ACLARACIÓN Y COMPLEMENTO
NECESARIOS
AL COMENTARIO ELEISON 320
Monseñor Williamson consagra su Comentario Eleison 320 al aniversario del Edicto de Milán, y recuerda los principios católicos que rigen las relaciones entre la Iglesia y el Estado, particularmente la confesionalidad de este último.
En relación al Liberalismo Revolucionario escribe la siguiente frase que exige una aclaración y un complemento:
Fue solamente con el Vaticano II que la Iglesia finalmente le dio paso a este liberalismo y repudió la doctrina del Estado Católico mediante su enseñanza sobre la libertad religiosa en Dignitatis Humanae. Un cabecilla de los neo-modernistas en el Concilio, el Padre Yves Congar, se regocijó que el Concilio había finiquitado con la «Iglesia Constantiniana».
La aclaración se refiere a que no ha sido la Iglesia Católica la que ha dado paso al liberalismo y ha repudiado la doctrina del Estado Católico.
Que a esta altura del combate contra la Revolución Anticristiana estemos obligados a hacer este tipo de aclaración a Monseñor Williamson resulta tan cansador para nosotros como molesto y antipático para sus obsecuentes seguidores.
Monseñor Williamson siempre reclama filosofía realista, sentido común, etc. Nosotros exigimos un mínimo de precisión de parte suya.
La frase requiere también un complemento, pues, si bien es cierto lo expresado sobre Yves Congar, resulta llamativo el silencio sobre Joseph Ratzinger, que llegara a ocupar puestos eminentísimos en la Roma Conciliar Anticristo.
Viene a la memoria lo dicho por Monseñor Fellay sobre este personaje:
* Benedicto XVI es una persona íntegra, que toma muy seriamente la situación y la vida de la Iglesia.
* Todo indica que desde hace algún tiempo, más o menos desde el ascenso al pontificado del Papa Benedicto XVI, ha aparecido una nueva ola que, contra todo pronóstico, aparenta ir en sentido opuesto a la primera. Los indicios son suficientemente variados y numerosos como para poder afirmar que este nuevo movimiento de reforma o de restauración es efectivamente real.
* Hay que saber que el Papa presente, Benedicto XVI, es una mezcla de bueno y de malo. Yo digo así: su cabeza es moderna, su corazón es conservador.
* Lo que podemos decir es lo siguiente: hasta este Papa, la Iglesia estaba totalmente en manos de los modernistas.
No podemos olvidar las extravagantes declaraciones de Monseñor Williamson con ocasión de su Conferencia en Nova Friburgo, en agosto de 2012:
El Papa quiere asegurarse, antes de morir, de que la religión de su niñez es conciliable, no contradice la religión que él ha promovido desde su seminario. Quiere la seguridad de que son conciliables. Es decir, que no se ha equivocado desde su seminario, para que pueda morir con tranquilidad de conciencia.
Yo creo que puede haber esta razón del lado del Papa: la búsqueda de una tranquilidad de conciencia antes de morir.
Y, si la Fraternidad tuviera un acuerdo con los conciliares, el Papa personalmente tendría una cierta tranquilidad de conciencia.
Es una especulación sólo mía. No tiene importancia. Pero es posible, por lo cual el Papa quiere rápido un acuerdo.
(…) ¿Quién sabe? Es una especulación mía. Es verdad que el Papa puede tener una motivación más noble, y es que quiere disolver la resistencia de la Tradición. Es, tal vez, un poco más cínico pensar así; pero, para los modernistas es seguro que es normal. Normalmente, los modernistas quieren absolutamente disolver la resistencia de la Tradición. Y esta puede ser la motivación principal del Papa. Sí, puede ser. Dios sabe. Nosotros no sabemos.
Yo hacía una especulación un poco de caridad hacia el Papa, diciendo que quiere… Porque soy gentil… Soy sentimental… Soy cariñoso… No soy duro… No soy terrible como dice la gente… Ah Ah Ah. Nadie me comprende… Nadie me ama… Ahhhhhhhhhhhhh… ¡Me importa un pepino!
El silencio sobre Joseph Ratzinger es muy llamativo. Es mucho más fácil citar a Yves Congar…
Para comprender la gravedad del silencio episcopal, bastarán estas citas del que se presenta hoy como «Papa Emérito».
Antes de la clausura del Concilio Vaticano II, el entonces simple sacerdote Joseph Ratzinger, perito consejero del cardenal de Colonia, expresó en su libro Resultados y Perspectivas en la Iglesia Conciliar (Ediciones Paulinas, Buenos Aires, agosto de 1965) conceptos como los siguientes:
Tiempos vendrán en que el debate sobre la libertad religiosa será contado entre los acontecimientos más relevantes de un Concilio que, por cierto, ofrece tal abundancia de sucesos importantes que hace difícil establecer una escala de valores.
En este debate estaba presente en la catedral de San Pedro lo que llamamos el fin de la Edad media, más aún, de la era constantiniana. Pocas cosas de los últimos cincuenta años han inferido a la Iglesia tan ingente daño como la persistencia a ultranza en posiciones propias de una iglesia estatal, dejadas atrás por el curso de la historia.
(…)
Que la recurrencia al Estado por parte de la Iglesia desde Constantino, con su culminación en la Edad media y en la España absolutista de la incipiente Edad moderna, constituye para la Iglesia en el mundo de hoy una de las hipotecas más gravosas es un hecho al que ya no puede sustraerse nadie que sea capaz de pensar históricamente.
La confusión entre la fe en la verdad absoluta, aparecida en Cristo, y una pretensión jurídica absoluta dentro de este mundo para la propia institución, juntamente con la incapacidad de comprender, más allá de la propia posición de fe, la situación del otro que no debe ser medida con una vara heterogénea, se había convertido con el correr de los siglos en un persistente hábito de pensamiento, el cual ha impreso su sello hasta nuestros días a la doctrina eclesiástica sobre las relaciones entre el estado y la Iglesia.
El episcopado italiano y español, que está gozando todavía de protección estatal, montó su argumentación basándose en tales ideas, sin que por ello deba ponerse en duda la honestidad de su preocupación por una repentina irrupción de propaganda sectaria en masa, que se prevé como consecuencia de una declaración de libertad.
(…)
Está claro que los opositores al texto, al negar no la libertad de conciencia, pero sí la libertad de culto, luchaban por un mundo que se está desmoronando, mientras que la otra parte abrió a brazo partido un camino que conduce al futuro (págs. 41 -45).
La discusión de la fe con el mundo quedó adelantada un buen trecho en este debate [sobre el esquema de la Iglesia en el mundo moderno], y se ha dado nuevo pábulo a la esperanza de que se logrará liberar la fe del caparazón de conceptos congelados y hacerla brillar nuevamente en todo su poder iluminador.
Curiosa es la suerte corrida por las dos declaraciones nacidas de una subdivisión del decreto sobre el ecumenismo, que se efectuó entre el segundo y tercero período de sesiones. A favor de la declaración sobre la libertad religiosa se había ido perfilando una amplia mayoría ya durante el debate.
Por otra parte, la oposición de la minoría, cuya magnitud numérica, por falta de una votación, fue difícil de justipreciar, se mostró en esta materia particularmente encarnizada.
Abrigábanse temores respecto de los concordatos español e italiano, los cuales entre ambos, efectivamente, difícilmente pueden conciliarse del todo con el espíritu de esta declaración.
De esta manera el debate se fue convirtiendo en una lucha por tradiciones históricas determinantes de las formas de compenetración de la Iglesia con el mundo.
(…)
En vez de proyectar una construcción ideal de la cooperación entre la Iglesia y el Estado, acaso sería mejor limitarse a poner de relieve la no violencia del Evangelio con todas sus consecuencias, a la vez que corregir el error fatal de santo Tomás que, por su parte, creyó tener que corregir el Evangelio afirmando que en la sociedad cristiana cerrada no hace falta aguardar el último juicio, sino que es lícito arrancar la cizaña por propio poder y matar a los pecadores laudable y saludablemente
[en nota: S. Th. 2-2, q. 64, a. 3, c. y ad 1] (páginas 56-59).
Ya Cardenal y ocupando la principal Congregación Romana, en 1984 concedió una entrevista a la revista italiana Jesús; dicho reportaje fue publicado además como libro, intitulado Informe sobre la fe, B.A.C. popular. En la página 72 del número de septiembre de 1984, la revista Jesús transcribe las siguientes palabras del Prefecto:
El problema de los años sesenta era el adquirir los mejores valores manifestados por dos siglos de cultura liberal.
Son valores en efecto que, si han nacido fuera de la Iglesia, pueden encontrar su lugar, purificados y corregidos, en su visión del mundo. Y eso se ha hecho.
Bien sabemos que el Concilio Vaticano II aceptó explícitamente, sin purificar ni corregir, ciertos «valores» nacidos del liberalismo revolucionario de 1789, enemigo declarado de la Realeza Social de Jesucristo, y que habían sido condenados como errores por todos los Papas desde la Revolución Francesa hasta Pío XII inclusive.
Esta afirmación no es gratuita. En efecto, en su libro Los Principios de la Teología Católica (Téqui, París, 1985), Joseph Ratzinger, en referencia a Gaudium et Spes, nos confirma sobre este hecho sorprendente:
Si se busca un diagnóstico global del texto, se puede decir que es (junto con los textos sobre la libertad religiosa y sobre las religiones del mundo) una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de contra-Syllabus.
(…)
Es suficiente que nos contentemos con comprobar que el texto juega el papel de un contra-Syllabus en la medida que representa una tentativa para la reconciliación oficial de la Iglesia con el mundo tal como ha llegado a ser después de 1789.
(…)
Ya nadie contesta más hoy que los concordatos español e italiano buscaron conservar demasiadas cosas de una concepción del mundo que desde largo tiempo no correspondía más a las circunstancias reales.
(…)
De igual manera, casi nadie puede negar que a este apego a una concepción perimida de las relaciones entre la Iglesia y el Estado correspondían anacronismos semejantes en el dominio deja educación
(…)
El deber, entonces, no es la supresión del Concilio, sino el descubrimiento del Concilio real y la profundización de su verdadera voluntad. Esto implica que no puede haber retorno al Syllabus, el cual bien pudo ser un primer jalón en la confrontación con el liberalismo y el marxismo naciente, pero no puede ser la última palabra (páginas 426 a 437).
¿A qué debemos atribuir el silencio de Monseñor Williamson sobre Joseph Ratzinger?
Preferimos no emitir juicios, y nos contentamos con completar, una vez más, su vacío.
Padre Juan Carlos Ceriani
