MONS. FRANCISCO OLGIATI – EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA – Capítulo Segundo – LA ACTIVIDAD MORAL

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA

Capítulo Segundo

LA ACTIVIDAD MORAL

Después de haber contemplado desde la orilla el océano del Amor en su divina belleza, debemos desafiar las aguas. También nosotros exclamamos con el poeta: «Necesse est navigare».

Y para no ser arrastrados por las olas, comenzamos por examinar la pequeña nave con la que podremos surcar con segura tranquilidad el gran mar de la vida. Ella se llama «la actividad moral», resultante de las diversas acciones buenas, las que, aun siendo variadísimas, concuerdan todas en su característica esencial.

Si analizamos atentamente una de estas acciones morales, de manera de no confundirla con otros actos nuestros, distinguimos en ella con precisión tres aspectos:

1) La acción moral puede ser considerada en lo que aparece externamente, en su materialidad objetiva, en cuanto acto exterior.

2) Además la podemos observar en los principios interiores, de los que procede, en cuanto la producen nuestras íntimas energías espirituales, intelectivas y voluntarias.

3) Finalmente, podemos considerar el elemento sobrenatural que diviniza nuestro acto moral y lo hace cristianamente bueno y sobrenaturalmente meritorio.

El bien en sí mismo, el acto bueno, el acto cristiano: he ahí tres problemas, que se imponen a la atención y de cuya solución dependerá después nuestra navegación, o sea nuestra conducta.

***

I

El bien

Recuerdo un episodio lleno de enseñanzas para mí.

Dictaba un curso de moral católica en un instituto superior frecuentado por numerosos estudiantes, que poseían una cultura general no del todo despreciable.

En una de las primeras lecciones, al entrar a clase, indiqué a los oyentes tomaran una hoja de papel, que no debían firmar y contestasen la siguiente pregunta:

«Todos admiten que asesinar a un amigo para robarle, blasfemar de Dios, desobedecer a los padres y así sucesivamente, es un mal; asimismo todos reconocen que es un bien ayudar y socorrer al pobre, obedecer a la legítima autoridad y así sucesivamente.

¿Por qué, pues —según el Cristianismo—, algunas acciones son definidas en sí como malas y puestas en la categoría del mal, y otras son consideradas buenas y colocadas en la categoría del bien?»

Recogí las hojas que debían revelarme cómo resolvía la cuestión aquel grupo de estudiantes. Y enseguida comencé a leer en alta voz y a comentar las soluciones dadas.

Uno decía: «Una acción es buena en sí o mala, porque así la califica el Evangelio». ¡Oh! y ¿por qué el Evangelio la califica así? ¿Quizás sin ningún motivo?… Y antes de escrito el Evangelio, ¿no podía distinguir una acción buena de una mala?

Otra respuesta estaba redactada en estos términos: «Yo llamo bueno al acto que la Iglesia me propone; malo al que la Iglesia me prohíbe». Pero, una vez más, ¿por qué la Iglesia me ordena o me aconseja ciertos actos y por qué me prohíbe otros?, ¿podría por ventura la Iglesia declarar lícito el homicidio y el robo? Evidentemente no; ¿y por qué?… Y también cuando prohíbe cosas en sí lícitas, como el comer carne el viernes, de modo que esas cosas no son prohibidas porque sean malas, sino son malas porque son prohibidas, ¿por qué motivo la Iglesia procede así?

Una tercera respuesta buscaba la solución en la voz de la conciencia: «es mi conciencia la que me advierte lo que es bueno o es malo. Ésta es la verdadera norma de la moralidad». Y es verdad que la voz íntima de la conciencia me susurra: «asesinar al amigo es un delito; hacer bien a un pobre es un bien»; pero, ¿por qué la conciencia declara lo primero un delito y lo segundo una buena acción? ¿Tal vez por un instinto ciego e injustificado o más bien por otra razón?

Otro observaba: «Una acción es en sí buena, si es premiada con el paraíso; y mala, si castigada con el infierno». No, exclamé, la verdad es sencillamente lo opuesto a lo afirmado aquí: una acción no es buena porque es premiada con el paraíso, sino es recompensada con el paraíso porque es en sí buena; una acción no es mala porque es castigada con el infierno, sino es castigada con el infierno porque en sí es mala. Y entretanto el problema queda en pie.

Alguno apelaba al consenso universal de los pueblos: «el bien es bien y el mal es mal, porque todos lo admiten». ¡Oh! y si mañana todos con un plebiscito mundial declarasen lícitas la calumnia y la rapiña ¿estas acciones serían buenas? Y además: ¿por qué todos proclaman la inmoralidad del calumniador y del canalla?

Algún otro recurría al concepto de utilidad: «una cosa es buena si me es útil» o sino «si es útil a la patria y a la sociedad»; en caso contrario es mala.

Yo objetaba: suponed que pudiese robar un millón sin caer en las redes de la justicia: poseer tal cantidad ciertamente me sería útil, ¿con esto declararé mi robo un acto bueno? Más aun: si una nación fuerte y bien aguerrida se encuentra ante una nación débil, puede ser utilísimo a la primera invadir y anexarse la otra; ¿bautizaríamos esa prepotencia con el nombre de bien?

Para callar otras respuestas curiosísimas, había una que recurría a Dios. «Es bueno lo que Dios ha querido mandarnos hacer; malo, lo que Dios nos prohíbe». El que esto escribía, aunque estuviese en lo cierto al afirmar que Dios es el dueño absoluto de todos los seres y en algún caso puede cambiar el orden de las cosas, con todo, sin pensarlo, se adhería al voluntarismo cartesiano, pues, según Descartes, la verdad de los primeros principios y la moralidad de los actos dependen de la divina voluntad, la cual habría podido establecer que el principio de contradicción fuera falso y el matricidio una virtud.

¡Ah! Todo esto repugna a nuestra razón y a nuestra conciencia moral: el matricidio es un mal, no porque está prohibido, sino está prohibido porque es un mal. Y el respeto a la madre es un bien, no sólo porque Dios lo ordena, sino más bien Dios lo ordena, porque es un bien, que, en último análisis, se funda en el orden visto y querido por Dios.

¿Cuál es, pues, la «norma de la moralidad»?

¿Cómo se resuelve este problema, llamado por algunos «el Rubicón de la ética»? ¿Acaso ante este problema debemos repetir lo que San Agustín confesaba a propósito del tiempo: «si no me preguntas, qué es el tiempo, lo sé muy bien; pero si me lo preguntas y trato de explicártelo, me confundo»? Absolutamente no.

Procuremos aclarar de manera muy elemental tres conceptos: el ser, el ser en cuanto es conocido, el ser en cuanto es amado; y entonces veremos por qué un acto es en sí bueno o malo.

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a) El Ser y los seres

Según el concepto cristiano, Dios es el centro del universo. De Dios, Ser por esencia, Ser perfectísimo, que es la plenitud del ser y tiene en sí mismo la razón de su existencia, brotan por una libre acción creadora todos los otros seres. Como de un manantial surge el agua, así de esta única fuente —Dios— deriva todo cuanto existe. Como de un único Sol descienden innumerables rayos, así de Dios provienen todas las creaturas. Como en una única inteligencia surgen mil y mil pensamientos, así todas las cosas son ideadas por la mente divina y su voluntad decreta el paso de aquéllas a la existencia.

El origen de todos los seres depende, pues, del Ser; su posibilidad, su existencia, su naturaleza, su conservación, su desarrollo tienen relación al Ser; su fin último es todavía el Ser, Dios.

Y obsérvese. Todos los seres creados no están amontonados los unos junto a los otros en un desorden caótico. Dios es la Suprema Razón y por esto el orden es intrínseco a lo que Él produce. Los seres deben concebirse entre sí, como las letras y las palabras de un libro, o si se prefiere, como las notas de una ópera. La variedad de las letras y de las notas, su individualidad, su disposición deben ser consideradas bajo el aspecto del único pensamiento que la Inspira y la vivifica. Esas letras, esas notas, tienen relación entre sí y ¡ay de mí si perturbo su orden! Arruino el sentido de la página o la armonía de la música.

Lo mismo debe decirse de los seres creados: se nos presentan en una espléndida coordinación que los une a todos en Dios. Nada hay en el mundo que merezca desprecio; cada cosa tiene su función propia, pero cada cosa debe conservar su puesto.

En una palabra, entre los seres hay una serie de relaciones, hay una jerarquía procedente de su naturaleza y de la función que deben llenar, y nadie tiene derecho a turbar y hollar este orden; nadie tiene derecho a trastornar estas relaciones, porque el Absoluto, el Necesario, la causa de las causas es Dios: nosotros sólo somos seres dependientes, contingentes, causados, relativos, que venimos de Él, existimos en Él, vamos a Él.

Este gran principio de la centralidad de Dios ha sido reconocido, proclamado e inculcado en todos los siglos cristianos. Pablo de Tarso —como he advertido en mi libro Alma del Humanismo y del Renacimiento— enseñaba su «nihil sine voce» y en todo ser tomaba una palabra que orientaba su alma hacia Dios; Agustín de Hipona concebía al universo como una armonía, de la que cada cosa era una nota de hosanna a la divinidad; Benito de Nursia, conversando con su hermana Escolástica, se extasiaba con la idea de Dios; Francisco de Asís, en medio del verdor de su Umbría y los trinos de los pájaros, elevaba al cielo el Canto del Hermano Sol; en las Sumas medievales cada artículo era una piedra de esta magnífica Basílica. Poemas como la Divina Comedia y poemas de mármol, como el San Marcos de Venecia, el Duomo de Pisa, las iglesias de Amiens, de Chartres y de Estrasburgo, el Duomo de Milán y el de Colonia; los Ejercicios Espirituales de San Ignacio con su programa: Ad majorem Dei gloriam; toda la doctrina, en fin, y la vida y las obras grandes del cristianismo inculcan y expresan la misma idea: Dios es el centro de todo y como tal debe ser reconocido por los individuos y por la sociedad.

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b) El ser en cuanto es conocido

Si esto es el ser, ¿qué es la verdad?

Sabemos que el pensamiento es lo que distingue al hombre del bruto. El bruto también es un ser, y vive y se mueve entre los seres. Pero no conoce lo que es el ser. Sólo el pensamiento puede escudriñar la realidad, estudiar las diversas categorías de los seres, encontrar sus relaciones, su subordinación, su relación con Dios.

En esta paciente investigación, mediante la cual se forman las ciencias y se llega después a su síntesis y a la sabiduría, podemos incurrir en error, cuando nuestra inteligencia no aprehende la realidad como es en sí y las relaciones que en ella existen; estamos en la verdad, cuando nuestra razón conoce al ser como realmente es.

La verdad, por lo tanto, nos presenta al ser en cuanto es conocido. Y toda la historia de la cultura humana, los esfuerzos de los filósofos y de los pensadores y las búsquedas de los sabios nos pregonan el espléndido combate del hombre para arrancar al universo el oscuro velo que lo recubre y hacer surgir de él a Dios.

Como el estudioso que desea descifrar una inscripción, empieza por reconstruir los caracteres que la forman y luego asciende al pensamiento oculto en ella y la explica, así nuestra razón, con sus fuerzas y a la luz de la revelación, después de examinados los diversos caracteres con los cuales está escrito el libro del mundo (las diversas ciencias), trata de interpretarlos y de leer en ellos la idea impresa por Dios en los mismos (filosofía y religión).

En consecuencia, para el cristiano es ridícula una ciencia que niegue a Dios. Y cada disciplina científica, cada descubrimiento, cada progreso cultural debe bendecirse, porque en una o en otra forma, nos sirve para hacernos penetrar en lo más íntimo de los seres y para hacernos ascender hasta el Ser de los seres.

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c) El ser en cuanto es amado

Pero no somos sólo pensamiento: somos también voluntad y libertad.

Conocemos los seres y sus relaciones; y luego nuestra libre actividad se desenvuelve.

Entonces ¿cuándo nuestra acción es buena?

La contestación es muy sencilla: cuando respetamos la naturaleza de los seres y sus relaciones; cuando, después de conocidas con el pensamiento esa naturaleza y sus jerarquías, obramos prácticamente de acuerdo a ese orden, entonces hacemos el bien.

Si, por el contrario, conociendo a los seres y su conexión, pisoteamos, derribamos, violamos el orden: cometemos el mal.

Por ejemplo: ¿por qué el robo es un mal? Por éste motivo: nuestra razón conoce a nosotros mismos y a los demás hombres; observa que hay entre los hombres relaciones de justicia que no deben violarse; quien prácticamente desconoce esas relaciones y roba, es reo de una mala acción.

¿Por qué la blasfemia es un mal? Por este motivo: la razón conoce a Dios y al hombre; ve cuál es la naturaleza de Dios, el Ser perfectísimo, nuestro principio, nuestro fin y nuestro apoyo; ve cuál es la naturaleza humana que depende de Dios y debe amar a su creador y bienhechor. Pero como la blasfemia prácticamente no reconoce este orden, antes bien, lo trastorna, es en sí un mal. La oración, por el contrario, es en sí un bien, porque es el reconocimiento práctico del Ser y del orden.

Repítase lo mismo de cada ley ética, sea lo que fuere.

La regla, el criterio, la norma con que juzgamos la moralidad o la inmoralidad de una acción, el método práctico para discernir lo justo de lo injusto, lo lícito de lo ilícito, lo honesto de lo deshonesto es siempre la que Santo Tomás, con palabras límpidas y profundas, sintetizaba así: «Obra de modo que tu acción sea según la recta razón», la que es un reflejo, una imagen de la Razón divina: «Sic age ut actus tuus sit secundum rectam rationem».

Por lo cual un mal deseo consentido es un mal, porque es contra la recta razón; la obediencia a los padres, a la autoridad de la Iglesia que nos da sus preceptos o a la autoridad del Estado que nos da leyes justas en sus códigos, es un bien, porque es según la recta razón. Y dígase lo mismo de cada acto que se debe o se desea realizar.

Obsérvese: para juzgar la bondad de un acto, no es suficiente considerarlo en su objetividad abstracta, sino es necesario considerarlo también en sus circunstancias concretas, óptima cosa es, por ejemplo, orar con los brazos elevados hacia el cielo; y si esto se hace en la propia habitación, donde sólo lo ve el Padre Divino, puede servir para excitar mayor devoción; pero ¿qué diríais de quien hiciese igual acción en la iglesia parroquial? Es un bien el que el estudiante se dedique a estudiar; pero si quisiese hojear un libro mientras está comiendo, se lo quitaríais de las manos y le daríais un cuchillo o un tenedor. Es un acto de caridad dar de comer al hambriento; pero tratándose de un convaleciente, no aún completamente repuesto del tifus, a quien el médico ordena una dieta rigurosa, sería un acto de estupidez ofrecerle pan o dulces, pues existiría el peligro inmediato de una recaída. Es decir, que no se puede prescindir de las circunstancias para valorar una acción moral: esta última debe ser considerada no sólo abstracta sino también positivamente.

Aún más. Con esto se comprende por qué algunos pueblos bárbaros o paganos, y algunos individuos se equivocan algunas veces al considerar buena una acción en sí mala. La verdad es la base de la moral; y como su inteligencia se engaña al buscar la naturaleza de las relaciones entre los seres, y asimismo no se proporciona a la verdad grabada por Dios en el orden de las cosas, se explican sus errores en cuestiones de ética.

Las pasiones y la ignorancia pueden obscurecer la inteligencia humana: el hombre, en este caso, obra no según la recta razón, sino según un error. Por esto los antropófagos no merecen la defensa de Benedetto Croce: no juzgamos ni su conciencia, ni su responsabilidad; sólo decimos que, aunque estuviesen en perfecta buena fe, la antropofagia sería un mal derivado de una perversión de juicio.

La respuesta al problema expuesto al principio de este capítulo es, por lo tanto, limpidísima; una acción es en sí buena, cuando coincide con el orden de la recta razón; en cambio es en sí mala, cuando prácticamente no reconoce este orden.

Decir bien es decir racionalidad; decir mal es decir irracionalidad.

El bien es el respeto del orden; el mal es el desorden. Y obsérvese: no es la Iglesia, no el Estado, ni el individuo quienes crean la moral y sus principios; todos deben reconocerlos y practicarlos; sólo así se admite en verdad —y no únicamente de palabra— la existencia de Dios y su centralidad en el universo, como ordenador de todos los seres.

Ante la evidencia de estas deducciones es superfluo insistir sobre la obligación moral que el hombre tiene de hacer el bien y de evitar el mal.

Somos libres, es verdad, y podemos escoger entre el bien y el mal; pero el primer principio moral nos grita en nuestras conciencias que debe hacerse el bien y evitarse el mal y que tenemos el deber de practicar el primero y de huir del segundo.

Esta obligación, este deber proceden de la misma naturaleza de las cosas. Nosotros no somos el Absoluto, como ya hemos dicho; ni tenemos el derecho de destruir el orden y la racionalidad de lo real.

Cuando tontamente obramos de distinto modo, injuriamos no sólo a Dios, sino también a nuestra razón que proviene de Él; y procuramos nuestra ruina y la de otros.

Quien sigue el camino del orden y de la razón, está en la senda de la moralidad y también de la felicidad; quien sigue el camino del mal, se encuentra en la acera opuesta.

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d) El bien y el amor

Reflexionemos ahora un instante sobre estos principios supremos de la filosofía perenne en función del concepto cristiano de Amor.

Dios es Amor, es bondad infinita; y nosotros, recordando siempre la hermosa palabra de Santo Tomás que el bien tiende a difundirse: «bonum est diffusivum sui», saludamos a Dios no sólo como centro de todo ser, sino preferentemente como centro de irradiación del Amor.

Antes de existir las creaturas, Él las conoce y las ama. Y este único verdadero Dios —permítaseme el uso de las expresiones de los Concilios, sobre todo del Concilio Vaticano— con absoluta libertad ha creado por su bondad y con su omnipotente virtud, no para adquirir o aumentar su felicidad, sino sólo para manifestar su perfección por medio de los bienes conferidos a las creaturas.

Cada ser, cada uno de nosotros, es obra del Divino Amor. Donde hay un ser, allí palpita el Amor de Dios. El Ser y el Bien coinciden, observaban los antiguos sabios; y nosotros los cristianos podemos añadir: coinciden el Ser y el Amor.

Además, como los seres no viven aislados, separados, sino coordinados entre sí; como cada uno es un grito vibrante de amor, todo su conjunto es una sinfonía sublime, en la que la voz de cada uno se une a la voz de todos en un único canto de gloria, que no hace perder absolutamente nada a la primera, y más bien la enriquece con las vibraciones del conjunto.

Dios es el verdadero Bien, el Ser Supremo, el Supremo Amor. Y precisamente porque nos ama, no puede descuidarnos, no puede desinteresarse de nosotros (como sospechaba una ridícula objeción de algunos sofistas), lo mismo que no puede no querer nuestra felicidad.

Por eso, por su amor hacia nosotros, quiere también que observemos el orden, que respetemos las leyes de la razón, que sigamos la norma del bien.

Porque nos ama, nos impone los mandatos categóricos de la moral. Si nos permitiese su transgresión, no nos amaría, pues consentiría nuestra caída a un precipicio. ¿Puede un Padre, un Dios permitir esto? Su Amor Divino quiere el bien de sus creaturas y por lo tanto debe inflexiblemente querer que nos conformemos a su voluntad que nos quiere buenos, perfectos y también felices. En una palabra, la ley moral y su obligación son frutos del Amor.

Podemos, pues, determinar la norma de la moralidad en términos de amor.

Nuestra acción es en sí buena, cuando seguimos la recta razón, cuando respetamos el orden, o sea, cuando nuestra voluntad se conforma a la voluntad de Dios.

Y siendo la voluntad de Dios voluntad de amor, nuestra acción es buena, cuando al Amor respondemos con el amor. El bien es la libre correspondencia humana al amor divino. El mal es lo contrario, o sea la negación del Amor, aun cuando no alcance a ser odio.

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e) Conclusión

Comenzamos ya a explicarnos el hecho de la inmoralidad que inunda al mundo.

El hombre debería propender al Amor divino, centro del universo; Dios debería ser el centro del amor de las creaturas. Tendríamos entonces en todas partes el bien triunfante y al mismo tiempo tendríamos la verdadera alegría.

En cambio, como centro del universo, nosotros, en la práctica, aunque no en teoría, ponemos a nuestro pequeño yo, al amor desordenado de nosotros mismos y de las cosas.

No puedo resistir al deseo de reproducir otros párrafos de Tissot, sacados también de su obra «La vida interior simplificada». Los considero una página digna de meditación:

«La vida natural, la vida espiritual, casi todo en mí es inspirado, regulado, dominado por mi satisfacción… Si penetrase en las particulares intimidades de mis pensamientos, de mis afectos y de mis acciones, ¡qué terrible examen de conciencia! … ¡Cómo vería en todo, por todo, siempre al maldito instinto de mi satisfacción egoísta suplantando más o menos a la gloria de Dios!…

¡En todo!… ¡Oh, jamás sabré hasta qué punto mi vida es un desorden!

El yo en todas partes delante… Dios continuamente puesto en un segundo plano o descartado. En lo que hago, en lo que me sucede, en lo que recibo o evito, al yo lo considero en primera fila. Amo por mí, detesto por mí…

Éste es también el gran mal de la sociedad. En ella todo está organizado para el hombre, no para Dios; el interés humano todo lo domina, todo lo inspira, todo lo dirige, todo lo resume. ¿Qué lugar ocupa la gloria de Dios en las familias, en las asociaciones, en los cuerpos constituidos? ¿Dónde está la idea de Dios en la industria, en el comercio, en las ciencias, en la política, en la historia, etc.? En las relaciones humanas el interés humano absorbe universalmente las ideas, los afectos, los esfuerzos; allí todo converge. La idea de Dios y de su gloria va debilitándose y disipándose. El hombre arroja a Dios.

Tomo el ejemplo de la historia, tal vez el más sorprendente. Ésta no debería ser sino el cuadro de la gloria de Dios a través de las vicisitudes humanas y de la acción divina en medio de las agitaciones humanas; y sin embargo, es sólo el cuadro descolorido de las convulsiones de la humanidad. Así todo desmiente sus orígenes y su fin. He aquí la gran herejía revolucionaria: el hombre en lugar de Dios.

¡Qué contraste con lo que me enseña la Biblia! En la vida de los patriarcas, se siente a Dios; su Dios es todo para ellos. Él domina, inspira, dirige con eficacia su vida; en su historia a cada instante se siente pasar el soplo de Dios.

Lo mismo se comprueba en toda la historia del pueblo elegido: Dios es el centro de todo. Si las pasiones humanas hacen olvidar su recuerdo, los castigos lo recuerdan; y el grito que escapa de sus labios al sentirse bajo los golpes, o al implorar la victoria sobre sus enemigos, es siempre en primer lugar el honor de Dios: «Por la gloria de vuestro nombre, ¡líbranos, Señor!» Y al obtener la victoria, se la festeja en todas partes, porque Dios es glorificado. Cuando Moisés, Judith, Esther quieren obtener la salvación de su pueblo, lo hacen invocando la gloria del nombre de Dios, y Dios por su gloria salva a su pueblo. ¡Qué lugar ocupa la gloria de Dios en los Salmos! Es éste el fin supremo y constante de estos cantos sublimes.

En la edad y en los países de fe, ¡qué lugar más práctico y viviente ocupaba Dios en las costumbres de los pueblos fieles! Nada lo expresaba tan vivamente como el lenguaje popular.

Donde mejor se refleja el estado del alma, es en el tono de la conversación familiar. Y ¡cómo se hablaba de Dios en los tiempos y en los lugares en que las ideas de la fe tenían su autoridad dominante! Se oía en todo momento el nombre divino pronunciado con oportunidad y verdad admirables. ¡Con qué sencillez y profundidad se decía: gracias a Dios, bendito sea Dios, a Dios gracias, Dios mediante, con la ayuda de Dios, etc.! Los actos privados comenzaban con la señal de la cruz, los mismos actos públicos en nombre de la Santísima Trinidad y las leyes eran decretadas en nombre de Dios. El uso de las primicias, herencia de la ley antigua que consagraba a Dios los primogénitos de todas las cosas; la autoridad paterna, la judicial y la civil que obraban como por delegación divina; el respeto a las personas, a las solemnidades y a las cosas santas; el horror y el castigo de la blasfemia y otras muchas costumbres, por desgracia tan abandonadas por nosotros, demuestran prácticamente de qué manera la idea divina ocupaba el primer lugar. Dios vivía en las ideas y en las costumbres, en los individuos y en las instituciones.

La miseria humana existía indudablemente porque siempre existe; pero Dios existía aun sobre la miseria del hombre. Se sentía que era el rey de las almas y de los cuerpos, de los individuos y de los pueblos, del tiempo y de la eternidad y que su realeza estaba encima de todo».

Para que el bien vuelva a florecer sobre la tierra, es necesario que el Sol de Dios resplandezca y todo lo vivifique con sus rayos de amor.

Continuará…