MONS. OLGIATI: LA PIEDAD CRISTIANA – INTRODUCCIÓN

NUEVA SERIE

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

OLGIATI-PIEDADINTRODUCCIÓN

Víctor Hugo, en su Légende des siècles, describió a Caín, quien, con sus hijos cubiertos con pieles de fieras, lívido e inquieto, huía del Señor.

Caía la noche, y Caín con su esposa y sus hijos llegó a la falda de una montaña. Acostémonos aquí en la tierra —imploró la mujer— y durmamos».

El fratricida levantó la cabeza. En lo alto, en el cielo, entre las estrellas, vio un ojo, grande, abierto sobre las tinieblas, que lo miraba fijamente; tembló y lanzó un grito estridente: ¡Vámonos! Y con la esposa cansada y los hijos que no acertaban a despertarse, volvió a huir, durante treinta días y treinta noches, mudo, pálido, tembloroso, sin tregua, sin descanso, sin dormir.

Llegó a la playa del mar. Y un niño rubio, dulce como el amor, le preguntó: Y ahora, ¿no ves más nada?¡Aún veo ese ojo!

Levantaron un muro de bronce. Inútilmente.

Construyeron una ciudad, toda circundada por torres, enorme, sobrehumana; y de noche, los hijos de Caín lanzaban flechas contra las estrellas. Luego prepararon en el centro de la ciudad, en una torre de piedra, un escondrijo. Escribieron sobre la puerta: Prohibida la entrada a Dios. Y allí pusieron al infeliz.

Oh, padre mío, ¿desapareció el ojo?

No, siempre está allí. Y añadió: Yo quiero vivir bajo tierra, en un sepulcro, solo, solo.

Cavaron una fosa. Él bajó a ella. Cerraron el subterráneo. Pero el ojo estaba en la tumba y volvía a mirar a Caín.

También la época moderna trató de desembarazarse de Dios y de hacerlo sangrar —para hablar como Nietzsche— bajo su puñal; semejante a Caín, frecuentemente volvió a matar en las almas al verdadero Abel, a Cristo; viéndose seguida, recurrió a todos los escondrijos, para huir de Dios, encerrándose en el subterráneo de sistemas extraños y en la fosa de errores desastrosos.

Pero el ojo de Jesús no se ha cansado de posarse sobre los siglos de la duda, de la negación y de las vicisitudes; y fue una mirada que, si decía de repudio y condena, proyectaba también luz de bondad, anunciaba el perdón e invitaba al hijo pródigo a volver a los brazos paternos, para no morir destrozado por el odio estéril y por los espasmos de la desesperación.

Gracias al Cielo, la época moderna no imitó a Caín. Después de la enormidad de sus rebeliones, se sintió dominar por una potente necesidad de Dios.

Una invocación, sugestiva y conmovida como un lamento, se fue levantando desde miles de corazones hacia el azul, implorando al Padre que está en los Cielos y susurrando con el infeliz de la parábola evangélica: Surgam et ibo ad Patrem meum.

Es un grandioso fenómeno, que se está verificando y que no podría ser comprendido en todo su significado y menos aún valorado, si no se lo encuadrase históricamente.

Solamente el conocimiento claro de la naturaleza e importancia de tal acontecimiento, visto a la luz de sus orígenes, considerado en las notas que lo caracterizan y le confieren su particular colorido, indagado en el dinamismo de su desenvolvimiento, puede ser el aguijón que favorezca el desarrollo de nuestro espíritu de oración y que lleve con el empuje de energías renovadas una modesta, pero gustosa contribución a las victorias de Cristo en el siglo veinte.

***

Las conciencias, en toda edad, aun entre la barbarie más oscura del paganismo, han sentido en sí, de cuando en cuando, un anhelo de Dios. Ésta es una consecuencia de la misma creación, como recuerda San Agustín con sus célebres palabras: Fecisti ad te nos Domine, et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te.

El lodo no puede apagar del todo la voz del espíritu; el dolor, por otra parte, y la muerte tuvieron siempre el gran fin de recordar a la soberbia humana la nada de nuestras fuerzas, la ridiculez de nuestras pretensiones, la necesidad de implorar ayuda de lo alto.

Entonces, ¿hay que maravillarse si en todo pueblo, de los asirios y de los babilonios a los egipcios de la antigüedad, de Grecia a Roma, de los salvajes africanos de hoy a las tribus de la Patagonia, hubo siempre plegarias en los templos, sacrificios y ritos sagrados, sacerdotes y pontífices, invocaciones e himnos a la divinidad?

Pero, cuan mísera era la piedad en la civilización pagana. Pueblos e individuos parecen repetir el mito de Ícaro, quien, con sus alas de cera, desde el laberinto se elevó hacia el sol y se precipitó en el mar. También ellos, tendiendo hacia el Sol que jamás se pone, caen y mueren.

Muchas veces en la antigüedad el hombre se divinizó a sí mismo y sus brutales pasiones; muy a menudo sustituyó la devoción con la superstición; muchas veces los templos en vez de ver las almas que ascendían a lo alto, vieron al animalis homo que se precipitaba en el fango, mientras que en los bosques retumbaban gritos de víctimas inocentes, ferozmente destrozadas.

En la misma oración el paganismo representó a menudo el divorcio que se operaba entre el cielo y la tierra. Era el hombre solitario que, con sus energías, quería elevarse: y eran energías pobres, energías malsanas y defectuosas, siempre energías humanas.

Ciertamente, el Padre misericordioso no fue jamás insensible ni siquiera a estas miserables tentativas de vuelo espiritual; y cuando en el último día podamos recoger en una síntesis suprema toda la historia, los gemidos de la humanidad que reza, en la misma época pagana resonarán en nuestro oído como las primeras notas, las pruebas iniciales, que debían preceder a la música futura, o sea al canto entonado con Cristo.

Sin embargo, es un hecho incontrastable que también las viejas civilizaciones más avanzadas y, por tantos motivos tan grandemente espléndidas, nada pueden enseñarnos sobre la oración.

Grecia nos dio, junto con las bellezas del arte, la profundidad del pensamiento filosófico; Roma dejó en herencia la sabiduría práctica del Derecho, más duradera que la misma conquista de sus águilas: pero ni a Aristóteles, ni a Horacio, ni a Papiano podremos decir: Enseñadnos a orar.

Solamente un pueblo constituye una excepción en la antigüedad: el pueblo hebreo. Y basta pronunciar este nombre, para que el alma se sumerja en una sublime armonía: son las invocaciones de Moisés y de Aarón, son las voces de los Patriarcas y de los Profetas, son los Salmos de David.

También hoy nosotros, cuando queremos orar bien, entonamos en los momentos de alegría y de victoria el Cantemus Domino, en las horas de dolor y de contrición el Miserere, en los días de acción de gracias el Benedicite, al principio de las batallas el Deus, in nomine tuo salvum me fac, en cada circunstancia una de aquellas expresiones que, a pesar de ser sugeridas por un suceso contingente, parecen eternas, artísticas, divinas expresiones de un pálpito del corazón.

Aún no es todo. Estamos aún en el instante de la espera, Jesucristo avanza. Un grito lo recibe: Doce nos orare ! ¡Enséñanos a orar! La oración inicia un nuevo canto y la historia de la piedad se confunde con la historia de la civilización cristiana.

Los himnos que, saliendo de las Catacumbas, eran llevados sobre las alas del viento, mientras el león rugía en la jaula del Circo; las Misas celebradas en Roma, durante los primeros siglos, en las casas particulares; en una palabra, las oraciones de los convertidos, serían desnaturalizadas en su última esencia, si se olvidase cómo en el alba del Cristianismo los creyentes estuvieron profundamente convencidos de su unión con Cristo, del vivo ego, jam non ego paulino, y vivieron el dogma aprendido en las lecciones de catecismo con tal intensidad, que preparó e hizo aparecer, poco a poco, una nueva civilización.

La piedad cristiana creaba mártires, poblaba de ermitaños los desiertos, inspiraba a San Benito de Nursia y suscitaba su maravilloso movimiento inmortal, convertía a los bárbaros, abría los asilos del dolor, construía iglesias, inspiraba poemas.

Son una oración expresada en mármol las basílicas góticas, con sus columnas semejantes a brazos extendidos hacia Dios y con sus agujas que parecen un saludo al cielo. Es una oración toda la Divina Comedia, como lo fueron en aquel siglo el movimiento franciscano y dominicano, la Suma de Santo Tomás, el Itinerarium mentis in Deum de San Buenaventura (hasta en el título de una obra filosófica, teológica y mística, el Doctor Seráfico volvía a llamar la atención sobre la definición de la oración).

Los estudiosos que como Pourrat o Portaluppi, trataron de reconstruir la historia de la espiritualidad cristiana, se detuvieron largamente en los vuelos del espíritu de aquellos siglos, que tuvieron las alas de Cristo.

Nosotros, por la índole de este libro, no osaremos hacer ni una descripción sintética, porque resultaría necesariamente superficial. Solamente daremos en el próximo capítulo los resultados que se obtienen del análisis del admirable fenómeno, de manera que se individualicen los elementos constitutivos.

Toda corriente de verdadera espiritualidad cristiana tiene en sí todos los elementos esenciales de ella, pero desarrolla más uno u otro, según las exigencias de un tiempo, de una dirección, de un movimiento.

Así, por ejemplo, la unión sobrenatural con Cristo y su presencia en el alma fiel, y aun las relaciones de intimidad estrecha con Cristo sufriente, caracterizará la piedad de los mártires y encontrará una expresión perfecta en la Carta a los Romanos de San Ignacio de Antioquía.

La unión con Dios y el dominio tan completo de sí mismo, que difunden una amonestación solemne que se transformará en llamado escuchado, para revolucionar el mundo pagano y para renovar toda la vida como un soplo divino, darán un colorido propio a la incesante y silenciosa oración de los ermitaños y de los cenobitas.

El amor sobrenatural vendrá a ser la nota que resuena en la espiritualidad de Agustín. La oración litúrgica dará una fisonomía muy especial a San Benito y a sus hijos. La unión con Cristo Crucificado será en el Santo de Asís un motivo prevaleciente, y la devoción a la Virgen será cantada por el Rosario dominicano con particular afecto.

Repito. No es una deslumbrante visión histórica lo que informa nuestro tema; tendremos que descender al terreno de la práctica; mejor debemos recoger algunos frutos de estas plantas, multiplicadas por la piedad cristiana. Aquí solamente interesa apuntar, por la finalidad de nuestra búsqueda, que la piedad cristiana, en cualquier manifestación, siempre estuvo injertada en el dogma y es inspiradora de toda la vida.

Basta una ojeada sobre los primeros trece siglos de su historia, para darse cuenta en seguida cómo en ella no hubo jamás división entre hombre y Dios, entre naturaleza y sobrenaturaleza, entre razón y revelación, entre ciencia y fe, entre hombre y hombre.

Todo y todos, unidos en Cristo, parecen recordar que no solo el Paraíso, sino que también la tierra debía ser una verdadera domus orationis. Aquélla fue una época de oro para la oración.

***

Seguidamente comenzó la obra corruptora, deletérea, deplorable, nefanda.

Y me parece que son dos las causas de aquella ruina, de la cual aún no hemos sido aliviados del todo.

I. — El Renacimiento italiano golpeó a la piedad en el corazón, separando la oración de la vida.

Los Humanistas frecuentaban la iglesia, andaban a caza de beneficios y prebendas, se inclinaban ante Papas y Obispos, pero muy a menudo carecían de una vida buena. Hasta los Pontífices y Cardenales asociaban los esplendores de los pontificales con los aplausos tributados a la Mandrágora de Maquiavelo y con… otras cosas más.

La piedad que antes era esencialmente interioridad, sobrenaturalidad, vida vivida, se transformó para muchos en exterioridad, fausto mundano, en hipocresía. Nuestros Santos de los siglos XIV y XV, amonestaban con la palabra y con el ejemplo; la voz tonante de Jerónimo Savonarola protestaba; mas a pesar de todo, Italia inauguró entonces un método, que luego difundiría la necia leyenda —hasta nuestros días— de que los italianos son gente escéptica, carente de sentido religioso, sincero y vibrante.

Todos conocen bien, y no vale la pena que lo difundamos en reevocaciones históricas, hasta qué nivel bajó la vida de varios Pontífices, de muchísimos Obispos y Sacerdotes, de pueblos cristianos en aquellos siglos, que, por otra parte, también tuvieron gigantescas encarnaciones de la santidad.

Nuestros historiadores, como Pastor y el Padre Pedro Tacchi-Venturi, nos han proporcionado al respecto una formidable documentación.

Había resucitado el paganismo, no sólo en las letras, con el renacimiento de los estudios clásicos, sino también en la conducta de muchos, que por su misión debían haber sido modelos de virtud. Y mientras la corrupción se iba dilatando cada vez más manchando de fango tiaras, mitras, y cándidos velos de la virginidad y los blancos linos de los altares, las fiestas y las manifestaciones públicas de culto iban tomando un pomposo cariz teatral.

Como fue egregiamente, «venido a ser una misma cosa el régimen político y el religioso, las prácticas del culto entraron en el ceremonial político, como en la edad romana imperial el culto a los dioses. Las ceremonias religiosas ganaron en pompa cuanto perdieron en profundidad espiritual; el culto, como en la época romana, llegó a ser formalismo, al cual no prestaban fe ni siquiera aquéllos que lo cumplían escrupulosamente con la rigurosidad de una práctica militar. La Iglesia parecía brillar más que nunca; pero se apagaba el alma de la religión, porque el tenor de vida no respondía más a la creencia; y esta discrepancia entre las ostentosas exterioridades religiosas y la intimidad del pensamiento y la práctica de la vida, aparecía conciliable en el culto de las formas bellas».

II. — Como si esto no bastase, Lutero y la Reforma arrojaron otra flecha contra la piedad cristiana.

Negando el carácter visible y por lo mismo social de la Iglesia, movidos por un individualismo disgregante, separaron la piedad del dogma.

La conciencia individual y Dios, o sea la conciencia que tiene confianza en los méritos de Jesucristo: he aquí el error fundamental del Protestantismo.

La Jerarquía y el culto fueron eliminados en nombre de una interioridad que simplemente se transformó en humana. La oración litúrgica, con la negación del Cuerpo Místico, perdía todo significado; y el canto de la Iglesia con Cristo se sustituyó por el tembloroso murmullo de conciencias inquietas.

¿No es digna de considerarse una de las causas de la funesta crisis espiritual del heresiarca de Wittemberg? Poco más de treinta años tenía —cuenta Grisar en su obra sobre Lutero—, cuando gracias a sus dotes no comunes y al favor que gozaba de Staupiz, Vicario General de los Agustinos alemanes, fue elegido superior de su distrito. La actividad de Lutero fue fenomenal. Las ocupaciones, tanto las que le exigía su oficio como las que buscaba su gusto, se multiplicaron hasta lo inverosímil; y en este tiempo escribió a un amigo suyo:

«Tendría necesidad de dos secretarios. Mi jornada transcurre casi entera dedicada a escribir.

Además soy predicador en el refectorio y cada día me piden que predique en la iglesia parroquial … Soy prefecto de estudios y superior del distrito, lo que quiere decir que soy once veces prior… Tengo mi clase sobre San Pablo y colecciono notas sobre el Salterio… Raramente tengo el tiempo para recitar las Horas canónicas y para celebrar la Misa».

Pasarán algunos años y el Protestantismo, en nombre del individualismo religioso, se rebelará contra el organismo visible formado por Cristo, su Cuerpo Místico, y rehusará la oración litúrgica.

El principio inspirador de la Reforma en el campo de la piedad era profundamente revolucionario.

En efecto, antes, el cristiano, en la participación del culto social, jerárquico, oficial de la liturgia,

«mediante la unión con la Iglesia, con la Comunión de los Santos, entra como potencia de alabanza en el infinito, de manera que está unido con todo aquello que alaba a la Santísima Trinidad: el Cordero divino, los coros de los Ángeles, la Corte de los elegidos, las Almas del Purgatorio y toda la Iglesia militante. Como una gota de agua en el océano, participa de su potencia y de su inmensidad, así sucede con el alma que ora con Jesucristo en unión con la Iglesia. Su oración se diviniza y abraza todos los siglos, desde la creación de los Ángeles y de su primera adoración hasta nuestros días.

Va desde Adán y sus afectuosos coloquios en el Paraíso terrestre con su Creador, desde las oblaciones de Abel, de Melquisedec, de Abraham, desde la Pascua israelita, desde las oraciones y reparaciones de David y de todos los santos de la Ley Antigua, hasta el Calvario, centro de la Liturgia, y hasta la Eucaristía, memorial vivo de la Cruz. Comprende la oración todas las generaciones de almas santas que la Iglesia ha creado desde el día de Pentecostés».

Y aun no basta:

«aquella oración se identifica con el Verbo mediante aquella alabanza divina que brota incesantemente de esa hoguera de Amor infinito que es la Santísima Trinidad».

En una palabra, el cristiano, por definición, no es un ser aislado, sino un miembro del Cuerpo místico de Cristo; y la oración litúrgica importa no ya un orar solitario, un hacer de nuestra vida sobrenatural, un asunto individual entre Dios y nosotros, sino un unirse con el corazón y con los labios a la oración de los hermanos y del Sacerdote celebrante, que personifica en su función sacerdotal toda la Iglesia unida a su cabeza, Jesucristo.

Al contrario, ¿qué hizo el Protestantismo? La negación del dogma del Cuerpo Místico, o sea, de nuestra incorporación a Cristo, condujo a los reformadores a rechazar la oración oficial de la Iglesia, a confinar la piedad en las conciencias, a aislar a cada hombre con su Dios y con la confianza en Cristo en la intimidad del alma de cada uno, en la cual semejante «fe» obra de tal manera que le sean imputadas extrínsecamente los méritos de Cristo, aunque sus obras sean malvadas. El individualismo se oponía así a la piedad litúrgica, o social.

Eran abolidos —con la negación del organismo divino, cuya cabeza, es Jesucristo y el alma el Espíritu Santo— el Sacrificio de la Misa, el laus perennis y por consiguiente, también todas aquellas manifestaciones exteriores, que habían sido sugeridas y vivificadas por la piedad litúrgica.

Nuestras grandes catedrales, inspiradas por la liturgia y construidas por ella; las torres, las cúpulas, los campanarios ágiles y erguidos, símbolos de nuestra fe, que atraen la vista desde lejos y dominan nuestros edificios públicos y nuestras casas; las campanas que suenan; las procesiones que desfilan; los piadosos cortejos campestres de las Rogativas; los cortejos fúnebres que oran y esperan; las turbas alegres, que van en masa a la casa del Señor para celebrar nuestras grandes solemnidades religiosas; el ciclo litúrgico, que regula la vida civil y le impone el respeto de sus días consagrados, todo esto viene a ser suprimido, despreciado, abjurado, aniquilado.

El pequeño yo venía a ocupar el lugar de la gran Iglesia, mientras se relegaban al olvido los dogmas que cada acto litúrgico pone en acción, o sea el destino de todas las cosas a la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la mediación necesaria y universal de Jesucristo, el puesto central del Santo Sacrificio Eucarístico en la vida cristiana, la misión de la jerarquía en nuestra unión con Dios, la realización visible de la Comunión de los Santos.

Tales fueron los gérmenes fatales, echados en los surcos de la historia; se desarrollaron y fueron la razón de una guerra despiadada contra la piedad cristiana.

¿Por qué, en efecto, desde el siglo XVI a nuestros días, el desprecio por la oración asumió las formas más variadas, y se manifestó con feroz violencia y con implacable actitud? Ténganse presentes las dos causas designadas: separación de la piedad de la vida y del dogma, y todo estará iluminado por una luz, siniestra sí, pero que explicará el doloroso fenómeno.

Molière compondrá su Tartufo, y esta comedia significará que decir hombre piadoso será decir hombre hipócrita.

También hoy, después de algunos siglos, en muchos ambientes que nosotros conocemos, piedad es sinónimo de hipocresía. El «beato» —como se dice en algunos lugares—, palabra usada con tanto gusto por Bertrando Spaventa, el sacerdote apóstata, fautor del idealismo hegeliano en Italia en el siglo pasado —el «santurrón» no es sincero. Es una convicción introducida por el Renacimiento y por gran parte del clero de entonces.

La piedad para otros significa «sentimentalismo». Sólo una sociedad anónima de la piadosa languidez, o el corazoncillo de las mujeres, o sea solamente el «santurronísimo» puede cultivar la piedad cristiana. Un ánimo viril no concibe genuflexiones, y la misma mujer de sociedad, si ha de frecuentar los sermones de Cuaresma —al menos en el caso de que el orador sea elocuente y brillante— buscará el correctivo en el baile de media cuaresma y en el carnaval que dura todo el año, más o menos como en algunas novelas modernas, donde un poquito de piedad sentimental está unido con la morbosidad del adulterio.

Y esta otra convicción, que la piedad sea debilidad, sentimiento de mujercillas, hay que atribuirla al Protestantismo, que ha desarraigado la flor de la piedad del dogma y de lo sobrenatural.

Aún más. El análisis efectuado explica ciertas leyendas cretinas y ciertas ideas tontísimas que habían conquistado terreno en todas partes. ¿Los monasterios de clausura? ¿Las órdenes contemplativas? ¡Quita allá! Residuos de la Edad Media, indignos de una Edad consagrada a la ciencia, al trabajo, al progreso.

¿Los frailes? Su definición era y no podía ser otra que ésta: «holgazanes». Si es verdad que el ocio es el padre de los vicios —así se decía entre carcajadas— no menos verdad es que el ocio es el vicio de los padres. La literatura, y sobre todo el teatro, remacharon continuamente estas estupideces.

¿Y los Canónigos? ¿Y las Misas cantadas? ¿Y las Vísperas? ¿Y las funciones litúrgicas?… Cosas de otra edad.

Los ánimos modernos se creen cerca, no de las tristezas de los terrores perezosos, ni de los templos del semítico Numen, que «excluyen al sol», sino que se creen cerca de las primaveras helénicas.

No la Virgen María, sino la Diosa Razón.

No la piedad cristiana, sino la vida, con su ritmo febril y sus conquistas.

Así, a una civilización, cuya alma vivificante era la piedad, sucedió la así llamada civilización de nuestros días, con sus amargas desilusiones, con sus frutos envenenados.

***

Sin embargo, también en la plebs christiana —y ¿por qué no decirlo?, también entre Sacerdotes— se infiltraron estas corrientes modernas no obstante los esfuerzos de la Contrarreforma y la renovación espiritual promovida por el Concilio de Trento.

En el campo ideal, bastará recordar tres tendencias, diferentes entre sí, y quizás opuestas, pero que conducen al mismo resultado: el quietismo, el jansenismo y el americanismo.

I. — El quietismo colocaba la perfección de la vida interior en la pasividad del alma y condenaba en la oración toda cooperación de nuestra actividad.

Luego de breve tiempo, en el siglo XVII, tal teoría se propagó a las naciones que el Protestantismo no había podido devastar.

Llegado a Roma en 1664, Miguel Molinos se impuso muy pronto a la común admiración, una clientela devota hasta la pasión se reunió en tomo del sacerdote español, de rostro grave, de caminar compuesto, de un aspecto recogido y piadoso, que lanzaba sentencias, dictaba decisiones, escribía cartas, dirigía almas con la seguridad de un hombre inspirado y directamente iluminado por el cielo.

La fama muy pronto publicó su nombre, en Roma y fuera de Roma, como el de un incomparable director de conciencias. Religiosas y sacerdotes, cardenales, princesas y prelados lo trataban como a un maestro; la nobleza romana se volvió fanática por él; durante veinte años se lo miró como a un faro luminoso, que proyectaba haces de luz en la vía de la formación espiritual.

De mañana entraba en una u otra Iglesia; sin preparación alguna, después de una simple genuflexión, iba a la sacristía y salía de inmediato para la celebración de la Misa; terminado el Sacrificio, sin un instante de acción de gracias, empezaba la propaganda.

El grupo de sus fieles lo circundaba y pendía de sus labios, estático, durante horas y horas. Y él enseñaba la nueva forma de piedad, la oración de quietud, invocando a los grandes místicos del Catolicismo, de Santa Teresa a San Juan de la Cruz.

Cuando en 1675 apareció su Breve tratado de la Comunión cotidiana, y cuando poco después apareció su Guía espiritual, ya se había constituido en torno de su persona una pequeña comunidad vibrante de entusiasmo por él, subyugada por su influencia fascinadora.

Las ediciones, en Roma y España, y las traducciones se multiplicaban; muchos miraban sus páginas como si fueran inspiradas; el franciscano Juan de Santa María, en un prefacio a la Guía, lo definía un nuevo San Juan en una nueva Patmos, que abandona su pluma al soplo del Espíritu Santo.

En aquella época se notaban en todas partes y especialmente en Italia, focos de quietismo. En el Piamonte, en la Lombardía, en Venecia, los inquisidores tenían que luchar contra los predicadores de la oración de quietud.

Sin sacramentos, austeridad o penitencia, se obtiene la salvación. No las oraciones vocales o litúrgicas, sino un abandono total en Dios produce la salvación, aunque no se frenen los sentidos o sus instintos malvados.

Juan Falconi acaba de morir en Madrid dejando su Alfabeto para saber leer en Cristo y otros libritos; en Méjico, Gregorio López divulgaba su Explicación del Apocalipsis. Ambos eran quietistas.

López llegó a reducir el Pater noster al fiat voluntas tua, y tanto él como Falconi predicaban a todos un nuevo género de oración que consistía en el abandono en Dios, sin ninguna preocupación.

Entretanto las sectas de los Iluminados, de los Begardos y de los Beguinos se difundían aun fuera de España.

En Marsella, un laico ciego, Francisco Molaval, con su Pratique facile pour élever l’áme a la contemplation inculcaba a las almas que «hicieran callar todos los sentimientos, todos los afectos de la voluntad y todos los razonamientos», para elevarse hasta Dios y sólo a Dios, para estar en su presencia, para alcanzar la «contemplación», o sea la vista simple y amorosa de Dios presente. Contemporáneamente en Italia, Petrucci, con la palabra y con la pluma se hacía propagandista de las ideas de Molinos, y muchísimos otros seguían el ejemplo.

La detención de Molinos y el proceso, que duró dos años, revelaron los resultados de este vasto movimiento.

En 1687 la bula Coelestis Pastor condenaba 68 proposiciones y así tronchaba los errores en sus raíces, o sea en el principio de la pasividad del alma.

La perfección de la vida interior, según el quietismo, consiste en la perfección de tal pasividad, que surge de la paz, de la unión con Dios, de nuestra deificación. Quien aspira a la vida divina debe suprimir la propia actividad, los propios deseos, los propios pensamientos, en cuanto que «querer obrar activamente es ofender a Dios, puesto que Él quiere ser el único agente». «La actividad natural es enemiga de la gracia e impide la acción de Dios en nosotros». Por lo mismo es necesario abandonarse totalmente a Dios y «permanecer como un cuerpo exánime: permanere velut corpus exanime» (proposición 2).

Nuestra oración y nuestra conducta deben ser reguladas por este principio de la pasividad.

En cuanto a la oración, no hay que implorar el paraíso ni pensar en la eternidad (prop. 7); toda reflexión —referente a Dios o a los propios defectos— es nociva (prop. 9); hay que abandonarse en las manos de Dios y no pedirle nada (14); tampoco hay que agradecer a Dios por los beneficios recibidos, ni pedir perdón por la pena debida a los propios pecados (15 y 16). Sólo Dios y su voluntad; ninguna otra cosa, ni siquiera la Virgen o los Santos deben estar en nuestro corazón (prop. 36). No debemos preocuparnos para meditar; lo único que importa es solamente la contemplación hecha con quietud, con olvido de todo pensamiento particular distinto de los atributes de Dios y de la Trinidad (prop. 21).

Si durante la contemplación, que continúa siempre, hasta en sueños, surgen pensamientos malos o impuros, hay que estar indiferente ante ellos; no se resista ni se los acepte, pero permanézcase resignado a la voluntad divina (prop. 21). Toda la vida ha de ser una continua contemplación interna, sin oraciones vocales y sin actos de amor hacia la humanidad de Cristo, porque ella es un objeto sensible (prop. 35).

Referente a nuestra vida, ha de ser tranquila, inspirada en el sentido de nuestro absoluto abandono en Dios. No son tres las vías que conducen a la perfección: la purgativa, la iluminativa y la unitiva; sino sólo la «vía interna» antes expuesta, de la pasividad.

Aquéllos que llegan a este estadio, no deben angustiarse por nada, ni siquiera por el pecado o por las culpas que cometen.

Durante el proceso, el examen de la correspondencia de Molinos, las declaraciones de los testimonios y las admisiones del mismo acusado condujeron a la comprobación de las consecuencias del quietismo y de la gravedad del mal.

En reiteradas oportunidades Molinos aceptó que, para quien ha llegado al estado pasivo de contemplación, los actos impúdicos no son criminales y aun pueden favorecer una más estrecha unión con el Señor: él mismo confesó haber llevado durante veintidós años una vida nada laudable. Reconoció que con razón algunos textos lo acusaban de acciones deshonestas. Expuso sus teorías de la pasividad ante la tentación —teorías confirmadas por cuarenta y más testimonios—, en las cuales sostenía que el demonio puede ejercitar un imperio irresistible sobre nuestros miembros, de modo que los actos externos (la cólera, el odio, la blasfemia y la impureza) se producen sin responsabilidad del tentado.

Cundo sucede esto, no queda más que dejar a Satanás hacer lo que él quiere. Y hay que guardarse bien de orar, resistir o confesarse; al contrario, es necesario despreciar semejantes escrúpulos y estar unidos con Dios con el alma fuerte y tranquila. En suma, la doctrina de la divinización o de la transformación divina se traducía en el más abyecto sensualismo.

II. — El Jansenismo tuvo una influencia aún más desastrosa e infinitamente más vasta.

Sus tristísimos efectos duraron mucho, se puede decir que hasta los últimos decenios del siglo XIX.

Con Jansenio el fatuo optimismo de la oración de quietud se transformó en el más negro pesimismo; pero la fuente del «terror» seguía siendo la negación de la cooperación y de la actividad personal.

Michel de Bay o Bayo, como se le llama comúnmente, su sucesor en la cátedra de la Universidad de Lovaina, Jacques Janson, el abad de Saint-Cyran, y Jansenio especialísimamente, apelaron a la autoridad del Santo Obispo de Hipona y se escondieron entre los pliegues de la doctrina agustiniana.

El concepto fundamental, animador del verdadero agustinismo, es el concepto del amor. La religión se resume en el amor: Pietas cultus Del est, nec colitur ille nisi amando (Epist. 157, n. 11).

La misma conversión se traduce en términos de amor: «¡Tarde te amé, oh Belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!… Tú mandaste tu perfume y yo lo he aspirado y ahora Te anhelo» (Confes., l. X, c. 27).

La moral se compendia en la ley de la caridad, que regula nuestras relaciones con Dios y con el prójimo: Dilige et quod vis fac (In epist. Joannis, trac. VII, n. 18).

La filosofía no lleva a la verdad si no lleva al amor.

La historia debe interpretarse en base al concepto de amor: Fecerunt itaque civitates duas amores duo: terrenam scilicet amor sui usque ad contemptum Dei, coelestem vero amor Dei usque ad contemptum sui. (De Civitate Dei, XIV, 28).

Es necesario arrojarse a esta llama, según San Agustín; puesto que —dice él— cuando tal amor nutrió e hizo fuerte al alma, entonces nace en nosotros un ardor tan grande y nos abrasa con un incendio tan patente, que se comprenden las palabras divinas: «Yo soy fuego que devora… Vine a traer fuego a la tierra» (De moribus Ecclesiae, l. I, c. 30).

El sistema agustiniano es una glorificación del amor, como justamente escribe el P. Pourrat,

«la iconografía cristiana representa a San Agustín teniendo un corazón en la mano, para recordar que él es doctor de la caridad. Ninguno habló de esta virtud mejor que él. Se puede decir que todos sus escritos están embalsamados con el perfume del amor. Cuando se los lee, no causan admiración solamente por la penetración poderosa de la inteligencia de su autor, sino por las efusiones de ternura que salen de su corazón cuando habla de Dios y de sus obras divinas. El santo doctor es a un tiempo luz y calor, idea y sentimiento, y en él no se encuentra un frío y seco intelectualismo. Estudiándolo nos volvemos mejores, porque el saber nunca se transformó más completamente en amor que en sus escritos».

Ahora bien, la característica del amor agustiniano es la actividad. Para Agustín el amor no es una cosa extrínseca, pasivamente sufrida por el alma, ni tampoco una necesidad fatal que ataque las íntimas fibras del corazón y lo obligue a palpitar por Dios, sino que exige un empuje activísticamente entendido, un concurso personal —querido libremente— a la gracia, una cooperación nuestra a la obra de Dios.

Esto está proclamado en numerosísimos pasos y con palabras explícitas.

Del axioma: Qui fecit te sine te, non salvabit te sine te (Sermo 170, 43) a la teoría agustiniana del mérito, según la cual el mérito supone la responsabilidad del agente, la libertad, el dominio del propio acto (por ej., Retract. L. I. c. 23, n. 2); del aforismo omnes homines possunt si velint (De Genesi adv. Manich. l. I. c. 3, n. 6) a su advertencia que está en nuestro poder ser salvos o réprobos: Quid autem horum duorum esse velis… nunc est in potestate… Elige cum tempus est (In Ps. 36, serm. I. n. I), se encuentra un acervo de pruebas que no dejan de impresionar.

En un trozo del Tractatus II in Epistolas Joannis (n. 10) el Santo de Hipona, retomando la idea del todo fluye de Heráclito y oponiendo la idea cristiana o sea que, adhiriéndonos a Dios, podemos superar las destrucciones del instante que huye, exclamaba:

«¿Quieres amar las cosas temporales y pasar con la ola del tiempo, o vivir con Dios? El río de las cosas temporales quiere arrastrarte consigo; pero a la vera del río nació, como un árbol, Nuestro Señor Jesucristo… ¿Te ves amenazado de ser arrastrado? Aférrate al árbol. ¿Te arrastra el amor mundano? Aférrate a Cristo.»

El Obispo de Hipona se dirigía a nuestra decisión, a nuestra libre actividad. La elección depende de nosotros. Nosotros somos dueños de nuestro destino, no en cuanto no tenemos necesidad de Dios, de Cristo, y de la Gracia, sino en cuanto dependiendo todo de Dios, todo depende también de nosotros.

Éste es el verdadero espíritu de la espiritualidad agustiniana, mientras que, si ahora pasamos al Augustinus de Jansenio nos encontramos con un espíritu esencialmente diverso y, aún más, con un principio diametralmente opuesto.

Es verdad. El Augustinus habla frecuentemente de amor; hay en él capítulos enteros dedicados a lucubraciones teológicas sobre la caridad y sobre la Gracia suave que difunde en nosotros el amor de Dios, y por la cual nosotros obramos sólo por amor (por ej.: T. III, 1. V. c. 1-7).

Más aun, Jansenio se adelanta tanto, que sostiene que la acción es buena únicamente cuando tiene como motivo el amor de Dios amado por sí mismo y que todo amor hacia las creaturas es vicioso (T. II, 1. III, c. 17-18); para él existe una sola virtud, la caridad, que debe ser el único fin de todas nuestras acciones; no basta el amor imperfecto; ni debe admitirse la distinción entre amor natural y sobrenatural (T. II, 1. I, c. 3); en suma parece que Jansenio superó al mismo Agustín en la doctrina del amor, en cuanto aparece casi como el propugnador exclusivista del amor sobrenatural perfecto: todas las virtudes —sean cardinales o teologales— se han de reducir a este amor (T. II, 1. V, c. 5-7). La misma gracia reside esencialmente en la delectatio victrix de la caridad (T. III, 1. VI, passim).

Pero no hay que dejarse ilusionar. El amor agustiniano significaba esencialmente actividad e implicaba el impulso humano activamente entendido; el amor jansenista era, al contrario, una teoría mortificante de pasividad y se reducía a una delectatio pasivamente soportada.

Venida la culpa original, enseñaba Jansenio, la concupiscencia domina la voluntad de tal manera que ésta no puede librarse de su tiránico imperio; el pecado victorioso arrastra nuestra alma, porque nuestra naturaleza está herida y mutilada, y nuestras fuerzas están perdidas (T. II, 1. III, c. 3-4 y passim).

La concepción de la pasividad integral triunfa. Abandonada a sí misma, la voluntad cae en la necesidad de pecar (ib., c. 11); cada movimiento suyo, aun el más irresistible, es pecado, y no es verdad que no pueda haber culpa, sino allí donde hay posibilidad de evitarla (ib., c. 18-24); nada podemos contra nuestro querer, sino en el campo del mal; ninguna virtud, ni siquiera natural, debe reconocerse en un infiel y aun es necesario añadir: Omnia omnino opera infidelium, nullo excepto, esse vera peccata (T. II, 1. IV, c. 3)7; nosotros no poseemos ninguna energía humana, que sirva al bien; de nosotros mismos no tenemos más que concupiscencia y mentira; no evitamos un pecado sino para caer fatalmente en otro (T. II, 1. III, c, 20); el amor no puede venir de nosotros en ningún modo y bajo ningún aspecto (ib., c. 22).

¿Se abrirá acaso a nuestros ojos una visión activística cuando llega la gracia, trayendo el amor?

De ninguna manera, porque la gracia es necesitante. Para Jansenio, la libertad implica solamente la ausencia de coacción externa, y no de un influjo necesitante interior (T. III, 1. IV, c. 9); y nosotros siempre estamos necesitados del amor de Dios o del amor de la creatura.

Existen el uno y el otro y se desenvuelven en nosotros mediante la doble delectatio, celestial o terrena. El hombre obra necesariamente mal o bien, según que en él sea más fuerte la primera o la segunda delectatio; nuestra voluntad está necesariamente sometida a la delectatio actualmente preponderante.

No depende de nosotros el salvarnos. No es dada a todos la gracia victoriosa, sino a un pequeño grupo de elegidos. Toda la otra gran masa está predestinada a la perdición. Aquí no avanza el amor, ni el temor casto de los hijos, sino el espectro del terror.

Y la pasividad jansenista llevó necesariamente a aquel tétrico sistema de rigor, de frialdad, de pávida reverencia, de temor, que durante tanto tiempo fue nocivo a la vida cristiana.

Si el hombre es en realidad algo y si existen los valores naturales, (aunque procedan uno y otros de Dios), no se sigue por lógica consecuencia que los seres deban ser despreciados y condenados en sí, sino que solamente deben ser usados como medios para el fin supremo: y tal fue la doctrina de San Agustín, como ya dijimos, y no la negación de lo sensible, sino su subordinación a Dios.

Si en cambio, no fuésemos más que concupiscencia y pecado, si Dios y la gracia están en contraste con nosotros, habrá que llegar a una renuncia completa de lo sensible bajo todas sus formas. Y he aquí entonces los capítulos del segundo tomo del Augustinus; especialmente en el libro II, donde son acusados y denunciados deplorablemente todos los teólogos que concedían algo a las voluptates corporis, sive narium, sive aurium, sive oculorum, sive alterius externi sensus (cap. XV).

He aquí a Pascal, que reprochará a su hermana las caricias que dispensaba a sus hijos; he aquí las consecuencias de las doctrinas jansenistas en la educación de los niños, tan bien, estudiadas por Eduardo Paradis en su obra La Pédagogie janséniste comparée à la pédagogie catholique (1910); he aquí la amonestación del Abad de Saint-Cyran de que las lágrimas no fueron hechas sino para llorar nuestros pecados y de que quien las usa para otro fin abusa de ellas; he aquí la lucha contra las flores de los altares y —como refiere Saint-Beuve— la exclamación de Hamon (uno de los principales solitarios de Port Royal): Muchos deben cerrar los ojos cuando rezan en las iglesias que son demasiado hermosas; he aquí el rigorismo jansenista que despoja las manifestaciones de la piedad de todo aquello que habla a los sentidos y al corazón.

Si el influjo divino y la gracia no destruyen, sino que fortifican la actividad humana, se entienden los cantos de San Agustín y sus transportes de amor tierno hacia Dios, y hacia su Cristo. Dios y el hombre se sienten unidos y el afecto del hijo por el Padre empuja al primero a los brazos del otro.

Pero si desaparece toda sombra de actividad, es muy evidente la consigna del pequeño escrito de una Hermana de Port Royal: Le chapelet secret du Saint-Sacrement. En la meditación de los dieciséis puntos, en honor de los dieciséis siglos pasados después de la muerte del Salvador, se adoraban dieciséis atributos de la divinidad de Cristo: la inaccesibilidad, la incomprensibilidad, la incomunicabilidad, etc., etc., en suma —como observa Mourret en su Histoire générale de l’Église— todos los atributos capaces de mostrar al Salvador como a un dueño amenazante, y no un atributo que invitase a considerarlo como padre o amigo. Y la consigna del librito rezaba así:

«Que las almas dejen a Dios en el lugar propio de la condición de su ser, lugar inaccesible, en el cual Él recibe la gloria da no estar acompañado más que de su esencia».

De aquí el Dios «terrible»; el sacerdocio, que en las cartas del Abbé de Saint-Cyran a Arnauld viene a ser un misterio terrible y espantoso. De aquí el restablecimiento de la antigua disciplina de los primeros tiempos, las Religiosas de Port Royal postradas en el umbral de la capilla, muy lejos del Tabernáculo, para adorar a Cristo con mayor respeto. De aquí una moral inhumana a fuerza de austeridad, una teoría feroz alrededor del pequeño número de elegidos, una liturgia sin esplendor, un corazón sin estremecimientos de amor.

Ya no debe haber más almas que griten: ¡Tarde te amé, oh Belleza infinita!, sino conciencias que tiemblen balbuciendo: ¡Señor, os temo!

No hay ya más la benignidad cotidiana hacia el pecador, sino el cura Du Hamel de la parroquia de Saint-Merry, que imponía a sus fieles horas de lágrimas y horas de flagelación entre escenas raras e inmorales al mismo tiempo.

No ya las normas en torno a la Eucaristía de San Agustín, inspiradas en su fe y en su teología eucarística; sino el libro de Antonio Aarnauld: De la fréquente Communion (o sea, la lucha contra la comunión frecuente): el aplauso de Arnauld era para las personas que difieren su Comunión hasta el término de su vida —y hermanas y clérigos que para dar a todos ejemplo de respeto al Sacramento, no comulgaban ni en Pascua— y directores de conciencia preocupados en enseñar, no a recibir los Sacramentos, sino el alejamiento de ellos.

Todo esto lo exigían los jansenistas en nombre de la humildad: la humildad —inculcaba Aarnauld— no consiste tanto en participar de los Misterios más elevados del Cristianismo, cuanto en alejarse de ellos durante un tiempo, juzgándose indignos de acercarse a ellos.

Extraña humildad, que aislando al hombre de Dios, se aliaba a la soberbia (recuérdese la definición exactísima de las Religiosas de Port-Royal: puras como ángeles, y orgullosas como demonios‘); como se ve, humildad en antítesis con la de San Agustín que decía: nada tengo de mío, pero todo lo puedo en el Dios que me ama y que yo amo, y que incitando hacia la divina fuente de la actividad, se transformaba en la conditio sine qua non de toda noble empresa.

III. — La Iglesia, si combatió la serpiente jansenista con incansable perseverancia y la persiguió hasta las últimas trincheras en que se había escondido y refugiado, reprobó empero un error que contrastaba como una exageración opuesta a la contemplación de Molinos, y a la pasividad de Jansenio: el Americanismo.

Aquí tenemos el activismo humano que amenaza hacer olvidar la gracia sobrenatural; y ésta es la razón que movió a León XIII, en 1899, a dirigir su Carta Testem benevolentiæ al Cardenal Gibbons, Arzobispo de Baltimore, para condenar un movimiento peligroso y dañino.

En el siglo pasado, Isaac Tomás Hecker, y sus amigos, reunidos por él en una nueva Congregación religiosa, se habían consagrado en los Estados Unidos al apostolado especialmente en los ambientes protestantes. Sin votos especiales, se propusieron celebrar dignamente las ceremonias de la Iglesia, reformar la música sagrada, elevar el nivel de predicación, animar a la lectura católica y a la buena prensa, difundir las ligas para la templanza, predicar misiones a los fieles y sobre todo a los no católicos, y tomar como divisa la palabra de Cristo: compelle intrare.

Con un ardor y una actividad incansables, trabajaron con nuevos métodos.

La propaganda fue puesta al servicio de las conquistas cristianas. Bazares de caridad, representaciones teatrales, organizaciones de fiestas, y hasta bailes, fueron como armas para atraer las almas y llevarlas a Dios. Cuando el Padre Hecker, después de una larga enfermedad, moría en diciembre de 1888 se podía repetir, a propósito de su vida, una frase con que lo había definido James Parton: había querido acoplar una locomotora a la antigua Arca, para hacerla marchar a todo vapor.

Su Congregación prosiguió el camino. Uno de sus hijos espirituales, el Padre Elliot, escribió su vida, The life of Father Hecker. Este fue el libro que en 1897 el abbé Félix Klein presentó traducido al público francés, con un prólogo en el que sintetizaba las ideas del fallecido, y que provocó una borrasca de polémicas.

Los creyentes de nuestros días —decía el Padre Hecker— no deben encerrarse «en sus cuarteles de invierno de las sacristías… rodeados por un pequeño grupo de fieles preocupados nada más que de evitar amenazante contagio», sino que con coraje deben afrontar al enemigo, destruir las cohortes de sus perversas ideas, aprobar y asimilar todo lo que tienen de verdadero, bello y bueno.

En su sueño de conquista decía: «Yo quisiera ayudar a los católicos con mi mano derecha y a los protestantes con la izquierda… Quisiera abrir las puertas de la Iglesia a los racionalistas; me parecen cerradas para ellos. Yo siento que soy el pionero que abrirá el camino». Y su biógrafo agrega: «Hubiera querido abolir la aduana y hacer fácil y ancha la entrada a la Iglesia a todos aquéllos que tan sólo han conservado su razón para entrar».

La caridad es una flor, que no nace en esta tierra si se descuida, y peor si se renuevan las raíces de la fe; y no se puede ocultar el sagrado depósito de esta última, ni traicionarlo, ni empequeñecerlo. Hay que humillar la propia inteligencia a recitar el Credo completo, si se quiere poseer una acción eficaz y una vida intensa, cristianamente inspiradas. El Credo es una… aduana que no se puede suprimir, ni modificar.

El Padre Hecker no partió del principio fundamental de la fe. Se situó, más bien, desde el punto de vista de nuestro tiempo y, sobre todo, de las exigencias del alma americana, que llama a la actividad y que debería producir, seguidamente, la filosofía pragmatista. Y anduvo desacertado, porque sin darse cuenta, cayó en un precipicio.

He aquí, pues, su razonamiento:

«Nuestro siglo no es un siglo de mártires, de ermitaños y de monjes. Aunque tenga sus mártires, sus clausurados, sus comunidades monásticas, no están probablemente allí ni tampoco lo estarán los tipos dominantes de la perfección cristiana.

Nuestros contemporáneos viven en sus comercios, en sus oficinas, en sus establecimientos, en sus casas, en todas las varias situaciones que forman la sociedad humana, y allí hay que introducir la santidad».

La cual nada tiene que ver con la piedad de ciertos países meridionales y con las virtudes pasivas; sino que consiste en la energía, en el espíritu de iniciativa, en la virilidad, en una palabra en las virtudes activas:

«La energía que exige la política moderna no es el hecho de una devoción como la que reina en Europa; este género de devoción pudo, en su tiempo, prestar servicios y salvar a la Iglesia; pero esto sucedía cuando sobre todo se trataba de no rebelarse. La exageración del principio de individualidad del protestantismo, condujo por fuerza a la Iglesia a reaccionar y a restringir las consecuencias de este principio; para que su propia y divina autoridad pudiera tener todo el desarrollo para ejercitar sin obstáculos su legítima y saludable influencia… Las virtudes pasivas, cultivadas bajo la defensa de la autoridad exterior de la Iglesia entonces amenazada, produjeron admirables efectos, como la uniformidad, la disciplina y la obediencia. Tuvieron su razón de ser, cuando casi todos los gobiernos eran monárquicos. Ahora los gobiernos son republicanos o constitucionales.

Este nuevo orden de cosas exige, necesariamente, la iniciativa individual, el esfuerzo personal. La suerte de las naciones depende del coraje y de la vigilancia de cada ciudadano.

Por esta razón, sin destruir la obediencia, las virtudes activas deben ser cultivadas con preferencia a todas las demás, tanto en el orden natural como en el sobrenatural. En el primero, hay que desarrollar aquello que puede fortificar una legítima confianza en sí mismo; en el segundo, hay que dar un lugar preferido a la dirección interior del Espíritu Santo en el alma individual…»

Esta dirección

«es una acción creciente del Espíritu Santo en el alma, resultante de una más grande atención directa hacia la vida interior y de una más perfecta inteligencia de esta vida.

Este movimiento es el que provocará la vuelta de las razas sajonas a la Iglesia Católica. El sajón acabará por ser solamente el lado exterior y humano de la Iglesia, y admitirá el lado divino e íntimo.

En el futuro, el sajón sobrenaturalizará lo natural; el Celta-latino naturalizará lo sobrenatural.

En aquel día habrá paz y habrá una sola grey con un solo Pastor».

Estas ideas, aunque inspiradas por una gran generosidad, pero sobrenaturalmente muy poco iluminadas, olvidaban un hecho. La intensidad del apostolado y el ardor de la actividad exterior pueden hacernos caer en aquella herejía de la acción, que denunciaba el Cardenal Marmillod y que consiste en esperar la salvación no de Dios, sino de nuestros esfuerzos.

Ciertamente que debemos trabajar y colaborar en el triunfo del reino de Cristo; pero no somos más que instrumentos en sus manos. Es necesaria una pluma para escribir, pero no se debe confundir la pluma con el pensamiento.

No seremos capaces de salvar ni al mundo, ni un alma, si Dios no obra con nosotros. Por eso son más necesarias las rodillas del que ora que las manos del que trabaja; los monasterios de las Carmelitas intervienen en la conversión de los infieles, tanto cuanto las nobles fatigas de los misioneros; las noches que Jesús pasaba en oración y los treinta años de su vida privada no fueron menos eficaces que la predicación a las turbas. Si por un lado es necesario la actividad humana, por otro es necesaria la gracia divina.

***

Mientras tanto, por obra de otros tantos Lanzichenecchi y Cappelletti, dedicados a devastar el campo florido de la piedad cristiana, ésta fue languideciendo.

Estaban desiertas las funciones litúrgicas, que un día fueron la delicia de nuestro pueblo; los domingos profanados, o en el mejor de los casos, se distinguían solamente por la Misa más breve; la vida interior desapareció y fue sustituida solamente por un pobre, sórdido y minúsculo formalismo; en suma, muchos olvidaron cómo se reza, y más —peor aún— nunca aprendieron a rezar.

Y también cuando el emblema del Corazón de Jesús introdujo la Comunión frecuente, hubo casi desde el principio una distinción entre el Dios de las mujeres y el Dios de los hombres: las mujeres debían asistir con frecuencia a la Santa Misa; pero los jóvenes, los padres de familia… ¡no! No se necesitaba exigir demasiado de ellos, ne quid nimis.

No faltó, ni podía faltar, una reacción providencial.

Y aquí nosotros, desde el momento en que el presente volumen no se propone —como ya se dijo— historiar la espiritualidad cristiana, no podemos detenernos para seguir los orígenes, el desarrollo y los avances victoriosos de una reacción semejante.

Solamente los principales errores de los tiempos modernos deben ser recordados ampliamente, para poder comprender el significado profundo de los métodos prácticos, que serán enunciados en todo el libro y que aparecerán como una saludable bofetada a las aberraciones descritas.

Aún es necesario que, cuando, en las páginas siguientes, discurramos sobre la actividad, la meditación, los ejercicios espirituales, los exámenes de conciencia, aparezca ante nuestra mente la inmortal figura de San Ignacio de Loyola, que preparó tan eficaz contraveneno para la pasividad del quietismo, la seudointerioridad protestante y las tétricas teorías jansenistas referentes a la predestinación.

Cuando hablemos del Sagrado Corazón y de su Reino de amor, que esté presente en nuestro ánimo la lava destructora del Augustinus y de Port-Royal, que como vomitada por un volcán de muerte, se difundió, esparciendo por doquier desesperación y sembrando estremecimientos de terror, pero que al mismo tiempo nos sonría la mansa figura de San Francisco de Sales, que eleva dulcemente la invocación del amor y prepara —con los monasterios de la Visitación— un cálido nido a Santa Margarita María, de la que partirá el anuncio de una edad nueva, señalada por una devoción conquistadora.

Cuando nos abandonemos tranquilamente a la unión con Cristo y nos esforcemos por sentir el estremecimiento sobrenatural derivante de su vida en nosotros, no olvidemos al Cardenal De Bérulle, a De Condren, a San Juan Eudes, a Olier, Bossuet y otros mil.

Cuando hablemos de la necesidad de «vivir con la Iglesia» y alegres nos acerquemos a las inagotables fuentes de la piedad litúrgica y al Altar del Sacrificio incruento, que nuestro corazón se vuelva agradecido a la generosa multitud de apóstoles, que en estos últimos decenios han despertado las conciencias a la belleza y a la fecundidad de la oración del Cuerpo Místico y de Cristo.

Y cuando —en cada página— aparezcan la piedad y la vida unidas como el alma al cuerpo, que pase por nuestro pensamiento el recuerdo de todos los Santos, nacidos del Renacimiento en adelante, que inculcaron y promovieron, con el ejemplo y con la palabra, esa unión.

Solamente entonces, podremos comprender en todo su valor sus experiencias espirituales que expondremos.

Quizás nunca en el campo católico hubo una hora tan propicia para sintetizar prácticamente las contribuciones traídas por las varias formas de espiritualidad cristiana.

Quien estudia, no teóricamente, sino entre la vida primaveral de las almas, no se angustia por las melancolías de algunos teóricos, que trataron de oponer, por ejemplo, la liturgia y la meditación, o una dirección favorecida por una Orden religiosa a las prácticas favoritas de otra Orden.

Semejantes exageraciones y beaterías son mezquindades comprensibles sólo en una atmósfera de microcefalismo y de escaso sentido cristiano y católico.

Todos nosotros debemos apoderarnos del bien dondequiera lo encontremos, agradeciendo al Señor que haya querido dar a su Iglesia la nota de la catolicidad y universalidad, y no del campanilismo.

Esta síntesis la exigen también las victorias, que ahora la espiritualidad puede contar casi diariamente.

Y después de haber contemplado el desgarrante espectáculo de los siglos modernos, del Humanismo en adelante, es justo que las miradas se posen sobre el renacimiento actual de la piedad cristiana.

***

Los atletas de Cristo lo han preparado pacientemente.

Paray, Ars, Lourdes, Lisieux, fueron centros de los cuales partió la palabra de orden de las nuevas luchas para la restauración de la piedad cristiana.

Las enseñanzas de los Pontífices, las directivas de los Obispos, las heroicas y cotidianas abnegaciones de los párrocos, de los sacerdotes y de las religiosas, oraciones y sacrificios de almas buenas ayudaron y realizaron el desquite.

La misma sociedad paganizante tuvo que asistir a espectáculos de conversiones: aún más, dio hombres célebres y doctos, que se volvían a Cristo y le suplicaban: Domine, doce nos orare !

De entre nosotros, cuando todos los católicos italianos envidiaban a Francia por sus convertidos, José Borsi —el ahijado de Carducci— volvía a la fe, escribía sus Coloquios (uno de los más hermosos libros de oraciones, que jamás haya escrito laico alguno) y moría en el campo de batalla incitando a los italianos —en su Testamento Espiritual— a volver a los Sacramentos y a la piedad.

Poco después, Giovanni Papini, vuelto a la Casa del Padre, cerraba la Historia de Cristo con la siguiente plegaria a Jesús:

Aún estás, cada día, entre nosotros. Y estarás siempre con nosotros…

Pero ahora ha llegado el tiempo en que debes reaparecer a todos nosotros y dar signo perentorio e irrecusable a esta generación. Tú ves, Jesús, nuestra necesidad; tú ves hasta qué punto es grande nuestra necesidad; no puedes dejar de conocer cuán improrrogable es nuestra angustia, nuestra indigencia, nuestra desesperación; tú sabes cuánta necesidad tenemos de una intervención tuya, cuan necesario es un regreso tuyo…

Todos tienen necesidad de ti, también aquéllos que no lo saben, y aquéllos que no lo saben mucho más que aquéllos que lo saben… En ninguna edad como en ésta hemos sentido la sed apremiante de una salvación sobrenatural. En ningún tiempo, de cuantos recordamos, la abyección fue tan abyecta y el ardor tan ardiente. La tierra es un infierno iluminado por condescendencia del sol… El Reino de Satanás llegó a su madurez completa y la salvación que buscan todos a tientas no puede estar más que en tu Reino…

Nosotros, los últimos, te esperamos, te esperamos todos los días, a despecho de nuestra indignidad y de todo imposible. Y todo el amor de que serán capaces nuestros corazones será para ti, Crucificado, que fuiste atormentado por nuestro amor, y que ahora nos atormentas con toda la potencia de tu amor implacable».

Los pesimistas, que siempre ven todo negro y que van lloriqueando de la mañana a la noche, como si estuvieran adheridos a la asociación de las suegras enfadadas, protestarán contra semejante contestación y objetarán que una o pocas golondrinas no hacen primavera, o sea que alguna conversión no significa nada.

Pero ya respondió un escritor francés, Maurice Brillant, en la conclusión de uno de los mejores Manuels du catholique d’action, dedicado al estudio de Cristo.

A principios de este siglo —observa— Henri Bremond se preguntaba en un capítulo de la Inquiétude religieuse:

«¿Cristo es hoy verdaderamente el centro, el corazón, la pasión de toda la vida? ¿Es una persona que se considera, que ocupa su lugar, un amigo cuya presencia se necesita, cuya voz necesitamos escuchar, cuya mano necesitamos estrechar, un conquistador cuyo imperio se trata de dilatar y cuyos favores se disputan?»

A primera vista (estábamos en el 1900) parecía que debía responderse negativamente. Resonaba aún en el aire la exclamación de un poeta, Luis Bouilhet: «¡Tu último templo, oh Cristo, está frío, como una tumba! Ton dernier temple, ô Christ, est froid comme une tombe ! Las multitudes y las altas inteligencias parecían estar lejos de Jesús; sobre todo la vida, la vida cotidiana, no estaba embebida en su espíritu divino.

Sin embargo, ya desde entonces, Bremond podía recordar una profunda sentencia del Santo Cura de Ars y proclamar que, no obstante las apariencias superficiales, en el secreto de los corazones, ninguno, aun en ese tiempo, era amado como Jesucristo.

Hoy, después de treinta años, se puede repetir en voz alta esta afirmación. El ejército de los amigos de Jesús en el mundo ha venido a ser cada vez más numeroso, aún más (añade sin temor y con razón Brillant) tan numeroso, como nunca lo fue en ninguna otra época.

«Sin duda los fieles creyentes y prácticos, formaron un día una multitud más considerable; pero no se olvide que nosotros hablamos de amigos en sentido estricto, de aquéllos, diría el Cardenal Newman, que se nutren de su pensamiento, penden de sus labios, viven en su sonrisa y lo ven en todas las cosas, lo esperan en todos los sucesos».

Sus discípulos y sus adversarios, todos hablan de Él. Él está doquiera: en las iglesias y en las universidades, en el teatro y en la sociedad.

«Podrá no creerse en su divinidad, pero no se permite ignorar ni su Persona, ni los problemas que se resumen en su nombre».

Un siglo hace, muchos, en París, opinaban sobre la muerte próxima del Cristianismo. En 1830 un joven colegial —futuro monseñor Gay— glorificaba los días de julio con una poesía, que tenía como tema: «¡Buen viaje a los Borbones y también a los sacerdotes!» Y cuando, pocos años después, desde el pulpito de Notre-Dame, Lacordaire pronunciaba en el entusiasmo de su corazón y con el ardor de su genio el nombre de Jesucristo, esto pareció una audacia a no pocos secuaces del deísmo entonces en boga.

Después de un siglo, podemos exclamar: Christus vivit.

Vive en las inmensas ciudades donde, como nunca, florece la verdadera santidad. Por ejemplo, nunca como ahora ha visto París a tantos hombres de ciencia, tantos Inmortales de la Academia, tantos artistas, tantos pensadores, tantos poetas, tantos estudiantes, tantos humildes trabajadores, que son cristianos católicos.

Al que exclamó: «París, ville de péché… París, ciudad del pecado y del placer», un Sacerdote apóstol pudo replicar: «Sí, es muy verdadero; pero añadid: ville de sainteté, ciudad de santidad».

Por lo demás, en medio del campo de todas las grandes ciudades del mundo, nunca como ahora se multiplicaron los lirios. Hay un florecimiento de santos, escondidos, humildes, que, aun en la vida febril de sus ocupaciones, oran como los santos, conservan siempre la gracia como los santos, se sacrifican como los santos, se mortifican como los santos, conquistan almas como los santos.

Vive en las élites culturales. Los tiempos de Taine y de Renán parecen muy lejanos. Nadie se admira de que Guillermo Marconi ilumine el monumento a Cristo Rey. De los jardines del arte, de la ciencia y del pensamiento, se recogen flores y se las lleva al altar de Jesús, con simplicidad, con un sentido de frescura espontánea y de candor. ¡Hasta los artistas de teatro fundaron y van multiplicando en las grandes ciudades sus «Uniones católicas» y con la intensidad de una práctica religiosa!

Nunca, como en nuestros días, fue amado, adorado y honrado el Sagrado Corazón.

Esta devoción llegó a tal desarrollo, que en ningún otro período de la historia se ha contemplado un espectáculo semejante, dulce, espléndido, consolador.

Nunca, como ahora, se aclamó la Realeza de Cristo, y al Rey de los Corazones, de las inteligencias, de las familias, de las naciones.

Nunca, como ahora, hubo tan imponente número de comuniones. Comparad el número de hostias que se necesitaban en las parroquias y en los seminarios en 1830 con el que se necesita hoy; y si tenéis el coraje de rezongar, idos y retiraos a una casa de salud.

Nunca, como ahora, Cristo Eucarístico saludó sus serenos triunfos en los Congresos Nacionales e Internacionales.

Nunca, como ahora, se han visto surgir Casas de Ejercicios para laicos, frecuentadas hasta lo inverosímil, en su sucederse de tandas, cada una de las cuales es un prodigio y un complejo de gracias, de milagros, de conversiones.

¿Y la oración? Por ejemplo, ¿cuándo se rezó tanto en Italia como ahora? ¿Cuándo tuvimos una fuerte juventud masculina, que sea tan afecta a Jesucristo, a la Iglesia, al Papa y que se prepare para la futura familia en la pureza? ¿Cuándo —en los siglos pasados— entre nosotros, las jóvenes han dado espectáculos de abnegación, de fe, de heroísmo, de apostolado, que hoy casi no llaman la atención porque están a la orden del día? ¿Cuándo el dogma de nuestra incorporación a Cristo —cantado por Pablo Apóstol, a continuación de la divina nota del Cenáculo— fue tan vivido y meditado? ¿Cuándo hemos asistido a un movimiento litúrgico tan promisorio, que se va desarrollando como un benéfico incendio, propagador de llamas encendidas por el Espíritu Santo?

¿Es acaso necesario continuar en la enumeración de pruebas, que mandan, imponen y exigen el optimismo?

Los éxitos extraordinarios de los libros de espiritualidad cristiana; la difusión de obras severas como las de San Juan de la Cruz y Santa Teresa la Grande; las conquistas de Santa Teresita y sus lecciones en torno a la simplicidad e infancia espiritual; las revistas de ascética, mística y liturgia; la necesidad de una cultura dogmática; la sed de lo sobrenatural el desprecio del sentimentalismo lacrimógeno y de la moralidad de palabra, (¡Deber, nombre grande y sublime! ¡Resplandece, pues, junto a las estrellas, sobre nuestras cabezas, pero no molestes nuestras comodidades y nuestros placeres!), la difusión del apostolado misionero por los lejanos países y de la acción católica por los llamados países civilizados, el anhelo de las almas por el triunfo del reino de Cristo, todo grita: Nox præcessit, dies appropinquavit: el alba sonríe, bella y fresca; un nuevo temblor alegra la eterna juventud del Cristianismo, las conversiones se multiplican: Christus vivit.

Y Brillant tiene razón al comprobar la característica propia de la actual religiosidad.

En un tiempo los buenos —a excepción de un pequeño grupo— eran secuaces de un programa mínimo. No había que exagerar. Y tampoco los sacerdotes osaban pedir mucho. Alguna comunión cada año, la Misa… y basta.

Ahora las almas quieren «el vino de los fuertes con su vigor sano y su amable aspereza».

Se obtiene más fácilmente la comunión semanal y diaria, que la Comunión Pascual.

La timidez es en muchos lugares una bajeza y al respeto humano de ayer ha sucedido el altanero orgullo de una fe, intensamente cultivada y practicada.

En otro tiempo existía la plaga del «separatismo». Se concedía algún momento a la oración, pero en horas obscuras y en lugares bien escondidos: «Mi sala de estudios —decía un profesor universitario— está en el primer piso; la capillita de mi departamento, en el último; y yo tendría mucho cuidado en hacerla comunicar». En otros términos: había una división en el día: un cuarto de hora para Dios y todo el resto para la vida; la religiosidad, como se escribió, era considerada como una capa que uno vestía cuando entraba a la iglesia, y que a la salida la colgaba de un clavo. Hoy ya no. Se siente el deber del sive manducatis, sive bibitis de San Pablo; nuestro Hombre Católico ya no teme pasar por beato; hasta las genuflexiones de nuestros jóvenes, desde hace 30 años, fueron modificadas y fueron haciéndose profundas, a medida que se profundizaba su vida interior.

Ayer, Jesús estaba encerrado en el Tabernáculo como en un sepulcro; hoy se quiere que reine por doquier, que entre en las casas, en las escuelas, en la oficina; y con el autor de la Imitación: Te siquidem praesente, jucunda sunt omnia; te autem absente, fastidiunt cuncta.

Un sentido social siempre más fuerte se va difundiendo contra el individualismo religioso de ayer.

El sensus Christi se traduce en el sentire cum Ecclesia.

El delito del Protestantismo aparece ahora en toda su gravedad. No más cada uno aislado, egoísticamente separado del Cuerpo Místico; sino que se desea el organismo social, cuya Cabeza es Cristo, y cuya alma es el Paráclito.

¡Y qué espíritu nuevo ofrecen también las iniciativas prácticas y las diferentes obras de apostolado! La actividad concebida como si tuviera un valor en sí y por sí, el descuido de la gracia y de la oración, todo este naturalismo va desapareciendo.

Marta es hermana de María y vive con ella; la acción es el agua que rebasa el cáliz lleno de contemplación, el dolor, el sacrificio, la oración son consideradas la raíz de la planta que quiere ser rica en verdad de frutos, y no solamente cargada de hojas, de charlatanería y de fracaso; la idea de Pío XI, de que en los países de misión se establezcan comunidades religiosas de clausura y contemplativas, ha sido comprendida.

Ciertamente que el «mundo», por el que Cristo no quiso orar, existe aún hoy y existirá hasta el último de los días. Quizá hay más: nunca como ahora estuvo el mundo tan corrompido y demente y muchas ciudades de Europa y América podrían cambiar su nombre por el de Sodoma y Gomorra. Pero toda la actual inundación de fango y el vastísimo océano del mal no impiden que si la palabra «piedad» indica, como quiere Santo Tomás, una disposición, una orientación habitual del alma hacia Dios, amado con afecto filial, se haya de concluir que la historia de la piedad está escribiendo en nuestros días una página digna de ser meditada.

Por una parte, el número de convertidos va aumentando y entre aquellos mismos que aún no se han decidido a seguir el camino de la gracia y a dar el paso decisivo, va modificándose el estado de ánimo, que ya no es de aversión al Cristianismo, sino de estima, de simpatía, de anhelo por la fe. Por otra, la multitud de los fidelísimos a Cristo va en aumento.

Nunca como ahora fue Él amado hasta la locura.

Los signos de su victoria, recordados por nosotros, son nada en comparación con las maravillas contempladas cada día por nuestros sacerdotes conmovidos, en miles de oscuras conciencias generosas, que realizan en silencio los gestos de abnegación y de la más alta dedicación a Él.

En su monumental obra, Jésus-Christ, el llorado Padre de Grandmaison describe en su último capítulo los testimonios de Cristo en la Historia. Es un bello cortejo, de colorido vario, grandioso, que desfila por el camino de veinte siglos. Cada raza, cada idioma, cada corazón y cada mente saludan al Vencedor:

«Cierto —aclara Brillant— que a la vera del camino y en las vecinas praderas, toda una multitud contempla el desfile, indiferente, quizás curiosa, quizás hostil, y rehúsa unirse —he aquí nuestro dolor— o, más a menudo, ni siquiera pensó que podría caminar a la par».

Esa turba ignora la belleza de Aquél, en la fiesta de cuyo Nombre decimos:

«Nada se canta de más suavidad; nada se oye de más alegría; nada puede pensarse que sea más dulce que Jesús, Hijo de Dios»:

Nil canitur suavius;

Nil auditur jucundius;

Nil cogitatur dulcius,

Quem Jesus Dei Filius.

Los pesimistas miran a uno y otro lado del camino e indican tinieblas de muerte: en esto tienen razón. Pero nosotros preferimos mirarlo a Él, que es la Luz, la Verdad y la Vida.

Nunca como ahora en nuestros tiempos un ejército de amigos le ofrece el corazón, para que lo encienda y para que su fuego lo abrase. Nunca como hoy se renueva el propósito de orar con Él, y se eleva a las estrellas el anuncio que hace huir a toda tristeza, que conforta en todo abatimiento, que resuena como un himno de fiesta y de esperanza: Christus vivit.

***

Si tuviera que repetir este grito del alma contemporánea mediante una expresión artística, no dudaría en recurrir a una espléndida composición lírica de la reciente literatura polaca, que se intitula con una palabra de augurio muy cara a los mineros de la Silesia, cuando van bajando a la mina: Glikauf ! (palabra en alemán corrompido, que significa: ¡buen regreso hacia arriba!)

El poeta Feliks Konopka canta al joven minero que, habiendo descendido a las oscuras galerías, toma la linterna aún encendida y la rompe contra la pared, para abandonarse a los sueños, y los sueños alegran durante algunas horas su descanso. Nubes…, prados en flor…, voces alegres. Luego, de improviso, el despertar. Abre los ojos y percibe la dura realidad. A cualquier parte que se vuelva, hay una pared negra, áspera, aplastante, que lo rechaza lejos con desprecio en la sombra de una noche sin fin.

Retumba alrededor un fragor de pesados martillos, como si quisieran partir «dentro de su pecho el corazón de la tierra».

En la noche da aquel loco caos se agita y vocifera, mientras la sangre, helada de terror, golpea cada vez más fuerte y parece que le va a destrozar el pulso. En la oscura fosa, mordiéndose las manos de angustia, pálido en el crepúsculo de la muerte, aplastado bajo una pesadilla de piedra, el minero está por perecer solo y enloquecido.

¡Pero no es, no es éste el fin!

Finalmente despierta y decide:

En mi ceguera pobre y sola

Sé que más allá de esta pared tan negra

Tu día, oh mi Señor, suave brilla,

¡Y yo ansío tu día!

¡Mira! una pared se eleva inaccesible

como una tumba, como fortaleza;

pero con estas mis manos

abriré un boquete en la dura piedra

de la prisión, donde estoy encerrado

donde también mi ilusión es prisionera.

¿Cómo?, preguntas. Cavando con mis uñas.

¿Y luego? Sin uñas, con desnudos huesos;

luego con un último y desesperado esfuerzo,

luego sin fuerzas, luego con un grito ciego

lanzado en medio de la noche oscura;

después silenciosamente,

manchado en polvo y sangre,

…me iré…

… me iré…

…me iré…

También la civilización moderna había destrozado la linterna de la piedad, había apagado la llama de la oración y se acunó en miles de sueños rosados.

Luego, al brusco despertar en la oscura galería de la vida que se debe cavar, ha recordado que «más allá de esta pared tan negra, brilla suave del Señor el día». E invoca a Dios; y lo quiere. Manchado en polvo y lodo, hoy camina resueltamente hacia Cristo.

Nosotros debemos llevarlo a su encuentro, con la oración y con el amor.

En este momento de la historia los creyentes se plantean —como el máximo problema— la cuestión de la piedad, en su espíritu y en sus prácticas.

Queremos tener encendida nuestra linterna, para nosotros y para los demás, para nuestro perfeccionamiento espiritual y para alumbrar a los hermanos que andan a tientas en la oscuridad.

Solamente con la piedad podremos llegar a la Luz verdadera, que ilumina a todo hombre; y, venciendo a las tinieblas de los sentidos, el espíritu vibrará con la alegría de un estremecimiento de alas.