MONS. FRANCISCO OLGIATI: EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA – Cap. Segundo: LA ACTIVIDAD MORAL – Continuación… III – La acción cristiana

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA

Capítulo Segundo

LA ACTIVIDAD MORAL

Continuación…

III

La acción cristiana

En la tumba de San Pablo, en Roma, léense las palabras de su Epístola a los Filipenses: «Mi vida es Cristo. Mihi vivere Christus est«. No era Pablo quien vivía; era Cristo quien vivía en Pablo. «Yo vivo —escribía un día a los Gálatas— pero no soy yo quien vivo; es Cristo quien vive en mí».

Con este programa es necesario iniciar el movimiento, si se desea comprender en una sola mirada la diferencia entre la acción moral humana y la acción moral cristiana, entre la actividad natural y la actividad sobrenatural, entre el hombre honesto y el discípulo de Jesús.

Como hemos visto en el Silabario del Cristianismo, podemos vivir la vida de tres maneras: como animales, como hombres y como cristianos. Es decir, podemos orientarnos hacia la materialización y el embrutecimiento, pisoteando la ley moral, o hacia la espiritualización inspirada en un sistema filosófico y una ética meramente humana, o hacia la elevación sobrenatural de la vida humana.

Debemos profundizar este último punto a la luz del dogma, que nos enseña el misterio de nuestra divinización y de nuestra incorporación a Cristo.

Seré elementalmente claro en este capítulo, porque me consta que revelará una idea desconocida a muchísimos lectores que sin embargo se consideran creyentes y desconocen las bases del Cristianismo.

Sígaseme con atento recogimiento, porque es una enormidad que el cristiano no sepa cuál es la característica propia de su actividad y la fisonomía especial de su vida. ¡La ignorancia religiosa de nuestros tiempos es algo, no digo espantoso, sino monstruoso!

***

a) La incorporación a Cristo

Era la noche del Amor divino. Pocas horas antes de una acerbísima pasión, cual sólo el exceso del amor hacia los hombres podía sugerir, Jesús instituyó el Sacramento de la Eucaristía, es decir, el Sacramento del Amor. Después, continuando un pensamiento enseñado en su predicación en otras ocasiones, manifestó explícitamente a los doce Apóstoles la verdad consoladora de nuestra unión e incorporación en Él.

«Permaneced en mí y yo permaneceré en vosotros. Así como el sarmiento no puede de suyo producir fruto si no está adherido a la vid, así tampoco vosotros, si no estáis unidos conmigo. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. Quien permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer. El que no permanezca en mí, será echado fuera como un sarmiento que se seca, se recoge y echa al fuego donde arderá».

Por lo tanto, el cristiano no debe considerarse como una persona arrancada o separada de Cristo y de los demás cristianos. Así como los diversos sarmientos están unidos entre sí y con la vid, así los discípulos de Cristo constituyen un todo único entre sí y con su Cabeza adorada.

Jesús continuó explicando esa unión entre los hermanos y con Dios, y añadió:

«Un nuevo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros; que os améis recíprocamente como os he amado yo»; y después dirigió una inefable oración al Padre, pidiendo que sus discípulos fuesen todos una misma cosa, como Él y el Padre eran un mismo Dios en la unidad del Amor sustancial, es decir, del Espíritu Santo:

«Padre, por tu nombre, guarda a éstos que me diste, para que sean una misma cosa como lo somos nosotros… Pero no ruego solamente por éstos [los Apóstoles], sino también por aquéllos que mediante su predicación han de creer en mí: sean todos una misma cosa, y así como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, así sean ellos una misma cosa en nosotros».

San Pablo no hizo sino comentar estas palabras reveladoras y explicarlas con múltiples comparaciones.

En la Epístola a los cristianos de Roma enunció el dogma de nuestra unión con Cristo con la semejanza del injerto: «hemos sido injertados en Cristo» y por esto participamos de su savia, de su vida divina, y formamos con Cristo el gran árbol de la Iglesia que se desarrollará hasta el fin del mundo y permanecerá inmortal.

En la Epístola a los fieles de Corinto, recurre al parangón del cuerpo humano: «aun siendo muchos, nosotros somos un solo cuerpo». «Así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y así como todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, forman un mismo cuerpo, así también es de Cristo». Todos nosotros hemos recibido el bautismo «para formar un mismo cuerpo… Sois el cuerpo de Cristo y miembros de este cuerpo». Cada uno de nosotros, continuó el Apóstol, no debe jamás profanarse a sí mismo, pues profanaría a Cristo.

Y el fin principal de su predicación era infundir en los ánimos esta idea dominante (que hoy vive desterrada de la inteligencia de muchísimos cristianos): debemos sentirnos unidos a Cristo; estamos incorporados en «Él; no vivimos nuestra vida, sino la Suya. El brazo es en verdad brazo y tiene su actividad, pero no debe considerarse aislado del organismo, pues vive la vida del organismo; lo mismo nosotros; tenemos, es verdad, nuestra actividad humana, pero elevada, corroborada, sobrenaturalizada por Cristo, la Cabeza del gran organismo que es su Iglesia.

En la Epístola a los creyentes de Éfeso, San Pablo insistió en este concepto: Dios dio a Cristo como cabeza de su Iglesia, la que es su cuerpo y su complemento, y todos están reunidos en Cristo, en un mismo cuerpo. No contento con esto, tomó otra imagen del edificio y agregó que Cristo es la piedra angular: «sobre Él elévase un edificio bien ordenado para formar un templo santo en el Señor».

Si no conseguimos esta convicción; si nos consideramos como individuos egoísticamente divididos, como átomos separados de Cristo; si nuestra actividad es considerada sólo como nuestra y no como la vida de Cristo en nosotros, que cooperamos con Él, como el brazo coopera a la vida única del organismo, llegaremos a la moral humana, pero no comprenderemos jamás la moral cristiana.

Imaginar nuestra justificación, como una atribución jurídica de los méritos de Cristo a nosotros, es un error del protestantismo —esencialmente individualista— y por lo tanto negación absoluta del Cristianismo, que es un organismo social. No, observa magistralmente el padre Plus en su áurea obra En Cristo Jesús:

«Nuestro Señor, para salvarnos, no se ha sustituido a nosotros, dejándonos separados de Él. Nos ha hecho solidarios con Él, uniéndose íntima y vitalmente a nosotros, de tal manera que desde entonces cuando el Padre mira a un redimido, lo ve como alguna cosa de Jesús y cuando mira a Jesús, lo percibe con todos los redimidos injertados en Él», incorporados en Él, unidos con Él. En verdad, no se trata de una unión física, como acaece entre las partes de un cuerpo, y ni aun de una unión meramente moral, como la de los miembros de una familia; pero no se trata tampoco de una unión exclusivamente jurídica y de una atribución externa de merecimientos. Estamos real y místicamente unidos con Cristo. La verdadera realidad no es sólo el Cristo histórico, que nació en Belén, murió en el Calvario, resucitó y ascendió a los cielos; es, sí, todo esto, pero es también el Cristo místico, o sea el Jesús que se encarnó, nació, vivió en este mundo y así sucesivamente, y nos une a todos a sí en el gran cuerpo que es la Iglesia militante, purgante y triunfante, que no está lejos de cada uno de nosotros, sino que vive en nosotros con su gracia divinizadora, con su vida divina.

Por la revelación conocemos este hecho; hoy no sabemos explicar —porque en esto está el misterio— cómo se verifica el hecho, a semejanza de muchos fenómenos naturales, cuya realidad conocemos sin alcanzar su explicación íntima. Mas no debemos olvidar jamás esta verdad dulce y consoladora, como no la olvidaban jamás los Padres en los primeros siglos del Cristianismo. Todos sus discursos se inspiraban en este supremo concepto que tendía a infundir en todos la persuasión de que el cristiano es otro Jesucristo: Christianus alter Christus; de que los creyentes son pequeños Jesús en flor, como decía San Ambrosio: Christi florentes; de que no sólo somos de Cristo, sino somos Cristo, como inculcaba San Agustín: Christi sumus y Christus sumus; Cristo nos ha incorporado en sí, para que en Él seamos Cristo: incorporans nos sibi, ut in illo Christus essemus.

Por lo tanto, no desencajemos los ojos al leer con frecuencia en las Actas de los mártires frases como ésta: «Todo el cuerpo era una llaga; pero Cristo, que sufría en él, demostraba que nada puede causar temor, cuando se tiene el amor del Padre».

Dejemos de celebrar, por ejemplo, un centenario de Bossuet con articulejos y publicaciones vacías, que dejan pasar inobservada esta gran idea, presente como soplo poderoso en cada obra o discurso de ese eximio orador. No nos maravillemos si «el Apóstol del Verbo Encarnado», el Cardenal de Bérulle, al encontrar a un niño, que con su candor le mostraba la vida de Cristo en el alma inocente, le tomaba su pequeña mano y guiándola se hacía dar una bendición que consideraba no la bendición de un niño, sino la de Jesús viviente en él. No nos maravillemos si en las Mémoires de Olier leemos que el padre De Condren —el grande y santo oratoriano— «no era sino una apariencia y una corteza» de lo que realmente era, pues «más bien era Jesucristo quien vivía en el padre De Condren, y no el padre De Condren quien vivía en sí mismo. Era semejante a una Hostia de nuestros altares: en el exterior se ven las apariencias del pan, pero el interior es Jesucristo. Así acontecía en este gran siervo de nuestro Señor, tan amado por Dios».

Con esta idea todo lo comprenderemos.

Comprenderemos el significado de nuestra elevación al estado sobrenatural y la gracia santificante, porque unidos a Cristo, nuestra vida es elevada, santificada y divinizada.

Comprenderemos el dogma de la Iglesia y de la Comunión de los Santos, o sea la unión de todos los fieles con Cristo y entre sí en un mutuo intercambio y un mutuo influjo de vida sobrenatural.

Comprenderemos la causa de la revelación del misterio de la Trinidad, en cuanto nos hacemos hijos adoptivos de Dios por nuestra unión con Cristo, Hijo por naturaleza del Padre; y de este modo el Hijo —que no es sólo Él mismo, sino la unión de todos los hijos— nos une al Padre en el amor del Espíritu Santo.

Comprenderemos la importancia del Bautismo, el sacramento que nos incorpora en Cristo y nos injerta en Él, como dice San Pablo, y ya no consideraremos loco al misionero que juzga compensados todos sus sacrificios aun por un simple bautismo administrado a un niño pagano moribundo.

Comprenderemos la Confesión que nos devuelve la vida y la participación en los méritos de Cristo, cuando el pecado nos convierte en miembros muertos en el cuerpo de Cristo.

Comprenderemos el verdadero culto a la Virgen y a los Santos y lo concebiremos como un homenaje al mismo Jesús, pues alabamos y admiramos los racimos y los pámpanos en relación a la vid: quien honra al fruto, alaba a la planta que lo produjo; muy lejos de ser nuestra devoción a la Virgen o a los Santos un acto de idolatría, es un acto de amor a Jesucristo Dios.

Amaremos sobre todo la Eucaristía, mediante la cual Jesucristo se une sacramentalmente a nosotros para intensificar más y más en nosotros su vida divina, por cuanto en la hora suave de la Comunión Él y nosotros, como dice San Cirilo de Jerusalén, somos dos ceras fundidas, arrojadas la una sobre la otra y compenetrándose totalmente.

Y al asistir a Misa no nos dejará indiferentes el acto del sacerdote que echa en el cáliz algunas gotas de agua con el vino que se ha de consagrar; gotas que nos representan a nosotros mismos, pues, unidos a Jesús, somos transformados por Jesús y nos hacemos partícipes de la divinidad de Aquél que se ha dignado hacerse partícipe de nuestra pobre humanidad.

¡Cuán hermoso es el Cristianismo, cuando es conocido y vivido! ¿Por qué seremos tan necios que consagramos todo nuestro tiempo a las verdades humanas y descuidamos la verdad y la vida divinas?

***

b) La acción cristianamente buena

Veamos ahora la aplicación práctica, las derivaciones necesarias del dogma en la vida moral.

«Nosotros —escribe el cardenal De Bérulle— formamos por lo tanto parte de Jesús y Él es nuestro todo. Nuestro bien consiste en estar en Él, en ser suyos, en existir, vivir y obrar por Él, como el sarmiento existe en la vid y de ésta obtiene vida y frutos».

Nuestro yo se siente incompleto e imperfecto; pero para encontrar su complemento y su perfección no debe dirigirse a las cosas pequeñas o a los débiles hombres, sino a Cristo. Éste debe ser «el espíritu de nuestro espíritu, la vida de nuestra vida, la plenitud de nuestra capacidad… Por, lo tanto, no debemos obrar sino como unidos a Él, dirigidos por Él y sacando de Él la fuerza para pensar, para hablar y para obrar».

Como maravillosamente prueba San Juan Eudes en su libro: Le Royaume de Jésus, la vida cristiana es sólo la continuación y el complemento de la vida de Jesús en cada uno de nosotros, de modo que Éste viva en sus miembros.

He aquí, por lo demás, la elevada idea maestra del sublime librito De imitatione Christi: debemos imitar a Jesucristo en nuestra conducta; conformarnos a nuestra Cabeza divina; hacer nuestros sus pensamientos, sus miras, sus afectos, su voluntad.

Él es el modelo que debemos imitar; y — nótese bien— no es un modelo colocado fuera de nosotros al que para reproducirlo debemos mirar de lejos, absolutamente no; está unido a nosotros; y por esto «los cristianos — añade aún San Juan Eudes— siendo sus miembros, hacen sus veces en la tierra, representan su persona y por lo tanto deben hacer todo lo que hacen… como Él lo haría».

Obrar cristianamente es obrar con Jesucristo y según Jesucristo, con sus mismas disposiciones, con sus mismas intenciones, con su «espíritu». Debemos armonizar nuestra vida con la suya; los juicios acerca de nosotros, las cosas y los acontecimientos con sus juicios; nuestros sentimientos, nuestras conversaciones, nuestros actos con los suyos.

Por lo tanto, para que una acción sea cristianamente buena se requiere:

1º) que sea un acto moral, porque en caso contrario no sería realizado según el espíritu de Cristo; en consecuencia, debe ser según la recta razón en su objeto, en las circunstancias, en la intención y en el fin.

Nada hay en el acto naturalmente honesto que sea repudiado por el cristiano o no sea necesario a éste. Lo sobrenatural no destruye la naturaleza, sino la presupone siempre, de otro modo ¿qué cosa sería elevada y divinizada?

2º) Que quien obra esté unido a Cristo con la gracia, esté, por lo tanto, bautizado, al menos con el bautismo de deseo, y esté libre de pecados mortales, porque de otro modo la actividad buena, aun permaneciendo humanamente buena, no sería divinamente elevada y fortificada.

Existe, por lo tanto, una gran diferencia entre el caballero y el cristiano, entre la virtud filosófica y la virtud cristiana, en la cual, esencialmente, consiste la santidad, porque — observémoslo inmediatamente— la santidad no consiste en hacer milagros o en tener visiones, sino más bien en santificar nuestra actividad con la gracia de Cristo:

a) para el acto humanamente bueno es suficiente la luz y la guía de la razón; para el acto cristianamente bueno es necesaria también la revelación que nos traiga la dulce nueva de nuestra elevación al estado sobrenatural. En el primer caso, podría bastar la filosofía, en el segundo se requiere también la fe, porque, ¿cómo podría concebirse la moral cristiana, prescindiendo del dogma y del conocimiento del fin sobrenatural al cual dirigimos nuestras acciones?

b) El acto humanamente bueno tiene por principio nuestro yo y las fuerzas morales de nuestra naturaleza, aunque corroborado con la asistencia y la ayuda del Creador. La acción cristianamente buena tiene, en cambio, por principio nuestro yo divinizado, digamos así, por la gracia santificante; soy yo que obro, pero no soy sólo yo; con mi pequeño yo humano, Jesucristo obra en mí, en cuanto unido a Él obro con El, en Él y por Él.

c) El acto que sólo es humanamente bueno, se realiza por el bien, y no por un bien abstracto, sino por amor natural, al menos implícito, de Aquél que es el «Bien de los bienes», Dios. El acto cristianamente bueno se realiza por Dios, nuestro fin sobrenatural, y por Jesucristo: unidos con Él por la gracia, obramos por amor del Padre, en el soplo vivificante del Espíritu Santo.

d) El acto honesto sólo puede tener recompensa de orden natural. El acto cristiano realizado en gracia, se hace meritorio de vida eterna y tiene por premio una felicidad sobrenatural, de la cual luego hablaremos.

Si todo acto cristianamente bueno es también honesto, no todo acto honesto es también cristiano.

Y se comprende asimismo, cómo todas las virtudes humanas pueden y deben encontrarse en los creyentes; y del mismo modo cómo hay virtudes cristianas que no sería posible encontrar en un supuesto hombre meramente honesto. Por ejemplo, la fe la esperanza y la caridad sobrenaturales, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo sólo pueden hallarse en quien cree en Cristo, en la unión con Él, en su revelación.

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c) La acción cristiana y el amor

Desarrollaremos a continuación el concepto: la moral cristiana es la moral del Amor. Pero desde luego podemos entrever la profundidad de la enseñanza de San Pablo al recomendar en su Epístola a los Colosenses: «Sobre todo tened el Amor, que es el vínculo de la perfección».

En efecto, en el Cristianismo la moral consiste esencialmente en el amor de los hijos unidos en Cristo al Padre y a los hermanos. Lo que nos diviniza es la gracia, es el don del amor infinito de Dios hacia nosotros; lo que nos alienta a obrar moralmente es nuestro amor hacia el Padre en Jesucristo.

Los dos elementos que concurren en la actividad cristianamente buena son, por una parte, el Amor de Dios hacia nosotros y nuestro amor hacia Dios, por la otra. Lo divino y lo humano se unen para formar un mismo todo, aunque para analizarlos nosotros podamos examinar separadamente los dos elementos de la síntesis.

Por esto cuando se habla de escuela ignaciana, de escuela oratoriana y otras, no se debe juzgar que se trata de corrientes opuestas; ¡dejemos de crear oposiciones inexistentes entre el así llamado Séneca cristiano, el padre Rodríguez y San Francisco de Sales! Según las necesidades de los tiempos, los pensadores sagrados iluminan uno u otro de los dos elementos de la acción cristiana.

Cuando Pelagio tiende al naturalismo y niega lo sobrenatural, San Agustín desarrolla la idea de la gracia.

Cuando Lutero y Calvino niegan el libre albedrío y reducen el acto moral a la sola imputación extrínseca de la gracia de Cristo, Ignacio de Loyola, seguido por el eximio autor de la Perfección cristiana y por un teólogo como Molina, insiste en la formación de nuestra voluntad y en nuestra cooperación a la asistencia divina.

Cuando como consecuencia del humanismo, el naturalismo trata de prevalecer, encontramos la florescencia debida al cardenal De Bérulle, a San Juan Eudes, a De Condren, a Olier, a Grignion de Montfort, a Bossuet, a San Francisco de Sales, a San Vicente de Paúl, que subrayan la vida de Jesús en las almas cristianas, la influencia divina en nuestras acciones, la obligación de que «Jesús sea todo en cada cosa»: en las palabras, en los pensamientos y en las obras.

Pero entendámonos: el benedictino que con vivo sentido litúrgico nos recuerda a cada momento nuestra incorporación en Cristo, con quien oramos y vivimos; el oratoriano que con obras inmortales insiste en el hecho de que lo sobrenatural nos baña por todas partes y penetra hasta la más profunda intimidad del alma; el jesuita que con la meditación, los exámenes de conciencia y los «Ejercicios espirituales» se convierte en maestro de energía, no están en oposición entre sí.

San Ignacio, que en los «Ejercicios espirituales» examina especialmente el elemento humano del acto moral, no descuida el otro y en las Constituciones insiste en que el hombre jamás olvide que es «un instrumento unido a Cristo, instrumentum Deo conjunctum»; como, por otra parte, San Agustín y San Juan Eudes están muy lejos de tener en poco la actividad humana, aunque insistan en la necesidad de lo sobrenatural.

Algunos ilustran preferentemente el amor de Dios hacia nosotros, otros nuestro amor hacia Dios; en concreto, el acto moral es la síntesis de estos dos elementos que lo constituyen.

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d) Conclusión

En el Evangelio de San Juan dice Jesús: «Yo no estoy solo, está conmigo el Padre». Todo cristiano que combate las batallas de la vida, puede repetirse: yo no estoy solo, conmigo está Jesucristo y con Él están conmigo el Padre y el Espíritu Santo.

Algunos filósofos han creído que Dios y la gracia aniquilan los valores humanos, nuestra voluntad, nuestra dignidad. ¡Locuras! No sólo nada destruyen, excepto las imperfecciones y nuestras deficiencias, sino que lo elevan y fortifican todo.

En el pensamiento cristiano jamás encontramos la debilidad del aislamiento; unidos a todos los hermanos de la Iglesia de ayer y de hoy, a la historia pasada y presente, unidos sobre todo con Cristo por la gracia santificante y por sus dones, sentimos la fuerza divinamente poderosa que nos impulsa, nos sostiene, nos alienta; y por esto, los Santos han realizado obras que aun bajo el aspecto humano, son gigantescas: obraban animados por el poder de Cristo.

Vivir con Él no significa el aniquilamiento, ni la muerte, sino la resurrección y la vida.

«Vosotros, filósofos —diremos también con Augusto Cochin en su obra Esperances chrétiennes—, vosotros no podéis comprender cómo nosotros amamos a Cristo y lo que Él es para nosotros. Él está siempre ante nuestros ojos con la mano sobre nuestros hombros, mientras trabajamos y mientras descansamos, en la tribuna y en la oficina, en la mesa y en el lecho. Todo cristiano consciente de su fe, vive en la presencia y en la compañía de Jesucristo. Después de esto, ¡fuera, fuera, visiones de poetas, divinidades inspiradoras, bellezas fascinadoras de la vida! ¡Fuera también vosotros, santos afectos! Ni la poesía, ni la pasión, ni el encanto jamás podrán igualar el amor real y tierno que nos inspira la persona de Cristo Jesús».

¿Qué son comparados con Él los personajes todos de la historia? Él es el verdadero Viviente, que vive con nosotros, en nosotros y por nosotros, porque nosotros podemos vivir con Él, en Él y por Él.

***

RECAPITULACIÓN

La actividad moral cristiana puede ser considerada:

1°) bajo el aspecto objetivo, o sea en su materialidad exterior;

2°) bajo el aspecto subjetivo, o sea en la forma, en el fin de la acción;

3°) en el elemento sobrenatural que la diviniza.

Por lo tanto debemos estudiar:

1°) el bien en sí mismo;

2°) la acción buena;

3°) la acción cristiana.

I. El bien. Para poder juzgar lo que es bien en sí y lo que es mal, o sea para conocer cuál es la norma de la moralidad, debemos aclarar tres conceptos:

a) El concepto de ser. Dios es el Ser supremo y de Él proceden todos los seres, coordinados entre sí y tendiendo a Dios como a último fin. Este gran principio de la centralidad divina es el punto de partida también en moral.

b) El concepto de verdad o del ser en cuanto es conocido.

Tenemos la verdad, cuando con nuestra razón aprehendemos el ser y las relaciones entre los seres.

c) El concepto de bien o del ser en cuanto es amado.

Tenemos el bien, cuando con nuestra libre actividad obramos respetando prácticamente la naturaleza de los seres, como son conocidos por nosotros.

La norma de la moralidad, por lo tanto, es ésta: «obra de modo que tu acción sea según la recta razón», es decir, respeta el Ser y las relaciones entre los seres manifestadas por la razón. Es buena la acción que observa esa regla, y mala la que la pisotea.

Reconsiderando estos conceptos a la luz del Amor, se observa que todo ser creado es un latido del amor de Dios hacia nosotros; y dígase lo mismo de las relaciones existentes entre los seres y de la obligación que tenemos de obrar moralmente. Si Dios es Amor, el Ser y el Bien coinciden; y la obligación moral es un fruto del Amor divino.

Dios no amaría, si fuese indiferente al orden o al desorden, al bien o al mal; más aún, no sería ya Dios, pues el orden refleja su voluntad.

II. La acción buena. Para tener el acto moral, no basta que la acción en sí, objetivamente considerada, sea un bien, es necesario además:

a) que sea realizada con un fin o una intención buena, o sea, es preciso que el bien sea hecho por el bien; y siendo el bien, en último análisis, la voluntad de Dios y su Amor, para obrar moralmente es menester que hagamos el bien por amor a Dios, es decir, por amor al Bien supremo;

b) que sea realizada no mecánicamente, por mera costumbre, por movimiento de inercia. Para el acto moral se requiere la actividad del espíritu. Debemos espiritualizarnos continuamente, valiéndonos de los mecanismos en sí utilísimos, cuando los mueve y aviva un soplo de vida espiritual.

III. La acción cristiana. El acto honesto no es aún el acto cristiano, el cual implica sin duda nuestra actividad moral humana, pero la diviniza con la gracia divina. Injertados en Cristo, incorporados a fil, viviendo una vida sobrenatural que nos permite afirmar con San Pablo que Cristo vive en nosotros, nuestras energías humanas son divinamente elevadas y fortificadas. Obrar cristianamente es obrar según la norma del Bien, pero en unión con Cristo, santificados con su gracia, fuertes con su fuerza divina, animados con su Espíritu, que es el Espíritu Santo, Espíritu de amor.