Monseñor FRANCISCO OLGIATI
LA PIEDAD CRISTIANA
PRIMERA PARTE
EL ESPÍRITU DE ORACIÓN
IDEAS Y PRINCIPIOS FUNDAMENTALES
Continuación…
III
LA UNIÓN CON JESÚS CRUCIFICADO
«Yo os conjuro que tengáis siempre presente ante los ojos de vuestro espíritu la Pasión de nuestro Salvador. Ella os fortificará y os animará a sufrir más generosamente por su amor».
Con esta invitación de San Francisco de Asís, podemos iniciar el análisis de uno de los métodos más clásicos y más eficaces de unión con Dios: o sea, por medio de Cristo Crucificado.
Es un método antiguo, familiar a San Pablo, quien quedaba arrobado de admiración y conmovido, cuando exclamaba: «¡Cristo me amó y se sacrificó por mí!» Su afirmación: «Con Cristo estoy clavado en la cruz» y su protesta a los Corintios: «Yo nunca juzgué saber entre vosotros otra cosa que ésta: Jesucristo y éste Crucificado» sintetizan todo su ánimo y dicen de su continuo pensar en la Pasión.
Todos los que han ido en busca del monte de la santidad han encontrado el Calvario; junto a la Cruz de Cristo, sobre la cumbre, han establecido su morada, y cuando, como San Pablo de la Cruz y sus Pasionistas, descienden, llevan el sagrado Madero, lo dejan en cada pueblo, en cada plaza, luego de haberlo entronizado en cada corazón.
Ninguno podrá tomar mejor guía en este punto que al estigmatizado de la Verna. No sólo brotaba un grito de sus labios: «¡Jesús, mi amor, fue crucificado!»; sino que se adentraba tanto en los dolores del divino Crucificado, que iba por las calles llorando e incitando a los hombres a llorar la Pasión de Cristo. Desde el día en que le hablara el Crucifijo de San Damián, aprendió a ver —como escribe el Padre Gemelli— en toda creatura algo que hablaba de Jesucristo muerto en la Cruz por los hombres.
«Los fragmentos de madera unidos y plantados en tierra de manera que formaran una cruz, el pequeño cordero que bala, todo servía, en la pedagogía de San Francisco, a enseñar a las almas a ver en el mundo el reflejo de la Redención por obra de la Cruz. ¿Qué significa, si no, la misma ansia que tenía San Francisco de ir a Tierra Santa, sino este deseo de tocar con sus manos v de hacer tocar todos los santos signos de la Redención, para convertir a las almas? ¿Qué significa este primer vagido de la poesía italiana por inspiración de San Francisco, el juglar de Dios, o sea el promover en todas partes las representaciones sagradas, sino el esfuerzo de llamar a todos a los dolores de la Pasión?
Después de dieciocho años de una nunca vista igual imitación del Señor, San Francisco imploró aquella imitación extrema que no podía conseguir por su voluntad: la crucifixión. Y tuvo los estigmas. Con este sello impreso en los miembros de su fundador, la piedad franciscana entraba cada vez más profundamente en la concepción paulina: Cristo, cabeza de toda la Iglesia; cada alma, miembro de su Cuerpo místico, destinada a cumplir en sí la Pasión del Señor.
San Francisco realizó sensiblemente esta participación en la Redención a que son llamados todos los hombres y amonestó, con los ejemplos, a todos los fieles a dirigir hacia un único centro todos los deseos: «Cristo y Cristo Crucificado»… Desde aquella mañana de septiembre, sobre la Verna, donde San Francisco hizo a Jesucristo las dos peticiones más apasionadas que jamás haya formulado santo alguno: «Hazme sentir en mi alma y en mi cuerpo el dolor de tu Pasión; hazme sentir en mi corazón tu amor por los hombres», desde entonces cada franciscano tiene como meditación preferida la Cruz. Detenerse a mirar aquel libro de una sola hoja que es el Crucifijo; imprimirse en el corazón ese modelo; persuadirse que el día, para ser divino, debe ser un enclavamiento de la propia voluntad a la voluntad de Dios, inflexible como la Cruz, y salvadora como la Cruz; y a la noche reflejarse en esa página para ver si la hemos copiado; y dormirse con el Crucifijo sobre el corazón, como salvación única, esperando que el sueño de la muerte esté vigilado por aquel único Amigo que no teme seguirnos al féretro: esto es Franciscanismo».
El Lignum vitæ y la Vitis mystica de San Buenaventura; el Stabat Mater de Jacopone de Todi; la devoción a la Sangre Preciosísima, que costó tantas pruebas y tantos dolores a San Juan de Capistrano; la devoción a las llagas de Nuestro Señor; el Via Crucis, especialmente en la forma tan conmovedora como lo ha hecho San Leonardo de Puerto Mauricio; las cruces diseminadas por todas partes, en cada intersección de caminos, en cada campo, inculcan el mismo pensamiento.
«Y el arte no sólo no estuvo ausente, sino que tuvo aquí sus más hermosas inspiraciones. Basta entrar en una iglesia franciscana, erigida en cualquier siglo, especialmente en los primeros, y en seguida se revela que la Pasión de Nuestro Señor narrada en los lenguajes más diversos, expresada en las más variadas formas, lo domina todo. No dicen otra cosa los montes sagrados, erigidos en todas partes del mundo sobre los pobres conventos franciscanos. Realmente se constata que los Frailes Nuevos escucharon fielmente las recomendaciones dejadas por San Francisco a sus hijos».
Valdría la pena que recogieran tales recomendaciones también hoy, todos aquéllos que cultivan el espíritu de oración. Nunca se deplorará suficientemente el descuido, hasta de muchas almas buenas, referente a la Pasión de Cristo. ¡Guay si surgieran de sus tumbas un San Pablo o un Pedro el Eremita!
Especialmente en algunas épocas del año, como la Cuaresma, ayuda un fuerte ejercicio de unión con Cristo crucificado, ejercicio del cual debemos indicar aquí las directivas prácticas.
1. — El que quiere pasar alguna semana, o algún mes abrazado a la Cruz, debe mirar la devoción a la Pasión en función de todo el dogma católico.
¿Es posible, en los designios presentes de la Providencia, concebir la gracia y el orden sobrenatural, prescindiendo de la Cruz? Valdría considerar un río, sin tener en cuenta la fuente de la cual brota.
Así pues ¿es posible separar el pensamiento del Calvario del Sacrificio del Altar, el Sacrificio cruento del incruento eucarístico, y no recordar que éste es la renovación y el recuerdo y que nos aplica los frutos?
¿Es posible estimar como un hecho insignificante la aparición a Santa Margarita María del Sagrado Corazón coronado de espinas y culminando en una cruz, y sangrando por la redención del mundo?
Conviene, pues, leer en el período indicado:
a) Algún volumen sobre la Pasión, como por ejemplo: La vid mística, de San Buenaventura; La Historia de la Pasión de Jesucristo, de Miguel Mir; Las cartas inéditas y El diario de la Pasión de Santa Verónica Giuliani; Los dolores mentales de Jesús, de la Beata Camila Bautista Varani; La dolorosa Pasión de N. S. Jesucristo, de Ana Catalina Emmerich.
b) Y como libros de meditación: La Pasión de Jesucristo, de San Alfonso; los Pensamientos y afectos sobre la Pasión de Jesucristo, del Padre Cayetano M. da Bérgamo; La Pasión de Jesucristo, de Monseñor Pedro Bergamaschi; la Explicación de la Pasión de N. S. Jesucristo, que el Venerable Ludovico Blossio extrajo de los piadosos ejercicios de Juan Taulero; el opúsculo ¡Oh mi amado Crucifijo!, extractado de las obras del Padre Vicente Huby; A los pies de la Cruz, del Padre Faber; las Meditaciones sobre la Pasión, de Sor Celestina Donati; los tres volúmenes de A. Chauvin: La pasión meditada a los pies del S. S. Sacramento y las páginas del Padre Amadeo, Pasionista: A los pies de Jesús Crucificado.
c) Es muy oportuno detenerse en el aspecto dogmático de la Pasión. Insistir en el hecho de que «toda la vida de Cristo fue un martirio», como dice el autor de la «Imitación», o sea, que la Cruz es el centro de la vida del Salvador, en cuánto todos sus actos y todos su sufrimientos se orientaron hacia el Gólgota; insistir en el estudio diligente de la Pasión con respecto a nuestra redención y a la salvación del mundo. El examen de los grandes tratados de dogmática, como los artículos de la Suma Teológica de Santo Tomás (III, 46) —sobre la Pasión de Jesús—, o de oportunas y sintéticas exposiciones, como pueden ser las Consideraciones fundamentales sobre la Pasión de N. S. Jesucristo de Monseñor Cario Gorla, Milán, 1925, serán un fundamento seguro al ejercicio que nos interesa.
2. — Para practicar con fruto tal ejercicio, es necesario esforzarse para no hacer ni una Señal de la Cruz, ya sea en la frente, en los labios y sobre el corazón, sin pensar en Jesús que murió por nosotros sobre la Cruz. ¡Y sin embargo el gesto sagrado se ha vuelto inconsciente! Yo comprendo toda la poesía de San Francisco Solano, el cual, mientras dormía, con mano lenta hacía el sagrado signo sobre su pecho; pero no comprendo mi sueño espiritual que, estando despierto, me hace cumplir sin significado el acto elocuente.
3. — Los Crucifijos, en el período en que se quiere vivir en unión con la Pasión de Jesús, deben asemejarse también para nosotros al Crucifijo de Santa Teresita de Lisieux. Los artistas nos la muestran con un crucifijo en las manos todo cubierto de rosas; la idea es genial, ya que el corazón de la pequeña Santa sabía circundar a su Dios dolorido con las flores frescas del afecto más gentil y sincero.
«Poseemos un Crucifijo —exclamaba el Padre Ravignan—. Que haya entre él y nuestra alma una tierna y habitual comunicación, tomémoslo por amigo, confidente y modelo; que nuestro primer acto, por la mañana, sea saludarlo; pidámosle su protección y su magisterio durante el día; y que consagrándole nuestras acciones y nuestros esfuerzos, podamos, por la noche, ofrecerle algunos de los sacrificios realizados por su amor».
Son palabras devotas y expresivas las de Hoppenot al final de su volumen Le Crucifix:
«¡Oh Crucifijo, eres Tú, que en el tiempo mío has señalado mis jornadas con tu sello!
¡Desde el beso de la mañana, hasta el beso de la noche, todas mis horas fueron tuyas!
¡Oh Santo Redentor, colocado sobre la mesa de trabajo, tú has bendecido mis estudios; colocado en mi habitación, dirigiste mis conversaciones y templaste mis placeres; entronizado sobre mi lecho, en mi cabecera, me has dado paciencia en mi enfermedad; colgando de mi pecho y sobre mis labios has hecho meritorio y alegre mi último respiro. Puesto sobre mi tumba provocarás la oración que obtendrá mi liberación!
¡Oh Jesús Crucificado, todos los bienes me vinieron por Ti y de tu Santa Cruz!
¡Oh Crucifijo mío, seas eternamente bendito!
O crux, ave !»
***
El Siervo de Dios de Ponlevoy, jesuita, para poder aguantar su jornada llena de dolores y de ansiedades, repetía: «Cada día es una batalla, ya que la vida es una guerra continua». Arriba, pues, a la primera señal de ataque, como buen soldado, mira al general y saluda la bandera. O crux, ave ! ¿Llega la noche? es el punto de llegada. A los pies del Crucifijo se deponen las faltas y los méritos.
¡Dichosos de nosotros si ostentamos heridas!… Y delante de la Cruz hagamos nuestros propósitos.
¿Un consejo? Interroguemos al Crucifijo. ¿Un socorro? Miremos al Crucifijo. ¿Estamos heridos? Cuando la cruz nos toca, tenemos derecho de tocar la verdadera Cruz y besar los pies del Señor. ¿Nos estamos muriendo? Hagámoslo nuestro ejecutor testamentario, y Él nos hará sus herederos. In manus tuas commendo spiritum meum. Y Jesús nos responde: «Hodie mecum eris in Paradiso».
4. — La Santa Misa debe ser oída con los sentimientos que habríamos probado asistiendo al drama del Calvario, junto a la Dolorosa y al Apóstol predilecto.
5. — Después de la Comunión, la hermosa oración: Heme aquí, oh mi amado y buen Jesús, debe ser dicha con el pensamiento en la Cruz.
6. — Durante el día, vivir en unión con el divino crucificado significa aplicar el abnege temetipsum del Evangelio.
¡Y cuántos motivos, cuántas ocasiones para recordarnos que somos hijos de la Cruz!
Serán algunas mortificaciones voluntarias, especialmente el viernes, día consagrado al recuerdo de la Pasión, cuando convendrá también entregar un alma a la penitencia que la Iglesia impone al prescribir la abstinencia de carnes. Serán las cruces del trabajo soportado y santificado, las cruces de las incomprensiones y de las amarguras generosamente apuradas. Será la cruz del dolor, que recibiremos de Jesús, como la recibía Santa Clara de Montefalco, cuando Jesús se le aparecía y le decía:
«Hace tiempo, hija mía, que yo busco un lugar firme donde colocar mi cruz y no he encontrado uno más adaptado que tu corazón. ¡Tómala, pues; y que la cruz eche raíces en ti!»
Cada enfermedad, cada indisposición debiera ser recibida por nosotros como nos ha enseñado la Beata Ángela de Foligno, quien en las meditaciones sobre la Pasión y en las visiones aprendía a soportar y a amar las penas físicas y morales, tan copiosas en su vida, mereciendo expirar, mientras murmuraba con su modelo Jesús: «¡En tus manos, Señor, entrego mi espíritu!»
7. — El recuerdo de la Pasión era para los Santos franciscanos un pensamiento frecuente, ya mediante jaculatorias (Adoramus te Christe et benedicimus tibi, quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum); ya cuando tomaban un libro entre sus manos (San Félix de Cantalicio, entrando en una biblioteca de un célebre abogado romano lo reprendía: «¡Seríais desgraciado en verdad, si todos estos libros os han de hacer olvidar el libro de los libros, el Crucifijo!»); ya sea cuando sufrían injurias (un terciario, San Eleazar de Sabrau, que replicaba a su esposa asombrada de su paciencia y bondad hacia aquéllos que le hacían mal, le decía: «Yo tengo sentimientos de indignación; pero pienso pronto en mi Salvador y me esfuerzo en imitarlo»); encontrando a un infeliz o visitando a un enfermo (Santa Francisca Romana, viendo en los pobres la imagen de Jesús Crucificado, llegaba hasta mendigar para poderlos ayudar).
8. — Es fácil entender cómo, con un sentido vivo de la Pasión, todo está animado por un nuevo soplo de amor, de abnegación, de inmolación.
Por ejemplo, ¿debemos atender a una buena obra, a una iniciativa del apostolado cristiano?: recurriremos a la Cruz. Ella provocará en nosotros una sed insaciable de almas.
¿Hacemos nuestro examen de conciencia?, o bien, ¿nos preparamos a la confesión?: arrodillémonos delante del Crucifijo y con Santa Rosa de Viterbo digámosle:
«Oh mi Jesús, ¿quién te ha reducido a un estado tan miserable?
Es el pecado.
¡El pecado! Luego soy yo quien te ha causado todos estos tormentos».
Y la santa no sólo sentía su corazón transido de dolor, sino que levantándose, tomaba una cruz y recorría las calles y las plazas de Viterbo, predicando la penitencia.
9. — También el periódico debe recordarnos la Pasión de Jesús. Cuando nos describe las persecuciones de Méjico o de Rusia, traigamos a la memoria lo que San Antonio de Padua recordaba en un sermón sobre la Pasión:
«Y he aquí que la Pasión se renueva todos los días. Todos los días, la Iglesia, que es el Cuerpo Místico del Salvador, es cruelmente atormentada en sus miembros… Ella está siempre en el Calvario; y la palabra del Evangelio es siempre verdadera: El Hijo del hombre será entregado en las manos de sus enemigos, cubierto de ultrajes, flagelado y crucificado».
10. — El recogimiento guardado especialmente los viernes; la devoción a las cinco llagas y a la Dolorosa; la Hora Santa; la práctica del Via Crucis; la Semana Santa, son otros tantos medios para activar la unión con Jesús crucificado.
***
Uno de los días más alegres para San Leonardo de Porto Maurizio fue el de la erección del Via Crucis en el Coliseo.
«El Santo —narra el Padre Gemelli— obtuvo del Papa Benedicto XIV que aquel recinto consagrado por la sangre de los Mártires, de la infamia del pecado a que el abandono lo había reducido, se convirtiese en un lugar de oración dedicado al Rey y a la Reina de los Mártires con la devoción del Via Crucis.
El 27 de diciembre de 1750, una procesión de religiosos y de amantes de Jesús y de María (la nueva Congregación Leonardiana) fue con una gran cruz desde San Buenaventura por el Palatino al Coliseo, donde San Leonardo habló de la Pasión del Señor, excitando a la devoción; luego el Monseñor Vicerregente con gran pompa bendijo las cruces, y todo el pueblo hizo el Vía Crucis».
No es solamente el Coliseo de otrora el sagrado recinto profanado; también nuestro corazón, santificado con la Sangre del Mártir Divino, conoce las profanaciones de la culpa.
Alcemos en él la Cruz y unámonos estrechamente a ella: salus et resurrectio nostra.
