
AUDIO PARA ESCUCHAR: DOWNLOAD
Reflexiones apocalípticas
Continuando con nuestra investigación sobre el tiempo que nos toca vivir, e insistiendo que debemos tener una mentalidad apocalíptica, so pena de no comprender donde estamos parados, me adentraré en un tema que se refiere a las dos bestias del capítulo XIII del Apocalipsis.
Leyendo el libro «Satanás en la ciudad» (1), libro por supuesto preconciliar, encuentro argumentos muy interesantes y muy sólidos, sobre lo que el capítulo arriba citado del Apocalipsis expresa en una sola frase, y que para nosotros es un argumento concluyente para probar que, para el fin de los tiempos, no habrá institución, incluido el aparato externo que otrora sirvió a la Iglesia Católica, que no sea dominado por la bestia del mar, el famoso Anticristo.
Dice el texto inspirado, cuyo autor principal, recuerdo, es el mismo Dios, que no puede engañar ni engañarse: Apo 13:7 «Le fue también permitido hacer guerra a los santos o fieles, y vencerlos. Y se le dio potestad sobre toda tribu, y pueblo, y lengua, y nación».
Tengamos en cuenta que esta bestia que sale del mar es, según los más autorizados comentadores católicos, el Anticristo, que someterá por permisión divina todo el mundo a su poder ayudado por otra bestia, la que el Texto Sagrado llama la bestia de la tierra.
Ante todo recordemos que los exégetas han discrepado sobre la naturaleza del Anticristo, la gran mayoría lo veía como una persona física, un hombre, pues, San Pablo lo llama «el hombre del pecado, el hijo de la perdición», hasta que el R. P. Manuel Lacunza lo interpretó como una persona moral, o para mejor explicarlo un institución. El R. P. Leonardo Castellani, que conoció los umbrales de esta época, nos ilumina y resuelve la cuestión peliaguda diciendo: que será las dos cosas, un cuerpo moral o institución que luego al final tendrá un jefe que será el «más anticristo» que vio la historia y que será el Anticristo por antonomasia.
En el libro que cité al principio de este artículo, el autor, Marcel de la Bigne de Villeneuve, interroga a un sacerdote por considerarlo muy lúcido y además íntegramente católico; le plantea algo por demás interesante y muy esclarecedor para nuestra época, que ellos sólo conocieron en causa.
El autor le pregunta: ¿Cómo puede ser que en una época de extremada decadencia religiosa tal como la nuestra en los que el mal conoce los triunfos más extendidos y durables, la intervención visible del demonio sea más excepcional que nunca?
En otras palabras pregunta el autor al clérigo, ¿por qué han disminuido las posesiones diabólicas?
El clérigo responde: voy a separarme algo del camino trillado que hemos seguido hasta ahora y que nos hará penetrar y descubrir, bajo la guía de la teología una verdad generalmente desconocida, ignorada o velada para los mismos que la distinguen y adivinan. En primer lugar hay que advertir que es muy difícil a la criatura de carne y hueso como nosotros, el representarnos qué podrán ser los espíritus, pero es indispensable advertir que, si la comparación con la condición humana es lícita y necesaria, prudentemente utilizada, hay que guardarse de trasladar tranquilamente al invisible lo que contemplamos en el mundo visible (…) por lo que respecta a Satanás (…) la casi totalidad de los hombres son incapaces de figurárselo de otro modo más que en forma humana o, por lo menos, de animal, y de atribuirle un comportamiento humano. Ni idea tienen que puede adoptar otro disfraz que no sea el del cuerpo orgánico. Muy pocos se prestan a desencarnarle y a imaginárselo invisible.
Y, sin embargo, si el Demonio puede, incontestablemente, tomar forma humana, no es ningún imposible que se oculte en objetos materiales e inmateriales. La Iglesia lo reconoce puesto que tiene exorcismos para el agua y la sal; pero lo que nos interesa comprobar más aún, es que el Príncipe de las Tinieblas se disimula también de muy buen grado y, hasta con preferencia, bajo el aspecto de personas morales, como suele decirse, de instituciones, según el término que a usted más le agradará emplear. Se adapta por completo también, o tal vez mejor, a la vida, incompleta en algunos aspectos, y extensa y poderosas en otros, de esos seres de zona media que se parece a la de los hombres, sin serle semejante, y que ofrece posibilidades de influencia mucho mayor que la acción individual.
-¡Ah!, exclamo, abre usted con eso horizontes muy ricos y fecundos.
-No exagere usted… yo no lo invento; no hago más que señalar contornos más precisos a una idea que ya es antigua, y atraer otra vez sobre ella la atención que se había alejado de esto.
-Tal vez muy antigua, pero bien poco comprendida y utilizada, a pesar de lo importante que es (…) gracias a ella, alcanzo de un solo golpe de vista numerosas relaciones que antes no descubría, y penetro misterios que permanecían cerrados para mí. ¡Ya comprendo, ya comprendo! ¿Para qué iba el Diablo a avecinarse en el cuerpo de cualquier desgraciado, si por las instituciones políticas y gubernamentales (y religiosas), por las leyes y por las costumbres en las que insinúa su espíritu perverso, puede tan fácilmente orientar a los hombres, por miles y millones, con un movimiento disimulado y casi irresistible, por los caminos de la perdición a donde se ingenia para empujarlos? Es muy propio de su alta inteligencia el utilizar para sus fines el gregarismo moderno, y aquí tenemos al diabolismo enteramente al nivel de esos famosos progresos de la ciencia con los cuales se pretendía asegurar su desaparición. En vez de proceder como un modesto artesano, Lucifer obra, actualmente, como un gran industrial y realiza en serie su infernal tarea, como usted decía, con los instrumentos más perfeccionados.
Y esta idea de una obsesión general, oculta e invisible; de una ocupación política y social (y religiosa) permite (…) y explica luminosamente por qué la escasez de posesiones diabólicas individuales en nuestras sociedades contemporáneas tan descristianizadas (…) es que la inhabitación física violenta resulta cada vez menos útil al enemigo del género humano. Desde que está seguro de no hallar oposición a sus maniobras en un ambiente que maneja a su gusto y que le es cada vez más favorable, puede remplazar con ventajas esa acción espectacular, que está siempre expuesta a suscitar reacciones vehementes, por la simple ocupación de los espíritus y las almas, mucho más insinuante y pausada sin ser menos segura, y que se presta a un contagio más rápido y a extrema difusión (…)
El diablo es el padre de los prestigios y estos son sociales. La opinión es la reina del mundo, la opinión es, pues, el diablo, príncipe de este mundo (…) en las actuales circunstancias, el ambiente social es sumamente propicio a la infestación diabólica y le proporciona medios de difusión muy eficaces (…) En todos los tiempos, las agrupaciones de hombres, lo mismo que sus miembros tomados aisladamente, han sido objeto de las tentativas del padre de todo mal que, utilizando los vicios de nuestra naturaleza caída con ciencia sutil, ha conseguido apreciables victorias.
Por su influencia directa o indirecta, los abusos se deslizan insidiosamente, como la serpiente del Génesis, en las mejores organizaciones, y las corrompen, las debilitan y hasta consiguen derribarlas o invertirlas. Las instituciones religiosas, las Órdenes y Congregaciones no están libres de estas desviaciones, como se ha visto más de una vez».
Hasta aquí algunos párrafos del más que claro libro «Satanás en la ciudad», que quise citar extensamente para poder seguir desarrollando esa idea de la obsesión avanzada o hasta ocupación y posesión de todas las instituciones actuales incluida la iglesia oficial que es la conciliar.
Gracias al Texto Sagrado sabemos que el Dragón, que es Satanás, le entregó su poder al Anticristo; el dominio que tendrá éste sobre todas las instituciones le viene por poder de aquel: «La bestia que vi era semejante a una pantera, y sus patas eran como de oso y su boca como boca de león. Y el dragón le dio su poder, su trono y gran autoridad». Apoc. 13 ,2.
También sabemos que hay alguien más que colaborará con el Anticristo, y será la Bestia de la tierra, llamada también por el mismo Texto Sagrado el Pseudoprofeta.
Recordemos que la tierra en las Sagradas Escrituras es la religión, nos dice el texto inspirado: «Vi después otra bestia que subía de la tierra, y que tenía dos cuernos, semejantes a los del Cordero, mas su lenguaje era como el del dragón». Y obró prodigios grandes, hasta hacer que bajase fuego del cielo a la tierra en presencia de los hombres. Así es que embaucó a los moradores de la tierra con los prodigios que se le permitieron hacer a vista de la bestia, diciendo a los moradores de la tierra, que hiciesen una imagen de la bestia, que habiendo sido herida por la espada, y revivió». Apoc. 13, 12-14.
Aquí vemos que tiene el poder de embaucar (engañar, alucinar, prevaliéndose de la inexperiencia o candor del engañado) a todos los habitantes de la tierra. Si la tierra es la religión entonces deducimos que el engaño satánico alcanzará a todos los fieles de la religión, salvo que uno, por auxilio divino, se sustraiga de la religión corrompida para no ser embaucado.
¿No es esto lo que vimos después del nefasto Concilio Vaticano II, con lo que pasó con todos los clérigos y fieles que permanecieron en la iglesia oficial y no quisieron, por cobardía o temor a la persecución, alejarse de ésta, pensando que permaneciendo en ella podrían influir benéficamente?
¿No es ahora lo que le está pasando a la tradición encabezada por la FSSPX, al desconocer que esta bestia tiene el poder de embaucar infaliblemente a todos los que se le someten?
A partir de conocer los poderes de cada bestia, ¿no se nos hacen luminosas las palabras de Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de San Marcos 13: 22 «porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, los cuales harán milagros y prodigios para seducir, si se pudiese, a los mismos escogidos»?
De manera que concluimos que el dragón se encargó de poseer todas las instituciones de la tierra y las entregó a la bestia del mar, el Anticristo. Y por otro lado, el texto Sagrado sugiere que la religión estará también poseída por su cabeza, Apoc 13: 11: «Vi subir de la tierra otra bestia que tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero y hablaba como dragón«.
Esto nos recuerda
el famoso discurso del 30 de junio de 1972, en el cual el Papa Pablo VI afirma tener la sensación de que «por alguna rendija se ha introducido el humo de Satanás en el templo de Dios».
¿Y qué
otra cosa sugiere que el humo de Satanás se introduzca en alguien o en una institución, sino una posesión? En este caso se trataría del aparato externo de la Iglesia, cuyos miembros y autoridades conforman ahora una anti-iglesia poseída por Satanás y, como dice el texto apocalíptico, capitaneada por un Pseudoprofeta.
Su influencia es más extensa que la del Anticristo, llega a cada hombre: Apoc. 13, 12 «hace que la tierra y sus moradores adoren a la primera bestia, a aquella cuya herida mortal fue curada».
Marcel de la Bigne de Villeneuve escribe:
Aquí vemos que Satanás, por medio del Pseudoprofeta, usa el disimulo y el fingimiento, el doble o triple juego, pues, su preocupación esencial es siempre el apoderarse, con fraude, de las inteligencias del adversario; prefiere preparar la caída de la plaza con tratos corruptores; provocar disidencias y defecciones antes de dar prematuramente el asalto. Por eso se esfuerza en deslizar, entre los soldados de la buena causa, agentes encargados de arruinar su moral y de orientarlos, poco a poco, hacia la capitulación. Tal es la tarea esencial de los que yo he llamado bastardos de Satanás (…)
La evidencia nos da derecho a decir que todo pasa como si se obstinaran en permanecer en la Iglesia sólo para favorecer la infiltración del enemigo y entregarle, poco a poco, las posiciones que están encargados de defender. Son, al menos, desertores virtuales y renegados en potencia (…) En verdad me parece imposible que la malicia natural de los hombres pueda ella sola ser la fuente de todos esos hechos aterradores. No es capaz de desencadenarlos y, sobre todo, de asegurar una dirección única, su coordinación y su síntesis. Es preciso que esté atizada, sistematizada, azuzada, en su eficacia, por la acción lúcida de ese maestro del mal a quien, como él mismo dijo a Nuestro Señor Jesucristo en la tentación en el desierto, se ha dado todo poder en el mundo. Nunca ha sido esta dominación tan real y más desconocida, a la vez.
Para librarse del Pseudoprofeta, que actualmente tiene su más importante predicador en Bergoglio, con poder de embaucar inexorablemente a todos los que se le sujetan, castigo de Dios, por no haber amado la sana doctrina íntegra y haber aceptando en algo el modernismo, hay que abandonar completamente la iglesia oficial, que es la conciliar y esta poseída.
No se debe participar en nada de lo que ella ha adulterado; no tener parte con ella, como se hace con las falsas religiones, y continuar adheridos con toda nuestra inteligencia y voluntad a la Iglesia visible, que es la católica apostólica y romana, de la cual decía San Agustín: «fuera de Ella se puede encontrar todo menos la salvación» (Serm. ad Caesar. 6), que hoy, como adelantara el Cardenal Pie, se ve reducida a dimensiones individuales y familiares.
Hemos de conservar la fe católica, en uno mismo y en los que se nos han encomendado, esperando la gloriosa segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo.
-
Satanás en la ciudad, por Marcel de la Bigne de Villeneuve, Sevilla, 1952. Editorial Católica Española, S. A. Arjona, Nun. 4.
COMPLOT CONTRA LA IGLESIA
Por
MAURICE PINAY
Capítulo Vigésimo Quinto:
«UN CARDENAL CRIPTOJUDÍO USURPA EL PAPADO»
La meta de la quinta columna judía introducida en el clero católico ha sido siempre adueñarse del papado, colocando en la silla de san Pedro a un judío secreto que les permita utilizar a la Iglesia en beneficio de los planes imperialistas revolucionarios de la sinagoga y causar a nuestra santa religión todos los daños que permitan facilitar su destrucción.
El judaísmo estuvo a punto de lograrlo en el año de 1130, hace aproximadamente ochocientos treinta y dos años. Para el estudio de este escalofriante capítulo, nos hemos servido de fuentes de seriedad reconocida, así como de fuentes hebreas, insospechables por lo mismo de antisemitismo.
El célebre historiador del siglo pasado Fernando Gregorovius, de fama mundial como lo saben todos los eruditos, y además en extremo favorable a los judíos, se refiere a estos hechos históricos en su obra monumental titulada «Historia de la Ciudad de Roma en la Edad Media«, cuya primera traducción italiana fue oficialmente costeada por el Ayuntamiento de Roma, que además honró al autor con el título de ciudadano romano.
De dicha obra tomamos los siguientes datos:
«Volumen II. Tomo 2. capítulo III.- Los Pierleoni. Su origen judío. La Sinagoga. Pedro León y su hijo Pedro cardenal. Cisma entre Inocencio II y Anacleto II. Inocencio en Francia. Carta de los Romanos a Lotario. Rogerio I. Rey de Sicilia».
Un cisma de origen y de índole puramente civil, debió dar a conocer al mundo que los reyes alemanes no tenían siempre la culpa de las divisiones eclesiásticas. La riqueza y el poder de los Pierleoni y más todavía, los grandes méritos que habían alcanzado cerca de la Iglesia, les daban una buena esperanza de elevar al Papado a uno de su familia. El hecho extraño de descender ésta de origen judío y de haber llegado a ser tan ilustre, nos permite la oportunidad de dar una ojeada a la sinagoga de Roma».
Continúa Gregorovius haciendo historia de la comunidad hebrea de Roma desde tiempos de Pompeyo, para luego mencionar que Benjamín de Tudela, el célebre viajero hebreo que anduvo por medio mundo visitando todas las organizaciones judías existentes en su época, afirmó, con respecto a los israelitas de Roma, que en tiempo del Papa Alejandro III los había de gran influencia en la corte pontificia, lo mismo que rabinos sapientísimos como lo eran Daniel, Geiele, Joab, Natán, Menahem y otros del Trastévere. Dice también Gregorovius que los judíos de la Ciudad Eterna habían sufrido persecución sólo una vez y aunque reducidos a esclavitud, su raza supo defenderse contra los que la hacían sufrir gracias a su astucia, al ingenio y a la potencia del oro acumulado en secreto; en sus casas miserables prestaban dinero con usura y en su libro de deudores escribían los nombres de los más ilustres cónsules de Roma y hasta de los Papas que estuviesen angustiados por falta de dinero. Y de aquella despreciada sinagoga judía salió una familia senatorial que debía su fortuna y su potencia a sus grandes usuras.
El abuelo del referido Pedro León, que tuvo una intervención considerable en la controversia de las investiduras, tuvo también, en su carácter de banquero, tratos comerciales con la corte pontificia, socorriendo muchas veces sus estrecheces financieras Por último, se hizo bautizar tomando el nombre de Benedictus Cristianus.
Muy pronto su hijo León, que tomó en el bautismo el nombre del Papa León IX, pudo abrirse una magnífico camino como convenía a un hombre riquísimo, provisto de ingenio, audaz y ambicioso. Se emparentó con magnates romanos que ambicionaban dar a sus hijos a las ricas hijas de Israel como esposas o que casaban sus propias hijas con los hijos bautizados de los judíos . Afirma Gregorovius que uno de sus hijos llamado Pedro León, que fue el primero que ostentó el apellido Pierleoni, llegó a ser en Roma de enorme influencia y consultado en toda ocasión.
Además de la fortaleza, situada junto al teatro de Marcelo, que sin duda había erigido su padre León, Pedro León dominaba también la próxima isla Tiberina. Urbano II le confió también la custodia del castillo de Sant´Angelo y murió en la casa de su acreedor y protector, usando las palabras del propio Gregorovius. Sus sucesores –sigue diciendo- se afanaban por obtener el patrocinio del poderoso Pierleoni. Pero el pueblo lo aborrecía porque era un usurero, la nobleza lo odiaba, y podemos ver que a pesar de ser amigo del Papa Pascual, no pudo obtener la prefectura para su hijo por ser «noble nuevo«.
Mas la amistad de los pontífices, el esplendor de la parentela, las riquezas y el poder, borraron muy pronto la mancha de su origen judío y en muy poco tiempo los Pierleoni fueron enaltecidos como la más grande de las familias principescas de Roma. León y sus sucesores se ornaron con el título de «cónsules de los romanos» y lo tuvieron, según afirma Gregorovius, «con orgullo y con dignidad magistral, como si fuesen patricios muy antiguos». Añade el famoso historiador que los Pierleoni fueron güelfos, es decir, tomaron decididamente el partido de los Papas contra los emperadores alemanes, pues no debemos olvidar que ya para estos tiempos eran, al menos en apariencia, devotos cristianos.
Lo que en seguida narra Gregorovius es también muy ilustrativo: afirma que Pierleoni murió el 2 de junio del año de 1128 cubierto de honores que nunca tuvo un cónsul de la Roma antigua, y que aunque se destruyeron los sepulcros de los papas de aquel tiempo, está todavía en pie «el mausoleo de este craso israelita«, como lo llama aquí Gregorovius, a pesar de ser oficialmente muy católico. Comenta que
«…dejó mucha descendencia y que tan maravillosa como una fábula fue la fortuna de estos vástagos del guetto, que uno de sus hijos llegó a ser Papa, otro fue hecho patricio de Roma y una hija se casó con Rogerio de Sicilia. Este potente señor había destinado a su hijo Pedro a un puesto en la Iglesia. ¿Acaso el vestuario pontificio era un deseo demasiado temerario para el hijo de Pierleoni? El joven Pedro fue enviado a París, para que completara su erudición y ahí, sin duda, fue de los oyentes de Abelardo; terminados sus estudios tomó en Cluny el hábito monástico que sin duda era la vestimenta más recomendable para los candidatos al pontificado…Condescendiendo a un deseo de su padre, Pascual lo llamó a Roma y lo hizo cardenal de San Cosme y San Damián…Junto con su hermano acompañó después a Gelasio a Francia y volvió con Calixto, llegando a ser Cardenal cura de Santa María en aquel mismo Trastévere del que era originaria su familia. Después fue como legado a Francia donde reunió concilios y a Inglaterra donde fue recibido por el rey Enrique con magnificencia de príncipe» .
Con la experiencia de una lucha de siglos contra la Sinagoga de Satanás, la Santa Iglesia fue construyendo sus defensas a través de las leyes canónicas antijudías, cuya aplicación fiel garantizaba a la misma la manera de defenderse eficazmente de su mayor enemigo. Desgraciadamente, ya vimos cómo hubo monarcas como Witiza, Luis el Piadoso o Pedro el Cruel que cayendo bajo la influencia de los israelitas convirtieron en letra muerta los sagrados cánones antihebreos, brindando protección al enemigo capital de la Cristiandad y permitiéndole encumbrarse en la gobernación del estado, con resultados trágicos tanto para la Santa Iglesia como para los pueblos que cayeron en las garras de los israelitas. Sin embargo, estas tragedias fueron por su naturaleza de carácter local, pues mientras un Witiza o un Luis el Piadoso entregaban a sus pueblos en garras del enemigo, el papado y otros estados cristianos seguían con ardor la lucha en defensa de la Iglesia y de la catolicidad. La nueva situación era, sin duda, el preludio de una tragedia ya no local, sino universal, que abarcaría a la Cristiandad entera, ya que el enemigo estaba infiltrándose en la más alta jefatura de la Santa Iglesia y la crisis tenía que afectar necesariamente a todo el mundo cristiano.
En esta ocasión, la enconada pugna entre el papado y el imperio con motivo de las investiduras y del problema de la supremacía, iba a presentar al judaísmo la magnífica oportunidad de infiltrarse en la Santa Sede, ofreciéndole valiosos servicios y haciendo méritos indudables. En el fragor de aquella lucha surgida entre Papas y emperadores, los hebreos, y también los judíos conversos, empezaron por tomar resueltamente el partido de los güelfos, es decir, el del Sumo Pontífice que en aquellas circunstancias difícilmente podía rehusar tan inesperado como al parecer valioso apoyo, mayor éste todavía por venir unido al financiamiento económico que en esos tiempos, con frecuencia, necesitaba urgentemente la Santa Sede.
Ante el apremio de las circunstancias olvidáronse de momento las leyes canónicas que habían sido fruto de la experiencia de siglos; y los hebreos, con su interesada adhesión al partido de los Papas, pudieron infiltrarse en un terreno que les había sido antes vedado. Las luchas fratricidas entre los cristianos han sido siempre el mejor aliado de la Sinagoga de Satanás para lograr que sus planes imperialistas hagan gigantescos avances.
Y así como ahora lo lograban apoyando al poder eclesiástico contra el civil, después, en el siglo XVI, o sea cuatrocientos cincuenta años más tarde, desgarrarían definitivamente a la Cristiandad apoyando entonces a los reyes contra el papado.
En el presente caso se hicieron imprescindibles como banqueros y a ellos tenía que recurrir el papado para solucionar sus problemas económicos.
El célebre rabino, poeta e historiador Louis Israel Newman, en su interesantísima obra titulada «Influencia judía en los movimientos de reforma del cristianismo«, refiriéndose al cisma provocado en la Santa Iglesia por el Cardenal Pedro Pierleoni, da a éste (Pierleoni) una importancia decisiva en el desarrollo de la llamada herejía judaica en la edad Media, que con toda razón fue llamada por Papas, concilios e inquisidores «la madre de todas las herejías«, ya que el Santo Oficio llegó a comprobar que eran los judíos clandestinos, es decir, los herejes judaizantes, los organizadores y propagadores de los demás movimientos heréticos. Asevera el mencionado rabino que:
«El principal factor para la preparación del estallido de la herejía judaizante durante el siglo doce, fue la elección de Anacleto II, un miembro de la casa judía de los Pierleoni, a la silla pontifical en el año de 1130» .
Esta confesión es de capital importancia por venir de un dirigente destacado del judaísmo y porque además se ajusta por completo a la realidad, pues un golpe de audacia de ese tipo, además de sembrar la desmoralización en la Cristiandad, debió de haber alentado en extremo a los israelitas que pudieron considerar que de allí en adelante todo era ya posible para ellos.
El referido rabino confirma lo anterior en otro pasaje de su interesante obra, donde afirma:
«Pruebas adicionales en relación con el profundo impacto hecho por la carrera de Anacleto sobre las mentes judías, pueden encontrarse en la copiosa literatura del mítico Papa judío, que en la leyenda hebrea es llamado Andreas o Elchanan. Es por completo digno de aplauso, que la elevación al poder de un miembro de una antigua familia judía, haya dado ímpetu a la actividad de las comunidades judías italianas locales y a una vigorosa reafirmación de sus propias tradiciones y opiniones» .
Aquí el ya citado rabino va demasiado lejos sacando a relucir uno de los grandes argumentos que emplean los hebreos en sus conventículos secretos para tratar de demostrar que su religión, y no la cristiana, es la verdadera. Dicen que el hecho de lograr infiltrarse en las jerarquías de la Iglesia, sin perdonar los obispados y el cardenalato, cometiendo toda clase de sacrilegios, y poder incluso escalar el trono de San Pedro, aunque sea por medio de antipapas, que ellos llaman Papas, reafirma sus opiniones y sus tradiciones, es decir, demuestra que son ellos y no los cristianos quienes tienen razón al creer que su religión es la que cuenta con el apoyo divino.
Nosotros contestaríamos a este sofisma con un argumento elocuente: de no ser por la asistencia divina, cualquier institución humana habría podido ser controlada ya, desde hace muchos siglos, por la satánica quinta columna judía introducida en el clero, que hace ochocientos treinta y dos años creyó haber capturado por fin al Sumo Pontificado y pensó tener a la Santa iglesia en sus garras; pero entonces fracasó su intento demoníaco, como sigue fracasando ocho siglos después en que se contempla esa conquista como una simple ansiada ambición, todavía no lograda. Si la Santa Iglesia no tuviera la asistencia de Dios Nuestro Señor, habría ya sucumbido ante el empuje infernal del judaísmo, considerado por muchos, con razón, como el más poderoso instrumento del Anticristo.
Cristo Nuestro Señor llamó al judaísmo la Sinagoga de Satanás y denominó a los judíos hijos del Diablo, no sólo por su maldad, sino quizá por el poder extraordinario que recibirían del demonio. Por algo, también el santo Concilio XII Toledano afirmó que los clérigos que ayudaban a los judíos en perjuicio de la fe formaban parte del cuerpo del Anticristo, llamando a los hebreos ministros del Anticristo, denominación que les confirmaron ilustres Padres y santos de la Iglesia.
Este poder para hacer el mal, que se antoja a veces sobrenatural, les viene del dragón, como lo profetizó San Juan en su Apocalipsis; pero la bestia y el dragón serán vencidos después de su temporal supremacía. Así está dispuesto por Dios, pero recordemos que San Juan en el capítulo XIII del Apocalipsis lo profetizó:
«1. Y vi salir de la mar una bestia, que tenía siete cabezas, y diez cuernos, y sobre sus cuernos diez coronas, y sobre sus cabezas nombres de blasfemia… 2. Y le dio el dragón su poder, y grande fuerza. 3. …Y se maravilló toda la la tierra en pos de la bestia. 4. Y adoraron al dragón, que dio poder a la bestia: y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién hay semejante a la bestia? ¿Y quién puede lidiar con ella? 5. Y le fue dada boca con que hablaba altanerías y blasfemias…7. Y le fue dado que hiciese guerra a los santos, y que los venciese. Y le fue dado poder sobre toda tribu, y pueblo, y lengua, y nación» .
El poder que le había sido dado a la bestia por el dragón, coincide en forma asombrosa con el que ha sido dado a la Sinagoga de Satanás para hacer el mal; además, está profetizado su poder temporal para vencer a los buenos. Ese vomitar blasfemias de la bestia, sobre todo en los países comunistas, está bien profetizado. Parece pues, muy acertada la interpretación que han hecho en diversas épocas algunos Padres de la Iglesia, teólogos y jerarcas del catolicismo, al considerar que el judaísmo postbíblico es la bestia del Apocalipsis.
Los hechos coinciden en forma tan asombrosa con la profecía que parece no haber lugar a duda.
Pero también está profetizado por Dios que la bestia y el dragón, después de sus triunfos temporales, serán definitivamente vencidos y arrojados al fuego. El Apocalipsis en su capítulo XX dice:
«9. Y Dios hizo descender fuego del cielo, y los tragó. Y el diablo, que los engañaba, fue metido en el estanque de fuego, y de azufre: en donde (estará) también la bestia. 10. Y el falso profeta será atormentado día y noche en los siglos de los siglos».
La profecía bíblica menciona también una segunda bestia, cuyas características coinciden en forma sorprendente con la quinta columna judía introducida en el clero, ya que tiene la apariencia del Cordero y, sin embargo, actúa como el dragón y su misión es ayudar a la primera bestia,
como la misión de la quinta columna es facilitar los triunfos de la Sinagoga de Satanás. En el capítulo XIII dice:
«11. Y vi otra bestia que subía de la tierra, y que tenía dos cuernos semejantes a los del Cordero, mas hablaba como el dragón. 12. Y ejercía todo el poder de la primera bestia en su presencia: e hizo que la tierra, y sus moradores, adorasen a la primera bestia, cuya herida mortal fue curada. 14. Y engañó a los moradores de la tierra con los prodigios que se le permitieran hacer delante de la bestia, diciendo a los moradores de la tierra, que hagan la figura de la bestia, que tiene la herida de espada, y vivió» .
A muchos parece en realidad sorprendente que el judaísmo, herido de muerte por la Inquisición y por la acción de los buenos, haya sobrevivido y curado sus heridas. Por otra parte, esa misión de la bestia con apariencia del Cordero, consistente en lograr que los hombres adoren a la primera bestia, coincide también en forma admirable con la labor que hacen los clérigos quintacolumnistas para que los fieles casi adoren a los judíos, pretendiendo que son de la sangre de Cristo Nuestro Señor, siendo que El los llamó hijos del Diablo y además son el enemigo capital de la Santa Iglesia.
Recordemos que quienes siguen a la bestia «cuyos nombres no están el libro de la vida» (Apocalipsis Cap. XVII, Ver. 8), «y el que no fue hallado escrito en el libro de la vida fue lanzado en el estanque de fuego» (Ap. Cap. XX, Ver. 15).
Después de este paréntesis, necesario para impedir que la tragedia que se está analizando debilite y abrume a los medrosos, seguiremos narrando sintéticamente el desarrollo del espantoso drama.
A las claras se veía que el cardenal Pierleoni y sus secuaces lo estaban preparando todo para su elevación al pontificado al morir el Papa reinante; y los cardenales y clérigos mejor orientados, más fieles a la santa iglesia, estaban justamente alarmados, ya que se encontraban convencidos de que el cardenal Pierleoni practicaba el judaísmo en secreto y de que con su elevación al trono de San Pedro, la Santa Iglesia caería en las garras de su enemigo secular, la sinagoga. Al efecto, contra dicho cardenal se lanzaban, entre otras, las siguientes acusaciones:
1ª. Que bajo la máscara de un cristianismo aparentemente fervoroso y sincero, Pierleoni practicaba el judaísmo en secreto, disimulándolo con el velo de elocuentes y piadosos sermones, ya que fue él uno de los mejores oradores sagrados de su época. Disimulaba su judaísmo con buenas obras y con una labor impresionante como administrador y organizador de las cosas de la Iglesia, demostrada en el puesto de Nuncio de Su Santidad, como organizador de concilios en Francia y como cardenal.
2ª. Que al margen de su riqueza particular estaba acumulando otra, mediante el despojo de iglesias, que había realizado con la colaboración de otros judíos, dinero que luego empleaba para intentar la corrupción del cuerpo cardenalicio y lograr el encumbramiento de los suyos a los obispados y al cardenalato por medio de intrigas e influencias, comprando incluso, a precio de oro, el voto de algunos cardenales para la siguiente elección papal.
Ante el peligro mortal, fue formándose en el Sacro Colegio Cardenalicio un grupo de oposición a Pierleoni de tendencias fuertemente antijudías, encabezado por el cardenal Gregorio de Sant´Angelo, por el Cardenal Aimerico y por Giovanni de Crema. Sin embargo, el cardenal Pierleoni llevaba en la enconada lucha, visible ventaja, por que contaba con el apoyo de la nobleza –muy infiltrada de judaísmo- y del pueblo, ganado por el oro y el poderío del cardenal criptojudío. Además, había tenido el cuidado de ir controlando las fuerzas armadas.
Sabiendo que los cardenales opositores lo acusaban de practicar el judaísmo, Pierleoni trataba de desmentir tales acusaciones con sus sermones piadosos e impecablemente ortodoxos, con una magnífica actuación en distintos campos, y hasta se dice que incluso construyó templos. Con todo esto, lograba desorientar a clérigos y seglares, haciéndoles creer que las acusaciones lanzadas contra él eran calumniosas y que en realidad el Cardenal Pierleoni era un sincero cristiano, atacado injustamente por los envidiosos y los antijudíos, propensos a ver israelitas hasta donde no los hay .
El Papa Honorio II, ya enfermo, se veía sujeto a las encontradas y fuertes presiones de ambos grupos. Viendo los cardenales antijudíos que el bloque filosemita de Pierleoni adquiría cada vez más fuerza y que tenía asegurado el voto de la mayoría de los cardenales, dio un golpe de audacia debido a la energía y resolución del cardenal francés Aimerico, canciller de la iglesia Romana, quien súbitamente hizo trasladar al Papa moribundo al monasterio de San Gregorio, ubicado en un monte. En medio de los forcejeos de ambas facciones, convinieron con Honorio en que la elección del nuevo Papa la harían ocho cardenales, al parecer designados por el mismo pontífice reinante y entre los cuales figuraba Pierleoni. Dichos purpurados estaban a la cabecera del moribundo esperando el fatal desenlace para proceder a la elección del nuevo Papa.
El fallecimiento de Honorio ocurrió providencialmente en un momento en que Pierleoni se había ausentado en unión de Jonatás; y los otros seis cardenales, estando todavía en el monasterio de San Gregorio, procedieron a enterrar precipitadamente al difunto para llevar a cabo, con gran sigilo, la elección de un nuevo Papa. Que recayó en la persona del virtuoso Gregorio Papareshi, cardenal de Sant´Angelo, de tendencias antijudías y quien al asumir el pontificado tomó el nombre de Inocencio II.
Cuando Pierleoni, que ya se consideraba casi Papa electo, vio que Papareschi, uno de sus rivales, había sido ya electo pontífice, no se dio por vencido, sino que, según dice Gregorovius,
«…asistido por sus hermanos León, Giordano, Rogerio, Uguccione y de numerosos clientes, marchó hacia San Pedro, abrió sus puertas con violencia y se hizo consagrar Papa por Pietro di Porto, tomó por asalto el Laterano, y se sentó sobre los tronos papales que estaban en aquella Iglesia y fue a santa maría Mayor y secuestró el tesoro de la Iglesia. Toda Roma resonó con el estruendo de la guerra civil, ahí mismo donde millares de manos se extendían ávidamente para recoger el oro que Anacleto derrochaba» .
Indudablemente este Pierleoni fue, en cuanto a simonía se refiere, un digno discípulo de su antecesor judío Simón el Mago, y quizá hasta le aventajó, iluminado tal vez con la experiencia hebraica de siglos, logrando por diversos medios que más de las dos terceras partes de los cardenales lo eligieran Papa, adoptando el nombre de Anacleto II.
El craso judío se adueñó fácilmente de la situación y le llovieron adhesiones de todos lados, mientras Inocencio II tenía que huir con sus fieles cardenales, refugiándose en el palacio, amparado por la defensa de la fortaleza de los Frangipani. Las tropas de Pierleoni asaltaron el palacio sin éxito, pero como, según dice Gregorovius,
«…viera Inocencio que por sus murallas penetraba el oro de su enemigo, huyó en abril o en mayo al Trastévere donde se escondió en la torre de su familia, mientras Anacleto celebraba tranquilamente en san pedro la fiesta de la Pascua, excomulgaba a su contrincante, destituía a los cardenales que le eran contrarios, y designaba otros en su lugar. La defección declarada de los Frangipani dejó a Inocencio al descubierto y sin defensa, por lo que no le quedó otra alternativa que la fuga» .
Todo parecía humanamente perdido para la Santa Iglesia; el triunfo de la quinta columna judía introducida en el clero se antojaba ya definitivo; su sueño secular de conquista del papado parecía al fin realizado. La Cristiandad, al parecer, había sucumbido en la lucha contra la Sinagoga de Satanás.
Capítulo Vigésimo Sexto:
«SAN BERNARDO Y SAN NORBERTO LIBERAN A LA IGLESIA DE LAS GARRAS DEL JUDAÍSMO»
En esta crisis de la Iglesia, la Divina providencia, según lo tiene prometido, acudió a salvarla. Para ello se valió –como acostumbraba siempre- del surgimiento de hombres capaces y resueltos a sacrificarlo todo para lograr la salvación de la catolicidad; caudillos que en un momento dado por inspiración de Dios, saben estimar en toda su magnitud el desastre ocurrido o la catástrofe que se avecina y que se lanzan en cuerpo y alma con desinterés, con mística superior y empuje arrollador, a la lucha contra la sinagoga y sus secuaces.
Así surgió San Ireneo, cuando el gnosticismo judaico amenazó desintegrar a la cristiandad; de igual manera apareció san Atanasio, el gran caudillo antijudío, cuando la herejía del hebreo Arrio estuvo a punto de desquiciar a la Iglesia y así surgieron después, en situaciones parecidas, San Juan Crisóstomo, San Ambrosio de Milán, San Cirilo de Alejandría, San Isidoro de Sevilla, San Félix, San Agobardo, el arzobispo Amolón y muchos otros, todos luchando implacables, iluminados por la gracia divina, tanto en contra de los judíos enemigos seculares de la Santa iglesia, como de su quinta columna, de sus herejías y de sus movimientos subversivos.
Ahora que la Iglesia sufría quizá la más grave crisis desde su nacimiento, ¿quién surgiría? ¿quién o quiénes serían los caudillos antijudíos, instrumentos de Cristo en esta ocasión para salvar a su Santa Iglesia?
Como de costumbre, la asistencia de Dios se manifestó a través de la aparición de dos grandes luchadores: San Bernardo, Doctor de la Iglesia y Abad de Clairvaux y San Norberto, fundador de la Orden Norbertina y Arzobispo de Magdeburgo, emparentado con la familia imperial de Alemania.
Cuando San Bernardo tuvo noticia de los infaustos acontecimientos ocurridos en Roma, tomó una resolución que muchos se resisten a tomar, o sea, la de dejar la vida apacible y tranquila del convento para lanzarse a una lucha dura, llena de incomodidades, sufrimientos y peligros, que además a todos se antojaba perdida, ya que el supuesto Papa –el criptojudío Pierleoni- dominaba por completo la situación con su oro y con el apoyo que seguía recibiendo. Mientras, Inocencio II, abandonado y fugitivo, excomulgado por Anacleto, parecía tenerlo todo perdido, debilitando todavía más sus pretensiones una elección que, según el decir de teólogos e historiadores eclesiásticos de peso, no era muy canónica. Sin embargo, San bernardo tomó en sus manos la causa ya casi liquidada, sólo porque tenía la convicción de que era la buena, de que la santa iglesia no podía en tal forma caer en las garras de su peor enemigo: el judaísmo.
Prescindiendo del problema de que la mayoría de 23 cardenales habían votado por Anacleto en contra de seis que votaron por Inocencio y haciendo caso omiso de la forma en que había sido electo éste, San bernardo consideró la cuestión desde el punto de vista que debía considerarse. En carta dirigida al emperador Lotario de Alemania, decía entre otras cosas: «…Que era `una afrenta para Cristo que un vástago judío ocupara el trono de San Pedro´». Con ello ponía el santo Doctor de la Iglesia el dedo en llaga y diagnosticaba la situación en toda su gravedad, pues en realidad, era imposible que un judío, enemigo de la santa iglesia, fuera Papa. También, en dicha carta al emperador decía que: «…la reputación de Anacleto era baja incluso entre sus amigos, mientras que Inocencio II estaba al abrigo de toda sospecha«.
El Abad Ernald, biógrafo contemporáneo de San Bernardo, informa que Pierleoni, como legado y como cardenal había amasado inmensas riquezas y «…que después había robado a las iglesias despojándolas de sus valores….Y que cuando incluso los malos cristianos que lo seguían se habían negado a destruir cálices y crucifijos de oro para fundirlos, Anacleto utilizó judíos con este propósito y ellos celosamente destrozaron los vasos sagrados y los grabados, y con el dinero obtenido de la venta de estos objetos, Anacleto según se tenían informes, estaba en posibilidad de perseguir a los partidarios de Inocencio II, su rival».
El Obispo Humberto de Lucca, el Dux veneciano Andreas Dándolo, Anselmo Abad de Gembloux y otros cronistas e historiadores presentan estas y otras gravísimas acusaciones contra el antipapa judaico .
El punto clave en esta lucha radicaba principalmente en la persona del emperador de Alemania y también en el rey de Francia, representando ambos las fuerzas políticas entonces más potentes en la catolicidad. San bernardo, con la ayuda de su gran amigo San Norberto, dirigió todo su empeño a convencer a ambos monarcas que se encontraban indecisos, para que prestaran todo su apoyo a Inocencio, con ese objeto les envió cartas y realizó ante ellos toda clase de gestiones.
Luis VI de Francia no se resolvió al fin y pidió que se reuniera un concilio, congregado de acuerdo con su deseo en Etampes , al que acudió San Bernardo, quien con su elocuencia y ardor logró que los Padres del sínodo se declararan a favor de Inocencio, aduciendo entre otras razones, además de las ya apuntadas, la de haber sido electo primero y la de que, aunque Anacleto había tenido después el voto de una mayoría abrumadora de cardenales, la elección primera seguiría siendo válida mientras no fuera jurídicamente anulada. Se argüía además que Inocencio había recibido su consagración pontifical de manos del funcionario competente para realizarla, es decir, del cardenal Obispo de Ostia.
De mucho sirvió la audacia y energía del heroico cardenal Aimerico, que en forma precipitada y secreta mandó enterrar al Papa, inmediatamente después de fallecido, procediendo en forma rápida, aunque de una manera un tanto irregular, a la elección de Inocencio. La Santa Iglesia, la Cristiandad, y en general la Humanidad entera deben estar agradecidas y honrar la memoria de este audaz y activo cardenal, que al iniciar con su golpe de mano la lucha por la salvación de la santa iglesia, contribuyó a la salvación de todo el mundo, pues si los judíos hubieran logrado el dominio de la Cristiandad hace ocho siglos, la catástrofe que ahora amenaza en forma aterradora el orbe entero, hubiera ocurrido quizá varios siglos antes; en una época en la cual el Islam también se encontraba seriamente amenazado por la red de organizaciones secretas revolucionarias criptojudías, que como los Batinis y los Asesinos, amenazaban con desintegrarlo y dominarlo.
Inocencio II, que había llegado a Francia recientemente, fugitivo de Italia, con el apoyo del santo Concilio de Etampes vio resurgir su causa, al parecer ya perdida. El reconocimiento y respaldo conciliar fue seguido por el muy valioso, en el orden temporal, del rey de Francia, que a partir de ese momento se constituyó en uno de los principales sostenes de Inocencio en contra de su rival, declarado entonces antipapa por el citado sínodo. Siguiendo el monarca francés la pauta observada por San Bernardo, no discutió ya cuál de los papas electos era el legítimo, sino cuál de ellos era más digno, según lo dejó consignado el célebre Sugerio, Abad de Saint Denis. Fracasó pues, ante la arrolladora actividad de san bernardo, la habilísima diplomacia de Anacleto, que hacía alardes de piadoso cristianismo, empleando todos los medios a su alcance para ganarse el apoyo del rey de Francia. Fingía aparatosa piedad y disfrazaba sus proyectos reformistas con la idea de pugnar por devolver a la iglesia la pureza de sus primeros tiempos, bandera siempre muy popular, por ser loable y noble. Había empezado por adoptar el nombre del segundo sucesor de San Pedro, es decir, del Papa Anacleto I.
Nos encontramos pues, al parecer, delante de una de las primeras manifestaciones de esa bestia apocalíptica, cubierta con las apariencias del Cordero, es decir, de Cristo Nuestro Señor, pero que actúa como dragón. Por algo fue común, en esa época, entre santos, obispos, clérigos y seglares, considerar a Anacleto II como Anticristo, o en el más benévolo de los casos, como precursor del Anticristo.
La actitud que asumiera Lotario, emperador de Alemania, iba a ser decisiva en esta fecha. Con gran acierto indicó que este asunto era de la competencia de la misma Iglesia y al efecto fue convocado otro concilio en Wurzburgo, en el que intervino San Norberto en forma decisiva, inclinando al episcopado alemán a brindar todo su respaldo a Inocencio. Sin embargo, una batalla casi decisiva iba a realizarse en el santo Concilio de Reims, celebrado a fines del año 1131, que fue una derrota completa para Pedro Pierleoni, ya que en tal sínodo los obispos de Inglaterra, Castilla y Aragón reconocieron a Inocencio como Papa legítimo, uniéndose en tal sentido a los episcopados francés y alemán que ya lo habían reconocido. En dicho sínodo fue también excomulgado Pierleoni. Justo es reconocer que en esta lucha fueron también un elemento vital las Ordenes religiosas, que conscientes, en esos tiempos, del peligro que representaba el judaísmo para la iglesia, veían en Anacleto el mayor mal que había enfrentado hasta ese momento la Cristiandad; y con dinamismo y pasión volcaron la actividad de sus conventos, empeñados en salvar a la Santa Iglesia de la amenaza mortal.
Desgraciadamente en nuestros tiempos en que la Santa iglesia está tan amenazada por el comunismo y la quinta columna judaica introducida en el clero, nos e ven indicios de que la gigantesca fuerza de la Ordenes religiosas –que podría quizá salvar la situación- se apreste a la lucha. Su día entero lo tienen ocupado en piadosos menesteres, muy dignos de elogio, pero que en las actuales circunstancias les impiden dedicar su actividad a la tarea fundamental de salvar a la iglesia. Creemos que si estas Ordenes despertaran de su letargo, se darían cuenta de que ahora, como en los tiempos de Pierleoni, es indispensable dejar en gran parte, por el momento, los piadosos menesteres que les absorben todo su tiempo, para dedicar buena parte de él a la lucha para salvar a la Cristiandad, con lo que se daría un paso decisivo hacia la salvación.
¡Que Dios Nuestro Señor ilumine a los Padres generales de dichas Ordenes y les haga ver la necesidad de tomar una suprema y decisiva resolución al respecto! Las oraciones y actividades de la Regla son muy importantes; pero más importante todavía es salvar a la Santa Iglesia del peligro judeo-comunista que amenaza con aniquilarla. San Bernardo y muchas legiones de frailes tuvieron que dejar la tranquilidad de los conventos y la observancia rigurosa de las Reglas (naturalmente con los permisos adecuados), para lanzarse a las calles a salvar a la Cristiandad. ¡Y lo lograron!
Después del Concilio de Reims ya no quedaba a Pierleoni sino el apoyo de Italia (en su mayoría) y, principalmente, el del Duque Rogerio II de Sicilia, su cuñado, que prácticamente dominaba la situación de la península. De algo había servido el matrimonio de la judía conversa Pierleoni, hermana del antipapa, con el citado duque. El estratégico matrimonio estaba ya rindiendo sus frutos.
Para lograr el triunfo definitivo contra el judío que usurpaba en Roma el trono de San Pedro, era preciso una invasión militar, una especie de cruzada; y fueron San Bernardo y San Norberto los que convencieron a Lotario, emperador de Alemania, para que la realizara. Este, con un modesto ejército, se reunió con Inocencio en el norte de Italia y avanzó desde ahí hasta tomar Roma sin resistencia, ya que muchos nobles italianos traicionaron a Anacleto a última hora. Lotario instaló a Inocencio II en Letrán, mientras que Pedro Pierleoni se refugiaba en Sant´Angelo, controlando San Pedro, razón por la cual el emperador fue coronado por Inocencio en Letrán. Pero como Rogerio de Sicilia avanzase entonces al frente de un poderoso ejército, Lotario tuvo que retirarse, por lo cual no pudo sostenerse en Roma Su Santidad el Papa, que tuvo que volver a huir, dejando de nuevo allí al antipapa judío dueño de la situación. Retirado Inocencio a Pisa, reunió en esta ciudad un magno concilio, al que asistieron obispos de casi toda la Cristiandad y gran cantidad de priores de conventos, que desempeñaron un papel muy importante en esta lucha. Entre ellos se encontraba San bernardo, acaudillando siempre la pelea.
Al año siguiente, Lotario volvió a invadir Italia para instalar en Roma al Papa legítimo y arrojar de allí al judío usurpador. La conducta del emperador de Alemania es muy digna de tomarse en cuenta, ya que en esos momentos críticos para la Iglesia y para el mundo cristiano, supo hacer a un lado sus intereses personales y los resentimientos del imperio a causa de la dura lucha de las investiduras, para entregarse en cuerpo y alma a la tarea de salvar a la Cristiandad.
¡Ojalá que en la actual crisis mundial abunden los jerarcas que imiten una tan noble conducta y que sepan posponer sus intereses particulares a las necesidades generales, olvidando rencores –muchas veces justificados- en aras de la unión de todos los pueblos en la lucha de liberación universal que debe sostenerse en contra del imperialismo judaico y de sus dictaduras masónicas o comunistas!
Con muy justa razón S.S. el Papa Inocencio II, en el fragor de la terrible lucha, escribía al emperador Lotario diciéndole: «La Iglesia, con divina inspiración, te ha escogido y elegido a ti en calidad de legislador como a un segundo Justiniano, y como a un segundo Constantino para combatir la herética impiedad de los judíos» .
La campaña victoriosa llevó a Lotario hasta derrotar a Rogerio y replegarlo hasta Sicilia, pero no pudo tomar Roma, en donde siguió instalado el antipapa judío, para escándalo de toda la Cristiandad. Al retirarse de Italia, Lotario y sus ejército, Rogerio de Sicilia la reconquistó casi por completo, con lo que la causa de Pierleoni parecía resurgir en forma peligrosa.
La alarma en la Cristiandad fue cada vez mayor, ya que surgía de nuevo amenazadora la potencia del antipapa, a quien Arnulfo, obispo de Liseaux, Manfredo, obispo de Mantua y otros distinguidos prelados, llamaban a secas «judío». El arzobispo Walter de Rávena denunciaba el cisma de Anacleto como «herejía de la perfidia judía» y el rabino Louis Israel Newman afirma que el partido de Inocencio decía que Anacleto era el «Anticristo«, opiniones que fueron confirmadas al emperador Lotario por los cardenales que apoyaron al Papa ortodoxo. El propio Inocencio II, convirtió en grito de batalla la afirmación de que la usurpación de Anacleto era «una insensata perfidia judía«. El estudioso rabino citado termina su narración de esta lucha con el siguiente comentario:
«El `Pontífice judío´ mantuvo con éxito su posición, hasta su muerte el 25 de enero de 1138…».
Este dirigente israelita, más honrado como historiador que otros, no tiene pues, reticencias ni temores y afirma con toda claridad que Pierleoni fue un hebreo, llamándolo además expresamente «Pontífice judío«, mientras llega su osadía al grado de llamar antipapa a Inocencio II .
Muerto en Roma el judío usurpador con todos los honores papales, el Cuerpo Cardenalicio –que según se decía estaba inundado por purpurados que practicaban en secreto el judaísmo- procedió a designar un nuevo Papa, o mejor dicho antipapa, nombramiento que recayó en la persona del cardenal Gregorio, designado con la aprobación y el apoyo de Rogerio de Sicilia.
El nuevo Papa –antipapa- tomó el nombre de Víctor IV, mientras la incansable predicación de San Bernardo, junto con la presión de los ejércitos alemanes, había logrado ir conquistando para el Papa legítimo la adhesión de los principales baluartes de Pierleoni, como Milán y otras ciudades italianas, terminando al fin con la misma Roma, conquistada por la santidad y elocuencia de San Bernardo. El antipapa judío tuvo que refugiarse en esta ciudad en los últimos días, otras vez en San Pedro, ocupando también el poderoso castillo de Sant´Angelo. Sin embargo, el partido de los Pierleoni decrecía y se hundía paulatinamente, hasta que el nuevo antipapa Víctor IV se encontró ante una situación prácticamente insostenible. La elocuencia de San Bernardo acabó por convencerlo a capitular.
En este episodio vemos de nuevo surgir la táctica que en el judaísmo sigue desempeñando un papel decisivo a través de sus luchas políticas: cuando una facción judaica o dominada por el judaísmo se ve perdida, trata de impedir que la derrota inminente se convierta en destrucción y en catástrofe, fingiendo a tiempo rendirse a su enemigo, implorando misericordia o negociando el permiso para conservar las mayores posiciones posibles, a cambio de prometer sumisión y fidelidad. Al salvarse esa fuerza judaica de la destrucción, conserva a menudo algunas posiciones valiosas en le nuevo régimen del vencedor, que lejos de agradecer, utiliza las sombras para conspirar, para ir reorganizando en secreto sus fuerzas, para irlas acrecentando con el tiempo más y más, y para dar, en el momento oportuno, el golpe traidor que aniquilará al enemigo confiado y generoso, que en vez de destruir al ingrato adversario cuando pudo hacerlo, le dio la posibilidad de resurgir y dar de nuevo el zarpazo. Esta ha sido la historia de las luchas entre cristianos y judíos durante más de mil años y ha sido también una de las cusas principales de los resurgimientos de la sinagoga, tras de sus espectaculares derrotas.
Tanto Giordano como los demás hermanos de Pedro Pierleoni fingieron arrepentimiento, pidieron perdón, abjuraron de toda herejía y se reconciliaron con la legítima autoridad pontificia; con sus actitudes hipócritas conmovieron al Papa Inocencio II y a San bernardo, quienes generosamente les perdonaron. En vez de destruir su fuerza. Su Santidad les conservó sus grados y su posición en la corte pontificia; y después, hasta los honró con homenajes y cargos, con el ánimo de lograr la unificación firme y duradera de la Santa Iglesia, tratando de conquistar con bondad extrema a esos criptojudíos que quizá conmovidos por tanta generosidad, tendrían al fin un sincero arrepentimiento.
En el terreno eclesiástico obró Inocencio con mayor energía, y habiendo reunido en 1139 un concilio ecuménico, que fue el II de Letrán, al mismo tiempo que se condenaban las doctrinas de Arnaldo de Brescia y de Pedro de Bruys, fueron anulados los actos de Anacleto y degradados todos los sacerdotes, obispos y cardenales; en una palabra, todos los clérigos ordenados por Pierleoni, y declaradas ilícitas todas sus ordenaciones , ya que se les tenía por cismáticos, y la opinión general consideraba que abundaban entre ellos los herejes judaizantes, o sea, los que practicaban ocultamente el judaísmo, con lo cual el Santo Padre limpió el clero de judíos secretos, saneando las jerarquías y destruyendo de un solo golpe todas las infiltraciones hebraicas dentro del mismo, realizadas, como es fácil comprender, al amparo del «Pontífice judío«, como lo llama el ilustre rabino Newman.
Pero la magnanimidad que en lo político había tenido el Papa con el vencido Giordano Pierleoni y sus hermanos, iba a ser trágica para la Santa Sede.
Es necesario hacer notar que en esta política de perdón debe haber influido San bernardo, a quien su excesiva bondad hizo concebir la idea de que quizá cambiando de política hacia los hebreos podría la Santa Iglesia ablandar su endurecido corazón de los mismos. San Bernardo, al mismo tiempo que combatía las actividades cismáticas y heréticas de los judíos, usaba con ellos de extrema indulgencia, oponiéndose a que se les persiguiera y a que se les causara perjuicio alguno. Quiso, en otras palabras, amansar lobos a base de bondad, pensando quitarles así su ferocidad.
Como siempre, los israelitas abusaron de la bondad de San Bernardo y demostraron con hechos muy elocuentes que es imposible convertir a los lobos en dóciles ovejas. Los acontecimientos de los siglos posteriores así lo demostraron y obligaron a la santa Iglesia a obrar de forma enérgica y a veces implacable en su lucha contra los hebreos. Las hogueras de la Inquisición fueron, en gran parte, el resultado del lamentable y triste fracaso de la generosa política de perdón, tolerancia y bondad preconizada por San Bernardo.
