P. CERIANI: 19 DE MARZO – SAN JOSÉ: ESPOSO DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

SAN JOSÉ

Esposo de la Bienaventurada Virgen María

El Evangelio de hoy, aunque incidentalmente, define la sublime santidad de José y declara su sobreexcelente dignidad.

José era justo… Muy parcos andan los Evangelistas al referirnos datos y noticias del Carpintero de Nazaret. Sin embargo, en su sencillez y concisión le han tributado un elogio que expresa el cúmulo de virtudes encerradas en el pecho del humilde artesano.

Así como para compendiar la santidad de María, el Ángel la llama simplemente llena de gracia, así también para indicar el grado de santidad de José, el Evangelista dice escuetamente que era justo.

La Liturgia ha comprendido la riqueza de contenido de dicho epíteto, y así se complace en comenzar la Misa con unas palabras que nos son conocidas, pero que en el día de hoy cobran un sentido particular: El Justo florecerá como el lirio… José es, pues, el justo, el santo. Ése es su nombre.

Repasemos las diversas virtudes que la perfección ascética nos enseña, y las hallaremos retratadas al vivo en San José.

Su humildad, tan profunda que, a pesar de llenar en la tierra las funciones de Padre del mismo Dios, lleva una existencia callada y desconocida, cual si fuera un hombre vulgar.

Su fe, tan viva, que no se turba al tener que adorar por Dios a un simple niño, que ofrece y presenta todas las flaquezas y debilidades de la infancia.

Su paciencia, puesta a toda prueba en las vicisitudes de su vida de Custodio de la Sagrada Familia.

En fin, su amor, tan tierno y ardiente como puede serlo el de un padre con su hijo.

Admiremos esa copia tan perfecta del ideal de perfección cristiana; tributémosle los honores que merece, y tratemos luego de reproducir en nuestra vida las virtudes de que nos da ejemplo.

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San José, Esposo de María. Es el primer título que da el Evangelio de hoy al Santo Patriarca.

El cielo buscaba un varón digno de la Emperatriz del orbe, y lo halló en el humilde Carpintero de Nazaret.

¿Quién puede medir dignidad tan excelsa? El matrimonio exige y establece paridad entre marido y mujer. Si entre todos los mortales fue San José el escogido para el privilegiado honor de Esposo de la Reina de los Ángeles, es porque nadie le aventajó en semejar a la que fue llamada su Esposa.

Por otra parte, si San José es Esposo de la Señora de cielos y tierra, hubo de participar asimismo de su poder y dignidad; por su matrimonio venía a ser lo que en el lenguaje humano llamamos Rey consorte. ¡Qué título tan honroso, tratándose del consorte de la Emperatriz de cielos y tierra!

Alabemos al Santo Patriarca, y aprovechemos de la benignidad con que en el día de hoy mira a los mortales. Pidámosle que nos devuelva propicia a la que fue suya, cual legítima Esposa dada por el cielo.

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San José, Padre nutricio de Jesús. Oigamos cómo habla el Ángel a San José: José, hijo de David no tengas recelos en recibir a María por tu Esposa, porque lo que se ha engendrado en su seno es obra del Espíritu Santo. Así que dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombré de Jesús, pues Él es el que ha de salvar al pueblo de sus pecados.

San José es declarado con estas palabras representante en la tierra del único Padre que el Hijo de María tiene, del Padre Celestial. Él le ha de imponer el nombre; él ha de llenar ante los hombres el lugar de Padre del Hijo de Dios.

Padre le denominaba Jesús; con tan dulce nombre le llamaba no sólo en público, sino también en la intimidad del hogar.

Como verdadero padre cuidó de alimentar y custodiar el tesoro que el cielo le encomendara; como tal imprimió dulces besos en las mejillas del Niño-Dios, y con autoridad paterna gobernó el hogar donde Jesús crecía y se desarrollaba, sujeto a María y a José.

¿Quién podrá expresar con palabras cabales lo que encierran estos conceptos? Los artistas suelen representar a San José con el Niño Dios en los brazos, simbolizando y expresando así la intimidad de padre e hijo que rigió las relaciones de ambos. No es esto mero sentimentalismo; es la expresión plástica de una verdad de fe.

Por razón de esa intimidad de padre e hijo, la Iglesia pide hoy que la intercesión de San José supla ante Dios lo que nuestra flaqueza no alcanza. Sí, aumente esta consideración nuestra devoción y confianza en el Patrocinio poderoso de aquél que tuvo autoridad en la tierra sobre el mismo Hijo de Dios.

Haz, oh glorioso José, que llevemos una vida inocente, y que seamos siempre defendidos son tu patrocinio.

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Profundicemos aún más. Regla general de la Providencia y Predestinación divinas es, que cuando Dios elige a una criatura y la destina a una gracia singular o a algún sublime estado, la dote de todos aquellos carismas que resultan necesarios y adornan a la persona elegida en su nuevo oficio.

Esto se verificó en grado sumo en San José, Padre putativo de Jesucristo y verdadero Esposo de la Reina del mundo y Señora de los Ángeles; quien, elegido por el Padre Eterno como nutricio fiel y custodio de sus principales tesoros, es decir, de su Hijo y de su Madre, cumplió con toda fidelidad su mandato.

Comprendemos, pues, que la Liturgia aplique al Santo Patriarca las bendiciones que sobre la cabeza de José dejó caer Jacob: El Dios de tu padre será tu auxiliador, y el Omnipotente te llenará de bendiciones de lo alto del cielo, de bendiciones de los manantiales de aguas abundantes de acá abajo, de bendiciones de leche y de fecundidad.

Imagen plástica de la sobreabundancia de gracias de que gozó San José.

Bendigamos a Dios, que tan admirable se ha mostrado en su Santo; y glorifiquemos al Santo, a quien Dios tanto honró.

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Tenemos un deber de gratitud para con San José.

Las bendiciones que descendieron sobre la frente de San José, nos llegaron también a nosotros. Por nuestro bien fue exaltado.

¿No es éste, acaso, el hombre especialmente elegido por Dios, por quien y bajo cuya tutela fue introducido Cristo según orden y honestidad en el mundo?

Si, pues, toda la Iglesia es deudora a la Virgen María de haber merecido por su medio a Cristo, con razón, debe asimismo a San José, después que a María, gratitud y reverencia singular.

Él es, en efecto, la llave del Nuevo Testamento, por la cual consigue el fruto prometido la dignidad patriarcal y profetal.

Aún más, éste es el único que poseyó corporalmente lo que a los Patriarcas y Profetas prometió la divina dignación.

Con razón, pues, es figurado por aquel antiguo Patriarca José, que almacenó el trigo, guardándolo para la vida de los pueblos. Y aun le aventajó, porque no sólo guardó para los egipcios el pan de la vida corporal, sino que nutrió en favor de todos los elegidos, con cuidado sin igual, al que es el Pan del cielo que da la vida celestial.

Seamos, por consiguiente, agradecidos a tamaño favor, y puesto que tan espléndido se muestra San José con los mortales, procuremos contarnos entre sus devotos.

Él mismo se nos ofrece para nuestro bien. Así nos lo hace saber la Iglesia en su Misa, poniendo en su boca estas palabras: En cualquier tribulación, si clamaren a Mí, los oiré y seré siempre su protector.

Bien experimentado tenía Santa Teresa este patrocinio. San José fue su ayuda en los múltiples negocios que llenaron su vida; y nunca la dejó malparada el Santo.

¿Por qué no hacemos nosotros la misma experiencia? Sí, aclamémonos a su protección. Digámosle con la Iglesia: Haz, oh José, que llevemos una vida inocente, y que esté siempre segura con tu patrocinio.

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A la devoción al gran Santo Patriarca nos animará el pensamiento de su poder en la gloria. No puede pensarse que Cristo niegue en los cielos a San José aquella familiaridad, reverencia y sublimísima dignidad de que le hizo objeto mientras vivió en esta carne mortal, conforme convenía a las relaciones de un hijo con su padre; antes al contrario, creemos que completó y consumó aquella dignación.

Que por esta razón dice el texto bíblico: Entra en el gozo de tu Señor. Porque aunque el gozo de la bienaventuranza eterna es el que entra en el corazón del hombre, y no éste en aquél, prefirió el Señor decir: Entra en el gozo, a fin de que quedase místicamente insinuado que aquel gozo no sólo está dentro del bienaventurado, sino que por todas partes lo rodea, absorbe y, como un abismo infinito, lo sumerge en su fondo.

¿Qué más podía decirnos la Iglesia para animarnos a la devoción a San José?

Felicitémosle, pues, por tan grande gloria, y aprovechémonos de sus relaciones con el Rey de los cielos y tierra, a Quien lleva en sus brazos, para hallar influencia en el cielo.

Acuérdate de nosotros, oh bienaventurado José, e intercede con el sufragio de tus preces ante tu Hijo putativo. Haznos asimismo propicia a la Beatísima Virgen, tu Esposa.

Te rogamos, Señor, nos ayuden los méritos del Esposo de tu Santísima Madre; para que alcancemos, por su intercesión, lo que no podemos conseguir por nuestros méritos.