MONS. OLGIATI – LA PIEDAD CRISTIANA – PRIMERA PARTE – EL ESPÍRITU DE ORACIÓN – LA UNIÓN CON DIOS

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

OLGIATI-PIEDADPRIMERA PARTE

EL ESPÍRITU DE ORACIÓN

IDEAS Y PRINCIPIOS FUNDAMENTALES

Continuación…

I

LA UNIÓN CON DIOS

No solamente los ciegos —como se dijo muchas veces— no pueden mirar al sol cuando recobran la vista; también nosotros, que estamos sumergidos en la luz de Dios, no lo vemos, ni con los ojos de la fe, ni con los de la razón.

Pero supongamos que, trabajando generosamente, deseamos aprender a vivir bajo la mirada de Dios, o sea en su presencia.

Ya hemos visto en el Silabario del Cristianismo cuán bella es esta clase de vida, que hacía exultar a San Agustín y a San Francisco de Asís en presencia de la naturaleza; que le sugería a San Jerónimo, en la soledad de Belén, esta enérgica protesta: «nunca estoy menos solo, como cuando estoy solo; numquam minus solus, quam cum solus«; y que al Cardenal Newman lo inducía a escribir:

«Se define casi exactamente al cristiano, cuando se le llama el hombre absorbido por el sentimiento de la presencia de Dios en él; … un hombre que vive con este pensamiento: Dios está aquí, en medio de mi corazón; es un hombre cuya conciencia está iluminada por Dios».

¿Cómo haremos, pues, para curar nuestra ceguera, para vivir en unión con Dios, estando seguros de que le agradamos?

Ante todo, así como la piedad ha de estar fundada no sobre la arena del sentimentalismo, sino sobre la roca de la razón, de la revelación y de la historia de la espiritualidad cristiana, así también hemos de utilizar la fantasía, pero sin ser esclavos suyos, ya que ésta nos representa a Dios como una persona humana o su inmensidad como algo semejante a la atmósfera que nos rodea. No. Dios es un Espíritu purísimo y por lo mismo puede compararse al pensamiento, el cual, si bien es uno, está presente a muchas cosas pensadas.

1. — Para una orientación inicial hacia la unión con Dios, puede ayudarnos la Filosofía perenne.

En efecto, la filosofía del ser demuestra que todos y cada uno de los seres dependen del Ser de los seres. Toda cosa que existe, sea persona o realidad de cualquier orden, desde el granito de arena hasta las aguas del mar, desde una pequeña hierba hasta las estrellas, desde la Cordillera de los Andes hasta un acto de nuestra voluntad, dependen de Él en ser y en actividad.

Dios está presente en todas las cosas, no sólo por haberlas creado, sino porque las conserva. Si su dedo omnipotente dejase de tocar la tecla del admirable piano de la realidad, su música armoniosa cesaría repentinamente.

La acción de Dios creadora, conservadora y directriz, penetra en la naturaleza de todos los seres, de tal manera que no hay parte, momento o perfección de cualquiera de ellos, donde Dios no esté presente, ni tampoco es posible una acción libre o necesaria sin la intervención de Dios, que obra según la naturaleza de quien actúa.

Así, pues, la filosofía cristiana enseña que Dios está en toda y cualquier parte, mediante su potencia (per potentiam) en cuanto domina, rige y gobierna y le está sometida toda fuerza; luego mediante su presencia (per praesentiam) en cuanto todo se desenvuelve ante Él y todo lo ve, hasta la más mínima acción ocurrida en el, para nosotros, más insondable pliegue de la conciencia; y finalmente, mediante su esencia (per essentiam) en cuanto se encuentra en todo momento real por la acción inmediata con la cual crea, sostiene al ser y ejercita su influencia.

2. — El Dogma corrobora esta verdad y la completa en la revelación del orden sobrenatural.

«Camina en mi presencia y serás perfecto», dice Dios a Abraham en la llanura de Caldea. Los profetas dirán con Jeremías que los cielos y la tierra están llenos de Dios. El inspirado poeta de los Salmos cantará la imposibilidad de huir de la vista del Señor, sea yendo hacia los cielos, los abismos o hacia el fin de los mares. El Libro de la Sabiduría exclamará: «¿Quién puede resistir a tu fuerte brazo, ¡oh Señor!?» Y así toda la Biblia, y a cada paso, enseñará, apoyada en los hechos, que Dios está presente en la historia.

El sagrado texto del Eclesiástico, refiriéndose al impío que goza en las tinieblas y entre las paredes que lo esconden, dirá: «no piensa que el ojo de Dios ve todas las cosas… no sabe que la mirada del Señor es más brillante que la luz solar… y escruta hasta el fondo del corazón humano».

Según se ve, pues, no se trata de una devoción cualquiera, sino hecha en base a los principales pensamientos del Antiguo y en especial del Nuevo Testamento.

Así, cuando llega la hora de nuestro injerto y de nuestra divinización en Cristo, entonces esta enseñanza de la presencia de Dios adquiere una fisonomía nueva.

San Pablo insistirá en el concepto de que «vivimos, nos movemos y estamos en Dios»; escribirá a los Corintios: «¿No sabéis que sois templos de Dios y que su Espíritu mora en vosotros?»; hablará muchas veces de la inhabitación de Dios en nosotros, del reino de Dios que está «dentro de nosotros», del huésped del alma; y, ante un mundo sumergido en el fango, exclamará: «Nuestra conversación está en los cielos».

3. — La Historia de la Espiritualidad cristiana es muy rica en ejemplos del referido esfuerzo para vivir en presencia de Dios; y puede decirse, sin exageración, que todos los santos han puesto en práctica el consejo de San Bernardo: «En cada acción y pensamiento recordemos que Dios está presente y consideremos perdido el tiempo en que no lo recordamos».

Pero no se debe olvidar algo importante: que cada santo se ejercitaba en esta práctica según su propia fisonomía espiritual.

Citaré, rápidamente, algún ejemplo que merecería ser ampliado históricamente.

Los Padres del desierto insistían mucho sobre este punto y seguían su propio método, de las breves aspiraciones, de los frecuentes impulsos o —como decimos nosotros— de las jaculatorias. Consideraban la presencia de Dios como el camino más fácil para santificar el trabajo y rechazar las tentaciones, especialmente contra la pureza. Les recababan más utilidad estos rápidos actos de fervor que largas oraciones, pues así, como dice Casiano refiriéndose a los monjes de Egipto, podían unirse más a menudo a Dios sin peligro de distraerse, cosa fácil en las oraciones largas. Mientras atendían al trabajo manual, los aliviaban las palabras del Salmo 69, tomadas por la liturgia, que tantas veces las repite: Deus, in adjutorium meum intende ! Domine, ad adjuvandum me, festina ! «¡Señor, ayúdame! ¡Apúrate en socorrerme!». Si se busca el pensamiento inspirador del ejercicio de la presencia de Dios, se verá que es la jaculatoria, pero entonada en el silencio del desierto o de la sociedad. La promesa divina: ducam eum in solitudine et loquar ad cor ejus (lo llevaré a la soledad y le hablaré a su corazón) (Oseas 2, 14), también era un programa de recogimiento para aquellos monjes. Nada puede entenderse acerca del antiguo fenómeno de la vida eremítica, si no se considera juntamente la soledad exterior y la interior.

De estas ideas fundamentales surge para nosotros la amonestación —si queremos vivir en presencia de Dios—de adentrarnos de cuando en cuando, aun por un solo instante, en el silencio de nuestra conciencia, ya que en él nos resulta más fácil volvernos a Dios.

San Agustín inculca mil veces en sus obras la necesidad del espíritu de reflexionar sobre la continua presencia de Dios.

En sus Soliloquios (c. 14) temblaba y se avergonzaba al pensar que el Señor lo miraba y cuidaba de él continuamente, noche y día, como si en el cielo y en la tierra no existiera otra creatura fuera de él, a quien gobernar.

En sus Sermones exclamaba: «¡Oh Señor!, no apartaré de ti mis ojos, ya que tú jamás apartas de mí los tuyos».

En una carta a Proba (Epíst. 121, cap. 10) recordaba la costumbre de las soledades egipcias, por la que los eremitas se dirigían a Dios, para mantener el recuerdo de su presencia, crebras… orationes, sed eas tamen brevissimas et raptim quodammodo jaculatas.

Y en sus sermones (cfr. Sermo 132, n. 2) amonestaba: «Debe temerse a Dios en público y en privado. Caminas y Él te ve. Entras a tu casa; te ve también. Te alumbra una lámpara, te ve; se apaga y también te ve. Entras a tu cuarto y te ve. Penetras y te entretienes en tu corazón, te ve. Teme al Señor, cuyo primer cuidado es verte; y temiéndolo, sé casto. O si quieres pecar busca un lugar donde no te vea y allí haz lo que quieres. Si peccare vis, quaere ubi te non videat, et fac quod vis».

Para comprender estas palabras hay que considerarlas dentro del organismo del pensamiento agustiniano.

¿Qué es, pues, la realidad para Agustín, sino un haz de rayos que brotan, como de una sola fuente, del Sol divino, por obra del Verbo? Cuando discurría y pensaba en la presencia de Dios, San Agustín era siempre el pensador que dio la metafísica de la veritas, que vio cómo todo lo real estaba dotado de racionalidad, en cuanto todos los seres dependen del Verbo creador: omnia per ipsum facta sunt (por Él todo fue hecho). También se dirigía a Dios, mediante su cultura; y ningún cristiano culto puede dejar de tomar este lado particular de tal vuelo espiritual hacia Dios, desde el momento que todos deben orientarse a Él con su alma, utilizando sus propias y especiales energías.

Encontramos igualmente el ejercicio de la presencia de Dios en Santa Catalina de Sena y Santa Teresa de Jesús. Se refugiaban —para emplear una frase del Camino de perfección— en el pequeño cielo de su alma, donde está el Creador de ella y de la tierra. Pero no debemos olvidar que aquí estamos frente a grandes místicas, con una característica bien determinada.

Su unión con Dios no debe confundirse con la gimnasia espiritual, de que habla tan vigorosamente San Ignacio en sus Cartas:

«Procúrese la presencia de Dios en todas las cosas, en las conversaciones y paseos, en el mirar, gustar, escuchar y reflexionar, en fin, en todas nuestras acciones. Esta manera de meditar, que nos hace encontrar a Dios en todo, es más fácil que elevarse a cosas divinas más abstractas y que exigen esfuerzo para representárselas.

Este ejercicio saludable, cuando lo hacemos bien, atrae grandes visitas del Señor, aun en el breve tiempo de nuestra oración. Ejercitémonos, pues, en ofrecer a menudo a Dios nuestros trabajos y fatigas, pensando que las aceptamos por su amor, sacrificando nuestros gustos para servir de alguna manera a su Divina Majestad y ayudar a aquéllos por cuya salud murió Jesucristo. Conviene examinarse bien sobre estos dos puntos».

Para entender el profundo significado de tales recomendaciones no podemos separarlas de toda la espiritualidad ignaciana, del grito del fundador de la Compañía de Jesús: ite, incendite, inflammate, dirigido a sus hijos, ni del programa: omnia ad maiorem Dei gloriam, ni del plano de los Ejercicios Espirituales desde la primera palabra: Homo creatus est ut Dominum Deum suum laudet, etc.

Aún podríamos continuar, entreteniéndonos por ejemplo, con la Explication de la méthode d’oraison de San Juan Bautista de la Salle, quien no dejaba de decir constantemente a su Congregación, que si un Hermano no se aplicara durante uno o dos años más que al ejercicio de la presencia de Dios, «ne ferait que bien».

En fin, quiero subrayar que la misma práctica de la unión con Dios fue vivida por cada santo con una tonalidad individual en relación al nexo orgánico de la actividad religiosa con la índole del santo y de toda su vida.

***

Es evidente que en el terreno práctico no es posible dar sino indicaciones generales. Por esto mismo, cada uno tendría que aplicar las normas sugeridas en función de la propia posibilidad.

Podemos, pues, decir, en general, que quien desee ejercitarse en la unión con Dios:

1°) Debe asimilar con la meditación y el estudio la verdad de la presencia de Dios, tanto del punto de vista natural como del sobrenatural.

Será una ayuda por ejemplo:

a) Leer el Itinerario de la mente a Dios de San Buenaventura; el tratado de Alfonso Rodríguez sobre la presencia de Dios en la clásica obra: Ejercicio de perfección y virtudes cristianas (parte I, tratado VI); o también las páginas de Dirección ascética del Padre G. B. Scaramelli sobre el mismo tema (tomo I, art. VII; el Abecedario espiritual, de Francisco D’Osimo (Turín, 1929).

b) Meditar, durante algún tiempo, con pequeños tratados sobre la presencia de Dios, como ser el hermoso volumen que yo mismo he utilizado en la primera parte de este capítulo, del Padre Tobías Neno, S. J: La inhabitación de Dios en nosotros (Turín, 1930); el viejo y reeditado, porque siempre útil, Ejercicio de la presencia de Dios del Padre P. Vaubert; el opúsculo del Padre Rodolfo Plus, S. J: En continua oración, teoría y práctica de la unión con Dios (Turín, 1927); el pequeño volumen de Fr. Laurent de la Resurrección, La pratique de la présence de Dieu (París, 1934), para no nombrar tantos otros.

c) Elegir para la lectura espiritual, el tratado de algún santo, cuyo centro espiritual sea la presencia de Dios. La obra ya citada de San Juan B. de La Salle: Explication de la méthode d’oraison, que sería muy útil bajo cualquier aspecto; lo mismo es aconsejable algún trabajo sobre la espiritualidad de estos santos (por ejemplo; la Doctrine spirituelle de Saint Jean B. de La Salle, París, 1900), o el reciente volumen de Raymond Thibaut: L’union à Dieu d’aprés les lettres de direction de Dom Marmion (París, 1934).

2°) Luego debemos cambiar paulatinamente la visión superficial que tenemos de la realidad. El azul del cielo, los vientos y las lluvias, la primavera y el verano, todo debe hablarnos de la presencia de Dios: «Benedicite omnia opera Domini, Domino» (Todas las obras del Señor, bendecid al Señor). En momentos de paz o de dolor, tendremos que adorar a Dios que permite o quiere, que castiga o premia.

No debemos alejarnos de la realidad, sino contemplarla tal cual es, en relación con Dios. Es Dios mismo quien habla por medio de las cosas y de los sucesos —según la profunda reflexión de San Ignacio en sus Ejercicios—; es el bienhechor que en cada cosa presenta un don con su mano y que continuamente obra para ventaja nuestra. Entonces la naturaleza y la sociedad se transfigurarán a nuestros ojos y todo lo veremos a la luz de la presencia de Dios. Nosotros mismos nos consideraremos como hogares y templos de Dios y recogeremos así el pálpito divino.

Puede resultarnos útil para tal fin:

a) Sumergirnos, de cuando en cuando, en el océano de Dios —en el cual estamos y vivimos— durante un minuto de silencio y de recogimiento «aprovechando —como aconseja Fénelon en sus Instructions et Avislos retazos del tiempo que las cosas exteriores nos dejan libres, para ocuparnos de Dios en el interior de nuestro corazón».

b) El uso de las jaculatorias —recordando que para las almas buenas siempre fueron eficaces para resolver simplemente el problema de la unión con Dios.

c) También el ofrecimiento al Señor de cada acción, al iniciarla, sea ella grande o pequeña —según los grandes maestros de la ascética— orienta al alma de quien trabaja, come o se divierte, a vivir en presencia de Dios.

Muchos, antes de una acción, hacen materialmente el signo de la cruz o musitan con rapidez una oración; mas para darse cuenta de la mirada divina han de espiritualizar, simplemente, ese acto. Acaso, ¿no aconsejaba lo mismo San Basilio cuando decía que debe buscarse ocasión en todas las cosas para recordar a Dios? «Si comes —decía— agradece a Dios. Si te vistes, agradece a Dios. Si vas al campo, al huerto o al jardín, bendice a Dios; y cuando duermes, cada vez que te despiertes, eleva el corazón a Dios».

3°) A esta nueva visión de la realidad corresponderá una transformación de nuestra vida, que estará organizada sólo en relación con Dios, quien dará así un significado único a la multiplicidad de nuestras acciones o de cuanto nos acaeciere; no sólo durante las tentaciones deberemos reflexionar que Dios nos ve; la amonestación de San Pablo: «El templo de Dios, que sois vosotros, es santo» deberá impedir las pequeñas o grandes profanaciones, a las que nos empujan el mundo, el demonio y la carne; sino que debemos sentirnos acicateados hacia la virtud, al trabajo, al bien, por la mirada de Dios presente, y habituarnos al cumplimiento de nuestro deber, no por la mirada ajena, sino por la de Dios.

«Si nos contentáramos con pensar en la presencia de Dios y obrásemos mal —decía el Padre Rodríguez— sería no piedad, sino ilusión». Aconsejaba tener un ojo vuelto hacia Dios y el otro hacia «el bien obrar por su amor».

Y el Padre Neno:

«Está muy lejos de la verdadera vía ascética el error de reducir el ejercicio de la presencia de Dios a actos de fe y caridad solamente; al contrario, ella debe influir enérgica y continuamente sobre nuestras acciones, a fin de que cumplamos con perfección la voluntad de Dios dentro de nuestro estado».

4°) Nuestra oración tendrá, durante el período de este ejercicio espiritual, como inspiración fundamental la presencia de Dios. No puede recordarse que Dios está presente, sin espíritu de recogimiento. Y al admitir cualquier disipación, olvidaremos al Único Necesario.

Recurriremos a Dios en cualquier circunstancia, con confianza filial, y nada temeremos porque su potencia está presente.

Aplicaremos el programa ignaciano: «Orar como si todo dependiese de Dios; obrar como si todo dependiese de nosotros»; pero nuestra acción misma no debemos separarla de Dios.

Así, no sólo los libros de piedad nos hablarán de Dios. El cielo estrellado, el sol, el mundo todo no serán para nosotros una escritura etrusca indescifrable, sino que saludaremos la imagen de la belleza de Dios en todo ser hermoso: en un ser grande el reflejo de su grandeza, y en todo lo bueno un eco de su amor.

Así aprenderemos a vivir como quería San Pablo, «cantando y salmodiando al Señor en nuestros corazones».

Pero no debemos pretender una súbita transformación en nuestra alma, en nuestras acciones y en nuestra oración.

Pero sí es necesario recordar a Dios algunas veces por día, con paciencia y perseverancia; ponerse real y no ficticiamente en presencia de Dios en la meditación; recordando cómo San Ignacio desarrollaba su meditación bajo la mirada divina, examinándonos al mediodía, a la noche, y antes de la Confesión; ser fieles al examen escrito según el método indicado.

De este modo, se cambiará gradualmente el estado del alma. Antes fijábamos la atención en lo superficial de las cosas, como única realidad; pero insistiendo en la necesidad de ver a Dios en todas las cosas, nos orientaremos paulatinamente hacia Él, usando las mismas distracciones causadas por las cosas, pues de lo superficial pasaremos a la visión profunda de las cosas; y no haciendo consistir nuestra unión con Dios en el número material de nuestros actos de presencia de Dios, obtendremos la unión virtual, por cuyo medio —dice el Padre Neno— «sin hacer continuos actos de fe y amor de Dios presente, el alma aún siente que piensa en Dios y lo ama».

Y —nunca se repetirá lo suficientemente— nuestra preocupación no debe ser la repetición mecánica de actos, sino un estado de ánimo, que, sin esfuerzo, se abra al beso del sol divino, como un capullo de rosa. San Gregorio Nacianceno dice —en una feliz comparación— que la presencia de Dios, debe ser, para nosotros, como la respiración. ¡Guay si no respirásemos! Y sin embargo no nos damos cuenta de su importancia hasta tanto no tenemos los pulmones enfermos. Es así como el alma debe respirar a Dios sin una tensión dañosa a la paz y a la serenidad del alma.

***

Así reza el autor de la Imitación de Cristo:

«¿Quién me dará, ¡oh Señor!, el encontraros solo y abriros mi corazón y gozar con vos como desea mi alma? Lo que pido y deseo es estar enteramente unido a vos; y que vos estéis en mí y yo en vos y que esta unión sea inalterable. En verdad, vos sois mi amado, escogido entre millones, en quien mi alma encuentra su complacencia y en quien quiere morar para siempre…

Entonces Dios me dirá: —Si quieres estar conmigo yo quiero estar contigo—.

Y le responderé: —Dignaos, ¡oh Señor!, habitar conmigo; deseo ardientemente estar con vos; todo mi querer es que mi corazón esté unido a vos».

(Libro IV, cap. XIII)

Si tal fuera nuestra oración y nuestro deseo; si con el ejercicio y una acción constante sabemos saltar de los senderos de la exterioridad a la vía real de la interioridad, nuestro deseo no será desoído por Dios y seremos felices. Y aunque acosados por los dolores y los cuidados cotidianos, experimentaremos lo que Josué Borsi confesaba en sus «Coloquios»:

«Esta mañana desperté frío, ávido, como desolado… Me irritaba el pensamiento de un día lleno de fastidio, tristezas y trabajo. No te encontraba, ¡oh Señor! ¡Cuán triste y humillante es esta avidez! Y he aquí cómo has vuelto a mí, bendito y buen Señor: entrado en mi escritorio, me arrodillo, me persigno, rezo… lentamente, reflexionando, con alegría. Pienso confusamente que ya encontraré el modo de hacer todo bien, sin mucho afanarme. Vuelve a mí la paz imperturbable, la confianza, el dominio de mí mismo, ese sentido cierto de íntima seguridad, familiar, que nos da tu amor».

Continuará…