INTRODUCCION
La verdad, debe ser proclamada tanto más fuerte y firmemente, cuanto mayor es la gravedad del asunto al que se enfrenta.
Sobre la política se ha ido acumulando una pátina falsa que a la par de ocultar su verdadero rostro, deja traslucir una paradoja con visos de tragedia dados los aciagos tiempos que vivimos. Nunca antes en la historia del mundo la política había alcanzado los grandes niveles de influencia a escala planetaria como en este siglo que recién comienza. Pero esta aseveración no es inferencia del alcance y de la instantaneidad de las comunicaciones modernas que han transformado al planeta en la manoseada consigna descriptiva cliché; aldea global. A lo que apunta como natural deducción, es a la constatación ineludible de que nunca antes se habían podido registrar hechos históricos de índole ideológica de una gravedad tan trascendente en contenido y extensión.
Se advierte hoy en día en efecto, el diseño, la planificación y la puesta en marcha de ciertos lineamientos políticos destinados a influir al mismo tiempo y transversalmente en Continentes, Naciones, Estados, sociedades y culturas. Todo ello inscrito en un proceso revolucionario de izquierda de nuevo cuño, más radical y más subversivo. Depurado ideológicamente, con nuevos contenidos y con un radio de acción más amplio.
Y he aquí la gran contradicción. Por una parte, precisamente ahora en que los conflictos ideológicos nunca habían sido tan agudos y la curva de su influencia tan dilatada, en contraste, la esencia de sus postulados nunca fue tan groseramente desconocida, infravalorada y peligrosamente relativizada.
Si bien es cierto, una observación inicial a la evolución de los conflictos políticos al interior de las Naciones, como así mismo, a los grandes bloques que conforman en la actualidad estas mismas Naciones, contradice en apariencia las afirmaciones que hemos hecho, porque no nos permite vislumbrar ni en cualidad ni en cantidad los agudos conflictos que caracterizaron al recientemente fenecido siglo XX. Donde los dos bloques antagónicos -socialismo y capitalismo- eran claramente identificables en su doctrina, sus adherentes y sus carismáticos líderes. Sin embargo, el sentido común y la firme adhesión a los valores cristianos más un par de brochazos de doctrina Tomista, nos basta a muchas personas neófitas en ciertas disciplinas intelectuales, para establecer la gravedad de los acontecimientos que se llevan a efecto desde distintas áreas políticas y sociales por las fuerzas militantes de la izquierda renovada en general.
No obstante, esta mirada superficial no debe ser obstáculo a salvar, para quienes tienen el deber de profundizar el desarrollo de las ideas políticas y para aquellos otros, considerados líderes, sobre cuyos hombros reposa la conciencia y el alma de quienes dirigen. Ellos debieran estar al tanto, por responsabilidad profesional y convicción personal, de todas aquellas implicancias políticas que develaremos en el presente texto.
El objetivo del presente ensayo es desarrollar un método de investigación que nos permita adquirir las herramientas necesarias para ir eliminando, en primer lugar, precisamente esa pátina falsa que recubre la política. Sustrato de tantos errores y confusión en el hombre común. Y además, fuente de tanta miopía profesional y horizonte infranqueable por la falta de rigor intelectual, de todos aquellos teóricos de escritorio, incapaces de profundizar y relacionar las ideas políticas desde su fuente abstracta primigenia, a la acción llena de sentido que constituye sus más variadas formas de expresión y cuyo devenir en el tiempo -establece un proceso concreto- desde donde fluye la dinámica doctrinaria que produce el movimiento social en un sentido que busca alcanzar un fin ideológico preestablecido.
H. Belloc, el gran observador Católico de los procesos culturales que formaron a Occidente, ya dio cuenta de esta miopía en su tiempo al señalar que la actividad intelectual obliga ineludiblemente a tomar posición detrás de una definición. Pero «toda definición implica esfuerzo mental, y por lo tanto repugna».
Y si hoy en día estuviera entre nosotros más que en su propio tiempo tendría los motivos suficientes para seguir afirmando que «el lenguaje de los hombres está saturándose de expresiones que denotan en todas partes un desprecio por el uso de la inteligencia». O como afirma Spengler cuando alude a la decadencia de las culturas señalando como claro síntoma de esta decrepitud, que precisamente «se renuncia entonces a toda demostración; los hombres quieren creer, no analizar. La investigación crítica deja de ser un ideal del espíritu».
Y en este sentido, tal vez no existe error de análisis o comprensión de la realidad más difundido, que aquel que afirma que, por un lado, las definiciones políticas doctrinarias, por ser abstractas y aparentemente lejanas de lo práctico de la vida, carecen de efecto social intenso.
De esta forma, concebimos equivocadamente a los sistemas políticos y sus doctrinas; ya sea en sus alcances teóricos sociales, morales, económicos o culturales, como algo propio y sujeto a efecto en gran medida, sólo sobre quienes los sustentan y no sobre el conjunto de la sociedad, que de por sí constituye el escenario para el cual se elaboran.
Y por otra parte, desafortunadamente cuando hablamos de ateísmo o de materialismo; en su concepción profundamente teológica, no siempre se entiende que una idea religiosa puede y debe informar un principio político. La religión (su defensa o combate) se halla en las raíces de todas las grandes revoluciones y cambios políticos. Las culturas surgen de las religiones, su filosofía, su actitud frente al mundo y su mirada hacia el universo no es más que un dialogo con lo eterno ya sea para afirmarlo o negarlo. El hecho es que en cualquier tiempo como H. Belloc señala «la doctrina de una creencia forman la naturaleza de los hombres y que las naturalezas así formadas determinan el futuro de la sociedad constituida por esos hombres».
Las creencias actúan como fuerza social y delinean el contorno y la esencia de las costumbres. Y la omisión de este principio por un lado (el nuestro) y su acertada utilización ideológica por otro lado (el neosocialismo) ha sido la fuente principal de las grandes transformaciones sociales de los últimos treinta años.
Y LO MAS IMPORTANTE, se ha olvidado que Los hombres viven por una verdad y cuando las gentes aceptan una verdad, esta desciende necesariamente al campo personal y las gentes se consideraran a sí mismas de una determinada manera, actuaran y vivirán en consecuencia y consideraran al mundo conforme a ello. De esta forma,
la negación o aceptación de una verdad así como afecta a un individuo afecta también a la sociedad.
Siendo consecuentes con la tradición del pensamiento Cristiano Occidental (ARISTOTELICO-TOMISTA) apelamos a la preeminencia de la verdades lógicas y metafísicas para establecer la naturaleza, cualidades, atributos y actos en su correspondencia natural del ser del cual dimanan y el principio metafísico que relaciona a los seres y las ideas con su causa original y final: Dios. Por tanto, la investigación destinada a lograr un entendimiento y conocimiento cabal de la auténtica matriz ideológica de cualquier cuerpo doctrinario de ideas destinadas a ordenar la vida del hombre en sociedad, cuando no se articula a partir de estas verdades, está condenado a naufragar en el sinsentido. Quedando además truncada y mal formulada pues se desprendería de una concepción metodológica errónea. Subsistiría entrampada en el eterno retorno que va, del análisis de una parte de la acción política, esto es la formal, a su consiguiente explicación también de naturaleza formal. Obviando de esta manera lo más esencial: el trasfondo que sustenta la acción política formal, permaneciendo así completamente oculto el origen ideológico y su vínculo metafísico. Siendo además esta acción formal -como veremos más adelante- siempre consecuencia y no principio.
En otras palabras, y en gran parte, como derivación de una serie de errores de procedimientos analíticos, cuando hablamos de «neosocialismo» (término exacto con el que se debe designar en general a la izquierda renovada y que explicaremos en detalle más adelante), «solo pensamos en él, como en un sistema político o económico. Nuestro limitado vocabulario ideológico (y esta aseveración es para la sociedad en general) nada sugiere algo de teológico porque hemos olvidado lo que significa ese término, que ya no forma parte de nuestras vidas».
En lo que atañe al nuevo proceso revolucionario de izquierda, indudablemente que el siguiente racionamiento y su consecuencia, desde la perspectiva de sus objetivos políticos, no es original ni es desconocida para todos aquellos que han seguido la evolución de las ideas marxistas y que desafortunadamente son una «gran minoría». En efecto, se sobreentiende que precisamente aquellos postulados ideológicos y sus aspiraciones, son para construir un nuevo hombre, un nuevo tipo de sociedad, un nuevo sistema de relaciones humanas y un nuevo ordenamiento político y por ende, una nueva concepción del Derecho, y del Estado, y esto; -previa destrucción de todo lo vigente y que se le opone- y que, además, se trabaja intensamente para ello, mediante una fuerza política organizada que actúa con una teoría política propia y que condiciona una acción política coherente, planificada y sostenida en el tiempo. El meollo del asunto es afirmar su vigencia, su validez actual y su influencia a partir del desenmascaramiento de su apariencia moderna, por medio de la correcta intelección de sus nuevas categorías axiológicas, nomenclatura político-social y metodología operativa-revolucionaria. Porque su existencia ni siquiera debe ser puesta en duda.
Que no sean nuestras ideas o nuestros valores, o lo que es más grave aún porque es la posición mayoritaria; por el desconocimiento de su esencia y sus alcances, no significa que en la realidad los principios ideológicos de esta nueva izquierda no operen intensamente y que su efecto no se produzca y que este sea tremendamente dañino para la forma de vida cristiana en particular y para toda concepción de vida en sociedad en general, que esté organizada sobre un principio trascendente.
La cuestión es… ¿nosotros –como católicos- trabajamos también intensamente para defender las murallas de la sociedad que nuestros Padres construyeron a la sombra de Dios? ¿Qué hacemos para preservar el cauce espiritual, intelectual, moral y cultural sobre el cual nuestros Padres construyeron y organizaron la Patria que hemos recibido en herencia? ¿Qué Patria le hemos de heredar a nuestros hijos? Más aún… ¿Conocemos fehacientemente con qué conceptos e ideas sobre la naturaleza del hombre y su destino, sobre la Patria, la Nación y la esencia y el papel que el Estado debe cumplir en la organización y regulación de la vida en comunidad se está educando en el presente a nuestros hijos en la escuela, la universidad, la cultura en general y sus distintos medios de expresión?
Lo propio y específico del hombre es el pensar, y el consiguiente saber que adquiere del ejercicio de esta connatural propiedad. Consecuentemente, a través de la filosofía el ser humano no solo investiga que es el hombre, sino que al mismo tiempo, da forma a una ideología que agrupa a su vez en un cuerpo doctrinario de ideas, una serie de definiciones sobre que es el hombre, el Estado y la sociedad y cuáles son su naturaleza, atributos y relaciones. Y si el hombre es un animal político como muy bien lo señala Aristóteles, debe actuar como tal. Y debe actuar entendiendo que su acción se desarrolla no solo en la política formal, es decir; competir en elecciones periódicas para ocupar los cargos administrativos en el gobierno de turno, sino además, en el área política más importante: LA IDEOLOGICA. Pues esta es el área donde se definen las ideas y su naturaleza. Ya
que toda lucha política no es otra cosa que una lucha de ideas. Ideas que pugnan por constituirse; mediante un proceso cultural que las divulga, un proceso político que las impone y una asimilación social que las legitima, en las rectoras de la sociedad.
Pero debe entender también, que el hombre es, lo que es su idea de Dios. Y lo más importante, debe comprender que en el fondo, los conflictos entre los hombres nunca son conflictos de intereses, son conflictos ideológicos y por esta razón tienen explicaciones, en función de la definición que sobre su propia naturaleza el hombre ha escogido libremente. Esto significa, que no se comprende nada en el hombre mientras no se llega a la zona profunda en que se fabrican los motivos de su conducta: su entendimiento.
La conducta del hombre, por otro lado, se desenvuelve al mismo tiempo en los cinco órdenes que existen en toda sociedad: moral, social, cultural, político y económico. Y así como ninguno de estos órdenes opera separado de los otros, ninguno de ellos o mejor dicho, todos ellos están supeditados a un orden superior que no es otro que el orden teológico. Por lo tanto, todo conflicto social, que se manifieste en cualquiera de los órdenes mencionados, está ineludiblemente ligado a la idea que el hombre tiene de la trascendencia o inmanencia de su naturaleza. Dicho de otro modo, el hombre como sujeto de los conflictos sociales, no puede reconciliarse consigo mismo ni con su naturaleza ni puede proyectar un orden y una paz social, sino en nombre de una idea: la idea que se hace de sí mismo. Que esta concepción sea verdadera o falsa es indudablemente un asunto de gran importancia. Vital si se quiere. Pero es también como se infiere de lo anteriormente señalado -y he aquí su trascendencia- un principio ordenador en el ámbito personal y social. Algo que desgraciadamente hoy en día no tiene la importancia que debiera al momento del análisis ideológico.
Con respecto a ello, dos consideraciones finales. En primer término, para nosotros, existe una realidad objetiva, fecunda en hechos capaces de ilustrar el vertiginoso avance y materialización de las ideas socialistas difundidas por esta «nueva izquierda», y cuyo contenido, no guarda comparación por su radicalización, con el desenvolvimiento de la ideología comunista previa a la caída de los socialismos reales. Pero esta convicción, preñada de una gravedad inaudita, desgraciadamente no es un conocimiento extendido. Incluso en algunos medios no pasa de ser una mera intuición de que «algo anda mal». Para grandes sectores de la sociedad y para núcleos políticos que por naturaleza, se consideran opositores a la izquierda, la gravedad de los hechos que vamos a describir, no es percibida como tal. Más aun, ¡ni siquiera es conocida su existencia! O no se los asocia con ninguna ideología en particular como si los actos políticos brotaran por generación espontánea.
Se necesita mucha capacidad de discernimiento para decodificar la realidad en su justa esencia y el criterio de apreciación de los conflictos sociales debe ser muy elevado si le adjudicamos una génesis ideológica de izquierda. Pues esta es una afirmación que desconcierta. Más todavía, si los hechos que consignaremos provienen de una izquierda que aparentemente no tiene la fuerza de antaño y que aceptó de buena gana no solo su fracaso, sino que además, desenvolver su actividad política dentro de las reglas de la democracia. De esta forma, dicho criterio tiene que estar responsablemente informado. Pero… ¿Dónde encontrar esa información? ¿Bajo qué parámetros comprobar su veracidad?
El desconcierto que provoca las manifestaciones de la realidad presente es evidente en quienes tienen buena fe y un sentido común despierto. Ellos presienten que en lo colindante de ciertas conductas sociales que identifican a grupos sociales heterogéneos y hasta antagónicos, hay un discurso, un lenguaje, un argumento y un propósito que va más allá de lo meramente social. No obstante, el nexo causal político-ideológico que se intuye, no es tan explícito, ni se puede poner de manifiesto con la obviedad del examen racional, porque simplemente no se poseen las categorías del pensamiento imprescindibles para elaborar el argumento necesario que pruebe y demuestre.
En efecto ¿Cómo comprobar la vigencia de los postulados del comunismo si ya no existe su principal divulgador, la desaparecida U.R.S.S.? ¿Acaso su extinción no es la mayor prueba de su fracaso? Los Estados que fueron encarnación de los socialismos reales colapsaron uno a uno después de la caída del muro de Berlín. Cuba existe como un anacronismo en este siglo que recién comienza. Entonces ¿con que o con quien entroncar las ideas de este «nuevo socialismo»? ¿Dónde encontrar esos organismos estatales, sociales y partidistas que nos muestren que desde allí, es posible desenrollar el hilo ideológico que explique la raíz de la acción política que afecta nocivamente en gran parte a nuestros países latinoamericanos?
Para terminar, la última consideración de las dos señaladas.
Hoy día más que nunca, en todo el periodo histórico de nuestra Civilización Cristiana Occidental, y tal vez por vez primera o quizás por última, es posible afirmar; con el terrible sino de tragedia que conlleva, la convicción profunda, de que todos aquellos signos culturales-valóricos que unos atribuyen a la decadencia, que los más simples asimilan como aspectos esporádicos de este momento histórico y que por último los irresponsables desechan, reiteramos, hoy más que nunca es posible afirmar que esos signos ponen de manifiesto que se está construyendo una nueva civilización que no tiene precisamente ningún signo cristiano. Que no porta en su seno, ni el más humilde símbolo como expresión ideográfica de un valor trascendente de origen católico.
Pero -y esto es lo más grave- en este renovado afán de destrucción de los cimientos de la Cultura Cristiano Occidental, involucionar a un nivel de vida pagana no es el fin en sí mismo (indigenismo prehispánico en América Latina). Con todas sus falencias e imperfecciones al menos en el paganismo pervive el núcleo social básico: la familia. Del orden natural se intuye la idea de un principio creador y ordenador de todo lo que existe. El halito divino no está ausente. Además de la propiedad y todos aquellos organismos sociales necesarios para desarrollar la vida humana, en armonía con los objetivos comunes inherentes a un perfeccionamiento mínimo de la sociedad y que se ven perfectamente reflejados en instituciones y autoridades políticas, aunque estas sean rudimentarias.
Pero nada de esto se preserva en esta nueva forma de vida que se nos quiere imponer, porque lo que se pretende -y este es el fin verdadero- es la antigua pretensión de cortar todos los lazos con lo sobrenatural. Que cese de una vez por todas, el tributo público y privado a Dios. Y sin El… ¿Qué queda? Y si no es a partir de El… ¿a partir de qué o de quién organizar la vida? O… ¿a quién habría que rendirle nuevo tributo? Más aun… ¿de qué forma o por cual arista del pensamiento o la cultura es posible vincular esta gravísima acepción, tácitamente escatológica, con un proceso revolucionario en curso? Y finalmente, ¿existe un proceso revolucionario en el presente? De ser así, ¿en qué consiste, cuál es su naturaleza, carácter, teoría, práctica, etc.?
El auge del terrorismo, el azote del aborto, la esclavitud de las drogas y el vicio en general, la plaga del suicidio, asaltos, asesinatos, violaciones, corrupción en todos los niveles, son parte de un problema vital. No todo el problema ni el problema en sí. Son la forma pero no el fondo de la compleja realidad que nos ha tocado vivir. Y considerarlos como algo pasajero, transitorio en el proceso de cambio de época, es una obcecación que raya en el delirio. Pero… como conductas sociales, aún al margen del ordenamiento jurídico ¿es posible que estos hechos guarden alguna relación con la política o formen parte de la táctica de alguna ideología en particular?
Nuestra generación asiste a una lucha formidable, no por lo original, sino por lo definitivo, como señala sor Lucia en Fátima. Ello, porque esta lucha nunca en la historia se había presentado con la radicalidad que hoy en día se manifiesta y que en palabras de Goethe, corresponde a «el tema más esencial y profundo de la historia del mundo y de la humanidad, y al que todos los demás temas quedan subordinados, el conflicto entre el escepticismo y la fe«. Proclamar la vigencia de este conflicto y afirmar que desde allí parte el impulso de todo el drama que vivimos, entraña
toda la complejidad del análisis político y social actual. Complejidad que se agrava fundamentalmente por la circunstancia de que en esta confrontación- la más aguda de todas las que ha emprendido la fe- no sabemos que, ni donde atacar, ni quien nos ataca. Ni que defender ni a quien defender.
Es por ello que esta metodología de análisis pretende alcanzar la finalidad explícita ya en el nombre de este ensayo. Definir la naturaleza y las leyes que rigen a la política actual, para hacer inteligible aquella vivencia política que no es perceptible en el desarrollo de nuestra vida diaria. Descender a las profundidades de los procesos sociales en busca de su leit motiv ideológico. Y en el mismo plano y a modo de corolario, vincular esta realidad presente, en su decurso pasado formativo y su proyección consecuente, no sólo con el objeto de entender su génesis y dinámica, sino además, con el fin de poder establecer los cursos de acción que se siguen.
Esta es la difícil tarea que nos hemos empeñado en realizar: desentrañar todas estas incógnitas y demostrar todas las premisas que hemos enunciado como ciertas y establecer el rol que juegan la política y el neosocialismo en la conformación de esta cruda realidad y cuáles son los nuevos postulados ideológicos a los que nos enfrentamos y los consecuentes hechos objetivos que los sustentan.
Para terminar, debemos señalar que cada principio afirmativo de este nefasto nuevo socialismo es la negación de un principio activo de la doctrina católica. Es la destrucción, no superación y menos integración a un orden superior -de un principio informador superior, necesario y eterno, que no es otro más que DIOS- que perfeccione el objeto de su aplicación; en este caso el hombre y su sociedad nacional, y que la iglesia católica ha sostenido y enseñado por más de dos mil años.
Y de nada nos sirve revelarnos contra las consecuencias de este sistema político predominante en la actualidad, si no lo conocemos ni entendemos su puesta en escena y mientras no hayamos reconocido y rechazado la causa inicial en donde radica toda su dialéctica y dimana toda su acción: el ateísmo y el concepto materialista del hombre presentados bajo una nueva, radical, sutil, no directa, inhumana, demonológica y despiadada forma como nunca antes fue concebida.
