OSKO: ANÁLISIS AL ELEISON 324 DE MONS. WILLIAMSON SOBRE FÁTIMA

virgen-de-fatima-5EL SECRETO DE FÁTIMA

En el Eleison 324, Monseñor Williamson hace mención de un probable texto del Tercer Secreto. Imbuido de sus propias expectativas en derredor de posibles restauraciones, el obispo inglés llega a conclusiones que no podemos compartir. Esta es nuestra personal manera de analizar ese texto, y que carece de mayores pretensiones. Los lectores podrán considerar y comparar ambas interpretaciones (la Mons. Williamson y la nuestra) y meditar acerca de lo planteado.

Mons. Williamson nos explica cuál es el origen del texto que analiza, y del cual vamos a ocuparnos nosotros también. Por lo que puede verse, se trataría de una depuración de un texto más largo, que el Cardenal Ottaviani habría compuesto utilizando el VERDADERO Tercer Secreto; ya que, dada la prohibición vigente en cuanto a revelar su contenido, el Cardenal, movido por lo que habría considerado era una situación grave o urgente (sólo así se explica su «desobediencia»), habría concluido que esa era la única forma de darlo a conocer. Es decir que el Cardenal Ottaviani habría usado de una estratagema o hecho una «pequeña» trampa, digámoslo así.

Pues bien, este sería el supuesto texto del Tercer Mensaje de Fátima (no negamos la posibilidad, e incluso probabilidad, de que lo sea), que nosotros vamos a separar en dos fragmentos; he aquí el primero:

«Un gran castigo caerá sobre la totalidad de la humanidad ni hoy ni mañana, sino en la segunda mitad del siglo 20mo. En ningún lugar del mundo hay orden y Satanás gobierna en los puestos más elevados determinando el curso de los acontecimientos. El, incluso, se las ingeniará para su escalada hasta la cima de la Iglesia. Para la Iglesia también vendrá el tiempo de sus mayores juicios. Cardenales se opondrán a Cardenales, Obispos se opondrán a Obispos. Satanás marchará en su seno y en Roma habrá cambios. Lo que está podrido caerá, lo que caerá no se levantará de nuevo. La Iglesia será oscurecida y el mundo sumergido en terror.»

Este primer fragmento no podría describir mejor lo acontecido en Roma a partir de los años `60. Rotundamente, el castigo no es otro que el mismo Concilio Vaticano II. La coincidencia, notable por cierto, de que Sor Lucía determinase que el Secreto fuese revelado «a más tardar en 1960» es, por sí misma, elocuente. Y todo en este primer párrafo habla en forma exclusiva de la Iglesia.

El mayor juicio para la Iglesia. Eclesiásticos enfrentados. Además, de manera explícita revela que «Satanás marchará en su seno y en Roma habrá cambios», ¡vaya si esto no ha ocurrido ya y continúa hoy en el seno de Roma! No se podría decir de un modo más claro lo que habría de ocurrir muchas décadas después, con el Concilio Vaticano II y sus nefastas consecuencias.

El castigo finalmente aconteció, tal y como la Santísima Virgen lo anunciara; es manifiesto que ese castigo es el Concilio Vaticano II; veremos más tarde algo más acerca de ello.

Vayamos al segundo fragmento:

«Una gran guerra se desatará en la segunda mitad del siglo 20mo. Fuego y humo caerán del Cielo, las aguas de los océanos se transformarán en vapor, la espuma del mar se levantará sumergiendo e inundando todo. Millones y millones de hombres morirán de una hora a la siguiente, mientras que aquellos que sobrevivan envidiarán a los muertos. La muerte estará por todos lados a causa de los errores cometidos por los dementes y secuaces de Satanás, quien entonces y sólo entonces gobernará sobre el mundo. Finalmente mientras aquellos que sobrevivan estos acontecimientos estén todavía vivos, ellos proclamarán una vez más a Dios y a la gloria de Dios y ellos le servirán a El como los hombres acostumbraban a hacerlo cuando el mundo no había todavía devenido tan perverso.»

El segundo fragmento parece describir otra cosa. Deja de mencionar a la Iglesia y da detalles de acontecimientos que parecen profanos. Una guerra grande y consecuencias cataclísmicas que, aparentemente, no han acontecido en el momento prefijado en el mensaje. En efecto la segunda mitad del siglo XX pasó sin esa Gran Guerra.

No es posible asimilar la revelación hecha a sor Lucía de una Gran Guerra con los acontecimientos que vienen ocurriendo en medio oriente, también desde los años `60, como pretende Monseñor Williamson. Es cierto que ha habido numerosos conflictos bélicos pero… una Gran Guerra es mucho más que eso. Comparados con los hechos que describe el Mensaje, los episodios vistos en Medio Oriente desde 1960 hasta ahora, no pasan de ser simples escaramuzas. Por lo tanto, respetuosamente, decimos que no cierra la interpretación que hace Mons. Williamson.

Una Gran Guerra donde «Millones y millones de hombres morirán de una hora a la siguiente», no ha ocurrido. No ha ocurrido, si se lo mira desde el punto de vista que plantea Mons. Williamson. Pero… ¿es que, acaso, existe otro punto u otra perspectiva para verlo?

Creemos que sí, y para entenderlo hay que comprender que ambos párrafos hablan de lo mismo.

Sencillamente, el segundo fragmento de esta tercera parte del Mensaje de Fátima (insistimos, de ser este el verdadero Secreto) no hace más que continuar con aquello que se enuncia en el primer fragmento.

Mientras que en el primer fragmento describe las mismas cosas de modo literal, el segundo fragmento usa un modo alegórico. Mientras que el primero describe, literalmente, la naturaleza del castigo, el segundo describe, alegóricamente, las consecuencias espirituales de dichos castigos.

Lo que consideramos ser la realidad es absolutamente lógico, puesto que en esta parte, según pensamos, reclaman una muy especial atención las tres virtudes teologales: FE-ESPERANZA-CARIDAD.

Lo que afirmamos en el párrafo anterior no es gratuito. En el Apocalipsis, capitulo XIX, se describe el triunfo y cántico de los santos por la ruina de Babilonia, por el Reino de Dios y por las bodas del Cordero. Es la hora del triunfo, del verdadero triunfo; parusíaco, por supuesto; y no producto de «restauracionismos» humanos. Es el Triunfo de Jesucristo, el Verbo de Dios, sobre todos sus enemigos:

«Y la Iglesia su esposa se ha puesto de gala y ataviada.

Y se le ha dado que se vista de la tela de lino finísimo brillante y blanco.

Cuya tela finísima de linos son las virtudes de los santos.»

«Las virtudes de los santos» de los últimos tiempos: Una FE no contaminada por los subproductos doctrinales del modernismo conciliar; una fortaleza predispuesta inclusive al martirio fundada únicamente en la ESPERANZA puesta en las promesas; y un AMOR A DIOS llevado al paroxismo, imprescindible para posibilitar el total desprecio del mundo y aún de la propia vida.

Entonces, lo que se describe en esta parte del mensaje son las consecuencias inmediatas en el seno de la Iglesia, y desde un nivel que podemos llamar metafísico: «La Gran Guerra» es también el Concilio Vaticano II, tal y como el Cielo lo ve: la Gran Guerra contra Dios y contra su Iglesia, puesto que a satanás también «le fue dada potestad para hacer la guerra a los santos».

«Las aguas de los océanos se transformarán en vapor»… por supuesto; los mares u océanos. En las Sagradas Escrituras, el mar representa a la Política. ¿Pueden existir dudas de que ya hemos asistido a la evaporación de lo último que quedaba de Política Real, entendida la política como Virtud al servicio de Cristo, de la Iglesia de Cristo y, por tanto, de la salvación de las almas?

El antiguo régimen cristiano fue ahogado por las aguas de la Revolución, y consumada su desaparición de la faz de la tierra. No parece para nada descabellado ver esta imagen en la irrupción del Nuevo Orden Mundial y su anuncio realizado por primera vez, también pasada la segunda mitad del Siglo XX por los principales líderes mundiales.

Como tampoco resulta inverosímil ver en «la espuma del mar se levanta invadiéndolo todo», las razones de la existencia de una Contra-Iglesia para un mundo completamente secularizado… ciertamente; porque además de la completa invasión de todas las naciones, que han sido inundadas con los proyectos mundialistas para la consolidación de un Gobierno Mundial Anticristiano, también ha sido invadida e inundada ROMA. Roma avala y promueve hoy, pública e institucionalmente, la llegada de un Nuevo Orden Financiero y Político Mundial. Ver… AQUÍ.

«Millones de hombres morirán de una hora a la siguiente». Al respecto, se puede decir mucho y muy distinto. No desconocemos que una interpretación alegórica de esta descripción puede hacerle decir cualquier cosa. Pero vamos a insistir con la interpretación que veníamos dando. La muerte de millones y millones de almas. Nuevamente: así como, desde la perspectiva del Cielo, la Gran Guerra es el Concilio Vaticano II, esa Gran Guerra contra Dios desatada por el mismo satanás, que inauditamente invadió la Plaza Mayor, tiene como consecuencia la muerte de millones. La derivación inevitable de esa Gran Guerra será la PERDIDA DE LA FE en millones y millones de almas.

Y todo esto ocurrió «de una hora a la siguiente». En efecto, es una inmejorable manera de decir que en un solo acontecimiento (Concilio Vaticano II) se produjo todo lo necesario para garantizar la muerte de millones y millones. Con ocasión de la herejía arriana pasó algo muy similar. Tanto es así que una frase lo resume: «El mundo se despertó, y descubrió que era arriano».

Bueno. El mundo se despertó y se vio a sí mismo «modernista»; y ya no había lugar para Cristo. Y satanás inspiró en los Padres Conciliares aquello de la Dignidad Humana y de los Derechos de Hombre…, y el hombre se olvidó de los Derechos de Dios. Y de ese modo, tan sencillamente, el hombre se hizo ANTICRISTO. ¿Cómo? ¿Cuál hombre? TODO HOMBRE. Millones de almas.

Pero el texto dice… «Mientras que aquellos que sobrevivan envidiarán a los muertos…», y eso parece plantear una dificultad para nuestra interpretación del texto que estamos analizando.

Debemos reconocer que en un principio se tornó dificultoso encontrar el modo en que esta frase no se aparte de lo que pretendemos decir. Sin embargo, y de repente, nos encontramos con que, lamentablemente, esas palabras no hacen más que describir una tremenda realidad: Aun aquellos que se mantienen fieles («vivos»), que profesan la fe de siempre, incontaminada por las novedades conciliares, parecen envidiar muchas veces a los que ya no tienen la fe («muertos»). Muchos hay que se sienten realmente muy mal al contemplar lo que está pasando. Muchos desean muy vehementemente ser «reconocidos» por Roma. Muchos otros anhelan restauraciones que nos permitan recuperar todo aquello que alguna vez tuvimos y hoy ya no. Salir de los garajes…, recuperar las catedrales…, la pompa…, el antiguo boato…, ser «RECONOCIDOS»…

«Mientras que aquellos que sobrevivan envidiarán a los muertos…» Esto no representa otra cosa que un lastimoso reclamo para con nuestra poquedad. Es que nuestra falta de devoción, nuestra debilidad de carácter, nuestras comodidades, nuestras excesivas preocupaciones por el mundo, también hacen que actuemos demasiadas veces como si envidiásemos a «los muertos».

De manera que creemos que, en la parte donde el mensaje parece volcarse a cuestiones profanas o materiales, es, por el contrario, cuando claramente se torna a la aplicación de lo ocurrido en la primera parte del mensaje.

Pero lo hace en términos espirituales o, mejor dicho, describiendo consideraciones y recomendaciones de carácter espiritual. Consecuencias; aplicaciones; admoniciones; advertencias. Todo ello se encuentra allí, de ser cierta nuestra interpretación.

«La muerte estará por todos lados a causa de los errores cometidos por los dementes y secuaces de Satanás, quien entonces y sólo entonces gobernará sobre el mundo». Nos parece que este párrafo confirma más aún lo que estamos diciendo.

Satanás gobierna el mundo, y hay muerte y destrucción por todos lados. Es indudable. Baste dar una rápida mirada. Vivimos en medio de una verdadera «cultura de la muerte». Una suerte de narcisismo nihilista; una extraña mezcla de anhelo de felicidad y autodestrucción inunda las sociedades, que pasan rápidamente de estados de euforia delirante a depresiones inexplicables. Parece una versión social o colectiva del famoso síndrome bipolar, enfermedad psíquica tan difundida por estos tiempos.

Drogas; promiscuidad; vaciedad; violencia; degradación; arte degenerado; asesinatos de millones de no nacidos; mafia farmacéutica; alimentos transgénicos; fumigación de la población; perversiones de todo tipo; canibalismo social; desenfreno; ambiciones criminales sin control; obsesión por el Poder y las riquezas en grado sumo. Como se puede ver, hemos mencionado de modo general muchas de las formas de la actual «cultura de la muerte», promotoras, a su vez, de la muerte de las almas.

¿Será necesario dar más ejemplos de «muerte» o traer a cuento más «muertos», amigo lector?

Y dice el texto del posible verdadero Mensaje de Fátima: «Y solo entonces gobernará satanás».

Creo, estimados, que esto es lo que ocurre. Estamos demasiado acostumbrados a ver siempre al frente de todo movimiento colectivo, la presencia de un individuo que conduce y que, de algún modo, es quien encarna ese colectivo de ideas y voluntades; y quizás, esta vez, las cosas sean diferentes.

Por otra parte, según nos cuenta el texto sagrado, los hombres se casarán, se harán regalos y se felicitarán. Un ejemplo de ello es lo que ocurre con ocasión de la muerte de los dos testigos: jolgorio generalizado en todo el mundo por la muerte de dos molestos predicadores.

No parece que debieran producirse acontecimientos de tanta destrucción como los que procuran meternos en la cabeza por medio de films, series e infinidad de cuentos con características «hollywoodenses». Efectos visuales que también cumplen con su designio: desviar la atención; confundir; engañar.

Porque el riesgo verdadero y real no es que el mundo explote en mil pedazos. En última instancia, si eso ocurriera, lo que importará será evitar la muerte eterna; y para eso hay que estar en Gracia de Dios. El riesgo verdadero y real es, precisamente, la muerte eterna…. y de eso no se habla.

El actual regente de Roma, Bergoglio, impulsa lo que él denomina «la cultura del encuentro» y otras paparruchadas por el estilo. Es un ejemplo innegable y bien actual.

Desde hace mucho tiempo que no se escucha en boca de los supuestos pastores acuciantes llamados a la conversión, al arrepentimiento, a la penitencia y la mortificación. Por el contrario: parece ser que hay que ser felices, aquí y ahora.

«Roma perderá la fe» como dice Nuestra Señora en La Sallete. Y eso se lleva perfectamente con lo que vemos y padecemos por estos días y también con «El, incluso, se las ingeniará para su escalada hasta la cima de la Iglesia. Para la Iglesia también vendrá el tiempo de sus mayores juicios. Cardenales se opondrán a Cardenales, Obispos se opondrán a Obispos. Satanás marchará en su seno y en Roma habrá cambios. Lo que está podrido caerá, lo que caerá no se levantará de nuevo. La Iglesia será oscurecida y el mundo sumergido en terror».

Tal vez debamos comenzar a considerar la posibilidad de rever algunos conceptos respecto de lo que esperamos sea la forma en que ocurran los acontecimientos que esperamos. Muy a propósito de todo esto, debo recomendar la lectura de los textos del Padre Lacunza.

La cuestión es grave. Puesto que, si hay millones y millones de muertos, y hay pocos vivos, pero estos vivos «envidian» la suerte de «los muertos»…, no puede ser por otra causa que la siguiente: porque, a pesar de estar vivos por mantener la Fe incontaminada, TODAVÍA no han purificado completamente su corazón y continúan aun ahora apegados de mil y una maneras a las cosas de este mundo, mezquinándole a Dios Su «PRIMACÍA EN NOSOTROS», su Soberanía absoluta en nuestro corazón.

En efecto: ¿no dice la Escritura Sagrada: «Vosotros sois Templos de Dios«?… ¿No dice, también: «Vendremos a él y haremos nuestra morada en él«? Pues bien. Hay una condición en ambos casos: el completo anonadamiento. La abnegación completa. El desapego total y absoluto de las cosas de este mundo y principalmente de sí mismo.

El amor por las cosas de este mundo y, sobre todo, «el amor por uno mismo», en detrimento de «el amor de Dios», es, a nuestro juicio, una excelente forma de definir la ABOMINACIÓN DESOLADORA.

Ya se ha manifestado esa «Abominación en el Lugar Santo». Hemos visto el tabernáculo profanado. Hemos visto constituirse un falso y abominable Novus Ordo en el mismo sitio donde antes se celebraban los Sagrados Misterios.

De la misma manera, también en el Tabernáculo de nuestro corazón se encuentra instalada la ABOMINACIÓN DESOLADORA.

Pio XII recomendaba la espiritualidad de Santa Teresita del Niño Jesús, para estos tiempos de complejidad y confusión. Precisamente lo hacía porque la santa de Lisieux vivía su espiritualidad con aquello de «Hacerse como niños». La «Infancia Espiritual». Se había hecho dependiente de Dios para todas las cosas. La santa enseñaba el ABANDONO total y absoluto de uno mismo a la Voluntad de Dios.

Por estas razones es que creemos que falla la interpretación que Mons. Williamson ha querido darle al texto del Mensaje.

Mons. Williamson espera una RESTAURACIÓN; y creemos que eso, además de equivocado, está lejos del Santo Abandono a que hacíamos referencia.

Por noble y piadosa que sea su esperanza de llegar a ver esa restauración, que propicie la glorificación de la Iglesia en el mundo, ese tópico histórico es desmentido por completo por el Apocalipsis; al menos es esto lo que, pese a nuestras limitaciones, podemos ver.

Esa RESTAURACIÓN no es posible tal y como es pretendida y esperada por Monseñor Williamson y todo el sector de la Resistencia que se ha encolumnado con él.

Lo mismo ocurre con quienes esperan un Gran Monarca y un Gran Papa que restauren la Sociedad y la Iglesia. Corremos el riesgo, mortal para las almas, de apegarnos a instancias que, por piadosas que parezcan, conducen al engaño y, posteriormente, llevarán al desaliento y a la defección.

A fuer de su desprecio por el Milenarismo Patrístico, muchos han caído en esas falsas esperanzas. Esta es, al menos, nuestra óptica sobre la cuestión.

Entre tanto, satanás ya gobierna en este mundo.

El mensaje concluye así:

«Finalmente mientras aquellos que sobrevivan estos acontecimientos estén todavía vivos, ellos proclamarán una vez más a Dios y a la gloria de Dios y ellos le servirán a El como los hombres acostumbraban a hacerlo cuando el mundo no había todavía devenido tan perverso.»

Hay quienes sobrevivirán estos acontecimientos. Son los que, producida la Parusía, proclamarán una vez más a Dios, y, a la gloria de Su Nombre «Y ellos le servirán».

Consoladora conclusión para un texto que, probablemente, sea el verdadero Tercer Secreto.

Rogamos a la Santísima Virgen María que nos ayude a purificarnos de nuestros apegos a este mundo para que podamos ser contados entre aquellos que todavía se encuentran entre los vivos; que con el auxilio de su intercesión logremos sobrevivir a esa muerte que devora las almas a nuestro derredor y por todo el orbe; y finalmente que nos ayude a ser de aquellos que proclamarán la Gloria de Dios cantando:

«Y saltemos de júbilo y démosle la gloria,

pues son llegadas las bodas del Cordero

y la Iglesia su esposa se ha puesto de gala y ataviada.

Y se le ha dado que se vista de la tela de lino finísimo brillante y blanco.

Cuya tela finísima de linos son las virtudes de los santos.»