JORGE DORÉ: VIVIENDO EL SUEÑO DE LOS INJUSTOS

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Por Jorge A. Doré

“¡Ya es hora de despertar del sueño!” (Rom., 13:11)

La narcolepsia espiritual y la coquetería con el mundo son males arraigados entre muchos católicos actuales. El sonambulismo cristiano anda a la orden del día. Católicos nominales viven con pies cargados de grilletes, totalmente apáticos ante la promesa de que “La verdad os hará libres”. Se encuentran demasiado a gusto disfrutando del entretenimiento que el mundo les concede tal como se alimenta una insaciable locomotora de carbón. No tienen conciencia de que se han vuelto adictos al combustible del mal.

Muchísimos fieles que deberían haber guardado la fe, han renunciado al yelmo y al escudo y comulgan con propaganda nociva. Es tan grave la indolencia de algunos ante el influjo de la maldad creciente que se niegan a verla o aceptarla por no perturbar sus rutinarias existencias, creyendo que la escuálida paz que ahora disfrutan será intocable y perpetua. Pero viven engañados.

En los cristianos, esta desidia y flojeza ante el acoso frontal del enemigo, –cuya cornamente de macho cabrío hoy embiste alevosamente la frente del Cordero–, es grave pecado y podría caer en la categoría de cobardía, sobre la cual el Apocalipsis nos advierte:

Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras, y todos los mentirosos, tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda. (Ap., 21:8)

Desde hace largo tiempo, los católicos somos blanco de un sistemático e incisivo bombardeo de oscurantismo y corrupción; no el “oscurantismo” de la edad media, –era que acuñó numerosos santos ejemplares–, sino la pestilencia generada por sociedades secretas cuya misión es la implantación de un gobierno mundial animado por el inmundo espíritu de un sincretismo neopagano, tal como el cadáver de Frankenstein fue animado por un colérico rayo. Pero de las oscuras filas de estos anticristos, en vez de santos, surgen réplicas de ángeles caídos.

Hay guerra abierta entre los hijos de las sombras y los hijos de la luz. Un combate que sobrepasa los lindes del campo de batalla y la estrechez de la trinchera y que se extiende a todas las coordenadas del planeta. No querer tomar conciencia de la realidad del presente conflicto es vivir estupidizados para acabar muriendo en el infortunio eterno.

En esta pugna –a veces oculta y librada con sutiles armas– lo que aún no haya sido conquistado por el enemigo, es mirado como un blanco por el mismo. Una de sus más potentes armas es la industria del entretenimiento, que se encarga de hostigarnos sin descanso bombardeándonos con violencia, profanidad y blasfemia, hoy fácilmente aceptadas, digeridas y rumiadas por la gran mayoría.

Dondequiera que exista una terminal de información y una persona receptora, ésta queda expuesta a la contaminación generada. Experimentos para influir y controlar de forma tanto abierta como subliminal la mente de los pueblos, son un hecho del que se encargan entidades como el instituto Tavistock de Londres. La ciencia de la estupidización masiva y la lobotomización a distancia, es un hecho.

En la Carta Encíclica Vigilanti Cura, del 29 de julio de 1936, el Papa Pio XI, refiriéndose a la importancia de la influencia del entretenimiento público, alertaba de los posibles conflictos que éste podría ocasionar:

“La recreación, en sus múltiples variedades, se ha convertido en una necesidad para las personas que trabajan en las extenuantes condiciones de la industria moderna, pero debe ser digna de la naturaleza racional del hombre y por lo tanto debe ser moralmente sana. Debe ser elevada al rango de un factor positivo para el bien y debe tratar de despertar sentimientos nobles. Un pueblo que, en el tiempo de reposo, se entrega a diversiones que violan la decencia, el honor o la moral, a recreaciones que, sobre todo para los jóvenes, constituyen ocasiones de pecado, está en grave peligro de perder su grandeza e incluso su poder nacional”.

¡Y cuánta grandeza no han perdido las naciones católicas, largamente subyugadas por el influjo de sus enemigos, que han logrado que la mayoría de los fieles se habitúe a la inmundicia de su tendenciosa propaganda! ¡Cuántos cristianos no viven suscritos a la corrupción masiva y la han convertido en objeto de propio solaz, presuponiendo una imposible comunión entre el mundo y Cristo! Pero No podemos servir a dos señores.

San Juan nos advierte en su primera epístola:

“No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”. (1 Juan 2:15, 16)

Tomando de ejemplo la cinematografía, en relativamente poco tiempo hemos pasado del discreto beso en la mejilla a la estandarización de la cuasipornografía como algo normal y aceptable. Una voluntad débil será fácilmente adoctrinada por las aberraciones de los llamados “genios” de la industria del entretenimiento que a traves del arte dan rienda suelta a la “creatividad” de sus desordenadas existencias, –en algunos casos– y a la premeditada manipulación sicológica en otros. Citemos como ejemplo a Disney, con su continuo bombardeo subliminal de alusiones sexuales y simbología Illuminati en las películas infantiles.

Resultado: estamos siendo moralmente envenenados sin tregua y sin piedad. Corremos el peligro de convertirnos en inertes esponjas sedientas de detrito. El éxito de los “reality shows” televisivos es una muestra de ello. Y lo peor es que a muchos nos parece insuficiente la basura y aún pedimos más. Estamos viciados con el entretenimiento corrosivo. Hemos perdido la capacidad de discriminar y esto sucede cuando caemos de la Gracia de Dios. Por ello continúa S.S. Pio XI ahondando en su citada encíclica:

“Todo el mundo sabe el daño que hacen al alma las películas malas. Son ocasiones de pecado, seducen a los jóvenes a los caminos del mal mediante la glorificación de las pasiones; muestran la vida bajo una luz falsa; nublan los ideales; destruyen el amor puro, el respeto por el matrimonio, el cariño por la familia. Son capaces también de crear prejuicios entre los individuos y malentendidos entre las naciones, entre las clases sociales, entre razas enteras.”

Recordemos que estas palabras fueron escritas en 1936. ¡Cuántos malos caminos se han construído desde aquel entonces!

Nuestra fe no admite medias tintas. O se escribe con la pluma de Dios o se escribe con la garra del Diablo. Nuestra sana opción es el rechazo del mal; ponerle un alto al embate de perniciosas influencias en nuestras vidas y hogares cuanto nos sea humanamente posible. En el nombre de Cristo, por nuestras familias y por la salvación de nuestras almas. Por amor a Dios y por justicia.

Los católicos que toman a la ligera el avance y el influjo diabólico, demuestran una inercia impropia de los siervos de Dios. La lucha es inherente al cristiano. Aun sin espada en mano, el combate contra las tentaciones y los bajos instintos, debe ser incesante. Sentarse a la mesa del enemigo es acabar siendo devorado por éste. No es ese nuestro convite. Nosotros hemos sido invitados a banquetes celestiales.

Orientemos nuestros esfuerzos hacia el Altísimo. Entronicemos a Cristo en nuestros corazones, abriéndole la puerta a su realeza, en medio de esta “generación incrédula y perversa”. El Santo Padre nos insta a hacerlo en la misma encíclica:

“De hecho, es urgentemente necesario el procurar que también en este campo los progresos del arte, de las ciencias y de la misma industria y técnica humanas, puesto que son verdaderos dones de Dios, se ordenen a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirvan prácticamente para la dilatación del reino de Dios en la tierra. Así como la Iglesia nos manda a orar, todos podemos aprovecharnos de ellos, pero de tal manera de no perder los bienes eternos: “transeamus sic por temporalia bona ut no admittamus Aeterna”.

El pestilente Olimpo de los siervos de Lucifer en la Tierra –dueños de la puerta ancha, del camello y de la aguja, – babea ante la falsa promesa de su Maestro: “Seréis como dioses”; falsos dioses cuyos instintos son tan primitivos como los de los primeros hombres: poder y gloria ilimitados. Sus ardides y maquinaciones buscan doblar las rodillas de nuestra fe y reducirnos a la apatía, la corrupción y la esclavitud. Y finalmente a la erradicación de nuestras creencias. De hecho, quieren enterrarnos sin una cruz en la tumba. Demasiado tarde se darán cuenta estos ilusos de que el Diablo no tiene amigos.

Debemos disociarnos de los pecaminosos entretenimientos con que el mundo nos seduce. Tenemos misiones mucho más altas que cumplir. Desempolvemos el crucifijo, desenfundemos el rosario y fortalecidos con el cuerpo y la sangre de Cristo, renunciemos de una vez por todas a la insidiosa propaganda del enemigo como se evita un contagio mortal. Es nuestra responsabilidad desligarnos de las obras del mal, repudiarlas y denunciarlas:

“Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas”. (Ef., 5:11)

Un cristiano dormido, termina dejando de serlo. Quienes prefieran mantener los ojos cerrados y vivir plácidamente el sueño de los injustos, sepan que a la poda de la cruz, sigue el altar a Lucifer.

Nuestros enemigos no vienen por nuestros cuerpos. Vienen por nuestras almas.