EL MAYOR DOLOR DE CRISTO
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Inspirada en la nota de Monseñor Straubinger a los versículos 7 a 9 del Salmo 21.
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Preguntarte quisiera, oh Cristo mío,
cuál fue, de aquellos todos tus dolores,
el que te conmovió por más bravío,
el que te provocó más sinsabores.
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¿Fue saber que tu Muerte ha sido vana
para muchos; sudar en aquel huerto
con Sangre, con tristeza más que humana,
que casi fuiste muerto antes de muerto?
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No, hijo mío, mi Sangre ya había dado,
en la Cena, con mi Carne adunada;
si mi ofrenda no sirve al condenado,
a mi Padre la di, y está bien dada.
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¿Quizás de aquel apóstol la traición,
recluta original de tu cortejo,
que no debió intrigar como felón,
sino plegarse siempre a tu consejo?
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No, hijo mío, si Yo sentí la pena
por ése que muy poco me atendió,
él tuvo que escuchar esa condena
que a su muerte, al instante, se dictó.
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¿No habrá sido la huida de los tuyos,
que olvidaron tus santas enseñanzas
dejándote allí solo, entre los suyos,
entre los que llegaron con sus lanzas?
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No, hijo mío, si aquella cobardía
me dolió por saberme abandonado,
transformóse después en alegría
cuando Pedro lloró desconsolado.
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¿Tal vez fue la injusticia de aquel trato
que como a un malhechor te propinaron
esos jueces de un tribunal ingrato,
que antes de condenar ya condenaron?
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No, hijo mío, no olvides que pendiendo
del suplicio, ya fueron olvidados;
que por ellos rogué, clamé pidiendo
a mi Padre, que fueran perdonados.
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¿Fueron las ataduras de maleante,
los grilletes, las gélidas cadenas
que ciñeron tus miembros trepidantes
aferrándolos con sañuda pena?
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No, hijo mío, porque esas ligaduras
ayuntaron mis manos en un ruego
que a mi Padre ofrecí con apostura,
para libraros del eterno fuego.
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¿Pudo haber sido Herodes, el lascivo,
divirtiéndose a costa de tu mal,
preguntándote todo a Ti, Dios vivo,
rondándote como cerril chacal?
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No, hijo mío, no existen burladores
que puedan a mi Fuerza superar;
y ahora sufren por siempre esos «señores»
la Justicia que no ha de terminar.
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¿Entonces habrán sido los azotes
que dejaron tu Carne macerada;
que de Sangre sembráronla de brotes,
sin dejar fresca ni media pulgada?
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No hijo mío, que aquellos latigazos
en esa desnudez fueron el velo
que me ciñó como dichoso abrazo;
ropaje que aún conservo aquí, en el Cielo.
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La púrpura que en mofa te pusieron
proclamándote rey de los fantoches;
la caña como cetro, que te dieron…
¿fueron lo más terrible de esa noche?
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No, hijo mío, si tantas bufonadas
recibí, de los réprobos ultraje,
hoy los santos, con voces encumbradas,
me cantan sempiternos homenajes.
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¿Habrán sido los golpes, las injurias,
los mil escupitajos, los denuestos,
las voces de esa desatada furia,
de aquella soldadesca crueles gestos?
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No, hijo mío, los golpes son ternura
y todo lo demás finos halagos,
si para mis ovejas fueron cura,
si por los elegidos di ese pago.
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¿La corona de espinas habrá sido,
cuando tus Santas Sienes traspasó,
el más alto dolor de un malherido,
el que tu sufrimiento coronó?
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No, hijo mío, conservo aquellos sellos
que adornan mi cabeza cual diadema;
no hay tesoro que pueda ser más bello,
ni pueda compararse con sus gemas.
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¿Fue quizás la ruindad e indiferencia
de un Pilatos que sus manos lavó,
dictando tan injusta y vil sentencia
que hasta su propia esposa deploró?
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No, hijo mío, he vencido al Sanedrío,
al demonio, a la muerte y al pecado,
y también sometí a aquel impío
con Justicia, porque me hubo penado.
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¿Fue tu pueblo quien más te torturó
por haberte negado, aquel invierno?;
¿fue Israel, que elegido rechazó
a Aquél que lo eligió desde lo eterno?
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No, hijo mío, si aquéllos me negaron,
un día volverán a ser los míos;
y si tan duramente se mudaron,
al final tornarán con mayor brío.
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¿Es posible que fuera que acarreaste
el madero en la Dolorosa Vía;
las caídas, que tantas soportaste,
las pullas, el sinfín de groserías?
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No, hijo mío, que en ese gran dolor
Simón el Cireneo me ayudó,
conté con la Verónica; y mejor:
mi propia Madre me reconfortó.
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¿Probablemente fue tu desabrigo
cuando te desnudaron sin pudor,
y sorteó tu vestido el enemigo
a suerte de un inicuo apostador?
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No, hijo mío, que pocas ropas tuve
y nada para apoyar mi cabeza;
así que esa deshonra la contuve
luciendo de mis llagas la nobleza.
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¿Acaso las terribles clavaduras
que quisiste tomar sobre tus manos
y a tus pies ofrecerles, por ventura,
en feroz sacrificio sobrehumano?
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No, hijo mío, no olvides que esos clavos
me han dejado perennes galardones;
lauros vivos, honor de Santo Esclavo
que exhibiré por todos los eones.
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¿Habrán sido, tal vez, esos agravios
de aquél que por tu izquierda padecía,
que sólo consiguió mover los labios
para sumar dolor a tu agonía?
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No, hijo mío, de Dimas no te olvides,
que desde mi derecha respondía,
mostrando así que todo el que me pide
recibe lo pedido en demasía.
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¿No fue ver a tus pies al Juan amado,
sufriendo al par de la Virgen María,
aquél que su custodio fue nombrado
y que te respondió con hidalguía?
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No, hijo mío, porque su trova sube
desde su ancianidad —¡viril poesía
de aquél que preservado Yo mantuve!—,
heraldo que cantó mi Parusía.
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¿Es posible que fuera tanto agraz
que en tu sed te brindó el sayón, aquel
desalmado, de inquina contumaz,
mezclada con vinagre áspera hiel?
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No, hijo mío, mi sed fue satisfecha
cumpliendo Su mandato redentor,
por eso no gemí ninguna endecha
cuando hube de catar ese amargor.
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¿Pudo ser la lanzada del costado,
pura saña en un cuerpo ya sin vida?;
¿ese golpe feroz de aquel soldado,
que se santificó desde esa herida?
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No, hijo mío, ya no sufrí esa lanza
que traspasó tan sólo carne muerta;
que fue para Longinos esperanza,
y por los elegidos puerta abierta.
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¡Ya lo sé!… de María los penares,
el llanto, la pena inmensurable,
han de haberte llenado de pesares,
de angustias y dolores insondables.
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No, hijo mío, no fue mi Santa Madre
el motivo de mi mayor penar;
fue el dolor de enfrentarme con mi Padre;
las vergüenzas que tuve que pasar.
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Pero… ¿cómo…? ¿no fue Su voluntad?
¿no fue todo obediencia celestial?
¿no fue amor, no sufriste por bondad?
¿cómo pudo a Sus ojos lucir mal?
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Si, hijo mío, lo hice para Aquél
que me engendró desde la eternidad;
que todo me dará por escabel,
que todo me ha de dar por heredad.
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Pero por ese amor que le ofrecí
para dar cumplimiento a Su dictamen,
me hice todo pecado, entonces fui
ante Su majestad el más infame.
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Tú, hijo mío, te sabes pecador,
conoces el oprobio y la soflama,
el cruel remordimiento y el dolor
de quien ha demostrado que no ama.
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Tú sabes cómo ataca el desaliento,
no puedes sostenerle la mirada,
no puedes pronunciar con buen acento
las culpas que acarreas hacinadas.
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Te roe un pavoroso desconcierto,
te angustia el haber sido traicionero;
abatido tu rostro, al descubierto,
no parece siquiera ser sincero.
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Te apura el reparar toda caída,
úrgete confesar tus tantas faltas;
pero temes su Faz, y en tal medida
que hasta la desesperación te asalta.
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No por Él, tú ya sabes que perdona;
pero te reconoces un perdido,
con enormes pecados tu persona,
con uno y mil infiernos merecidos.
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Así me sentí Yo, tan consternado
como aquél que en sus manos sólo aprieta
los miles y millones de pecados
de los hombres, de su historia completa.
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Y he ahí el mayor de mis dolores,
el que pocos conocen, el más duro;
el que más han sufrido mis amores,
el que en tanto penar fue dolor puro:
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Ser pecado sin nunca haber pecado,
ser indigno de verme en Su presencia ,
cargar todo con rostro deshonrado
y pedir para otros Su clemencia.
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El sentir que mi Padre no me mira,
que ofendido la mano me ha soltado,
al ver tanta maldad, tantas mentiras
apiñadas en su Hijo tan amado.
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Así, pues, en aquel tremendo hastío,
eso fue lo que más me ha torturado,
lo que me hizo exclamar allí: «¡Dios mío,
Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?»
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Salmo 21, 7-9 :
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7Ego autem sum vermis, et non homo;
opprobrium hominum et abiectio plebis.
8Omnes videntes me deriserunt me;
locuti sunt labia, et moverunt caput:
9«Speravit in Domino: eripiat eum,
salvum faciat eum, quoniam vult eum.»
7Pero es que yo soy gusano, y no hombre;
oprobio de los hombres y desecho de la plebe.
8Cuantos me ven se mofan de mí,
tuercen los labios y menean la cabeza:
9«Confió en Yahvé: que Él lo salve;
líbrelo, ya que en Él se complace.»
Nota de Monseñor Straubinger:
Este pasaje, paralelo de Isaías 53, 1-9, nos muestra el aspecto más hondo de los dolores de Jesús, el abismo infinito de la abyección que quiso tomar en favor nuestro. «Se hizo pecado» según la voluntad del Padre (II Corintios 5, 21) y, al hacerlo, revistiéndose de nuestra inmundicia para que fuésemos participes de su santidad, mereció y afrontó el repudio de ese Padre que tenía en Él todas sus complacencias. Él mismo nos hizo saber que su Padre lo había abandonado, y aquí justifica ese abandono diciendo que así debe ser tratado Él a causa de sus pecados, que son los nuestros (cf. Salmo 68, 6; Ezequiel 4, 4 y siguientes, y notas). Si meditamos esto, creeremos mejor en el amor con que somos amados y comprenderemos algo de la Pasión del alma de Cristo y de su sudor de sangre en Getsemaní, cuando vio que todo se perdería para aquellos que se empeñasen en rechazar su amistad. Porque si a tanto precio nos adquiere en la Cruz, es «para que le permitamos ser nuestro amigo».
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