P. JUAN CARLOS CERIANI: CONTRA BOFF

boffCONTRA BOFF

El hereje de Boff, amiguito de Decimejorge y de su amiguita, y ahora compa de Ratzinger, dice:

A final de cuentas, Jesús no era sacerdote.

En los Anatematismos de San Cirilo, contra Nestorio, leemos:

Can. 10. La divina Escritura dice que Cristo se hizo nuestro Sumo Sacerdote y Apóstol de nuestra confesión [Hebr. 3, 1] y que por nosotros se ofreció a sí mismo en olor de suavidad a Dios Padre [Eph. 5, 2]. Si alguno, pues, dice que no fue el mismo Verbo de Dios quien se hizo nuestro Sumo Sacerdote y Apóstol, cuando se hizo carne y hombre entre nosotros, sino otro fuera de Él, hombre propiamente nacido de mujer; o si alguno dice que también por sí mismo se ofreció como ofrenda y no, más bien, por nosotros solos (pues no tenía necesidad alguna de ofrenda el que no conoció el pecado), sea anatema.

El Concilio de Trento, en su Sesión XXII, sobre la Doctrina acerca del Santísimo Sacrificio de la Misa, definió:

El sacrosanto, ecuménico y universal Concilio de Trento, legítimamente reunido en el Espíritu Santo, presidiendo en él los mismos legados de la Sede Apostólica, a fin de que la antigua, absoluta y de todo punto perfecta fe y doctrina acerca del grande misterio de la Eucaristía, se mantenga en la santa Iglesia Católica y, rechazados los errores y herejías, se conserve en su pureza; enseñado por la ilustración del Espíritu Santo, enseña, declara y manda que sea predicado a los pueblos acerca de aquélla, en cuanto es verdadero y singular sacrificio, lo que sigue:

Cap. 1. [De la institución del sacrosanto sacrificio de la Misa]

Como quiera que en el primer Testamento, según testimonio del Apóstol Pablo, a causa de la impotencia del sacerdocio levítico no se daba la consumación, fue necesario, por disponerlo así Dios, Padre de las misericordias, que surgiera otro sacerdote según el orden de Melquisedec [Gen. 14, 18; Ps. 109, 4; Hebr. 7, 11], nuestro Señor Jesucristo, que pudiera consumar y llevar a perfección a todos los que habían de ser santificados [Hebr. 10, 14]. Así, pues, el Dios y Señor nuestro, aunque había de ofrecerse una sola vez a sí mismo a Dios Padre en el altar de la cruz, con la interposición de la muerte, a fin de realizar para ellos la eterna redención; como, sin embargo, no había de extinguirse su sacerdocio por la muerte [Hebr. 7, 24 y 27], en la última Cena, la noche que era entregado, para dejar a su esposa amada, la Iglesia, un sacrificio visible, como exige la naturaleza de los hombres [Can. 1], por el que se representara aquel suyo sangriento que había una sola vez de consumarse en la cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos [1 Cor. 11, 23 ss], y su eficacia saludable se aplicara para la remisión de los pecados que diariamente cometemos, declarándose a sí mismo constituido para siempre sacerdote según el orden de Melquisedec [Ps. 109, 4], ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino y bajo los símbolos de esas mismas cosas, los entregó, para que los tomaran, a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, les mandó con estas palabras: Haced esto en memoria mía, etc. [Lc. 22, 19; 1 Cor. 11, 24] que los ofrecieran. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia [Can. 2]. Porque celebrada la antigua Pascua, que la muchedumbre de los hijos de Israel inmolaba en memoria de la salida de Egipto [Ex. 12, 1 ss], instituyó una Pascua nueva, que era Él mismo, que había de ser inmolado por la Iglesia por ministerio de los sacerdotes bajo signos visibles, en memoria de su tránsito de este mundo al Padre, cuando nos redimió por el derramamiento de su sangre, y nos arrancó del poder de las tinieblas y nos trasladó a su reino [Col. 1, 13].

Santo Tomás, en la Suma Teológica, III, q. 22, a. 1, enseña:

El oficio propio del sacerdote es el de ser mediador entre Dios y el pueblo, en cuanto que: por un lado, entrega al pueblo las cosas divinas, de donde le viene el nombre de sacerdote, equivalente a el que da las cosas sagradas’, conforme a las palabras de Mal 2,7: Buscarán la Ley de su boca, es decir, del sacerdote. Y por otro, ofrece a Dios las oraciones del pueblo, e igualmente satisface a Dios por los pecados de ese mismo pueblo. Por eso dice el Apóstol en Heb 5,1: Todo pontífice tomado de entre los hombres, en favor de los hombres es instituido para las cosas que miran a Dios, para que ofrezca ofrendas y sacrificios por los pecados. Y esto compete principalmente a Cristo, pues por medio de él han sido conferidos dones a los hombres, según palabras de 2 Pe 1,4: Por él, esto es, Cristo, nos hizo merced de preciosos y sumos bienes, para que por ellos os hagáis partícipes de la naturaleza divina. Él reconcilió también al género humano con Dios, según el pasaje de Col 1,19-20: En él, esto es, en Cristo, plugo (al Padre) que habitase toda la plenitud, y reconciliar por él todas las cosas. Por lo que a Cristo le compete de forma suprema ser sacerdote.

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El Tercer Domingo de Adviento de 2012 desarrollé el tema Jesús Sacerdote, y escribí:

Los títulos de Sacerdote y Cordero son mesiánicos. En el Antiguo Testamento se delinea la figura de sacerdote y víctima del futuro Mesías.

En el Evangelio aparece Jesús como Sacerdote y Cordero de Dios; y en los mismos tiempos apostólicos tendrá más amplio desarrollo la teología católica sobre estos dos puntos, especialmente en la carta de San Pablo a los Hebreos y en el Apocalipsis de San Juan.

Escasos son los textos del Antiguo Testamento en que se afirme de una manera concreta el carácter sacerdotal del futuro Mesías; con todo, se delinea en muchísimas de aquellas páginas.

El simple hecho de la filiación divina debía hacer del Mesías el Profeta, el Sacerdote y el Rey por excelencia.

Un sacrificio nuevo exigía un nuevo sacerdocio, y el profeta Malaquías vaticina para los tiempos mesiánicos un sacrificio puro y universal, en que toda la exégesis cristiana ha visto profetizado el sacrificio eucarístico.

Este sacrificio puro no lo ofrecerán los sacerdotes según Aarón, porque el sacerdocio levítico debía circunscribir sus funciones dentro de los límites de Israel, y la nueva Hostia pacífica deberá ofrecerse en todos los puntos de la tierra: lo hará el sacerdote de la religión que funde el Mesías, es decir, el mismo Mesías, de cuyo Sacerdocio eterno participarán sus sacerdotes.

El Rey David, en el salmo 109, que es salmo sacerdotal y real a la vez y que contiene uno de los más claros y definidos vaticinios mesiánicos, llama al Mesías sacerdote eterno según el orden de Melquisedec.

El sacerdocio del Mesías se colige de aquellos pasajes en que se alude a un sacrificio personal que el mismo Mesías realizará, y en el que será sacerdote y víctima a la vez.

David introduce en el mundo al Cristo futuro ofreciéndose como hostia por los pecados con estas palabras: No quisiste sacrificio ni ofrenda. No demandaste holocausto ni ofrenda por el pecado. Entonces dije: He aquí que vengo… para hacer tu voluntad; palabras que San Pablo aplica a Cristo Sacerdote.

Isaías habla de la muerte del Mesías como sacrificio que hace de sí propio, sacrificio voluntario, sangriento, expiatorio.

En la misma tipología del Antiguo Testamento hallamos un preludio del sacerdocio del Mesías. Abel, Melquisedec, Abraham son tipos del sacerdocio del Mesías.

Particularmente Melquisedec y Abraham son los dos tipos representativos de los dos sacerdocios del Testamento Antiguo: el primero representa el sacerdocio antes de la ley; el segundo, el sacerdocio legal, ya que de Abraham vienen Aarón y Leví, de cuya tribu debían ser los sacerdotes según la ley.

El sacerdocio del Mesías deberá ser según el orden de Melquisedec, no de Aarón:

Primero, porque el Mesías no será de la tribu de Leví, sino de la de Judá, que no es sacerdotal.

En segundo lugar, porque el sacerdocio de Melquisedec era más perfecto que el de Abraham, de donde nacerá Aarón.

Era mayor la dignidad del oferente, porque Abraham pagó el diezmo a Melquisedec y recibió de él la bendición.

Más perfecta también la representación del futuro sacerdote Hijo de Dios, sin padre, ni madre, ni genealogía, sin padre como hombre, sin madre como Dios y sin genealogía por su inescrutable origen.

En esta independencia de la genealogía sacerdotal levítica está uno de los más preciados caracteres del futuro sacerdocio del Mesías.

Será un sacerdocio nuevo, porque lo será su sacrificio y su religión; porque la ley debía ser abolida, substituyéndola un pacto o Testamento nuevo, sellado con la Sangre del nuevo Sacerdote según el orden de Melquisedec; sempiterno, es decir, no dependiente de las generaciones humanas, que fenecen, sino fundado en la unión substancial de la naturaleza humana en la Persona del Verbo que permanece eternamente; perfectísimo, que no tendrá necesidad de ofrecer hostias por sus pecados, porque será el Hijo eternamente perfecto.

La misión sacerdotal de Jesús, la naturaleza de su sacerdocio y los frutos de su sacrificio vienen expresados casi ya en su forma teológica definitiva en los escritos apostólicos, especialmente en las epístolas de San Pablo.

En la conversación con Nicodemus esboza ya Jesús en sus grandes líneas sus funciones sacerdotales. La primera de ellas es la mediación por el sacrificio expiatorio de sí mismo; la participación, por la fe y el bautismo, de la gracia que brota de la muerte expiatoria de Jesús, es la que reconcilia a los hombres con Dios y les hace capaces de renacer a la vida divina y de ver su reino.

Pero donde aparece la grandeza sacerdotal de Jesús es en el Calvario. Allí se nos presenta como Sacerdote que se inmola a sí mismo con un acto de su voluntad libérrima.

Jesús se inmola a Sí mismo por el derramamiento de su Sangre, la Sangre del Nuevo Testamento, que la noche antes de morir pone en el Cáliz de la última Cena. El sacrificio de Jesús es holocausto, porque glorificó a su Padre de una manera perfecta; es sacrificio para remisión de pecados; es sacrificio pacífico, porque se propone reconciliar los hombres con Dios.

Toda la vida sacerdotal de Jesús está encerrada en aquellas palabras de su oración sacerdotal: Por ellos me santifico a mí mismo. La solemnidad del momento y la misma solemnidad de la frase, demuestran que Jesús iba a entrar en la función definitiva de su sacerdocio eterno, aboliendo los viejos sacrificios y el sacerdocio legal con el acto sacerdotal que dentro de poco realizará inmolándose a sí mismo en la Cruz.

La primera condición del sacerdote, según el Apóstol, es la de mediador; y para ello es preciso que sea hombre; ni más, ni menos; ni superior ni inferior a la naturaleza humana.

Jesucristo, sacerdote único de una sociedad universal y única como será su Iglesia, debía ser hombre que formara parte de este inmenso organismo social. Dios no es sacerdote; no puede serlo, porque es uno de los extremos de la mediación.

Ni debe ser una naturaleza superior o inferior a la humana la que ejerza el oficio sacerdotal; porque el deber de la ofrenda y de la expiación incumbe personalmente a la criatura racional que recibió de Dios la vida y que pecó contra Él.

Y ved al Verbo cómo se hace hombre, tomando una naturaleza humana en las entrañas de la Virgen. Se hace hombre precisamente para ser sacerdote, porque el fin de la Encarnación es la Redención, y ésta debía lograrla Jesucristo por la gran función sacerdotal de su sacrificio.

No basta para ser sacerdote ser miembro de esta gran solidaridad humana. El sacerdocio no es una función civil, sino sagrada, especialísima, única entre todas las funciones de carácter social. No depende, por lo mismo, de la voluntad personal de cada hombre ni de la autoridad civil que llame a un ciudadano a estas altas funciones; se requiere vocación de Dios; el que toma la investidura sacerdotal sin ser llamado, o ejerce por su antojo las funciones de mediador entre Dios y los hombres, es un intruso.

Es otro carácter que señala el Apóstol: Que nadie se arrogue esta dignidad; es preciso para lograrla ser llamado por Dios, como Aarón.

Exige esta vocación la misma naturaleza del oficio sacerdotal. Intermediario entre Dios y los hombres como es el sacerdote, debe ser grato al Cielo y a la tierra, en especial al Cielo.

Si el sacerdote no es grato a Dios, por la mezquindad de su pensamiento o de su corazón; si no sabe o no quiere rendir toda su vida, que es como la síntesis de la vida de sus representados, ante la majestad del Ser Supremo; si es hombre de pecado, y los ojos santísimos de Dios descubren en el fondo de su alma esta mancha que tanto odia en los hombres, ¿cómo podrá el hombre ejercer con eficacia funciones sacerdotales?

Jesucristo, Sacerdote de la Nueva Ley, Sacerdote único en quien se encerrará todo el sacerdocio definitivo y eterno, debía ser llamado por Dios, con mayor razón con que fue llamado Aarón. Y lo fue en forma solemnísima.

Y por este hecho es llamado a ser Sacerdote; porque el Verbo de Dios se encarna con una finalidad esencialmente sacerdotal. Para esto vino del Cielo a la tierra y para esto fue hecho sacerdote. Es decir, que el Verbo se encarna para redimir, redime por su sacrificio y sacrifica por su ser y sus funciones de sacerdote.

Encarnación y Sacerdocio, Sacrificio y Redención, están en Jesucristo íntimamente trabados, son absolutamente inseparables en la realidad objetiva de su ser y de su vida.

Tal es la vocación de Jesús al sacerdocio. Es vocación de toda la eternidad, que se realiza en el tiempo cuando la naturaleza humana de Cristo se junta a la Persona divina. El mismo hecho de la filiación constituye la razón de su sacerdocio.

¿Fue Jesucristo consagrado sacerdote? ¿Cuándo y cómo lo fue? Al Sacerdote de la Nueva Ley no debía faltarle la consagración, de lo contrario hubiera quedado por debajo del sacerdocio de Aarón.

He aquí cómo fue ordenado y consagrado sacerdote Jesucristo: por el puro hecho de la unión hipostática de su naturaleza humana con la Persona del Verbo. Fue entonces cuando la humanidad de Jesucristo fue ungida con la divinidad del Verbo.

El Verbo es el Crisma sustancial, porque sustancialmente es Dios. Al tocar el Verbo de Dios la Humanidad santísima, Jesucristo fue consagrado Pontífice único, porque es el único hombre que se ha puesto en contacto personal con Dios.

No sólo Pontífice único, sino Pontífice substancial y total, es decir, sacerdote por su misma naturaleza y por su mismo ser; porque al ponerse en contacto con la divinidad fue íntima y totalmente invadido por ella, y por ella ungido en alma y cuerpo.

Así, la unción sacerdotal del Espíritu de Dios, al venir sobre Jesucristo, se compenetró con Él hasta hacer de Él no un hombre ungido, sino «el Ungido», y una como unción viva y substancial, que esto significa la palabra Cristo.

Y si el sacerdote es el hombre de Dios, porque está tocado por la santa unción de Dios, nadie más sacerdote que Jesucristo, que más que hombre de Dios, es el Hombre-Dios, constituido tal por esta misma unción de la divinidad.

¡Qué dulce y fuerte es para nuestra alma el pensamiento de que Jesús es sacerdote ya desde su primer vagido y de que toda la obra de su vida es función y ofrenda sacerdotal!

Sacerdote en el pesebre de Belén, donde, con su primer dolor, empieza a ofrecerse Hostia viva que se consumará en el Calvario.

Sacerdote cuando consagra el pan y el vino, instituyendo la oblación inmaculada de la Eucaristía, que ya no cesará más y se ofrecerá en todo lugar del mundo.

Sacerdote, especialmente, cuando, clavado en Cruz, es Él mismo el altar, la víctima y el Pontífice que consuma la única oblación totalmente acepta a Dios desde que el mundo es mundo.

Sacerdote en el Cielo, donde ejerce las funciones pontificales de intercesión ante el Padre.

Tales son las características del sacerdocio de Jesucristo. Hombre como nosotros, llamado por Dios con juramento a las funciones sacerdotales, consagrado con la plenitud de la unción de la divinidad misma que le constituyó en Ungido o Cristo personal y vivo, santo, inmortal y de una categoría única en la historia del sacerdocio, Jesucristo es, en verdad, el Hombre constituido intermediario entre Dios y los hombres, puente divino entre el Cielo y la tierra, Mediador entre el Santo y los pecadores.

Bofe, el que no es sacerdote, ni obispo, ni papa es tu amiguito Jorge Mario.

Padre Juan Carlos Ceriani