JORGE DORÉ: POESÍAS: CATACUMBAS

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 Oh Timoteo, guarda el depósito, evitando las profanas novedades
de palabras y las contradicciones de una ciencia de falso nombre que, profesándola algunos, se extraviaron en la fe. (1 Tim., 6, 20-21)

El rostro de la iglesia muestra su bofetada
mientras –llena de espinas–, asciende hacia el calvario.
La empujan a la muerte, desnuda y flagelada,
acerbos enemigos del altar y el sagrario.
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Obreros de las sombras pervierten la doctrina,
atentan contra el culto con menosprecio ciego
y haciendo escarnio y mofa de la gracia divina
presumen coqueteando con azufre y con fuego.
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Son los propagadores de una fe adulterada,
hija de novedades, cuya revolución
alza su cornamenta contra la cruz dorada,
la Trinidad, los dogmas y la Revelación;
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Hipócritas, herejes, necios, malevolentes,
encantan con un Cristo raquítico, encorvado.
Asperjen herejías de sus manos y frentes
a pesar de su aspecto religioso y sagrado.
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Son ciegos entre ciegos; amados por el mundo
–porque el mundo aborrece la luz y la Verdad–.
Los fieles que comulgan con este culto inmundo
renuncian a sus alas toda la eternidad.
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Así el rebaño marcha, caída la cabeza,
ajenos al gran drama: el lobo es el pastor.
El Padre hace un llamado con rigor y dureza
y se adelanta un ángel: el Exterminador.
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Traición y secretismo: nada es lo que parece
en esta falsa iglesia, –ramera de Babel–
que, arisca al evangelio, perversamente ofrece
la gracia de la lepra, la gloria de la hiel.
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Con un fraterno abrazo se aúnan las creencias,
se toman de las manos y saltan al abismo.
Católicos –apáticos a sus desobediencias–,
se suman al engendro de un vil ecumenismo.
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Sobre un menguante Cristo, el hombre se agiganta
ebrio de ese diabólico orgullo que lo pierde.
Desorientado y agrio, el mundo se levanta
contra todo lo sacro, lo repudia y lo muerde.
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Rodeados de tinieblas, sufrimos el castigo
de tener que movernos entre muertos y tumbas.
Quien fuera nuestro hermano, es hoy nuestro enemigo.
Los pocos que aún disciernen, velan en catacumbas.