MONS. OLGIATTI: LA PIEDAD CRISTIANA IV – LA UNIÓN CON CRISTO EUCARÍSTICO

LA PIEDAD CRISTIANA

OLGIATI-PIEDADPRIMERA PARTE

EL ESPÍRITU DE ORACIÓN

IDEAS Y PRINCIPIOS FUNDAMENTALES

Continuación…

IV

LA UNIÓN CON CRISTO EUCARÍSTICO

En un pequeño y exquisito opúsculo, intitulado La messe mystique, un sacerdoce francés, Fr. Astruc, desarrolla poéticamente la idea de que «toda vida cristiana debe asemejarse a una Misa».

Como en la Misa el celebrante tiene una hostia que en el Ofertorio la presenta al Padre, así el cristiano debe recoger la advertencia de San Agustín: «No busques fuera de ti la hostia, que necesitas; la encontrarás en ti mismo».

Por esto, deferente con el Apóstol San Pablo que nos conjura a hacernos una hostia viva, santa, que agrade a Dios, el creyente debe tomar todo el cuerpo con sus sentidos, el alma con sus facultades, el espíritu con sus pensamientos, la voluntad con sus deseos, el corazón con sus afectos, la vida de cada día con su trabajo, los sufrimientos, las luchas, los esfuerzos, las oraciones y las buenas acciones; y debe decir a Dios: «Señor, todo esto es para Ti. Suscipe, Sancta Trinitas».

Como en la Misa, a las palabras de la consagración, el pan no es más pan, el vino no es más vino, pero bajo las especies sacramentales está vivo, verdadero, real, Jesús con su Cuerpo y con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad, así también el cristiano tiende a hacer desaparecer de su hostia a su pequeño yo, realizando el quotidie morior de San Pablo; también él aspira a una transubstanciación espiritual, por la que ya no sea él quien viva, sino Cristo que viva escondido en su persona, en su fisonomía y en su actividad externa.

En la Comunión el sacerdote no sólo introduce a Jesús en el santuario de su alma, sino que lo distribuye a los demás; también el cristiano, mediante el apostolado, doquiera vaya y a cualquiera se allegue, debe llevar a Jesús.

He aquí una artística expresión de una gran verdad: nuestra vida debe ser eucarística. Jesucristo ha instituido el Sacramento de su amor para ser el alimento de nuestras almas, para transformarnos cada vez más en Él, para hacernos llegar a la perfección de la unión con su vida divina.

Comenzada con el Bautismo, que, según observa Marmion, es la aurora de la vida sobrenatural o el río divino en sus fuentes; consolidada con la Confirmación, nuestra unión con Cristo se consuma en el momento de la Comunión.

«En el Sacramento de la Eucaristía, es Dios, es Cristo mismo que se nos entrega; la Eucaristía es propiamente el Sacramento de la unión, que alimenta y mantiene en nosotros la vida divina.

De ella ha podido decir particularmente Nuestro Señor: Yo he venido para dar a las almas abundancia de vida: ego veni, ut vitam habeant et abundantius habeant. Recibiendo a Cristo en la Comunión, nos unimos a la misma vida».

Nosotros, digámoslo con BOSSUET,

«comemos la vida misma en la mesa del Dios vivo… Solamente Jesús puede darnos semejante alimento. Él es la vida por naturaleza; el que lo come, se nutre de la vida».

Tampoco aquí me propongo un tratado teológico, que, sin embargo, aconsejo a todos aquéllos que quieran poner un sólido fundamento a su piedad eucarística; pero aquí nos interesa un problema prevalentemente práctico.

Por un lado, creemos que la Eucaristía fue instituida por el Amor infinito de Jesús, para alcanzar aquella «unión de Cristo con el hombre» como la llama el Concilio de Florencia.

Como un trozo de cera derretida unido a otro se compenetra con él, según la comparación de San Cirilo; como dos granos de incienso quemados en un único turíbulo no exhalan sino una única fragancia; como «el pez está en el mar y el mar en el pez, para usar la expresión de Santa Catalina de Siena, así, mediante la Eucaristía, el alma está en Jesús y Jesús está en el alma».

Él mismo ha enseñado: «Aquél que come mi carne y bebe mi sangre, está en mí y yo en él; in me manet et ego in eo». Y aun cuando las especies se consumieron en el comulgante, si bien «la Santa Humanidad de Jesús deja de estar en él eucarísticamente», si bien no permanece con su substancia, permanece con la irradiación de su amor, por el contacto de su poder, por sus luces y gracias que continuamente dimanan del Tabernáculo.

«El acto de la Comunión es transitorio y pasajero, pero el efecto que ella produce, la unión con Cristo, vida del alma, es por su naturaleza permanente», y dura hasta que nos la quitemos con la culpa.

Ahora, si «la Eucaristía no es el sacramento de la vida sino en cuanto que es el sacramento de la unión», ¿no se sigue que nuestra preocupación debe ser el orientar todos nuestros días hacia Cristo Sacramentado? ¿No será acaso éste nuestro más dulce deber, sobre todo en el Jueves Santo y en todos los demás jueves del año en memoria de la institución, o bien en la fiesta del Corpus Christi en su octava?

Para que de tal manera nuestra vida se vuelva eucarística; para hacer de modo que la Hostia de nuestros altares sea el sol que ilumine cada instante del día, aun cuando estemos lejos de la Iglesia, los medios son numerosos; y, podríamos afirmar, que son más abundantes que en los demás deberes.

Y en efecto: la vida eucarísticamente inspirada tiene como subsidio la Santa Misa, la Santa Comunión, las Visitas a Jesús Sacramentado, fuentes de energías sobrenaturales, que nosotros estudiaremos en tres capítulos.

En los capítulos que dedicaremos luego a la Misa, a la Comunión y a la Visita, sugerimos los libros de meditación, útiles para alcanzar la unión con Jesús Eucaristía.

¿Qué orientación más eficaz para unir nuestra actividad y nuestros sufrimientos diarios a Cristo Sacramentado que la Santa Misa, oída por la mañana, que nos habla de Sacrificio?

¿Qué mejor orientación puede imaginarse de nuestro día hacia Dios, que recibiendo la Comunión?

¿Cuál remedio más indicado para nuestro olvido del Divino prisionero, que una visita hecha en una iglesia o que tantas comuniones espirituales, que, aun de lejos, nos unen a Él en un suave abrazo?

Ya en el Silabario del Cristianismo, con la comparación del teléfono, fue anunciado un método práctico de vida eucarística; y no quiero repetirlo.

El que vive orientado hacia el Tabernáculo, entrará de cuando en cuando, durante el día, en su corazón, que por la mañana fue convertido en un pequeño Tabernáculo de Jesús, en un pequeño ostensorio; lo adornará con las flores de una oración, con el adorno de alguna aspiración, para embellecer y preparar la habitación al Divino Huésped.

En las tentaciones, sobre todo, llamará al Dios envuelto en los blancos velos, para que lo tenga estrechamente unido a su gracia y le dirá con una oración de la liturgia de la Misa: A te numquam separari permittas ! Cuando el demonio pone insidias a nuestra vida sobrenatural, ¿a quién tienta en fin de cuentas sino al mismo Dios? Es a Cristo a quien persigue en nosotros, queriéndolo crucificar nuevamente.

Es la vida de Cristo en nosotros, que él quiere apagar. La victoria no está en agitarnos, en rechazar directamente las sugestiones malignas o en discutir sus artificios, sino en adherirnos con toda nuestra voluntad a Aquél que ya lo venció y al que más le interesa salvar la vida que nos comunica.

Un pensamiento dirigido a la Hostia lejana es un método admirable para obtener con facilidad el triunfo.

Finalmente la unión a Jesús Eucarístico recordará al alma, durante el día, el aviso de San Pablo: «Cualquier cosa hagáis, ya sea en palabras o en obras, hacedlo todo en nombre de Jesús Señor Nuestro» (Col. 3, 17).

«No dejemos disminuir en nosotros —inculca Marmion—, en el transcurso del día, por nuestra ligereza, curiosidad y por nuestra vanidad y amor propio, el fruto de la recepción y de la unión eucarística. Hemos recibido un Pan vivo, un Pan de vida, un Pan que hace revivir; debemos cumplir diariamente obras de vida, obras propias de los hijos de Dios, después de habernos alimentado con este pan divino para transformarnos en él. Muy bien exhorta en su primera Epístola San Juan (2, 6), ‘aquél que dice que vive en Cristo debe vivir como Cristo mismo ha vivido'».

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Una de las vías más simples para alcanzar semejantes alturas es la Comunión Espiritual.

Todos conocen las discusiones y las enseñanzas teológicas a este respecto. La doctrina de Santo Tomás en la tercera parte de su Summa Theologica (Qs. 73-80); los decretos del Concilio de Trento sobre la Eucaristía (Ses. XIII, c. VIII) y los textos del Catecismo Romano (p. II, cap. IV, párrafo 55); la tesis que las comuniones espirituales, frente a las sacramentales, «si non omnes, máximos certe utilitatis fructus consequuntur», las discusiones teológicas desde Suárez y Vázquez hasta el Cardenal De Lugo, los recientes tratados (del padre Mullendorf en Alemania, de Chauvin y de De Gibergues en Francia) son tan elocuentes en su íntimo significado, que merecerían un resumen aparte.

La Comunión espiritual, escribe San Alfonso,

«consiste en un ardiente deseo de recibir a Jesús Sacramentado y en un abrazo amoroso, como si ya se hubiese recibido.

Cuánto agradan a Dios estas comuniones espirituales, y cuántas gracias dispensa el Señor por su medio, lo ha dado a entender Él mismo a su sierva Sor Paula Maresca, fundadora del Monasterio de Santa Catalina de Siena en Nápoles, cuando le hizo ver (como se narra en su vida) dos vasos preciosos, uno de oro y el otro de plata; y le dijo que en el de oro Él conservaba sus comuniones sacramentales, y en el de plata las comuniones espirituales. Y a la Beata Juana de la Cruz díjole Nuestro Señor que cada vez que ella comulgaba espiritualmente, recibía una gracia semejante a la correspondiente a la comunión sacramental.

Sobre todo baste saber que el Concilio de Trento alaba mucho la Comunión espiritual y anima a los fieles a su práctica. La Beata Águeda de la Cruz hacía doscientas al día; y el Padre Pedro Fabro, primer compañero de San Ignacio, decía que para hacer bien la Comunión sacramental, es muy ventajoso comulgar espiritualmente.

¡Con un acto de amor, se hace todo!»

Y es verdad. Tanto, que muchas almas fervorosas—además de los ejercicios para la unión con Dios que hemos ilustrado— suelen añadir este otro.

De cuando en cuando, por una semana, o por un tiempo más o menos breve, santifican su jornada con un gran número de comuniones espirituales, alegría para un corazón que ama a Jesús Eucarístico.

Es el medio para volar al Señor con la simplicidad del niño, que envía un beso a su madre.

El Santo Cura de Ars, siempre genial en la ingenuidad de sus sermones, enseñaba que la Comunión espiritual es semejante a un soplo sobre el fuego cubierto de cenizas, que comienza a apagarse. «Cuando sintamos que el amor de Dios se enfría, ¡pronto!:¡una Comunión espiritual!»; y añadía que estando él un día triste, por no poder comulgar más de una vez al día, comprendió luego su error, ya que la comunión espiritual puede ser repetida un número inmenso de veces.

«Es una de las más grandes potencias de la tierra», exclamaba el Padre Faber; y San Leonardo de Porto Maurizio aseguraba que basta un mes de perseverantes comuniones espirituales, para cambiar por completo espiritualmente.

Cuando Jesús decía a la Beata Ida de Lovaina: «Llámame y yo vendré», esta alma generosa imploraba: «Venez, Jésus !» Es el grito que debe ser repetido por todos aquéllos que conocen la importancia del deseo en la vida espiritual.

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El poeta Prudencio, en uno de sus Himnos al día cantando «a la mañana», exclama:

«Vete, oh noche; idos, tinieblas; elementos que confundís y entorpecéis al mundo, idos, idos; porque entra la luz, el cielo se ilumina, Cristo se aproxima.

La niebla de la tierra se hiende herida por el dardo del sol; y las cosas readquieren sus colores al aparecer el astro luciente…

Tú, oh Cristo, vela sobre nuestros sentidos; echa una mirada a toda nuestra vida; muchas cosas están manchadas por el vicio, que bajo tu luz se volverán puras… Todo, oh Rey, ilumina con los rayos del astro de oriente».

¿No es, acaso, «la luz veloz», que parte de la Hostia, aquélla que puede llover de cosa en cosa, suscitando «los variados colores… dondequiera se posa»?

Iluminar cada momento de nuestro día, disipar toda tiniebla, proyectar sobre cada acción un haz de rayos eucarísticos: he aquí un método para alegrarse siempre en la fiesta de un amanecer sereno.