JORGE DORÉ: VATICANO II Y EL CATÓLICO NUEVO

File_20111012142026Vaticano II y el católico nuevo

Si el hombre nuevo que el Che soñara es, en su ateísmo, implícitamente diabólico, el católico nuevo, modelo de la revolución religiosa, será explícitamente diabólico. Pero ya habrá perdido conciencia de ello.

Jorge Doré

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Aclaración previa: Aunque el catolicismo es solo uno, en este artículo aplico el término “católico nuevo” al fiel de a la iglesia conciliar del Vaticano II, que se hace llamar católico y se adjudica el catolicismo habiendo dejado, por corrupción de la doctrina, de pertenecer a él.

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“…Hay que tener una gran dosis de humanidad, una gran dosis de sentido de la justicia y de la verdad, para no caer en extremos dogmáticos, en escolasticismos fríos, en aislamiento de las masas. Todos los días hay que luchar porque ese amor a la humanidad viviente se transforme en hechos concretos, en actos que sirvan de ejemplo, de movilización.” 1

Esta frase introductoria, que contiene todos los ingredientes necesarios para ser calificada de Bergogliana, incluyendo la negativa al retorno al dogma, la invitación a armar lío y la instancia a la revolución, no es de Francisco, sino de Ernesto Che Guevara. Y la similitud no es pura coincidencia.

Guevara creía en el advenimiento del hombre nuevo de corte soviético y la iglesia conciliar del Vaticano II lleva años forjando un católico nuevo, a la medidad de su revolución.

Víctimas indiferentes

Hace más de medio siglo, millones de católicos fueron despojados de su fe. Más a pesar de la gravedad del daño perpetrado contra ellos, muchos aún apoyan a sus verdugos y justifican los delitos cometidos por éstos. Hay algo del Síndrome de Estocolmo en los que aún no han cortado su cordón umbilical con Roma.

Sin embargo, el único deber hacia estos enemigos de Dios no es otro que el de orar por ellos. Son asesinos en serie. A no ser que arrastrar un alma al abismo no sea un crimen. Si quien salva un alma salva la suya propia, ¿qué sucede cuando uno, voluntariamente, conduce a un alma a su perdición? Un miembro sano no puede desarrollarse apropiadamente junto a uno corrupto sin peligro de gangrenarse. Ante estas peligrosas influencias, distancia y la lección de Cristo:

“Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”. (Mt., 5:44, 45)

Cada uno de los papas del Vaticano II ha supuesto un peldaño de descenso en la fe cristiana. La Iglesia de Roma es hoy un cadáver presuntuoso de su descomposición.

Tras más de medio siglo de incesantes cirujias plásticas, su rostro monstruoso ha perdido las proporciones divinas, que hoy cubre tras una máscara bajo la que el cáncer de la herejía devora la piel. Persistente en su impiedad, esta nueva Babel no cesa de agraviar a Dios:

Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua. (Jer. 2:13)

Mas a pesar de pruebas fehacientes, de advertencias y voces de alarma dadas para avisar del peligro a multitudes que no escuchan, ni ven, ni investigan, ni se preocupan por su destino final, muchos fieles a Roma aprueban que la iglesia se asemeje cada vez más al mundo. Después de todo, fue Juan XXIII quien girara el timón del arca de la salvación hacia el oeste cuando en el discurso de apertura del concilio declaró, refiriéndose a la nueva relación de la Iglesia con el mundo:

“En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas”.

Con ello, proclamaba el romance de la Iglesia con el primero de los enemigos del hombre, el desmantelamiento de sus fortificaciones y la retirada de sus poderosas armas cargadas con fuego del cielo, capaces de resonar en la eternidad, dejándola a merced de todo tipo de corrupción.

Cinco décadas alcanzan para desvelar las atrocidades cometidas y ratificadas por los seudopapas conciliares contra el cuerpo místico de Cristo, a pesar de lo cual millones de ojos obstinados continúan mirando hacia Roma esperando salud de ella. No les basta a los fieles haber sido alertados por profetas, por apóstoles, por santos, por profecías Marianas –cuyo tercer secreto languidece en el bozal de la desobediencia,– y hastas por el mismo Cristo. No tienen dudas o desconfianza ante esa iglesia que ha dejado de ser una, santa, católica y apostólica y cuyo credo repiten vanamente. Hay que reconocerlo: el misterio de iniquidad opera a toda marcha:

“Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón; para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane”. (Juan 12:40)

La iglesia conciliar y el católico nuevo

La iglesia conciliar surge de las entrañas del nuevo orden mundial. Sus principales arquitectos y dueños, –pues sin duda han conquistado sus bienes temporales–, son la masonería y el comunismo. Su paciente estrategia de infiltración durante años dio el esperado fruto: copar las posiciones necesarias para controlar un planificado concilio que invocaría la falsa necesidad de actualizar una fe tan sólida como las columnas de un templo. Que la naturaleza de los cambios que se implementaron fue radical, lo confirmarían la opinión de dos asistentes al Vaticano II:

“La Iglesia ha tenido, pacíficamente, su revolución de octubre.” -Yves Congar, O.P.

“El Vaticano II es la Revolucion Francesa en la Iglesia” -Cardenal Leo J. Suenens

Queda claro que el espíritu de la revolución –no la evolución– venció bajo la cúpula de San Pedro. El hombre ganó altura y Dios perdió estatura ante la creciente dignidad del homo sapiens. No es casual que durante el papado de Juan XXIII, la Iglesia llegara a un acuerdo con los comunistas –conocido como Pacto de Metz o  Acuerdo Vaticano-Moscú2 por el cual la Iglesia Católica se abstendría de condenar el comunismo ateo.

El caballo de Troya conquistaba Roma y sus orondos jinetes mitrados lucían sus espuelas en el Vaticano. A partir de entonces, a la sombra de una raquítica y retorcida cruz, comenzaría a gestarse el católico nuevo en una iglesia que conduce a sus seguidores a la total corrupción del cristianismo y cuyo misticismo hoy claudica frente a la tentación de la sencillez evangélica transfomada en asistencia social. No obstante, la gloria de este nuevo creyente es que su falsa iglesia bendiga su pecado y consagre su apostasía.

Como requisito para integrarse a la revolución cismática del Vaticano II, sus seguidores debieron renunciar a la tradición, al dogma y aceptar una fe en perpetua evolución donde el conocimiento de Cristo palidece ante el conocimiento del hombre, orgulloso autor de sus propias leyes y maestro de vanas ciencias que le hacen adquirir la imagen de su nuevo modelo: el anticristo. Entidad que, aun bajo apariencia de normalidad, subyace tras cada persona que rehúye a Dios.

Es a este nuevo católico a quien el “papa” del fin del mundo guía hacia el nuevo orden de las cosas. Es a este cautivo del error a quien deslumbra el enchapado de cobre del heresiarca, su abstención de condenación, su comprensión justificadora del pecado su aceptación de cualquier tipo de faltas y su absurda confesión de la imposibilidad de ofrecer ayuda espiritual. Lamentablemente para él, su éxito con el mundo es inversamente proporcional a su fidelidad con Dios. Como era de esperar.

Hacia un nuevo orden de las cosas

Toda revolución produce su hombre nuevo. De hecho, el creador de la misma ya es en sí el hombre nuevo, que busca verla replicada en los ideales ajenos y funcionando en la sociedad como dinámica de su teoría.

La revolucion sin balas que hoy permea el mundo y la revolución de la que otrora fuera la Iglesia Católica, parten de un mismo ideal y llevan a un mismo fin, y el proceso de convergencia entre ambas concluirá cuando la justificación de los males del mundo y del pecado del hombre, triunfen sobre sus condenas. Es decir, cuando la iglesia se transforme en una comprensiva fraternidad universal, bienhechora de todas las debilidades humanas, a las que concederá protección legal y les abrirá un espacio social a la sombra de los derechos humanos. Para entonces, el nombre de Cristo será sólo el recuerdo de un borroso avatar.

Las obras del hombre son un reflejo de su filosofia y de su fe. Si en el pasado las grandes catedrales daban gloria a Dios, los fríos templos erigidos tras la revolución conciliar, se la niegan. Hechos para el culto al hombre, evaden la grandeza del Omnipotente ante el cual toda rodilla debe doblarse. Su vacío interno es el reflejo de la horizontal espiritualidad que los visita. Por eso, el católico nuevo, habiendo despreciado la revelación de Dios para seguir disquisiciones humanas, se ha hecho “lleno de desgracia” al desligarse de la imprescindible asistencia divina para alcanzar las alturas celestiales. La anunciación del ángel caído –personificado por los papas conciliares– lo ha convencido y se le ha escuchado responder con obediencia: “Hágase en mí según tu falsedad”.

La pérdida de la sacralidad, –erróneamente vinculada a la virtud de la humildad–, es una resultante de la revolución conciliar que tiene su equivalencia en el deterioro moral de la sociedad. Las influencias del liberalismo y del progresismo han hecho que el hombre deteste las admoniciones y que asocie el avance con el cambio. Y Bergoglio no apunta a las estrellas. Su agenda es darle al hombre lo que quiere.

Pobre alma, cuyo talón de Aquiles son los aplausos de un mundo que habrá de abandonar tarde o temprano en la mayor desolación, para enfrentarse con zapatos rotos y un auto viejo a quien debió de haber representado dignamente como Rey de reyes. Pero en su vulgar manera de tratar las cosas santas pasa hoy por virtuoso y emociona a una grey tan espiritualmente miope que no tiembla ante el camino al matadero.

La mundanalidad del católico nuevo lo llevará a converger en un punto histórico con el advenimiento de un totalitarismo luciferino cuya primordial característica será la consagración de la falsedad. Y entre las falsedades, la falsa religión del hombre tendrá su puesto ganado en las demandas espirituales del mismo.

Si el hombre nuevo que el Che soñara es, en su ateísmo, implícitamente diabólico, el católico nuevo, modelo de la revolución religiosa, será explícitamente diabólico. Pero ya habrá perdido conciencia de ello.

1 El socialismo y el hombre en Cuba. Carta de Che Guevara a Carlos Quijano, editor del semanario uruguayo, Marcha. Edición del 12 de marzo de 1965.

2 “The Vatican-Moscow Agreement”, en The Fatima Crusader, Nº 16, Septiembre-Octubre, 1984, p. 5.