MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA
Capítulo Sexto
LA MORAL CRISTIANA Y LA VIDA
La vida humana trascurre entre vuelos y caídas, entre cantos de gloria y gemidos de derrotas, entre ideales soñados, esfuerzos realizados y propósitos generosos con frecuencia quebrantados al contacto con la dura realidad.
Para que jamás sea una farsa risible o una tragadla lamentable, sino por el contrario sea una alta función, ayudará considerar a la luz de la moral cristiana el valor de nuestra vida en sí misma, en relación a la familia y en relación al Estado.
***
1
La vida
La vida considerada en sí misma es un gran tesoro, ya en el orden natural, ya en el sobrenatural.
Por desgracia, muchos no aprecian la importancia de su existencia y la malgastan miserablemente. Se contentan con considerar los años de ésta, prescindiendo de Dios y de su Amor, y necesariamente la vida aparece entonces como un instante fugaz, como una ola vertiginosa, como la flor que se abre, se marchita y muere.
Inevitables son, en este caso, el pesimismo y el escepticismo; y la burlona sonrisa del que goza o el insensato gesto del suicida son sus consecuencias.
Pero quien no olvida que nuestra vida no es lo Absoluto, sino que debe ser puesta siempre, en todo instante, en relación con Dios y con el Amor divino, supera los egoísmos del escéptico y del pesimista, toma el real valor divino de la vida humana y utiliza sus días con sabiduría cristiana.
***
2
La vida en el orden natural
Razonemos con absoluta sencillez.
Si admitimos la existencia de Dios, y por ende, su centralidad en el universo, debemos admitir también, en razón de su deslumbradora evidencia, tres principios abundantes en aplicaciones prácticas.
a) Cada hombre, que viene al mundo, tiene una función particular confiada a él por Dios.
El universo es un poema, en el cual cada creatura representa una letra. Y como cada letra alfabética tiene en el libro una función especial, así también cada ser y, de un modo particular cada hombre, tiene señalado su deber.
¡Ay de mí, si en una página saco una letra! Si de una línea en que se lee «nuestro Dio es el centro de la realidad», yo sacase la ‘D’, resultaría «nuestro io es el centro de la realidad».
Y si añadiese alguna letra a alguna palabra, imitaría al buen alemán que estudiaba el idioma de Dante en Florencia y que habiendo encontrado por la calle con asombro suyo un spazzino (barrendero) con grandes anteojos, relataba el hecho diciendo que había visto a un spazzolino (cepillo) con anteojos.
Era un sencillo ol añadido graciosamente, que resultaba un apéndice inútil, más aun… una apendicitis nociva.
No sólo los Héroes de Carlyle forman la historia; cada persona, desde Napoleón hasta la modesta ancianita de la aldea, concurre a escribir la obra de las vicisitudes humanas. Y si nadie desprecia las letras mayúsculas —es decir, los grandes hombres—, no debe descuidar tampoco a los humildes, las letras minúsculas, las comas y los puntos finales.
Dios no sería la suprema Razón, si crease un ser sin señalarle un fin determinado, una finalidad concreta en el orden total. No conocemos, es verdad, el valor de nuestra actividad con exactitud; pero el soldado que se encontraba en uno de los frentes en el último conflicto europeo, tampoco conocía el motivo y la importancia de su acción: sólo el general sabía el valor de cada movimiento y también la necesidad de algunos sacrificios, irracionales tal vez a juicio del héroe que los realizaba, pero lógicos e imprescindibles a juicio del jefe que consideraba el conjunto orgánico del avance y de la defensa de su ejército.
Es muy necesario persuadirse de esta verdad despreciada con harta frecuencia. Es necesario recordar, sobre todo en las horas difíciles de combate y de dolor, que la vida es una función que nos ha confiado el amor de Dios, función que no representa algo superfluo, sino algo útil al plan providencial.
b) Cada vida particular, cada función individual es una «nota» de la música universal.
Si nuestra vida tiene relación con Dios, también la tiene con nuestros semejantes. Es un hilo de un tejido, sutilísimo, si se quiere, pero ¡ay, si lo quitáis! Imitaríais el raciocinio de un grupo de amigos míos que se me acercaran y cada uno con la excusa de que un cabello es poca cosa, me arrancara uno. ¡En poco tiempo mi cabeza quedaría completamente calva, semejante a una plaza que ni siquiera tiene un monumento!
No nos encerremos en nuestro pequeño yo oscuro; abramos las ventanas de nuestra alma; escuchemos; oiremos la música de la historia y comprenderemos cómo nuestra débil voz también forma parte del gran coro.
La realidad es un conjunto ordenado. No es un revoltillo de seres semejantes a piezas separadas e inconexas, atomísticamente independientes. No.
En la naturaleza y en la historia encontramos una unidad casi de organismo. Una gota de agua está en estrechísima relación con toda la historia del universo: existe y existe cual hoy es porque ése fue y no diverso el desenvolvimiento de la nebulosa primitiva, de la tierra, de la atmósfera, etc.
Así cada uno de nosotros está ligado al todo con íntima solidaridad. Nuestra civilización tiene sus fuentes en las civilizaciones de los siglos transcurridos; nuestra vida del presente tiene sus raíces en la noche de los tiempos y la libre actividad coopera al desarrollo de los acontecimientos.
Una íntima relación une a la generación actual con las tumbas del pasado y las cunas del porvenir, y no es sólo «la nariz de Cleopatra», indicada por Pascal, la que puede señalar nuevos rumbos a la historia, sino que toda acción nuestra ejerce una influencia más o menos profunda en el curso de los acontecimientos.
Así como cada albañil contribuye a la construcción de un palacio, así también cada hombre es un albañil del palacio de la historia, es un colaborador de la historia de su familia, de su ciudad, de su patria, del mundo en que vive.
c) El cumplimiento de esta función señalada por Dios y la contribución al bien común no es deber que podamos descuidar impunemente. No somos dueños absolutos de nuestra vida, somos sólo sus depositarios, que libremente negociamos los talentos recibidos y un día deberemos rendir cuenta de éstos.
Por esto, ante todo, es una culpa el suicidio, sea el de Catón que no quiso sobrevivir a la libertad de su patria, sea el de Lucrecia que no quiso sobrevivir a su vergüenza.
Ningún motivo puede justificar a quien huye del campo de batalla, donde el deber lo ha colocado; ningún pretexto debe disminuir el horror suscitado en nosotros por la jovencita que bebe pastillas de sublimado corrosivo, por el desesperado que se dispara un tiro de revólver, por Roberto Ardigó que a los noventa años toma una navaja de afeitar y se degüella murmurando: «¿para qué sirve la vida?», o por cualquier Petronio sesentón que entre músicas y perfumes levanta en alto la múrrina copa, bebe en ella, la destroza arrojándola violentamente contra el muro y luego alarga su brazo para que el médico abra sus venas y muere exangüe.
No. La vida no es una copa que se pueda estrellar lícitamente contra el suelo.
Y así como el suicidio es un delito, así también la pérdida del tiempo es un pecado.
Fugit irreparabile tempus, advertía ya Virgilio.
Quien reflexione en la inmensa cantidad de horas, de días y de años malgastados por muchos con incalificable ligereza, exclama con Schiller, en una de sus Kleine Gedichte titulada: Der Sämann: «Mira: esperanzado confías a la tierra la dorada semilla y alegre esperas en la primavera que germine. ¿Sólo vacilarás en arrojar en los surcos del tiempo buenas acciones que sabiamente sembradas florezcan con tranquilidad para la eternidad?»
La misma moral natural proclama la preciosidad del tiempo y la obligación del trabajo. Además, los Santos del Cristianismo nos han dado en esto luminosísimos ejemplos: San Alfonso había hecho voto de no perder jamás ni siquiera un instante; San Felipe Neri no dejaba inutilizada ni una pequeña partecita de tiempo; San Camilo de Lelis se detenía ante las tumbas y se preguntaba: «¿Qué harían estos muertos para la vida eterna, si pudiesen volver a la vida?»
En una palabra, hay Santos protectores del trabajo, como San Benito; hay protectores de los sastres, de los zapateros, de los periodistas, etc.; pero jamás ha existido un santo protector del ocio.
Todo esto es verdad aun bajo el aspecto del orden natural. Y todos, hasta los mismos estoicos, han declarado a la vida así concebida, la vida que glorifica al Creador.
«¿Qué otra cosa puedo hacer yo, anciano y cojo, sino cantar la gloria de Dios? —decía Epicteto en sus Discursos—. Si fuese un ruiseñor, haría la parte de ruiseñor; si fuese un cisne, la parte de cisne. Soy un ser racional y debo entonar un himno a Dios. Ésta es mi parte y la haré, mientras pueda; os invito a todos vosotros a cantar conmigo».
Es ésta la expresión de la misma razón humana. La Revelación la confirma; y añade que nuestra vida debe ser vida no sólo a gloria de Dios, sino a gloria del Dios uno y trino, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
***
3
La vida en el orden sobrenatural
El orden sobrenatural no destruye nada de lo que hemos indicado, sino por el contrario, todo lo consagra y lo sublima.
a) La vida del cristiano es una función que el Padre confía al hijo.
Mientras vivimos sin pecado mortal, no siendo esclavos, ni meras creaturas, sino hijos de Dios por la gracia que eleva nuestra naturaleza humana y nos hace partícipes de la naturaleza divina, nuestra vida es un Padre Nuestro recitado con la actividad cotidiana.
El verdadero Padre Nuestro no es el que tantas veces mascullamos distraídamente, es el grito de amor que los hijos fieles dirigen al Padre, mientras cumplen su voluntad en la tierra. Son nuestros actos —desde las oraciones que pronunciamos hasta los sacrificios generosamente aceptados— los que glorifican al Señor y le repiten: sanctificetur nomen tuum.
Son ellos los que concurren a la realización de su reino: adveniat regnum tuum.
Mediante nuestra vida toda pronunciamos en verdad, más que con los labios, las sublimes palabras: fiat voluntas tua.
Y el buen Padre nos provee el pan supersubstancial que vivifica las almas y el otro pan que nutre los cuerpos; nos perdona nuestros pecados, ordenándonos perdonar las ofensas recibidas; nos pone en guardia contra las tentaciones y el mal, o sea, contra la culpa que podría, siendo mortal, hacernos perder la gracia y de ese modo arruinar nuestra vida.
Toda acción buena hecha sin la gracia no brota de un alma divinizada, por ende tiene un valor puramente humano y no merece un premio sobrenatural, en una palabra, es una acción sin amor. Nuestra vida, por el contrario, debe ser la actuación de nuestra función humana querida por Dios y desarrollada con la gracia, santificante.
A imitación del Beato de la Colombière debemos ser apóstoles del «momento presente santificado» y con él debemos proponernos este programa:
«Aunque toda la tierra debiera sublevarse contra mí, censurarme, mofarse de mí, compadecerme, es necesario que yo haga todo lo que Dios me ordena, todo lo que Dios me inspira para su gloria».
b) El Padre no nos deja solos: nos une, nos incorpora a su Hijo Unigénito, Jesucristo, y mediante «el primero entre los hermanos» nos une a todos los demás hermanos en el Cuerpo Místico de la Iglesia.
Entonces nuestra vida cristianamente vivida es no sólo divinamente preciosa en sí, sino también provechosa para todos. Es amor a Cristo con quien formamos un mismo organismo; es amor al prójimo con quien comunicamos en la Comunión de los Santos; es contribución con una pequeña piedra a la catedral dedicada a la Realeza del Salvador; es apostolado; es función de amor fraterno.
Jesús está con nosotros. Reclina su cabeza sobre nuestro corazón y nos incita al deber, al sacrificio, al amor. Si caemos, nos levanta; si estamos tristes y fatigados, nos repite: «Venid a mí, vosotros todos los que estáis abatidos y fatigados y yo os aliviaré»; si sufrimos, recoge nuestras lágrimas; si trabajamos, santifica nuestra fatiga; si oramos, une nuestra oración a la suya y la ofrece al Padre.
La desesperación del suicidio no cabe aquí; la pérdida del tiempo constituye un remordimiento; el sudor cotidiano se convierte en sobrenatural alegría; y la nota puesta en la música de la vida es una nota de amor.
c) Por lo demás ¿sería posible una hipótesis diferente, si se piensa que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia y por esto el alma de nuestra alma?
Cuando en nuestros templos se canta festivamente: «Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto», no reflexionamos tal vez en que esa doxologia es sólo un eco de la gloria al Señor uno y trino, gloria que se eleva de toda vida cristiana y de toda la vida de la Iglesia.
Muchas veces hemos perdido el sentido de lo sobrenatural.
La vida ha perdido de vista al Sol que debía iluminarla y queda sumergida en las inconsolables tinieblas de los dolores, de las lamentaciones y de las mezquinas miserias humanas.
Y entonces la vida ya no es un Gloria a la Trinidad y no se percibe su valor.
Si Montalembert, dirigiéndose un día a los jóvenes para despertarlos de su sopor y animarlos a obras egregias, les decía: «Dadme vuestros veinte años, si no sabéis qué hacer con ellos», nosotros también podemos repetir el mismo llamamiento a una juventud con frecuencia floja e inconsecuente que trata a la vida, como a un cigarrillo… Cuatro espirales de humo, y después, las tumbas recogen las colillas.
No. Esto no debe tolerarse. Repitámoslo una vez más: cada uno de nosotros (este pensamiento genial es de San Francisco de Sales) puede compararse al habilísimo músico que ensordeció completamente, su oído no percibía ningún sonido. Sin embargo para contentar al príncipe prosiguió su canto acompañándose con delicada mano en su laúd. Y proseguía aunque el príncipe no le manifestara su agrado.
También nosotros somos sordos en este mundo. Es decir, no percibimos todo el significado, ni el valor de la vida; no sabemos qué influencia tendrá por voluntad de Dios en el triunfo de Cristo; no podemos comprender la sobrenatural belleza de una existencia, si se quiere humilde y oculta en sí, pero preciosa a los ojos del Señor.
No importa. Nuestra vida debe ser siempre hermosa, como un himno y como el sonido de un laúd tocado no por cualquier mano, sino por el Espíritu divino.
Continuará…
