Es tiempo de perder batallas
Jorge A. Doré
El alma del cristiano florece entre paradojas. Para él la pobreza es riqueza y la muerte, vida. San Pablo abraza la paradoja cuando anuncia:
Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor a Cristo. (Fil., 3:7)
Y Jesús, clavando su naturaleza humana sobre la cruz, símbolo de contradicción, también dejó claro a sus seguidores que:
Cualquiera que procure salvar su vida, la perderá; y cualquiera que la pierda, la salvará. (Luc., 17:33)
De ahí que el buen cristiano, por virtud de la gracia recibida, sea capaz de identificarse con estas aparentes contradicciones que al mundo le resultan absurdas e incomprensibles:
Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. (Cor., 2:14)
Mas el cristiano está hecho para Dios y con menos no debe conformarse porque, donde la luz infinita lo impone, comienzan las sombras eternas con las que nada en común debe tener.
Hoy, hombres enfermos de los mismos errores de hace siglos, con nombres diferentes, en escenarios distintos, retornan al huerto de los olivos con armas y cadenas buscando el cuerpo místico de Aquel cuyo cuerpo carnal fuera clavado hace más de dos mil años, para volverlo a crucificar, –esta vez, metafísicamente–.
Cuando se cumplan las dos crucifixiones, el Hijo del Hombre retornará gloriosamente según su palabra.
Dios vedado
El mundo ha levantado bandera contra Dios y ha declarado a Lucifer como su maestro y guía. La influencia del Maligno se hace cada vez más obvia y desafiante. Todas las ramas del arte están infestadas de alusiones a Satán y de influencias oscuras que años atrás no salían a la superficie. Hoy esas alusiones e influencias se anuncian y gustan. Están en demanda. Tienen seguidores.
Ejemplo de ello son las pinturas deconstructivas de Francis Bacon; las esculturas cargadas de simbología esotérica que plagan el mismo Vaticano; la arquitectura cabalística, como el templo masónico dedicado al Padre Pio en San Giovanni Rotondo, Foggia, Italia; la música –especialmente el Rock y sus derivados–, con grupos que abiertamente ensalzan al Diablo y se declaran sus discípulos; la danza con sus bailes indecentes y lujuriosos practicados por artistas que hacen continuo escarnio de Cristo, de la Virgen y de la Iglesia, exitosamente; la fotografía con su tendencia a imágenes deprimentes, lúgubres, cadavéricas, y la cinematografía, donde el culto a la violencia, a la muerte y al sexo es respaldado por el encumbramiento de los siete pecados capitales, modelos de “virtud” del libertinaje.
Quizás esa patética imitación de la encarnación del Verbo Divino profetizada por Nuestra Señora de La Salette, ese que nacería blasfemando y saciándose de impurezas, ya haya hecho su aparición entre nosotros atraído por las obstinadas invocaciones de sus falsos profetas y por la desidia de quienes viven porque respiran.
El hecho es que Cristo se extingue en el horizonte humano y cada vez suenan más fuertes y persistentes las demandas de quienes luchan por acabar de erradicarlo y que, con puños cerrados e iracundos, gritan a voz en cuello haciendo mal uso de sus poderes y libertades:
No tenemos más rey que el César. (Juan 19:15)
Cristo ausente
… Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra? (Lucas 18:8).
Resulta sumamente difícil encontrar algo en la calle que nos recuerde a Cristo, pero es relativamente fácil hallar símbolos y alusiones relacionados con el Maligno. La juventud rinde culto a la parca y a lo demoníaco con calaveras y tatuajes siniestros y se recrea repitiendo letras y escuchando cantos que no son más que himnos triunfales a la entrada oficial del Malo, mientras se erige su escenario y se pule su sitial.
Pero miles de cristianos, en su mayoría apáticos y con la sangre espesa por el amor al mundo y una tibieza digna del vómito de la boca de Dios, vegetan espiritualmente persiguiendo las luciérnagas del abismo sin pensar que éstas siempre vuelan hacia el pozo sin fondo. El cristianismo comatoso está a la orden del día. Las huestes enemigas se han encargado de que la Gracia no levante cabeza en los fieles indolentes. La corrupción sistemática prodigada por nuestros enemigos, ha llegado a afectar las fibras íntimas de muchos creyentes, hoy imbuídos de herejía sin tener conocimiento de ello:
“Aplastad al enemigo quienquiera que éste sea; aplastad al poderoso mediante la mentira y la calumnia; pero especialmente destruidlo desde el huevo. Es a la juventud a la que debemos dirigirnos, es a ella a la que debemos seducir; es ella la que debemos poner bajo la bandera de las sociedades secretas. Para avanzar paso a paso de forma calculada y segura por ese riesgoso camino, dos cosas son imprescindibles: debéis tener un aire de simples palomas pero ser prudentes como serpientes. Vuestros padres, vuestros hijos, vuestras mismas esposas deben permanecer ignorantes al secreto que ocultáis en vuestro fondo”. (Instrucción Permanente del Alta Vendita)
Por eso, gran parte de la crisis del catolicismo actual, obedece a la desinformación de los fieles en materia de fe. Han permitido que falsos profetas conviertan su vino en agua y su Dios en pan cuando deberían haber guardado su fe incorrupta. De ahí que el legado a nuestro hijos, en incontables casos, no sea el de una doctrina pura y saludable sino un híbrido mezclado con el insidioso veneno que el mundo destila y que suele enfrentar con violencia a las generaciones. Y ésto es culpa de la ignorancia de los progenitores que deberían haber pasado la antorcha sin humo a sus hijos, quienes pagarán el precio del contagio del mundo:
Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios… (2 Timoteo 3:2, 4)
Tan grave es esta dejadez de los cristianos tibios, que el el Santo Papa Pio X, refiriéndose a ella, declaró solemnemente:
Rogamos e instamos a reflexionar en la ruina de las almas que es provocada por esta sola causa: ignorancia de las más sublimes verdades, más allá del entendimiento natural de las multitudes, las cuales deben ser conocidas por todos los hombres por igual para que puedan obtener su eterna salvación… Positivamente sostenemos que la voluntad del hombre no puede ser la correcta ni su conducta buena mientras su intelecto sea esclavo de una crasa ignorancia. Y si, como resultado de esta ignorancia, a la falta de fe se añade la corrupción, la situación apenas admite remedio y el camino a la perdición permanece abierto. Por lo que solemnemente afirmamos: la mayoría de quienes se condenan al castigo eterno entran en esta desgraciada ignorancia de los misterios de la fe que deben ser necesariamente conocidos y creídos por todos los que pertenecen a los elegidos. (Actas del Supremo Pontífice Pio X, Prensa Vaticana, Roma 1904).
El resultado es que estamos siendo duramente castigados por habernos contentado con los cerdos mientras arrojábamos las perlas de nuestros bolsillos sobre el camino fangoso.
El cristiano contra el mundo
Los principios cristianos están siendo atacados y suprimidos por gobiernos e instituciones públicas y privadas, de modo que el laicismo imperante, hijo de implosivas y suicidas democracias donde la infidelidad de los muchos se impone –por número– contra su propio Creador, no es más que un boquete abierto hacia el infierno por el que el Diablo asoma su satisfecha cornamenta en señal de aprobación.
Los fieles a Dios y a su Iglesia son confrontados, perseguidos, marginados, acusados y en un gran porcentaje de los casos, inculpados por afirmar su fe contra la corrupción imperante, por manifestar su desacuerdo con la imposición de una moral inaceptable a Dios, por confesar su adhesión al Mismo, su fidelidad a sus mandamientos y por defender su credo. Señal de que vivimos en tiempos proféticos:
Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece.
Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. (Juan 15:18,20)
Con la corrección política, –el lenguaje del diablo–, se imponen mordazas legales contra quienes se manifiesten de un modo distinto al programado por una sociedad veladamente tiránica que, sin embargo, perdida su razón y su moral, presume de absoluta libertad tal como una prostituta bien vestida pudiera presumir de virginidad.
La legalización y justificación del aborto, la legalización del matrimonio homosexual, la adopción por parte de “matrimonios” del mismo sexo, la aberrante, perversa y abusiva educación sexual aplicada a los infantes en la escuela, la autodeterminación del sexo (a pesar de que éste se encuentre físicamente bien definido en la persona), la destrucción del concepto de familia, de patria, de nación, de Cristo y de Dios como suprema autoridad, alientan la persecución encarnizada contra los cristianos, víctimas discriminadas de un plan diabólico que volteando la cruz, acuña la inversión de todos los valores morales y a la bestia que los propugna.
Contribuyendo pertinazmente a la demolición de los cimientos sobre los que antaño se irguiera la civilización occidental, están los poderosos y corruptos medios de comunicación que, dominados casi en su totalidad por enemigos de Dios, manipulan la información a su antojo y embrutecen, subvierten y anestesian a las masas de forma tendenciosa, inmoral y maligna,
No en pocas naciones, los católicos hemos sido y somos cuestionados, vejados, desposeídos y hasta ridiculizados. Aquellos que odian nuestras luces en el candelero, intentan extinguirlas no por la vía del martirio, sino por la de la jurisprudencia. Quienes no pueden sufrir que seamos la sal del mundo, –sal que preserva la tradición– buscan barrernos con sus leyes aduciendo que somos fácilmente propensos al odio (ya sea racial, de género o lo que les convenga), además de destruir nuestras familias y desposeernos de nuestra propiedad privada mediante la demanda, el abusivo impuesto y la regulación discriminadora.
La polarización de filosofías, creencias y expectativas humanas está llegando a su clímax. Tal pareciera que un hachazo de lo alto hubiera separado luz y sombras y que éstas, al verse reflejadas en el acero de la hoja, se dispusieran para la batalla. Los bandos se definen sin dejar lugar a dudas. Tesis y antítesis no habrán de cristalizar jamás el abrazo de una síntesis entre Dios y el Diablo. La suerte está echada y nos veremos las caras en Armagedón.
Es tiempo de perder batallas
No es de extrañar el creciente avance y contagio del mal subyugando la mente y el corazón de los pueblos. La cizaña crece planificadamente y se enseñorea sobre las naciones, sugiriendo la proximidad de una siega final.
Acontecimientos tales como la profusión, la entronización y la glorificación del pecado, la apostasía rampante, la abominación desoladora (o su preludio materializado en la falsa Iglesia Católica) la aparición de falsos profetas y falsos Cristos personificados por religiosos de una falsa iglesia, parecen concordar con el anuncio de los últimos tiempos predicho por el propio Jesús.
La persecución cristiana va en aumento. Y está vaticinado que los seguidores del cordero padeceremos el castigo de esta férrea bota sin que podamos oponernos a ella:
Y se le permitió hacer guerra contra los santos, y vencerlos. También se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación. Apocalipsis 13:7
Al repasar nuestro profético futuro, encontramos que en un punto, todo parecerá perdido. Vienen tiempos de injusticia, persecuciones y catacumbas. La losa rodará nuevamente hasta sellar el Cuerpo Místico del Señor, que parecerá desvanecerse de la faz de la tierra. La luz del mundo se extinguirá poco a poco como el caer del párpado de un moribundo. Pero aun entre las sombras del sepulcro, la impotencia de sus hijos, quedará en manos de un Dios que nos sostiene y nos conforta. La inextinguible lámpara de la fe permanecerá guiando en la oscuridad absoluta como un diminuto pero potente destello de vida.
Todo esto vendrá acompañado de señales inusuales y amenazadoras de la naturaleza, cuyo incremento comprobamos en la actualidad.
Y cuando estas cosas comiencen a suceder, miren, y levanten sus cabezas, porque su redención está cerca. (Lucas 21:28).
La hora final
Si nuestra lectura de la higuera es correcta, es posible que estemos viviendo en pleno desenlace del Apocalipsis, cuando los poderes del cielo y del infierno chocarán de frente. Mas aunque ni los ángeles del cielo saben el día y la hora de los acontecimientos, la lógica humana permite intuir que estamos próximos al alzamiento de pueblo contra pueblo y nación contra nación a escala global, con sus secuelas de guerra, hambre, peste y muerte.
Ante la profética e ineludible expectativa de perder batallas, guardemos el consejo de aquel que supo pelear la suya fielmente hasta el final:
Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza.
Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.
Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.
Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. (Ef., 6:10,13)
Palabras que vale la pena meditar y asimilarlas en carne propia, ya que la paradoja del cristiano aplica también a sus batallas: si morimos por Cristo, viviremos con El.
