MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA

Capítulo octavo
MORAL Y SANCIÓN
El pensamiento de la muerte, si se prescinde del amor a Dios, puede proyectar oscura y siniestra sombra sobre toda existencia terrestre.
Por esto el antiguo proverbio de la India, después de haber observado que la mitad de los años de una vida humana transcurre en el sueño, la mitad de la otra mitad en la inconsciencia de la infancia y de la ancianidad y el resto en el trabajo, en las enfermedades, en las separaciones y en los dolores, preguntaba: «¿Cómo pueden los hombres encontrar paz en una vida que se asemeja al sonido de una ola?» Y el poeta pesimista Lenau exclamaba:
Humano corazón, ¿qué es el placer
Aquí abajo? Un instante que, al nacer
Como un enigma, apenas aparece
Vuela y no torna más.
El alma de verdad del pesimismo está precisamente en tomar con precisión y con intensidad la nada de todos los valores humanos, cuando se considera lo relativo separado de lo absoluto, cuando se mira al tiempo sin la conexión que tiene con la eternidad y cuando se ve al hombre a una luz que no es la de Dios.
La escena se transforma, sí, como hemos dicho, el Amor divino ilumina a la vida y a la muerte y si todo se contempla y se vive como un rayo de este único Sol. Entonces la realidad humana no es más una leve sombra que se desvanece, sino que adquiere un valor eterno.
Sólo quien comprende la conexión entre el Amor de Dios y el acto humano, entre la acción en su apariencia exterior y la acción en su alma vivificadora, entre el tiempo que pasa y la eternidad que permanece, puede plantear y más aun puede resolver el verdadero problema de la sanción en la moral cristiana.
Una vez más: debemos considerar toda cuestión de ética en función del concepto de Amor.
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1
La triple sanción
Ante todo es un error garrafal creer que la sanción de la virtud o del vicio, del acto bueno o del acto malo —según la moral cristiana—, deba relegarse sólo al más allá o que el más allá no tenga unión orgánica con la vida de aquí abajo.
Absolutamente no.
a) Estando el hombre ordenado a Dios y debiendo vivir según la ley del Amor a Dios, cada vez que traiciona su deber o que las bagatelas lo fascinan, encuentra en sí mismo la primera sanción. «Omnis animus inordinatus pœna sui ipsius», observa San Agustín en sus Confesiones, y en toda la literatura patrística y ascética abundan páginas relativas al remordimiento.
Lo que hay de verdad en la ética estoica, lo reconoce y proclama siempre el Cristianismo. Cuando el estoicismo antiguo y el moderno enseñan «virtus pretium sui» y «vitium pœna sui», cuando recuerda que a cada acción humana es inmanente una sanción, repite lo que el Antiguo y el Nuevo Testamento proclaman y la experiencia de cada uno puede confirmar. La propia dignidad, elevada, deprimida o destruida, o en otros términos, el verdadero e iluminado amor de nosotros mismos, tiene conexión con nuestra libertad de obrar. Quien ama las cosas grandes, se siente grande; quien ama a Dios, es transformado y divinizado por Dios; quien, por el contrario, peca, se degrada y el gusano roedor de la conciencia lo amonesta y lo atormenta.
Sin embargo este premio o este castigo inmanentes no deben interpretarse como un simple «sentimiento» que pueda descuidarse o despreciarse impunemente, sino que debe reducirse al Amor de Dios hacia nosotros.
La alegría de la conciencia o su íntimo tormento son fruto de nuestra voluntad que acepta o rechaza el amor de Dios y proclama en nosotros este mismo Amor. Las mismas consecuencias amargas que alguna vez nos provienen de una culpa, y sobre todo la conciencia desgarrada por los remordimientos, tienen idéntico significado.
Con razón, al Innominado que exclamaba: «¡Dios, Dios, Dios! ¡Si lo viese! ¡Si lo sintiese! ¿Dónde está este Dios?», el buen cardenal Federico contestaba: «¿Lo preguntas tú? ¿Tú? Y ¿quién lo tiene más cerca? ¿No lo sientes en el corazón que te oprime, te agita, no te deja en paz, te atrae, te hace presentir una esperanza de quietud, de consuelo que será completa, inmensa, en cuanto lo reconozcas?»
Con razón el autor de la Imitación de Cristo susurra a nuestro oído: «Estar con Jesús es un dulce paraíso»: el Paraíso y el Infierno no comienzan con el instante de la muerte, sino aquí en la tierra con nuestra acción.
«Tengo el Infierno en el corazón», decía también el Innominado; «tengo el Paraíso en el alma», afirma el justo.
Y no se trata de metáforas. Porque, ¿cuál es la verdadera esencia del Infierno, sino la separación de Dios y de su Amor? ¿Qué será el Cielo, sino nuestra unión con Dios en la visión beatífica y en el Amor eterno? Es verdad: la flor completamente abierta no es igual a la semilla de que proviene, con todo está orgánicamente unida con la misma semilla: la felicidad o la infelicidad eternas no son sino el completo desarrollo de la realidad actual.
b) No siendo nosotros átomos dispersos, sino, al contrario, constituyendo un mismo organismo místico en Cristo, es evidente que toda culpa nuestra repercute en todos los hermanos, lo mismo que todo acto virtuoso influye benéficamente en ellos.
Hay aun en esta tierra una sanción no sólo individual, sino también social. Y con esta expresión aludo no tanto a los honores tributados al buen ciudadano o a las penas infligidas al deshonesto, sino más bien a los resultados de nuestras acciones.
Así como es innegable, según Isabel Leseur, que «quien se eleva, eleva consigo a todo el mundo», así también es inevitable que toda culpa sea la primera chispa provocadora de un incendio destructor.
Y también en esto, cuando con los positivistas y los utilitarios se ilustra la sanción social que acompaña al bien y al mal, se afirma una gran verdad recordada siempre por el Cristianismo al inculcar el sentido de la responsabilidad que debe iluminarnos en el combate cotidiano.
Pero repitamos una vez más que por el Amor debemos tener alerta en nosotros ese conocimiento. El amor a nuestro prójimo ilumina este punto esencial de la ética y esta especial sanción suya.
Al Caín que dijese: «¿soy acaso el guardián de mi hermano? y ¿qué me importa del bienestar o del perjuicio de los demás?», el Cristianismo le recuerda que somos responsables no sólo de nuestras acciones, sino también de las consecuencias de éstas, las que para ser valoradas seriamente, deben ser examinadas no sólo en sí y en su intrínseca malicia o bondad, sino también en su relación con los otros. Encender un fósforo para fumar un cigarrillo puede ser un delito, si nos encontramos cerca de un poco de dinamita…
c) Hay una tercera sanción, ligada no ya al amor, que debemos tener y cultivar, a nosotros y al prójimo, sino al amor a Dios, el cual se manifiesta inicialmente en esta vida con las dos sanciones imperfectas, que hemos descrito, y se desarrolla después en la sanción completa de la eternidad, que se llama Paraíso, Infierno, Purgatorio y que ahora estudiaremos también en relación al Amor.
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2
El Paraíso y el amor
Advirtamos inmediatamente que serla pretensión absurda querer encaminarnos
por los floridos
senderos de la esperanza
hacia la eterna pradera
que los deseos supera,
si no nos sostiene el Amor.
Dios nos ha creado por amor; por amor nos ha elevado al orden sobrenatural y nos ha unido a Él con la gracia y con la caridad; por amor quiere que no estemos separados de Él, ni en ésta, ni en la otra vida. Por ende el Paraíso de parte de Dios no es sino su Amor a nosotros y el premio de nuestro amor a Él.
De nuestra parte, en este período de prueba —que Dios ha querido concedernos porque nos ama, o sea, porque con un gesto exquisitamente hermoso de amor ha querido que cooperásemos en la adquisición de la felicidad— conquistamos el Paraíso con el amor que profesamos a Dios, observando por amor la ley moral, amándolo sobre todas las cosas y amando a nuestro prójimo por su amor; y el grado del premio será proporcionado al grado de nuestro amor.
En sí mismo, ¿qué es el Paraíso? Consiste en la visión de Dios ya no per speculum et in ænigmate, sino cara a cara y en el amor que nos unirá a Él por toda la eternidad.
El Paraíso, como expresa la Santa de Siena, será nuestra inmersión en el mar de la Trinidad. Jesucristo nos une a Él en esta vida y constituimos un mismo cuerpo místico con el Hijo, convirtiéndonos así, por esta incorporación, en hijos adoptivos de Dios. Unidos a Cristo conoceremos al Padre y lo amaremos, no ya con un conocimiento y un amor meramente humanos, sino con el conocimiento del Verbo y con el Amor del Espíritu Santo.
Santa Catalina en el piadoso fervor de su alma en fiesta rogaba:
«¡Oh poderosa y eterna Trinidad! ¡Oh dulcísima e inefable Caridad! ¿Quién no se inflamará con tanto amor? ¿Qué corazón podrá no consumirse por Ti? ¡Oh abismo de caridad! ¡Estás tan perdidamente apegado a tus criaturas, que pareces no poder vivir sin ellas! ¡Con todo eres nuestro Dios! Tú no necesitas de nosotros. Nuestro bien nada añade a tu grandeza, pues eres inmutable.
¡Nuestro mal no podría acarrearte daño alguno a Ti, que eres la soberana y eterna Bondad!… ¿Quién te atrae a Ti, Dios infinito, hacia mí, pequeña criatura? ¡Nadie más que Tú mismo, fuego de amor! Sólo el Amor te impelió siempre y te impele aún a tener misericordia de tus criaturas, colmándolas de gracias infinitas y de dones sin medida. ¡Oh Bondad superior a toda bondad, Tú sola eres sumamente buena!»
La felicidad eterna consiste en esta posesión segura y perenne del Ser que es todo el Ser y por esto satisface todo deseo, en la visión intuitiva que nos revelará los secretos de la Caridad infinita, y en el amor infinito de Dios.
Desear el Paraíso significa, pues, aspirar al Amor que corona la vida cristiana y que, por ser eterno e inmortal en sí mismo, será premio eterno e inmortal también para nosotros.
El cupio dissolvi de San Pablo; el grito de Santa Catalina de Siena: «como el ciervo desea el agua de la fuente, así mi alma desea salir de la tenebrosa cárcel del cuerpo para verte en verdad»; el grito de San Felipe Neri que toma el capelo cardenalicio que le enviara el Papa y lanzándolo en alto repite: «¡Paraíso! ¡Paraíso!», son voces de amor, que no niegan los valores humanos, que más bien los utilizan y desenvuelven, pero que no reponen en éstos el corazón como si en la tierra tuviesen morada permanente: más aun, miran al Cielo y de Cielo llenan la tierra.
Habrá cristianos imperfectos, que pensarán en el Amor eterno del Paraíso como en una felicidad; habrá cristianos perfectos, que dirigirán preferentemente su mirada al Dios del Amor, pero para unos y otros el Paraíso es sólo el triunfo del Amor.
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3
El Purgatorio y el amor
Pero entonces ¿qué implica el Paraíso?
Implica el amor a Dios con todo el corazón, con toda la inteligencia, con todas las fuerzas. Quien no tiene la pureza del amor, o sea, quien muere teniendo aún alguna satisfacción que dar o también algún amor a las creaturas o a las culpas, no puede entrar en el Paraíso.
Para comprender mejor la purificación total del ser humano, que —según la frase de San Pablo a los Colosenses— nos hace dignos de entrar a formar parte de la compañía de los Santos en la luz y nos transporta al reino del Hijo del Amor, sería necesario resumir las obras de San Francisco de Sales o la Subida al Carmelo de San Juan de la Cruz.
Mientras, aun estando libres del pecado mortal, no hayamos pasado por la noche oscura de la mortificación de los apetitos humanos, de la abnegación de los placeres humanos y de los afectos a las creaturas; mientras la expiación del pecado venial o de las penas por las culpas perdonadas —sean graves o leves— no haya hecho desaparecer completamente las manchas de lo terreno, no nos es posible entrar en el Cielo.
El Paraíso es amor a Dios; si amamos desordenadamente a las creaturas, o sea, si aún subsiste en nosotros algún minúsculo idolillo, si todavía debemos alguna satisfacción a la justicia divina, Dios no nos une a Él en la gloria.
Es ésta la razón del Purgatorio. El amor de Dios lo ha creado para purificar a las almas de todo otro amor y de toda mancha y hacerlas capaces de la visión y de la posesión del Amor infinito.
Y nosotros, no separados de esas Almas, sino unidos a ellas en Cristo, podemos apresurar su absoluta purificación interior con los sufragios de la caridad. La oración en favor de las Almas del Purgatorio no es sino una forma del amor al prójimo para gloria del amor de Dios.
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4
El Infierno y el amor
Alguien se asombrará al oír hablar ahora del infierno en función del concepto de Amor. Pero no se maravilló el poeta-teólogo, nuestro Dante, en sus tercetos:
Por mí se va tras la ciudad doliente,
Por mí se va al eterno sufrimiento,
Por mí se va con la maldita gente.
Movió a mi Autor el justiciero aliento;
Hízome la Divina Gobernanza,
El Primo Amor; el Alto Pensamiento.
Antes de mí, no hubo jamás crianza,
Sino lo eterno; yo por siempre duro:
¡Abandona al entrar toda esperanza!
Para comprender el pensamiento de Dante es útil hacer una reflexión.
Analicemos el estado de alma de los que no quieren concebir un Infierno eterno, o sea, que quieren reemplazarlo con el Purgatorio. Si se observa bien, esta pretensión oculta el más brutal y el más descarado egoísmo.
En efecto, podría enunciarse así: «Yo pecador, no quiero amar a Dios ahora, en este periodo de prueba en que debería mostrar con mi vida moral mi amor hacia Él; a Él prefiero la carne, el oro, mi yo y otras cosas por el estilo. Hasta la muerte, hasta el último instante quiero conservar esta orientación espiritual. Más adelante, cuando con el término de mi existencia terrenal no pueda gozar ya de estos bienes, entonces… ¡entonces Dios sería injusto, si no me concediese su amor! ¿Por qué debe tenerme separado de Él por toda la eternidad? ¿Por qué debe hacerme sufrir por siempre? Para aquel entonces cambiaré de parecer. Me dirigiré a Dios cuando no pueda desear otra cosa. Pero entendámonos: si entonces yo pudiese gozar aun, como ahora, prescindiría de Dios…»
Por ende, el contraste entre Dios y el réprobo se manifiesta en esta forma. Por una parte, tenemos el Amor infinito; tenemos a Jesucristo que nos ha amado hasta encarnarse y morir por nosotros; tenemos tal profusión de amor y de gracias que Dios puede preguntarse con toda razón: «¿qué más pude hacer por mi viña y no lo he hecho?»; tenemos una continua insistencia de Dios sobre el pecador hasta el último aliento; por otra parte, tenemos la repulsa voluntaria, culpable, obstinada del Amor a Dios.
El tiempo de prueba concluye con la muerte. Hasta la separación del alma del cuerpo, Dios llama al hijo rebelde y le advierte que de él depende una eternidad. Y el hijo rechaza el llamamiento del Primer Amor.
¿Acaso la justicia no exige un castigo proporcionado a la culpa? Y ¿cómo se puede negar que la culpa en este caso es de gravedad infinita, por ser infinitos el Amor insultado y la estúpida rebelión?
De aquí la pena de daño en la que consiste esencialmente el Infierno, o sea, la separación perenne del Amor y el odio a Dios; de aquí también la pena de sentido, en cuanto el condenado se abrasará en las llamas, verdaderas y reales, que le recordarán el fuego del Amor divino rechazado; de aquí la exactísima definición, que Santa Catalina de Génova daba de Satanás: «el que no ama, ni puede amar».
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5
Conclusión
La ley moral tendrá así su sanción perfecta en el Amor conquistado o perdido por siempre. Y en el último de los días, en el juicio universal, la sanción será proclamada, no únicamente para cada individuo, sino para toda la humanidad.
El mundo seré destruido. Los bienes de la tierra, que se antepusieron al Amor a Dios, aparecerán en su nada. El impío —según el libro de la Sabiduría— dirá:
¿De qué nos sirvió la soberbia? y la ambición de las riquezas ¿qué bien nos ha traído?
Todo esto ha pasado como sombra y como corredor mensajero.
Como nave que atraviesa el agua fluctuante, no deja rastro de su paso, ni puede hallarse en las olas el surco de su quilla; y como el ave que vuela en el aire, no deja indicios de su camino…
Así también nosotros, puestos en el mundo, hemos dejado de existir y no hemos tenido para exhibir ni siquiera una señal de virtud, antes por el contrario, nos hemos consumido en nuestra maldad.
Los justos en cambio viven eternamente y su premio está en el Señor.
Dos ejércitos estarán entonces frente a frente: el ejército del Amor y el ejército del odio.
En el Cielo aparecerá el símbolo eterno del Amor: la Cruz.
Vendrá Jesucristo y dirá el venite, benedicti, a los hijos del Amor, a los que han amado a Dios sobre todas las cosas y en el prójimo lo han visto y reconocido: «tenía hambre y me disteis de comer; tenía sed y me disteis de beber… Cada vez que habéis hecho esto con el último de los pobres, a Mí lo habéis hecho».
Ese día serán reparadas todas las ofensas al Amor. El ite, maledicti, in ignem æternum, será el triunfo del Amor que se pretendió desconocer, despreciar y destruir.
Así concluirán las vicisitudes de un mundo, donde se deja el Amor a Dios a la libre elección del hombre y comenzarán los siglos futuros.
La simple exposición de la moral cristiana basta para disipar, cual nube al soplo del viento, las trilladas y retrilladas objeciones acerca de la injusticia de Dios, del utilitarismo y del egoísmo de nuestra ética o de la degradación de la dignidad humana por el Paraíso y el Infierno.
Son acusaciones que morirían en los labios, si se profundizase en el conocimiento del Cristianismo.
Jamás se extinguirá el grito con el que Santa Catalina de Siena cerraba una carta suya a la reina Juana de Nápoles: «¡Oh dulce Jesús! ¡Oh Jesús amor!».
Así debe terminar nuestra vida.
Así también terminará la historia.
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RECAPITULACIÓN
Hay una sanción inmanente a todo acto bueno o malo, aun aquí en la tierra, y consiste en la íntima alegría por el bien realizado o en el remordimiento por el mal cometido; hay además en este mundo una sanción no sólo individual, sino también social.
Esta doble sanción responde al amor que debemos tenernos a nosotros mismos y a nuestro prójimo, y es más o menos imperfecta.
Hay una sanción perfecta que está ligada con el Amor debido por nosotros a Dios y que se alcanza en la otra vida con el Paraíso, el Purgatorio y el Infierno.
El Paraíso es el triunfo del amor.
El Purgatorio es la purificación de todo lo que contrasta con el amor a Dios, y los sufragios por las Almas del Purgatorio son una nobilísima forma de amor al prójimo.
El Infierno en la pena de daño consiste en la separación definitiva del Amor a Dios; en la pena de sentido es un fuego verdadero que castiga las llamas de las pasiones extinguidas.
El día del Juicio Universal, la sanción de la ley moral será proclamada no sólo para cada individuo, sino para toda la humanidad.
Estarán frente a frente el ejército del Amor y el ejército del odio.
Triunfará la señal del Amor, la Cruz.
