Presencia diabólica en el mundo moderno
Jorge Doré
“¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos hacen vanos proyectos? Los reyes de la tierra se sublevan, y los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Ungido: Rompamos sus ataduras, librémonos de su yugo”. (Sal., 2:1, 3)
Como un vendaje que se afloja, la máscara del diablo ha ido cayendo lentamente en el mundo moderno y dejando al descubierto los horrores de un rostro que, si antiguamente se ocultaba a los humanos por repulsivo, hoy muchos consideran canon de belleza. Ya la fealdad del ángel caído no interfiere con la efectividad de su labor. Al contrario, es invitado frecuente y distinguido en múltiples ámbitos y su poderosa influencia brilla con luz negra a nivel mundial. Su simbología se extiende a todas partes tanto en signos como en gestos que públicamente se hacen para manifestar abiertamente su adhesión a él. Sobran las fotos de presidentes, primeros ministros, políticos y conocidas personalidades haciendo los cuernos del demonio con las manos, incluido Benedicto XVI.

Asistido por oscuras huestes celestiales y por discípulos humanos (algunos conscientes, otros ignorantes), el fétido olor de Satanás –contrapartida del olor de santidad– envenena el mundo ante la desidia de millones de víctimas que hoy sufren la opresión y posesión del mal sin involucrarse en la lucha, a pesar de que en esta batalla se juegan la vida eterna y el destino de sus almas y las de sus seres queridos.
Debido a la vertiginosa inercia de los tiempos actuales, nos hallamos a veces tan inmersos en nuestros asuntos personales que no percibimos el ambiente peligroso y hostil que nos rodea y que amenaza con despojarnos de nuestros valores y bienes para esclavizarnos. El mal es todo aquello que niega a Dios en su totalidad, no importa con qué aspecto, por qué medio o bajo qué bandera se presente. Si tiene veinte cuernos o mil cabezas, es indistinto. Su labor es arrancar de raíz a Cristo y a su Iglesia de la faz de la Tierra y sofocar a sus seguidores promoviendo el crecimiento indiscriminado de la cizaña; o sea, de sus discípulos incondicionales.
El cuerpo místico de Satanás está constituido por quienes colaboran activa o pasivamente con su causa. Es un ser monstruoso en el que todos sus miembros, a pesar de odiarse entre ellos, se unen para devorar la luz dondequiera que ésta brille. Su influencia crece ante nuestros ojos cotidianamente y va adueñándose de mentes y corazones mediante la corrupción de la fe, la moral y las buenas costumbres. Y lo hace prodigando no coronas de espinas sino de oro, prometiendo, no calvarios, sino mullidos colchones. Una de sus más grandes mentiras consiste en llamar libertad a la esclavitud y esclavitud a la libertad.
La actual astucia del mal consiste no tanto en enfrentar a Dios como en ignorarlo. Al obviarlo el hombre en sus planes y leyes, la importancia humana crece hasta alcanzar proporciones divinas que hacen innecesario un creador, quien va mermando hasta quedar relegado al ridículo de la burla. No hay más que leer la Declaración Universal de los Derechos Humanos o el Manifiesto Comunista de Karl Marx para convencerse de ello.
Lamentablemente, la actual seudoiglesia católica de Roma, –encaje de bolillos de Satanás por la perfección de su obra–, labora a la sombra de una abultada filosofía humanista que tan furibundamente el anticristo de Pablo VI se empeño en consagrar. En su discurso de clausura de cierre del infausto conciliábulo del Vaticano II, pronunciado el 7 de diciembre de 1965, este demoledor del catolicismo dijo:
- “Este Concilio… en conclusión, nos dará una enseñanza simple, nueva y solemne de amar al hombre para amar a Dios.”
- “… para conocer a Dios, hay que conocer al hombre”.
- “Todas estas riquezas doctrinales (del Concilio) no aspiran sino a una cosa: a servir al hombre”.
- “Nosotros, también, no más que ningún otro, tenemos el culto al hombre”.
- “La religión del Dios que se convirtió en hombre se ha encontrado con la religión del hombre que se hizo Dios. ¿Y que ocurrió? ¿Hubo un choque, una batalla, una condenación? ¡Pudo haber sido, pero no hubo ninguna!”.
El nuevo portador del virus de este humanismo, propagador del mismo, absoluto corruptor espiritual y mimo y bufón de la fe católica es el seudopapa Bergoglio, alias Francisco. Su falsedad –¡naturalmente!– encanta al mundo y sus heréticas declaraciones, –espinas agregadas a la corona de Cristo–, hacen las delicias y provocan los elogios de quienes, suponiéndose católicos fieles, nadan en las aguas negras de la apotasía por equívoca obediencia. Desafortunadamente, los devotos de Francisco, persuadidos del cargo que este señor no ocupará jamás, son incapaces de distinguir una trampa de una virtud.
Bajo el humo de Satanás
La influencia satánica es un fenómeno mundial. Las naciones están siendo poseídas por el mal instituido y legalizado. No es necesario una cabeza que dé vueltas y un vómito verde para denunciar la morada de una legión oscura. La tentación oculta bajo una piel seductora puede ser eficiente.
Con una de sus –usualmente sencillas– advertencias el Padre Pio, quien tantas violentas luchas sostuvo contra el adversario de Dios, nos previno:
“Estén alertas, porque el diablo se esconde en el alma de los no devotos.”
Pero a los intensos niveles con que hoy día lo demónico se manifiesta, con la organización y el poder terrible que está consolidando, apoyado por la tecnología del momento, es posible que sólo el exorcismo de la parusía sea eficiente para erradicarlo del mundo. Para ello se requiere una intervención directa de lo alto.
La institucionalización del mal
Así como Dios entregó al hombre sus mandamientos en el Sinaí, a medida que crece el vacío de Cristo en la humanidad debido a su sistemática erradicación de la sociedad, los discípulos de Lucifer imponen los mandamientos de su amo desde el pináculo de la ONU, sede mundial de la rebelión a Dios: aborto, homosexualismo, feminismo, correción política, multiculturalismo, control de población, suicidio asistido, nihilismo, pornografía, neopaganismo, secularización, neosocialismo, etc., etc.
No pretende esta breve reseña hacer una disección de todas las influencias y categorías del mal. Más bien es un llamado a abrir los ojos del alma y de la inteligencia a quienes permanecen paralizados y al margen de la predicción que posiblemente enfrentemos en un cercano futuro:
“Pues ¿qué haréis para el día de la cuenta y la devastación que de lontananza viene? ¿a quién acudiréis para pedir socorro? ¿dónde dejaréis vuestra gravedad?” (Isaías 10:3)
Podemos detectar el poder de la influencia maligna en las mentes de quienes, llenos de soberbia, se sienten con derecho, no a orientar a la humanidad, sino a tiranizarla. Que no bastándoles dominarla económicamente buscan el control y el sometimiento absoluto de la misma. Estas almas enfermas, poseídas por el mal, no pueden alejar de sus cabezas el persistente eco de la mayor mentira que se haya pronunciado en la historia del mundo: “Seréis como dioses”.
De ahí sus ideas de inspiración Malthusiana de dispensar vida o muerte de acuerdo a sus designios personales, sintiéndose con derecho de regir y determinar sobre las existencias ajenas como si de ganado se tratara.
Ya sea que hablemos de los Illuminati, de la Masonería, de los Bilderbergs, del sionismo, etc., nuestra guerra es contra espiritus y carnes enfermos de soberbia, el rey de todos los pecados capitales. Pecado del que, sabiamente, Tomás de Kempis diría:
“Por la soberbia y vanidad se han extraviado muchos, llegando a veces a padecer ceguera casi incurable”.
En las profecías de Nuestra Señora del Buen Suceso (Quito, Ecuador, S. XVI), la Virgen María explicaba a la Madre Mariana de Jesús Torres, quien había visto apagarse ante sus ojos la lámpara del templo en el que oraba:
“La quinta significación por la cual esta lámpara se apagó es que las personas que poseen grandes riquezas verán con indiferencia la Santa Iglesia oprimida, la virtud perseguida, el mal triunfar. No emplearán sus riquezas para combatir el espíritu del mal y para restaurar la Fe. El pueblo se volverá indiferente en las cosas del Buen Dios, tomando el espíritu del mal y se dejarán arrastrar a todos los vicios y pasiones”.
¡Qué terrible advertencia para tantos católicos tibios e indiferentes cuyas preocupaciones se ciñen a la miseria de un mundo cada vez más podrido y adverso a nuestros valores cristianos! Aunque materialmente no seamos ricos, tenemos mucho que ofrecer. Somos completos en Cristo Jesús y Su Gracia debe guiar nuestras oraciones como flechas ardientes sobre el enemigo, por amor de Su Santo Nombre.
Vienen a robarnos el alma, la vida y la tierra ¿y seguiremos con los brazos caídos? ¿Permaneceremos indiferentes ante la destrucción de la familia, ante el abuso de nuestros hijos, ante la demolición de nuestras patrias, ante el envenenamiento de nuestra moral y el pisoteo de nuestra fe? ¿Dónde está nuestra respuesta?¿Dónde están nuestros rosarios? ¿Dónde el celo por la Cruz?
¡Que no nos sorprendan durmiendo! sino velando en medio de esta amarga noche que ha caído sobre el mundo:
”Ahora bien, si el centinela ve que se acerca el enemigo y no toca la trompeta para prevenir al pueblo, y viene la espada y mata a alguien, esa persona perecerá por su maldad, pero al centinela yo le pediré cuentas de esa muerte.” (Ez., 33:6)
Que Dios nos despierte a Todos. Que Dios nos asista a todos.
