MONS. OLGIATI – EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA – Capítulo Séptimo: LA MORAL CRISTIANA Y LA MUERTE

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA

e2a799ec-e30e-4fbd-856a-81e22a7e26e5Capítulo Séptimo

LA MORAL CRISTIANA Y LA MUERTE

Célebre entre los admiradores del teatro selecto es la tragedia de Leónidas Andreiff: La vida del hombre.

Sus cinco cuadros nos representan los momentos más significativos de la vida: no de la vida de un hombre determinado que lleva sobre su rostro el tormento de sus propias pasiones, sino del hombre en general que nace, espera, alcanza, pierde lo conquistado y muere.

Oímos el grito proferido por la madre desgarrada al nacer el hombre. De la oscuridad surge entonces una figura gris: esta sostiene una antorcha que en ese momento enciende. De la noche del no-ser ha brotado una luz: arde la brief
candle de Shakespeare. Y durante toda la tragedia la antorcha se consume lentamente.

Primero resplandece brillante en medio de los bailes de la juventud; luego brilla todavía clara en medio de las esperanzas, de los desengaños, de los contrastes, de la fortuna que llega, de la riqueza que se esfuma, de la fama que se marchita, del talento que se eclipsa, de la desaparición de los parientes. La antorcha se consume siempre más. Llega el día en que, mientras los recuerdos danzan a su rededor cual fantasmas descarnados, la antorcha oscila y se extingue: «¡Silencio! —dice la figura gris— ¡el hombre ha muerto!»

¿Es ésta en verdad la realidad?

Sí y no.

«Si el grano de trigo no cae en la tierra y no muere, no dará fruto —dice Jesús en el Evangelio—, si en cambio muere, dará mucho fruto». La moral cristiana no sólo enseña a vivir, sino que también enseña a morir. Y nos hace contemplar la muerte no sólo a la luz de una antorcha que se consume, ni a la llamita tenue de una vela bendita que proyecta su pálido rayo sobre el grano de trigo que se marchita, sino a la luz del sol radiante del Amor que besa la dorada espiga destinada a ser transustanciada en Cristo.

Platón, ante la figura heroicamente hermosa y digna de Sócrates que muere en la cárcel, susurraba: «La filosofía es la meditación de la muerte».

Ante la Cruz de Cristo, divinamente grande, nuestra moral repite una vez más que es necesario morir para vivir, es necesario saber morir cristianamente para pasar a una nueva, feliz y eterna vida.

***

1

El Cristianismo y la muerte

El Cristianismo considera a la misma muerte en función del concepto de amor.

A primera vista, esto parece imposible y absurdo.

La muerte, decía Aristóteles, es espantosa, horrenda, terrible. La destrucción de nuestro organismo; la separación del alma de su cuerpo; el abandono de todo lo que nos es querido, de las personas a las que nos ligan vínculos de sangre y de afecto, de la tierra que nos ha visto nacer, de todas las cosas que nos rodean; la negra incertidumbre del más allá; todo esto no puede dejar de suscitar en nosotros un temblor de espanto y de repulsión.

¿Cómo, pues, puede hablarse de la muerte en relación al Amor?

Y sin embargo, basta reflexionar un instante para que cambie la escena.

No habríamos debido morir. El Amor infinito de Dios no nos había destinado a los horrores de la muerte. La culpa del primer hombre, la rebelión al Amor introdujo la muerte en el mundo. Y si es triste y horrible la muerte, lo es en cuanto se relaciona con la negación del Amor.

Aun en el orden natural, cada vez que la muerte no desprecia al amor, sino que por el contrario en cualquier dosis, en cualquier grado, en cualquier modo lo afirma, se transfigura, toma un nuevo aspecto: es con frecuencia la «muerte hermosa».

Si una madre se sacrifica y muere por su hijo; si un soldado cae en el campo de batalla por su patria; si un sabio encuentra su tumba en el laboratorio de sus investigaciones, advertimos que un rayo de amor —aunque sólo sea humanamente bueno— trueca la faz de la triste megera en fulgente y lúcido rostro de gloria.

Pero esto acaece especialmente, y debería acaecer a cada creyente, en el orden sobrenatural. En esto Francisco de Asís expresa la verdad de la ética cristiana, con su sublime frase: «Hermana Muerte», dando a la muerte un apelativo de amor.

La moral cristiana vivida y practicada por los Santos y por sus fieles seguidores nos convence con hechos de la transformación realizada en la muerte por el Amor infinito de Dios.

«Eran los últimos días de Santa Teresa —cuenta el padre De Ribera—. Al ver penetrar en su celda el Santísimo Sacramento, se transformó completamente. Aunque tiempo atrás se sentía profundamente abatida y una postración mortal le impedía hacer el menor movimiento, con todo incorporándose de pronto se sentó en el lecho sin que nadie la sostuviera. Pareció querer abalanzarse al encuentro de la Hostia que venía, y fue necesario tenerla. El rostro se le hermoseó y aparecía encendido como el rostro de un ángel; habían desaparecido las mismas arrugas y demás señales de vejez y de enfermedad. Brotó entonces de su corazón el grito de fe, de esperanza, de amor; uno de los más conmovedores que se hayan emitido en la tierra: «¡Señor! ¡Era tiempo de vernos!». Luego cerró sus ojos; expiró; y vio al Señor».

Una hija de la gran mística Santa Teresa en el lecho de su agonía exclamaba:

«¡Oh dulce muerte! ¿Quién ha osado afirmar que eres amarga y triste? No hay alegría comparable a la que tú causas. ¡Oh Jesús mío! ¡Qué injusta calumnia tratar de amarga a la muerte! ¡Es ésta la puerta por la que se entra a gozar de Ti! ¡Cómo se comprende, querido Maestro, que has pasado Tú por ella y le has quitado toda la amargura!»

Santa Gertrudis cayó desde gran altura y exclamó con alegría: «¡Dulce Señor mío! ¡Qué felicidad la mía, si esta caída hubiese abreviado el camino para llegar a Ti!».

San Juan de la Cruz, antes de su muerte, hizo llamar a varios músicos a su pobre celda del convento hospitalario para que festejasen con armonías de júbilo su vuelo hacia Dios.

El padre Ravignan contestó al médico que le anunciaba su futuro restablecimiento: «¡Oh! ¿Por qué no me habláis de la muerte? ¡Es tan bello morir para poder ver a Dios!»

Lacordaire se extinguió murmurando: «¡Dios mío, abridme, abridme!»

Camilo Féron-Vrau, antes de cerrar sus ojos para siempre, miró a su confesor, le sonrió y susurró: «¡Al cielo! ¡Al cielo!»

Hace poco, moría en Roma Julio Salvadori, poeta de la hermosura de Dios y profesor de la Universidad Católica del Sagrado Corazón. La víspera de su muerte dijo al hermano que lo asistía: «Mañana me vestirás con mi traje más hermoso, porque comenzará mi fiesta».

Millares de Santos repiten con Suarez moribundo: «Jamás habría pensado que es tan dulce morir».

San Carlos Borromeo pasó un día delante de un cuadro que representaba a la muerte armada de una guadaña. Llamó a un pintor y le ordenó trocase la guadaña en una llave de oro. ¿Por ventura no abre la muerte el Paraíso al buen cristiano?

«Introibo ad altare Dei», dijo al subir las gradas del patíbulo el beato Natalio Pinot, una de las víctimas del Terror el 21 de febrero de 1794 y revestido de sus vestiduras sacerdotales, teniendo por altar la guillotina, comenzaba su sacrificio con las mismas palabras de la Misa.

No sin razón el Cura de Ars se lamentaba con frecuencia diciendo: «¿Por qué no se escribe un libro sobre los consuelos de la muerte?»

Es este el voto que surge espontáneo al leer el plácido y sereno ocaso de los Santos. Si alguien tomase sus biografías y entresacase la descripción de su muerte, compondría una obra que sería para muchos una revelación. Limitémonos a dos cuadros: la muerte de San Francisco y la de Santa Teresita de Lisieux.

«Al alba del 2 de octubre, un viernes —escribe María Sticco en una de las mejores vidas modernas del Santo de Asís— después de haber pasado San Francisco una noche de congojas, sentóse sobre su jergón, se hizo llevar un poco de pan, lo bendijo, ordenó lo partiesen en tantas partes cuantos eran los presentes, y luego distribuyó un trozo a cada uno en recuerdo de la última cena de Jesús, significando que él también a imitación del Maestro amaba a los suyos hasta el fin y habría estado dispuesto a morir por ellos, y como si desease transmitirles sensiblemente algo suyo. Ya todo estaba consumado. El sábado empeoró y hacia la noche, sintiéndose morir, entonó el salmo que comienza: «Voce mea ad Dominum clamavi… Elevo mi voz al Señor…» y prosiguió en su canto hasta que la Hermana Muerte le apagó la voz».

La Santita de Lisieux había comprendido que su «vocación» era «el Amor». Se había ofrecido como víctima de amor a Dios implorando «el martirio del corazón y del cuerpo», y fue escuchada.

«No satisfecha con cubrir con rosas las llagas de su Crucifijo —observa con razón el padre Mateo— consiguió ocultar perfectamente los desgarramientos de su alma, las torturadoras penas de su espíritu y los largos y vivos dolores de su última enfermedad bajo el velo encantador de sus sonrisas, de su dulzura y de su alegría. Es decir, tuvo el divino pudor de la belleza de su martirio de amor».

«¿Sufre mucho?…», le preguntaban las buenas religiosas.

«Sí, pero ¡lo he deseado tanto!… Todo sufrimiento me es dulce».

Pasaban los meses y el martirio era cada vez más torturador. La marea del dolor —cuenta una religiosa del monasterio— se elevaba cada vez más; la debilidad se hizo tan notable que la santa enferma no podía hacer sola el menor movimiento. Oír hablar aun quedamente le ocasionaba insoportable sufrimiento; la fiebre y la opresión no le permitían pronunciar ni una sola palabra sin suma fatiga. Pero ni aun en este estado la sonrisa abandonó sus labios. Si una nube rozaba su frente, era la del temor de aumentar incomodidades a nuestras hermanas. Hasta la antevíspera de su muerte quiso pasar la noche sin que nadie la velara, y la enfermera que, no obstante sus instancias, se levantaba varias veces por la noche para atenderla, en una de sus visitas la encontró con las manos juntas y con los ojos levantados hacia el cielo.

—Pero ¿qué hace así? —le preguntó—. Debería procurar dormir.

—No puedo, hermana mía, sufro mucho. Y entonces rezo.

—Y ¿qué le dice a Jesús?

—No le digo nada. ¡Yo le amo!

En julio de 1897 la muerte pareció inminente.

Un joven sacerdote llegado a Lisieux para celebrar piadosamente su primera Misa en el monasterio tuvo la suerte de llevar el Viático a la pequeña gran Santa.

Las buenas religiosas cubrieron con flores del campo y con rosas deshojadas el piso del claustro por donde debía pasar Jesús. El corazón de la enferma recibió a su Amado y quiso que Sor María de la Eucaristía —una religiosa cuya melodiosa voz tenía vibraciones celestiales— cantase: Dadme mi ansiado bien, dulce Señor; Morir de amor.

Algunos días después, la pequeña víctima de Jesús empeoró y le fue administrada la Extrema Unción.

Pero la muerte tardó todavía dos meses. Sólo el 30 de septiembre de 1897 debía despuntar la aurora del día eterno.

A la mañana Sor Teresa, mirando una estatua de María, susurró: «El aire de la tierra me falta, ¿cuándo podré respirar el del Cielo?»

A las cuatro y media se manifestaron los síntomas de la última agonía.

De acuerdo con la costumbre de las casas carmelitas, la comunidad se reunió alrededor de la moribunda. La vio entrar en su celda y agradecida la recibió con su angelical y amable sonrisa. Luego, absorta completamente en el Amor y atormentada por su acerbo dolor, inició el último combate, estrechando en sus debilitadas manos el Crucifijo.

Todo su cuerpo se estremecía. El rostro estaba bañado de abundante sudor. Y cuando la campana del monasterio anunció el Angelus, su mirada se posó en la Virgen Inmaculada.

La muerte no llegaba aún. A las siete y minutos con suave voz murmuró: «¡Ah! ¡no, no querría sufrir menos!» Fijando después sus tiernos ojos en el Crucifijo exclamó: «¡Oh! ¡yo lo amo!… ¡Oh, mi Señor!… ¡yo… te… amo!»

«Fueron sus últimas palabras. Acababa de pronunciarlas, cuando con gran sorpresa se abandonó de golpe con la cabeza doblada sobre la derecha, en la actitud de las vírgenes mártires que se ofrecían al filo de la espada o mejor como una Víctima de amor que espera recibir del divino Arquero el dardo inflamado con que desea morir. De improviso se levantó, como si una misteriosa voz la llamase; abrió los ojos y su mirada irradiando celestial paz e indecible felicidad se fijó un tanto arriba de la imagen de María.

Esta mirada se prolongó por espacio de un Credo; después su alma feliz, presa del Águila divina, voló a los cielos».

***

2

La importancia de la hora suprema

Estas breves y pálidas referencias de muertes de santos podrían inspirar una duda a algunas almas: —Pero, ¿cómo? ¿La moral cristiana no enciende, acaso, junto al lecho del moribundo la antorcha del terror, de los últimos juicios, del infierno y del fuego eterno? ¡No sabíamos que los sudores de la muerte debiesen ser iluminados por la luz del Amor!

Esta duda es una necedad. ¿Acaso puede concebir nuestra ética un terror que sea fin en sí mismo?

El «timor Domini», verdadero principio de una sabiduría frecuentemente descuidada en la actividad cotidiana y entre las disipaciones de la vida y sólo inicialmente recordada al término de ésta, no tiene otra inspiración y otra finalidad que el Amor.

¿Por qué el remordimiento en el lecho de las últimas agonías? ¿Por qué el sagrado y riguroso deber de los parientes y amigos de no traicionar al alma que está por presentarse a Dios y de advertirle el grave peligro? ¿Por qué el arrepentimiento de las culpas cometidas, al fin de la vida?…

Todo esto es exigido por el Amor —por el amor a Dios y por el amor al hermano que nos abandona.

La muerte «es el momento del cual depende la eternidad«. ¡Necio es quien lo profana y lo desperdicia! Es la hora suprema, en que aun el pecador más obstinado puede reparar un pasado de miseria y de fango. Es la hora de las divinas misericordias. Es la hora del Amor.

El Crucificado besado por el agonizante le susurra: «¡Hijito, mira mis brazos! Están abiertos para acogerte, para estrecharte contra mi corazón… ¡Mira mi corazón atravesado; refúgiate en su herida; ven al ósculo del perdón y del Amor! ¡Ten piedad de ti mismo! ¡Salva tu alma! ¡Ama a Dios, siquiera en estos últimos instantes que se te conceden!»

Y ¿no es éste el dulce llamamiento del Amor?

Pero no nos detengamos en la ovejita perdida buscada ansiosamente por el Buen Pastor antes de su muerte.

Veamos más bien cómo quiere la moral católica que muera el buen cristiano.

***

3

Cómo muere un cristiano

Ante todo, el dolor precede generalmente a la muerte. Será la enfermedad, serán los sacrificios de un campo de batalla, serán continuas y cada vez más graves indisposiciones de salud, los que anuncien la proximidad del fin.

El cristiano, incorporado a Jesús, santifica todos estos dolores. No sólo se confiesa para estar seguro de la gracia divina en su corazón; no sólo se une repetidamente al Cuerpo adorable de Cristo en su Sacramento; sino —como dice Bossuet— se une

«también al espíritu y al Corazón de Jesús, entrando en todos los designios de Dios con humilde sumisión y adhesión, dispone de su ser y de su vida como lo hizo el gran Sacerdote [en el Calvario], es sacerdote con Él en su muerte y consuma en los últimos momentos el sacrificio al que fue consagrado en el bautismo y que debía continuar en todos los instantes de la vida».

Aunque en los tormentos de los dolores de su existencia alguna vez no ha divinizado sus lágrimas, cumple íntegro su deber en el lecho de muerte. Sufre con Jesús, en Jesús y por Jesús: acepta la voluntad del Padre, aun pidiendo con el Maestro: «Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz; no obstante, cúmplase tu voluntad y no la mía»; ofrece su vida y sus sufrimientos en unión con los dolores de la Pasión y de la Cruz.

«¡Qué ofrecimiento más completo! —exclama Bossuet—. Todo el hombre toma parte en él: el cuerpo y el alma son inmolados por la fe con una inmolación penetrante, dolorosa, absolutamente semejante a la de Jesús. El lecho del moribundo es en verdad un altar y la muerte es una Misa en que el cristiano ofrece su vida unida a la Víctima inmaculada».

Es éste el modo de sufrir cristianamente, mucho más noble que el padecimiento sufrido como lo puede sufrir un bruto o lo puede soportar un estoico.

En pocas palabras: el sufrimiento cristiano debe ser un acto de amor a Dios.

Como se ve, este acto de amor presupone la fe en lo sobrenatural y en la revelación; exige la esperanza del Cielo; implica el arrepentimiento de las culpas cometidas. La muerte así contemplada a la luz del Amor pierde mucho de sus rigores; la mirada no se posa tanto en la tumba no lejana que espera la perecedera envoltura, sino en Cristo que aguarda al espíritu inmortal: el último aliento es el paso no a la región llamada por Dante inconsolada, sino al Amor de Dios, y el día de la muerte, según la exacta expresión litúrgica, se convierte en el dies natalis.

Además —añade Buathier en su precioso libro El sacrificio en el dogma católico— si el enfermo conoce bien las cosas de Dios,

«alarga sus intenciones; y como Jesús desde la Cruz, como el sacerdote desde el altar, con el pensamiento abraza a las almas rescatadas, ofrece la vida por cada una de ellas, por el aumento y el advenimiento del reino de los cielos, por la extensión de los límites de la Iglesia, por la santificación de los justos, la conversión de los pecadores y la glorificación de Dios y de su Cristo»

Así la misma Hermana Muerte se nos aparece revestida con la hermosura del amor a los hermanos.

Si cada padre cristiano, si cada madre cristiana ofreciesen en el lecho de su agonía sus sufrimientos y su holocausto por su familia; si cada ciudadano moribundo rogase por su patria; si el que ha contemplado los horizontes del apostolado dijese en secreto al Señor: «Todo lo que sufro, sea por las almas y por el triunfo de tu Reino»; en una palabra, si cada cristiano procurase el verdadero cumplimiento del precepto de la caridad, la misma muerte sería también un acto de amor a Dios y de amor al prójimo. Y el encuentro con Jesús representaría no una espantosa incógnita, sino un confiado vuelo hacia el Rey del Amor.

***

Conclusión

«Para quien ha amado durante toda su vida, la muerte es el ósculo y la perfección de la caridad».

Estas palabras de Severina de Maistre resumen todas las enseñanzas de la moral católica respecto de la muerte.

Desgraciadamente hoy no se muere así, porque no se vive cristianamente y porque se prefiere meditar la muerte de Sócrates a la muerte de Cristo. Ésa indudablemente fue la muerte de un héroe, pero —el mismo Rousseau lo observa— de un hombre; ésta es la muerte de un Dios.

El cristiano nada desprecia de la fuerza de ánimo sugerida e impuesta por la razón; únicamente la eleva al orden sobrenatural con la gracia en unión con Cristo; y hoy aun el más humilde aldeano, aun la ancianita analfabeta sabe hermosear divinamente el fin de su vida.

Si un cristiano práctico leyere este Silabario, le invito a preparar la hora futura de su partida de este mundo.

Y si este pequeño libro llegare a las manos de alguien alejado de Dios hace largos años que aun no ha cedido al llamado del Amor divino, desearía que meditase conmigo una página del preboste Adalberto Catena, venerable sacerdote que asistió a Alejandro Manzoni en sus últimos momentos.

En uno de sus memorables discursos pronunciados en la Iglesia de San Fidel de Milán el preboste Catena con conmovido acento decía:

«Recordadlo: no tenéis la libertad de morir como mejor os agrade. Habéis renunciado a esta engañadora libertad, para omitir otras razones, cuantas veces habéis reconocido a la sociedad de la que habéis recibido el nombre. Os han visto arrodillados ante el altar de Cristo y sobre vuestras manos entrelazadas un día muy alegre para vosotros han visto posarse los extremos de la estola sacerdotal; os han visto presenciar el sacrificio en los días del Señor y llevar a la frente la mano de vuestro niño para signarlo con la señal de la cruz…

Con eso repetíais constantemente: es ésta la madre en cuyo regazo descansaré un día mi dolorida cabeza. Y precisamente ella, la madre, quiere para sí esos momentos; ella que conoce el precio de un alma, ve llegar todo lo presente ante la eternidad, no considera alguna liviandad de hoy, alguna necia negación, sino que interpreta el primer voto, el verdadero deseo de nuestra vida… aunque después haya sido ahogado…

Lo sabéis: esta obligación siempre existía, pero se acentúa cuando bajan las sombras de los montes, cuando cae la noche, la noche sin mañana. Y entonces la Iglesia con voz aun más solemne os indica el arreglo de vuestra vida, os quiere revestidos con la vestidura nupcial, porque viene el Esposo…

Quiere deciros: queda aún el crepúsculo del día; quiere deciros: se concluye el tiempo de merecer; quiere deciros: la voluntad está por fijarse inmutablemente o en el bien o en el mal; quiere deciros: no habrá posibilidad de mayor purificación, la meta será alcanzada para siempre. He aquí el título de la obligación especialísima: una inmensa necesidad moral y un infinito que se ha de conquistar.

Y por lo tanto, al menos ahora miradlo a Cristo; y por lo tanto, al menos sea el último el instante de ese deber que era el deber de tantas ocasiones manifiestas, de una vida otrora floreciente, que ahora se dobla y declina. Por esto la Iglesia, inflamada en la caridad de Cristo, no se resigna fácilmente a la pérdida de los suyos y, arbitra entre dos mundos, vuelca en aquella hora sus tesoros, desgarra sus entrañas, con su poder perdona las penas, rehabilita, da la vida aun al indigno, para que la efigie presentada al ósculo del moribundo levante su bendecidora diestra, cúmulo de toda misericordia.

En la cima del Janículo desde donde la mirada se extiende sobre las dos Romas, la antigua y la moderna, habían acudido al umbral de su humilde claustro los religiosos al ver a dos personas que lentamente subían a la cumbre. Uno era el cantor de Jerusalén: ‘He subido aquí —decía—, no sólo en busca de estas auras purísimas, sino también para comenzar desde estas alturas y en coloquios con estos Padres mi conversación con el Cielo’. ¿En qué se resiente la dignidad del poeta y del hombre? Al declararle el médico su impotencia ante el mal que avanzaba, Torcuato lo abraza, alza sus manos al cielo, llama al otro médico, al de su alma.

¿Veis esta calma, esta ecuanimidad ante la muerte? ¿Os parece que esto es afeminarse? Al día siguiente Tasso baja a la iglesia del convento, levanta su descarnado rostro hacia el Cristo Eucarístico y allí, cerca del Cordero que se inmola cada día, pide su tumba con su nombre esculpido en una sencilla piedra y se sumerge en pensamientos divinos. Al recibir el amplio perdón del Sumo Pontífice, exclama: «¡He aquí el carro triunfal en que creí ser coronado, no con el laurel de poeta en el Capitolio, sino con el de la gloria entre los bienaventuradas del Cielo!» ¿Es excesiva esta confianza en el tesoro de Cristo?

En los últimos días de abril de ese año Torcuato entre un fraile y el Crucifijo percibía la lenta salmodia de los dos orientes y al pronunciar las palabras: In manus tuas, Domine, sin concluir la frase, expiraba. ¡Ejemplo digno de ser meditado!»

***

RECAPITULACIÓN

La moral cristiana considera a la misma muerte en función del concepto de amor.

La rebelión al Amor, o sea, el pecado de los progenitores introdujo la muerte en el mundo; Cristo ilumina nuestro paso a la eternidad con la luz del amor.

La muerte señala el último llamamiento del Amor de Dios a nuestro amor; y por ende el pecador, más que nunca en esos supremos momentos de los que depende la eternidad, debe sentir el deber de convertirse; y el buen cristiano santifica sus dolores en unión con Cristo con resignación a la voluntad divina, amando de ese modo a Dios y ofreciendo sus sufrimientos por el bien del prójimo.