DESDE LA INHÓSPITA TRINCHERA: SI DE DEFENDER SE TRATA

cruzSI DE DEFENDER SE TRATA

Entre la temeridad, la prudencia y la pusilanimidad, hay apenas cierto estadio confuso, viscoso y, a su vez, profundo.

Si la tardanza en defender a un simple hombre, que aunque sacerdote no deja de serlo, conlleva a suponer la indiferencia ante una gran injusticia, cuanto más a Aquél que ES el Único digno de la misma.

La omisión de la reacción al ataque sistemático a quien decimos que amamos, ya sean nuestros padres, hijos, esposos, amigos, la Iglesia, la fe, Dios mismo, etc. deja soslayar, o un compromiso ineludible de intereses inconfesables o una carencia de convicciones que le impiden reaccionar, dejando al desnudo el espíritu pusilánime que nos anima, o bien un indiferentismo en relación con la causa o seres que decimos amar.

La admiración, el afecto, y el agradecimiento que tenemos hacia aquellos que nos enseñaron la Verdad (la fe Católica Apostólica Romana a través de Monseñor Lefebvre y su fundación), no puede impedirnos la libertad de los hijos de Dios para evaluar, prudente y objetivamente, los tiempos que vivimos y exhortar, justamente por ese aprecio y a tiempo y a destiempo, a quienes no gritan a viva voz el ataque feroz a la que ha sido y es sometida la Iglesia, no denuncian enérgicamente la apostasía, no asumen una posición, que urge, por la salvación de las almas que les fueron confiadas y por la de ellos mismos.

Sin duda, sólo Dios juzga el alma de las personas, nosotros solamente podemos juzgar los hechos. Y las reacciones, sean de defensa, de traición, o de indiferencia, son «un hecho», y por lo mismo juzgamos su valor.

De ahí que podemos decir que judas traicionó, que Poncio Pilatos se lavó las manos, que San Pedro fue crucificado boca abajo por defender la fe, que San Pablo persiguió a los cristianos y se arrepintió, que María Magdalena… etc.

No defendemos al Padre Ceriani o Méramo por todo lo que nos enseñaron en nuestro gateo tradicionalista, allá por los ochenta; ni sentimentalismo personalista alguno nos motiva, más allá del agradecimiento, cariño, respeto, admiración o afecto que le debemos, y no sólo a ellos sino a todos los que, de algún modo, nos ayudaron a dar los primeros pasos y al final correr tras el fin por el cual ellos mismos ofrendaron sus vidas, que era ir tras el fin por el cual todo hombre fue creado: «El conocimiento de la Verdad tras parir (como decía Sócrates) nuestras inteligencias».

Hacemos la defensa rápida e inmediata (como algunos lo hacen con Monseñor Williamson), porque así debe ser cuando se ama la causa que se defiende por aquello de la común-unión, prestos a defender lo que no nos es indiferente.

Y lo hacemos por su transparencia doctrinal, su celo apostólico, su visión apocalíptica, su milenarismo patrístico, su espíritu misionero, su franqueza, su reacción rápida y oportuna (como cuando reaccionamos naturalmente, porque amamos, con firmeza y convicción), su desapego al mundo y compromisos, su osadía (que no da lugar a ese espíritu pusilánime, tímido e irresoluto), su indignación justa ante un mundo que agoniza frente a la apostasía reinante y ante las miradas expectantes y pacientes de quienes calculan los tiempos y movimientos para mejor posicionarse de acuerdo a dónde se vuelque la balanza.

No sé si son los mejores o los peores por ser los primeros en reaccionar (porque, según algunos, los mejores son los últimos), ya que a eso lo JUZGA sólo DIOS. Sólo sabemos, por los hechos y dichos, que son los más Católicos, los más heroicos y valientes, y a los que no les preocupa el futuro, porque están en manos de la Providencia y que, por lo mismo, no especulan sobre un triunfalismo (que no está escrito en ningún lado, dicho sea de paso) a costa del silencio culpable, arrastrando las almas confiadas a la confusión y posterior apostasía.

Si la gran mayoría de los Cardenales y Obispos hubieran defendido la fe (en tiempo y forma, porque para todo hay un tiempo) como lo hicieron Monseñor Lefebvre y Castro Meyer en ocasión del Vaticano II, hoy no sería tan creíble la infamia, la mentira y la audacia de esta ramera que se dice «CATÓLICA», rebajando así a la verdadera Esposa de Cristo: Su Iglesia.

Del mismo modo, si los verdaderos católicos de hoy, llamados falsamente «Lefebvristas», hubieran reaccionado a gritos, unidos y a golpes (si fuera necesario por defender la fe) ante la traición de quienes ya no identificaban la iglesia conciliar con la ramera, zambulléndonos a todos en este mar de confusión, hoy no estaríamos disputando una primacía de la «Resistencia», y la obra de Monseñor todavía sería, a pesar de o gracias a «Francisco», el bastión de la resistencia Católica clara y limpia, como la verdad misma, y estaría en pie y más fuerte que nunca.

He ahí el golpe redoblado de Satanás.

Lo que sí sabemos de éstos honorables prelados (incluidos el padre Turco y el padre Grosso), es que no son ni cobardes, ni pusilánimes, ni ignorantes (aunque no sean teólogos recibidos en la universidad como el Rdo Padre Castellani; no olvidemos que Dios puede hacer hablar a las piedras o a la burra de Balaán ), y que a gritos, ironías, o a patadones (que buena falta nos hacen), DEFIENDEN LA FE CATÓLICA APOSTÓLICA Y ROMANA; más allá de Sede vacante o no vacante, porque en estos momentos, teniendo el respaldo del Magisterio infalible de la Verdadera Iglesia de Cristo y una trayectoria histórica de dos siglos, alcanza y sobra para resistir hasta el martirio, si fuera necesario, al monstruo posconciliar con sus pseudos «Papas».

La defensa de la verdadera fe reposa en ello.

«Mas si un ángel del cielo os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gálatas 1. 8).

Es lamentable y triste que, a estas alturas de los acontecimientos, sacerdotes de la talla del padre Calderón, del padre Mestre, del Padre R. Olmedo, y hasta el mismo Monseñor Williamson, guarden silencios tan escandalosos y culpables, hasta el punto de ignorar una realidad, tapando el sol con un dedo y que, al retirarlo, el mismo los ciegue de tal modo que nada puedan ver. Como así también, en mi opinión, las respuestas a ciertas preguntas oportunas y objetivas, que son respondidas por Monseñor Williamson de una manera poco acorde a la figura de un Obispo Católico, como a las circunstancias que lo rodean, no estando a la altura de las mismas.

Queda sospechar, tras sus silencios demasiado prolongados, su adhesión a la nueva política de la actual Fraternidad, que es la de formar parte del crisol de las religiones de ASÍS (Acuerdistas), de formar parte del tejido Mundialista del Nuevo Orden, de ser quintacolumnistas de una Fraternidad, que no es precisamente la de Monseñor Lefebvre.

O en su defecto, de permanecer allí, en silencio, con el propósito de «espiar» lo que hacen «los traidores», porque ¡ellos no lo son!, ya que también son «Resistentes» (fláccidos); actitud que no es muy católica que digamos, pues el fin no justifica los medios, y habría una cierta hipocresía en ella.

O quizás la lealtad a quienes les dan refugio, salud, comida, y habitación, sin detenerse a pensar demasiado en todo este lío organizado, financiado y propagado por el soberbio y destructor de instituciones, Rdo. Padre Ceriani, con la anuencia y auspicio de una radio cretina, que tiene por fin la satánica intención de corromper una posición…

Algo raro hay, ya que aquellos que resisten se manifiestan de alguna manera (los más honestos con nombre y apellido, como los padres Méramo, Ceriani, Grosso o Turco, o un Vázquez, o un Luis Manzano), ya que a nada ni a nadie le temen, salvo a Dios. Y otros….hummmmmm, algunas veces con pseudónimos, ya que «la Prudencia» (por ahora), nos pide ocultar la identidad. No obstante, todos sabemos más o menos, quién es quién, de algún modo la hemos revelado.

Pero algunos sacerdotes, Obispos y fieles, ¿quiénes son, qué defienden, qué piensan, por qué no se pronuncian, qué ocultan, a qué le temen, cuáles intereses los motivan a guardar silencio? ¿Son acuerdistas? ¿A quién esperan? ¿Al mesías o al MESÍAS? ¿Qué capítulo se perdieron? ¿Quizás el de los signos de los tiempos? ¿Que lo de la Parusía es un cuento? ¿Lo de las fábulas cerrando los oídos a la VERDAD? ¿Lo de la apostasía anunciada por Nuestro Señor y San Pablo? ¿O quizás la lectura atenta, serena y constante del Apokalipsis, cuya afirmación, según San Juan, el que lo leyere sería Bienaventurado?

¡Quién lo sabe! Cualquier afirmación nos llevaría a juicios temerarios y no queremos hacerlos.

Pero no podemos dejar de conjeturar un hecho misterioso, cual fue el silencio de Cardenales y Obispos de toda la Iglesia Universal después del Conciliábulo de 1962, y del silencio actual de Obispos, Sacerdotes, Teólogos y fieles de toda la Iglesia Universal (reducida a su mínima expresión en la obra de Monseñor Lefebvre) antes, durante y después del Capítulo General de Julio de 2012, llevado adelante por quienes pretenden licuarse con la anti-Iglesia reduciendo aún más la cantidad significativa de sus fieles.

Así las cosas, una sola nos conforta, y encontramos la respuesta razonable, que al parecer es misteriosa en una pregunta formulada por el mismo Cristo: ¿Encontrará fe el Hijo del Hombre cuando vuelva a la Tierra?

Al parecer, así tienen que ser las cosas para alcanzar la apostasía.

¿Quién se salvará?

Desde la inhóspita trinchera