PÍO XII
ENCÍCLICA MEDIATOR DEI
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Eadem pari modo victima est, divinus nempe Redemptor, secundum humanam naturam suam et in corporis sanguinisque sui veritate. |
Idéntica asimismo es la Víctima, es a saber, el Redentor Divino, según su naturaleza humana y en la verdad de su Cuerpo y su Sangre. |
Parimenti identica è la vittima, cioè il Divin Redentore, secondo la sua umana natura e nella realtà del suo Corpo e del suo Sangue. |
Também idêntica é a vítima, isto é, o divino Redentor, segundo a sua humana natureza e na realidade do seu corpo e do seu sangue. |
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Dissimilis tamen ratio est, qua Christus offertur. In Cruce enim totum semet ipsum suosque Deo obtulit dolores; victimae vero immolatio per cruentam mortem, libera voluntate obitam, effecta est. |
Es diferente, en cambio, el modo como Cristo se ofrece. En efecto, en la Cruz, Él se ofreció a Dios totalmente, con todos sus sufrimientos; pero esta inmolación de la Víctima fue llevada a cabo por medio de una muerte cruenta, voluntariamente padecida. |
Differente, però, è il modo col quale Cristo è offerto. Sulla Croce, difatti, Egli offrì a Dio tutto se stesso e le sue sofferenze, e l’immolazione della vittima fu compiuta per mezzo di una morte cruenta liberamente subita. |
Diferente, porém, é o modo pelo qual Cristo é oferecido. Na cruz, com efeito, ele se ofereceu todo a Deus com os seus sofrimentos, e a imolação da vítima foi realizada por meio de morte cruenta livremente sofrida. |
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In ara autem, ob gloriosum humanae naturae suae statum, « mors illi ultra non dominabitur » (Rom. 6, 9), ideoque sanguinis effusio haud possibilis est. |
En cambio, sobre el Altar, a causa del estado glorioso de su naturaleza humana la muerte no tendrá ya dominio sobre Él, y por eso la efusión de la Sangre es imposible. |
Sull’altare, invece, a causa dello stato glorioso della sua umana natura, «la morte non ha più dominio su di Lui» e quindi non è possibile l’effusione del sangue. |
No altar, ao invés, por causa do estado glorioso de sua natureza humana, «a morte não tem mais domínio sobre ele» e, por conseguinte, não é possível a efusão do sangue. |
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Verumtamen ex divinae sapientiae consilio Redemptoris nostri sacrificatio per externa signa, quae sunt mortis indices, mirando quodam modo ostenditur. Siquidem per panis transubstantiationem in corpus vinique in sanguinem Christi, ut eius corpus reapse praesens habetur, ita eius cruor : eucharisticae autem species, sub quibus adest, cruentam corporis et sanguinis separationem figurant. |
Con todo, la divina sabiduría halló un medio admirable para hacer manifiesto el Sacrificio de nuestro Redentor con señales exteriores, que son símbolos de muerte, ya que, gracias a la Transubstanciación del pan en el Cuerpo y del vino en la Sangre de Cristo, así como está realmente presente su Cuerpo, también lo está su Sangre; y las especies eucarísticas, bajo las cuales se halla presente, simbolizan la cruenta separación del Cuerpo y de la Sangre. |
Ma la divina sapienza ha trovato il modo mirabile di rendere manifesto il sacrificio del nostro Redentore con segni esteriori che sono simboli di morte. Giacché, per mezzo della transustanziazione del pane in corpo e del vino in sangue di Cristo, come si ha realmente presente il suo corpo, così si ha il suo sangue; le specie eucaristiche poi, sotto le quali è presente, simboleggiano la cruenta separazione del corpo e del sangue. |
Mas a divina sabedoria encontrou o modo admirável de tornar manifesto o sacrifício de nosso Redentor com sinais exteriores que são símbolos de morte. Já que, por meio da transubstanciação do pão no corpo e do vinho no sangue de Cristo, têm-se realmente presentes o seu corpo e o seu sangue; as espécies eucarísticas, sob as quais está presente, simbolizam a cruenta separação do corpo e do sangue. |
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Itaque memorialis demonstratio eius mortis, quae reapse in Calvariae loco accidit, in singulis altaris sacrificiis iteratur, quandoquidem per distinctos indices Christus Iesus in statu victiinae significatur atque ostenditur. |
De este modo la demostración del memorial de su muerte que realmente sucedió en el Calvario se repite en cada uno de los Sacrificios del Altar, ya que la separación de los símbolos índica que Jesucristo está en estado de Víctima. |
Così il memoriale della sua morte reale sul Calvario si ripete in ogni sacrificio dell’altare, perché per mezzo di simboli distinti si significa e dimostra che Gesù Cristo è in stato di vittima. |
Assim o memorial da sua morte real sobre o Calvário repete-se sempre no sacrifício do altar, porque, por meio de símbolos distintos, se significa e demonstra que Jesus Cristo se encontra em estado de vítima. |
SAN PEDRO JULIÁN EYMARD
Apóstol de la Eucaristía
Fundador de los Sacerdotes del Santísimo Sacramento,
de las Siervas del Santísimo Sacramento
y de la Archicofradía del Santísimo Sacramento
El centro de su vida espiritual fue siempre la devoción al Santísimo Sacramento.
En 1851 hizo una peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Fourviéres: «Me obsesionaba la idea de que no hubiese ninguna congregación consagrada a glorificar al Santísimo Sacramento, con una dedicación total. Debía existir esa congregación… Entonces prometí a María trabajar para ese fin. Se trataba aún de un plan muy vago y no me pasaba por la cabeza abandonar la Compañía de María… ¡Que horas tan maravillosas pasé ahí!»
Escribió varias obras sobre la Eucaristía, que han sido traducidas a varios idiomas.
De allí extractamos la siguiente:
LA EUCARISTÍA Y LA MUERTE DEL SALVADOR
Quotiescumque enim manducabitis panem hunc, mortem Domini annuntiabitis donec veniat.
Cuantas veces comiereis este pan, anunciaréis la muerte del Señor (I Cor., XI, 26)
La Sagrada Eucaristía, desde cualquier aspecto que se la considere, nos recuerda de una manera patente la muerte del Señor.
Fue instituida la víspera de su muerte, la noche misma que fue entregado Jesús: Pridie quam pateretur; In qua nocte tradebatur.
Le da el nombre de testamento que se funda en su sangre — Hic calix novum testamentum est in sanguine meo.
El estado de Jesús en el Santísimo Sacramento es un estado de muerte. En las apariciones de Bruselas y de París, de 1290 y 1369, se dejó ver con las cicatrices de sus llagas como nuestra Víctima divina.
En la Hostia santa está sin voluntad y sin movimiento, como un muerto que hay que llevar.
A su alrededor reina silencio mortal. Su altar es sepulcro que encierra huesos de mártires; la lámpara lo alumbra como alumbra las sepulturas; el corporal que envuelve la Santa Hostia es nuevo sudario, novum sudarium. Cuando el sacerdote va a ofrecer el Santo Sacrificio lleva sobre sí insignias de muerte: no hay vestidura sagrada que no esté marcada con la cruz, que lleva por delante y por detrás.
Siempre muerte, siempre cruz, es el estado de Jesús en la Eucaristía en sí misma considerada.
Si la consideramos como Sacrificio o como Sacramento que se recibe en la Comunión, patentiza ese estado de muerte de Jesús de una manera, todavía más viva.
El sacerdote pronuncia separadamente las palabras de la Consagración, sobre la materia del pan y sobre la del vino, de modo que, por virtud de la significación rigurosa de estas palabras, el Cuerpo de Cristo debiera estar separado de su Sangre, es decir, muerto.
Si no hay muerte real es porque a ello se opone, después de su Resurrección, el estado glorioso de Jesucristo; pero Él toma de la muerte lo que puede, es decir, toma el estado de muerte y le, vemos así como Cordero inmolado por nosotros.
Jesucristo, por esta mística muerte, continúa el Sacrificio de la Cruz, renovándolo millares de veces por los pecados del mundo.
En la Comunión se consuma esta muerte mística del Salvador. El corazón del comulgante viene a ser su sepulcro, pues disueltas en su interior las santas especies por la acción del calor natural, cesa el estado sacramental; Jesús sacramentado ya no está corporalmente en nosotros, sino que muere sacramentalmente, verificándose la consunción del holocausto.
En el corazón del justo halla Jesús una sepultura gloriosa, pero ignominiosa en el del pecador. En el primero no pierde su estado sacramental sin dejar su divinidad, su Espíritu Santo, y por lo mismo un germen de resurrección. En el segundo, esto es, en el culpable, no sobrevive Jesús, quedan frustrados todos los fines de la Eucaristía. La Comunión en estas condiciones es una verdadera profanación; es la muerte violenta e injusta de Nuestro Señor, crucificado por estos nuevos verdugos.
¿Por qué quiso Jesucristo establecer relaciones tan íntimas entre su muerte y la Eucaristía?
Ante todo, para recordarnos cuánto le ha costado este Sacramento. La Eucaristía es, en efecto, fruto de la muerte de Jesús.
La Eucaristía es un testamento, un legado, que no puede tener valor sino por la muerte del testador. Jesús debía, por lo tanto, morir para convalidarlo.
Por eso, cuantas veces nos hallamos en presencia de la Eucaristía debemos exclamar: Este precioso testamento ha costado la Vida a Jesucristo, y nos da a conocer la inmensidad de su amor, ya que Él mismo dijo que la mayor prueba de amor es dar la vida por sus amigos.
La prueba suprema del amor de Jesús es el haber muerto por conquistarnos y dejarnos la Eucaristía.
¡Cuán pocos son los que tienen en cuenta este precio de la Eucaristía! Y, sin embargo, bien a las claras nos lo dice Jesús con su presencia. Pero nosotros, como hijos desnaturalizados, no pensamos más que en sacar provecho y disfrutar de nuestras riquezas, sin acordarnos de Quien nos la adquirió a costa de su vida.
Jesucristo quiso igualmente establecer estas relaciones que hemos dicho para significarnos incesantemente los efectos que debe producir la Eucaristía en nosotros.
Los cuales son: primero, hacernos morir al pecado y a las inclinaciones viciosas.
Segundo, hacernos morir al mundo y crucificarnos con Jesucristo, según expresión de San Pablo: Mihi mundus crucifixus est et ego mundo.
Tercero, hacernos morir a nosotros mismos, a nuestros gustos, a nuestros deseos, a nuestros sentidos, para que podamos revestirnos de Jesucristo, para que pueda Él vivir en nosotros y nosotros no ser otra cosa que miembros suyos sumisos a su voluntad.
Por último, la Eucaristía nos hace partícipe de la Resurrección gloriosa de Jesús. Jesucristo es sembrado en nosotros y el Espíritu Santo se encargará de vivificar este divino germen y nos concederá por él una vida eternamente gloriosa.
Tales son algunas de las razones que indujeron a Jesucristo a rodear con tantas señales de muerte este Sacramento de vida, dónde reside glorioso y donde triunfa su amor.
Quiere ponernos continuamente a la vista el precio de nuestro rescate y la manera cómo debemos corresponder a su amor.
¡Oh, Señor, le diremos con la Iglesia, que nos dejaste en el admirable Sacramento la memoria de tu Pasión, concédenos que de tal manera veneremos los sagrados misterios de tu Cuerpo y Sangre, que experimentemos continuamente en nosotros los frutos de tu Redención!
