PÍO XII Y LA FAMILIA CRISTIANA
Discursos de Su Santidad Pío XII a los recién casados entre los años 1939 y 1943
LOS AUXILIARES DEL HOGAR
III. Responsabilidad
20 de Agosto de 1942
Vuestra presencia en torno a Nos, amados recién casados, en la aurora de vuestra vida conyugal, es para Nos un testimonio muy grato de vuestro deseo de recibir la bendición y de escuchar las exhortaciones del Vicario de Cristo para hacer de ellas la luz y la guía en el camino que habéis emprendido.
Nuestro corazón se complace al contemplar y exaltar la familia cristiana, fundamento de salud y grandeza moral de la sociedad, y de analizar y explicar sus variados bienes y nobles aspectos, no menos que los lados más expuestos a insidias y peligros.
En nuestros últimos discursos, hablando de las relaciones mutuas entre amos y criados y de los deberes que de ellas se derivan, hemos mostrado su religiosa belleza a la clara luz de la fe y en la cálida llama de la caridad. Estas relaciones y deberes no pueden ser estériles, sino que son raíces fecundas que engendran recíproca responsabilidad en el campo familiar.
Considerad, en efecto, cómo se desenvuelve dentro del ámbito doméstico el influjo de los que en él entran a servir. Si se tratara de un simple contrato de trabajo entre dos personas, las responsabilidades que de él surgieran serían limitadas: ciertamente resultaría desagradable al amo ser mal servido o sufrir cualquier daño en los propios bienes; pero de ordinario no serían muy grandes el disgusto y la pérdida, y ningún otro sufriría perjuicio. Aquí, al contrario, hay en realidad una relación que generalmente no mira solamente a un amo y un sirviente, sino a toda una casa, y es en realidad más que un mero alquiler de trabajo; es la entrada de un extraño en convivencia familiar, para formar parte en cierta manera del hogar doméstico, no por una o varias horas del día, sino de día y de noche.
Aunque sean vigilantes los amos y cuan prudentes queráis; aunque tomen las más estrechas precauciones, por discreta que pueda ser aquella doméstica, aquella camarera, ella vive de continuo con ellos, en las horas claras y en las oscuras; de día en día viene necesariamente a conocer el carácter, el temperamento, las disposiciones, las costumbres de cada uno y cada una de la familia, hasta las debilidades, hasta las pasiones, sus enfados y aquellas predilecciones que acaso llegan a ser manías.
¿Cómo podría ocurrir de otro modo? ¿No penetra ella con pie seguro en todos los rincones de la casa, en los dormitorios, en los despachos, en el salón, para arreglarlos y ponerlo todo en orden? Su mirada atraviesa toda sombra, traspasa todo vidrio, lo ve todo o lo adivina bajo los velos. Por servir a la mesa está presente en las comidas, oye al vuelo fragmentos de la conversación, los cambios de tema y los saltos de argumento, oye y nota las inflexiones y las insistencias, las chanzas familiares y los altercados, las disputas y las disensiones, los recuerdos y las anécdotas más o menos íntimas y aquellas mil insignificancias frecuentemente más reveladoras que las confidencias voluntarias. Vosotros la veis a la puerta para abrir e introducir a los visitantes, a los parientes, a los amigos y a los conocidos; ella termina por conocer a todos los que van y vienen por casa y con qué rostro, y de qué modo se recibe y trata a cada uno; nada, ni siquiera la cara de un acreedor inoportuno e insistente, se le oculta.
Por todo esto se comprende bien de qué importancia puede resultar para la vida y para la suerte de la familia el hecho de acoger en el hogar doméstico a tal o cual persona que hasta ayer le era extraña. Con tal admisión en casa, el padre de familia, conservando la debida proporción, ¿no viene acaso a ser responsable del sirviente y de la doméstica como de sus hijos? Y su primera responsabilidad, ¿no proviene, por ventura, de la elección que de ellos ha hecho?
Estas responsabilidades, mayores que las que al principio pueden parecer, vienen a ser vastas, y su gravedad no se manifiesta con frecuencia, sino demasiado tarde, cuando el tiempo hace aparecer las consecuencias, sea en la misma morada doméstica, sea en el círculo de los parientes y conocidos, sea en la sociedad entera.
I.- En la casa tales consecuencias se ven, en primer lugar, con respecto a los hijos. En los adolescentes y en los jóvenes, en las niñas y en las muchachas, amargas desilusiones asombran, tal vez, el ánimo de los padres como revelaciones repentinas e insospechadas.
Se atribuye acaso cualquier capricho o desdén al hervor de la edad. Pero no se acierta a encontrar la razón última de sus malas tendencias, de su carácter difícil, independiente, crítico, escéptico, cerrado. Se sorprende y maravilla uno al ver surgir como de repente en los hijos ciertos malsanos instintos y ejercitar sus violencias con un ímpetu superior al que suele comportar la crisis moral del crecimiento.
Y, ¿qué hacen los padres? ¿qué piensan? Alarmados, desolados, se preguntan entre sí, se examinan, cavilan: ¿se ha hecho todo para educar bien a aquellos hijos? Sí; nada, según parece, ha faltado; ni los buenos ejemplos, ni los buenos consejos, ni las advertencias oportunas, ni la firmeza, ni la bondad. Se ha vigilado sobre las amistades, sobre las diversiones; hasta ahora nada había engendrado ninguna sospecha.
Pero, mientras para descubrir las raíces del mal se escrutan todas las páginas y todos los rincones de la historia del presente y del pasado próximo, he aquí que se suscitan latentes recuerdos; despiertan más claros, se enlazan y se refuerzan recuerdos cuya primera impresión se remonta a la niñez: palabras, chistes, maneras, libertades incorrectas y aún únicamente demasiado familiares de una persona de servicio, imprudente o menos delicada.
No digáis que aquellos niños todavía pequeños no podían entender. Acaso –quién lo sabe– en el momento no lo comprendieron; pero después, ya crecidos, recuerdan y entienden. No olvidéis, padres recién casados, que en los sentidos del niño la naturaleza ha puesto una gran fuerza observadora y retentiva, y que el hombre tiene desde su nacimiento la tendencia a la imitación en las palabras y en las obras.
¿Qué responsabilidad crea, por lo tanto, en el padre y en la madre, el hecho de que en casa haya servidores en contacto permanente y continuo con sus hijos?
Notad bien que Nos no hablamos de niños abandonados por negligencia, como con frecuencia ocurre, y dejados al cuidado de domésticos más asiduos en guardarlos y asistirlos que la propia madre, ocupada, o distraída, o frívola; ni nos referimos necesariamente a sirvientes –Dios no lo permita– corrompidos y corruptores. De todas maneras, ¿qué ha ocurrido? Se ha plantado con la casa un árbol malo que produce frutos semejantes a sí.
¿Cómo se debían escoger el criado y la sirvienta? ¿Cómo se les debía vigilar? ¿Cómo se les debía advertir? Que los dueños de casa echen la culpa a su elección sin discernimiento, a sus informes mancos o insuficientes, al capricho y a la impresión falaz.
Es una responsabilidad delicada, que crece en los padres a medida que crecen los hijos. Por inocentes que se supongan, que se estimen o que realmente sean, lo mismo que las personas quizá igualmente jóvenes que los rodean, su inocencia no impide a la naturaleza despertar en la hora hirviente de la adolescencia, mientras la experiencia que suele acompañarla vela y disimula los peligros hasta el día en que el bramido misterioso del corazón y de los sentidos les advierte que es inminente la lucha y que se encuentran desarmados. ¡Qué enorme responsabilidad frente a los hijos y a los criados en el contacto inevitable de la vida diaria!
Respecto a los hijos, esto es claro; pero no es menos claro en cuanto a los criados. Aquella criada joven que, para el buen servicio, hasta conviene que lo observe todo en la casa, verá los cuadros, los grabados colgados de las paredes; las revistas y diarios ilustrados abandonados en desorden o abiertos sobre mesas y sobre muebles; escuchará las relaciones y las aventuras más o menos licenciosas que cuentan los hijos mayores y sus amigos, uno u otro de los cuales, de paso, rápidamente, le dirigirá una sonrisa o un gesto un tanto libre que, con la novedad, resultará para ella, acaso inexperta, el peligro más sutil e insidioso.
Suponed que, según avanzan las cosas, un día imponga el deber a los padres, para bien de los hijos, el que alejen a aquella criada, no culpable de los inconvenientes o del peligro del que no había venido a ser sino involuntaria ocasión. El jefe de casa, que la verá partir humillada en su inocencia, ¿no sentirá acaso en el corazón el remordimiento de haber sido él, con otros, menos prudente que ella misma, menos vigilante, menos firme y fuerte? ¿No se deberá imputar a sí mismo la culpa de ella y de su incierto porvenir?
Cuando además hay en una familia muchos criados, especialmente si son de sexo diverso, de distinta edad, de educación moral y religiosa diferente, las relaciones de vida común entre ellos vienen a hacer más y mayores las responsabilidades. Nada diremos de los casos en que el mal espíritu de uno solo echa por tierra todo el orden de la casa y pervierte en los otros la mente y el corazón; ¡pero cuántas veces un escándalo estalla de repente o no es sofocado y oculto sino por la malicia, más culpable aún, de un seductor y por el extravío de una pobre criatura imprudente o demasiado débil!
II.- Si entre amos y criados o entre los criados mismos entre sí hay acaso horas y momentos de desengaño y desconfianza, de descontento y desorden, de reprobación y repulsa, no rara vez surgen también con los padres y con los amigos disturbios, malas inteligencias, choques, discordias, que no tienen otro origen sino las conversaciones o los juicios referidos o divulgados –muchas veces aún sin intención de hacer daño– por las personas de servicio.
Estas han sentido o creído sentir una observación descortés, una argucia o una picardía, un movimiento de ira, conversaciones acaloradas, que si quedaran en lo íntimo de la casa no causarían males, pero en cuanto traspasan el umbral provocan en otros resentimientos y ofensas, aunque no se añadan exageraciones y comentarios al referirlos.
Cuánto más sí, como suele ocurrir, tales palabras, al pasar de boca, se difunden aumentadas y amargadas. Añadid cualquier charla o rumor en los encuentros fortuitos, en los negocios, o entre «taxistas» o sirvientes que, a las mismas puertas o incluso en la puerta de la iglesia, esperan a los amos. Allí se sueltan las lenguas; los criados hablan tal vez con mayor malicia en el ánimo de la que los amos tenían; pero la desdicha ha nacido, el mal se ha hecho y acaso es irreparable. No se puede –se dirá– contar y pesar cada palabra que viene a los labios. Pero algo se habría hecho sin duda si se hubieran previsto, medido y pesado las consecuencias.
A veces el mal es todavía mayor. A la mesa, en un salón, en una reunión, una crítica anodina, una queja de pasada, una agudeza maliciosa –por no decir una falsa insinuación– hiere a cualquier persona respetable y a quien de hecho se respeta en el fondo del alma. Es una flecha que cae sobre el maestro, sobre el párroco, sobre una autoridad de cualquier género, hasta las más altas, hasta las más sagradas.
Los dueños que han hablado así, o como suele decirse, que han pensado en alta voz, no tienen por esto menor reverencia y estima hacia aquel a quien han dirigido su burla inconsiderada. Pero en los domésticos, aquellas palabras oídas y aquella sonrisa vista han herido o disminuido la veneración hacia personas dignas ¿No es verdad que también los rumores infundados se esparcen y se comentan? Cuando después se deploren los efectos dañosos producidos acaso a aquellos a quienes se estimaba y se amaba, se querrá echar la culpa de todo al mundo, que es siempre perverso y malicioso; se hablará de ello con dolor y lamentaciones, en vez de mirar de dónde había partido el primer golpe e indagar si la propia conciencia y la propia lengua era inocentes y no tenían nada que reprocharse.
III.- Ved, por lo tanto, cómo la lengua que no se cuida viene a ser fuente de discordia y de males, Y cómo del mismo modo estallan de repente trastornos que afectan a la sociedad entera y por largo tiempo.
No hay que engañarse; también la casa, el salón, la mesa son una escuela, y los discursos que allí se hacen resultan lecciones para los hijos, para los criados y para todos los que escuchan.
Preclaros ingenios no han dudado en afirmar que la imprudencia de las palabras y de los juicios fue no pequeña causa de las violencias que acompañaron el completísimo movimiento de la Revolución francesa, facilitando la penetración entre el pueblo de aquellos principios y de aquellas doctrinas en que con tanta ligereza se complacía el mundo elegante de entonces. De este modo, inundaba la calle el turbio torrente de inmoralidad y de irreligión al que se había dado suelta en la alta sociedad con sus desórdenes, con la ostentación sin medida de su inmoderado lujo. Tal espectáculo estaba continuamente bajo los ojos de los criados: la envidia y el rencor mordían en su alma. Escuchaban ellos en los salones mundanos aquellas conversaciones atrevidas, filosóficas, sociales, políticas, condimentadas con agudezas y chistes libertinos en desprestigio y mofa de la religión, con ampulosas declamaciones que defendían una libertad sin frenos. Su espíritu se adhería con entusiasmo a las teorías; su corazón se llenaba de odio hacia los refinados teóricos, que se convertían en su propugnadores. Los efectos, que en cierto modo eran también consecuencias de aquellos discursos y de aquellas lecciones, vosotros los conocéis, han quedado grabados indeleblemente en las páginas de la historia.
Sería un error creer que el mundo de hoy no es ya como el de hace siglo y medio. Si es cierto que la apariencia exterior ha cambiado, lo es también que la humanidad es sustancialmente la misma. Los apetitos de la naturaleza corrompida, la concupiscencia de la carne y de los ojos y la soberbia de la vida no han cesado de extenderse y exasperarse: los sanos principios que los frenaban se han debilitado y nublado en muchos corazones. Las ideas se extienden por todas partes; los rumores, como el rayo, se difunden con más rapidez y amplitud que en el pasado. El juicio del pueblo es inexorablemente lógico; mientras escucha, ve y lee, siente en si el rugido del alma y de la razón, y hoy, acaso más que nunca, pesa y conforta con sus verdaderas aspiraciones y con sus necesidades los hombres y las cosas.
Muy graves son estas consideraciones; pero para comprender el fondo de verdad en que se apoyan, pensad que a constituir la sociedad entera concurre todo el conjunto de las familias, y que el bien y el mal de toda familia semeja una onda, limpia o sórdida, que desemboca y se dirige hacia la gran riada de la vida pública y social.
Para formar parte de tal vida social, ¿no es acaso, queridos recién casados precisamente el día de vuestro matrimonio el que conduce formando con vosotros una nueva familia que en el movimiento de toda la convivencia humana tiene un sendero propio y un destino propio ante Dios, ante la Iglesia y ante la Patria?
Por eso a vosotros, que habéis iniciado un hogar reciente, os decimos con toda la ternura de nuestra solicitud: grabad profundamente en vuestra mente y vuestro corazón el sentido y la importancia consciente de aquellas responsabilidades: tomadlas sobre vosotros con la íntima seriedad que es empeño y honor del espíritu cristiano.
Pero os añadimos; tomadlas también sin temor, porque la gracia celeste que os hace servidores de Dios, hijos de la Iglesia y vivientes de la caridad de Cristo, no dejará de ayudaros a llevarlas.
Pedimos al Señor que haga descender sobre vosotros una gracia tan grande, mientras os damos de corazón Nuestra paternal Bendición Apostólica.
