Monseñor FRANCISCO OLGIATI
LA PIEDAD CRISTIANA
PRIMERA PARTE
EL ESPÍRITU DE ORACIÓN
IDEAS Y PRINCIPIOS FUNDAMENTALES
Continuación…
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LAS CARACTERÍSTICAS DE TODA ORACIÓN
No obstante tal diversidad, las varias oraciones tienen, sin embargo, algunas notas comunes, que brotan de la misma esencia de la oración. Como los triángulos pueden ser equiláteros, isósceles y escalenos, y en todo triángulo la suma de sus ángulos es igual a dos rectos, así cada oración —por ser de veras una elevatio mentis in Deum— debe poseer algunas cualidades.
Sobre todo dos merecen ser subrayadas.
1ª) La oración exige necesariamente un proceso de INTERIORIZACIÓN. En otros términos, no sabré nunca rezar, hasta que no siga la invitación agustiniana:
«No salgas fuera de ti; noli foras iré…
Entra en ti mismo; in te ipsum redi…
y trasciéndete; trascende te ipsum«.
Noli foras ire. Si vivo fuera de mí; si mis energías espirituales están atraídas por la vorágine de los sucesos externos; si soy presa de todo el tráfago de los acontecimientos, que vienen uno tras otro y me arrastran, estaré siempre distraído; porque vivo —dirían los franceses— au dehors, fuera de mí.
In te ipsum redi. Para orar tengo que entrar en mí mismo, debo recogerme. Cuán elocuente y expresiva es esa palabra: el recogimiento. En vez de dispersarme y de declararme víctima de las cosas exteriores, tengo que esforzarme en seguir el camino opuesto de la interiorización. Quien, estando en Milán, toma el tren hacia Turín, ciertamente no llegará a Venecia; así también el que quiere rezar, no puede dirigirse hacia lo exterior, sino que debe orientarse hacia las regiones de la interioridad, donde sólo es posible tomar vuelo hacia Dios y trascenderse a sí mismo.
También cuando, en apariencia, en la oración me intereso por los negocios exteriores., por ejemplo por una buena obra que me es agradable, por una gracia espiritual o temporal que quiero implorar de la bondad divina, por las dificultades que encuentro al cumplir con mi deber, por las personas queridas de la familia o por las almas confiadas a mis cuidados, entonces tampoco puedo rezar hasta que todo lo que es externo sea interiorizado, hasta que —en otras palabras— cosas y personas no sean ya en mí el centro de mis preocupaciones, sino el objeto del que trato entre Dios y yo.
La táctica para seguir en las distracciones voluntarias —o sea, el tomar la pelota de la distracción al vuelo y lanzarla hacia Dios—, no es, pues, una excepción a la regla de la interiorización, sino una confirmación.
Está claro entonces cómo se debe juzgar sobre la ORACIÓN VOCAL, sobre las fórmulas habituales de la oración y de los libros de piedad.
La oración vocal es útil y necesaria, porque, estando compuestos de espíritu y de cuerpo, también con este último debemos honrar a Dios; porque es expresión de nuestros sentimientos íntimos; porque se adapta a nuestra fragilidad.
Un Padre jesuita, Pedro Charles, en una obra suya sobre La prière de toutes les heures, rica de exquisita poesía y de geniales reflexiones, protesta justamente contra aquéllos que consideran la oración vocal como
«una forma inferior de oración, una actividad de naturaleza demasiado vulgar, un ejercicio de principiante, que los perfectos —los adoradores en espíritu y en verdad— tienen el derecho y también el deber de limitar y descuidar. Mover los labios y decir palabras para conmover al Señor les parece una antigualla de tiempos idos, cuando nuestros antecesores aún eran paganos; recitar cincuenta veces seguidas en un cuarto de hora el Avemaria, ¿no es acaso imitar a los monjes del Asia que balbucean sus oraciones vocales materialmente y sin reflexión?
¿Acaso merece la oración de los labios estas soberbias recriminaciones? ¿Acaso la sola oración digna del hombre, de Dios y de una mente penetrante, es la que sube a la plataforma de su torre de marfil para analizar el infinito?… No, la oración vocal es humilde, es verdad, pero es oración, verdadera de toda verdad de nuestra condición humana, y, justamente porque es verdadera, la misma hace reinar en mi vida el ardor, la paz y la justicia.
Llega la noche y estoy cansado. Mi mente está debilitada y vacilante, y no podría elevarme a las consideraciones de las grandezas divinas ni sumergirme en una teodicea sublime: ni siquiera soy capaz de contemplar alguna escena bíblica, ni de leer algún hermoso paso inspirado.
Todavía me queda un refugio, pobre peregrino fatigado… diré palabras y mis labios se moverán como cuando oré por vez primera, y como lo harán cuando agonizante trataré de orar por última vez. En medio de estas dos oraciones de una mente obscurecida, hay lugar para tantas otras según los varios grados de conciencia, para todas las situaciones físicas, para todos los estados de ánimo, porque el precepto de orar siempre no tiene restricción alguna y debemos estar siempre en actitud de orar.
En vez de tentar inútilmente las poses sublimes de una oración convencional, reconozco en verdad que estoy medio adormecido en la noche de las largas jornadas de fatigoso trabajo, y mis labios velan aún como el centinela a la entrada del campamento durante las horas del sueño común. Y en los momentos de distracción, de aglomeración de personas, de pánico, sobre el puente de la nave, en los bancos de un tranvía, en la ventanilla del correo, espontáneamente, para no perder el contacto con Vos, único Señor mío, me doy cuenta de que voy recordando palabras, fórmulas sagradas, invocaciones, las cuales como rayos luminosos surcan la vía de mis pensamientos y me impiden perderme en la soledad de la ilusión.
También Vos me sugerís amar la oración vocal, justamente porque es humilde, o sea, conforme a mi ser, adaptada a mi débil naturaleza, hecha para mí que me apago poco a poco cada noche y que raras veces estoy del todo despierto.
Christum tamen sub ipso
Meditabimur sopare…
Así se expresaba ya vuestro poeta Prudencio hablándonos en nombre vuestro. Oración de los pobres, oración de la turba, oración católica, en que no me es dado encontrar mis pensamientos y mis frases, oración eterna que reviste a mi alma como de un uniforme y que me hace hablar como han hecho antes que yo todos mis padres según la fe».
Habría que ser necio para no apreciar la oración vocal. Pero, ¿cuándo degenera y pierde su valor? Cuando, por falta de interioridad, nosotros le quitamos el espíritu que la vivifica y la transformamos en una vana y muerta, fórmula mecánica.
La palabra de los discos que percibo por medio de un aparato, o que me repite un loro, no la puedo confundir con la palabra que me susurra un corazón. Esta se hace sentir a mi oído sí, pero proviene de las íntimas profundidades y me trae el grito de un mundo interior; aquélla es el solo producto de un mecanismo, donde todo es exterioridad.
Sin embargo, tendemos, por nuestra naturaleza, vale decir por la unión del alma con la materia, a mecanizarlo todo. Como materializamos la poesía de Dante, que sabemos de memoria y repetimos como loros, así materializamos la oración y la reducimos a fórmulas, que salen de la boca murmuradas con rapidez y apuro, por mera costumbre, sin que participe en ella nuestro mundo interior.
Materializamos las oraciones de la mañana y de la noche, pronunciando frases que aprendimos siendo niños, sin vivificarlas jamás con un pálpito del corazón y con un esfuerzo de atención.
Mecanizamos nuestro Rosario, transformándolo en una melodía fúnebre para conciliar el sueño.
Mecanizamos nuestras confesiones, que llegan a ser repeticiones estereotipadas de culpas, sin un sentido del dolor.
Materializamos la asistencia a la Misa dominical, donde asistimos con la misma atención que… las columnas y los bancos de la iglesia; y por esto muchos jóvenes, después de años de semejantes misas —a las que nunca asistieron con recogimiento—, se deciden a no ir más, para no perder su tiempo.
Mecanizamos la preparación y la acción de gracias de la Comunión, imitando quizás a ciertas almas que se suelen llamar piadosas, las cuales reducen una y otra cosa al murmurar apagado y en baja voz de algunas páginas de su manual.
¿Acaso queremos condenar el libro de piedad con lo dicho? ¡Todo lo contrario! Es un trampolín providencial que sirve para dar un salto hacia Dios. Pero si lo que está impreso en el libro no se transforma en palabra de mi alma y no se interioriza, puedo usar los más bellos libros, pero no resolveré jamás el problema de mi oración.
El que debe orar soy yo, y no el autor del libro; por lo tanto, si falta el proceso de interiorización, hasta el Misal, que me ofrece todos los sublimes tesoros de la liturgia de la Misa —y hasta el Breviario, o sea la oración litúrgica de la Iglesia, en cuya comparación empalidecen las otras fórmulas de oración privada— no me servirán para volar a Dios.
Ningún movimiento litúrgico —como veremos— obtiene resultados concretos, si no se inicia con la primacía de la interioridad, que ella sola puede hacernos capaces de leer y gustar las oraciones de la Iglesia, participando en la oración de la misma.
2ª) La cuestión de los libros de piedad nos obliga a subrayar otra cualidad de la oración, que no es sino un nuevo aspecto de la interioridad examinada, me refiero a la cualidad de la ACTIVIDAD.
Si tomamos un violín entre las manos, pero no tocamos las cuerdas con nuestros dedos, ¿obtendremos acaso alguna armonía? Ninguna. No basta el violín; es necesario que unamos nuestra actividad.
O sea, no basta que haya en nuestras manos un hermoso libro de oraciones, o una espléndida corona del Rosario; si la mente y el corazón no entran en actividad de servicio, no tendremos jamás las melodías de la oración.
Muchas veces acariciamos la ilusión de poder orar y sólo obtenemos grandes desilusiones, porque permanecemos en un estado de pasividad, de plácida, soñolienta y descuidada tranquilidad. ¿Hemos de admirarnos si nuestras oraciones en vez de asemejarse a una música, son más bien una cantilena sin sentido?
Alrededor de la momia de Tutankamón los antiguos egipcios ponían en vano los más excelentes alimentos; faltando aquella actividad interior que es la única que permite asimilar lo que se come, Tutankamón no sabía qué hacer con tan abundantes alimentos.
Muchas almas cristianas se parecen mucho y en verdad a la momia de Egipto: aunque la liturgia, los Santos y la Tradición de la Iglesia los circundan de oraciones, no saben asimilar este pan de vida y tienen una piedad —como observaba un chistoso— que verdaderamente mueve a piedad.
Pretender orar sin hacer esfuerzos, es ser víctima de un prejuicio vulgar, muy difundido hace algunas decenas de años, en la época del anticlericalismo superficial. Muchos pensaban entonces —y hasta se lo proclamaba en los discursos de los Parlamentos— que la vida de oración es vida de un ocio fácil. ¡Pobres desgraciados! ¡Nunca hicieron la prueba de orar! Si por lo menos hubieran estudiado la historia de la oración, se hubieran encontrado con San Luis Gonzaga cuando, joven príncipe de Castellón, se había propuesto orar durante una hora sin distracciones. Como quería vencer en su ardua batalla, volvía a comenzar su hora cada vez que una distracción lo hubiese turbado. Se ponía a orar; después de un tiempo, lo asaltaba alguna distracción. Entonces, San Luis recomenzaba desde el principio su hora. La escena se repetía y el experimento se prolongaba. Durante varios días San Luis se mantuvo firme y la tentativa duró a veces cinco horas, antes de que fuese conseguida la victoria. Finalmente la alcanzó. Y si, en el noviciado de los Jesuitas, de Roma, su confesor se veía obligado a imponerle la distracción de su mente de Dios (penitencia que ningún confesor ha dado jamás), se debe a la actividad enérgica y heroica del príncipe de Castellón.
El padre Chautard, en su hermoso libro El alma de todo apostolado, insiste sobre este punto y refiere lo que solía decir Sebastián Wyart, quien había probado las fatigas del asceta y las de la vida militar, el trabajo de los estudios y los cuidados inherentes a su cargo de superior.
WYART distinguía tres clases de trabajos:
1°) El trabajo predominantemente físico de quienes ejercitan un oficio manual — y es el menos duro, aunque el obrero y el campesino piensen lo contrario;
2°) La actividad intelectual del estudioso, del pensador, del escritor, del profesor, etc. — que es más penosa que la anterior;
3°) El trabajo de la vida interior, de la oración — y no temía afirmar, que éste, cuando se lo toma seriamente, es el más penoso de todos.
El que tiene alguna duda, que examine sus oraciones, y se verá obligado a definirlas con la expresión de Hamlet, en el drama de Shakespeare, cuando, pasando por la escena con un libro en la mano e interrogado por Polonio: «—¿Qué leéis, oh señor?», respondió: «—Palabras, palabras, palabras…»; esto es, si reconoce que el orar sin distracción es para él un problema difícil y espantoso, concluirá que para elevarse a Dios se necesita el ejercicio de todas nuestras energías.
Platón enseñaba que hay que ir hacia la verdad «con toda el alma»; nosotros podemos añadir, que a Dios no se va sino con toda la actividad de que es capaz nuestra alma.
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LAS DISTRACCIONES
Si la oración implica un proceso de interiorización y éste, a su vez, no se lo obtiene sino mediante los enérgicos y generosos esfuerzos de un activismo siempre vigilante y que se renueva constantemente, está explicado, por lo menos en parte, el fenómeno tan aburrido de nuestras distracciones.
Todos las conocemos. Nos preparamos para orar con buena voluntad; y en seguida nos sentimos aguijoneados por pensamientos extraños y por fantasías, semejantes a mosquitos, que, en algunos lugares, durante el verano, no dejan en paz y con su zumbido y sus picaduras quitan la tranquilidad. Nos proponemos de mañana pasar un día en unión con el Señor con el deseo de santificar todas nuestras horas; pero, ¡ay!, a la noche nos damos cuenta de que los ratones han roído nuestra espléndida idea, relegada al mundo de los sueños.
Nos admiramos de ser tan distraídos y de volar no hacia Dios, sino hacia las cosas más fútiles del mundo. Más aún, parece que ciertas imaginaciones, pensamientos o preocupaciones no aparecen jamás, ni siquiera en la antecámara de nuestro cerebro, sino cuando nos ponemos a cumplir nuestras prácticas de piedad. Sin embargo, nuestra admiración es injustificada.
Dis-trahere es una palabra latina, que significa llevar a diversas partes. ¿Y cómo es posible no tener frecuentísimas distracciones, cuando vivimos en la superficie de nuestro yo, cuando no descendemos casi nunca a nuestro yo profundo, cuando nos dejamos arrastrar a todas partes por todo lo que sucede en torno nuestro, como si fuésemos ebrios bamboleantes? ¿Qué hay de maravilloso si la carencia de interioridad y de actividad espiritual, nos hace semejantes a náufragos, a la deriva del mar agitado de la vida?
He aquí por qué muchos no oran nunca: su corazón es como una pequeña campana de una iglesita perdida entre altas montañas —campana que tañe dulcemente e invita a la oración—; pero ellos, ocupados en el valle, entre el torbellino y la fascinación de la inepcia, ni siquiera oyen el persuasivo llamado.
He aquí por qué muchos oran mal. Las recomendaciones de la ascética, sugeridas por la misma Escritura, de preparar nuestra alma antes de la oración, o sea de recogernos en nosotros mismos, de alzar el puente levadizo de nuestro castillo interior para discurrir con Dios, son letra muerta para aquéllos que aspirarían a orar, pero sin fatiga alguna, y, fatalmente, están destinados a una completa bancarrota.
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LA NECESIDAD DE UN MÉTODO
Es innegable, sin embargo, que no obstante el propósito más sincero de tender a la interioridad y de poner en ejercicio todas nuestras fuerzas, la oración —sobre todo para aquéllos que se hallan en los primeros pasos de la vida espiritual y en algunas épocas de aridez o de turbación— no raras veces se vuelve difícil. De aquí el problema de facilitar la conquista de la interioridad y el activismo con un método, que nos ayude a orar bien.
Evidentemente cada uno tiene los propios métodos y las reglas absolutas en este campo no son numerosas.
Cada uno elige los vestidos y los zapatos que mejor se adaptan a su persona, se nutre de los alimentos que prefiere, estudia con los métodos que le son más útiles y ora con el mismo criterio y con la misma norma.
Querer obligar a un alma a un ejercicio, que está en contraste con sus íntimas exigencias y con su fisonomía, significa no ayudarla, sino deformarla. La armadura de Goliat no puede ser soportada por el joven David; y muchas almas obscuras, ignorantes de todas las discusiones de ascética y de mística, saben elevarse a Dios mejor que un teólogo. Que haya rieles para las locomotoras y para los trenes, se entiende; pero serían dañosos para los aeroplanos. También para los vuelos de la oración se impone una reflexión idéntica.
Pero es necesario que nos entendamos bien en esto. Todo cuanto se ha observado hasta ahora, ¿no se verifica también para quien estudia una lengua? Los métodos para aprender el griego o el latín, el esperanto o el alemán, pueden ser múltiples; y cada uno los sigue a su gusto. Esto no quita la utilidad de las gramáticas, las que sirven egregiamente, sin pretensiones y sin exageraciones.
El presente pequeño libro quiere ser, humilde y modestamente, una breve gramática del idioma que se habla con Dios —idioma que es poco conocido por muchos y que a diferencia del griego o del inglés, tiene extraños cultores, que pretenden hablarlo perfectamente sin siquiera estudiarlo.
No hay que interpretar de otra forma las finalidades y el valor de este libro. No fue ideado, o escrito, para los felices que ya poseen a perfección tal lengua, y menos aún para los místicos, para los elegidos, los cuales gracias a un don especial, tienen ya percepción experimental de Dios, y sienten su presencia, debida a un influjo suyo directo; sino para aquéllos que, como el autor de estas páginas, tienen que luchar contra las distracciones y deben lamentar que el avión, destinado a la elevatio mentis in Deum, muchas veces no tiene un motor que funcione.
A cuantos no han conseguido todavía hacer meditación, oír Misa, confesarse, comulgar, realizar su unión con el Señor en una forma que satisfaga sus aspiraciones, les digo: —No creáis que bastará esta lectura para haceros hombres de oración. Aquí encontraréis indicado un método, desarrollado en forma orgánica, que deberéis aplicar vosotros y que aplicaréis en función de vuestras exigencias espirituales, de vuestra personalidad religiosa, adaptándolo a ella, bajo la guía del director de vuestras conciencias.
Un método es indispensable, puesto que un método es una llave, con la cual es posible abrir las puertas de un palacio. Quien la posee, entra tranquilo; quien no la tiene, hace innumerables esfuerzos y no puede entrar.
Si uno, por ejemplo, posee un método para hacer relojes, con poco trabajo os hará un cronómetro perfecto; si, al contrario, yo me puniese a fabricar un reloj, concluiría por no hacer nada. Sin embargo, puede haber varias llaves como diversísimos son los métodos usados por los relojeros.
Por consiguiente, este pequeño libro no quiere meterse a maestro, sino sólo a indicador de los caminos, que pueden conducir a la meta, sin exclusivismos soberbios y sin dañosas intransigencias. Esto fue dicho en el prefacio, pero es necesario repetirlo hasta el cansancio.
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EL MÉTODO DE LA UNIFICACIÓN
El método, en que nos inspiraremos, es el método de la unificación.
Nadie se aterrorice por la palabra. Será comprendida sin dificultad y explicada prácticamente en los siguientes capítulos. Su significado, por lo tanto, es simplicísimo.
Como nuestra vida —y lo hemos demostrado en el Silabario del Cristianismo— debe ser no atomísticamente concebida, sino que debe ser organizada por nosotros, así también nuestra oración exige una semejante organización o unificación.
Los hombres de ciencia alemanes, que se dedican a la búsqueda de la psicología introspectiva, cuando toman un sujeto para hacerlo trabajar y lo invitan a replegarse sobre sí mismo para recoger lo que sucede en su conciencia, le señalan un tema, una Aufgabe, para dirigirlo en sus autoobservaciones; y sólo en esa forma la búsqueda es fecunda.
También nosotros, si queremos obtener el desarrollo gradual de nuestra piedad, debemos invocar la gracia divina, sin la cual nos agitaremos en vano; pero de nuestra parte, para colaborar con Dios, como Él exige de cada uno de nosotros, debemos prefijarnos un tema, trabajar con un programa, seguir un criterio, unificar nuestros esfuerzos con un pensamiento que sea el hilo conductor.
Semejante programa presenta un doble tema, pues podemos examinar:
1°) El espíritu de oración, que debe informar todo nuestro ser y nuestra actividad cotidiana.
2°) Los ejercicios de piedad, que propone la ascética cristiana, como medios para inspirar nuestra vida con un soplo divino y para hacerla tender toda hacia Dios.
En ambos campos —que constituyen las dos partes del presente trabajo— las ideas y los principios directivos que hemos reclamado son necesarios para facilitar la gimnasia espiritual, que nos preparará consoladores progresos y alegrará cada nuevo año que Dios nos conceda, con una conquista de la vida interior.
Pero se impone en este punto una observación preliminar, que precise los límites de la cuestión.
Sabemos que, cuando el pecado mortal no está en nuestro corazón, cuando la gracia hermosea nuestra alma, estamos unidos a Cristo y, por medio de Cristo, al Padre, al Espíritu Santo, a la Iglesia que triunfa en el Paraíso, se purifica en el Purgatorio, lucha en esta tierra.
Tal unión, en el caso anotado, es continua, pensemos o no pensemos en Jesús, en la Trinidad, en la Iglesia. Pero, antes que nada, aquélla, aun siendo un presupuesto indispensable, no basta para transformar nuestra vida en oración; y, aún más, los frutos que obtenemos de esta unión —como hace notar el Padre Bernadot—
«son bien diferentes, según sea consciente o inconsciente, o sea, según si nuestra alma esté atenta a la presencia de Dios en ella, o distraída.
Nosotros podemos estar unidos a Dios como el niño está unido a la madre, cuando duerme en sus brazos, o como el Apóstol predilecto en la noche de la Cena, apoyado con amor al Corazón del Maestro, cuyos secretos escucha. Sin duda, la primera unión inconsciente es ya muy preciosa.
Mas, ¡cuánto más perfecta es la segunda! Sólo ésta conduce a la perfección, a la santidad»;
sólo ésta —añadamos nosotros— nos hace llegar a aquel espíritu de oración, a aquel semper orare, que ilumina toda nuestra jornada en cada instante con un rayo de sol sobrenatural y resuelve el problema que nos ha presentado el Evangelio.
¿Cómo, entonces, podemos llegar a semejante unión consciente? Todos, al menos teóricamente, saben distinguir entre veleidad y voluntad, o sea, entre aquellas buenas intenciones de las que Teresa de Ávila aseguraba que estaba tapizado el infierno y el fortísimo quise de Alfieri. En todo campo, para pasar de las promesas a las realizaciones prácticas, es necesario que una idea programática nazca de nosotros dominadora y, durante cierto tiempo, vivifique todo o al menos proyecte sobre todo su luz.
Un Manzoni, en la creación de Los Novios, nos enseña la gran fuerza de un pensamiento central, que lo obligará a las largas y pacientes búsquedas en la Biblioteca Ambrosiana y lo conducirá luego a las orillas del Arno a lavar sus trapos.
El que quiera adueñarse de una lengua, se sumerge en ella; y no sólo estudia las reglas gramaticales y sintácticas, multiplica las traducciones, aprende de memoria vocablos, sino, durante un período, trata de no pensar en otra cosa sino en el fin que se ha propuesto: toma lecciones, conversa, pasa sus vacaciones en el extranjero —y allí todo lo considera en función de su propósito, desde los letreros de los almacenes a la asistencia a discursos y conferencias.
Así debe decirse de cualquiera que quiere realizar una empresa cualquiera, un trabajo científico o una iniciativa industrial. Sin una idea madre que se traduzca en una actividad metódica y perseverante, se permanece en la región rosácea y efímera de las aspiraciones.
Y esto también sucede con la oración. Si, por ejemplo, nosotros, en el examen de conciencia o en la confesión, frente a una tibieza que da náuseas a Dios y a nosotros mismos, nos contentamos con proponer genéricamente: «De ahora en adelante oraré bien», nuestra intención será muy buena, pero inconclusa y el espíritu de oración seguirá siendo para nosotros un piadoso deseo. Tampoco basta elaborar un programa genérico y abstracto. Hasta que no se desciende al terreno de lo concreto, no se llega a la meta.
Por esto los maestros de ascética han propuesto siempre algunos ejercicios, que será conveniente exponer detalladamente y en los cuales la idea dominante es, a cada instante, o la práctica de la presencia de Dios, o la vida de intimidad con Cristo, o la unión de nuestra alma con su Corazón, con la Pasión, con la Eucaristía, con la Virgen, con la Trinidad, con los Ángeles, con la Iglesia, es decir, con todas las grandes realidades sobrenaturales.
La batalla para estas conquistas debe ser conducida con una determinada táctica, con tenacidad y con un explícito criterio de organicidad, de modo que durante un período, por ejemplo, un mes, o durante varios meses, y luego de cuando en cuando, en un día o en una semana, el tema que hayamos prefijado esté en el lugar central de nuestras preocupaciones.
Por ello, en tal época, toda nuestra actividad espiritual debe converger hacia el punto establecido; conviene que las meditaciones sean hechas sobre este argumento, o que, en todo caso, no se desarrolle nunca una meditación ni se la concluya, sin referirse al mismo, y sin un propósito especial atinente a la actuación del diseño general; los exámenes particulares y el examen de conciencia de la noche deben afirmarse preferentemente sobre el programa establecido, y también las conversaciones con el director espiritual y las confesiones deben tenerlo muy en cuenta.
Aun es muy útil hacer de noche un examen de conciencia escrito, que no exige sino un minuto de reloj, o sea: se prepara un papel con tantas líneas cuantos sean los días de la semana o del mes. En la primera columna se pone la indicación de los varios momentos del día, con mucha abundancia, detallando, por lo tanto, las principales acciones habituales, según nuestro horario diario: despertarse, oraciones, calle, iglesia, comunión, misa, calle, desayuno, calle, escuela u oficina, o al trabajo o campo, calle, casa, almuerzo, etc. Cuando se ha preparado el papelito se considera esta enumeración y con el lápiz se señala con + o un —, según que la victoria sea positiva o no.
En los primeros días abundan los signos negativos; luego llegan días mejores y finalmente los signos positivos llenan la columna. Cuando falta el examen de conciencia por escrito, el progreso, al menos en no pocos casos, es pequeño.
En suma, hay que proceder ni más ni menos que como un generalísimo que dirige un ejército en tiempo de guerra.
La ligereza es fruto de pereza espiritual y no se ve coronada sino de ilusiones y de derrotas. Ésta es una regla que, en el campo del espíritu, no admite excepción alguna.
Continuará…
