REACCIÓN DEL PADRE CERIANI
ANTE LA ELECCIÓN
DE JORGE MARIO BERGOGLIO
Audio de la declaración miércoles 20 de marzo de 2013
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Mi reacción ante la elección de Jorge Mario Bergoglio por parte del Cónclave ha sido de paz y de acción de gracias.
Tal vez esto les suene raro… Y, ciertamente, esperan una aclaración.
¿Por qué paz y acción de gracias?
Porque la situación eclesial y mundial se clarifica cada vez más.
A ejemplo de Monseñor Lefebvre siempre pedí esta clarificación, es decir:
— o que Roma se convirtiese realmente a la Tradición; que dejase de ser Maestra del error y volviese a ser Maestra de la Verdad.
— O que Roma se alejase categóricamente de la Tradición.
Estaba convencido de que este esclarecimiento nunca se realizaría, es decir, de que Nuestro Señor permitiría que la situación permaneciese confusa, e incluso que ella se tornase cada vez más oscura, sin inclinarse ni hacia un lado ni hacia el otro.
La elección de Jorge Mario Bergoglio vino a esclarecer el panorama, al producirse el alejamiento brusco, al mismo tiempo grotesco y brutal, respecto de la Roma Eterna.
No digo que este sea el paso decisivo y último de ese alejamiento…
Lamentablemente, puede haber «mejoras» en la perversión… Y las habrá, ciertamente…
Pero no caben dudas para mí de que esta elección marca un antes y un después.
Por eso agradezco a Nuestro Señor esta clarificación, mediante este signo.
Sin embargo, mi decisión no ha sido provocada solamente por el hecho de esta elección. Son conocidas las referencias que han servido para mi reflexión. Son tres en particular:
1ª) Desde que tuve conocimiento de ella, siempre intenté ajustarme a la Declaración del 21 de noviembre de 1974:
Nos adherimos de todo corazón, con toda nuestra alma, a la Roma católica guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias al mantenimiento de esa fe, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad.
Por el contrario, nos negamos y nos hemos negado siempre a seguir la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y después del Concilio en todas las reformas que de éste salieron.
Todas esas reformas, en efecto, contribuyeron y contribuyen todavía a la demolición de la Iglesia, a la ruina del Sacerdocio, al aniquilamiento del Sacrificio y de los Sacramentos, a la desaparición de la vida religiosa, a una enseñanza naturalista y teilhardiana en las universidades, los seminarios, la catequesis, enseñanza nacida del liberalismo y del protestantismo, condenada repetidas veces por el magisterio solemne de la Iglesia.
2ª) Aunque el 6 de julio de 1988 no firmé la Carta Abierta al Cardenal Gantin, pues no era Superior Mayor en la FSSPX, la hice mía en aquél entonces, exigí a todos los Superiores que la suscribiesen en febrero de 2009, y sigo ratificando su contenido:
Eminencia, reunidos en torno a su Superior General, los Superiores de los Distritos, Seminarios y Casas Autónomas de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, piensan conveniente expresarle respetuosamente las reflexiones siguientes.
Usted creyó deber suyo, por su carta del 1º de julio último, hacer saber su excomunión latae sententiae a Su Excelencia Monseñor Marcel Lefebvre, a Su Excelencia Monseñor Antonio de Castro Mayer y a los cuatro Obispos que ellos consagraron el 30 de junio último en Ecône.
Quiera usted mismo juzgar sobre el valor de tal declaración que viene de una autoridad que, en su ejercicio, rompe con la de todos sus antecesores hasta el papa Pío XII, en el culto, enseñanzas y el Gobierno de la Iglesia.
En cuanto a nosotros, estamos en plena comunión con todos los Papas y todos los Obispos que han precedido el Concilio Vaticano II, celebrando exactamente la Misa que ellos codificaron y celebraron, enseñando al Catecismo que ellos compusieron, oponiéndonos contra los errores que ellos condenaron muchas veces en sus encíclicas y cartas pastorales. Quiera usted entonces juzgar de qué lado se encuentra la ruptura. Estamos extremadamente apenados por la ceguera de espíritu y el endurecimiento de corazón de las autoridades romanas.
En cambio, nosotros jamás quisimos pertenecer a ese sistema que se califica a sí mismo de Iglesia Conciliar y se define por el Novus Ordo Missæ, el ecumenismo indiferentista y la laicización de toda la sociedad.
Sí, nosotros no tenemos ninguna parte, nullam partem habemus, con el panteón de las religiones de Asís; nuestra propia excomunión por un decreto de Vuestra Eminencia o de otro dicasterio no sería más que la prueba irrefutable.
No pedimos nada mejor que el ser declarados ex communione del espíritu adúltero que sopla en la Iglesia desde hace veinticinco años; excluidos de la comunión impía con los infieles.
Creemos en un solo Dios, Nuestro Señor Jesucristo, con el Padre y el Espíritu Santo, y seremos siempre fieles a su única Esposa, la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana.
El ser asociados públicamente a la sanción que fulmina a los seis obispos católicos, defensores de la fe en su integridad y en su totalidad, sería para nosotros una distinción de honor y un signo de ortodoxia delante de los fieles.
Estos, en efecto, tienen absoluto derecho de saber que los sacerdotes a los cuales se dirigen no están en comunión con una iglesia falsificada, evolutiva, pentecostal y sincretista (…).
3ª) Siempre han dado vuelta por mi cabeza las palabras de Monseñor Lefebvre, en su Conferencia del 15 de abril de 1986:
Queridos amigos, ¡pudieron, durante las vacaciones, reflexionar sobre el sermón del domingo de Pascua!…
(En el Sermón del Domingo de Pascua del 30 de marzo de 1986, Monseñor Lefebvre había dicho:
«Nos encontramos verdaderamente frente a un dilema gravísimo, que creo no se planteó jamás en la Iglesia: que quien está sentado en la Sede de Pedro participe en cultos de falsos dioses; creo que esto no sucedió jamás en toda la historia de la Iglesia. ¿Qué conclusión deberemos quizás sacar dentro de algunos meses ante estos actos repetidos de comunión con falsos cultos? No lo sé. Me lo pregunto. Pero es posible que estemos en la obligación de creer que este Papa no es Papa. No quiero decirlo aún de una manera solemne y formal, pero parece, sí, a primera vista, que es imposible que un Papa sea hereje pública y formalmente»).
Entonces querría, puesto que hay distintos ecos, distintas reacciones, querría clarificar un poco, en la medida en que sea posible, porque la situación de la Iglesia es una situación tan misteriosa, que no es tan fácil clarificar las cosas…
Entonces el problema se plantea.
Primer problema: la communicatio en sacris.
Segundo problema: la cuestión de la herejía.
Tercer problema: ¿el Papa es aún Papa cuando es hereje?
¡Yo no sé, no zanjo! Pero pueden plantearse la cuestión ustedes mismos. Pienso que todo hombre juicioso debe plantearse la cuestión. No sé. Entonces, ahora, ¿es urgente hablar de esto?…
Se puede no hablar, obviamente… Podemos hablar entre nosotros, privadamente, en nuestras oficinas, en nuestras conversaciones privadas, entre seminaristas, entre sacerdotes…
¿Es necesario hablar a los fieles? Muchos dicen: — No, no habléis a los fieles. Van a escandalizarse. Eso va a ser terrible, eso va a ir lejos…
Bien. Yo dije a los sacerdotes, en París, cuando los reuní, y luego a vosotros mismos, ya os había hablado, yo dije: pienso que, muy suavemente, es necesario, a pesar de todo, esclarecer un poco a los fieles…
No digo que sea necesario hacerlo brutalmente y lanzar eso como condimento a los fieles para asustarlos… No.
Pero pienso que, a pesar de todo, es una cuestión precisamente de fe. Es necesario que los fieles no pierdan la fe. Estamos encargamos de guardar la fe de los fieles, de protegerla.
Van a perder la fe… incluso nuestros tradicionalistas. Incluso nuestros tradicionalistas no tendrán ya la fe en Nuestro Señor Jesucristo. ¡Ya que esta fe se pierde! Se pierde en los sacerdotes, se pierde en los obispos.
Entonces, he aquí la situación en la cual nos encontramos y es necesario volver nuevamente siempre a eso: tengamos la fe, reavivemos nuestra fe, porque es debido a la fe que se pierde que el Concilio fue lo que fue.
Pienso que allí está el problema.
Y se dice: Monseñor va a hacer cisma… ¿Pero quién hace cisma? … ¡No soy yo! Para hacer cisma es necesario dejar la Iglesia. Y dejar la Iglesia, es dejar la fe, en primer lugar.
¿Quién deja la fe de la Iglesia? La autoridad está al servicio de la fe. Si ella abandona la fe, es ella quien hace cisma. Entonces no somos nosotros quienes hacemos cisma.
¿Qué va a salir de esto?
Será necesario un buen día que Dios hable. No es posible que Dios permita ser dejado de lado por los que deben defenderlo, por los que deben ser sus partidarios…
¡No es posible que eso dure indefinidamente, no es posible eso!
¡No es posible que eso dure indefinidamente, no es posible eso!
Pues bien, para mí la elección de Jorge Mario Bergoglio ha marcado un cambio de rumbo respecto de este tema: no puedo reconocerlo como legítimo sucesor de San Pedro y Vicario de Nuestro Señor.
No tengo la intención de convencer a nadie; simplemente expongo mi decisión, porque considero que es mi obligación hacerlo y porque los feligreses tienen derecho absoluto a conocerla.
Por lo tanto, no voy a comenzar a esgrimir razones que justifiquen esta decisión que, si bien ha sido impelida por la elección de Jorge Mario Bergoglio, tiene su estudio y meditación, va más allá del hecho anecdótico que nos ocupa y tiene relación con el consejo evangélico que nos exhorta a la vigilancia y al estar atentos a los signos.
Sin embargo, llamo la atención sobre un hecho: la duda sobre el carácter sacerdotal de Jorge Mario Bergoglio, supuestamente ordenado sacerdote en 1969.
Si con razón exigíamos en la FSSPX la reordenación, al menos subcondición, de los sacerdotes conciliares que se acercaban a la Tradición…, si una religiosa o un simple feligrés no deseaban confesarse o comulgar de manos de uno de esos sacerdotes sin que previamente hubiese sido reordenado…, ¡con cuánta mayor razón hemos de exigir la certeza del orden sacerdotal en aquel que ostenta la condición de Sumo Pontífice!
Reitero que no voy a hacer de esta decisión mía ni una espada contra nadie, ni un escudo contra los ataques de nadie.
Cada uno sabrá lo que debe hacer respecto del Padre Ceriani.
El Padre Ceriani, por su parte, sigue poniendo su sacerdocio a disposición de aquellos que deseen usufructuarlo.
Si mi decisión no es acertada ni correcta, que Nuestro Señor y su Madre Santísima me lo hagan ver.
Para eso pido las oraciones de quienes desean el bien de mi alma. Desde ya, que Dios se los pague.
Padre Juan Carlos Ceriani
