Este Año de la Fe
Ad non excusandas excusationes
Durante este Año de la Fe, el Papa ha dimitido porque la vejez le resta fuerzas para cumplir con su deber. Habiendo cumplido ochenta y cinco años, no sabía cuáles iban a ser sus efectos el resto del año.
Y el Colegio Apostólico ha elegido como sucesor a un cardenal que ya había presentado su dimisión por motivos de edad. Un cardenal al que sólo le quedaban poco más de cuatro años para perder sus derechos como elector. Un cardenal a quien desde jóven le falta un pulmón, y cuyos graves problemas de espalda le obligan a llevar calzado ortopédico confeccionado a medida en Buenos Aires, y a sentarse sólo en sillas altas -jamás en butacas, sillones bajos o sofás.
Durante este Año de la Fe, hemos descubierto que cuando un Papa abdica, no se le llama abdicante ni dimisionario sino emérito. No vuelve a llevar su antiguo hábito sino que sigue vistiendo de blanco. Tampoco regresa a su lugar de procedencia sino que se queda a vivir en el Vaticano. Y no pasa a guardar una vida de silencio sino que sigue ejerciendo de forma pública una función docente para la que la vejez parece no haberle restado fuerzas.
Durante este Año de la Fe, también hemos descubierto que lo que de verdad le gusta al nuevo Papa «Franciscus» es el lío. Por eso ha empezado con el lío -dónde si no- en Río de Janeiro. Así, hemos visto miríadas de jóvenes sudorosos en la playa de Copacabana. Y a un gran coro de eminencias reverendísimas moviendo sus fajines al ritmo de un son que espero que no tengamos que volver a oir jamás. Todo ello ha resultado ser de un gran valor pastoral. Lo que nadie parece tener muy claro es cuál ha sido, más allá de «hacer lío», el magisterio impartido.
Y es que con tanto lío, no es de extrañar que no siempre resulte fácil interpretar las palabras de Franciscus. Por eso, ha querido realizar una entrevista magisterial, Urbi et orbi, en la que nos enseña que:
«Lo que considero preocupante es el peligro de ideologización, de instrumentalización del Vetus Ordo… Las lamentaciones que se oyen hoy sobre cómo va este mundo bárbaro acaban generando en la Iglesia deseos de orden, entendido como pura conservación, como defensa… Un cristiano restauracionista, legalista, que lo quiere todo claro y seguro, no va a encontrar nada. La tradición y la memoria del pasado tienen que ayudarnos a reunir el valor necesario para abrir espacios nuevos a Dios. Aquel que hoy buscase siempre soluciones disciplinares, el que tienda a la seguridad doctrinal de modo exagerado, el que busca obstinadamente recuperar el pasado perdido, posee una visión estática e involutiva. Y así la fe se convierte en una ideología entre tantas otras…»
Creo no malinterpretar las palabras del Papa si entono este cuádruple «mea culpa».
Mea culpa, Su Santidad, porque deseo que haya orden en la Iglesia, para conservar y defender la Fe.
Mea culpa, Su Santidad, porque soy un restauracionista y legalista que quiere tenerlo todo claro y seguro; porque soy enemigo de la inseguridad doctrinal y canónica.
Mea culpa, Su Santidad, porque busco recuperar del pasado todo lo bueno que ha quedado olvidado.
Mea culpa, Su Santidad, porque, para mí, la Fe no es una ideología entre tantas, siempre sujeta a evolución, sino la llamada de Cristo que amorosamente nos recuerda que:
«el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas» (Mc. XII, 30)
Pero Su Santidad, por favor, no me perdone porque no me arrepiento de ninguna de esas cuatro cosas.
Hay que ver todo lo que ha pasado durante este año que, ciertamente, está resultando ser el Año de la Fe.
PS: Tras meditar los recientes acontecimientos a la luz del Primer Mandamiento de la Ley de Dios, que para eso es el primero y no el décimo, el episodio de la playa de Copacabana aparece como una tomadura de pelo a los jóvenes. El episodio del baile de sus eminencias aparece como una metáfora de la cruda realidad. Y el de la abdicación por motivos de edad, aparece sin tapujos como lo que realmente es.
