acciones al Sagrado Corazón (como luego insistiremos), las comuniones mensuales reparadoras, las Horas Santas, la consagración de las familias; y se multiplicarán hermosas y variadas iniciativas, de la cruzada de los niños a la Santa Liga por el Clero y a la Obra de las Misiones, de las devociones del mes de junio a la Guardia de honor, de la oración diaria y del pequeño Oficio a la fiesta del Sagrado Corazón en el viernes después de la octava del Corpus.

Tampoco deben faltar las proclamaciones nacionales de la soberanía real del Corazón de Jesús, de Colombia a España, de Bélgica a Polonia, de Costa Rica a Malta, de Checoeslovaquia a Yugoslavia, de Croacia a Ecuador, de los católicos de Escandinavia hasta la Argentina, como también era necesario que al Sagrado Corazón fuese consagrada la Universidad de los católicos italianos.

Pero todas estas magníficas iniciativas no serían todavía la verdadera devoción al Corazón de Jesús, si no fuesen como vocablos que expresan el profundo pensamiento que ya hemos mencionado.

3. El Amor

Finalmente, a la idea de la universalidad del reino y de nuestra entrega a la guerra conquistadora se une la idea del amor. Cristo quiere vencer al mundo con su Corazón. Elegirá a dos almas que saben amar para apóstoles de su devoción: uno, Margarita María, en el Convento de la Visitación, la que representa el amor que reza silenciosamente y se inmola; el otro, el Padre De la Colombière, un hijo de una Compañía que sabe lo que es el amor, que combate y que con Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios, habla del Reino de Cristo y nos invita a la Contemplatio amoris.

No era amor el pecca fortiter et crede firmiter de Lutero, no cantaba amor el Augustinus de Jansenio; no conocía el amor el frío y abstracto intelectualismo racional e iluminístico. La más grande fuerza del mundo —fue dicho— es el corazón. Sí, es verdad: es el Corazón de un Dios humanado, que explica Belén, el Cenáculo y el Gólgota, y que a una sociedad olvidada de su Amor infinito se presenta con su Corazón en la mano, murmurando con voz irresistible: «He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres…»

Toda práctica, en honor del Sagrado Corazón, tiene este especial colorido del Amor. Si Jesús fija su fiesta en un viernes, es porque el viernes es el día del Amor, cuando de su costado abierto su Corazón ha lanzado a los siglos su grito inefable; si pide comuniones, especialmente en el primer viernes de mes, es porque no se puede separar el Sacramento del Amor del Corazón que lo ha instituido y que vive escondido bajo los cándidos velos; si la devoción al Sagrado Corazón exige reparaciones, inmolaciones, sacrificios, es porque el Amor no es amado y para que sea reconocido aquel Corazón del cual nos viene la salud.

A los individuos, a las familias que a Él se consagran, a las naciones que a Él se vuelven, el Sagrado Corazón no habla sino de Amor. El mundo será vencido por el Amor y sólo mediante el Amor.

Y los brazos extendidos en cruz del Rey del amor abrazarán el porvenir, que avanza hacia su Corazón.

***

Insistir ahora sobre el método práctico de una unión íntima y dulce con el Corazón de Jesús es muy fácil. Y comencemos con una premisa aclaratoria.

Practicar la devoción al Sagrado Corazón no es otra cosa sino proponerse conquistar todo el mundo para Cristo, consagrándose a la santa batalla, en nombre del Amor. Semejante ideal, a primera vista, aterroriza. ¿Podemos nosotros afrontar semejante empresa, casi diría locura, como es la conversión del mundo al Corazón de Jesús? Pero un tal sentimiento equivaldría a una perfecta incomprensión de la realeza sobrenatural.

¿Somos acaso nosotros, mezquinos y débiles, quienes debemos actuar en una empresa tan grande? No. Nosotros debemos estar unidos al Corazón de Cristo.

Unidos a Él por la gracia, no somos nosotros que rezamos, combatimos o vencemos; es Él. Y con Él, que nos conforta, que vive en nosotros y nos hace vivir su vida divina, todo lo podemos. Debemos, por ende, tomar nuestros rezos, nuestra actividad, nuestras lágrimas, nuestras inmolaciones, nuestro apostolado, y echar todo en el Corazón de Cristo, por el sublime ideal del amor que nos propone.

En otras palabras: la verdadera devoción al Sagrado Corazón es la vida interior. Con ella, imágenes, solemnidades, oraciones, ejercicios en honor del Sagrado Corazón, tienen un alma; sin ella quedaremos en la superficie y en las exterioridades.

Un docto jesuita, el Padre José Petazzi, en un áureo opúsculo sobre el Apostolado de la oración y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, escribe:

«Meditando atentamente los escritos de la discípula elegida del Sacratísimo Corazón de Jesús, Santa Margarita María, nosotros vemos que el culto al Sagrado Corazón tiende a conseguir que copiemos la vida interior de Jesús en nosotros mismos. Y es natural: la devoción a un Corazón no puede residir sino en un corazón; la devoción a un Corazón divino debe tender a divinizar por virtud del amor nuestros corazones, transformándolos en ese divino Corazón. Debemos hacer nuestros sus sentimientos, hacer nuestra su vida. De mil maneras Nuestro Señor manifestó a la Santa este deseo; y la fiel discípula nos lo comunicó. Resumiendo y compendiando esas preciosas y divinas enseñanzas, nos parece poder decir que la devoción al Sagrado Corazón, se reduce a la práctica de la vida interior, vida eminentemente sobrenatural, vida de inmolación, vida de reparación, vida de apostolado; con lo que entendemos indicar no cosas diversas, sino más bien subrayar los caracteres propios de una única vida, transformada, por virtud del amor en la vida interior de Jesús».

Todo el día queda de esta manera santificado; también las acciones más vulgares resultan informadas por el espíritu de gracia y conformadas amorosamente y filialmente a la voluntad del Padre celestial.

«De este modo toda la vida se vuelve oración, o sea elevación del corazón a Dios», —nuestra entrega a Cristo para el triunfo de su amor—, respuesta al Corazón de Jesús que se ha sacrificado por nosotros, con un amor de sacrificio y de inmolación.

Christus dilexit et tradidit… Diligam et tradam: aquí está toda la devoción al Sagrado Corazón, mediante ella vivimos en el Corazón de Cristo y el Corazón de Cristo palpita en nosotros.

Si alguno, por lo tanto, en el mes de junio —o en otra época del año— quiere encender su amor al Sagrado Corazón y vivir unido a Él, es de intuitiva evidencia que él, por un lado, debe tener delante de sí, fresco y vivo el significado de la devoción al Corazón de Jesús y, por el otro, deberá por su parte no olvidar jamás que el grado mayor o menor de tal devoción se mide por la intensidad de nuestra vida interior, por la generosidad de nuestra entrega e inmolación, por la unión con los sentimientos de su Corazón.

Bastará ahora recordar algunos CONSEJOS PRÁCTICOS para un gradual desarrollo de tal unión, ya que mayormente nos interesaba comprender el espíritu esencial de la misma.

1. — También aquí es necesario poner una base dogmática a la devoción y elegir por lo tanto como libros de meditación, de lectura espiritual y de estudio los tratados sobre el Sagrado Corazón, que especifiquen con exactitud cómo el objeto de nuestro culto al Sagrado Corazón no es solamente el amor de Dios ni menos sólo el adorable Corazón carnal de Cristo, sino es sobre todo, el Corazón verdadero y viviente, que palpita en el pecho del Salvador, de su humanidad, y fue traspasado por la lanza en la Cruz, en cuanto es símbolo real de su amor.

Las obras clásicas del Padre J. V. Bainvel: La devoción al Sagrado Corazón, su doctrina, su historia; de Monseñor Santiago Sinibaldi: El reino del Sagrado Corazón de Jesús; de Bucceroni: Commentarii in cultum S. S. Cordis Jesu; de J. B. Terrien: La devotion au Sacré-Coeur de Jésus; de Monseñor Federico Sala: La devoción al Sagrado Corazón de Jesús para las almas de vida interior y Los pensamientos sobre el Corazón de Jesús comentando el discurso de la última Cena; del Padre A. Vermeersch, S. J.: Práctica y doctrina de la devoción al Sagrado Corazón; del Padre Carlos Sauvé: Las letanías del Sagrado Corazón, del Padre Octavio Príncipe: La predestinación y el Sagrado Corazón; y para los sacerdotes, de Monseñor Pascual Nurganti: Vos dixi amicos, son bien conocidas.

Útiles en este período, para no decir indispensables, como lectura espiritual, son las biografías de los confidentes del Sagrado Corazón, por ejemplo, la Vida de Margarita María Alacoque, publicada por el monasterio de la Visitación de Paray-le-Monial y traducida por el de Roma (Roma. 1914); la Historia de Margarita María Alacoque, del Padre Octavio Príncipe: Santa Margarita Alacoque, la esposa mística del Sagrado Corazón de Jesús, de Emilia Henrion, u otra de las muchas biografías aparecidas, desde la de Monseñor Bougaud a la de Monseñor Lauguet; la vida del Beato De La Colombière, del Padre Mario Fiocchi, S. J., etcétera.

2. — Es bueno insistir en el ofrecimiento cotidiano que el Apostolado de la oración pide a sus inscritos de todas las oraciones, acciones y sufrimientos al Sagrado Corazón de Jesús en las oraciones de la mañana.

Con frecuencia se vuelve una fórmula mecánicamente pronunciada, sin que ni siquiera se atienda a la intrínseca y encantadora belleza de un ofrecimiento, de todo cuanto haremos durante el día, a Jesús, por medio del Corazón Inmaculado de María.

En cambio —y para ulteriores explicaciones ver el precioso librito ya citado del Padre Petazzi— se trata de un acto sobremanera rico en valor espiritual.

Despunta la aurora y va a comenzar un nuevo día de nuestra vida. Nosotros queremos que esta jornada sea toda de Jesús, para contribuir a las victorias de su reino de amor. Devotos del Sagrado Corazón, hemos decidido que toda nuestra vida tenga ese fin, que trascienda la tierra y se eleve hasta el Corazón de Cristo. «Por lo tanto mediante la consagración cotidiana nosotros protestamos y declaramos que nuestra jornada no sólo debe ser buena, ni sólo ordenada a Dios, como es deber de toda creatura, sino que debe ser sobrenatural y divina».

Siendo el Corazón de Cristo el corazón del eterno Sacerdote, que se inmola al Padre por nuestros pecados y renueva su sacrificio en cada misa que se celebra, nosotros ofrecemos nuestro día al Sagrado Corazón, para reparar las ofensas que recibe y secundamos las intenciones que lo mueven a inmolarse continuamente en nuestros altares. Nos unimos así a su Corazón, y todas nuestras plegarias, nuestro trabajo, y nuestros dolores se funden con la oración, con los latidos, con los sufrimientos del Redentor.

Ésta es la nota que da la entonación a todo el día, que no sólo santifica las acciones mínimas y las levanta a la altura de la oración, sino que tiende a formar nuestro corazón según el Corazón de Jesús y nos hace prometer en la paz de la aurora que cada instante del nuevo día será dirigido al gran ideal que se propone el Sagrado Corazón.

3. — Renovar tal ofrecimiento en las horas sucesivas; sembrar en ellas la hermosa jaculatoria: Dulce Corazón de mi Jesús, haz que os ame siempre más; repetir a Cristo que queremos vivir en Él, con Él y por Él; hacer de tal manera que nuestro modo de hablar y de obrar, tanto en casa como fuera de ella, y sobre todo nuestras obras de apostolado, no tengan otro fin que la gloria del Corazón de Cristo; ofrecer a Jesús las lágrimas y las espinas de cada día; todo esto sirve para obtener orientado todo nuestro ser hacia el Corazón divino, para evitar que intenciones malas o menos buenas arruinen como un gusano roedor nuestra obra; para recordarnos la promesa matutina de poner sobre cada momento el sello del Sagrado Corazón. De la misma manera que nada sale de una fábrica inglesa o alemana sin la frase: Made in England, o bien: Made in Germanv, así cada acción, dirigida al triunfo de su Amor, debe ser digna de llevar el nombre de su Corazón.

Aquello que al superficial puede parecerle una fórmula es un programa de vida interior, es un impulso para crear nuestra jornada como una bella obra de arte cristiano, es un vuelo hacia las serenas visiones del apostolado, hacia la vida de inmolación y de reparación, hacia los grandes horizontes que la devoción al Sagrado Corazón ha descubierto al ojo humano.

4. — ¡Cómo mejora entonces nuestra participación a la Misa! El ofertorio se transforma en un «Sursum cordal» «¡Lancemos nuestros corazones hacia el Corazón de Cristo!» Y cuando ha llegado el momento de la Elevación, cuando las manos sacerdotales alzan la Hostia consagrada, junto con el ministro de Dios y con la Iglesia, nosotros elevamos hacia el Padre al Corazón divino. La Comunión no es otra cosa, sino el Corazón de Jesús que viene a nosotros en el Sacramento de su Amor. Y Misa y Comunión están informadas por un único anhelo: Cor Jesu, adveniat Regnum tuum! Adveniat! No los pequeños intereses personales, sino que tienen el primer lugar los intereses de Cristo y su Amor. Nuestras peticiones quedan subordinadas al fin supremo, que caracteriza la devoción al Sagrado Corazón.

5. — De este modo, la casa, la oficina, la escuela, el oficio a que nos dedicamos se transforman en un templo.

¿Y qué es, oh Montmartre, tu maravillosa basílica al Sagrado Corazón, en comparación a la basílica que cada alma —también la más humilde y escondida— puede construir cada día en honor del Corazón de Cristo, de tal manera que cada piedra, cada instante del día vibre cié amor y cante el saludo del corazón al vencedor suavísimo, que avanza en la historia?