MONS. FRANCISCO OLGIATI: EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA – Capítulo Tercero: LA LEY DEL AMOR

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA

Capítulo Tercero

LA LEY DEL AMOR

Se ha hecho la observación de que si es bueno tomar una rosa y deleitarse con su hermosura y su perfume, mejor es, sin embargo, dedicar los cuidados al rosal: cada primavera las rosas se multiplicarán y nos procurarán alegría y fragancia.

Acaece lo mismo en la moral: no es ciertamente inútil examinar cada virtud, cada norma, cada flor de la ética cristiana, pero lo más importante es el rosal del Amor, pues quien lo cultiva tiene todas las virtudes.

Cuando podemos decirnos con sinceridad a nosotros mismos que amamos a Dios, podemos añadir con San Agustín: «Ama y haz lo que quieras». El amor es la perfección de la ley, advierte San Pablo; es la fuente de todo precepto; debe ser el soplo inspirador de todo acto, y en esto radica toda la moral cristiana. Lo ha enseñado Jesús en el Evangelio:

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas: éste es el primero y el mayor de los mandamientos… El segundo es semejante al primero: ama a tu prójimo como a ti mismo».

Para comprender el significado de estas palabras, examinemos el amor que debemos a Dios, al prójimo y a nosotros mismos.

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I

EL AMOR A DIOS

Hay un grave error muy difundido en nuestros días, que conviene disipar inmediatamente.

Créese que el amor a Dios exigido por Jesús consiste en que el individuo con todas las energías de su alma humana, con su afecto, con su inteligencia y con su acción, afirme su amor a Dios. Se trataría, por lo tanto, de un amor individual y humano.

Es un error. Si nuestro amor hacia Dios debiese consistir sólo en esto no eran necesarios el cristianismo, el orden sobrenatural y la revelación.

Bastaría la razón o la conciencia del mero hombre, que ascendiendo con un simple raciocinio desde las cosas creadas al Creador, sentiría el deber de amar a Dios sobre todas las cosas. Un filósofo pagano, como un Platón o un Epicteto, más aun, toda alma naturalmente honesta podría llegar a este acto de amor natural.

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a) El amor sobrenatural a Dios

El amor a Dios, de que nos habla Jesús, es algo más sublime. Es, en verdad, todo esto que acabamos de decir —pues el orden sobrenatural jamás destruye el orden natural— pero es un acto de amor hecho por nosotros en unión con Cristo.

Incorporados en Él, divinizados por su gracia, unidos a su Cuerpo Místico, somos vivificados por el Amor sustancial que une al Padre con el Hijo y al Hijo con el Padre.

Somos, por ende, hijos de Dios y nuestro amor a Dios no es el simple amor de una creatura, sino el acto de amor sobrenatural, cuyo principio nos fue infundido por el Espíritu Santo, con el cual amamos a Dios, como los hijos aman al Padre.

No por nada la primera palabra de la gran oración enseñada por Jesús es un acto de amor: «Padre nuestro»; unidos a Jesús saludamos y amamos al Padre, quien ve en nosotros no a cada individuo (como en la página de un libro no veo sólo cada letra), sino que en nosotros contempla a su Jesús que nos une, nos eleva, nos diviniza (como yo en la página a través de las letras veo el pensamiento) y es amado por nosotros con un amor ciertamente humano, pues es libre, pero transformado y sublimado por la gracia sobrenatural del Paráclito.

¿Qué es nuestro pequeño corazón respecto de Dios? ¿Qué es el latido del amor humano por el infinito? Si nuestro corazón no está unido al Corazón de Cristo con la caridad, nada es. En cambio, si unidos a Él, amamos al Padre, entonces los dos latidos —el humano y el divino— son semejantes, aun en su infinita diferencia, a dos granos de incienso puestos en el mismo incensario. La nube que se eleva es entonces agradable al Padre y la fragancia es digna de Él.

Por lo tanto, el amor sobrenatural a Dios, fundamento y alma de la moral cristiana, presupone la fe. Con la fe creemos los misterios de nuestra divinización y todas las verdades que nos han sido reveladas con relación a ésta; en una palabra, creemos en el amor de Dios hacia nosotros; nos credidimus charitati.

Más aun; el amor sobrenatural a Dios implica la esperanza, porque, como veremos, ¿qué es ésta sino la propensión del alma hacia el amor a Dios, que será un día nuestra felicidad eterna?

Y con esta noción de un amor no puramente individual, sino en unión con Cristo —y no simplemente humano, sino elevado por la gracia— es necesario leer el Evangelio y el Nuevo Testamento, cuando San Juan afirma: «quien permanece en el Amor, permanece en Dios y Dios en él»; debemos percibir en esta expresión nuestra unión con Dios por el hábito y el acto de caridad.

Cuando San Pablo habla de nuestro «amor a Dios que está en Jesucristo», su frase no debe ser para nosotros un enigma incomprensible. Y cuando añade que en el Cielo no existirán ni la fe, ni la esperanza, pues veremos y poseeremos a Dios, sino sólo la caridad, debemos comprender que el Paraíso es la visión y la posesión de Dios, conquistado con la caridad en la tierra, la cual no desaparece, sino se continúa y perfecciona en el Cielo en un acto eterno de amor de los hijos hacia la Santísima Trinidad.

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b) Los «sustitutos» del amor a Dios

Si partiésemos siempre de este concepto exacto del amor a Dios, no correríamos el riesgo de confundirlo con los sustitutos peligrosos que se encuentran en circulación.

1) El primer sustituto, el más engañador, es el que sustituye el amor sobrenatural a Dios con el amor sensible, con el sentimentalismo que tiene su origen en nuestro organismo fisiológico, con una serie de ¡oh! y de ¡ah!, que semejan —como diría el padre Aubry— suspiros columbinos. Hay almas que temen no amar al Señor y están convencidas de haber rezado mal, por no haber tenido el fervor sensible, ¡como si el amor a Dios, que reside en nuestra voluntad, debiera ser fisiológico y no espiritual!

2) El segundo sustituto, contra el cual nos ha puesto en guardia el mismo Jesús, hace consistir el amor a Dios en meras palabras, en dulces manifestaciones verbales: «No entrará en el reino de los cielos quien dice: Señor, Señor, sino quien hace la voluntad de mi Padre».

Por la historia del Cristianismo sabemos que la Iglesia ha condenado el quietismo, con no menor energía que la empleada al reprobar el naturalismo.

Si el naturalismo reducía la vida a la sola actividad humana sin amor a Dios, el quietismo ha querido suprimir nuestra contribución y reducir todo a la acción divina. Son dos aspectos unilaterales: son el verdadero amor sobrenatural a Dios cortado por la mitad; de un lado la actividad del hombre y del otro la gracia de Dios: dos cosas que deben estar indisolublemente unidas.

Por esto, quien cree amar a Dios, porque frecuenta la iglesia, asiste a las funciones, recita oraciones, y después no practica en su vida la ley moral, se engaña miserablemente: es un cristiano de nombre y en apariencia, no un cristiano verdadero y de hecho.

Sólo se ama a Dios cumpliendo su voluntad. Y no se cumple la voluntad del Padre sin la caridad, que es forma de toda acción nuestra sobrenaturalmente meritoria.

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c) El verdadero amor a Dios

Tenemos verdadero amor a Dios, cuando unidos a Cristo y vivificados por el Espíritu Santo amamos al Padre «con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas».

1)
Con todo el corazón, es decir, cuando todos los afectos del corazón tienden a Él como fin y convergen a Él como a su centro.

Es necesario —dice el padre Grou en sus Meditaciones sobre el amor de Dios— que no exista en nuestro corazón división alguna, sino que todo pertenezca a Dios; «es decir, es necesario que Dios sea lo único que yo ame por sí mismo y que lo demás… lo ame en relación a Dios».

«No es amarte suficientemente —exclamaba San Agustín— amar contigo otra cosa que no sea amada por Ti». En este sentido proseguía Sn Bernardo: «La medida del amor debido a Dios es amarlo sin medida». Veremos luego cómo ningún valor humano, por ejemplo el amor a nosotros mismos, a los semejantes, a las riquezas, a la gloria, etc., se destruye, ni disminuye por esto, sino todo se unifica y se subordina al amor de Dios.

2)
Con toda la mente, o sea, nuestra inteligencia debe contemplar siempre la realidad a la luz de Dios y de su Amor.

Siendo cuanto existe creación de Dios y dependiendo de Él, mi mente no conseguirá la verdadera erudición, si no encuentra la conexión entre cada cosa y Dios.

Estudien la naturaleza el físico, el químico, el biólogo, el naturalista, pero recuerden que, aun cuando por la necesidad del análisis ocurre prescindir de Dios, jamás es posible la síntesis de la ciencia sin Su amor por nosotros y el nuestro por Él.

El biólogo escudriña las leyes de la vida; el astrónomo admira la armonía y el orden de los astros; el filósofo indaga el universo para alcanzar los supremos principios del ser; pero todas las ciencias deben reconducirme al centro de la realidad.

Para continuar con una comparación anterior, puedo prescindir momentáneamente del pensamiento que ha dado origen a una página y en ella está expresado; puedo limitarme ya a buscar el alfabeto usado, ya a estudiar el sistema de puntuación, ya a hacer un elenco de palabras, ya a descubrir las reglas gramaticales y sintácticas de aquel idioma, pero todo esto es sólo un medio para alcanzar el pensamiento y comprenderlo.

Así en el gran libro del universo mi mente, mediante los innumerables ramos de las ciencias, hace indagaciones parciales que no deben concluir allí mismo, sino deben tener como principio y como término a Dios, que en la naturaleza y en la historia nos da una de las manifestaciones de su Amor.

Ama a Dios con toda la mente quien busca a Dios, tanto en cualquier cosa a que dirija su mirada, como en la ciencia que cultiva.

3)
Con todas las fuerzas, o sea, con toda nuestra voluntad y toda nuestra acción. El amor a Dios exige que se viva para Él, que se obre según su voluntad y que se le sea prácticamente fiel, aun en las cosas pequeñas.

«Las cosas pequeñas, advertía San Agustín, son pequeñas cosas; pero ser fiel en las cosas pequeñas es una gran cosa».

Y Tissot comenta genialmente:

«¿Acaso Nuestro Señor no está en toda su integridad, con toda su grandeza, con toda su vida, con todas sus perfecciones adorables en una Hostia pequeña lo mismo que en una Hostia grande, en un fragmento lo mismo que en la Hostia entera? ¿No recojo los fragmentos con la misma adoración que rindo a la Hostia grande? Lo mismo acaece con la voluntad de Dios».

Esta es idéntica en el menor de los preceptos y en el mayor de los mandamientos. Cada norma de la ley moral es dictada por el Amor y debe ser seguida por amor, por esto en las pequeñas obras y en las importantes, en el humilde y oculto cumplimiento del deber cotidiano y en el acto eventual de heroísmo, siempre reina el mismo amor. Cada acción nuestra debe, pues, ser un acto de amor a Dios.

Como dice el Padre Rodríguez, en el Sancta Sanctorum del templo de Salomón cada cosa era de oro o recubierta de oro; lo mismo en nosotros, cada cosa debe ser o amor a Dios o realizada por amor a Dios.

La oración, el trabajo, el dolor, el sacrificio, la vida, la muerte, en una palabra, todo debe convertirse en un canto de amor.

Sólo debemos hacer una distinción, según nos lo advierte Jesús en el Evangelio. En efecto:

1) Hay un amor mandado, y es el que se refiere al deber, a los mandamientos, a los preceptos.

Nadie puede sustraerse a este amor, sin rebelarse. Aquí tenemos la voluntad de Dios que obliga.

2) Y hay un amor aconsejado, o sea el que se refiere a los consejos. «Si quieres ser perfecto», dice Jesús mirando con ojos de predilección a un alma, conságrate a Mí con los votos de castidad, de pobreza y de obediencia. Tenemos aquí la voluntad de Dios, que no obliga, sino sólo invita con dulzura.

He aquí la doble falange de los cristianos: la de aquéllos que marchan por el camino común de la ley moral y la de los que suben a la montaña elevada. Los primeros y los segundos aman a Dios: la diferencia está en el modo más directo de la práctica del amor, aunque no siempre en la intensidad de éste, pues la intensidad del amor del cristiano que vive en el mundo puede igualar y aun superar a la del que vive en el claustro.

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d) La resignación cristiana y la «santa indiferencia» de San Ignacio

Ahora podemos comprender el verdadero sentido de la doctrina moral cristiana respecto de la resignación en el dolor y del programa ignaciano acerca de la «santa indiferencia».

Hemos visto cómo el amor a Dios implica esencialmente que se cumpla su voluntad, o sea que se quiera lo que Él quiere. Si Él nos quiere en la alegría, debemos bendecirlo con el autor de la Imitación de Cristo; si nos quiere en el dolor, igualmente debemos bendecirlo.

¿Qué es la resignación? ¿Acaso la insensibilidad o la indiferencia? ¡No, mil veces no! Por el contrario, cuanto más se siente y se sufre, tanto más debemos amar a Dios, conformándonos y uniformándonos con su voluntad.

Sabemos que Él es Padre y que, si permite el dolor, lo hace por nuestro bien: aun no comprendiendo sus secretas intenciones, sabemos con certeza que es el Padre, quien nos envía el sufrimiento. Por esto no nos rebelamos, no nos desesperamos, y proseguimos seguros nuestro camino con un gran acto de amor a Él, aunque no consigamos, ni podamos trocar en una alegría nuestra pena.

«Debemos hacernos indiferentes con relación a todas las cosas creadas», prosigue San Ignacio, suscitando el coro de las recriminaciones de quienes, en nombre del «perinde ac cadaver», lo acusan de fautor de apatía, de fatalismo musulmán, de inercia búdica, de insensibilidad estoica y de otras cosas por el estilo.

¡Necedades! Según San Ignacio, debemos amar a Dios y en esto no podemos ser indiferentes. Es nuestro fin del cual no se discute. Pero ¿de qué manera debemos amar a Dios? Y el autor de los Ejercicios contesta: Haciendo lo que Dios quiere, no lo que quiero yo. ¿Hay algo más evidente? No.

Y entonces se deduce que no debemos valorar las cosas en sí mismas, como si fuesen lo Absoluto, sino sólo en relación a la voluntad de Dios: las cosas jamás tienen valor de fin, son sólo medios, variables al infinito, que pueden conducir al fin.

Si Dios me quiere profesor, lo amo desempeñando bien mi cargo de profesor; si Dios me quiere labrador, lo amo cultivando bien los campos; si Dios me quiere postrado en el lecho de dolor, lo amo sufriendo; si me quiere soldado, lo amo combatiendo, y así sucesivamente.

Debo hacerme indiferente para las cosas humanas: lo que es completamente distinto de la inercia o insensibilidad. Es todo lo contrario: es el mayor grado de actividad a que puedo aspirar (y los Ejercicios ignacianos están completamente animados por este espíritu de enérgica actividad).

El facere nos indifferentes exige una lucha formidable contra nosotros mismos, que debemos afrontar por amor a Dios.

La resignación inerte del fatalista es negación de actividad y es mero egoísmo: éste dice: «no quiero afligirme y tomo las cosas como vienen»; y también «es inútil fastidiarse contra el destino».

La aceptación cristiana del beneplácito divino es la prueba más hermosa de amor que podemos ofrecer a Dios, porque si es fácil proclamar nuestro amor en las risueñas horas de felicidad, no es tan fácil repetirle el testimonio de nuestro amor, cuando nos pide sacrificios, lágrimas, martirios.

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e) Vida activa y contemplativa

Tenemos, pues, resuelto también el otro problema: si es mejor la vida activa o la contemplativa.

No basta discutir esta cuestión en abstracto, porque entonces es evidente que la vida contemplativa es la optima pars, en cuanto el alma se dirige directamente a Dios, mientras la vida activa, dirigiéndose a las cosas, sólo indirectamente sube hasta Dios; es necesario discutirla en concreto.

La vida mejor para cada uno de nosotros es la que Dios quiere.

La moral cristiana reprobaría a la obrera que raciocinase así: «estoy cansada de hacer de Marta; quiero imitar a María que ha elegido la mejor parte: por lo tanto permaneceré todo el día en la iglesia orando ante el Tabernáculo»; la reprobaría porque ser cristiano significa amar a Dios, o sea, hacer su voluntad; si Dios quiere que una persona trabaje en un taller, ésta no ama a Dios rebelándose contra la voluntad divina, esto es, permaneciendo largas horas en la iglesia.

Si Dios quiere a un hijo suyo en la febril agitación del comercio, es allí donde debe estar el hijo bueno, sin añorar los éxtasis de la contemplación.

De modo que en la práctica el cristiano más perfecto es el que cumple mejor la voluntad de Dios en el estado en que la Providencia lo quiere. El bien no es bien, si no es realizado cuando conviene, como conviene, es decir, según todas las circunstancias concretas que nos indica la voluntad divina.

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f) Conclusión

No podría concluir mejor este capítulo, que citando algunos versículos de la Imitación de Cristo (L. III, cap. 5):

«Bendígote, Padre celestial, Padre de mi Señor Jesucristo, porque te dignaste acordarte de este pobre.

¡Oh Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo!… bendígote y te glorifico siempre con tu Unigénito Hijo y con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.

¡Oh Señor Dios, divino objeto de mi amor!…

Tú eres mi gloria y la delicia de mi corazón…

¡Gran cosa es el amor y el mayor de todos los bienes! El amor hace ligero todo lo pesado y lleva con igualdad todo lo desigual. Lleva la carga sin sentirla; y trueca en dulce sabor todo lo amargo… No hay en el cielo y en la tierra nada más dulce, más fuerte, más sublime, más expansivo, más alegre, más perfecto, más excelente que el amor; porque el amor nació de Dios y no puede hallar paz y descanso en las cosas creadas, sino en el mismo Dios.

El que ama, corre, vuela, exulta; es libre y nada puede detenerlo. Da todo por todo y todo lo encuentra en todo, porque descansa en un sumo Bien, del cual mana y procede todo bien…

Para el amor nada es imposible… Fatigado, no se desalienta; libre de lazos, no se ata; amenazado no se acobarda; y como viva llama y ardiente antorcha, sube a lo alto y se remonta con seguridad…

Grande clamor es en los oídos de Dios el abrasado afecto del alma que dice: Dios mío, Amor mío, Tú eres todo mío y yo soy todo tuyo. Dilata mi corazón en el amor, para que aprenda a pregustar en el interior de mi corazón cuán suave es amar y derretirse y nadar en el amor…

Cante yo cánticos de amor; sígate, Amado mío, hasta el cielo y desfallezca mi alma en tu alabanza, alegrándome por el amor…

Nadie vive en amor sin dolor.

Quien no está dispuesto a sufrirlo todo y a hacer la voluntad del Amado, no es digno de llamarse amante de Dios. Quien ama, debe abrazar voluntariamente por amor al Amado todo lo duro y amargo, y no apartarse de Él por cosa contraria que acaezca».

Desde el Cantar de los Cantares hasta esta página, tal vez escrita en éxtasis, el himno fue entonado muchas veces. Y quizás nuestro pobre corazón ha percibido muy pocas veces, o muy débilmente, su eco…

Continuará…