MONS. FRANCISCO OLGIATI – EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA – Cap. Segundo: LA ACTIVIDAD MORAL – Continuación… – II: La acción buena

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA

Capítulo Segundo

LA ACTIVIDAD MORAL

Continuación…

II

La acción buena

Cuéntase que sobre la tumba de un delincuente los parientes querían poner una lápida con esta inscripción: «El mal lo hizo bien, y el bien lo hizo mal».

Con frecuencia podemos aplicarnos por lo menos la segunda parte de esta inscripción tan terrible, a nosotros y también a las acciones que consideramos «buenas». No es suficiente que un acto en su objeto y en sus circunstancias sea según la razón; es necesario también que sea realizado con un buen fin.

Participar generosamente en una suscripción realizada con motivo de un terremoto o de una desgracia es indudablemente según la razón, pero si el donante realiza su acto sólo para poder obtener un honor ambicionado durante mucho tiempo y jamás alcanzado, no ejecuta una buena acción: en esto no hay generosidad; hay únicamente repugnante egoísmo.

Así también: cosa buena es en sí la oración; pero si ésta se redujese a un mero movimiento de labios, sin ninguna atención, sería oración sólo de nombre.

En otras palabras, después de considerar el acto moral bajo el aspecto objetivo, debemos ahora analizarlo bajo el subjetivo, según la intención o el espíritu que inspira la acción; o sea, como acostumbran a decir los filósofos, después de la materia debe examinarse la forma del acto, que constituye junto con la primera un único todo, como el cuerpo y el alma en nosotros.

Evidentemente lo que más interesa en el acto, es el alma, o la intención del fin, que, como propio objeto de la voluntad, da la forma a la acción moral; de modo que si el acto fuese en sí materialmente malo, pero quien lo realiza, de buena fe lo considerase bueno, no habría culpa.

Cuando, por ejemplo, San Crispín, si es verdad lo que de él se cuenta, robaba el cuero a los ricos para hacer zapatos para los pobres, su acción era objetivamente mala, pero subjetivamente buena, suponiendo que él inculpablemente considerase lícito su modo de proceder; y si una persona erróneamente juzgase que un acto bueno es pecado y lo hiciese, sería culpable ante Dios.

Digamos, pues, una palabra acerca del alma de la acción, o sea acerca del fin. En esto está nuestra grandeza, pero también nuestra responsabilidad.

Lo que confiere un valor moral a nuestra actividad es la libertad de elegir entre el bien y el mal, es la intención que está en nuestro poder.

Un reloj que se descompone, una teja que cae, una inundación no son un bien o un mal moral, ni definimos esos hechos con el nombre de cosa buena o mala.

En cambio nosotros somos buenos o malos, porque somos dueños de nuestros actos. Dios nos ha creado libres, porque quiere que decidamos amarlo con nuestra voluntaria adhesión. Por esto, si es hermoso el canto de los pájaros, infinitamente más hermoso es el canto de las almas virtuosas que aman a Dios.

Sabemos que después del pecado original esta buena voluntad es con frecuencia ardua y difícil. El primer desorden fue la fuente de los demás desórdenes, como sucede a quien se le nubla la razón y continúa pronunciando palabras inconexas.

Por desgracia ésa es la historia de la humanidad: en lugar de la subordinación a Dios, al «Bien de los bienes», como dice San Agustín, a la Razón suprema, en una palabra al Amor divino, tenemos el desorden, la irracionalidad, la rebeldía contra el Amor infinito.

Y no sólo faltamos haciendo el mal, sino también podemos de dos maneras echar a perder lo que es bueno en sí y no alcanzar a la elevación del acto moral: o realizando el bien con una intención no buena, que lo arruina, o bien limitándonos a hacer una acción buena material y mecánicamente, por pura costumbre, sin darle algo de vida.

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a) El bien por el bien

Ante todo, para que se tenga una acción moralmente buena, es necesario querer y hacer el bien por el bien.

Es ésta la expresión precisa de Santo Tomás, quien no vacila en declarar que «para que la voluntad sea buena, se requiere que quiera el bien, y lo quiera por el bien» (I-II, q. 19, a. 7, ad 3).

Es decir, no basta, por ejemplo, dar de comer a un pobre y cumplir el propio deber, sino que es necesario hacerlo con un fin bueno. Si ayudo al indigente por un motivo vulgar, o si cumplo mi deber sólo para hacerme ver por mi superior o mi patrón, realizo una acción que es en sí buena, pero que tiene un alma inspiradora que la daña.

También por esta razón el Evangelio nos intima el no juzgar a los demás: para juzgar no es suficiente limitarse a la superficie de la acción, a las apariencias exteriores, es necesario entrar en la conciencia del que la realiza, y como sólo Dios intuye los corazones, sólo Él puede apreciar el valor moral de un acto.

En otros términos, el bien perfecto —como hemos demostrado— es lo querido por el Amor de Dios, es lo exigido por su voluntad de amor; y nosotros para hacer una buena acción no sólo debemos querer y hacer lo que Dios quiere y ama, sino también quererlo y hacerlo por amor a Dios, o sea por amor al sumo Bien.

La ascética cristiana inculca con empeño el pensamiento de la presencia de Dios y la oración, precisamente porque de esa manera resulta más fácil practicar el bien por amor a Dios. Se evita el peligro de arruinar el bien con una intención inspiradora menos noble y poco elevada, cuando no con los labios sino con la vida entera proclamamos con un Francisco de Asís: Deus meus et omnia, o con un Ignacio de Loyola nos proponemos hacerlo todo a la mayor gloria de Dios.

Nada hay más opuesto al cristianismo que una actividad materialmente buena, pero viciada con un alma malvada. El fariseísmo es lo que más disgustaba a Jesús, y al recorrer el Evangelio de San Mateo y leer las impetuosas e inexorables sentencias contra los «sepulcros blanqueados», comprendemos cómo al divino Maestro no puede agradarle una acción en apariencia hermosa como el mármol blanco de un monumento, pero que en su interior encierra el cadáver y la putrefacción de miras egoístas.

Podemos ayunar y distribuir limosnas, podemos multiplicar abluciones y purificaciones; podemos observar un perfecto rigorismo exterior; pero si todas estas prácticas no están vivificadas por el amor a Dios, sino por un fin innoble, Cristo nos condena con una terrible y expresiva palabra: «Hipócrita».

Él quiere el ánimo y el ojo puros, quiere la sinceridad. La moral del amor no puede contentarse con una mentirosa manifestación exterior, sino pide y exige el corazón, o sea la rectitud de intención.

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b) Espiritualicémonos

En segundo lugar, debemos evitar otro peligro.

Compuestos de espíritu y de materia, continuamente debemos vencer la pereza y esforzarnos para volar a lo alto. La materia nos arrastra a lo bajo, como pesado lastre. Y es fácil el cansancio, es fácil caer en el precipicio del mecanismo y de la materialización.

La vida moral implica la actividad del espíritu, no la pasividad cómoda e inerte. No es verdadero admirador de Dante quien se contenta con aprender de memoria toda la Divina Comedia sin profundizar sus bellezas; así también el bien es mal practicado por quien lo realiza mecánicamente, sin renovarse a cada momento, sin despertar en sí las energías que le dan un soplo de vida espiritual.

Este esfuerzo vigilante de nuestro espíritu es más necesario que nunca para contener nuestras pasiones.

Si éstas no fueran dominadas, nos arrastrarían al precipicio, como el agua impetuosa, no encanalada en el lecho del torrente, inunda los campos y todo lo anega. Pero como esta agua inteligentemente utilizada puede convertirse en fuerza eléctrica, en luz y en calor para ciudades enteras, así nuestras pasiones, bien dirigidas, constituyen un poderoso auxilio.

También un fogoso corcel, exclama Cathrein, guiado con maestría, puede hacernos recorrer, en brevísimo tiempo, una distancia larguísima, y no refrenado nos conduce a la perdición.

«Un hombre apático no es apto para nada grande y no alcanzará a elevarse sobre una muy limitada mediocridad. Aun en el mero trabajo intelectual el hombre, que desea realizar algo hermoso, debe ser sostenido por una dosis de pasión.

Quien se da al estudio con entusiasmo, trabaja con mayor energía y con mayor constancia y su inteligencia se hace más viva y más aguda.

Esto acontece en todo campo. ¡Cuántas veces el hombre aparece repentinamente casi transformado, al dominarlo fuertes pasiones! Entonces es más genial, más rico en ideas, más elocuente».

Es menester la actividad para esta lucha necesaria, constante y tenaz que domine las pasiones y expulse del corazón todo lo vulgar. ¡Infeliz quien procede por movimiento de inercia y por mera costumbre!

Debemos distinguir DOS CLASES DE COSTUMBRES.

Hay una costumbre, sinónima de repetición amorfa y sin vida, y hay una costumbre que es celeridad, facilidad, agilidad.

Esta segunda procede del hábito adquirido de hacer el bien, es virtud y se identifica con ella; es la costumbre de los santos y de los buenos; es el fruto dejado en nuestras facultades naturales por muchos actos virtuosos realizados, como el vicio, por el contrario, es causado por los malos. No es esta costumbre la que nosotros reprobamos, sino la otra consistente en la repetición mecánica.

Por ejemplo, saber hablar un idioma por costumbre adquirida con ejercicio consciente, no es ciertamente reprobable; pero ¡ay de mí si cada vez que discurro, sólo ensartase de cualquier manera palabras y frases sin expresar un pensamiento o un afecto!

El saber componer versos e improvisar un soneto es un don no concedido a todos; por el contrario pocos, como Ovidio, pueden afirmar: «quidquid tentabam dicere, versus erat», pero si falta la inspiración no será verdadera poesía.

Desgraciadamente, repito, tendemos a materializarlo todo, aun el acto moral. ¡Es el alma lo que se requiere! No es la pasividad, la languidez, sino la actividad, el fervor, lo necesario. ¡Renovamini!, renovaos, nos advierte San Pablo.

Y, no obstante sus errores, le hacen eco mil corrientes filosóficas y religiosas, desde el estoicismo hasta el pietismo, desde los humanistas hasta Kant y el idealismo contemporáneo.

No es menester ser máquinas en movimiento, sino espíritus despiertos, que se agitan y obran no una vez por todas, sino en cada acción con toda el alma.

Examinándolo bien, la mayor parte de nuestras acciones buenas —oraciones, trabajo y deber cotidiano y así sucesivamente— amenazan ser un cuerpo sin alma; nuestras acciones hechas por costumbre, sin atención —quizás también sin la orientación inicial de la mañana, cuando en el ofrecimiento de la actividad diaria a Dios podemos dirigirlas a Él— se parecen algo a las del autómata construido por Alberto Magno.

Refieren los cronistas de aquel tiempo, que el maestro de Tomás de Aquino, con largos años de paciente trabajo, había llegado a fabricarse un autómata, que parecía un hombre vivo y verdadero. Caminaba solo, cuando los muelles internos funcionaban; se acercaba a la puerta de calle, se sacaba el sombrero, alargaba su mano enguantada. Un día un amigo fue a visitar a Alberto Magno. Éste, habiéndolo visto desde la ventana, preparó su autómata, y, al entrar el amigo, lo mandó a su encuentro. El huésped quedó un instante sorprendido, luego se asustó. Tomó un grueso bastón que llevaba consigo y descargó un formidable golpe sobre el pobre autómata que cayó en pedazos.

Con frecuencia nuestra vida es semejante a un autómata. Nosotros también hablamos, rezamos, caminamos, obramos mecánicamente. No hay en nuestra laboriosidad la conciencia que vivifica, sino sólo la materialidad muerta, inconsciente e incolora.

Yo también, como el amigo de Alberto Magno, querría tomar un bastón y destrozar esta máquina, para despertar las almas que duermen y recordarles que sin la contribución de nuestra actividad humana consciente y libre, no existe acto moral.

¡No nos materialicemos! ¡Espiritualicemos más bien cada acto, cada gesto, cada palabra!

El medio mejor y más eficaz para alcanzar este resultado es el amor a Dios.

El bien en sí mismo podemos compararlo a una armonía del cielo, que canta la voluntad y el amor de Dios en la realidad; la cooperación de nuestra libre voluntad es una armonía humana, que responde generosamente a la voluntad y al amor de Dios por nosotros.

En el acto moral las dos armonías se conciertan, las dos voluntades coinciden, el Amor de Dios y nuestro amor forman una sola música.

Tenemos entonces la acción humanamente honesta, que —como luego veremos— Cristo eleva y diviniza, transformándola en acción cristiana, sobrenaturalmente buena y meritoria.

Continuará…