Mons. OLGIATI – LA PIEDAD CRISTIANA – PRIMERA PARTE: EL ESPÍRITU DE ORACIÓN – IDEAS Y PRINCIPIOS FUNDAMENTALES

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

OLGIATI-PIEDADPRIMERA PARTE

EL ESPÍRITU DE ORACIÓN

IDEAS Y PRINCIPIOS FUNDAMENTALES

Para resolver el problema de la piedad, hay que tener el valor de colocarlo en su debido lugar, sin tentativas insulsas de atenuar la gravedad de la cuestión.

El problema surge de las palabras de Cristo, que dijo a todos —y no solamente a un grupo de perfectos o a la pequeña pléyade de místicos—: «Es necesario orar siempre. Oportet semper orare«. O sea: toda nuestra vida debe ser una oración.

Un prejuicio —que explica la vulgaridad de la vida religiosa actual de muchos católicos— sostiene que el «orar siempre» es el deber exclusivo de los monasterios y de las almas dedicadas a la pura contemplación. Y se observa, con una sonrisita de escepticismo, que quisiera expresar compasión y condena: —¿Cómo es posible atender al estudio, al trabajo, a una obra cualquiera que exige nuestra total atención, si se quiere pensar en Dios? Por ejemplo: yo, profesor, tengo que preparar una lección de literatura italiana sobre Dante. Necesariamente tengo que tomar los libros que vienen al caso, olvidar todo para sumergirme en mi trabajo, no interrumpir mi búsqueda a cada instante (ni aun para rezar), dejarme absorber por el tema; de otra manera no cumpliría con mi deber, y mañana, cuando habré de subir a la cátedra, mis alumnos tendrán toda la razón de mandarme por lo menos al infierno dantesco. Y lo mismo puede repetir un industrial, un vendedor de vino, un carpintero, un sastre, una dactilógrafa.

¡No faltaría más, que esta última, mientras está copiando, tuviera que elevar a cada instante la mente a Dios! ¡Quién sabe cuántos disparates pasarían a sus papeles! En fin, si uno se dedica a una ocupación exterior, durante ese tiempo, no puede ni debe orar. O nos nacemos todos frailes o ermitaños; o hemos de dedicarnos a la actividad, que es la realidad y nuestra vida.

Semejante razonamiento contiene una gran verdad.

Cuando se trabaja hay que tener la mente fija en el propio estudio, en los propios negocios, en el vino, en el cepillo, en los trajes, según se sea profesor, industrial, cantinero, carpintero o sastre. ¿Acaso no es ésta la voluntad de Dios? ¿Y qué otra mayor manifestación de piedad que la del cumplimiento del propio deber? ¿Quién no cometería acaso un error si en vez de consagrar a ello sus energías, fuera a meterse en una iglesia?

Sin embargo, la objeción, bajo el velo de una verdad axiomática, esconde una sierpe venenosa: o sea, que afirma la separación de la piedad de la vida.

Nuestra jornada tendría que dividirse en dos partes: una, pequeñísima, dedicada a las oraciones de la mañana o de la noche y a alguna práctica religiosa, como la Comunión y la Misa; la otra estaría dedicada a los quehaceres cotidianos. Y no se quiere entender cómo semejante división, verdadero tajo inconsiderado de espada, roba a Dios casi todas nuestras horas, y nos aleja de Él, de manera que las dos partes de la jornada irán cambiando de proporciones: poco a poco el tiempo consagrado al Señor será reducido a términos mínimos, cuando no desaparecerá del todo; y en cambio, aumentará el tiempo de las ocupaciones, que persiguen, atan, absorben completamente.

De tal manera tendremos la ilusión de vivir, y despertaremos cualquier día bajo los golpes del dolor y de la realidad, con la amargura en el alma, con un desconsolador vacío, con la desolación del pesimismo.

Sin embargo, es cortante e inexorable la reprobación de la separación de la piedad de la vida, que pronunciaba Cristo, cuando imponía la obligación de orar siempre. Y sólo la incomprensión del significado verdadero de tal mandato, provoca la dificultad anterior con la terrible perspectiva de transformar al mundo en un monasterio y en un claustro (donde, a pesar de todo, el mismo San Benito, unió al ora el labora).

En efecto, el «ORAR SIEMPRE» del Evangelio:

1°) No significa de ninguna manera —lo diremos con las claras palabras del padre PLUS— «sobreponer uno a otro los ejercicios de piedad, al rezo del Rosario el del Oficio Parvo de la Santísima Virgen, luego la lectura Espiritual, luego una media hora de meditación y así por el estilo… Nadie podrá jamás —a no ser que trate de volverse loco— entretejer su vida con ejercicios de piedad sin interrupción».

Añádase que el número y la calidad de las prácticas de piedad se diferencian necesariamente de individuo a individuo, según la condición social y según el desarrollo religioso que cada uno ha alcanzado.

Es humorística la pretensión de establecer ejercicios de piedad, inéditos, para todos, como si se pudiese invitar a un analfabeto a hacer lectura espiritual. Cada persona tiene sus exigencias especiales y como los trajes se han de hacer a medida, así también las reglas de la vida religiosa deben ser estudiadas caso por caso. Tal respeto a la individualidad es recomendado por todos los grandes autores de ascética. Y la corriente franciscana tuvo el mérito de subrayar, más que ninguna otra corriente, tal criterio directivo.

Por lo tanto, si estas páginas cayesen en manos de alguien que todavía es un niño en la vida espiritual, no tiene por qué asustarse de los capítulos sucesivos; recuerde que es un niño, aunque tenga una edad respetable; trate de desarrollarse y entonces le será posible aplicarse normas y ejercitarse en prácticas, que hoy le parecen y serían para él simplemente inconcebibles.

2°) El «orar siempre» tampoco equivale a multiplicar los actos de oración durante el día y el trabajo; volando hacia Dios con el pensamiento y con el corazón. Éste es un óptimo ejercicio de gimnasia espiritual, que recomendaremos continuamente; pero es sólo un medio que debe tender a la finalidad suprema, o sea a dirigir todo nuestro ser, nuestra actividad, nuestro trabajo, nuestras tribulaciones, etc., a Dios, al que estamos unidos mediante la gracia y que vive en nosotros, como nosotros vivimos en Él.

Si alguno quisiera hacer consistir la piedad sólo en la preocupación exagerada de multiplicar durante el día los pensamientos y aspiraciones al Señor, obligaría a su cerebro a trabajos forzados, estaría a un paso de caer en el cansancio y quizás hasta llegaría a mecanizar tal gimnasia, la cual, en cambio, debe proponerse activar las libres energías del espíritu.

Cierto: es hermoso, durante las horas de fatiga, elevar de vez en cuando un saludo a Dios; es, no una disipación, sino una causa para trabajar más y mejor; pero tales aspiraciones deben ser poco a poco el efecto de un estado de ánimo, y un efecto espontáneo, que no conoce esfuerzo, sino que se verifica en aquella atmósfera de tranquilidad espiritual, que es una de las características más límpidas de un alma verdaderamente religiosa.

3°) El significado de la obligación evangélica «orar siempre» se ha de entender, por lo tanto, de una orientación del alma a Dios, por la cual se vive por Él, en Él y con Él; por la cual no sólo se ora, sino que se trabaja, se estudia, se somete al cansancio, se sufre y se muere, con este estado de ánimo: TODO POR DIOS.

El Deus meus et omnia de San Francisco de Asís es mucho más profundo que lo que muchos creen; y representa la lógica más inexorable.

Si se admite a Dios, es ridículo reservarle algunos momentos del día, sin consagrarle todo el resto. El verdadero espíritu de piedad debe vivificar cada y cualquier instante de la propia actividad, cada y cualquier gesto de dolor, de deseo, no sólo cada oración. No es lícito tratar a Dios como si fuera un pobre Lázaro, que en vano eleva su llamado suplicante a las puertas de nuestra jornada, y al que no se le dan —cuando nos acordamos— sino las migajas de la actividad espiritual.

Si pues, no sólo las almas consagradas a Dios, sino todos deben rezar y en manera especial, aquéllos que viven la vida agitada del mundo, de los negocios, de la lucha cotidiana; si el ejemplo de San Francisco de Sales, que trazara normas de ascética, no sólo a las Hermanas de clausura de la Visitación, sino también a las personas que viven en sociedad, hoy se impone más que nunca a la admiración común, es necesario afrontar el problema.

La dificultad consiste en satisfacer el deber y la necesidad de tal oración. Se quisiera orientar la propia vida hacia Dios, y no se consigue hacerlo.

Hoy también resuena en muchos labios la oración, suplicante que los Apóstoles dirigieron un día al Señor para que les enseñara a orar.

La oración fue definida: «Elevatio mentis in Deum»: un vuelo del alma hacia Dios. Y muchos quisieran participar en semejante aviación espiritual; pero carecen de aviones.

Justamente por este motivo, será conveniente iniciar nuestra búsqueda con algunas ideas claras, que luego iremos desarrollando en todo el volumen, las cuales nos darán una directiva y nos delinearán un programa.

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1

ORACIÓN Y AMOR

En nuestra búsqueda no debernos nunca perder de vista el punto esencial: el amor. Porque también el problema de la oración se reduce al problema del amor, como muchas veces ha repetido Santa Teresa, especialmente en su autobiografía (cap. 7).

Si el centro del universo es para nosotros Dios, y no nuestro pequeño yo o las míseras cosas humanas, el alma debe tender a Él, no sólo cuando doblamos nuestras rodillas para adorarlo o para suplicarle, sino en todo el desarrollo de nuestra actividad, puesto que todo —si amamos a Dios— debe referirse a Él y cumplirse en función de su voluntad.

Sin embargo nos contentamos muy frecuentemente con palabras. Afirmamos que amamos a Dios, pero sin que nos demos cuenta, nos amamos a nosotros mismos.

¿Acaso no quedó célebre una felicísima expresión de Jacopone de Todi? «Amo verdaderamente a Dios —exclamaba— cuando, pidiéndole una gracia y no obteniéndola, lo amo dos veces más que antes».

He aquí la condena de quienes conciben la oración no como amor, sino como la vía para llegar a la consecución de los propios deseos y a la realización de las propias miras egoístas y avaras: —Ésta es una concepción de avaros, no una visión de hijos de Dios.

Fueron heridas que se infirieron al verdadero concepto de la oración-amor, y su negación, la corriente quietista, que no veía lo absurdo de reducir el amor a la pasividad, mientras que el amor es por esencia activo; —la escuela jansenista, que se representaba a Dios no desde el punto de vista del amor, sino del terror, matando en esa forma la oración—; la teoría del americanismo, que orientaba el alma hacia las cosas y no hacia Dios.

Sin embargo había en todas estas direcciones algo de verdad: el quietismo exageraba nuestra dependencia del primer principio del orden natural y del sobrenatural; el jansenismo deformaba la gran enseñanza del timor Dei; el americanismo reprobaba la idea de quien hace consistir la oración en un masticar fórmulas, sin estar en conexión con la vida.

Tanto uno que ora, como otro que no ora se preocupa quizás del mismo trabajo, se dedica al mismo estudio, sufre los mismos dolores; sin embargo, el espíritu unificador de tal actividad y sufrimiento es diverso. El primero, que ora, encamina todo a Dios; el segundo a sí mismo. El primero ama a Dios; el segundo no lo ama.

Y se entiende entonces cómo la sublime palabra del «semper orare», en último análisis, no significa otra cosa sino que toda nuestra vida debe estar inspirada en el amor; se entiende el axioma de San Alfonso, refulgente de luminosa evidencia: «Quien ora se salva, quien no ora se condena», que es comentario de la amonestación de San Juan: «quien no ama, permanece en la muerte».

El concepto fundamental y evangélico del amor nos explica del mismo modo la diferencia que hay entre el espíritu de oración y los ejercicios o prácticas de piedad.

Estos últimos, desgraciadamente, pueden existir, aun sin el espíritu de oración y pueden transformarse en dañoso y deplorable sustituto del mismo.

También Tartufo puede oír misas, y rezar rosarios; pero Tartufo no tiene, ni siquiera inicialmente, aquella orientación de la mente y de la voluntad hacia Dios, que inspira con su soplo toda la vida y santifica cualquier actividad nuestra, elevándola a las alturas sagradas y a la dignidad de la oración.

Los ejercicios o prácticas de piedad son necesarios como las piedras para construir un edificio; pero deben estar al servicio de la línea arquitectónica, o si se quiere, deben ser como el aceite en la lámpara del corazón, para que la llama no se debilite en el espíritu.

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2

ORACIÓN PURAMENTE HUMANA Y ORACIÓN CRISTIANA

Llegados a este punto, es necesario precisar la diferencia esencial que hay entre oración y oración, o sea entre oración humana y oración cristiana.

1°) La ORACIÓN HUMANA es el vuelo de una mente hacia su Creador, y, como se ha dicho, la encontramos en cualquier lugar donde existió o existe un hombre.

Si con la ayuda de los historiadores de la antigüedad nos situamos con el pensamiento en la India o en Egipto, en Grecia o en Roma, entre las tinieblas de la barbarie o entre los fulgores de las viejas civilizaciones, en todo lugar comprobamos el hecho de que el hombre ha orado.

Los exploradores y los misioneros que viven entre las tribus salvajes, siempre se encuentran con formas de oración, aunque sean diversas. Individuos y pueblos siempre han orado.

La leyenda de sociedades primitivas sin invocaciones a la divinidad, está deshecha hoy por la historia de las religiones. Era una idea errada, aparecida en la época positivista y evolucionista, pero rebatida por los hechos.

Juan Bautista Vico ya había entrevisto tal verdad histórica, tan límpida para todos aquellos que observan cómo, siendo Dios la fuente del ser y por lo mismo el primer principio del hombre y su último fin, es evidente que las conciencias humanas se vuelvan a Él y se eleven sobre las alas de la oración, sobre todo en las horas trágicas del dolor.

Aunque la humanidad no hubiera sido elevada al orden sobrenatural, aunque el Verbo no se hubiese encarnado y no tuviéramos la fe y la vida cristiana, hubiéramos tenido una oración humana, cada vez que un hombre hubiera invocado a su Creador.

2°) La ORACIÓN CRISTIANA es algo más.

Es cierto que implica la nota esencial de toda oración; es cierto que es una elevación de la mente a Dios; pero es el vuelo de un alma que está injertada en Cristo, que vive por consiguiente la vida de Cristo, que fue elevada al orden sobrenatural.

He aquí una idea que falta —parece imposible, pero sin embargo es la dolorosa realidad— a muchos creyentes.

No reflexionan que con el Bautismo han sido unidos al Verbo encarnado, de modo que, para comprender su dignidad de cristianos, no deben ponerse en el punto de vista de una concepción individualista, sino en el punto de vista del Cuerpo Místico, o sea de la Iglesia, de la que nosotros los bautizados somos los miembros.

La linfa vital y sobrenatural de la gracia —cuando la culpa grave no nos ha acarreado la muerte— transforma y sublima a cada uno de nosotros y nuestra actividad.

Nosotros vivimos y obramos; pero la vida y nuestra acción se transforman en vida y acción de Cristo, por nuestra unión con Cristo.

Jesús es el Hombre-Dios. Él unió en sí, en la unidad de la Persona, la naturaleza humana y la naturaleza divina. No sólo esto; sino que ha querido incorporarnos a Él; ha querido que nosotros fuésemos los sarmientos y Él la vid, de modo que nosotros vivimos de Jesús y en Jesús.

De este modo, cielo y tierra, Dios y el hombre están reconciliados en Cristo; el orden natural y la gracia ya no están divididos, sino que nuestra naturaleza es elevada a la participación de la vida divina.

Entonces nosotros oramos, dirigimos nuestra mente hacia el Padre (elevatio mentis in Deum); pero ya no volamos con alas de cera; ya no ascendemos con nuestras solas fuerzas humanas; es Jesús quien ora con nosotros, quien funde su voz con la nuestra. Incorporados a Él, el Espíritu de Jesús nos vivifica e interpela al Padre con gemidos inenarrables. De este miserable mundo se eleva la oración que ya no es sólo humana, sino que es oración verdaderamente cristiana.

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3

ORACIÓN CRISTIANA PRIVADA Y ORACIÓN LITÚRGICA

La oración cristiana, a su vez —para no hablar de la oración de Cristo durante su vida mortal, que como una nube de incienso continuamente subía al Cielo— nos presenta dos formas, que no han de ser confundidas.

1°) Existe la ORACIÓN CRISTIANA DE CADA UNO, o sea la oración de quien vive la vida de la gracia y en su propio nombre o con un grupo de hermanos que se unen a él para orar, eleva su voz al Señor.

Cada vez que recitamos las oraciones de la mañana y de la noche, cada vez que solos o en compañía decimos el Rosario, cada vez que nos dedicamos a la oración mental, nuestra oración es cristiana, porque está hecha en Cristo y con Cristo, pero es la oración de una persona o de un grupo de personas que, en su propio nombre, juntamente con Jesús y viviendo en Jesús, vivificados por el Espíritu Santo, se vuelven al Padre.

Tal oración es espléndida e indispensable y sin ella, como demostraremos, no llegaremos a participar con conciencia vigilante de la oración de la Iglesia; pero no es todavía la oración más alta y eficaz.

2°) Ésta la tenemos en la ORACIÓN LITÚRGICA, en la oración, no ya de un solo cristiano o de un grupo de individuos bautizados, sino de la Iglesia.

Y en los capítulos siguientes estudiaremos cuál es su naturaleza, sus dotes y su belleza. Es de un valor muy diferente la voz que se eleva de un corazón cristiano hacia Dios y la voz poderosamente divina que se eleva de toda la Iglesia, o sea de Cristo y de sus miembros, como sucede en el Santo Sacrificio o en otras acciones y funciones litúrgicas.

Cuando yo asisto, por ejemplo, a una Misa, ya no es el pequeño mortal quien se vuelve a Dios con su débil lamento o con su debilísima invocación (oración humana); ni es un solo bautizado, que, si bien fuerte por la gracia, habla con Dios (oración cristiana privada); antes, en aquel instante, me siento unido a Cristo, a la Virgen, a todo el Cuerpo Místico de Cristo; mi voz forma una cosa sola con la voz de Cristo y de la Iglesia, y yo puedo elevar al Padre una oración, que es digna de Él, y cuya grandeza es tal, que ninguno puede describirla a perfección. He aquí la oración litúrgica.

En seguida, a la luz de estas ideas elementales, nos damos cuenta de TRES IMPORTANTES VERDADES:

1ª) La oración cristiana no tiene vínculos de parentesco con el sentimentalismo y no debe ser confundida nunca con aquel fervor sensible, que no es un elemento esencial de la oración.

Hay que persuadirse de que el sentimiento tiene una fisonomía de índole fisiológica, tanto que se puede encontrar en el acaramelado corazón de una miss americana, loca de amor por su perrita.

El valor de nuestra oración depende, no ya del fervor, que no está siempre a nuestra disposición, sino de nuestra unión con Cristo y con la Iglesia, que nos permite superar cada y cualquier distancia entre lo finito y lo infinito con un vuelo —con una elevatio ad Deum— que podemos efectuar sin temor, fortificados por la gracia de Cristo.

2ª) La verdadera piedad cristiana está siempre basada sobre el dogma, ya que si uno ignora o no tiene claro el concepto de lo sobrenatural, de la gracia, de la incorporación a Cristo y de su Cuerpo Místico, concebirá a lo más la oración como oración humana, pero nunca como oración cristiana (¿acaso no es ésta la historieta, que tantas veces repite la ignorancia religiosa de nuestros días: «yo rezo en mi casa; no tengo necesidad de Sacramentos, etc., etc.»?).

3ª) Por último, la piedad cristiana informa toda la vida. Como estamos unidos a Jesús no sólo cuando recitamos las oraciones de la mañana o de la noche, no sólo cuando asistimos a Misa, sino siempre, en todo el instante de la jornada, se sigue que estamos unidos con Él siempre al Padre en el amor del Espíritu Santo y cada acción puede transformarse de tal manera, si no lo impedimos, en una elevación a Dios.

El oportet semper orare del Evangelio; o sea la doctrina de que el trabajo, el sufrimiento, y la misma diversión (sive manducatis, sive bibitis) se deben transformar en oración; la gran máxima de que toda nuestra vida debe estar informada de Cristo, hacían que Pablo el Apóstol se dirigiese a un alma juvenil y le escribiese: Timoteo, «ejercítate en la piedad, porque… la piedad ayuda para todo, teniendo promesa de la vida presente y de la futura» (I ad Tim., 4, 8). Son conceptos que luego repetiremos y desarrollaremos.

Continuará…